A.Kyuper
I. Santificación
“Pero por Él estáis vosotros en Cristo Jesús, cual nos ha
sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y
redención.”—1 Corintios i. 30.
La santificación es uno de los más gloriosos regalos que el Mediador
otorga a los santos por medio del pacto de gracia. Cubre toda su
naturaleza mental, espiritual y física. Debemos, por lo tanto,
entenderla completamente y aprender cómo obtenerla; y cada creyente,
cualquiera sea la medida de su fe, debiera estar completamente
consciente de su actitud hacia ella; porque las visiones erradas
respecto a esto, nos llevarán de seguro a extraviarnos del Cristo
viviente.
Es tonto pensar que, aun cuando las herejías del tiempo actual
han afectado las doctrinas de Cristo, pecado y regeneración, la
santificación es demasiado simple como para que no se vea afectada.
Incluso los sacerdotes caen en este triste engaño. Siendo hombres de
fervor espiritual, se oponen estrictamente a las herejías con respecto a
estos otros en sus instrucciones catequéticas, desde púlpito y en sus
escritos, y los consideran errores fundamentales; pero por alguna razón,
nunca se han dado cuenta que la doctrina de la santificación puede
estar expuesta a peligro y fallan al no poner a la Iglesia en guardia.
Tal riesgo era imposible, por lo tanto, ni siquiera se
preocuparon de distinguir la santificación como un dogma en lo absoluto.
“Al contrario,” dicen, “la belleza de la santificación es que sea
vida; por consiguiente, completamente independiente de los misterios de un
dogma.
En la vida de la santificación, los creyentes pueden cargarse con
negligencias, vivir una vida descuidada; en resumen, de un progreso
lento, de un
hacer y un
obrar imperfectos; pues, ¿qué es
la santificación sino el perfeccionamiento de uno mismo y el crecimiento
diario en santidad? Pero nunca esto con una
confesión
defectuosa, con visiones erradas de la doctrina; porque la santificación
no es doctrina sino vida.” De esta forma han llegado a negarle el valor
y dignidad de un dogma o doctrina; para hacerla casi sinónimo de una
superación de vida; por consiguiente, para hacerla parte de un bien
común, para todos aquellos que tratan de llevar una vida esforzada y
piadosa.
Entonces la idea creció naturalmente, de modo que muchas personas
de doctrina incierta pudieran llevar vidas más espirituales. Esta
supuesta verdad fue incluso fortalecida usando la palabra de Jesús que
menciona que los publicanos y prostitutas entran al Reino de Dios antes
que nosotros; y las congregaciones muchas veces tuvieron la impresión
que el racionalismo mismo podría llevarlos a mejores resultados que
aquel que fluye de una creencia ortodoxa. El resultado fue que esta
supuesta santificación llevó a un debilitamiento de la fe, a considerar
la pureza de la doctrina como inmaterial; hasta que finalmente asumió
una actitud hostil hacia los misterios de la verdad. Este fue el
esfuerzo natural de confundir la autosuperación con la santificación y
el oponer la vida a la doctrina, así como el oro al oropel.
La difusión de estas falsas ideas sobre la santificación no ha
beneficiado al cristianismo en estas provincias, sino que, al igual que
en los días pre-Reforma, ha llevado a la gente a extraviarse de su
doctrina pura.
Roma una vez sufrió y aún sufre del mismo mal. No como si
abandonara o incluso alivianara su doctrina; sin embargo, aun en los
florecientes días de su jerarquía, la necesidad de reformar la vida se
sintió tan fuertemente que resultó en una incitación unilateral de
santificación. Su lema favorito era “Buenas obras.” Tenían la máxima
importancia: no palabras, sino poder; no la confesión, sino el empeño y
la voluntad de hacer el bien, no meramente en secreto, sino abiertamente
de modo que los hombres pudieran verlo. Esto se llevó tan lejos que
finalmente Roma cesó de estar satisfecha con las buenas obras como fruto
de la conversión, e incluso comenzó a verlas como causa primaria y
meritoria de la salvación; y así rompió el misterio de la fe por una
predicación falsa de la santificación. Como ahora, en forma no
intencionada, el grito “No doctrina, sino vida,” hace que los hombres se
orienten como por una necesidad férrea, primero a subestimar el valor
de la doctrina, para luego desaprobarla y finalmente para proclamarla
injuriosa, sí, incluso peligrosa; de esta forma el grito por buenas
obras llevó gradualmente a Roma a divorciar el misterio del perdón del
pecado por la cruz del Calvario, no en la confesión, sino en la
consciencia de sus miembros.
Con el fin de lograr una mirada interna más clara y un
procedimiento más seguro, debemos volver definitivamente a enseñar que
la
santificación es una
doctrina, una parte integral de la
confesión y un
misterio
de igual forma como la doctrina de la reconciliación, y por ende un
dogma. De hecho, en el tratamiento de la santificación penetramos al
corazón mismo de la confesión, al dogma que centellea en la doctrina de la santificación.
Por supuesto que no debemos separar la santificación de la vida.
Ningún hijo de Dios, niega que la doctrina tenga aplicación en la vida;
no hay verdad en una operación que no se sienta en su vida. Para él,
toda doctrina está imbuida con la vida, es una braza viva, un fuego
radiante, una lámpara siempre ardiente, una fuente de agua viva brotando
hacia la vida eterna. El contenido de toda doctrina, de todo misterio,
es algo en el Dios viviente o en Su criatura; la confesión de una
condición, un poder o trabajo, una persona que existe realmente, que
vive, que trabaja. La sangre del pacto no significa esas gotas
particulares que fluyeron desde la cruz y que se perdieron en el
inhóspito terreno del calvario; sino un tesoro en el Jesús viviente, que
trabaja incesantemente en el cielo para aumentar en Sus hijos
terrenales el glorioso poder que ahora conocen y experimentan.
Y esto es verdad para todos los misterios, tal como lo muestra
nuestra confesión sobre la Santa Trinidad, la cual acerca de este
profundo e incomprensible dogma dice “que los hijos de Dios saben esto,
por los testimonios de las Santas Escrituras, como por las operaciones
de las Personas Divinas, y fundamentalmente por aquellas que sentimos en
nosotros mismos” (art. ix).
Y esto se aplica a la doctrina de la santificación, como a todas
las otras doctrinas, porque no es, como no lo son otros dogmas, la
confesión de un asunto muerto, sino la confesión de un poder tremendo
que vive y obra efectivamente en nosotros. Por consiguiente, la
santificación debe predicarse una vez más como una doctrina; debe ser
confesada, examinada y estudiada como una doctrina a ser seguida por una
adecuada aplicación, como la predicación de cualquier otra doctrina; y
la santidad, la vida espiritual y las buenas obras, serán el resultado.
Pero para obtener este resultado es necesario efectuar una clara
exposición de las causas y el poder de la santificación que la anima.
Cuando en una fría mañana el fuego no arde, y la familia sufre,
es tonto decir: “Ya que el fuego no arde, quítelo y caliéntese sin él.”
Para evitar congelarse se requiere
más fuego; no se debe remover
el fuego, sino la causa de su fracaso. Y esto también se aplica a la
santificación. Hay un reclamo amargo y generalizado sobre la frialdad
que ha caído sobre la Iglesia; se requiere la poderosa obra de la
santificación para salvar a la Iglesia.
Pero los medios empleados frecuentemente muestran un juicio
pobre. Antiguamente la Iglesia confesaba una doctrina pura por medio de
la cual se mantenía cercana a la fuente de calor vital que nos es dada
por la Palabra de Dios; y los poderes y obras depositadas en el Mediador
de la Iglesia irradiaban en gloriosa actividad. Entonces la iglesia
floreció y la fe celebró sus más grandes triunfos. Estaba severamente
fría sin ella, pero mientras el mundo yacía moribundo en sus mortajas,
la verdad llenó a la iglesia de luz y calor, y el sagrado fuego de la
pura doctrina brilló y centelló. Pero la luz se atenuó, y el fuego se
apagó; y la iglesia de Dios se tornó oscura y fría. Y los santos, medio
congelados y tiesos, se tornaron profundamente conscientes de la pérdida
que habían sufrido y de la necesidad de luz y calor. Y ahora en vez de
aconsejarles que prendieran la lámpara de la verdad y reavivaran el
fuego de la confesión, para que sus almas fueran revividas y
reconfortadas, muchos dijeron: “Querido hermano, no hay salvación en el
dogma o la confesión; son completamente inútiles; nada permanece para
avivar la luz y calentar nuestras almas sin ella.” Y así la iglesia se
ve amenazada de muerte y destrucción.
En la clara seguridad de la bendición de Dios, procedemos en la
dirección opuesta y aconsejamos a los hermanos a llenar con aceite la
lámpara de los divinos misterios y agregar más combustible al fuego de
la confesión; entonces habrá luz y calor y la Iglesia se salvará. Esto
será así siempre y cuando—y esto no necesita ningún énfasis—la doctrina
sea
confesada realmente. Pero
confesar no es meramente
decir “Hay un agradable fuego en casa” y quedarse luego afuera en el
frío, sino aceptar su consuelo y beneficio para otros, así como para
nosotros mismos.
El grito “No dogma, sino vida” es necio e incrédulo. Opongámonos
mejor a la enseñanza superficial y poco cuerda de hoy en día. La
doctrina debe ser una expresión fiel del misterio; el misterio debe
destacarse claramente frente al ojo espiritual e iluminar al alma ya que
irradia del Cristo vivo, de acuerdo al diseño de la salvación. En vez
de alejar a la gente de la doctrina, debemos hacerles ver cuán poco la
entienden; cómo la han trivializado, y no la han confesado; que el
bienestar de su alma necesita estudiarla vigorosamente, de modo que el
acto de la confesión se profundice y enriquezca su vida espiritual. Y
entonces imaginemos, no que el fruto de la vida deba ser importado de
otro lugar, sino que la doctrina correctamente confesada se convierte en
el propio instrumento, que manifiesta su poder en nosotros.
Así es como debiera tratarse la santificación.
II. La Santificación es un Misterio
“Limpiémonos de toda suciedad de la carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.”—2 Corintios vii. 1.
La santificación pertenece a los misterios de la fe; por consiguiente, no puede ser confesada sino como dogma.
Por esta declaración intentamos cortar de raíz cualquier
representación que haga de la “santificación” algo dependiente del
esfuerzo humano para hacerse a sí mismo santo o más santo.
El hacerse más santo es indudable una tarea recae sobre cada
hombre. Dios ha condenado toda impiedad como algo abominable. La
santidad inferior no puede existir ante Él. Todo hombre más o menos
santo está sujeto a abandonar toda impiedad, renunciar a toda santidad
menor y permitir que la santidad perfecta se manifieste y habite en él
instantáneamente. El mandato “Sed santos como Yo soy santo” (Lev. xi.
45; 1 Pedro i. 16) no debe ser debilitado. La laxitud de la moral actual
requiere que el derecho absoluto de Dios de demandar una santidad
absoluta en cada hombre, se presente incesantemente a la conciencia,
ligándola como un memorial al corazón y proclamándola a todos sin la
menor duda.
En los numerosos territorios del cielo, donde Dios reúne a Sus
redimidos, se excluye toda impiedad y la santidad absoluta es la
característica que nunca falla. Tal como lo es en el cielo, así debiera
ser en la tierra. Dios, el Soberano Rector de todos los reinos de este
mundo, ha prohibido estrictamente la más mínima impiedad en el corazón o
casa, o en cualquier otro lugar en la tierra, bajo pena de muerte. De
hecho, no hay ninguna impiedad en la tierra, sea de cualquier nombre u
forma, que no exista como un desafío a Su expresa voluntad.
Debe concederse por consiguiente, que es Su voluntad revelada y
mandamiento que toda impiedad cese inmediatamente y sea reemplazada
directamente por lo que es sagrado y bueno. Sus ojos son demasiado puros
como para contemplar la iniquidad.
Debe concederse igualmente, que es deber de todo hombre remover
la impiedad y avanzar en las cosas que son santas. Aquel que causa dolor
debe también sanarlo. Aquel que ha destruido, debe también restaurar
las cosas destruidas. Aquel que ha desacreditado lo sagrado, debe
también volver a consagrarlo. Los hombres aún vivos al sentido de la
justicia no nos contradecirán en esto.
La obligación de resantificar la vida del mundo descansa, en su
sentido más profundo, sobre Satanás. Él inyectó en nuestras venas el
veneno que genera las enfermedades de nuestras almas. La chispa que
causó el fuego de nuestras pasiones pecaminosas para romper nuestra
naturaleza humana fue avivada por él. El que Satanás esté
irremediablemente perdido y anulado, no anula el eterno derecho de Dios.
Aun Satanás mismo, de acuerdo a este derecho, debiera arrepentirse
inmediatamente y presentarse delante de Dios tan santo como al
principio. Y este mundo de hombres corrompido por él, que no fue suyo,
sino que pertenecía a Dios, él nunca debió haber tocado. Por
consiguiente, la obligación todavía continúa en él no solamente para
detener su quehacer malévolo, sino también para reconsagrar
perfectamente aquello que él tan amargamente y maliciosamente ha
profanado.
El que Satanás no pueda hacer esto ahora ni en el futuro,
justifica su temible juicio; pero no anula el derecho de Dios y nunca lo
hará. Si el hombre del paraíso hubiera sido
involuntariamente
una victima de Satanás, la obligación de resantificar la vida del mundo
habría caído sobre Satanás, pero no sobre él. Pero el hombre cayó
voluntariamente; el pecado debe su existencia no sólo a la paternidad de
Satanás sino también a la maternidad del alma humana; por consiguiente,
el hombre mismo está envuelto en la culpa e incluido bajo juicio de
muerte, y por consiguiente, obligado a restaurar lo que ha arruinado.
Dios creó al hombre santo, con el poder de continuar santo, santo
por la virtud del creciente desarrollo del germen implantado. El hombre
arruinó el trabajo de Dios en su corazón. Él echó por tierra el
remanente de santidad. Y haciendo esto, violó el derecho. Si él se
perteneciera a sí mismo, Dios le hubiera permitido hacer con sí mismo lo
que le placiese y el derecho no habría sido violado. Pero Él no le dio
el pertenecerse a sí mismo; Él lo retuvo para sí, como Su propiedad. La
mano que arruinó y profanó al hombre, destruyó la propiedad
de Dios,
cercenó el divino derecho de soberanía, sí, sobre Su verdadero derecho
de posesión, haciéndose así responsable (1) de la penalización por este
cercenamiento y (2) la obligación de restaurar la propiedad arruinada a
su estado original.
De ahí la innegable y positiva obligación del hombre de
auto-santificarse. Esta obligación no recae en Dios ni sobre el
Mediador, sino sobre el hombre y Satanás. La oración “Señor,
santifícame,” que pronuncian los labios del inconverso, que no está bajo
el pacto de la gracia, es de lo más indecoroso. Primero, destruir
voluntariamente la propiedad de Dios, y luego, llevar lo arruinado ante
el Demandante para que lo cure y lo restaure, es antagónico al derecho y
revierte las ordenanzas. ¡No! Fuera de los misterios del pacto de
gracia y bajo las obligaciones de una simple justicia, no podemos pedir
“Señor, santifícanos”; por el contrario, Dios debe hacer cumplir Su
justa demanda: “Santifícate a ti mismo.”
Santificarse a sí mismo no significa que el hombre
deba llevar a cabo la ley.
El apego a la ley y la santificación son dos cosas enteramente
diferentes. Deje primero que el pecador se santifique y luego él también
llevará a cabo la ley. Primero la santificación, luego el cumplimiento
de la ley.
Es como un arpa con cuerdas cortadas. El arpa fue hecha para
producir música a través de la vibración armónica de sus cuerdas. Pero
la producción de música no es la reparación del arpa. Las cuerdas rotas
deben reemplazarse; las cuerdas nuevas deben afinarse y luego será
posible usarlas para melodiosos acordes. El corazón humano es como el
arpa: Dios lo creó puro de modo que pudiésemos cumplir la ley; y esto es
lo que un corazón impuro no puede hacer. Por consiguiente, habiendo
sido profanado y siendo impío debe ser santificado; entonces podrá
cumplir la ley.
Para ser más claros, dos hechos ciertos deben destacarse:
Primero, si el hombre no hubiese sido profanado por el pecado
nunca hubiera entrado a su mente el santificarse a sí mismo y, sin
embargo, la ley se habría cumplido sin alteración. Esto muestra que la
santificación y el cumplimiento de la ley son dos cosas diferentes.
Segundo, la santificación continúa hasta que el hombre muere y
entra al cielo. Entonces él es santo. Por lo tanto, no hay santificación
en el cielo. La única ocupación de los santos en el cielo es hacer
aquello que es bueno. Por consiguiente, la santificación es un asunto en
sí mismo; no consiste en hacer buenas obras, pero debe ser un hecho
logrado, antes que pueda realizarse una sola buena obra. Desde que el
hombre se profanó a sí mismo, es llamado por Dios a resantificarse a sí
mismo. Por consiguiente, la demanda de santificación no contiene ni
siquiera una sombra de misterio. No tiene nada que ver con los
misterios, por lo cual no es dogma. Es el más simple y natural veredicto
de los derechos de Dios en la consciencia. El que hablemos de impiedad,
implica que estamos convencidos que debemos ser santos.
Por lo tanto, ¿hay contradicción, primero, cuando decimos que la
santificación en sí misma es un misterio y que puede solamente ser
confesada en el dogma; y segundo, que la
demanda de santificación no tiene que ver con dogma?
Ni en lo más mínimo. Los pecadores de quien Dios demanda que se
santifiquen a sí mismos, son individual y colectivamente totalmente
incapaces de satisfacer tal demanda. Hasta cierto punto, se pueden
apartar del pecado y de cosas mundanas y muchos lo han hecho así. Muchos
inconversos han efectuado trabajos dignos de aprecio. Hay muchos casos
de vidas que han sido reformadas, en que todo el tono de la existencia
ha mejorado por mero impulso, sin una traza de real conversión. Y
concibiendo la santificación como consistente en hacer menos mal y más
bien (y esto desde un motivo mejorado) se pensó que los hombres impíos,
aun siendo incapaces de satisfacer esta divina demanda perfectamente,
podrían satisfacerla en cierta medida. Pero todo esto no tiene nada en
común con la santificación ni puede lograrse completamente sin ella. Con
toda su autosuperación no puede efectuar la menor parte de ella; aun
cuando se le haya dicho mil veces que se santifique a sí mismo, él no
tiene la voluntad y es incapaz.
Por lo tanto la pregunta:
¿cómo, entonces, se logra la santificación? Y como esta pregunta nunca recibió respuesta de ninguno de los sabios, sino sólo de Dios en Su Palabra; entonces no es la
demanda sino los
medios de santificación los que para nosotros son incomprensibles y misteriosos. Por consiguiente, es el
carácter de la santificación el que debe enfatizarse como un misterio.
¿Y cuál es la razón para negar que la santificación sea un
misterio, es decir, el contenido de un dogma? El suponer que es de
origen humano, que el hombre no es totalmente incapaz, y que la
santificación es una superación de carácter y vida. Por consiguiente, es
tanto más que (1) degradar la santidad al nivel del humano; (2) una
oposición a considerar la santificación como un obra de Dios. Esto es
algo muy serio. Nuevamente debemos hacernos claramente conscientes del
hecho que la santidad, sin la cual ningún hombre verá a Dios, no se
obtiene al apartarse de algún mal ni por hacer habitualmente algún bien.
La
demanda de santificación pertenece al Pacto de Obras; la santificación por
sí sola
al Pacto de la Gracia. Esto hace más obvia la diferencia. No como si el
Pacto de Obras mandara al hombre a santificarse a sí mismo; dado a
hombres santos, dejó excluida la santificación. Pero Dios dio el Pacto
de Gracia a las personas impías. Y la única conexión entre la demanda de
santificación y el Pacto de Obras, es que este último persigue a los
hombres caídos con su demanda y con el terror de Horeb. La impiedad
destruye los fundamentos del pacto de Obras y hace imposible el
cumplimiento de sus condiciones. De ahí la contradicción absoluta entre
él y la vida personal del pecador. Uno debe hacer espacio para el otro;
no pueden permanecer juntos.
En este doloroso conflicto somos tentados muy seguido a preguntar
si no es injusto Dios en Su ley al demandar de nosotros algo imposible,
y así a culparlo a Él; pues, ¿acaso Dios no nos hizo así? De esta
dificultad quiere escapar el arminiano que hay en nuestro corazón, ya
sea negando que hubo alguna vez un Pacto de Obras, o sustituyendo el
cumplimiento de la ley por la santificación.
Por lo cual es nuestro objetivo, especialmente respecto a esta
doctrina, escapar de esta dañina confusión de ideas y llegar a un
correcto entendimiento y pureza de expresión. La predicación no debe
sumar al caos, sino orientarnos a una más clara visión interna y
entendimiento.
En vez de acunarnos dulcemente en torno a la Palabra, debemos dedicarnos fuertemente a
entenderla.
En las iglesias de ciudades y campos, la Palabra debe predicarse
persistentemente y siempre con creciente pureza, hasta que, liberados de
toda impureza personal, los hombres empiecen a ver que por la absoluta
santificación, y no por mera auto-superación, deben restablecer a Dios
Su derecho; hasta que sintiendo su inhabilidad, con corazones rotos, se
vuelvan a Dios para recibir el Misterio de la Santificación de entre los
tesoros del Pacto de la Gracia.
III. Santificación y Justificación
“Ahora para santificación, presentad vuestros miembros para servir a la justicia.”—Romanos vi. 19.
La santificación debe permanecer como santificación. No puede
arbitrariamente ser despojada de su significado ni intercambiada por
algo distinto. Debe siempre significar el hacer santo lo que es impío o
menos santo.
Debe tenerse cuidado de no confundir santificación con
justificación; un error común que frecuentemente cometen los lectores
irreflexivos Las Escrituras. De ahí la importancia de un cabal
entendimiento de estas diferencias. Descuidarlas puede guiar a una
predicación confusa que genera una visión unilateral; y los hombres
activos y pensantes invariablemente sistematizan su postura unilateral.
¿Cuál es, entonces, la diferencia? Según nuestros antiguos teólogos hay cuatro partes:
- la justificación obra por el hombre, la santificación en el hombre.
