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lunes, 10 de septiembre de 2012

Amor Abundante

Por R.C. Sproul Sobre Amor de Dios
Una Parte de la serie Article

Traducción por Ruth Lyssette Santos Westphal


Amor de la Complacencia
 
En la monumental biografía de Jonathan Edwards, George Marsden cita un pasaje de la Narrativa Personal de Edwards: “Desde que llegue a esta ciudad (Northampton), comúnmente he tenido una dulce complacencia en Dios en vistas de sus gloriosas perfecciones, y la excelencia de Jesucristo. Dios me ha parecido a mí, un ser glorioso y amoroso principalmente a consecuencia de su santidad. La santidad de Dios siempre me ha parecido el más amoroso de sus atributos” (p. 112).
Si tomamos nota del lenguaje de Edwards, su elección de palabras para describir su delicioso embelesamiento en la gloria de Dios, observamos su énfasis en la dulzura, amor y excelencia de Dios. El reporta que disfruta una “dulce complacencia” en Dios. ¿Qué quiere decir? ¿El término complacencia no es una palabra que utilicemos para describir un cierto engreimiento, el descansar en los laureles de uno mismo, un tipo de inercia perezosa que presta atención a un tipo de satisfacción superficial? Quizá. Pero aquí vemos un ejemplo vívido de cómo las palabras algunas veces cambian su significado con el tiempo.
Lo que Edwards quiso decir con “dulce complacencia” no tuvo nada que ver con una dosis contemporánea de engreimiento. En su lugar, tuvo que ver con sentido de placer. Este “placer” no debe ser entendido en un sentido craso hedonista, o sensual, sino una delicia la cual es soberanamente placentera para el alma.
Las raíces de este significado de “complacencia” (complacency) son rastreadas por el diccionario Oxford de Inglés (vol. 3), donde el significado principal que se da es “el hecho o estado de estar complacido con una cosa o persona”. Se citan referencias para este uso de John Milton, Richard Baxter y J. Mason. Mason se cita, “Dios no puede tomar una verdadera complacencia en ninguno, sino en aquellos que son como él”.
Yo detallo el uso anterior del inglés de la palabra complacencia porque es usado en una forma crucial en el lenguaje de la teología ortodoxa, histórica. Cuando se habla del amor de Dios, distinguimos entre tres tipos de ese amor – el amor de la benevolencia, el amor de la beneficencia y el amor de la complacencia. La razón para estas distinciones es para hacer notar las diferentes maneras en la cual Dios ama a toda la gente, en un sentido, y la manera especial que El ama Su gente, los redimidos.
Amor de la Benevolencia
La palabra Benevolencia se deriva del prefijo en Latín bene, el cual significa “bien”, o “bueno”, y es la raíz para la palabra voluntad. Las criaturas que ejercitan la facultad de la voluntad mediante la toma de decisiones son llamadas criaturas con libre albedrio. Aun cuando Dios no es una criatura, El es un ser de libre albedrio en la medida que El también tiene la facultad de la voluntad.
Nos es familiar la explicación de Lucas del nacimiento de Jesús en el cual el espíritu santo alaba a Dios declarando: “Gloria a Dios en las alturas. Y en la tierra paz, buena voluntad hacia los hombres” (Lucas 2:8-14 nvrv). Aún cuando algunos alegan que la bendición es dada a los hombres de buena voluntad, el significado de raíz es el mismo. El amor de la benevolencia es la cualidad de buena voluntad hacia otros. El nuevo testamento está repleto con referencias de la buena voluntad de Dios a toda la humanidad aún en nuestras caídas. Aún cuando Satán es un ser malévolo (uno que abriga la mala voluntad tanto hacia nosotros como hacia Dios), nunca se podrá decir propiamente de Dios que El es malévolo. El no tiene malicia en Su pureza, no hay malicia en Sus acciones. Dios no se “deleita” en la muerte del malvado – aún cuando El la declara. Sus juicios sobre la maldad están enraizados en Su honradez, no en alguna malicia distorsionada en Su carácter. Así como un juez terrenal lamenta cuando manda al culpable al castigo, Dios se regocija en la justicia de ello pero no obtiene satisfacción del dolor de aquellos castigados justamente.
El amor de la benevolencia o buena voluntad, se extiende a toda la gente sin distinción. Dios es amoroso, en este sentido, aún con los condenados.
Amor de la Beneficencia
Este tipo de amor, el amor de la beneficencia, está relacionado cercanamente al amor de la benevolencia. La diferencia entre benevolencia y beneficencia es la diferencia entre disposición y acción. Puedo sentirme bien dispuesto hacia alguien, pero mi buena voluntad permanece desconocida hasta que o a menos que yo la manifieste mediante alguna acción. Comúnmente asociamos la beneficencia con actos de bondad o caridad. Nos damos cuenta aquí que la misma palabra “caridad” es comúnmente usada como sinónimo de amor. En el sentido de la beneficencia, los actos de bondad son actos de amor de beneficencia.
Jesús enfatizó este aspecto del amor de Dios en la enseñanza concerniente a aquellos que se benefician de la providencia de Dios: “Has escuchado que fue dicho, ‘Debes amar a tu vecino y odiar a tu enemigo’. Pero yo te digo, ama tus enemigos, bendice a aquellos que te maldicen, haz el bien a aquellos que te odian, y ora por aquellos que malévolamente te usan y te persiguen y a aquellos que pueden ser hijos de tu Padre en el cielo; porque El hace que Su sol se levante en el mal y en el bien, y envía lluvia en el justo y el injusto. ¿Porqué si amas a aquellos que te aman, que recompensa tienes?” (Mateo 5:43 ff. NVRV)
En este pasaje, Jesús impone la práctica del amor nuestros enemigos. Dese cuenta que este amor no está definido en términos de sentimientos tibios, cariñosos o sanguíneos sino en términos de comportamiento. En este contexto, el amor es más un verbo que un sustantivo. Amar nuestros enemigos es ser amorosos hacia ellos. Involucra hacerles el bien.
En este aspecto, el amor que debemos mostrar es un reflejo del amor de Dios hacia Sus enemigos. A aquellos que lo odian y lo maldicen a Él, Él les muestra el amor de la beneficencia. La benevolencia de Dios (buena voluntad) se demuestra por Su beneficencia (acciones bondadosas). Su sol y lluvia son dadas de igual manera al justa y al injusto.
Vemos que el benevolente amor de Dios y Su amor beneficioso son universales. Se extienden a toda la humanidad.
Pero aquí está la principal diferencia entre estos tipos de amor y el amor de la complacencia de Dios. Su amor de la complacencia no es universal, y tampoco es incondicional. Tristemente, en nuestro tiempo, el glorioso carácter de este tipo de amor divino es rutinariamente negado u obscurecido por una manta de universalización del amor de Dios. Para anunciar a la gente indiscriminadamente que Dios los ama “incondicionalmente” (sin distinguir de manera cuidadosa entre los tipos distintivos de amor divino) es promover un peligroso falso sentido de seguridad en los oyentes.
El amor de la complacencia de Dios es la delicia y el placer especial que Él toma primero que nada en Su Hijo unigénito. Es Cristo quien es el amado por el Padre, supremamente; Él es el Hijo en cual el Padre está “complacido”.
Por adopción en Cristo, cada creyente comparte en este amor divino de la complacencia. Es el amor disfrutado por Jacob, pero no por Esaú. Este amor está reservado para el redimido en el cual Dios se deleita – no porque haya nada inherentemente amable o delicioso en nosotros – pero estamos tan unidos a Cristo, el Amado del Padre, que el amor que el Padre tiene por su Hijo se derrama sobre nosotros. El amor de Dios es tan complaciente y dulce para Él mismo – y para nosotros – como Jonathan Edwards lo entendió tan bien

Las cosas de Dios

Una cosa es que un estudiante esté en desacuerdo con su profesor, pero otra cosa muy diferente es que un estudiante reprenda a su profesor por su forma de enseñar. Sin embargo, eso es lo que hizo el Apóstol Pedro precisamente. Él tuvo la desfachatez de confrontar la encarnación de la Palabra de Dios, al que encarna toda la verdad, y le reprendió por lo que Él estaba enseñando (Marcos 8:32).
Para empeorar las cosas, la palabra griega traducida como "reprender" se utiliza en la biblia en conexión con la condenación de los demonios. Cuando Jesús hizo callar a los demonios, Él lo hizo al reprenderlos, juzgándolos como dignos de condenación (Mateo 17:18; Marcos 1:25; 9:25; Lucas 4:35; 9:42). Es claro que la protesta de Pedro no fue suave. Él se paró frente a Jesús con gran hostilidad. El Apóstol que había dicho "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" y que había escuchado a Jesús decir "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás" (Mateo 16:16–17a) se atrevió a corregir y a amonestar a su Maestro.
¿Cuál fue la naturaleza de la reprensión de Pedro? Él dijo: "¡No lo permita Dios, Señor! Eso nunca te acontecerá" (Mateo 16:22b). Pedro estaba diciendo que todas las cosas que Jesús había predicho (su traición y ejecución), seguramente, no le pasarían a Él. ¿Por qué? Porque Pedro estaba preparado para evitar que pasaran. O eso creía él.
La respuesta de Jesús fue igual de fuerte. Marcos nos dice: "Mas Él volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro y le dijo*: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!, porque no tienes en mente las cosas de Dios, sino las de los hombres" (Marcos 8:33). Aquí aparece nuevamente la palabra griega que los escritores de los evangelios utilizaron para describir cómo Jesús le hablaba a los demonios. Allí, Marcos la utiliza para describir lo que Jesús le dijo a Pedro y las palabras de Jesús le hicieron entender a Pedro la gravedad de su corrección, pues el Señor llamó a Su discípulo "Satanás".
¿Por qué equiparó Jesús a Pedro con el Diablo? Yo creo que fue porque Pedro presentó la misma tentación que el Diablo llevó a Jesús en el desierto, a comienzos de Su ministerio. En su registro de la tentación final de Jesús, Mateo escribe:
"Otra vez el diablo le llevó* a un monte muy alto, y le mostró* todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrándote me adoras. Entonces Jesús le dijo*: ¡Vete, Satanás! Porque escrito está: "AL SEÑOR TU DIOS ADORARÁS, Y SOLO A ÉL SERVIRÁS." (Mateo 4:8–10).
Satanás le pidió a Jesús que se postrara ante él. "Nadie lo verá", le sugirió. "Si lo haces, te daré todos los reinos de este mundo. No tendrás que pasar por la Vía Dolorosa. No habrá cruz, no habrá copa de ira, no habrá sufrimiento". La promesa de su tentación era la adquisición de un trono sin la experiencia de dolor y sufrimiento.
Nuestro Señor resistió esa tentación tal como Él resistió todas las ofertas de Satanás. Sin embargo, Lucas nos dice que Satanás "se alejó de Él esperando un tiempo oportuno" (Lucas 4:13b). Aquí se deja entrever que Satanás no había terminado de tentarle.
¿Quién habría previsto que el "tiempo oportuno" le seguiría al mismo momento de la mayor confesión de fe entre los discípulos? ¿Quién habría previsto que Satanás hablaría a través del portavoz de los discípulos, el hombre que dijo "Tú eres el Cristo"? Pero Jesús reconoció el trabajo de Satanás de inmediato.
Jesús le dijo a Pedro: "No tienes en mente las cosas de Dios, sino las de los hombres" (Marcos 8:33). Pedro no estaba mirando al Mesías desde el punto de vista de Dios, sino que estaba pensando en el Mesías como un líder político que libraría a los judíos de la subyugación de los romanos. Para Pedro, era inconcebible que el Mesías debiera sufrir, aún cuando el Antiguo Testamento decía que Él tenía que hacerlo.
Jesús le mostró a Pedro que existen dos maneras de mirar las cosas: la manera de Dios y la manera de los hombres. Esta es la división entre la devoción y la impiedad. La persona devota se preocupa profundamente por las cosas de Dios, pero la persona impía no se preocupa por las cosas de Dios. Por el contrario, se preocupa por este mundo.
Necesitamos evaluarnos a nosotros mismos según este criterio de vez en cuando. Tenemos que preguntarnos: "¿Dónde está mi corazón? ¿Cuál es mi preocupación principal? ¿Me preocupan las cosas de este mundo o mi corazón late por las cosas de Dios? ¿Estoy buscando primero el reino de Dios y Su justicia? ¿O hay alguna otra prioridad, alguna ambición, alguna meta a la que está dedicada toda mi energía?
Necesitamos preguntarnos estas preguntas especialmente si descubrimos que las enseñanzas de Jesús nos ofenden y nos motivan a cuestionarlo o, incluso, reprenderlo a Él. Que nunca seamos tan insensatos.