- la justificación remueve la culpa, la santificación la mancha.
- la justificación nos atribuye una justicia ajena a nosotros, la santificación obra una justicia inherente como propiamente nuestra.
- la justificación se completa al instante, la santificación se incrementa gradualmente; por consiguiente, permanece imperfecta.
En lo sustancial, la respuesta es correcta, pero insuficiente para
alcanzar el error presente. Es plana, externa e incompleta; tiene muy en
alto el “hacer justicia” y el “hacer santo,” mientras que no considera a
“la justicia” y a “la santidad” como ideas correctas, absolutamente
necesarias, para un correcto entendimiento de la justificación y
santificación.
Examinemos estas ideas fundamentales, primero en Dios mismo. Se
hace evidente de inmediato que las palabras “nuestro Dios es justo,” nos
impresionan de un modo distinto a “Santo, santo, santo es el Señor.” El
último nos impresiona con la sensación que el nombre de Jehová es
infinitamente exaltado por sobre nivel de esta vida impura y pecaminosa;
descubrimos una distancia entre Él y nosotros que a medida que se
ensancha hacia una santidad trascendente mayor, nos lleva de vuelta
dentro de nosotros mismos como criaturas impuras, al mismo tiempo que
provoca que Su Ser resplandezca en la luz inalcanzable. Si los ángeles
que exaltan Su santidad cubren sus caras con sus alas, ¡cuanto más
debiéramos nosotros, hombres pecadores, considerarlo, con cara tapada y
con santo temor! “El Señor es de ojos demasiado puros como para
contemplar el mal,” nos impresiona con el profundo sentido de la
innombrable sensibilidad de Dios, la cual es tan sutil que aún la más
leve sugerencia de pecado o impureza activa en Él tal antipatía, que no
puede soportar verla.
Pero
la culpa no es el asunto. En la presencia de la
divina santidad no nos sentimos culpables, pero somos sobrepasados
cuando tomamos consciencia de nuestra total falta de pureza y de nuestra
maldad. Y aun entre hombres, no nos sentimos del todo satisfechos de
nosotros mismos. El cálido y amoroso celo de nuestros hermanos nos hace
sentir avergonzados muchas veces. Pero ese sentir no se acumula como
para desagradarnos a nosotros mismos. Mas, en la presencia de la
santidad de Dios, sentimos al instante al igual que Isaías, nuestra
impureza espiritual y somos impulsados a gritar por una braza viva del
altar para santifique nuestros labios; y “aborrecernos a nosotros mismo”
no es lo suficientemente fuerte como para expresar lo que sentimos
cuando nos postramos frente a la santidad del Señor Jehová.
Esto establece la antítesis de inmediato. La divina Santidad, en
su aspecto más exaltado, nos afecta no con temor al castigo ni con
angustia, porque tenemos una deuda que no podemos pagar; sino con la
insatisfacción
de nosotros mismos, con el horror de nuestra contaminación y con la
complacencia de nuestra justicia, que son como trapos sucios. Nos hace
sentir, no nuestra
culpa, sino nuestro
pecado; no nuestra
condenación sino nuestra
maledicencia
sin remedio; no nos aplasta bajo la pena de la ley, pero nos causa el
consumirnos por nuestra impurezas; no nos sobrepasa por su justicia,
pero destapa nuestra falta de santidad y corrupción interna.
Pero la justicia divina nos afecta de una manera totalmente
diferente. No me impresiona con la trascendencia del nombre de Su
exaltado Pacto como la divina Santidad; pero en la mano de Dios me
oprime, me persigue, no me da descanso, toma posesión de mí y me rompe
en pedazos bajo su peso. Su santidad hace que mi alma tenga sed de
santidad y con pena vemos a Su majestad apartarse. Pero su justicia
antagoniza con el alma, quien no la desea, y que lucha por
escaparse de ella.
Algunas veces parece diferente, pero sólo aparentemente. Los
hombres piadosos del Antiguo y Nuevo Pacto frecuentemente invocan la
divina justicia: “¿No hará el bien el Juez de toda la tierra?” (Gn.
xviii. 25). Este soporte divino del bien es la fuerza, el prospecto y la
consolación de Su pueblo oprimido. Por esto es que en el cierre del
artículo de su confesión, nuestros padres claman por el día del juicio,
cuando como Juez justo Él destruirá a todos Sus enemigos y los nuestros.
Pero la diferencia es sólo aparente. En este caso, el derecho divino se
dirige contra otros, no contra nosotros mismos; pero el efecto es el
mismo. Es en la oración y en la esperanza de Su pueblo que el derecho
divino persigue a aquellos enemigos y los trata de acuerdo a sus propios
méritos.
Por consiguiente, la justicia de Dios nos impresiona, primero con el hecho de Su autoridad sobre nosotros; que no somos
nosotros sino
Él
quien determina qué es correcto y cómo debiéramos ser; que toda nuestra
oposición es vana, porque Su poder cumplirá lo que es correcto; y, por
consiguiente, que nosotros debemos sufrir los efectos de esa justicia.
Pero no es solamente el
poder de lo justo lo que nos
impresiona, ni la consciencia de ser tomados y juzgados, sino mucho más
el saber que somos tomados y juzgados en
justicia. Y esto no en
forma arbitraria; al contrario, sentimos internamente que el poder
divino tiene todo el derecho, y por lo tanto puede y debe sobreponerse a
nosotros.
Por consiguiente, la justicia divina incluye el consentimiento de
la criatura: “La prerrogativa para determinar lo correcto no es mía,
sino de Él.” Y no sólo esto, pues nuestras almas están profundamente
conscientes que las decisiones de Dios no son sólo correctas y buenas,
sino
absolutamente justas y
superlativamente buenas.
La justicia divina nos pone cara a cara con la obra directa de la
soberanía divina. Toda soberanía terrenal es un débil reflejo de la
divina, pero suficientemente clara para mostrarnos sus fundamentales
características. Una soberanía se estima lo suficientemente
sabia para ver cómo las cosas debieran ser;
calificada para determinar cómo ellas debieran ser; y
poderosa para resistir a aquel que osa ser de otra forma. Esto también se aplica al Rey de reyes, o más bien, se aplica no a Él
también, sino a Él
solamente.
Sólo Él es la Sabiduría con absoluta certeza para elegir, y de acuerdo a
esa elección para ver cómo todo debe ser para que sea lo mejor. Sólo Él
es el
calificado sagrado que según esto puede determinar cómo
todo debe ser. Y Él es el único Poderoso para condenar y destruir aquello que osa ser de otra forma.
Y esto revela las profundas características de este contraste. La
santidad de Dios se refiere a Su Ser; la justicia de Dios es Su
Soberanía. Más bien, Su justicia toca Su
relación y
posición con la criatura; Su santidad apunta a Su propio
Ser interior.
IV. Santificación y Justificación (Continuación)
“El que es santo, santifíquese todavía.”—Apocalipsis xxii. 11.
La justicia divina que tiene por referencia a la soberanía divina, en
cierto sentido, no se manifiesta a sí misma hasta que Dios entra en
relación con las criaturas. Él ha sido glorioso en santidad por toda la
eternidad, porque la creación del hombre no modificó Su Ser; pero Su
justicia no podía desplegarse antes de la creación, porque lo justo
presupone que hay dos seres sosteniendo la relación jurídica.
Un exiliado en una isla deshabitada, no puede ser justo ni hacer
justicia, ni siquiera puede concebir una relación de justicia, mientras
no exista otro hombre presente cuyos derechos él deba respetar o que
pueda denegar sus derechos. La llegada de otros hombres creará
necesariamente, una relación jurídica entre él y ellos. Pero mientras él
permanezca solo, el podrá ser santo o impío, pero no se podrá decir de
él que sea justo o injusto. De igual manera, se puede decir de Dios que
antes de la creación Él era Santo, pero no podía desplegar Su justicia
simplemente porque no había criaturas que sostuvieran con Él una
relación jurídica. Pero inmediatamente después de la creación el
despliegue de la justicia se hizo posible.
Aun así, esta ilustración solamente se puede aplicar a Dios hasta
cierto punto. Esencialmente, Dios no es solo, pues es Trino en
personas; por consiguiente, hay entre el Padre y el Hijo y el Espíritu
Santo una relación mutua. Siendo esta relación la más alta, tierna, y la
más intima, contiene desde la eternidad la más completa expresión de
justicia. Y aun en referencia a la criatura, la justicia divina no se
originó hasta después de la creación, sino que encuentra su perfecta
expresión en el consejo eterno. Dicho consejo no sólo determina toda
posible relación jurídica entre las criaturas y el Creador, y entre las
criaturas mismas, sino que indica también los medios por los cuales
dicha relación debe restablecerse cuando se haya roto o alterado.
Por consiguiente, Su justicia es tan eterna como Su Ser; sin
embargo, a fin de poder expresar claramente la diferencia entre santidad
y justicia podemos decir que Su santidad ha sido gloriosa desde la
eternidad, de modo que Su justicia se despliega y ejerce solamente en
el
tiempo, es decir, desde que la criatura comenzó a existir. No se
originó en ese momento, pero se vuelve perceptible desde entonces.
Cualquier cosa que se diga sobre la materia, permanece la diferencia
fundamental: que Dios es Santo, aun cuando se le considere Él solamente;
mientras que Su
justicia comienza a irradiar cuando se le considera en relación a Sus criaturas.
Dios es esencialmente Santo; antes que existiera la más mínima
impureza, había en Él una presión vital de repeler toda mezcla foránea
con Su Ser. Pero sólo como Soberano pudo determinar lo justo, mantener
los derechos violados y ejecutar justicia sobre el violador.
En sus características fundamentales esto se aplica a nosotros
como hombres. Aun en nosotros la justicia es completamente diferente a
la santidad; la primera hace referencia exclusiva a nuestra relación y
posición ante Dios, hombre y ángel; mientras que la santidad se refiere
no a cualquier relación, sino a la cualidad de nuestro ser interior.
Hablamos de justicia sólo con respecto a nuestra relación con Dios o el
hombre. Se dice que Noé fue un hombre justo en “su generación,” lo cual
indica, no su cualidad esencial, sino su relación con otros.
La justicia implica lo justo, lo cual es impensable sino existe
entre dos personas en conexión con la calificación de cualquiera de
ellos o una tercera para determinar ese derecho. Por consiguiente, la
justicia del hombre en referencia a Dios tiene dos aspectos:
Primero, implica el reconocimiento de las cualidades soberanas de
Dios para determinar las relaciones del hombre con Dios y con los
hombres.
Segundo, implica reverencia a las leyes divinas y ordenanzas ejercidas con respecto al servicio del hombre hacia Dios.
El hombre puede guardar estrictamente algunas de estas
ordenanzas, pero no con motivo de reverencia, sino porque está obligado a
aprobarlos. En algunos aspectos él da a Dios lo que merece; pero Su
posición es errada. Falla en honrar a Dios como su Soberano Rector, para
reconocer a Dios como Dios e inclinarse delante de Su majestad.
O bien el puede reverenciar la autoridad divina en lo abstracto, pero en la práctica robar constantemente a Dios sus derechos.
De ahí la que justicia
original, que hace referencia al status del hombre delante de Dios como criatura, y la justicia
derivada,
que hace referencia al acto de honrar las ordenanzas divinas, sean dos
cosas diferentes. Ambos son justas—es decir, el acto de ocupar la
posición ordenada por la divinidad—pero la primera se refiere a nuestra
posición personal determinada por Dios, y la segunda al acto de
conformar nuestros pensamientos, palabras y obras al divino
requerimiento.
Es innecesario hablar particularmente sobre la justicia con
referencia a los hombres. Cualquier cosa que hagamos en relación a
ellos, es justo o injusto de acuerdo a su conformidad o inconformidad
con las ordenanzas divinas, y toda transgresión contra el prójimo se
vuelve pecado solamente porque no está en conformidad con la justicia de
Dios.
Brevemente, la justicia del hombre consiste de dos partes:
Primero, que su status será lo que Dios ha determinado.
Segundo, que sus
pensamientos palabras y obras se conformen a dicha ordenanza divina. Por consiguiente, nuestra justicia
no debiera ser el producto de nuestra labor del alma.
La justicia original de Adán y Eva no carecía de nada, aun cuando no le
habían hecho nada personalmente. Ellos solamente permanecieron en la
posición correcta delante de Dios; una posición no asumida por ellos
mismos, sino divinamente determinada. Así lo justo, luego de haber sido
alterado, puede ser restaurado por una tercera persona,
independientemente del violador. La pregunta no es
cómo la relación correcta se restaura, sino si ella concuerda nuevamente con la voluntad soberana de Dios.
Aquel que libera a un deudor de la cárcel mediante el pago de sus
deudas, lo restaura a una justa relación con sus acreedores anteriores,
aun cuando el prisionero mismo no haya pagado un céntimo de la deuda.
Porque la justicia dice relación con relaciones mutuas; el derecho se
satisface tan pronto se restablece la relación alterada y la posición
perdida se recupera. Cómo se logra, es irrelevante.
Esto nos permite mirar con mayor detalle el profundo significado
de la Cruz y por qué es que nuestra justicia no se puede incrementar ni
disminuir, aun cuando no afecte nuestro carácter esencial.
Enteramente diferente es la santidad del alma, que toca
directamente la calidad de la persona y su carácter; como nuestros
antiguos teólogos lo expresaban “la justificación actúa para el hombre;
la santificación
ocurre dentro del hombre.”
El impío es justificado en el mismo momento en que cree. Antes
que la santificación haya empezado a operar en él, sabe que se presenta
perfectamente ante Dios. Él no está meramente comenzando a ser justo;
parcialmente justo, para ser un poquito más recto mañana y perfectamente
justo cuando entre al cielo; sino que perfectamente justo
ahora,
de hoy en adelante y para siempre. Él es hecho justo no sólo para el
presente y por toda la eternidad, sino también por el pasado. Él está
seguro de presentarse delante de Dios en derecho intachable, como si
nunca se hubiese equivocado y sabiendo que nunca lo estará de nuevo.
Por consiguiente, la percepción consciente de ser justificado es
instantánea y completa y no puede ser incrementada ni disminuida. Esto
es posible porque la justicia no tiene nada que hacer con su ser, sino
que hace exclusiva referencia a la relación en la cual él se ve
involucrado. Esta relación fue miserable y totalmente injusta; pero
Alguien fuera de él ha restaurado dicha relación y ha hecho de ella lo
que debió ser. Por consiguiente, él se presenta justo sin referencia
alguna a su ser personal. Este es el significado profundo de la
confesión, que aquel que es justificado es siempre
una persona impía.
Pero este no es el caso en relación a la santidad del hombre, la
cual toca a su persona y no puede llevar a cabo fuera de su ser interno.
V. La Vestimenta Sagrada Tejida por Nosotros
“Yo habito en lo alto y la santidad.”—Isaías lvii. 15.
La santidad es inherente al
ser del hombre.
Hay una santidad
externa, como por ejemplo, aquella del
orden levítico, efectuada por el lavamiento o por el rociamiento de
sangre; o aquella la santidad oficial, que denota la separación para el
servicio divino, en cuyo sentido, los profetas y apóstoles son llamados
santos, y los miembros de la iglesia son llamados santos y amados. Pero
estos no tienen nada que ver con la santificación que estamos
discutiendo.
La santificación como regalo de la gracia se refiere a la
santidad personal
del hombre. Como la santidad divina es la exaltación del Dios en lo
alto y el rechazo furioso de toda impureza y corrupción, así también lo
es la disposición esencial del hombre para la santidad humana, por la
cual él ama espontáneamente la pureza y odia lo impuro. La victoria
sobre la tentación, después de un largo y penoso conflicto, en el cual
nuestros pies casi se deslizaron, no es santidad.
La santidad significa una disposición, una cualidad inherente, o
dicho en otra forma, el tinte o sombra adoptada por el alma, de modo que
las manifestaciones malignas del corazón y los malévolos susurros de
Satanás nos llenan de horror positivo. Tal como el oído entrenado
musicalmente es afectado dolorosamente ante una disonancia a medida que
vibra a lo largo del temblante nervio auditivo, mientras que el oído no
musical nunca percibe la ofensa contra la pureza tonal, así es la
diferencia entre el santificado y el no santificado. Cualesquiera sean
las disonancias morales del mundo, fallan en afectar al impío, quien
incluso puede apreciar la música; pero angustian al santo cuya alma se
deleita en la armonía del acorde sagrado.
Esta disposición santa o impía incluye todo nuestro ser interno;
él habita en la mente, en la consciencia, en el entendimiento, en la
voluntad, en los sentimientos y en las inclinaciones. El discurso
maligno e impuro proporciona placer o dolor a todos ellos.
Sin embargo, esta no es la señal final de ser santo o impío. Se
requiere algo más. ¿No se estremecen muchos no regenerados con lo que es
maligno y se deleitan de igual forma con aquello que es bueno? Se puede
llamar santidad a la simpatía por lo bueno sólo cuando posee esta
característica esencial: que anhela lo bueno solamente para satisfacer a
Dios.
Sólo Dios es
santo. No hay santidad salvo aquella que
desciende de Él, la fuente de todo bien, por consiguiente de toda
santidad. La mera santidad humana es una falsificación, un ataque al
honor de Dios como Fuente exclusiva y única de todo lo bueno. Es el
esfuerzo de la criatura igualarse a Dios y, como tal, es en esencia un
pecado. No, la santidad del hombre debe ser la disposición implantada
divinamente que remece todo su ser para amar aquello que Dios ama, no
según su gusto personal, sino por amor a Su Nombre.
Habiendo sido planeados a imagen de lo divino, Adán y Eva
poseyeron esta santidad; por consiguiente, la discordancia entre ellos y
su Hacedor era imposible. Su santidad no estaba solamente en el
germen sino
en todo,
porque todo en ellos estaba en perfecta concordancia con Dios. Y los
redimidos en el cielo son santos; en la muerte son separados
completamente de la fuente interna del pecado; están esencialmente en
plena y cálida simpatía con la santidad divina, y se sienten atraídos
por todas Sus características.
Pero el pecador ha perdido esta santidad. Es su miseria que toda
manifestación de su ser colisione naturalmente con la voluntad de Dios,
cuya santidad no le atrae sino repele. Y la mera regeneración no
santifica su inclinación y disposición; ni es capaz de germinar por sí
solo la disposición sagrada. Se requiere de un acto adicional y muy
peculiar del Espíritu Santo para que la disposición del pecador
regenerado y convertido sea llevada gradualmente a la armonía de la
voluntad divina; y este es el clemente regalo de la santificación.
Pero esto no implica que aquel hombre que muere inmediatamente
después de la conversión entre al cielo sin santificación. Esto sería
una doctrina muy incómoda, y animaría sin querer al antinomianismo. El
hijo de Dios que entra al cielo está completamente santificado, no
en esta vida, sino
después de ella.
De acuerdo a las Escrituras hay en el cielo una diferencia entre
los espíritus de los redimidos; no se parecen uno al otro al igual que
dos gotas de agua. En la parábola de los talentos, Cristo enseña
claramente que en el cielo hay diferencias en la distribución de los
talentos. Aquel que niega esto se roba a sí mismo la promesa positiva
que “el Padre que ve en secreto re recompensará en público” (Mateo vi.
4, 6, 18). El estado celestial que predicamos no se basa en los
principios de la Revolución Francesa; al contrario, en la asamblea de
los hombres justos hechos perfectos, nunca ascenderemos al rango de
profetas o apóstoles, probablemente ni siquiera de mártires. Sin
embargo, en el cielo no hay santo cuya santificación esté incompleta. En
este aspecto todos son similares.
Pero habrá lugar para el desarrollo. La santificación completa de
mi personalidad, cuerpo y alma, no implica que mi disposición santa
esté de hecho ahora en contacto con toda la plenitud de la divina
santidad. Al contrario, a medida que asciendo de gloria en gloria,
encontraré en las infinitas profundidades del Ser divino el eterno
objeto de las más ricas delicias cada vez más grandes. En este aspecto,
los redimidos en el cielo son como Adán y Eva en el paraíso, quienes,
aun cuando eran perfectamente santos, estaban destinados a entrar más
plenamente a la vida del amor divino en un desarrollo sin fin.
Debe entenderse completamente, por lo tanto, que al momento de su
entrada al cielo, la santificación del redimido no carece de nada. Sin
embargo, su santificación se completará plenamente cuando sean alzados
de la sepultura, en la gloria del cuerpo resucitado, entrando al Reino
de Gloria después del día del juicio. Hasta esa hora ellos estarán en un
estado de separación del cuerpo descansando en paz; esperando la venida
del Señor.
Como la santificación incluye cuerpo y alma, un tratamiento
exhaustivo requiere que enfoquemos la atención sobre este punto. No como
si este estado intermedio fuera pecaminoso, una suerte de purgatorio;
porque las Escrituras nos enseñan claramente que en la muerte estamos
separados del cuerpo. El hecho de que el cuerpo permanece impuro hasta
el día de la glorificación no afecta el estado santo de los santos
fallecidos. Habiendo sido liberado del cuerpo, no se ve más afectado por
él. Y cuando, en el notable día del Señor, el cuerpo le sea restaurado,
este será perfectamente santo, puro y glorificado.
Aquello que le pertenece a Jesús entra al cielo perfectamente
santo. La más mínima carencia indicaría algo internamente pecaminoso;
aniquilaría la gloriosa confesión de que la muerte es un morir a todo
pecado, así como la positiva declaración de Las Escrituras: que nada
profano podrá entrar por las puertas de la ciudad. Por consiguiente, es
una regla inalterable de la santificación que cada alma redimida que
entra al cielo está perfectamente santificada.
Esto también se aplica al infante que, habiendo sido regenerado
en la cuna, es luego llevado de allí a la tumba, en quien, por
consiguiente, el ejercicio consciente de la santidad está fuera de
cuestión; a toda persona convertida que muere súbitamente; y al hombre
que, endurecido por la vida, en la hora de su muerte se arrepiente ante
Dios y fallece como uno de los redimidos del Señor.
Los sustentadores de la ordinaria doctrina arminiana consideran
imposible esta representación. Ellos creen que la santificación del
santo es un efecto de su propio esfuerzo, ejercicio y conflicto. Es como
una preciosa vestidura de lino fino, muy deseable, pero que debe ser de
tejido propio. Esta labor comienza inmediatamente después de la
conversión del santo. El telar es puesto a punto y comienza a tejer.
Continúa su labor espiritual pero sólo unas pocas interrupciones. El
pedazo de lino crece gradualmente bajo sus manos y toma forma y diseño.
Si no es cortado a temprana edad, él espera terminarlo aun antes de la
hora de su partida.
El púlpito debe oponerse a esta teoría que no proviene de los
libros arminianos, sino de la malvada alma del hombre. Porque no es sólo
muy inconfortable sino también malvada.
Es
inconfortable porque si fuera cierto, entonces todos
nuestros pequeños queridos que murieron en la cuna están perdidos,
porque no pudieron dar una sola puntada en la vestidura de Su gloria;
inconfortable, porque si el santo estuviera atrasado con su tejido o
fuera arrebatado en la mitad de sus días, antes que pudiera darle
término, estaría ciertamente perdido. Ni siquiera es menos inconfortable
para aquel en el lecho de muerte, cuya conversión resulta completamente
inútil, pues llegó muy tarde como para tejer esta vestidura de
santificación.
Y es también
malvada: porque entonces Cristo no es un
Salvador suficiente. Él puede afectar nuestra justificación y abrir las
puertas del Paraíso, pero el tejer nuestra propia tenida de matrimonio,
lo deja en nuestras manos sin asegurarnos el suficiente tiempo para
terminarla. ¡Sí! muy malvado por cierto, porque esto hace que el tejido
sea nuestro trabajo, que la santificación sea un logro del hombre, y que
Dios no sea más el único Autor de nuestra salvación. Entonces, no es
una gracia, pues el trabajo del hombre se vuelve a cero.
Con esto se trastornan los fundamentos mismos de las cosas
sagradas. Los irreflexivos teólogos éticos debieran considerar la
destrucción que traen a la Iglesia de Cristo. Nuestros padres nunca
creyeron estas doctrinas y siempre se opusieron a ella. “No hay
Evangelio en él,” decían. Es anular del Pacto de Gracia; hace recaer en
los santos de Dios el temor y desazón del Pacto de Obras.
VI. Cristo, Nuestra Santificación
“Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha
sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y
redención.”—1 Corintios i. 30.
El alma redimida posee
todas las cosas en Cristo. Él es un
completo Salvador, Él no necesita de nada. Teniéndolo a Él somos
salvados hasta en lo más remoto; sin Él estamos completamente perdidos y
desechos.
Debemos mantener firmemente este punto especialmente en lo
referente a la santificación, y repetir con claridad cada vez más que
Cristo nos es dado por Dios no sólo para sabiduría y justicia, sino
también para
santificación.
Se lee claramente que Cristo es nuestra justicia y santificación.
Esta traducción es perfectamente correcta. El griego no se lee “dikai
sis” que es
justificación, sino “dikaiosún,” que nunca se refiere al acto de
hacer
justicia, sino a la condición de ser justo, por lo tanto, justicia.
Igualmente no se lee “hagios” o “hagiosúne,” que puede referirse a la
santidad sino que se lee claramente, “hagiosmós,” que apunta al acto de
hacer santo.
Lo que el apóstol distinguió tan claramente, no se debe confundir.
San Pablo y la iglesia de los corintios son creyentes. Ellos ya
están justificados en Cristo, de una vez por todas; porque Cristo fue
hecho justicia para ellos. Pero este no es en el caso con la
santificación. “Aun las personas más santas están recién comenzando a
andar en esta obediencia, la cual los constriñe a vivir no sólo de
acuerdo a algunos sino a todos los mandamientos de Dios” (Catecismo de
Heidelberg, n. 114).
Pero el trabajo recién ha comenzado. Comparado con los tiempos
anteriores, hay un amor y espíritu más santo en ellos, pero por ningún
motivo están completamente santificados. Están bajo el tratamiento del
Espíritu, su Santificador. Se asemejan más y más a la imagen de Dios (n.
15). Por consiguiente, hay grados de progreso en la santidad. En
aquellos convertidos recientemente, la santificación ha progresado, pero
sólo un poco; en otros se ha logrado un progreso glorioso. En la
Iglesia hay personas santas, más santas y santísimas (n. 114).
Dado que la justificación de los impíos se termina al instante, y
que la santificación de los regenerados ocurre lenta y gradualmente,
San Pablo le escribe a los corintios con mucha precisión que Cristo es
para él y ellos, no un hacedor de justicia sino la justicia misma; de lo
contrario, Él no se habría vuelto para ellos en
santidad o sino en
hacedor de santidad.
Habiendo entendido bien esto, es imposible equivocarse. Si el
apóstol hubiera intentado enumerar en abstracto todo lo que el perdido
pecador posee en Cristo, él habría dicho: “Hacedor de sabiduría, hacedor
de justicia y hacedor de santidad”; porque un pecador perdido todavía
camina en su necedad, aún no ha sido hecho justo, etc. Pero él describe
su propia experiencia, diciendo que, como una estrella, la sabiduría de
Dios ha surgido en su alma oscurecida; que en beneficio de Cristo, ha
obtenido el perdón y la satisfacción, por lo cual él se presenta
perfectamente justo delante de Dios; y que ahora él está siendo
hecho santo y
siendo redimido. Él aún no es redimido completamente; el griego “apolutrosis” denota también aquí la
acción continua de estar siendo liberado de la miseria interna y externa.
El Catecismo de Heidelberg (n. 60) describe la presentación justa del alma frente a Dios de manera impactante:
“P. ¿Cómo eres justo delante de Dios?
“R. Sólo por fe verdadera en Jesucristo: de manera que, aunque mi
consciencia me acuse que he transgredido a sobremanera todos los
mandamientos de Dios, y que no guardo ninguno de ellos, y que todavía
estoy inclinado al mal; no obstante, me presento ante Dios sin ningún
mérito propio sino sólo por mera gracia, la cual me concede y atribuye
la satisfacción perfecta, justicia y
santidad de Cristo, tal como
si yo nunca hubiera tenido ni cometido pecado alguno: sí, como si yo
hubiera logrado toda la obediencia que Cristo ha realizado por mí; en la
medida que adopte tal beneficio con un corazón creyente.”
El que esta respuesta incluya la santidad como parte de la
justicia, ha provocado que los hombres menos pensantes infieran que la
santificación y la justificación son la misma cosa. Discutido esto en el
Sínodo de Dort, este asunto se resolvió insertando dentro del artículo
22 de la Confesión la cláusula siguiente: “Jesucristo atribuyéndonos
todos Sus méritos y tantas obras santas, las cuales Él ha realizado por
nosotros y en nuestro lugar, es nuestra Justicia.”
¿Qué incluye, entonces, la justificación? No la santificación de
nuestras personas, sino la suma total de las obras santas que le debemos a Dios según con la ley. La Pregunta 60 llama a esto “nuestra santidad.”
La diferencia entre ambos se ve claramente en Adán y Eva en el Paraíso. Ellos fueron creados
personalmente santos,
santos en sí mismos; no había nada impío en ellos. Pero no habían
completado la ley aún. No poseían obras santas. No habían adquirido el
tesoro de la santidad. Personalmente, uno puede ser santo sin haber
logrado ni adquirido ni un grano de la santidad; y, por otro lado, uno
puede haber completado perfectamente la ley, sin tener la más mínima
función de la santidad personal. Cristo en el pesebre era perfectamente
santo, pero no había aún completado la ley, por consiguiente, no había
adquirido aún la santidad para presentarla a nosotros en nuestro lugar.
Pero en la hora de la justificación, el hijo de Dios recibe (1) la
completa remisión de su castigo en base a la
propiciación de Cristo; (2) la completa remisión de su deuda en base a la
satisfacción
de Cristo. Y esta satisfacción no es más que el perfecto cumplimiento
de la ley; una completa presentación de todas las buenas obras. Por
consiguiente, una manifestación perfecta de santidad. Entre las
Preguntas 114 y 115 no existe, por lo tanto, el menor conflicto.
La santificación y la santidad son dos cosas diferentes. La
santidad en la Pregunta 60 no hace referencia a las disposiciones y
deseos personales, sino
a la suma total de todas las buenas obras requeridas por la ley. La santificación, al contrario, no se refiere a cualquier obra de la ley, sino exclusivamente a la obra de
crear una disposición santa en el corazón.
Si alguien pregunta, ¿es Cristo tu santidad tanto como tu
justicia
y en el mismo sentido? Nosotros respondemos: ¡Sí! Por supuesto, alabado
sea el Señor; Él es mi santidad completa delante de Dios como también
mi perfecta justicia. Una es tan absoluta y cierta como la otra. El
desempeño de todas las obras santas que la ley requiere de todo hombre,
de acuerdo al Pacto de Obras, es un acto vicario de Cristo en el sentido
más completo de la palabra. Por lo cual confesamos que la obras santas
que Cristo hace por nosotros son justa y positivamente una santidad
atribuida al presentarnos delante de Dios por una justicia atribuida. No
se puede agregar nada. Es un todo, perfecto y completo en todo aspecto.
Y aquello que se hace para nuestro beneficio no requiere
nuevamente de nosotros. Esto sería moralmente absurdo. De acuerdo con el
Pacto de Obras, ni la ley ni el dador de la ley tienen algo más que
demandar de nosotros. Es un trabajo terminado. El castigo se sufre y la
santidad requerida por la ley se presentado. Somos perfectamente justos
delante de Dios y frente a nuestra propia consciencia, ya que recibimos
este beneficio innombrable con un corazón creyente.
Pero todo eso no tiene nada que ver con nuestra santificación.
Adicionalmente a la justicia instaurada y a las obras santas, a
continuación sigue nuestra santificación.
Del pecado procede la culpa, la pena y la mancha. Debemos ser
liberados de esos tres. De la pena por la expiación de Cristo; de la
culpa por Su santificación; y de la mancha por la santificación. Después
que Dios nos ha redimido de esta eterna condenación, aún estamos
oprimidos en nuestra sangre impura. La santa disposición inherente en
Adán y su deseo no están restaurados aún en nosotros. Al contrario, la
mancha del pecado todavía está allí. Nos gozamos en la ley de Dios en
del hombre interno, pero también encontramos al pecado siempre presente y
en todo lugar, en el cuerpo y alma manchados por el pecado. Y la
voluntad de Dios es que esto no continúe. Porque Él sustituirá la mancha
del pecado por una santa disposición. Él resuelve reformarnos
internamente y renovarnos después en honor a la imagen de Su querido
Hijo, es decir, para santificarnos.
Es sólo ahora que Él comienza a hacernos realmente santos. Como
sus hijos, somos amados como la niña de Sus ojos. Él ha grabado nuestros
nombres en las palmas de Sus Manos. Nosotros rechazamos las cosas
indiferentes, pero pulimos la preciosa joya. Y nuestra vieja vestimenta
es descartada. Pero removemos la mancha de la costosa túnica de seda. La
dueña de casa adorna el bien amado caserío y el jardinero saca las
malezas de su jardín. De igual manera, Dios motivado por Su Amor desea
que Sus hijos, en cuerpo y alma, sean iluminados, hasta que la mancha
del pecado sea removida completamente.
Esta es la obra de la santificación, apuntando exclusivamente a
nuestra santificación personal, para restaurarnos a la santidad de Adán
antes que hubiera realizado cualquier obra santa.
En Adán la santidad
personal vino primero, luego la
santidad consistente en la cumplimiento de la ley. Pero para el hijo de
Dios, el último, atribuido a él por amor a Cristo, es impartido
primeramente, y luego le sigue su santidad personal. Así como Adán fue
creado santo, así el regenerado es
hecho santo.
La santificación personal del regenerado y del pecador convertido
comienza después del avivamiento de la fe; continua con más o menos
interrupciones todos los días de su vida; es terminada, en lo que
respecta al alma, con la muerte; y en relación al cuerpo, con la llegada
del Señor. Y como esto es forjado por Cristo, a través del Espíritu
Santo, las Escrituras confiesan que Cristo no es sólo nuestra Justicia,
sino también nuestra Santificación.
VII. Aplicación de la Santificación
“A los que antes conoció, también los predestinó para que
fueran hechos a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito
entre muchos hermanos.”—Romanos viii. 29.
En Su tiempo y con irresistible gracia, Dios trasladó a Sus elegidos de
la muerte a la vida. Les dio fe y consciencia de ser justificados en
Cristo; y por la conversión, Él puso sus pies en el camino de la vida.
Así ellos están libres de culpa. No hay para ellos condenación. Ni el
infierno ni el diablo pueden prevalecer contra ellos. De ahí surge el
grito de victoria del apóstol: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios?
Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que
murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra
de Dios, el que también intercede por nosotros” (Ro. viii. 33, 34).
Los hijos de Dios tienen prueba formal de su justificación no
sólo en la palabra, sino también en Cristo mismo, quien continuamente
presenta Su sacrificio delante del trono. Tenga o no una alegría
consciente de esto, no es relevante. En su sueño, en el delirio de la
fiebre, privado de razón por causas físicas, continúa siendo el hijo de
Dios. Independiente de sensaciones, experiencias y estados de ánimo,
¡sí! aun cuando no haya derramado una lágrima de arrepentimiento, posee
su tesoro bajo toda circunstancia. Aun aquellos con discapacidad mental
pueden poseerla. ¿Por qué Dios no podría tener hijos entre ellos? Por
supuesto, bajo condiciones normales la fe consciente es la regla; pero
la salvación no depende de la experiencia en sí del alma. Cuando caminas
al sol, tu sombra es visible, pero tu existencia no depende de tu
sombra.
Se debe enfatizar que la santificación no implica esfuerzos
humanos y para complementar el trabajo de Cristo: pero es la obra
adicional de la gracia crear en el santo de forma sobrenatural una
disposición santa.
Los pecados generan polución, o sea, no puede haber pecado que no
engendre pecado; el pecado genera pecado, atribuye pecado, es siempre
madre del pecado. Si no detuviéramos el proceso engendrador de pecado en
nuestros corazones, la cadena del pecado no se rompería, y sólo el
pecado sería el resultado.
Pero este no es el propósito divino. Dios desea que nuestras
buenas obras sean vistas por los hombres y glorifiquen al Padre que está
en el cielo. Por lo tanto, Dios ha preparado buenas obras para que
andemos en ellas. Pero si la mancha del pecado trabajara sin
interrupciones, no podríamos ni caminar en ellas: ni uno solo de
nosotros podría nunca hacer una buena obra. La luz nunca brillaría en
los hijos de la luz y no habría ocasión para glorificar a Dios en el
cielo. Las buenas obras labradas en nosotros por el Espíritu Santo
independientemente de nosotros no pueden ofrecer dicha ocasión. Sus
obras son siempre
santas: no hay nada sorprendente en eso. Él
causa que las obras sagradas procedan de nosotros de tal manera que son
verdaderamente nuestras, y entonces hay motivos de alabanza—Mateo v. 16.
Entonces los hombres preguntarán sorprendidos: ¿Quién hizo esto en
ellos? Y mirando hacia arriba glorificarán al Padre. Y entonces la
temible continuidad del pecado llamada “mancha” se rompe; entonces la
ley que dice que el pecado debe engendrar pecado, es decir, cultivar una
disposición pecaminosa, es reemplazada por otra ley que gradualmente
introduce la santa disposición.
Esta disposición sagrada no puede surgir del hombre, ni siquiera
desde de la regeneración. Un niño hambriento no puede crecer, ni tampoco
el niño de Dios puede proseguir a la santificación si se le deja solo.
Aun cuando la santificación está orgánicamente conectada a la vida
implantada, no germinará sin el derrame constante de la gracia. Por
consiguiente, es un regalo gratis del Padre de las luces.
El Espíritu que nos habita es el real Obrero. Él lo realiza en
todos los santos, no parcialmente, sino completamente tanto en la vida
como en la muerte, o sólo en la hora de muerte. Esto último se aplica a
los niños elegidos, a los discapacitados mentales, a las personas
enfermas y a las personas convertidas en su lecho de muerte. En todos
los otros lo realiza durante toda su vida y en la hora de su partida.
Pero hay diferencias en distintas personas. En algunos el
Espíritu Santo comienza la santificación en la niñez; en otros, en la
madurez; en algunos procede casi sin ninguna interrupción; en otros se
dificultada por conflictos o apostasía. Pero en todos Él actúa de
acuerdo a lo que le es grato. La santificación es un bordado artístico
confeccionado en nuestra alma. Él se asegura que será terminado en el
momento preciso dispuesto para nuestra entrada a la Nueva Jerusalén;
pero la forma y medida del progreso dependerán solamente de lo que sea
Su propósito y beneplácito.
Primero, la santificación está íntimamente relacionada a
Cristo y es parte del Pacto de Gracia que Él nos asegura como nuestro
Garante. No es solamente Su obra, sino también una gracia inherente a Su
Persona y tan identificada con Él, que el apóstol proclama: “¿Quién ha
sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y
redención?” Está relacionado a la
unio mystica: Él vitalmente en
nosotros y nosotros vitalmente en Él; Él es la vid y nosotros las ramas:
“Ya no soy yo que vive, sino Cristo que vive en mí” (Gálatas xi. 20);
Él la Cabeza y nosotros los miembros. Todos estos indican la unión vital
entre el creyente y el Mediador. Se puede decir que el niño nonato
respira a través de la respiración de la madre y que la madre respira en
el niño. Lo mismo es verdad aquí, aun cuando la comparación ilustra
pero no satisface completamente.
Por tanto, el hijo de Dios no puede estar sino en Cristo. No es
que siempre esté consciente de ello. Muchas veces siente como si Cristo
estuviera lejos de Él, y despechado por esto, se aleja tanto que
pareciera que los lazos de unión se disolvieran completamente. Esto no
es realmente así, porque Cristo nunca suelta su dominio. Pero así le
parece a él. Y esta es la causa de la dificultad. En esta condición, su
naturaleza pecaminosa se queda con él; todos sus tesoros de la gracia se
quedan con Jesús. Por esta razón la liturgia dice: “Yacemos fuera de
Cristo en medio de la muerte.” Cuando con Dina dejamos la tienda
patriarcal para dirigirnos a tomar el camino de Siquén, lo hacemos bajo
nuestro propio riesgo y responsabilidad, teniendo tan sólo la herencia
de Adán, a saber, un alma muerta y una naturaleza corrupta. Entonces,
imaginarnos que tenemos algo en nosotros mismos que sea aceptable a
Dios, es equivalente a una negación de Emanuel. Con Köhlbrugge decimos:
“Considerado fuera de Cristo, el convertido y el inconverso son
exactamente iguales.” Pero aun cuando renegamos de Él, Él nunca reniega
de nosotros; esta es la inconmensurable diferencia entre el convertido
en su más profunda caída y el inconverso, en que el alma del primero
está unida inseparablemente a Jesús y el alma del último no lo está.
Segundo, la santificación de los santos es impensable sin
Cristo, porque la implantación de la disposición sagrada por el Espíritu
Divino es: “Que nos transformamos más y más a la imagen de Dios hasta
que llegamos a la perfección preparada para nosotros en la vida por
venir” (Catecismo de Heidelberg, n. 155). ¿Y acaso esto no es la imagen
de Cristo?
Ser santificados, entonces,
significa dejar que Cristo crezca en nosotros. No son sólo unos pocos signos confusos de santidad, sino un
todo orgánico
de un deseo e inclinación pura, estampado en nuestra alma, abrazando
todos los poderes del espíritu humano y su disposición. Por
consiguiente, su progreso no puede medirse en diez grados ahora y en
quince el próximo año. Es el reflejo de Cristo sobre la superficie
reflexiva de nuestra alma; primero en tenues trazos, gradualmente más
distinguible, hasta que el ojo experimentado reconoce en él, la forma de
Jesús. Pero, aun en el caso más avanzado, no es nunca más que un
daguerrotipo; sólo a través de la muerte se nos revelará una
imagen perfecta de Emanuel.
La disposición sagrada es un “hombre perfecto,” es decir, una forma de abrazar
toda la personalidad del santo; una expresión completa de la imagen de Cristo; y, por consiguiente, abarca todo nuestro ser humano.
Cuán necio es hablar entonces de la Santificación como resultado
del esfuerzo humano. Cuando la persona desaparece, ¿no va también la
sombra con ella? ¿Cómo podría entonces la imagen de Cristo, su forma o
su sombra, permanecer en nosotros cuando, en nuestros vagabundeos, el
alma se separa de Él? El resplandor desaparece con la luz. No se puede
retener una sombra. Es por esto que Emanuel es nuestra santificación en
todo el sentido de la palabra.
Su forma reflejándose a sí misma en el alma y el alma reteniendo ese reflejo es toda la obra de la santificación.
Finalmente, vamos a la pregunta: ¿Cómo puede la santificación
implantar una disposición sagrada si depende de la reflexión de la forma
de Jesús en el alma, si es que una negación o apostasía temporal que
nos separa de Él? Contestamos: ¿Puede una disposición inherente no
existir y continuar sin ser ejercida? Uno puede haber adquirido la
disposición (hábito) de hablar inglés fluido y no hablarlo por todo un
año. Así también puede adherirse al alma la disposición o hábito del
deseo sagrado, aun cuando el flujo de la impiedad lo cubra por toda una
temporada. Y el alma está completamente al tanto de esto por la lucha
interna en la consciencia. Si Jesús pudiera perder su dominio sobre
nosotros, sí, entonces la sagrada disposición podría no permanecer.
Pero, ya que el alma inconsciente en medio de la profunda caída,
permanece en Su mano, tal objeción no tiene peso.
VIII. La Santificación en Hermandad con Emanuel
“Pero ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos
siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación y. como fin,
la vida eterna.”—Romanos vi. 22.
La
tercera razón por la cual nuestra santificación esta en Cristo es: que Él la ha
obtenido; que de Él fluye y que Él la
garantiza.
Teniendo su mente completamente despojada de la falsa idea que la
santificación es producto de sus propias manos, sujetando fuertemente
la clara doctrina de que es un regalo de la gracia, esta tercera razón
apela a usted. Si la santificación es un regalo, un favor, surge la
pregunta: ¿para qué? ¿Es un regalo por la labor de su alma? ¿Fruto de su
oración? ¿Un aliento en el camino? ¿Es por motivo de su amor, piedad,
bondad? ¿Es por cualquier otra cosa en usted? Porque debe haber algún
motivo.