Que No Seamos Dispersados

Por R.C. Sproul Sobre Orgullo
Una Parte de la serie Right Now Counts Forever

Traducción por Natalia Pedrosa Garcia


Uno de los versos citados equivocadamente de forma más frecuente en la Biblia es Proverbios 16:18: “Delante de la destrucción va el orgullo, y delante de la caída, la altivez de espíritu”. La cita equivocada minimiza el verso, de forma que sencillamente dice, “El orgullo va delante de la caída”. Aunque esta cita errónea no es textualmente exacta, sí capta la verdad del proverbio. En efecto, el orgullo es el precursor de una caída y el iniciador de la destrucción.

Vemos esto ilustrado de forma dramática en la narración bíblica de la Torre de Babel:

“Toda la tierra hablaba la misma lengua y las mismas palabras. Y aconteció que según iban hacia el oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: Vamos, fabriquemos ladrillos y cozámoslos bien. Y usaron ladrillo en lugar de piedra, y asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta los cielos, y hagámonos un nombre famoso, para que no seamos dispersados sobre la faz de toda la tierra. Y el SEÑOR descendió para ver la ciudad y la torre que habían edificado los hijos de los hombres. Y dijo el SEÑOR: He aquí, son un solo pueblo y todos ellos tienen la misma lengua. Y esto es lo que han comenzado a hacer, y ahora nada de lo que se propongan hacer les será imposible. Vamos, bajemos y allí confundamos su lengua, para que nadie entienda el lenguaje del otro". (Gen. 11:1–7).

La Torre de Babel fue el primer rascacielos del mundo, probablemente una escalera alta o ziggurat que llevaba connotaciones religiosas. Como Martín Lutero notó en sus Sermones sobre Génesis, en la Edad Media se desarrollaron todo tipo de mitos y leyendas extravagantes relacionados con esa estructura. Algunos argumentaban que fue construida como un refugio para que las personas pudieran escapar de otra inundación, ignorando la promesa de Dios de que nunca más volvería a destruir el mundo con un diluvio. Otros sostenían que la estructura alcanzaba una altura de 15 kilómetros, tan alta que desde ella se podían oír las voces de los ángeles cantando en el cielo. Pero estos cuentos especulativos pierden de vista lo fundamental y ofrecen una visión poco acertada sobre el tema.

Como quiera que sea, la narración desarrolla el punto de vista de que la Torre de Babel en realidad no fue construida para honrar la gloria de Dios. Era un monumento que representaba el orgullo humano. Lutero observó: “Creo que sus motivos están expresados en las palabras, ‘Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre'. Estas palabras ponen en evidencia unos corazones petulantes y engreídos, que ponen su confianza en las cosas de este mundo sin confiar en Dios, y desprecian a la Iglesia porque carece de todo el poder y la pompa”. Más tarde añadió: “¿No fue éste un orgullo colosal y un gran desprecio por Dios, de manera que sin pedir consejo a Dios se atrevieron a llevar a cabo un proyecto tan inmenso bajo su propia responsabilidad?”

El motivo del orgullo se puede ver incluso más claramente en la arrogante declaración “hagámonos un nombre famoso”. En la Oración del Señor, la primera petición que Jesús nos instruyó que hiciéramos era que el nombre de Dios fuera santificado. Esta petición está claramente relacionada con los ruegos que siguen— “Venga a nosotros Tu reino, hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”. El reino de Dios está claramente presente en el cielo. Allí siempre se hace Su voluntad y allí Su nombre es santificado. Pero Su reino no está presente y Su voluntad no se hace donde Su nombre no es santificado. En Sinar, los hombres buscaban santificar y exaltar sus propios nombres. Esto era la vuelta del Edén, donde se repitió la tentación de ser como dioses.

La construcción de esta torre hacia el cielo era un intento de la apoteosis de la humanidad, la auto divinización de los hijos de los hombres. Esto muestra cómo piensa realmente la “Nueva Era”. Refleja lo que Pablo declara que es el pecado universal de la humanidad; la negación a honrar a Dios como Dios y de darle gracias (Rom. 1:21). El acto de construir la Torre de Babel fue un acto de apostasía. Estaba bajo el disfraz de la religión, como suele estar la apostasía, pero tal religión es la idolatría pagana que siempre busca adorar a la criatura antes que al Creador. Implica la sustitución de un dios falso por el Dios verdadero. Lutero comenta: “No fue un pecado en sí mismo erigir una torre, pues los santos hicieron lo mismo. . .  Éste, sin embargo, es su pecado: atribuyen su propio nombre a la estructura. . .” En este acto, la verdadera adoración es reemplazada por una adoración centrada en el hombre.