El que Dios deba otorgar el precioso y duradero regalo de la
santificación a personas que con ambas manos se oponen a ella y con
dedos torpes estropean su belleza, es inconcebible. ¿Qué fue, entonces,
lo que movió al Señor Dios en favor suyo? Usted debe decir: “Su
insondable placer, que es la base más profunda de toda nuestra
salvación.” Muy bien; pero el divino consejo no trabaja por magia. Todo
lo que proviene de ese consejo sigue su curso y muestra los vínculos que
le dan consistencia.
Por consiguiente, la pregunta que se debe hacer es: “¿Quién es el
que obtuvo para usted el gracioso regalo de la santificación?” Y la
respuesta es “Nuestro redentor; la santificación es el fruto de la
Cruz.”
No hay división en la obra de redención. Cristo no obtuvo en la
Cruz solamente nuestra justicia, dejando que nosotros obtuviéramos la
santificación por conflicto y negación propia; pero hay Uno que obra, y
los otros entran en Su paz; Él solo pisó el lagar y, de la gente que
estaba allí, no había ninguna con Él.
Dios ha ordenado que nuestra santificación fluya directamente de
Cristo. El Espíritu Santo es el Trabajador, aun cuando cualquier cosa
que Él nos imparte, lo toma de Cristo. “Él recibirá de mí y Él me
glorificará.” Esta no es una frase vacía sino la pura realidad.
Lo que un alma redimida necesita es una santidad
humana.
Un hombre debe santificarse, un ángel no. Este último no puede ser
santificado. Una vez caído, se pierde para siempre. Creado y caído como
Adán, no puede ser restablecido como Adán. Los ángeles sin saber nada de
la redención, desean contemplar esto. Por consiguiente, cuando, a pesar
del pecado, Dios induce a la vida eterna a una innumerable compañía de
hombres y ángeles, Él efectúa esto santificando a los elegidos de entre
los hombres impíos; mientras que los ángeles elegidos no necesitan
santificación porque ellos nunca han sido impíos. La santificación se
refiere, por tanto, exclusivamente a los hombres; se imparte una
santidad hecha posible y decretada sólo para los hombres; se crea una
disposición sólo para la forma y carácter humanos, calculada para las
peculiares necesidades del corazón humano.
El Espíritu Santo encuentra esta disposición sagrada en su forma
requerida, no en el Padre, no en sí mismo, sino en Emanuel quien, como
hijo de Dios e Hijo del hombre, posee la santidad en esa peculiar forma
humana.
Cristo también nos
garantiza su precioso regalo. Siendo la justificación un hecho que se logra de
una sola vez, no requiere esto, pero la santificación
es gradual.
La falta de garantía respecto a nuestra propia santificación nos
llenaría de dudas e incertidumbres, viendo cómo comienza pequeña y
progresa lentamente; y en lo que respecta a aquellos infantes fallecidos
y personas convertidas tarde en la vida, tales dudas podrían causarnos
temor y robarnos la satisfacción de una obra terminada.
Cristo dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y
cargados, y yo os haré descansar” (Mateo xi. 28). Sin embargo, la
experiencia nos enseña que a muchos creyentes la inherente falta de
santidad les causa constante desasosiego. Saben que en Cristo son
justos, mas están confrontados; porque Dios dice en Su palabra: “Sean
santos como Yo soy santo” (1 Pedro i.16). Si sólo se leyera: “
Actúa santamente,” los méritos de Cristo podrían ser suficientes, pero se lee “Se santo,” y eso significa disposición santa
inherente. O si se leyera “
Vuélvete
santo,” su acercamiento gradual a la idea podaría inspirarle esperanza.
Pero se lee inexorablemente “Sé santo,” y eso causa que su alma herida
tema.
Pero no
todo creyente está complicado en este asunto.
Muchos casi nunca, y la gran mayoría, nunca piensa en esto. Mientras se
les predique la reconciliación y la satisfacción, incluidas las buenas
obras
terminadas, ellos están en paz. Su naturaleza carnal está
suficientemente satisfecha con esto. Pero hay otros más pensantes y de
consciencia más escrupulosa que no aceptan la “puerta ancha y el camino
espacioso” abierto así a sus almas, pero que sí creen la palabra:
“Angosta es la puerta y angosto el camino” (Mateo vii. 14). Para ellos
se lee “
Sean santos,” y no habrá paz o alivio para sus consciencias hasta que no se hayan reconciliado con esa palabra.
Por consiguiente, decimos que no es suficiente que Cristo haya
obtenido la santificación, que el Espíritu Santo le
imparta, sino también que Cristo nos
garantice
no una vez, sino para siempre; de modo que cuando sea que aparezcamos
delante del Único Santo, seamos realmente santos en Cristo.
Y esta es la tranquilidad bendita de la Palabra, que
Cristo mismo es nuestra santificación.
Tal como los descendientes caídos de Adán tienen la temible certeza que
toda su naturaleza está completamente contaminada, así también los
redimidos por Cristo resucitado tienen la gloriosa garantía que en Él
serán completamente santos.
Este es el misterio de la Vid y sus ramas, y de las profundas
palabras: “Ahora vosotros estáis limpios por la palabra que os he
hablado” (Pedro xv. 3). Como nuestro Garante, Él nos asegura de aquí en
adelante: (1) que la disposición sagrada creada en nosotros, aun cuando
sea sobrepasada temporalmente por el pecado, no se puede perder nunca;
(2) que la forma de Cristo, de la cual sólo hay un pequeño comienzo en
nosotros, logrará plena perfección antes que entremos a la Nueva
Jerusalén; (3) que como nuestro Garante Él está delante del Padre en
nuestro beneficio, habiendo depositado en los tesoros de Sus méritos
todo aquello que aún carecemos en nuestro nombre. Conociendo esto, el
alma acongojada encuentra descanso.
Seamos cuidadosos que la preciosa vasija en la cual Dios nos presenta esta gracia permanezca
intacta, porque el pecador no puede conformarse con menos.
Pero también debemos ser cuidadosos de evitar el otro extremo, el
cual bajo el pretexto de que Cristo es nuestra santificación, niega el
trabajo del Espíritu Santo. Los que sostienen este punto de vista
conceden que Cristo sea nuestra santificación, que el Espíritu Santo
trabaja en nosotros y que las buenas obras son el resultado, pero de tal
manera que nuestra propia persona como tal permanece igual de malvada e
inútil como antes. Ser regenerados o no, creer o no creer, es todo lo
mismo. La única diferencia entre ambas es que, independientemente de
nuestra propia persona y en contra de nuestra voluntad, el Espíritu
Santo nos hace caminar inconscientemente por el camino de la vida.
Esta perniciosa enseñanza se opone a Romanos vii. y a la
Confesión de las Iglesias Reformadas. El apóstol no dice que sus deseos e
inclinación sean todavía malvados, y que el Espíritu Santo realice
buenas obras independientemente de él y aun así por medio de él; sino
lamenta que, siendo su deseo simpatizar con la voluntad divina y desear
el bien, el mal aún está presente. De manera similar, el Catecismo
enseña que el hombre está inclinado a todo mal, mientras no haya nacido
de nuevo, pero no más allá. Porque el avivamiento del nuevo hombre
consiste en una sincera alegría de corazón en Dios a través de Cristo, y
en el amor y deleite de la vida según la voluntad de Dios (Pregunta
90).
Y el alma de los impíos no está dispuesta así. De ahí que la
discrepancia entre ambos sea tan grande como el abismo entre el cielo y
el infierno que bosteza entre ellos.
Puede ser, por consiguiente, provechoso para nuestros lectores
poner delante suyo la Confesión de los teólogos Reformados de las
iglesias de Suiza, Alemania, Inglaterra y Países Bajos sobre este punto
(1619).
Ellos confesaron: “Que el Espíritu Santo domina los recesos más
profundos del hombre; abre la habitación y suaviza el corazón
endurecido; circuncida aquello que no fue circuncidado; inyecta nuevas
cualidades a la voluntad que previamente estaba muerta; Él la aviva; al
ser malvado, desobediente y obstinado, Él lo transforma en bueno,
obediente y piadoso; lo activa y fortalece de modo que, al igual que un
buen árbol, pueda dar frutos de buenas acciones” (Tercera sección del
Cuarto Capítulo de la Doctrina, artículo 11).
Y este glorioso trabajo se realiza de la siguiente manera, según
la unánime confesión de las Iglesias Reformadas: “Que el Señor no quita
la voluntad ni sus propiedades, ni hace violencia contra ellas; sino que
la espiritualidad aviva, cura, corrige y, al mismo tiempo, doblega con
dulzura y poder; de tal manera que donde anteriormente prevalecía la
rebelión y resistencia de la carne, comienza a reinar una obediencia
espiritual pronta y sincera; que es en lo que consiste la restauración
verdadera y espiritual de nuestra voluntad y libertad” (Tercera sección,
Cuarto Capítulo de la Doctrina, artículo 16).
IX. Dispocisiones Implantadas
“Perfeccionando la santidad en el temor de Dios.”—2 Corintios vii. 1.
Negar que el Espíritu Santo crea nuevas disposiciones en la voluntad
es equivalente a retornar al error Romano, aun cuando Roma discute esta
materia de una forma diferente.
Roma niega la total corrupción de la voluntad por el pecado; dice que sólo su disposición es
completamente maligna.
Por consiguiente, no siendo la voluntad del pecador completamente
inútil, se desprende: (1) que el regenerado no necesita la implantación
de una nueva disposición; (2) que en este aspecto no hay diferencia
entre el regenerado y no regenerado. Aquellos que introducen en las
Iglesias Reformadas esta y similares enseñanzas, debieran considerar que
afectan uno de los fundamentos de la Reforma y, aun cuando sin
intención, nos llevan de vuelta a Roma.
La cuestión principal de esta controversia es: si el hombre
es algo o nada.
Si el hombre es absolutamente
nada, como algunos
alegremente proclaman; entonces Dios no puede obrar en él, porque Dios
no puede obrar en nada. En nada uno no puede hacer nada. En nada, nada
se puede implantar. A nada, nada se le puede agregar. La nada no puede
ser un canal para algo. Si el hombre es nada, no puede haber ni pecado
ni justificación, porque el pecado de nada es nada; y nada es no pecado.
Nada no puede nacer de nuevo, ni ser convertida ni compartir la gloria
de los hijos de Dios. Y si no hay pecado no hay necesidad de un Salvador
para reparar del pecado; porque para reparar de nada no se necesita
expiación. Entonces no hay necesidad de discutir la santificación en
absoluto. Esto muestra que la idea que el hombre no es nada no puede ser
tomada en su sentido absoluto. Ya que el hombre es un ser, él debe ser
algo; y aquellos que mantienen que es nada, muestran por sus acciones
que ellos se consideran a sí mismos como algo muy lejos de ser nada.
Pero si lo ponemos así: “El hombre es nada
delante de Dios,”
esto se vuelve comprensible de inmediato. Entonces todo buen cristiano
se suscribe a esto incondicionalmente; él sólo llora porque es tan
difícil ser nada delante de Dios; y con todos los santos él ora para que
pueda negarse a sí mismo más sinceramente, morir a sí mismo, y saberse a
sí mismo como nada delante de Dios. Medido por Dios, el hombre no tiene
valor. Todo su esfuerzo por ser algo delante de Dios es una ridícula
insensatez. Todo púlpito debiera echar abajo, con tonos de trompeta,
toda montaña de orgullo y hacer humilde al hombre delante de Dios, de
modo que sintiéndose como una mera gota en la cubeta—sí, menos que
nada—pueda encontrar descanso en la adoración a la Majestad divina.
Delante de Dios el hombre no es nada. Ni siquiera el hombre
regenerado es algo; pero en Su mano, por Su ordenanza y Su estimación,
él es tan grande que “Dios lo corona con gloria y honor,” lo ama como a
Su hijo, lo hace heredero de la dicha divina y lo invita a pasar una
eternidad con Él.
Estas dos no deben confundirse jamás; el absoluto no-ser del hombre
ante Dios no se puede aplicar nunca al hombre como instrumento en la
mano de Dios.
Y el poderoso significado del hombre, como instrumento de Dios, no
puede tender nunca a hacerse el más mínimo algo ante Dios como
un ser.
De modo que nos oponemos al misticismo panteísta y al funesto pelagianismo.
La equivocación esencial de este último es que le da al hombre
como tal cierto prestigio ante Dios y rehúsa reconocer que incluso el
más docto y más excelente, cuyo aliento está sus narices, “¿Y dónde está
el que ha de ser apreciado?” es menos que nada delante de Dios. Y el
falso misticismo en aquella injuriosa tendencia de la mente humana, la
cual en todas las épocas y en todas las naciones con el fin de no ser
nada delante de Dios, niega la significancia del hombre, incluso como
instrumento de Dios. En sus escritos se reitera que ante Dios el hombre
es nada, que en Dios él desaparece y se pierde a sí mismo, que Dios lo
absorbe. Y este ‘ser absorbido’ es llevado tan lejos que nada permanece a
lo cual el pecado o la culpa se puedan adscribir. Y
así la
conciencia de la responsabilidad y la concepción de imputabilidad se han
perdido. Los cristianos, descarriados por la fascinación de no ser
nada, han cantado himnos y predicado sermones muy aceptables para los
budistas de India, pero enteramente fuera del panorama del cristianismo.
El hombre como instrumento de Dios es importante, por cierto. Al
crearlo de la nada, Él creó algo y no nada, y ese algo fue tan
importante que todas las criaturas hechas antes que él apuntaban hacia
él; en el Paraíso, sólo él fue el portador de la imagen divina. El
dominio sobre toda la tierra le fue dado a él; aun el de juzgar a los
ángeles. “El Hijo asumió la naturaleza, no de los ángeles, sino humana.”
Decir esto significa que el hombre es sólo un
espejo que
refleja la naturaleza divina en el vano esfuerzo del enfermizo
misticismo por reconciliar el significado del hombre con sus propias
teorías panteístas. Las Escrituras enseñan, no que Dios
refleja algo en nosotros, sino que nos
imparte algo a nosotros. El amor de Dios, por medio del Espíritu Santo, es derramado en nuestros corazones.
El Señor nos hace su templo y
penetra en él. Una
semilla divina es colocada en el alma. Agua pura es
esparcida
sobre nosotros. Las Escrituras usan muchas otras imágenes para
advertirnos contra la falsa teoría que niega la disposición inherente en
el alma y reduce al hombre a un mero espejo. La
rama no es un reflejo de la vid sino que crece del tronco soportando hojas y racimos. Un
niño
no es un mero espejo del padre pues, como ser, posee vida y cualidad.
Un enemigo no es uno que meramente falla en reflejar correctamente, sino
un ser dotado de existencia real.
Hacer de un hombre, aun como instrumento de Dios, un mero espejo
en principio niega el pecado, destruye el sentido de responsabilidad y
cambia la vida misma en fantasías de un sueño.
Las Escrituras enseñan sobre este punto que ante Dios el hombre
es nada; que sólo a través de Dios el hombre es algo; y todo lo
inherente y la bondad adquirida viene sólo de la Fuente de todo bien. Y
siguiendo los pasos de los padres reformados, debemos mantener esta
doctrina. Pero negar el ser real y peculiar del hombre, es inconsistente
con las Escrituras y con la Confesión.
Escapando de esta manera de un falso misticismo y retornando a la
verdad purificada y ordenada, no encontramos más dificultad en la
santificación. Por supuesto, si el niño de Dios no es más que un espejo
pulido, entonces aquellos que niegan lo inherente y la disposición
sagrada están en lo correcto y tal disposición está fuera de cuestión.
Como espejo, el hombre está muerto y todo lo que se
puede ver en él
no es más que un pálido y pasajero reflejo de la imagen de Dios. Pero si
el hombre, como instrumento de Dios, tiene un ser propio, es natural
que aparte de ser, Dios también le dio
cualidades. Un ser sin
cualidades es impensable. Hay cualidades en toda esfera: en el mundo
material, porque el hombre come, toma, camina y duerme; en el mundo
intelectual, porque piensa, juzga y decide; en materias de gusto porque
juzga las cosas como bellas, feas o indiferentes; y en el mundo moral,
porque sus deseos son justos o injustos, nobles o abyectos, buenos o
malos.
Y estas cualidades difieren en distintos hombres. Uno ama la
comida que otro detesta. El juicio de uno es plano y el de otro, agudo.
Uno llama apuesto lo que otro considera antiestético, y bueno lo que
otro considera maligno. Por consiguiente, debe existir una diferencia
esencial en las condiciones del hombre que pueden surgir desde sus
respectivos temperamentos, educación, ocupación, etc. Algunos hombres
tienen estas diferencias en común. Hombres de un grupo no consideran el
imprecar como algo pecaminoso, sino más bien parecen gozar de ello;
aquellos de otro grupo lo aborrecen y protestan contra eso. Esto prueba
que entre ambos debe haber una diferencia en algo; porque sin una causa
diferente no puede haber un efecto diferente. Y esta diferencia que
causa en algunos hombres disfruten el imprecar y otros lo aborrezcan se
llama la
disposición de la personalidad del hombre.
Puede ser
santa o
impía, pero nunca indiferente.
Siendo corrupta e impura en la naturaleza humana no regenerada, no puede
ser santa en el regenerado a menos que Dios la haya creado en él.
Aquello que es nacido de la carne, carne es. Todas nuestras carreras,
trabajo y esclavitud no pueden crear en nosotros una santa disposición.
Sólo Dios puede hacer eso. Como Él tiene el poder por medio de la
regeneración para cambiar la raíz de la vida, también puede cambiar por
la santificación la
disposición de las afectaciones. Y podría haber hecho esto
al instante,
al igual que en la regeneración, haciendo que nuestra naturaleza sea
inmediatamente perfecta en todas sus disposiciones; pero a Él, que no da
cuenta ninguna de Sus materias, no le ha complacido hacerlo.
Por supuesto, Él libera a Sus hijos de inmediato del lazo del
pecado; pero, como regla, la santificación de sus disposiciones es
gradual excepto en los infantes electos fallecidos, y hombres
convertidos en el lecho de muerte. En todos los otros la implantación de
las sagradas disposiciones va paso a paso, e incluso, a veces, con
recaídas temporales. Sin este incremento en Cristo no puede haber
santificación; y el alma que no alcanza santificación, ¿qué soporte
tiene para gloriarse en su elección?
X. Perfecto en Partes, Imperfecto en Grados
“Que el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo
vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para
la venida de nuestro Señor Jesucristo.”—1 Tesalonicenses v. 23.
La doctrina de las Escrituras que establece que la santificación es
un proceso gradual, perfeccionado sólo en la muerte, debe mantenerse
clara y sobriamente: primero, en oposición a los perfeccionistas, que
dicen que los santos pueden ser
santificados completamente en
esta vida; segundo, en oposición aquellos que niegan la implantación de
las disposiciones sagradas inherentes en los hijos de Dios.
Debe hacerse notar, por lo tanto, que la Sagrada Escritura distinga la santificación imperfecta en
grados y la santificación perfecta en sus
partes.
Un infante normal, aunque pequeño, es un perfecto ser humano. Por
supuesto que debe crecer. Pero tiene todas las partes del cuerpo humano.
Las facultades mentales no pueden ser examinadas, pero los miembros del
cuerpo son obviamente
perfectos y completos. La cabeza puede no
estar cubierta de pelo, varios miembros pueden estar todavía
incompletos, pero eso no impide su perfección: en un pequeño comienzo,
las partes constitutivas y todos los miembros están presentes. Por
consiguiente, al niño se le llama perfecto en
sus partes.
Sin embargo, no es perfecto en sus grados, es decir, no ha
logrado su pleno crecimiento. Debe crecer e incrementar en todo aspecto.
Y este es un progreso lento e imperceptible. Una prenda que calza
perfectamente en la noche nunca quedará demasiado chica a la mañana
siguiente. El crecimiento durante una noche es imperceptible. Sin
embargo, crecemos e incrementamos; hasta la hora de la muerte, el cambio
es constante. Y este incremento y el subsecuente decrecimiento con la
edad avanzada, afectan a todas las partes por igual. Nunca pasa que el
brazo del niño crezca, pero no su pierna; que su cuello se expanda,
mientras que su cabeza permanece pequeña. Este incremento gradual es la
fuerza expansiva inherente al principio vital, dominando a todos los
miembros y a cada parte.
Esto se aplica a los hijos de Dios, en su segundo nacimiento, aun
con más fuerza, porque en el Divino Reino no hay deformidades; todos
proceden de la mano del Creador como creaciones perfectas. Esta
perfección es en las partes, o sea, tienen lo que en esencia les
pertenece. Y todo miembro está internamente animado y labrado desde un
principio vital, por el Espíritu Santo, de tal manera que todas las
partes son afectadas por Él espontáneamente. Por consiguiente, en la
santificación los deseos sagrados y las inclinaciones deben surgir de
ese principio vital interno en las partes, el cual domina todo miembro.
En este sentido, la santificación es una obra perfecta no
externamente, sino en la parte de Dios, en la cual Él causa que el
principio santificador afecte cada miembro. Él no santifica primero la
voluntad y luego el entendimiento; o primero el alma y después el
cuerpo; sino más bien, Su obra abarca a todo el hombre de una sola vez.
Pero la santificación es
imperfecta en el grado de su
desarrollo. Cuando por diez años Dios ha labrado en nosotros el deseo
sagrado, este debe ser mucho más fuerte que al principio. Este es el
resultado del crecimiento, de un incremento gradual, a pesar de muchos
altos y bajos, casi imperceptibles. Por consiguiente, hay pasos
ascendentes, de lo menos a lo más en relación al hombre nuevo; y
descendente de más a menos en la muerte del hombre viejo; pero en los
dos siempre hay un cambio gradual, cada vez más lejos de Satán y más
cerca de Dios.
“Perfecto en partes, imperfecto en grados,” como nuestros santos
padres acostumbraban decir, por medio de lo cual ilustraban el segundo
nacimiento comparándolo con el primero; y en esto ellos simplemente
seguían a las Escrituras que colocan la perfección del regalo de Dios
junto a las imperfecciones de nuestro incremento gradual. El Catecismo
lo expresa como sigue: “Aun el hombre más santo, mientras esté en esta
vida, sólo tiene pequeños principios de esta obediencia.” Hasta que, con
sincera resolución ellos comienzan a vivir, no sólo de acuerdo a
algunos sino a todos los mandamientos de Dios” (p. 114). San Pablo dice
que Cristo “constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros,
evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los
santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de
Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del
conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la
estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios iv. 12). En 2 Corintios x.
15, él espera ser engrandecido entre ellos cuando su fe se
incremente.
A los colosenses, escribe: “Para que podáis andar como es digno del
Señor, agradándolo en todo, llevando fruto en toda buena obra y
creciendo en el conocimiento de Dios” (Colosenses i. 10). A los
tesalonicenses: “Por cuanto vuestra fe va creciendo y el amor de todos y
cada uno de vosotros abunda para con los demás” (2 Tesalonicenses i.
3). El salmista canta que “el justo florecerá como la palmera,” y San
Pablo le dice a Timoteo, su hijo en Cristo, “Ocúpate en estas cosas;
permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos”
(1 Timoteo iv. 15). De su propia experiencia el apóstol testifica: “No
que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por
ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo
Jesús.” Y escribiendo a los Corintios, él esboza un cuadro del fruto de
la santificación diciendo: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara
descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados
de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.”
Pero no debemos caer en el error común de aplicarle a la
santificación lo que las Escrituras enseñan con respecto a “los hijos” y
“los perfectos.” Esto causa confusión. Hablando de diferentes clases de
creyentes, las Escrituras reconocen que hay diferentes grados. Esto
aparece más claramente la primera Epístola de San Juan (ii. 12-14), en
donde se dirige a los creyentes como “hombres jóvenes” y como “padres,”
evidentemente con referencia a su edad, porque coloca a los últimos como
más maduros en experiencia espiritual que los primeros. En Hebreos v.
13-14, San Pablo distingue lo “perfecto” que usa alimento sólido y las
“niños” que dependen de la leche. A los corintios: “Hermanos, no pude
hablarles como a espirituales, sino como a carnales,” es decir, aquellos
que no pueden soportar la carne, sino que todavía deben alimentarse de
leche (1 Corintios iii. 1ss). Que estas palabras se refieran a la
santificación, es evidente por lo que sigue: “Porque aún sois carnales;
pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois
carnales, y andáis como hombres?” (ver. 3). De él mismo él testifica:
“Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, jugaba como
niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño” (1 Corintios
xiii. 11). Él exhorta a los efesios (iv. 14): “Para que ya no seamos
niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por
estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las
artimañas del error”; y entre los filipenses distingue lo perfecto de lo
imperfecto diciendo: “Así que, todos los que somos perfectos, esto
mismo sintamos” (iii. 15).
Por consiguiente, el apóstol evidentemente distingue dos clases
de creyentes: aquellos cuya condición es normal y aquellos que están
todavía en una condición preliminar. Las Escrituras designan a los
primeros como “perfectos,” “adultos,” y “hombres y padres,” a quienes
pertenece el alimento sólido (‘la carne fuerte’); a los últimos como
“niños” y “jóvenes,” quienes todavía necesitan leche.
Ahora el tema surge entre si la transición del primero al segundo
es lo mismo que el incremento gradual de la santificación. Generalmente
la respuesta es afirmativa; pero las Escrituras responden
negativamente, por razones tan claras como la luz del día. Encontramos
pruebas convincentes en Filipenses iii. 12-15. En el versículo 12, San
Pablo dice: “No soy perfecto aún” e inmediatamente después de eso (ver.
15) y en el mismo sentido él se pone distintivamente entre los
perfectos; él se ofrece incluso como ejemplo.
Es evidente que cuando San Pablo, bajo la directa guía del
Espíritu Santo, declara en el mismo momento que todavía no es perfecto y
que él es perfecto—sí, el ejemplo de lo perfecto—la palabra “perfecto”
no se puede tomar en el mismo sentido, en ambos casos; en uno debe haber
un significado diferente al otro.
Aquellos que creen en la santificación gradual no deben apelar a
este y a otros similares para sustentar su doctrina. Tal mal aplicación
de las Escrituras es sacar agua de la piedra, para el molino de los
perfeccionistas, los que con buena razón contestan: “Los apóstoles
estaban relacionados evidentemente con santos ‘completamente
santificados’ como nosotros.”
¿Y cuál es la diferencia?
Un niño y un hombre no son lo mismo. El último está completamente
crecido, el primero no; el último, habiendo llegado a la madurez, entra
en un nuevo proceso de hacerse más noble, más refinado, interiormente
más fuerte. El encino continúa su crecimiento hasta que logra su altura
total—proceso que toma muchos años. Pero este no es el término de su
desarrollo. Al contrario, no empieza a adquirir sus cualidades de pureza
hasta que ha logrado pleno crecimiento. Se envía al niño al colegio
para ejercitar sus poderes. Habiendo pasado por sucesivas instituciones y
habiéndose graduado de la superior, recibe su diploma que declara que
su educación ha terminado y que está listo para entrar a la carrera de
su vida; es decir, su educación ha terminado en lo que respecta al
colegio. Pero esto no implica que no tiene nada más que aprender. Al
contrario, sólo ahora sus ojos han sido abiertos para ver la realidad y
la condición actual de las cosas. Su educación ha terminado y, sin
embargo, él recién comienza a aprender.
Y lo mismo se aplica a aquellos que las Escrituras llaman
“perfecto.” Un nuevo convertido debiera ir primero al colegio y no,
después de la práctica del Metodismo
[1],
ser puesto directamente a trabajar para convertir a otros como
perfectos creyentes. Él es sólo un bebé, dice el apóstol, un bebedor de
leche; y no se puede esperar de un bebé que dé asistencia, como a una
esposa de mediana edad o una enfermera, en el nacimiento espiritual de
otros bebés.
Es un gran error de muchas escuelas dominicales hacer que los
corderitos que aún maman hagan el trabajo de las ovejas; o descuidar de
alimentar a los bebés recién nacidos con conocimiento y disciplina
espiritual. Y la insana noción, que gana terreno más y más, de que los
jóvenes que han evidenciado tan sólo un leve atisbo de vida espiritual
deben ser promovidos de inmediato al estado de un cristiano maduro, lo
cual trae destrucción a la Iglesia. Esto es, porque tan pocos indagan
después la verdad, o buscan enriquecerse con conocimiento espiritual;
porque la vida espiritual pareciera consistir solamente en correr y
carreras hasta que espiritualmente exhaustos y empobrecidos, los hombres
se sienten amargamente desilusionados. Esto hace cristianos enfermos,
espiritualmente tísicos, altos y delgados, con ojos centellantes y
pómulos febriles, sin aspecto varonil, fuerza y vigor. Por supuesto,
tales personas no pueden resistir los vientos arremolinados de
enseñanzas extrañas sin ser arrastrados con todo viento de doctrina.
Por lo cual repetimos que el recién nacido debe ser alimentado
primero con leche, enviado luego al colegio, no a enseñar sino a
aprender. Y los ministros de la Palabra en el púlpito, los padres en la
casa y los maestros de nuestros colegios cristianos, deben examinarse a
sí mismos para ver si entienden el arte de alimentar a los bebés con
leche, si es que el enseñar del pan no es demasiado pesado ellos, si es
que no han olvidado que estos aún son ovejas que no han sido destetadas.
Por supuesto que llegará el tiempo cuando el succionador tendrá
la capacidad de digerir comida sólida. El conocimiento se acumulará y
más tarde su educación terminará. Y luego sería tremendamente tonto no
seguir hacia la perfección y retener la comida sólida y continuar
alimentando a los miembros de la Iglesia con leche. Tal curso de
acontecimientos dejaría pronto vacía la iglesia. Los hombres provistos
con dientes espirituales no pueden vivir con esa dieta. La prédica que
siempre está colocando los primeros cimientos mata tanto al predicador
como a las personas.
Por tanto, hay un tiempo en la vida de los santos cuando termina
el primer proceso de crecimiento; cuando los creyentes habiéndose
convertido en hombres tienen su lugar entre los maduros y perfectos. En
este sentido escuchamos al apóstol decir: “Yo no pertenezco a los bebés
en el regazo de la madre, ni a los niños en el colegio, sino a los
adultos y perfectos cuya educación ha terminado. Pero, oh hermanos, no
penséis que yo soy perfecto internamente, pues no lo he logrado aún;
pero lo persigo, a ver si puedo alcanzar aquello por lo cual también he
sido alcanzado en Cristo Jesús.”
Vemos la misma diferencia entre plantas y animales, en el
nacimiento natural y espiritual. Hay un primer crecimiento para lograr
la altura total; sólo entonces comienza el real desarrollo que en los
hijos de Dios corresponde al despliegue de la disposición sagrada en sus
propias personas.
XI. El Pietista Y El Perfeccionista
“Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban
como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para
que participemos de su santidad.”—Hebreos xii. 10.
La santificación es obra de la gracia de Dios, por la cual, en forma
sobrenatural, Él gradualmente despoja de pecado las inclinaciones y
disposiciones del regenerado y lo viste de santidad.
Aquí enfrentamos una seria objeción, que merece nuestra cuidadosa
atención. Para el observador superficial, la experiencia de los hijos
de Dios parece diametralmente opuesta al declarado regalo de
santificación. Uno dice: “¿Puede ser que por más de diez años haya sido
sujeto de una operación divina por la cual mis deseos e inclinaciones
han sido despojados de pecado y vestidos de santidad?” Si este es el
Evangelio, entonces no pertenezco a los redimidos de Dios; porque en mí
mismo, escasamente percibo algún progreso; sólo sé que mi primer amor se
ha vuelto frío y que la corrupción interna es atrayente. Algunos sueñan
con el progreso, pero yo escasamente descubro algo en mí, salvo
tropiezos. Ninguna ganancia, sólo pérdidas, es el triste estado de
cuenta al día. Mi única esperanza es Emanuel mi Garante.”
Mientras que la experiencia de un corazón roto purga de esta
forma su aflicción, otros nos exhortan a no estimular la vanidad
espiritual. Ellos dicen: “No debemos alentar el orgullo espiritual en
los hijos de Dios, porque por naturaleza ya están inclinados a él. ¿Qué
conduce más al orgullo espiritual que la presunción de una santidad
siempre creciente? ¿No es la santidad el logro más alto y más glorioso?
¿No realizamos un rezo exhaustivo para hacernos partícipes de Su
Santidad? ¿Y podría usted imaginar a esas almas que se han convertido
años atrás, que hayan alcanzado ya un considerable grado de la
perfección divina? ¿Daría usted licencia a los cristianos más antiguos
para sentirse superiores a sus hermanos menores? La santidad quiere ser
notada; por consiguiente, usted los insita a desplegar sus buenas obras.
¿Qué es esto, sino cultivar un espíritu farisaico?”
No debemos descansar hasta que esta objeción de la consciencia sensible sea removida enteramente.
No es que podamos escapar a todos los peligros del fariseísmo.
Esto silenciaría toda exhortación a la vida santa. La luz sin sombras es
imposible; la sombra sólo desaparece en la absoluta oscuridad. En los
tiempos de los antiguos fariseos, Jerusalén comparado con Roma y Atenas
era una ciudad temerosa de Dios. El fariseísmo no fue nunca más
desembozado que en los días de Jesús. Y la historia muestra que el
peligro del fariseísmo ha sido menor en las Iglesias Romanas y mayor en
las Iglesias Reformadas; y entre estas últimas es más fuerte donde el
nombre de Dios ha sido más exaltado. La santidad es imposible sin la
sombra del fariseísmo. Mientras mayor la luz y gloria de los primeros,
más oscura la sombra de los últimos. Para escapar completamente del
fariseísmo, uno debe descender a los hoyos más pestilentes de la
sociedad, donde nada controla las pasiones de los hombres.
Y esto es natural. El fariseísmo no es una corrupción común, sino
que es el moho de la más noble fruta que la tierra haya visto jamás, a
saber, la santidad. Los círculos que están libres del farisaísmo también
carecen
del bien más alto; ¿cómo puede entonces pudrirse ahí? Y
los círculos en los cuales este peligro es mayor, son los mismos
círculos en los cuales el mayor bien es conocido y exaltado.
Pero, aparte de estas escaramuzas sin destino con el fantasma
farisaico, los escrúpulos mencionados más arriba tienen nuestra simpatía
más profunda. Si fuera cierto que la santificación impresionara tanto
al alma como para incitarlo al orgullo, no podría ser el artículo real;
porque de todos los orgullos impíos, es el más abominable. Es la más
dulce y sincera súplica de David: “Preserva también a tu siervo de las
soberbias; que no se enseñoreen de mí; entonces seré íntegro, y estaré
limpio de gran rebelión” (Salmo xix. 13). La concepción fundamental de
la gracia está íntimamente conectada con la idea de convertirse en un
niño pequeño, y su regalo está tan fuertemente condicionado hacia una
disposición humilde que el regalo que estimula el orgullo espiritual no
puede ser un regalo de la gracia.
Pero estamos confiados que la doctrina de la santificación, tal
como se ha presentado en estas páginas, acorde a las Santas Escrituras,
no tiene nada en común con esta caricatura. Desde que en el Paraíso
surgió el pecado de la primera incitación satánica al orgullo, y todavía
crece de esa raíz venenosa toda la impiedad espiritual y carnal, es
evidente que el primer efecto de la santa disposición implantada es
hacer más humilde al orgullo; bajarlo de su pedestal y al mismo tiempo
avivar un espíritu humilde, sumiso y parecido al de un niño.
La idea que la santificación consiste en inspirar en el santo el
horror por los pecados detestables y externos sin un rompimiento previo
de la autoindulgencia, es contrario a las Escrituras y objetado por las
Iglesias Reformadas. Las Escrituras enseñan que el Espíritu Santo nunca
aplica la santificación al creyente sin adjuntar
todos sus pecados al mismo tiempo. “Una sincera resolución de vivir no sólo de acuerdo a
algunos sino
a todos los mandamientos de Dios” (Catecismo de Heidelberg).
De todos los pecados, el orgullo es el más insoportable, porque
en todas sus manifestaciones es la trasgresión del primer mandamiento.
Por consiguiente, la santificación real y divina labrada es inconcebible
sin que antes se destruya el orgullo y se cree una disposición humilde
como la de un niño, silenciosa y desconfiada de sí misma.
Y esto resuelve toda la dificultad. Aquél que teme que la
santificación gradual va a llevarlo al orgullo y el autoconsentimiento,
confunde su falsa humanidad con la obra real divinamente labrada. Por lo
cual, con esta objeción él debe atacar al hipócrita y no a nosotros.
Sin embargo, una interpretación equivocada de lo que las
Escrituras llaman “carne” puede sugerir esto. Si “carne” significa
inclinaciones sensuales y apetitos corporales, y la santificación
consiste casi enteramente en combatir estos pecados, la santificación
así entendida puede estar acompañada por un incremento del orgullo
espiritual. Pero por “carne” pecaminosa las Escrituras quieren denotar
el hombre entero, cuerpo y alma, incluyendo los pecados que son
espirituales así como los sensuales; por consiguiente, la santificación
apunta al cambio inmediato de las inclinaciones espirituales y sensuales
del hombre y, primero que todo, a su tendencia al orgullo.
En el artículo anterior dijimos que la santificación incluía una
descendente así como también una
ascendente.
Cuando el Señor nos eleva, también descendemos. No hay ascenso del
nuevo hombre sin la muerte del viejo hombre; y todo intento de enseñar
la santificación sin hacer completa justicia, no es de las Escrituras.
Nos oponemos, por lo tanto, a los intentos de los pietistas y de
los perfeccionistas, quienes dicen no tener nada más que hacer con el
hombre viejo; que nada permanece en ellos para ser mortificado y que
todo lo que se necesita de ellos es apurar el crecimiento del
nuevo
hombre. Y nosotros igualmente nos oponemos a lo opuesto; aquello que
admite la muerte del hombre viejo, pero niega el surgimiento del nuevo y
que el alma recibe todo aquello de lo cual carece.
Toda conversión real y duradera, de acuerdo a nuestro Catecismo,
debe manifestarse en estas dos partes, a saber, una mortificación del
hombre viejo y el surgimiento del nuevo en iguales proporciones.
Y a la pregunta “¿Qué es la mortificación del hombre viejo?” el
Catecismo de Heidelberg responde, “un decrecimiento gradual” porque
dice: “Es una sincera pena de corazón la que hemos provocado en Dios por
nuestros pecados; y más y más por odiar y huir de ellos.” Mientras el
avivamiento del hombre nuevo se expresa así de positivamente: “Es una
sincera alegría de corazón en Dios a través de Cristo y con el amor y la
alegría de vivir, de acuerdo con la voluntad de Dios en todas las
buenas obras”—una declaración que se repite en la respuesta a la
Pregunta 115, que describe así esta mortificación: “Que en toda nuestra
vida podamos aprender más y más a conocer nuestra naturaleza
pecaminosa”; y que habla del avivamiento del nuevo hombre como “llegar a
ser más y más de acuerdo a la imagen de Dios.”
Por consiguiente, hay dos partes, o más bien dos aspectos de la
misma cosa: (1) el quebrantamiento del hombre viejo y (2) el crecimiento
conforme a la imagen divina.
Mortificar y para
avivar, matar y dar vida,
más y más—esta es, según la confesión de nuestros padres, la obra del Dios Trino en la santificación.
El pecado no es meramente “la falta de justicia.” Tan pronto como
la justicia, el ser bueno y la sabiduría desaparecen, toman su lugar la
injusticia, la maldad y la locura. Así como Dios implantó en el hombre
los primeros tres, así también el pecado se los roba de ellos, poniendo
los tres últimos en su lugar. El pecado no sólo mata en Adán al hombre
de Dios, sino que también aviva en él al hombre del pecado; por
consiguiente, la santificación debe afectarnos en el sentido contrario.
Debe mortificar aquello que el pecado avivó y avivar aquello que el
pecado ha mortificado.
Si esta regla se entiende completamente, no puede haber
confusión. Nuestra idea de la santificación necesariamente corresponde a
nuestra idea del pecado. Aquellos que consideran al pecado como un mero
veneno, y niegan la pérdida de la justicia original son pietistas;
ellos ignoran la mortificación del viejo hombre y están siempre ocupados
de adornar al nuevo. Y aquellos dicen que el pecado es la pérdida de la
justicia original y niegan sus efectos malévolos están inclinados al
antinomianismo y reducen la santificación a una emancipación fantasiosa
del hombre viejo, rechazando el surgimiento del hombre nuevo.
Por supuesto, esto toca la doctrina
del hombre viejo y el nuevo.
La representación de que el alma del convertido es una arena
donde los dos se enganchan en una lucha cuerpo a cuerpo es incorrecta, y
no tiene un solo texto satisfactorio que lo soporte. Rechazamos las dos
representaciones siguientes: aquella del antinomianista quien dice: “El
ego creyente es el nuevo hombre en Cristo Jesús; yo no soy responsable
del hombre viejo, el ego personal y pecaminoso; él puede pecar tanto
como le plazca”; y la representación de los pietistas, quienes lo
consideran todavía como hombre viejo, parcialmente renovado y quien está
siempre ocupado para remodelarlo. Ambos no pertenecen a la Iglesia de
Cristo.
Las Escrituras enseñan, no que el hombre viejo esté santificado
por haberse cambiado al nuevo; sino que el hombre viejo debe ser
mortificado hasta que nada de él permanezca. Tampoco enseña que en la
regeneración sólo una pequeña parte del hombre viejo es renovada—el
resto a ser parchado gradualmente—sino que un hombre enteramente nuevo
es implantado.
Esto es de suma importancia para el correcto entendimiento de
estas cosas sagradas. El pecado fue labrado en nosotros como hombres
viejos, el cuerpo del pecado: no meramente una parte, sino el todo, con
todo lo que le pertenece cuerpo y alma. Por consiguiente, el hombre
viejo debe morir, y el pietista con todas sus obras de piedad nunca
puede galvanizar ni un músculo en su cuerpo. Él es totalmente inútil y
debe perecer bajo su justa condenación.
De igual manera, Dios por gracia regenera en nosotros una nueva criatura que es también un hombre
completo.
Por consiguiente, no debemos tomar al nuevo hombre como una
restauración gradual del viejo. Los dos no tienen nada en común aparte
que la base mutua de la misma personalidad. El nuevo no surge del viejo,
sino que lo sustituye. Estando sólo en el germen, él puede estar
enterrado en el nuevo regenerado, pero resurgirá y entonces la obra
gloriosa de Dios se mostrará. Dios es su Autor, Creador y Padre. No es
el hombre viejo, sino el hombre nuevo quien grita: “¡Abba Padre!”
Sin embargo, nuestro ego se relaciona con el hombre viejo que
muere y el hombre nuevo que surge. El ego de una persona no elegida se
identifica con el hombre viejo. Son él mismo. Pero en la consumación de
la gloria celestial, el ego de los niños de Dios se identifica con el
hombre
nuevo.
Pero durante los días de nuestra temprana vida terrenal, esto no
es así. El hombre nuevo de un no regenerado, pero electo, existe
separadamente de él, pero oculto en Cristo. Él todavía está casado con
su hombre viejo. Pero en la regeneración y la conversión Dios disuelve
este matrimonio impío, y Él une su ego al nuevo hombre. Pero, a pesar de
todo esto, él aún no está libre del hombre viejo. Ante Dios y la ley,
desde el punto de vista de la eternidad, puede ser considerado así, pero
no actualmente y realmente.
Y esta es la causa del conflicto interno y externo. Todas las
malignas amarras no son disueltas al instante y todas las amarras santas
no son unidas al instante. Por la unión mística con Cristo, el hijo de
Dios posee actualmente al hombre nuevo completo, aun cuando él pueda
morir mañana; pero él aún no lo ha disfrutado. Habiendo sido
desenganchado al nuevo hombre ante Dios, él debe todavía morir al hombre
viejo, a través de un proceso penoso, y por la gracia divina el hombre
nuevo será alzado en él. Y esta es su santificación: la muerte del viejo
y el surgimiento del nuevo por medio del cual Dios crece y nosotros
decrecemos. ¡Bendita manifestación de fe!