Génesis nos cuenta que en respuesta a este acto humano de arrogancia excesiva, “el SEÑOR descendió para ver la ciudad y la torre que habían edificado los hijos de los hombres”. Esto recuerda a la situación del Edén, cuando Dios fue al jardín, provocando que Adán y Eva escaparan para ponerse a cubierto. No era como si el Dios omnisciente y omnipresente no estuviera al corriente de la situación. Más bien, la narración indica una visita de Dios mediante la cual llegó a estas personas para juzgarlas. El orgullo que antecede a la destrucción y el espíritu altivo que precede a la caída es una actitud de desafío hacia Dios. Es una actitud que asume que Dios no es consciente de lo que está sucediendo o, si lo es, no tiene el poder suficiente como para hacer algo al respecto. El pecado sin castigar evoca una falta de temor en el pecador por la que se vuelve incluso más descarado en su desafío. El pecador confunde la paciencia y el aguante de Dios con impotencia, y descuidadamente amontona ira hacia sí mismo para el día de la ira. Cuanto más se retrase el juicio, peor será éste cuando caiga.

El castigo que Dios asignó a Babel fue la confusión del lenguaje humano y la disgregación de un orden mundial unido. Este juicio golpeó en el corazón de la empresa humana, y apuñaló el núcleo de la actividad humana política y económica. Ahora las personas están agrupadas en órdenes políticos, mientras que una lengua común une a una nación en contra de otras naciones. Esto alimenta la hostilidad internacional, mientras las naciones se levantan contra las naciones. La barrera del lenguaje también representa un obstáculo mayor para el comercio internacional, agravando aún más la hostilidad y demostrando el axioma de que “cuando los bienes y los servicios cruzan las fronteras, los soldados rara vez lo hacen”.

La desintegración de la armonía humana por medio de la confusión de las lenguas tiene consecuencias que alcanzan muchos ámbitos y son de larga duración. Lutero consideraba la confusión del lenguaje humano como un juicio más severo que el mismo Diluvio. ¿Cómo es eso? Después de todo, el Diluvio destruyó la población entera del mundo, excepto a Noé y su familia. El razonamiento de Lutero era el siguiente: El Diluvio sólo dañó a los humanos que estaban vivos en ese momento, mientras que la confusión de las lenguas dañó a toda la humanidad hasta el fin de los tiempos. La razón que Dios dio por este castigo en particular fue que nada pecaminoso que los seres humanos se propusieran hacer se lograría fácilmente.

La historia humana es el registro de criaturas que han buscado construir imperios para ellas mismas. Ningún imperio ha perdurado en el tiempo. Esto es verdadero tanto para imperios políticos como económicos. El único final posible para el orgullo es la destrucción. Los orgullosos pueden aguantar una estación, pero antes o después caerán.

Hoy nos movemos inexorablemente hacia un pueblo global unificado. El computador nos ofrece un lenguaje nuevo y universal. ¿Pero qué ocurre si el lenguaje de los computadores falla? ¿Qué ocurre si la economía global falla? ¿Dónde estará nuestro orgullo entonces?

Recursos

De la humillación a la exaltación

Por R.C. Sproul Sobre La Muerte de Cristo
Una Parte de la serie Right Now Counts Forever




Simplemente está allí. Se presenta como si sólo fuera una reflexión adicional del segundo capítulo del Génesis. Sin embargo, sabemos que no hay reflexiones adicionales en el pensamiento e inspiración del Espíritu Santo. Por eso, revisamos este pasaje para que nos brinde una pista acerca de nuestra condición previa al sufrimiento del pecado. El versículo 25 del capítulo 2 dice: "Y estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, y no se avergonzaban" (LBLA). Esto nos demuestra que antes de que el pecado entrara en la tierra, no existía la vergüenza. No había turbación. La experiencia de la humillación era totalmente ajena y desconocida para la raza humana. No obstante, junto con la primera experiencia del pecado vino la terrible carga de la vergüenza y la turbación personal. La vergüenza y la turbación son sentimientos y experiencias que tienen lugar en nuestras vidas en distintos grados. El peor tipo de vergüenza, la forma más espantosa de turbación, es aquella que provoca una absoluta y completa humillación. La humillación trae consigo no solo el enrojecimiento del rostro avergonzado, sino también una sensación de desesperación a medida que perdemos nuestra dignidad y que nuestra reputación es destrozada.
Sin embargo, fue justamente en este ámbito de la vergüenza y la humillación donde ingresó voluntariamente nuestro Salvador en la encarnación. El cántico popular "Ivory Palaces" (Palacios de Marfil) describe este descenso desde la gloria, el Hijo de la partida voluntaria del hombre del palacio de marfil que es Su eterna morada. Él eligió, por voluntad propia, no hacerse de ninguna reputación, convertirse en un hombre y un servidor, obediente incluso hasta la muerte. Es esta humillación la que Jesucristo aceptó voluntariamente para sí mismo, al comienzo de la evolución que Él experimenta en Su camino a la gloria y a Su exaltación final. La evolución, tal como la traza el Nuevo Testamento, parte de la humillación en el nacimiento de Jesús hacia Su exaltación en Su resurrección, ascenso y regreso.
La cualidad de la exaltación es exactamente lo contrario, la antítesis, de la cualidad de humillación. En la exaltación, la dignidad no solo es restablecida sino que es coronada con la gloria que solo Dios puede otorgar. Y así, al considerar el asunto bíblico de la exaltación de Jesús, advertimos la manera en que el Padre premia a Su Hijo y declara Su gloria a toda la creación.
Se nos dice que nadie asciende al cielo excepto aquel que desciende del cielo, y se nos dice también, que en el bautismo se nos da la marca y la señal de nuestra participación con Jesús tanto en Su humillación como en Su exaltación. La promesa de participar en la exaltación de Cristo es concedida a cada creyente, pero hay una trampa. Hay una advertencia, y esa advertencia es clara: si no estamos dispuestos a participar de la humillación de Jesús, no tendremos ninguna razón para esperar participar en Su exaltación. Pero esa es la corona dispuesta ante nosotros, que nosotros, quienes no tenemos ningún derecho a la gloria y el honor eternos, los recibiremos, no obstante, por lo que ha sido alcanzado en nuestro lugar por nuestro perfecto Redentor.
En 1990, escribí un libro titulado La gloria de Cristo. El hecho de escribir ese libro fue una de las experiencias más emocionantes que jamás haya tenido al escribir. En esa ocasión, mi objetivo era demostrar que mientras existe una evolución general desde la humillación a la exaltación en la vida y sacerdocio de Jesús, esta evolución no se desarrolla en una línea continua e ininterrumpida. Más bien, el libro explica que incluso en la evolución general de Jesús desde la humillación a la exaltación, en sus peores momentos de humillación, hay interposiciones de la gracia de Dios, donde también se manifiesta la gloria del Hijo.
Por ejemplo, al considerar el nacimiento de Jesús es fácil centrar nuestra atención en el puro empobrecimiento que sobrevino por el hecho de haber nacido en un establo y en un lugar donde no era bienvenido en la hostería y taberna local. Hubo una abrumadora sensación de degradación en la humildad de Su nacimiento. Pero, en el mismo instante que nuestro Señor ingresó en la humanidad en esas modestas circunstancias, a poca distancia, los cielos estallaron con la gloria de Dios brillando ante los ojos de los pastores con el anuncio de Su nacimiento como el Rey.
Incluso cuando va a la cruz, en los peores momentos de Su humillación, aún queda un indicio de Su triunfo sobre el mal, ya que Su cuerpo no es arrojado al basurero en las afueras de Jerusalem, sino que, de acuerdo con la profética predicción de Isaías, capítulo 53, el cuerpo de Jesús fue puesto a descansar, con ternura, en la tumba de un hombre adinerado. Su muerte fue ignómita, pero Su entierro fue uno de gran honor para la antigüedad. Su cuerpo fue adornado con las especias más dulces y los perfumes más caros, y se le brindó un sepelio de honor. Por lo tanto, Dios, en medio del sufrimiento de Su obediente servidor, no permite que su Santidad vea la corrupción.
Y por todas partes en las páginas de las Escrituras, vemos estos destellos aquí y allá, abriéndose paso entre el velo y la capa de humanidad de Jesús, atravesando la armadura de la humillación y la degradación que fue Su destino durante su estadía terrenal. Estos momentos o destellos de gloria deberían ser para los cristianos un anticipo de lo que les depara el futuro, no solo por la exaltación final de Jesús en la consumación de Su reino, sino también como una muestra para nosotros del cielo mismo, conforme nos convertimos en los herederos y coherederos de Jesús. La suerte final de Jesús, Su destino, Su legado, prometido y garantizado por el Padre, es la gloria, y esa gloria la comparte con todos aquellos que ponen su confianza en Él.
En palabras sencillas, los términos exaltación y humillación se presentan como polos opuestos. La gloria más esplendorosa de la verdad revelada por Dios y la ironía más conmovedora, es que en la cruz de Cristo estos dos polos opuestos se fusionan y se reconcilian. En Su humillación encontramos nuestra exaltación. Nuestra vergüenza es reemplazada por Su gloria. El compositor lo entendió correctamente y escribió: "Mi lado pecaminoso, mi única vergüenza, mi gloria, todo en la cruz".
Por ejemplo, al considerar el nacimiento de Jesús es fácil centrar nuestra atención en el puro empobrecimiento que sobrevino por el hecho de haber nacido en un establo y en un lugar donde no era bienvenido en la hostería y taberna local. Hubo una abrumadora sensación de degradación en la humildad de Su nacimiento. Pero, en el mismo instante que nuestro Señor ingresó en la humanidad en esas modestas circunstancias, a poca distancia, los cielos estallaron con la gloria de Dios brillando ante los ojos de los pastores con el anuncio de Su nacimiento como el Rey.
Incluso cuando va a la cruz, en los peores momentos de Su humillación, aún queda un indicio de Su triunfo sobre el mal, ya que Su cuerpo no es arrojado al basurero en las afueras de Jerusalem, sino que, de acuerdo con la profética predicción de Isaías, capítulo 53, el cuerpo de Jesús fue puesto a descansar, con ternura, en la tumba de un hombre adinerado. Su muerte fue ignómita, pero Su entierro fue uno de gran honor para la antigüedad. Su cuerpo fue adornado con las especias más dulces y los perfumes más caros, y se le brindó un sepelio de honor. Por lo tanto, Dios, en medio del sufrimiento de Su obediente servidor, no permite que su Santidad vea la corrupción.
Y por todas partes en las páginas de las Escrituras, vemos estos destellos aquí y allá, abriéndose paso entre el velo y la capa de humanidad de Jesús, atravesando la armadura de la humillación y la degradación que fue Su destino durante su estadía terrenal. Estos momentos o destellos de gloria deberían ser para los cristianos un anticipo de lo que les depara el futuro, no solo por la exaltación final de Jesús en la consumación de Su reino, sino también como una muestra para nosotros del cielo mismo, conforme nos convertimos en los herederos y coherederos de Jesús. La suerte final de Jesús, Su destino, Su legado, prometido y garantizado por el Padre, es la gloria, y esa gloria la comparte con todos aquellos que ponen su confianza en Él.
En palabras sencillas, los términos exaltación y humillación se presentan como polos opuestos. La gloria más esplendorosa de la verdad revelada por Dios y la ironía más conmovedora, es que en la cruz de Cristo estos dos polos opuestos se fusionan y se reconcilian. En Su humillación encontramos nuestra exaltación. Nuestra vergüenza es reemplazada por Su gloria. El compositor lo entendió correctamente y escribió: "Mi lado pecaminoso, mi única vergüenza, mi gloria, todo en la cruz".