XII. El Viejo Hombre y el Nuevo
“Para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia.”—1 Pedro ii. 24.
El salmista canta: “Irán de poder en poder; verán a Dios en Sión” (Salmo
ixxxiv. 7). Debemos mantener este glorioso testimonio, aun cuando
nuestra propia experiencia parece contradecirla muchas veces. No es la
experiencia, sino las Escrituras las que nos enseñan la verdad divina;
ni es como si el procedimiento de la operación divina en nuestro corazón
pudiera diferir del testimonio de la Sagrada Escritura, sino que
nuestra experiencia suele interpretar
incorrectamente nuestra real condición espiritual.
Nuestro autoconocimiento es muy pequeño. La plomada de nuestra
propia consciencia escasamente llega bajo la superficie, mientras que el
ojo sagrado de Dios penetra las aguas de nuestra alma hasta el fondo.
Somos ignorantes de lo mucho que ocurre en nuestra alma, y lo que
percibimos de ella muchas veces se presenta en nuestra consciencia de
forma diferente a lo que es en realidad. Si nuestro autoconocimiento
fuera perfecto, el testimonio de nuestra experiencia espiritual sería
tan confiable como aquella de las Escrituras. Pero no siendo así, ni
siquiera entre los hijos de Dios, la experiencia espiritual, aun cuando
útil, nunca debilitará la Palabra de Dios. Por consiguiente, aun cuando
descubrimos en nosotros una debilidad siempre creciente, el testimonio
de las Escrituras todavía es seguro: “Ellos van de poder en poder.”
¿Pero quién va de poder en poder? Por supuesto que no es el hombre
viejo.
No se debe decir que la regeneración efectúa un cambio en él, que se
incrementa constantemente y que le permite un encomiable progreso y que
con la ayuda divina probablemente tendrá éxito al final. Esto no es así.
Las Escrituras enseñan que el hombre muerto está condenado a morir para
siempre; que es incorregible y no puede ser restaurado, salvado, ni
reconciliado. Está perdido y sin esperanza. Y en vez de hacerse
gradualmente a sí mismo de nuevo, debe ser asesinado y enterrado. En vez
de esperar algo bueno de él, debiera ser nuestra gloria morir a él y
deshacernos de él.
Ni tampoco va el hombre
nuevo de poder en poder. Él no
esta siendo rearmado poco a poco hasta que se pueda parar en sus propias
piernas; pero desde que debemos vivir por siempre en la nueva criatura,
debe ser un hombre real el que nazca en nosotros. Y como tal, él no
puede crecer ni decrecer; sólo dormita en el germen y debe surgir.
Pero
mi persona, que por fe está en Cristo, debe ir de
poder en poder. Esa persona nació una vez en el hombre viejo y, por lo
tanto, nació en trasgresión y pecado y es un niño colérico por
naturaleza. Él nunca hubiera salido y escapado del hombre viejo por sí
solo. Eso no lo podía hacer. Fue identificado con el hombre viejo tan
completamente, que este último fue su propio ego. No tenía otra vida o
existencia. Pero en la regeneración ocurrió un cambio. Por este acto
divino nuestra persona se desprende del ego anterior, en el hombre
viejo. La raíz fue mochada y por la acción constante de la tormenta y la
gravedad, las partes dañadas fueron separadas más y más. Nuestra
persona no se identifica más con el hombre viejo, sino que se opone a
él. Aun cuando tenga éxito en incitarnos de nuevo al pecado, aun
sucumbiendo, no hacemos lo que queremos sino aquello que odiamos. Sólo
escuchen lo que San Pablo dice: “Porque no hago el bien que quiero, sino
el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo
hago yo, sino el pecado que mora en mí” (Romanos vii. 19-20).
Por lo cual no se debe identificar al hijo de Dios con el hombre
viejo después de la regeneración, porque esto se opone a la simple
enseñanza de la Palabra. Él no es más el hombre viejo, sino que combate
contra él. Como hijo de Dios llega a ser un hijo nuevo, no en parte,
sino totalmente. “Las cosas viejas pasaron; todas las cosas son hechas
nuevas
[2].”
Esto, y nada menos, es causa de glorificación. Su persona es llevada de
muerte a vida. Es trasladada del reino de la oscuridad al Reino del
amado Hijo de Dios. Él está tan completamente identificado con el hombre
nuevo que mientras está en este mundo, ya está sentado con Cristo en el
cielo, de donde es su ciudadanía, y donde su vida está oculta con
Cristo en Dios.
Si la palabra del salmista no se refiere al hombre
viejo ni al
nuevo, ¿a quién entonces se refiere? Las Escrituras contestan: a los
creyentes, sus
personas, sus
egos, quienes, habiendo sido separados del hombre viejo y oponiéndose a él, se identifican con el nuevo.
Ellos
van deponer en poder. Es cierto que el uso de de la palabra “ego” en
ambos sentidos se presta para confusión; pero San Pablo hace lo mismo.
Él dice “yo” y “no yo”: “Ya no soy yo quien vive, mas Cristo vive en mí”
(Gálatas ii. 20). La misma persona que cayó en Adán y de Adán recibió
al hombre viejo con quien por un tiempo se identificó, ahora está
cambiado, trasladado y renacido con Cristo; de Cristo recibió un hombre
nuevo y con ese hombre nuevo se empieza a identificar más y más. Por lo
tanto, va de poder en poder.
Esta identificación de nuestra persona con el hombre nuevo,
inmediatamente después de la regeneración, es todavía muy suave;
mientras estemos tan completamente ligados al hombre viejo, con casi
todas las fibras de nuestro ser, parece que él es aún nuestro mismo ser.
Pero, por la operación del Espíritu Santo, gradualmente morimos al
hombre viejo y al mismo tiempo el hombre nuevo es avivado en nosotros
más y más.
Y dado que ambos, el hombre que muere y el gradual surgimiento
del hombre nuevo son beneficiosos a nuestra persona, el Espíritu Santo
testifica respecto a Su propia obra, que nosotros los hijos de Dios
vamos de poder en poder, hasta que cada uno de nosotros en Sión aparezca
frente a Dios. Se refiere no sólo a nuestro crecimiento hacia el
hombre nuevo
sino de igual forma a la liberación gradual del hombre viejo que muere.
En ambos es la misma obra. Por consiguiente, ambos nos permiten
incrementar nuestro poder.
Consideraremos primero el
morir del hombre viejo en lo relativo a la santificación.
Este morir no tiene relación con nuestra
propia actividad
aludida en el ministerio del bautismo: “Que nosotros combatimos
resueltamente y vencemos al pecado y al diablo y a todos sus dominios”;
al contrario, se refiere a los frutos de la Cruz de Cristo. A la
pregunta, ¿Qué ulterior beneficio recibimos del sacrificio y muerte de
Jesús en la cruz?” la Iglesia Reformada responde: “Que en virtud de eso,
nuestro viejo hombre es crucificado y enterrado con Él; de modo que las
inclinaciones corruptas de la carne no pueden ejercer su reino en
nosotros” (Catecismo de Heidelberg, Pregunta 43). Por consiguiente, la
muerte del hombre viejo no es un fruto de
nuestra labor; pues Cristo lo realizó en nosotros en virtud de Su Cruz a través del Espíritu Santo.
Con el fin de inculcar esto en nosotros, el Espíritu Santo desvía
nuestros afectos personales, inclinaciones y disposiciones del hombre
viejo a quien estaban hasta ahora fuertemente adheridos, de modo que
ahora empezamos a odiarlo.
Es posible que la amistad muera. Pudimos haber sido íntimos con
una persona de la cual después descubrimos que era de mal carácter.
Entonces no sólo se rompe la amistad sino que nuestros afectos cesan.
Lamentamos nuestra anterior intimidad y lo despreciamos aun más a medida
que prueba ser más engañoso y malicioso. Y esto se aplica a nuestra
relación con el hombre viejo. Anteriormente fuimos muy íntimos con él.
Compartimos sus deseos, simpatías y sus afectos. Vivimos una vida con
él. Nos sentimos ligados a él por las más tiernas ataduras. No podíamos
estar contentos si no era en su compañía. Pero sobrevino un cambio.
Adquirimos diferentes gustos. Nos relacionamos con otras y mejores
personas, es decir, con el hombre nuevo en Cristo Jesús, y nos hacemos
íntimos con él. Y este noble intercambio se nos descubre a través de la
bajeza y corrupción del hombre viejo. Entonces cesa nuestro amor y
empezamos cordialmente a odiarlo.
Es cierto que nuestra conexión anterior nos lleva a contactos con
él frecuentemente. En tales ocasiones nos atrae por su astucia, pero
no por nuestro agrado;
y estando nuestra alma sólo medianamente dispuesta, protesta y tan
pronto como cometemos el pecado, nos embarga el autodesprecio y la
constricción.
Esta vuelta atrás en nuestros afectos no es nuestro trabajo, sino
la operación del Espíritu Santo. No es que neguemos muchas veces que Él
nos use como instrumento o nos incite a esforzarnos, sino que el cambio
de nuestras inclinaciones no es nuestro trabajo sino la directa
operación de Dios el Espíritu Santo.
Cómo se lleva a cabo, lo podemos entender sólo parcialmente.
Esencialmente es un misterio, tanto como lo es la regeneración. Siendo
Dios el Espíritu Santo, tiene acceso a nuestro corazón; Él descubre
nuestra personalidad, la naturaleza de nuestros afectos y en qué forma
su accionar se puede revertir. Pero nuestra inhabilidad para desentrañar
este misterio no afecta en lo absoluto nuestra fe en este asunto.
Ya que la muerte del hombre viejo no se hace efectiva por
nuestras buenas obras, sino por la implantación de una disposición y una
inclinación repugnante al hombre viejo, nuestro propio trabajo queda
enteramente fuera de cuestión; por que nuestro propio corazón es
inaccesible a nosotros. No tenemos poder sobre nuestro ser interno;
carecemos de los medios para crear otra inclinación y cuando negamos
esto nos decepcionamos a nosotros mismos. Sólo Dios el Creador puede
hacer esto y, al hacerlo, Él es
irresistible. El odio contra el
hombre viejo, una vez que entra en el alma, es un poder que simplemente
nos sobrepasa. Aun cuando seamos atraídos por él, no podemos hacer nada
más que odiarlo.
El séptimo capitulo de Romanos es muy instructivo al respecto.
San Pablo dice: “Me deleito en la ley de Dios en el hombre interno”
(Romanos vii. 22), es decir, desde mis sentimientos internos. Hay, por
supuesto, otra ley en sus miembros, que lo hace cautivo a la ley del
pecado; pero no tiene el menor amor o simpatía por tal ley, y por la
ley de su mente él se resguarda contra eso.
Cualquier otra representación contradice este testimonio
positivo, expresado por boca del más excelente de los apóstoles, bajo el
sello del Espíritu Santo. Aquel que cree, abraza al Hijo y no puede más
que recibir impresiones y ser movido por influencias que causan que sus
afectos e inclinaciones sean cambiados radicalmente. Un creyente está
internamente labrado. Todos sus tratos anteriores con el hombre
viejo—orgullo, dureza de corazón, desencanto y sed de venganza—ahora lo
llenan de horror; aquello que para él era anteriormente el orgullo de
vida y la lujuria de sus ojos, ahora es aflicción del espíritu, ya que
ahora se da cuenta cuán vergonzoso y abominable es.
De modo que muere gradualmente al hombre viejo, hasta que, a la
hora de muerte, es entregado completamente. Y el hijo de Dios permanece
como el cavador de tumbas del hombre viejo, hasta la hora de su propia
partida.
Sin embargo, él muere a él tan completamente que al final pierde
toda confianza en él, completamente convencido que es, sin excusa, un
abominable desdichado, un réprobo y un impostor, capaz de todo mal. Y
cuando ocasionalmente él consiente el orgullo y las prácticas del hombre
viejo, con desdeñoso júbilo, no es para jactarse de su propio trabajo o
el de sus seguidores, sino sólo por glorificar la bondadosa obra de su
Dios.
XIII. La Obra de Dios en Nuestra Obra
“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo
vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la
venida de nuestro Señor Jesucristo.”—1 Tesalonicenses v. 23.
La diferencia entre
santificación y
buenas obras debe entenderse correctamente.
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Muchos confunden ambos, y creen que la santificación significa llevar
una vida honorable y virtuosa; y, ya que esto equivale a buenas obras,
la santificación sin la cual ningún hombre verá a Dios, es llevado a
consistir en el esfuerzo decidido y diligente por hacer buenas obras.
Pero este razonamiento es falso. No se debe confundir la uva con
el vino, el rayo con el trueno, el nacimiento con la concepción, como
tampoco la santificación con las buenas obras. La santificación es la
semilla de donde brotará la brizna y la espiga llena de buenas obras;
pero esto no identifica a la semilla con la brizna. La primera yace en
el suelo y por sus fibras se afirma al surco
internamente. La espiga brota del suelo
externamente
y se hace visible. De igual manera, la santificación es la implantación
del germen de la disposición e inclinación que producirá la flor y el
fruto de una buena obra.
La santificación es la obra de Dios en nosotros, mediante la cual
Él imparte a nuestros miembros una disposición santa, llenándonos
internamente de gozo en Su ley y de repugnancia al pecado. Pero las
buenas obras son actos del hombre que surgen de esta santa disposición.
Por consiguiente, la santificación es la fuente de todas las buenas
obras, la lámpara que brillará con su luz, el capital del cual vendrán
los intereses.
Permítanos repetirlo: la “santificación” es una obra de Dios;
“las buenas obras” son de los hombres. La “santificación” trabaja
internamente; “las buenas obras” son externas. La “santificación”
imparte algo al hombre; las buenas obras sacan algo de él. La
“santificación” fuerza la raíz en el terreno; hacer “buenas obras”
fuerza al fruto a salir del árbol frutal. Confundir estas dos hace que
la gente se extravíe.
Los pietistas dicen: “la santificación es el trabajo del hombre;
no se puede insistir con suficiente énfasis. Es nuestro mejor esfuerzo
de ser devotos.” Y los místicos sostienen: “no podemos hacer buenas
obras porque no podemos perseverar en ellas, pues el hombre es incapaz;
sólo Dios las obra en él e independientemente de él.”
Por supuesto, ambos están igualmente equivocados y son
antibíblicos. El primero, al reducir la santificación a buenas obras, lo
saca de la mano de Dios y lo coloca sobre el hombre, quien nunca lo
podrá realizar; y el último, en hacer que las buenas obras tomen el
lugar de la santificación, liberando al hombre de la tarea impuesta a él
y afirmando que Dios la realizará. Hay que oponerse a ambos errores.
Tanto la santificación como las buenas obras deben recibir
reconocimiento de los ministros de la Palabra, y a través de ellos el
pueblo de Dios debe entender que la santificación es un
acto de Dios,
que Él realiza en el hombre; y que Dios ha dado instrucción al hombre
para realizar buenas obras para la gloria de Su nombre. Y esto tendrá
dos efectos: (1) el pueblo de Dios deberá reconocer su completa
inhabilidad para recibir la santa disposición de otra forma que no sea
como un regalo gratis de la gracia, y luego orará fervientemente
pidiendo esta gracia; (2) orarán para que Su elegido, en quien esta obra
ya ha sido labrada, pueda mostrarse aprobado por la Obra glorificadora
de Dios: “[escogidos en Cristo Jesús] para que fuésemos santos y sin
mancha delante de Él” (Efesios i. 4).
Aun cuando esta distinción es muy clara, dos cosas pueden causar confusión:
Primero, el hecho que la santidad pueda atribuirse a las mismas buenas obras.
Uno puede ser santo, pero también hacer obras santas. La
Confesión habla de “las muchas obras santas que Cristo ha hecho por
nosotros en nuestro provecho” (art. 22). Por consiguiente, la santidad
puede ser
externa e interna.
El siguiente pasaje se refiere, no a la
santificación sino a las
buenas obras:
“Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis
vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir!” (2 Pedro iii. 11).
“Así como aquel que os llamo es santo, sed también vosotros santos en
toda vuestra manera de vivir” (1 Pedro i. 15). “Que siendo nosotros
liberados de las manos de nuestros enemigos, podamos servirlo a Él sin
temor en santidad y justicia todos los días de nuestra vida” (Lucas i.
75).
Encontramos que la palabra “santo” se usa tanto
en nuestra disposición interna como en
sus resultados, nuestra vida externa.
Se puede decir de la fuente así como del agua que contienen fierro; del
árbol así como del fruto, que son buenos; de la vela así como de la
luz, que es brillante. Y, dado que la santidad puede ser atribuida tanto
a la disposición interna como a la vida externa, la santificación puede
entenderse refiriéndose a la santificación de nuestra vida. Esto puede
llevar al supuesto que una vida externa sin tacha, es la misma cosa que
la santificación. Y si esto fuera así, entonces la santificación no es
más que una tarea impuesta, no un regalo impartido. Debe, por
consiguiente, hacerse notar cuidadosamente que la santificación de la
mente, afectos, y disposiciones no son nuestro trabajo sino el trabajo
de Dios; y que la vida santa que surge de ella es nuestra.
Segundo: la otra causa de confusión son los numerosos pasajes de
las Escrituras que exhortan y nos animan a santificar, a purificar y a
perfeccionar nuestra vida, sí, aun “a perfeccionar nuestra santidad” (2
Corintios vii. 1); a “rendirnos como sirvientes a la santidad” (Romanos
vi. 19); y de ser “irreprochables en santidad” (1 Tesalonicenses iii.
13), etc.
Y no debiéramos debilitar estos pasajes como lo hacen los
místicos; quienes dicen que estos textos no quieren decir que debamos
rendir nuestros miembros, sino que Dios mismo tomará especial cuidado
para que ellos mismos sean rendidos. Estos son trucos que llevan al
hombre a trivializar la Palabra. Es un abuso de las Escrituras, con el
fin de introducir nuestras propias teorías bajo el alero de la autoridad
divina. El predicador que por temor de imponer responsabilidades sobre
los hombres se abstiene de la exhortación y dobla el borde de los
mandamientos divinos para representarlos como promesas, asume una fuerte
responsabilidad sobre sí mismo.
Porque, aun cuando sabemos que ningún hombre ha realizado nunca
una sola buena obra sin Dios, quien labro en él tanto la voluntad como
el hacer; aun cuando de corazón estamos de acuerdo con la confesión “que
estamos en deuda con Dios por nuestras buenas obras y no Dios a
nosotros” (art. 24); y nos regocijamos con el santo apóstol en el hecho
“que Dios ha preparado las buenas obras para que andemos en ellas”
(Efesios ii. 19); aun así, esto no nos absuelve del deber de exhortar a
los hermanos.
Es verdad que Dios se complace en usar al hombre como instrumento
y por el estímulo de su propia habilidad y responsabilidad para
incitarlo a
la actividad. Un hombre de la infantería en el campo
de batalla está completamente consciente de cuánto depende del buen
servicio de su caballo y también de que el animal no puede correr sino
es porque Dios se lo permite. Siendo un hombre creyente, el reza antes
de montar para que Dios permita que su caballo lo lleve a la victoria.
Pero una vez montado usa toda su fuerza, con la espuela, rienda y voz
para hacer que el caballo haga lo que debe hacer. Y lo mismo es verdad
con la santificación. Salvo que la respiración del Señor sople a través
del jardín de su alma, ni una hoja se agitará. El Señor realiza solo el
trabajo de principio a fin. Pero Él lo realiza parcialmente con ayuda de
los medios; y el instrumento elegido muchas veces es el
hombre mismo,
quien coopera con Dios. Y las Escrituras se refieren a esta
instrumentalidad humana cuando, en conexión con la santificación, nos
conmina a realizar buenas obras.
Tal como en la naturaleza Dios da a la semilla las fuerzas de la
tierra y la lluvia y el sol para madurar el fruto de la tierra, mientras
que al mismo tiempo usa al labrador para perfeccionar su trabajo, así
lo es también en la santificación: Dios hace que trabaje efectivamente,
pero Él emplea el instrumento humano para cooperar con Él, tal como el
serrucho trabaja en conjunto con aquel que lo sujeta.
Sin embargo, esto no puede entenderse como si en la santificación
Dios se hiciera absolutamente dependiente del instrumento humano. Esto
es imposible; por naturaleza el hombre puede estropear la santificación,
pero nunca más allá. Por naturaleza la odia y se opone a ella. Más aun,
es absolutamente incapaz de producir desde su naturaleza corrupta,
cualquier cosa para su crecimiento en la santificación. No se debe
abusar, por consiguiente, de su cooperación instrumental ya sea por
adscribir al hombre un poder para el bien o para oscurecer el trabajo de
Dios.
Es necesaria una discriminación cuidadosa. Aquel que implanta la
disposición santa es el Señor. El ejercicio combinado de todos estos
instrumentos no puede implantar una sola característica de la mente
santa, no más que todas las herramientas del carpintero juntas pueden
dibujar el molde de un panal. El artista pinta sobre la tela; pero con
todas sus exenciones, su paleta, brochas y cajas de pintura, no podrían
dibujar ni una sola figura. El escultor moldea la imagen; pero por sí
solos, el cincel, el mazo, y el escaño no pueden sacarle una sola
esquirla al áspero mármol. Grabar los rasgos de la santidad en el
pecador es un trabajo indescriptiblemente divino, en el sentido
artístico más elevado. Y el Artista que lo ejecuta es el Señor, al quien
San Pablo llama Artista y Arquitecto de la Ciudad que tiene cimientos.
El hecho que el Señor se alegre en usar instrumentos para algunas partes
del trabajo no le confiere a ellos ningún valor, mucho menos una
habilidad para realizar cualquier cosa por sí mismos sin el Artista. Él
es el único Obrero.
Pero como Artista, Él usa tres diferentes instrumentos, a saber,
la Palabra, Sus providencias, y la persona regenerada en sí misma.
- La Palabra es una fuerza poderosa en la Iglesia que penetra aun
lo que separa las uniones y la médula, y que como tal, es un instrumento
divinamente asignado para crear impresiones en un hombre; y estas
impresiones son los medios por los cuales la santa inclinación se
implanta en su corazón.
- Las experiencias de vida también hacen impresiones en nosotros más o menos duraderas, y esto lo usa Dios también para crear una santa disposición.