La muerte no tiene la última palabra

Por R.C. Sproul Sobre Muerte & Morir

Traducción por Paula Andrea Ramos


Las armas del naturalismo secular, cuando se dirigen hacia la fe cristiana, se asemejan menos a escopetas y más a fusiles cuidadosamente apuntados. El objetivo principal del naturalista es la doctrina bíblica de la creación. Si la doctrina de la creación cae, todo lo concerniente al JudeoCristianismo cae con ella. Cualquier escéptico comprende eso. De allí el constante ataque a Génesis 1.
Pero junto con el ataque contra la creación divina viene el asalto a la enseñanza bíblica de un Adán histórico, que está involucrado en una caída histórica, el resultado de lo cual es la entrada de la muerte en el mundo. Si Adán puede ser confinado al género de la mitología y la caída junto con él, entonces veremos a la muerte como un fenómeno puramente natural sin relación con el pecado.
Mucho está puesto en juego con la enseñanza bíblica de la caída, porque esta doctrina está vinculada a la doctrina de la redención. La función histórica del primer Adán es igualada y superada por la vida histórica del último Adán, Jesucristo.
En el siglo XVIII, cuando Jonathan Edwards escribió su extenso tratado sobre el pecado original, no discutía sólo de enseñanza bíblica. Él sostenía también que si la Biblia misma no decía nada acerca de una caída histórica, la razón natural debería sugerir esa idea basada en la realidad de la presencia universal del pecado. Si el pecado es simplemente el resultado de las malas decisiones que algunas personas toman, podríamos asumir que al menos el 50 por ciento de la gente nacida en este mundo elegiría el camino correcto en vez del pecaminoso, que es tan dañino para nuestra humanidad. El hecho de que el 100 por ciento de la raza humana caiga en pecado, indica que debe haber un defecto moral inherente a la raza. Por supuesto, Edwards señala la caída, un evento histórico, para tenerlo en cuenta en este defecto fatal universal.
En la narración del Génesis, se nos dice que el alma que peque morirá. En Su advertencia a nuestros padres originales con respecto a la desobediencia, Dios declaró que "el día que coman de él seguramente morirán" (Gen. 2:17). Y continúa diciendo que el día que Adán y Eva desobedecieron a su Creador, no experimentaron la plenitud de lo que la traducción griega del Viejo Testamento llama thanatos (muerte física). Por esta razón, algunos han sostenido que la muerte que Dios prometió no era física, sino espiritual.
Sin duda, la muerte espiritual llegó el mismo día que Adán y Eva pecaron. Pero el hecho de que ellos no experimentaron la muerte física ese día no fue el resultado de que Dios fuera permisivo con respecto a Sus advertencias y juicios. En cambio, fue el resultado de que Dios templara Su justicia con misericordia, permitiendo la redención de sus criaturas caídas, aun cuando Adán y Eva estaban todavía, en última instancia, destinados a sucumbir a la muerte física.
Desde la caída, cada ser humano nacido en este mundo, como un hijo natural de Adán, llega "M.A.L." Él está "muerto al llegar" en un sentido espiritual, cuando nace. Pero esta muerte espiritual no es lo mismo que la muerte biológica, aunque la muerte biológica es también el inevitable destino de todos los pecadores. Entonces, aunque llegamos muertos en un sentido espiritual, llegamos sin embargo biológicamente vivos. Durante nuestros días en este planeta, vagamos esperando la ejecución, viviendo bajo la carga de la sentencia de muerte que nos ha sido impuesta por el pecado.
En Romanos 5, Pablo vincula la entrada de la muerte al mundo con el pecado. En versículos 12-14 él escribe:
Por lo tanto, así como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron. En efecto, el pecado ya estaba en el mundo, antes de la Ley, pero cuando no hay Ley, el pecado no se tiene en cuenta. Sin embargo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso en aquellos que no habían pecado cometiendo una transgresión semejante a la de Adán, que es figura del que debía venir.
Más adelante, en el versículo 17, Pablo continúa: "En efecto, si por la falta de uno solo reinó la muerte, con mucha más razón, vivirán y reinarán por medio de un solo hombre, Jesucristo, aquellos que han recibido abundantemente la gracia y el don de la justicia." Aquí Pablo está diciendo que aunque la ley Mosaica aún no había aparecido en las tablas de piedra del Monte Sinaí, Dios había escrito Su ley tan indeleblemente en cada corazón humano, que esta ley estaba presente aún antes de Los Diez Mandamientos. La razón que Pablo sostiene para esa realidad, es que la muerte reinó de Adán a Moisés. Si la muerte es la pena por el pecado, y el pecado está definido en términos de transgresión a la ley, la conclusión que el apóstol enfatiza es que la muerte vino al mundo por la violación de la ley de Dios.
Cuando el contraste entre el primer Adán y el último Adán, Jesucristo, es desarrollado en el Nuevo Testamento, vemos en la labor de Cristo la conquista sobre el último enemigo: la muerte. El puritano John Owen escribió un libro clásico titulado "La Muerte de la Muerte en la Muerte de Cristo". Owen decía que, en la muerte de Cristo, Él tomó sobre Sí la maldición que estaba inseparablemente ligada a la medida punitiva de la muerte. Para aquellos que ponen su fe en Cristo, esa maldición es removida, así que ahora, para todos los que están en Cristo, la muerte ya no es una maldición. Su aguijón ha sido removido. La burla de la tumba ha sido silenciada y ahora la muerte es meramente una transicion desde esta vida a la siguiente. El contraste que es dado en el Nuevo Testamento no es que esta vida es mala y la siguiente es buena. Al contrario, el apóstol Pablo dice que esta vida es buena, pero morir y estar con Cristo es mejor. Entonces la muerte representa para el creyente una ganancia, un extraordinario logro.
Cuando cerramos nuestros ojos en la muerte, no cesamos de estar vivos; en vez de eso, experimentamos una continuación de la conciencia personal. Ninguna persona está más consciente, alerta y despierta que cuando pasa a través del velo entre este mundo y el próximo. Lejos de caer dormidos, somos despertados a la gloria en todo su significado. Para el creyente, la muerte no tiene la última palabra. La muerte se ha rendido al poder conquistador de Aquél que fue resucitado como el primogénito de muchos hermanos.
Recursos

El Mensajero

Por R.C. Sproul Sobre La Biblia
Una Parte de la serie Article

Traducción por Natalia Pedrosa Garcia


El ubicuo logo que aparece en la calcomanía de las ventanas de casi todas las florerías de América, indicando el servicio de E.F.T. (Entrega de Flores por Telegrama),[1] muestra la imagen de la deidad mitológica a la que los romanos llaman Mercurio y los griegos Hermes. Mercurio (o Hermes) es representado con alas en el casco y alas en los pies. Estas alas eran usadas para alcanzar una velocidad sobrehumana, un atributo imprescindible para la deidad descrita como el “mensajero de los dioses”.

El término “hermenéutica” contiene la misma raíz que utiliza el nombre del homólogo griego de Mercurio, Hermes. La raíz significa la entrega de un “mensaje”. Cuando leemos la Biblia, no creemos encontrar la sabiduría Olímpica de Zeus o Júpiter, sino la misma Palabra del Dios Más Alto. La Biblia es la palabra divina o el “mensaje” de Dios. Es el mensaje de Dios porque pertenece a Dios y viene de Dios. El Cristianismo Ortodoxo afirma lo infalible del mensaje divino y la inspiración de los autores humanos que Dios utilizó para entregar ese mensaje. Los profetas y apóstoles no originaron el mensaje; ellos eran simplemente el vehículo del mensaje, o los mensajeros nombrados por Dios. (Es irónico que el apóstol Pablo fue confundido una vez con el mismo Hermes).

El problema al que nos enfrentamos respecto a la interpretación bíblica es que, aunque el mensaje es infalible y los mensajeros están inspirados, los receptores del mensaje no son infalibles ni están inspirados (a menos que creas en la infalibilidad de la iglesia – lo cual sólo mueve el problema un paso más allá). El mensaje nos llega tarde o temprano, y podemos malinterpretar el mensaje y a los mensajeros.
Por este motivo contamos con una ciencia llamada hermenéutica – para ayudarnos a obtener la interpretación correcta del mensaje bíblico. Nota que he dicho la interpretación correcta, no una interpretación correcta. He utilizado el artículo definido y no el indefinido. Asumo aquí que aunque puede haber 1.000 aplicaciones de un texto concreto, sólo hay un significado correcto. Decimos esto porque no creemos que la Biblia sea una nariz de cera que pueda moldearse dando forma a cualquier figura según el deseo subjetivo del lector.

La hermenéutica clásica busca el significado objetivo de las Escrituras antes de que pueda ser debidamente aplicado al sujeto de la lectura. En las últimas décadas, el asunto del significado objetivo se ha convertido en un gran tema de discusión entre los estudiosos de la Biblia. En este momento, se está librando una guerra hermenéutica sobre este mismo punto. Por ejemplo, Rudolf Bultman argumentaba que el descubrimiento del significado objetivo de la Biblia no sólo no es posible, sino que no es deseable. Aquí la influencia de la filosofía subjetiva y existencial ha extraído el cuerpo de las Escrituras, y no sabemos dónde lo ha depositado.

La Reforma trajo consigo el énfasis en la búsqueda del sentido literal de la Biblia. Este principio a menudo se malinterpreta gravemente. Lo que Lutero quería decir con sensus literalis (sentido literal) de las Escrituras es que la Biblia debe ser entendida e interpretada como la literatura. Es un mensaje escrito que emplea una amplia variedad de formas y recursos literarios. Contiene narrativa histórica, cartas (epístolas), poesía, etc. Hace uso de la personificación, los símiles, aforismos, proverbios, sermones, hipérboles, y recursos por el estilo. Interpretar la Biblia “literalmente” es tratar la narrativa como narrativa, la poesía como poesía, la didáctica como didáctica, el proverbio como proverbio, etc. Imponer las normas literarias de la poesía a la narrativa histórica o las normas de la narrativa a la poesía es distorsionar el significado del texto. En este aspecto, la Biblia, aunque no es como cualquier otro libro en cuanto a su inspiración y origen divino, deber ser leída como cualquier otro libro. La inspiración del Espíritu Santo no convierte un sustantivo en verbo ni la voz activa en pasiva, o el subjuntivo en indicativo. Ser responsable en la interpretación de las Escrituras requiere que aprendamos los rudimentos de la gramática y de la interpretación literaria.