- El tercer instrumento se refiere al efecto del hábito.
Los actos pecaminosos repetitivos hacen audaz al pecador y crea hábitos
pecaminosos; de esta forma él coopera haciéndose un pecador aun mayor.
En un sentido similar, los santos cooperan con su propia salvación
permitiendo que la santa disposición se irradie en buenas obras. El acto
frecuente de hacer el bien crea el hábito. El hábito gradualmente se
convierte en su segunda naturaleza. Y es esta poderosa influencia del
hábito, la que usa Dios para enseñarnos la santidad. De esta forma Dios
puede hacer de un santo el instrumento para la santificación de otro.
Un arquitecto construye un palacio que lo hace famoso como artista.
Es cierto que el constructor-contratista, es una persona importante en
su lugar, pues es quien erige la estructura, pero su nombre raramente se
menciona. Es al arquitecto para quien se reservan todos los elogios. En
la santificación no es la Palabra por sí sola la que es efectiva, sino
la Palabra manejada por el
Santo Espíritu. Ni tampoco lo es la experiencia de vida por sí sola, sino la experiencia empleada por el
Santo Artista.
Tampoco lo es la persona regenerada quien sirve como maestro de obras,
sino el glorioso Dios Trino, en cuyo servicio él trabaja.
XIV. La Persona Santificada
“En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no
hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la
circuncisión de Cristo.”—Colosenses ii. 11.
La santificación abarca a todo el hombre, cuerpo y alma, con todas
sus partes, miembros y funciones que le pertenecen a cada uno
respectivamente. Abarca su
persona y todo lo de su persona. Es
por esto que la santificación progresa desde la hora de la regeneración a
través de la vida y sólo puede completarse y a través de la muerte.
San Pablo ora por la iglesia de Tesalónica: “Que el mismo Dios de
paz os santifique por completo; y que todo vuestro ser—espíritu, alma u
cuerpo—sea guardado irreprochable para la venida de nuestro Señor
Jesucristo” (1 Tesalonicenses v. 23). La santificación es esencialmente
una obra de una sola pieza, simplemente porque nuestra persona no es un
ensamble de piezas, sino
una orgánicamente en todas sus partes.
La santidad del pecador o impiedad abarca todo su ser. Es un
pecador no sólo en su cuerpo, sino en su alma y sobre todo en su alma;
no sólo porque su voluntad es impía, sino también porque su
entendimiento es impío, y aun más. La memoria, la imaginación y todo lo
que le pertenece como hombre está radicalmente deshonrado, profanado y
corrompido. Él yace en medio de su muerte. Aun como niño pequeño, cada
parte está afectada. Sin el menor esfuerzo él aprende una canción de la
calle, mientras que le parece imposible cantar una estrofa de un salmo.
Si la santificación hace referencia a la mancha heredada, así
como la justificación a la culpa heredada, se desprende que la
santificación debe extenderse tan lejos como la mancha heredada. Si toda
la persona está cubierta por el veneno de la mancha, la santificación
lo debe cubrir con mayor abundancia aun.
El pecado es disturbio, trastorno, discordia y lugar de lucha en
el hogar y en el corazón, y no es superado completamente hasta que sea
reemplazada por la santa paz. Esta es la razón por la cual San Pablo
llama al Dios de la santificación Dios de paz; y por eso él ora por la
iglesia para que el Dios de paz los santifique a ellos
completamente, o literalmente, “
hasta el fin completo,” de modo que el fin de la santificación se pueda lograr perfectamente en ellos.
[3]
Sin embargo, el punto de partida de esta gracia yace no en el
cuerpo, sino en el alma. El pecado empezó en el alma, no en el cuerpo;
por consiguiente, la mortificación del pecado debe empezar también en el
alma.
Se dirige, antes que nada, a
la conciencia y a sus
facultades de cognición, contemplación, reflexión y juicio. La
santificación procede, no desde la voluntad, sino desde la consciencia.
La santificación es hacerse conforme a la voluntad de Dios, y esto
requiere que
en primer lugar Su buena, perfecta y aceptable
voluntad se convierta en una realidad viviente a la consciencia y
convicción. Las cosas de las cuales uno es ignorante no le afectan, pero
la ignorancia de la voluntad divina es pecado y esto debe ser superado
antes que todo.
Pero, ¿cómo? ¿Aprendiendo de memoria? ¿Aprendiendo el Catecismo?
Por ningún motivo. La santificación de la consciencia consiste en la
acción de Dios que escribe su ley en nuestros corazones. Verdadero, hay
aún unos pocos trazos de dicha ley escritas en el corazón del pecador,
como escribe el apóstol, que los gentiles que están sin ley tienen una
ley en sí mismos; pero esto es a lo más la fermentación de un principio
mayor en la persona pecadora que no se puede sostener por sí sola. Los
nihilistas y comunistas de hoy día muestran hasta qué punto el corazón
puede perder el sentido de los principios de rectitud y justicia. Pero
cuando las Escrituras prometen que el Señor escribirá la ley en sus
corazones, y que no enseñará más el hombre a su vecino, diciendo “Conoce
al Señor” porque todos le conocerán, desde el menor al mayor de ellos
(Hebreos viii. 11), esto nos ofrece algo enteramente diferente y mucho
más glorioso. Y esto se logra, no por estudio externo, sino por la
aprehensión interna; no por un ejercicio de la memoria, sino por la
renovación de la mente, como escribe San Pablo: “No sean conformados a
este mundo, sino que sean transformados por la renovación de su mente,
de modo que puedan probar lo que es la buena, aceptable y perfecta
voluntad de Dios.”
Ezequiel profetiza de esta renovación de la mente cuando el dice:
“Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de
vosotros” (Ezequiel xxxvi. 26).
La instrucción previamente recibida puede usarse como medio para
ese fin; pero la instrucción que el espíritu humano recibe en la
santificación no es humana sino divina. Por consiguiente, se dice:
“Ellos son enseñados por el Señor” (Isaías liv. 13). “Así que, todo
aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí” (Juan vi. 45).
“Pondré mi ley en su mente y la escribiré en su corazón” (Jeremías xxxi.
33).
Ya que los libros de Moisés enfatizan el hecho de que las tablas
de la ley fueron escritas, no por Moisés ni por Aholiab ni por Bezaleel,
sino directamente por el dedo de Dios, se desprende por la naturaleza
del caso que las Escrituras intentan presentar este escrito sobre las
tablas del corazón, no como un trabajo del hombre, sino como la obra
directa de Dios. La santificación de la consciencia humana es labrada en
nosotros por Dios, de una manera divina, insondable e irresistible;
pero no independientemente de la Palabra, porque la Palabra en sí es
divina y la predicación de la Palabra está divinamente ordenada e
instituida. Pero, ya que la Palabra y la predicación sólo pueden
presentar la materia a la consciencia, es el Espíritu Santo quien hace
que el corazón la entienda, la declare a la consciencia, trabaje la
convicción, y motive a la consciencia a aprobarla, permitiendo así que
sienta la presión que procede de aquello que está escrito en el corazón.
Por consiguiente, la santificación de la consciencia consiste, no
sólo en recibir nuevo conocimiento y ser impresionado con conceptos
avivados, sino también en tener la razón calificada para ejercitar
funciones
completamente diferentes. Porque el hombre natural no entiende las
cosas del Espíritu de Dios, pero el hombre espiritual, es decir, aquel
cuya consciencia es regenerada, santificada e iluminada,
discierne todas las cosas, porque tal hombre, como dice San Pablo, tiene la mente de Cristo.
Sin embargo, la santificación de nuestra consciencia no completa
la santificación en nuestra persona. Al contrario, aunque la voluntad es
absolutamente dependiente de la consciencia, aun la voluntad misma es
corrompida por el pecado. No pierde su operación funcional, pero al
igual que en el pecador, el juicio todavía juzga y la emoción todavía
siente, de igual forma la voluntad todavía es capaz de ejercerla, pero
pierde su habilidad de extenderse en todas direcciones y nos sucede la
calamidad de no poder por naturaleza hacer lo que Dios quiere.
Y esa rigidez y dureza, la cual impide que la voluntad actúe
libremente en este aspecto, debe ser removida. Las Escrituras llaman a
esto: a quitar el corazón de piedra y darle un corazón de carne, que no
sea más duro e insensible.
Donde el pecado ha amarrado a la voluntad inclinándola al mal,
privándola de poder doblegarse en la dirección opuesta, es decir, hacia
Dios, el bondadoso regalo de la santificación nos viene a aliviar de
esta tendencia hacia el infierno y a darnos fuerza para inclinarnos
hacia Dios.
Formalmente nuestro conocimiento y convicción de la
obligatoriedad de las cosas no prevalece; porque deja a nuestra voluntad
sin poder, como una rueda encadenada que es incapaz de girar en la
dirección correcta. Pero la conciencia no sólo tenía una mejor idea, una
visión interna más clara sobre la obligatoriedad de las cosas y
nosotros asentimos a ella, sino que el deseo también estaba inclinado
por propia voluntad a elegir lo bueno; y entonces la hora de Dios ha
llegado a su fin, a logrado su propósito y ha cambiado al hombre por
completo.
Y así el hombre recobra también el control sobre sus pasiones.
Cada hombre tiene pasiones y propensiones que el pecado ha hecho
indisciplinados, e incontrolables. De hecho, el hombre es su juguete;
ellos pueden usarlo como les plazca. Es verdad que el inconverso a veces
logra doblegar e imponer un bozal a una pasión, pero siempre para
volverse esclavo sin esperanza de otros. La disipación se conquista sólo
por la excitación de la avaricia, la sensualidad por el aprecio interno
del orgullo, la rabia por acunar la sed de venganza. Se saca a Kamosh
sólo para darle lugar a Moloc; el viento norte es reprendido sólo para
ser seguido por una ráfaga del oeste.
Pero las pasiones del santo se controlan de forma distinta. La
santificación les da otra dirección. Él siente su látigo y espuela, pero
son para él la vivencia de un poder externo. Por lo cual San Pablo
declara que ya no es él quien lo hace sino el pecado que mora en él
(Romanos vii. 17-20). Y ninguna pasión puede sobrepasarlo que con el
poder de Dios él no pueda dominar y controlar.
La santificación incluye al cuerpo,
en segundo lugar.
Tanto el pecado como la santidad afectan al cuerpo, no como sin fueran
el asiento del pecado, lo cual es una herejía maniquea, sino en el
sentido en el cual las Escrituras desaprueban el acto de tocar un
cadáver. El cuerpo es un instrumento del alma; por consiguiente, los
miembros se pueden usar para propósitos santos o impíos y ofrecer su
cooperación o resistencia a tales propósitos. ¿Quién no sabe que un
exceso de sangre inflama al feo temperamento y excita a la rabia; que
los nervios irritables lo hacen a uno impaciente; y que una gran energía
muscular tienta hacia la imprudencia y temeridad? Muchas son las
conexiones entre el cuerpo y el alma. Puesto que el Espíritu Santo
somete a los miembros corporales al reinado de la nueva vida, la
santificación por supuesto que afecta la vida del cuerpo. Esto surge del
hecho que el cuerpo sea llamado el templo del Espíritu Santo. San Pablo
dice: “en el cual sois despojados de vuestra naturaleza pecaminosa”
(Colosenses ii. 11); y nuevamente: “No reine, pues, el pecado de vuestro
cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus apetitos” (Romanos vi.
12).
Por consiguiente, el hombre viejo es así de malo y se convierte
en algo peor. Pero al mismo tiempo hay un debilitamiento gradual—y así
mueren sus malignas lujurias; mientras que el hombre nuevo continúa no
sólo intacto y santo, sino que gradualmente nos domina y nos permite
presentar nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a
Dios, el cual es nuestro servicio racional (Romanos xii. 1).
Todo esto es forjado por el Espíritu Santo que habita en nuestros
corazones, el Consolador, Guía y Maestro de los desolados. Cristo está
lejos de nosotros, en el cielo sentado a la diestra de Dios. Pero el
Espíritu Santo es derramado. Él habita en la Iglesia en la tierra. Él
nos sostiene como nuestro Consolador.
Por consiguiente, no debemos imaginarnos que estamos
completamente equipados, una nave bien aprovisionada, que bajo propio
riesgo y sin un piloto, prontamente nos lleva al refugio de descanso;
porque sin viento y marea no podemos mover nuestra barcaza en absoluto.
El corazón del santo es una Betel; cuando él se despierta de los
benditos sueños, se sorprende al encontrar que Dios está en ese lugar y
que él no lo sabía. Cuando somos llamados a hablar, actuar o pelear, lo
hacemos como si lo estuviéramos haciendo por nosotros mismos, sin
percibir que es Otro el que obra en nosotros nuestra voluntad y en el
hacer. Pero tan pronto como terminamos la tarea exitosamente y
agradablemente a la voluntad de Dios, como hombres de fe, nos postramos
delante de Él y decimos: “Señor, el trabajo fue todo tuyo.”
Y esto va en contra del hombre viejo. Antes que la obra sea
llevada a cabo, está temeroso e impaciente, pero tan pronto como termina
se llena de vanagloria, y el incienso del orgullo humano es dulce a su
olfato. Pero el hijo de Dios trabaja en la simplicidad y
espontáneamente, trae el sacrificio de su trabajo esperanza contra
esperanza, con todo el ejercicio del talento que Dios le dio. Pero
habiendo terminado el trabajo, él duda como pudo llevarlo a cabo, y se
da cuenta que la única solución, de hecho, es que hay Uno que
poderosamente lo forjó en él y a través del él.
XV. Buenas Obras
“Pues somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para
buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos
en ellas.”—Efesios ii. 20.
Las
buenas obras son el fruto maduro del árbol que Dios plantó en
la santificación.
En el santo hay vida; de esa vida provienen las obras; y esas
obras pueden ser buenas o malas. Por consiguiente, las buenas obras no
se adicionan a la santificación para mero efecto, sino que le pertenecen
a ella. La discusión de la santificación no se completa sin discutir
las Buenas Obras.
Sea lo que sea el hombre, las obras siempre proceden de él, y ya
que las obras no pueden ser neutrales, sino que se conforman o no se
conforman a la ley divina, se desprende que toda obra del hombre puede
ser buena o mala, pecados de hecho (
Peccata actualia) o buenas
obras. De hecho, toda vida tiene su propia energía. Sin ella no hay
vida. Hablando sin equívoco, la vida en el santo no proviene de la
santificación, sino que la santificación facilita su tono, color y carácter.
En un jardín, donde todas las condiciones son iguales y existe el
mismo suelo, el mismo fertilizante, etc., se plantan distintos árboles
frutales. Evidentemente, el trabajo que hace que los árboles crezcan
proviene del suelo; porque si se plantaran en el desierto, no crecerían.
Pero lo que hace que un árbol produzca duraznos y otro produzca uvas,
no está en el suelo, sino en el árbol. Por ello, debemos distinguir el
trabajo mismo de la sombra, del tono, del carácter, de la propiedad
peculiar que asume el trabajo. El viento que produce la más dulce música
del arpa eólica al soplar a través del vidrio quebrado del panel,
produce sonidos lúgubres. Es una misma operación, pero con diferentes
efectos. En la pradera, cerca al tierno trébol, crece el ponzoñoso
tártago. Sin embargo, ambos levantan sus pequeñas cabezas del mismo
suelo y beben del mismo aire, luz y lluvia. Aun cuando la energía vital
es la misma, la diferencia en las semillas causa diferencia en las
plantas y efectos opuestos.
Lo mismo se aplica al jardín del alma, donde la vida humana está
en plena actividad. Pero esa misma vida humana produce un acto abyecto
hoy día y un acto heroico mañana. No hay más que un trabajo, pero varían
los colores, puede ser blanco o negro, oscuro o claro.
Y encontramos que, en el jardín del alma, todo crecimiento
espontáneo es un crecimiento de
malezas; mientras que la semilla que Dios ha plantado produce precioso
fruto.
Los efectos de la santificación son evidentes. Provoca que fluya agua
dulce de fuentes salobres. Le facilita a cada operación su propia
cualidad y propiedad, y le da una dirección que trabaja para el bien. Y
así las buenas obras proceden del hombre perdido en sí mismo.
Por supuesto, en la raíz, este trabajo aparentemente idéntico tiene
dos caras.
Una surge de la naturaleza vieja, la otra de la nueva; una de lo
natural, la otra de lo sobrenatural. Pero, ya que tal distinción fue
discutida ampliamente en el capítulo sobre la Regeneración, lo
trataremos ahora simplemente desde
la unidad de la persona.
Aun cuando nosotros coincidimos de corazón con la Confesión, “Que
una persona regenerada tiene en sí ambas expresiones de vida: una
temporal y corpórea, aquella con la que viene desde su primer nacimiento y que es común a todos los hombres; la otra
espiritual y celestial,
aquella que le es dada en el segundo nacimiento y que es particular a
los elegidos de Dios” (Art. 35); sin embargo, esto no afecta la unidad
de la persona, ni altera el hecho que las operaciones de la vieja como
la nueva vida son
mis operaciones. Si divido mi persona y tomo la
natural y la sobrenatural, cada una por separado, entonces no hay
santificación alguna; porque la vida corrupta de mi vieja naturaleza no
es santificada sino crucificada, muerta y enterrada, y mi vida
celestial, espiritual y regenerada, no puede ser santificada, ya que
nunca fue pecaminosa ni podrá serlo nunca. Por consiguiente, en la
santificación debemos considerar la vida desde un punto de vista de
la unidad e
indivisibilidad
de la persona. El hombre que se ha casado primero a la naturaleza
corrupta y ahora se halla casado al hombre nuevo, era entonces malvado y
ahora se ha vuelto bueno; por lo cual su vida debe recibir el deseo
divino, inclinación y disposición. Y sólo entonces le será posible
producir buenas obras.
Una obra es
buena cuando se ajusta a la ley divina.
1. El
primer punto es que sólo Dios tiene el derecho de determinar lo que es bueno y lo que es malo.
El hombre también puede adquirir este discernimiento, pero sólo
siendo enseñado por Dios. Pero tan pronto como presume poder determinar
por sí mismo las diferencias entre bien y mal, él viola la majestad
divina y el inalienable derecho de Dios de ser Dios. Ni
un solo hombre ni
muchos
hombres, ni todos los hombres y ángeles juntos pueden hacer esto. No
les pertenece. Es la prerrogativa eterna del Dios Todopoderoso, Creador
del cielo y la tierra. Sólo Él determina lo bueno y lo malo para cada
criatura por todo tiempo y eternidad.
Aquello que Él demanda de cada vida será la ley de esa vida,
de todo lo que le pertenece, y bajo todas las circunstancias; una ley
en la cual todas las ordenanzas divinas están comprendidas. Su ley,
cuyos principios están brevemente comprendidos en los Diez Mandamientos,
crece de estos diez troncos, en ramas y ramillas frondosas y densas,
conformando en su totalidad un inmensurable techo de hojas que cubre de
sombra a la familia humana entera, en todas sus variedades.
Por consiguiente, no hay la más remota oportunidad aquí para
transar. La voluntad y ley de Dios son absolutas; gobiernan sobre todo;
son vinculantes en todo dominio, y no pueden ser revocadas nunca. Y
donde en el delicado trabajo de un reloj se permite una variación de
milésimas de milímetro en una ruedecilla en la ley divina, tal juego es
inconcebible. La ley de Dios no permite siquiera la desviación del
grosor de un cabello, ni una infinitesimal parte de ella.
Por consiguiente, una buena obra no significa solamente una mera obra
no maligna;
ni una obra que contenga algo de bien, o simplemente pasable, o una
obra cuya buena intención es evidente. Pero una buena obra no es nada
más ni nada menos que una
buena obra. Y no es buena a menos que
sea absolutamente buena, es decir, en todas sus partes igualmente
conforme a la voluntad y ley divina. Un durazno no es mitad pera o mitad
uva sino un durazno completamente; así, una buena obra no es meramente
pasable, parcialmente bien intencionada, sino absolutamente conforme a
lo que Dios ha determinado que sea bueno en consideración a la obra.
Se ve rápidamente que, a menos que la santificación sea adaptable
para permitir que el hombre realice tal obra, él nunca podría
concretarlo. Tal como es un hábito peculiar del árbol duraznero, a
través de su vida ascendente, el darle a la fruta el sabor de un durazno
y a la parra vinífera el dar a su fruto el sabor de una uva, así es de
peculiar, en principio, la cualidad del alma santificada para impartir a
su fruto el sabor de
la ley. La santificación no sólo inspira al
alma con el deseo de algo superior, sino que le imparte tal
disposición, tono, sombra, sabor y carácter para que se rinda a la ley
divina. Y la ley le da su impronta al alma. La aspiración del alma no es
más un ideal vago, sino que tiene un positivo placer, deseo y amor, por
todos los mandamientos de Dios. Y ya que la santificación graba la ley
en el alma, es posible que la obra que le sigue sea conforme a la ley.
Decimos “posible,” porque de su propia y triste experiencia, el hijo de Dios sabe que es posible ser
de otra forma, y que muchos veranos van y vienen sin cosechar de sus ramas ningún beneficio visible para la gloria de Dios.
2. Esto nos trae al
segundo punto. Una buena obra debe serlo por fe.
La santificación en sí misma no es por fe. No tiene nada que ver
con la fe. Es labrada por Dios mismo. ¿Qué puede lograr la fe, entonces,
en este aspecto?
Pero es diferente en relación a las
buenas obras; porque ellas deben ser nuestras buenas obras. El hombre es y debe ser pasivo en todos los otros aspectos, pero no en su
trabajo. El trabajo es
el fin
de nuestra condición pasiva. Trabajar y ser pasivo son opuestos.
Imaginar que el trabajo puede ser pasivo o activamente pasivo es como
imaginar que un círculo es cuadrado, que la tinta es blanca, que el agua
es seca. Por consiguiente, el Catecismo de Heidelberg correctamente
pregunta: ¿Por qué debemos
nosotros hacer todavía buenas obras?
Por lo tanto no puede haber buenas obras al menos que sean
labradas por nosotros mismos. Y toda representación como si el hombre no
realizara buenas obras, sino que el Santo Espíritu las realiza en él y
en su lugar, es trastornar el Evangelio y despedazar las Escrituras.
La obra de Cristo es indirecta; aquella del Espíritu Santo no lo es. Él obra
en el hombre,
pero no en su lugar.
Y no obstante la extensión que pueda tener Su trabajo en nosotros,
habiéndose labrado independientemente de nosotros, no puede ser nunca
contado como propio nuestro. Cristo murió y resucitó de los muertos por
nosotros, independientemente de nosotros. Pero el Espíritu Santo no
puede sacar fruto del árbol si no es nuestro ego el que ejecuta el
trabajo.
Pero—y esto se debe enfatizar—nuestro ego no puede ejecutarlo si
no es “el trabajo que es forjado en nosotros con poder.” La vida
interior y superior no actúa como la savia en la vid, porque esta
penetra en la vid
naturalmente. Pero la obra de la vida santa es
diferente. Aun cuando la santa disposición esté implantada, el hijo de
Dios no produce ningún fruto bueno por sí solo. Aun cuando esté bien
dotado y equipado, si se le deja solo, no produce nada, ni una sola
buena obra por pequeña que sea.
El más hábil cortador de diamantes, aunque cuente con las mejores
herramientas no puede moldear la más pequeña de las rosas en el
diamante a menos que el propietario del establecimiento le dé el
diamante, la fuerza motriz para utilizar sus herramientas y aun la luz
sobre sus manos. De igual forma, es imposible para el más excelente
entre los hijos de Dios, aun cuando su alma esté bien equipada, poder
realizar obra alguna si no es el Propietario del establecimiento de arte
sagrado el que le da el material, el poder y la luz.
Por consiguiente, el contenido y la forma entera de toda buena
obra, no son del hombre, sino del Espíritu Santo, de modo que cuando se
termine, le debemos dar gracias a Dios y no Él a nosotros. En todo
hombre que realiza una buena obra, Él trabaja tanto la voluntad como el
hacer.
Pero cuando el Espíritu Santo ha provisto todo lo necesario, entonces falta todavía una cosa, a saber, que
el santo lo haga y que haga suyo el trabajo. Y este es el magnífico acto de la fe.
No hay ni una sola buena obra que Dios no haya preparado de
antemano para que andemos en ella; y es por esto que no es forjada hasta
que
andemos en ella. El Señor le dijo a Ezequiel, “Yo haré que
andes en mis estatutos” (Ezequiel xxxvi. 27); pero el Señor no provoca
que vayamos hacia allá, hasta que realmente andamos en ellas. No seremos
acarreados ni llevados sobre ruedas a ellos. Esto no tendría ningún
valor delante de la Divina Majestad; no habría arte. Aun nosotros
podemos llevar al inválido sobre ruedas, en su carruaje, pero el arte de
hacerlo caminar, sí, incluso el de saltar como un ciervo, no es humano,
sino digno de Dios solamente. Y no podemos permitir que esto sea
quitado por un misticismo enfermizo y así robarle a Dios esta gloria.
Decir, como muchos hacen, que el Señor lleva a sus hijos
imperceptiblemente a los buenos caminos, y que esto constituye sus
buenas obras, es despreciar las cosas sagradas. Nadie debiera tocar el
honor de nuestro Dios; y no debemos descansar hasta que la pura doctrina
arda nuevamente en el candelabro: que el poder de Dios se manifieste en
el hecho que Él causa que el tullido pueda
caminar, correr y saltar como un ciervo.
Y este es el acto de la fe, a saber, ese maravilloso acto del alma de
lanzarse a sí mismo al abismo, sabiendo que caerá en los siempre
presentes brazos de la misericordia, aun cuando sea completamente
incapaz de verlo. La fe en este aspecto, es estar de acuerdo con la
voluntad divina: de aceptar la buena obra que Dios ha preparado para
nosotros como nuestra, de apropiarnos de lo que Dios nos da.
Un torpe estudiante tiene que dar un discurso ante una extraña
audiencia. Es una tarea difícil y ni siquiera sabe cómo empezar. Todos
los esfuerzos propios son inútiles. Entonces su padre lo llama y dice:
“Si haces este pequeño discurso que he preparado y lo recitas sin omitir
una palabra, será un éxito”. Y el niño obedece. No hay nada de él
mismo—todo es obra de su padre; él meramente cree que lo preparado para
él por su padre es bueno. Y en esta confianza, enfrenta a la extraña
audiencia, entrega la composición de su padre y tiene éxito. Sin
embargo, el haber escrito el discurso no termina con el asunto, y no
podría terminar hasta que el joven haya realizado su parte. Cuando Dios
ha preparado la buena obra para nosotros, no la ha terminado hasta que
hayamos hecho lo que Dios ha preparado para nosotros.
Llegando a casa, el joven no pide orgullosamente un premio, sino
que con gratitud abraza a su padre por su amor y fidelidad. Habiendo
obtenido el éxito, los hijos de Dios están profundamente agradecidos por
la excelente ayuda de su Padre y reconocen que todo se lo deben a Él. Y
Él está contento de darles un premio, no porque se lo merezcan, porque
si fuera cuestión de merecer, ¡los hijos deberían darle todo al Padre!
Pero es meramente una recompensa de amor para el apoyo futuro de su fe.
XVI. Negarse A Sí Mismo
“Si alguien quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.”—Mateo xvi. 24.
Las buenas obras no son la santificación del santo, como tampoco las
gotas de agua son la fuente, sino que brotan como gotas cristalinas de
la fuente de la santificación. Son buenas, no cuando el santo intenta
que sean buenas, sino cuando se ajustan a la ley divina y proceden de
una fe verdadera. Sin embargo, la intención es de gran importancia; la
Iglesia ha enseñado siempre que una obra no puede ser llamada buena a
menos que esté dirigida a
la gloria de Dios.
Este es un punto vital que debe animar y orientar el asunto completo:
sólo para la gloria de Dios.
Toda otra intención hace de la buena obra algo malvado. Aun el esfuerzo
de hacer buenas obras es imposible sin el “Soli Deo Gloria.”
Esta es la razón por la cual tantos esfuerzos bien intencionados
de la supuesta santificación se vuelven pecaminosos. Porque el hombre
que se aplica esforzada y diligentemente a las buenas obras, sólo para
lograr un estatus de mayor santidad y así hacerse una persona más santa,
ha perdido su recompensa. Su finalidad no es Dios, sino él mismo; y ya
que toda buena obra, hace humilde al hombre y la santificación real
lleva a echar abajo el yo y a quitárselo, esta mal planeada
santificación produce la auto-exaltación y el orgullo espiritual.
Pensar que por la auto-santificación se honra a Dios y se exalta
Su gloria es una decepción personal. El honor divino y su majestad son
tan sagrados y exaltados que Su gloria debe ser el objetivo directo en
la mira. Trabajar por la propia santificación directamente, e
indirectamente por Su honor, no es digno de Su santidad.
El fin y objetivo de todas las cosas debe ser del Señor Dios
solamente. La justicia debe habitar en la tierra, no sólo para preservar
el orden, sino para remover la iniquidad de la presencia del Señor. Se
debe apoyar la causa misionera no sólo para conseguir almas convertidas,
sino para convocar a las naciones a presentarse en Sión delante de
Dios. La oración debe ofrecerse no sólo para obtener el bien que se
otorga sin rezar, sino porque cada criatura debe tenderse, mañana y
noche, sobre el polvo santo gritando, “¡Santo, santo, santo es el
Señor!” haciendo que toda la tierra se llene de Su gloria. Y por tanto
toda criatura
debe hacer buenas obras y todos los niños de Dios
pueden
hacer buenas obras; no para que ellos se puedan hacer un poquito más
santos, sino para que la gloria de la santidad pueda brillar en alabanza
a nuestro Dios.
3. Este tercer punto, por lo tanto, no se debe omitir nunca.
Cuando nuestro trabajo se hace de acuerdo a la ley y a la fe, pero no
directamente para la gloria de Dios, esto no le complace a Él. No vale
de nada, aun cuando el arco esté fuertemente doblado y la cuerda sea del
mejor material, si es que la flecha puesta sobre la cuerda no se
orienta en la dirección correcta.
La doctrina de los Buenas Obras toca lo más delicado y sensible de nuestras emociones internas, a saber,
el negarse a uno mismo.
Las mentes superficiales, pobres en gracia y santidad, hablan de
la negación de sí mismos sólo ocasionalmente, y entonces sin entender su
significado. Piensan que consiste en hacer espacio para otros, en
argumentar menos, en renunciar al placer o en obtener ganancias para un
propósito más alto, o en preocuparse por otros y no por ellos mismos.
Ciertamente este es un fruto precioso, deseable encarecidamente; y si se
encontrara con mayor abundancia entre los hijos de Dios, debiéramos
estar agradecidos por esto. Pero, desgraciadamente, hay tanta delgadez
del alma aun en los más empeñosos, tanta mezquindad, ambición, rabia y
confianza en la criatura, que toda manifestación de impulso más noble
resulta de lo más refrescante.
Pero la pregunta que tenemos ahora por delante es esta: si es que
hacer espacio para otros, tanto auto-sacrificio, merece el nombre de
negarse de uno mismo.
Y la respuesta debe ser un muy enfático: ¡No! La auto-negación del
santo no hace referencia al hombre sino a Dios, y por esta razón es
superlativamente alta y sagrada, difícil y casi imposible.
Por supuesto que los hijos de Dios aman a su Padre Celestial,
pero no con un amor inalterable. Su amor es muchas veces muy poco
amoroso. Sin embargo, cuando la pregunta resuena a través de su alma
“Simón, hijo de Jonás, ¿Me amas?” (Juan xxi. 15-17) y se siente tentado a
reprocharse, diciendo “No, Señor,” entonces la respuesta surge como un
rayo del fondo de su alma, contra toda contradicción: “Sí, Señor, Tú
sabes que te quiero” (Juan xxi. 17).
Por lo tanto, nada podría parecer más natural que encontrar gozo
en negarse a sí mismo por amor a Dios. Y este es efectivamente el caso.
Pasa sus momentos más felices en una sincera negación de sí mismo;
porque entonces nunca está solo, sino que siempre con Jesús, a quien él
sigue. Entonces él se da cuenta de la santidad y trascendencia gloriosa
de la proclamación: “Si alguien quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí
mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo xvi. 24; Marcos viii. 34; Lucas
ix. 23).
Pero mientras que la bienaventuranza de su auto-negación anterior
está todavía fresca en su memoria, cuando sea llamado nuevamente a un
acto de la misma naturaleza, él se escabulle y lo encuentra casi
imposible. La negación de sí mismo se extiende tanto así. Su profundidad
no se puede comprender. Cuando la plomada ha descendido todo el largo
de la línea, todavía hay una enorme profundidad por debajo de modo que
el fondo nunca se toca. Se refiere no a unas pocas cosas, sino a todas
las cosas. Abarca su vida y existencia entera, con todo lo que hay en
nosotros, alrededor de nosotros; nuestro entorno total, reputación,
posesión, influencia y posesiones; incluye todas las amarras de la
sangre y afectos que nos unen a nuestra mujer o esposa y niños, padres y
hermanos, amigos y asociados; todo nuestro pasado, presente y futuro;
todo nuestros regalos, talentos, y donaciones; todas las ramificaciones y
extensiones de nuestra vida interna y externa; la rica vida de nuestra
alma y las emociones más tiernas de nuestros impulsos santos; nuestros
conflictos y nuestras luchas; nuestra fe, esperanza y amor—¡sí! nuestra
herencia en el Hijo, nuestro lugar en la mansión celestial, y en la
corona que el Juez Justo nos dará algún día; y como tal, en ese amplio o
entero espectro de vida, debemos negarnos a nosotros mismos delante de
Dios.
Somos, para usar una ilustración, en toda nuestra vida y
existencia como un árbol frutal, enraizado ampliamente, completamente
crecidos, plantados en suelo fértil, adornados con una corona de muchas
ramas y un glorioso techo de hojas; y como ese árbol con raíces
profundas y amplias en la tierra, y con ramas altas y amplias en el
aire, estamos profundamente enraizados, poseyendo una existencia
obtenida por medio del dinero, reputación, propiedad y descendencia, fe,
esperanza, amor y las promesas de Dios. Y a ese árbol entero, a esa
unidad completa, desde la más profunda raíz al más alto brote, el cual
como nuestro ego, lleno de poder y majestad, se presenta ante nuestra
consciencia y en nuestra vida; a todo esto el hacha debe caer; de todo
esto, el alma que se niega a sí misma debe decir: “Dios lo es todo; yo
no soy nada.”
Muchos dicen, “Esto es está bien y es claramente mi idea,” y lo
dicen bastante a menudo; porque cuando estas muy difíciles y excelentes
palabras pasan una y otra vez por los labios como meros sonidos huecos,
dan un golpe disonante al alma esforzada y sensible. Pero cuando
agarramos el pensamiento como un hecho presente, entonces encontramos
que esta negación de nuestro ser y existencia entera está casi
totalmente fuera de nuestra comprensión. Uno mismo (el ‘yo’) puede
minimizarse a tal punto que pensamos realmente que se ha ido y negado,
mientras que al mismo tiempo se queda de pie a nuestras espaldas,
sonriendo con satánico regocijo. El ‘yo,’ grande e inflado, no es
difícil de negar. De esta forma el inconverso se presenta ante de Dios,
pero no el santo. Eso le ha sido quitado. Aquello no es más un impulso
de su anhelo. Pero un ‘yo’ encogido, reducido, parcialmente desvestido,
escondido detrás de emociones pías y un montón de buenas obras, es
extremadamente peligroso. ¿Qué más hay para ser negado? No queda casi
nada. No busca ya al mundo, ni su propia gloria; su finalidad última es
la gloria del Señor. Al menos, eso es lo que cree. Pero está equivocado.
El ‘yo’ todavía está ahí. Es como un resorte comprimido por un tiempo,
pero listo para rebotar con la fuerza acumulada. Y lo que fue llamado
auto-negación, no es realmente nada más que
un cuidarse a sí mismo.
Y esto es lo peor de él, porque el ‘yo’ es peligrosamente astuto. El
corazón del hombre es “engañoso más que todas las cosas, y perverso;
¿quién lo conocerá?”
Cuando estamos inclinados al pecado, el ‘yo’ deja su escondite y
con todo su poder trabaja duro para hacernos pecar. Pero cuando el
Espíritu Santo nos corteja y constriñe, librándonos del pecado,
entonces, acurrucado en una esquina, se esconde, reclamándonos por el
engaño que dejó de ser. Es entonces cuando, con evidente satisfacción,
la ingenua piedad pregunta si es que la negación del yo no se ha
completado.
Pero el verdadero santo se reconoce por esto: mientras que el
ingenuo se satisface con estas artimañas espirituales, él no. Él
descubre la artimaña. Entonces se reprocha a sí mismo. Saca al yo de su
lugar de escondite. Reprende y maldice al ser maligno que siempre se
interpone entre él y su Dios. Y con gruñidos suplica, “Todopoderoso,
misericordioso y bondadoso Dios, ten piedad de mí.”
La negación de uno mismo no es un acto externo, sino un acto
hacia el interior de nuestro ser. Como el barco a vapor que se maneja
por el timón, que es a su vez girado por medio de una rueda, hay también
dentro de nosotros un timón, o como quiera que se le llame, que se
manipula desde un mando, y a medida que giramos la embarcación completa,
ya sea a babor o estribor, negamos nuestro yo o a Dios.
En un sentido más profundo,
siempre negamos a uno o al otro. Cuando nos encontramos bien negamos al yo; en todos los otros casos negamos a
Dios. Y el mando interno por el cual giramos toda la embarcación de nuestro ego es nuestra
intención.
El timón determina la dirección del barco; no sus aparejos y carga; no
el carácter de la tripulación, sino su dirección, el destino del viaje,
el puerto final; por consiguiente, cuando vemos que nuestra embarcación
se aleja de Dios, giramos el timón en el otro sentido y lo obligamos a
volverse hacia Dios.
Note los aparejos y la carga. El primero puede ser magnífico:
excelente talento, mente superior, un rico estado de gracia. La última
puede ser preciosa: un tesoro de conocimiento, de poder moral, de amor
consagrado, de conmovedora y adorable piedad. Y sin embargo, con esos
excelentes aparejos y preciosa carga, podemos manejar nuestra
embarcación lejos de Dios y apuntar a nosotros mismos. Sólo entonces hay
auto-negación; cuando, sin importar los aparejos y el
cargamento, el hombre hace que su embarcación se dirija directamente a
la gloria de Dios.
La
intención lo es todo. Y es esta misma intención la que
nos puede engañar amargamente. El pequeño mando de nuestras intenciones
es tan increíblemente sensible que un mero toque del dedo puede revertir
su acción. Es por esto que estamos tan dispuestos a creer en la bondad y
belleza de nuestras intenciones.
De ahí la necesidad de un profundo, correcto e íntimo
conocimiento de sí mismo. ¿Y quién posee esto? Y ya por Su luz, el
Espíritu Santo constantemente redefine y escarmienta nuestro
conocimiento propio, ¿no es perfectamente natural que mientras hoy día
nos imaginamos estar muy avanzados en la auto-negación, la próxima
semana descubrimos cuán amargamente equivocados estábamos?
Para buscar y mirar nuestra mejor y eterna salvación, no en toda
criatura sino en Dios; para usar los regalos espirituales y materiales,
no para nosotros mismos sino para Su gloria; para apreciar todas las
cosas perecibles como sin valor comparadas con lo eterno; no deseando
ser nuestro propio dueño, sino sirvientes de Dios y ser parte de Su
empresa; no para poseer más cosas preciosas, como el dinero o tesoros, o
incluso nuestros propios niños, como si fueran de uno mismo; para
conocerse como el camarero asignado del Señor; para no tener más cuidado
o pensamientos ansiosos; para renunciar a toda confianza y cuidado en
el hombre, en el capital o en un ingreso fijo, o en cualquier otra
criatura; para confiar sólo y completamente en el Dios fiel; para estar
en paz con nuestro propio grupo y con la voluntad de Dios; y,
finalmente, para dirigir todas las intenciones y emociones fuera de uno
mismo, hacia el bien Amado y Glorioso—¿no es esto ir demasiado lejos? ¿Y
puede nuestro propio progreso respecto a ello llegar alguna vez a
satisfacernos?
Y sin embargo, se requiere tal negación de uno mismo para dar
cuenta de nuestras obras, buenas obras por cierto, en las cuales los
ángeles puedan regocijarse.
De este modo, las cosas que el Espíritu Santo tomó de Cristo para
darlas a nosotros, retornan a nuestro Garante; porque es evidente que
ni una sola de nuestras buenas obras puede nunca ser completa en ese
sentido. Nuestra negación personal nunca es perfecta. De ahí el triste
clamor que “nuestras mejores obras están siempre contaminadas delante de
Dios”; y también la oración para que nuestras buenas obras sean
limpiadas.
Y esto debe ser así; ha sido divinamente ordenado que los hijos
de Dios nunca deban dejar a Cristo. Si ellos hubieran realmente obtenido
la perfección, perderían de vista a su Garante; pero el hecho que aun
sus mejores esfuerzos son profanos los lleva a Cristo, para propiciación
y limpieza por Su sangre.
La negación de uno mismo es fruto de la propiciación hecha perfecta sólo por la propiciación.
Y así, en el crecimiento y la maduración del fruto espiritual, Dios usa
nuestros pensamientos, palabras y hechos como instrumentos de
santificación.
Porque, ¿no es el ejercicio frecuente de la auto-negación y la
subsiguiente entrega del fruto de justicia bajo la bondadosa operación
del Espíritu, el que crea hábitos santos en nuestra alma? ¿No es esta la
manera natural de doblar nuestro corazón transfiriéndolo de Satán a
Dios? Y cuando el Espíritu Santo hace que estos hábitos santos, este
doblarse del corazón hacia la santidad, una permanente disposición,
entonces nos hemos convertido en co-trabajadores con Dios de nuestra
propia santificación. No es como si Él hiciera una parte y nosotros
otra, sino que Él usa nuestro trabajo como un cincel para esculpir
nuestra propia alma.
Y por este motivo, los fieles ministros de la Palabra debieran
persuadir, incitar y constreñir a los creyentes para que sean siempre
abundantes en las obras del Señor. La santificación debe predicarse como
si fuera con la más fuerte trompeta. La Iglesia de Cristo lo requiere
imperativamente. La Palabra que declara que Dios es un Dios que
justifica a los impíos no debe ser separada de esa otra palabra “Sed
santos, porque Yo soy santo” (Levítico xx. 7; 1 Pedro i.16). Las
operaciones de la Palabra y del Espíritu Santo fluyen juntas. Por
consiguiente, todo joven discípulo de Cristo no sólo debe confesar Su
nombre y vivir acorde a los deseos de su corazón, sino que debe arrancar
de las lujurias del mundo, para caminar santamente y sinceramente
delante de Dios.
Los ministros de la Palabra deben ser cuidadosos en no ocultar la
majestad del Señor Jehová detrás de la Cruz de Cristo. La
responsabilidad debe ser aterradora, si es que alguna vez pareciera que
nuestra predicación de la Cruz de Cristo, en vez de sofocar el pecado,
apagase la vida santa.
Notas
- ↑ Para el sentido que el autor da al Metodismo, ver sección 5 del Prefacio—Trad.
- ↑ [2 Corintios v. 17]
- ↑
Este no es el lugar para discutir la opinión sostenida por muchos, que
1Tesalonisenses v. 23 enseña una tricotomía, es decir, la división en
tres del ser humano. Solamente hagamos ver que no se lee “Ehdpopovs,”
“en todas nuestras partes,” seguido por la sumatoria de esas partes,
espíritu, alma y cuerpo; sino que se lee: “O2.OTEXEGS” que se refiere,
no a las partes, sino a la parte final “TEXOS.” Más aun. se debe hacer
notar que en esos pasajes donde se contraponen el hombre espiritual con
el natural, es decir, lo espiritual a lo físico, como en 1 Corintios ii.
14-15—la palabra “rvevpa” indica el nuevo principio-de-vida, del cual
nunca se puede decir que sea preservado sin culpa. Porque este “rvevjua”
es sin pecado por naturaleza. Calvino explica “espíritu” y “alma”
haciendo que se refieran a que nuestra existencia racional y moral está
dotada de razón y voluntad propia.