Debido a que la Biblia ha sido traducida a una multitud de lenguas, es importante recordar que ninguna traducción se conforma exactamente palabra por palabra a los textos originales en hebreo y griego de la Biblia. Es por esto que muchos, si no la mayoría, de los seminarios requieren un estudio de las lenguas originales de la Biblia.
La Biblia también fue escrita dentro de un contexto histórico. Será útil para el estudioso serio de las Escrituras saber algo sobre el contexto histórico en que la Biblia fue escrita. Esto nos ayuda a salvaguardarnos de la tendencia de leer nuestro propio contexto histórico y cultural en el texto de la Biblia. Estamos separados, cultural, histórica, y lingüísticamente por miles de años de los textos originales de la Biblia.

Otro problema que encontramos al interpretar la Biblia es un problema lógico. Incluso si dominamos las lenguas antiguas en términos de vocabulario y gramática, y nos convertimos en expertos estudiosos de la historia y la cultura antiguas, no hay garantía de que interpretemos la Biblia con exactitud. Una de las causas más frecuentes de malinterpretación de las Escrituras es hacer deducciones ilegítimas de los textos. Es decir, cometemos errores de lógica, extrayendo conclusiones injustificadas de lo que leemos. Las reglas básicas de la lógica y la deducción lógica del texto son de vital importancia para una interpretación sólida. Por ejemplo, necesitamos saber la diferencia entre una deducción posible y una deducción necesaria. Déjame que lo ilustre. ¿Tenía Jesús, en su cuerpo resucitado, la capacidad de traspasar objetos sólidos como por ejemplo puertas? Tu manera de responder a la pregunta puede depender de cómo entiendes el significado del registro bíblico que describe cómo Jesús apareció antes Sus discípulos en la Sala Superior donde estaban reunidos. El relato nos cuenta que la puerta estaba cerrada “por miedo a los Judíos”. ¿Era el propósito de la inclusión de este detalle sobre la puerta una intención del autor para contarnos algo sobre el estado del cuerpo resucitado de Jesús o era simplemente llamar la atención sobre el estado de los discípulos (miedo) en el momento de la aparición de Jesús? La Biblia no afirma explícitamente que Jesús atravesara la puerta cerrada. Simplemente dice que Él apareció en medio de ellos. El texto puede implicar que Jesús atravesó un objeto sólido pero no lo declara explícitamente. El hecho de que atravesara objetos sólidos es una deducción posible extraída del texto, pero no es una deducción necesaria.

Esto no es más que un ejemplo de una multitud de textos que son utilizados para construir teologías o deducciones que son, ya sea meramente posibles, o en realildad ilegítimas.
Estas son algunas de las razones por las que un estudioso prudente de la Biblia será diligente en el uso de buenos comentarios, ya que a menudo nos ayudan a evitar nuestras inclinaciones subjetivas a distorsionar el texto.

El intérprete último de la Biblia es la Biblia misma. La norma básica de la hermenéutica bíblica es la “norma de la fe”, de que las Escrituras son sus propios intérpretes. No debemos insultar nunca al Espíritu de Dios interpretando las Escrituras de tal manera que no hagamos justicia con lo que las Escrituras dicen en otros sitios.


  1. Nota del traductor: Las flores por telegrama datan de hace más de un siglo. Cuando alguien quería enviar flores a un ser querido de otra ciudad, el florista del pueblo le ayudaba contratando a un florista de su confianza en la ciudad de destino.

El Rey de Reyes

Por R.C. Sproul Sobre Jesucristo
Una Parte de la serie Article

Traducción por Ileana Borbón Mora


El evangelio de Lucas termina con una afirmación que llama la atención: “Entonces los condujo fuera de la ciudad, hasta cerca de Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado arriba al cielo. Ellos, después de adorarle, regresaron a Jerusalén con gran gozo, y estaban siempre en el templo alabando a Dios.” (24:50-53)

Lo que llama la atención de este pasaje es que cuando Lucas describe la partida de Jesús al cielo, la respuesta de sus discípulos fue regresar a Jerusalén sintiendo un "gran gozo". Pareciera que la partida de Jesús inculcara en Sus discípulos un sentimiento de gran euforia. Esto se hace aún más desconcertante cuando tomamos en cuenta los sentimientos expresados por los discípulos cuando Jesús les habló sobre Su próxima partida. En ese momento, la idea de que su Señor los dejara les provocó una sensación de profundo desconsuelo. Parecía que nada podía ser más deprimente que anticipar la separación que se daría de la presencia de Jesús. Sin embargo, en un tiempo muy corto, esa depresión se transformó en una felicidad indescriptible.

Tenemos que preguntarnos qué es lo que provocó ese cambio tan radical en los sentimientos de los discípulos de Jesús. La respuesta a esta pregunta está clara en el Nuevo Testamento. Entre el tiempo en que Jesús anunciara su partida y el tiempo real de su partida, los discípulos comprendieron dos cosas: Primero, ellos entendieron por qué Jesús se iba. Segundo, comprendieron a cuál lugar Él estaba yendo. Jesús partiría no para dejarlos solos y sin esperanza, sino, para ascender al Cielo. El concepto del Nuevo Testamento en relación a la ascensión significa mucho más que irse a los cielos o incluso a la residencia celestial. En Su ascensión, Jesús iba a un lugar determinado por una razón específica. Él ascendía con el propósito de ser investido y coronado como “El Señor de señores”. El título que el Nuevo Testamento utiliza para denominar a Jesús en su condición de rey es “Rey de reyes”, como también “El Señor de señores”. Esta significativa estructura literaria quiere decir mucho más que el adoptar una posición de autoridad que lo capacitaría para gobernar sobre reyes menos importantes. Esta es una estructura que indica la supremacía de Jesús en Su posición de majestad monárquica. Él es Rey en el más amplio sentido del poder monárquico.

En términos bíblicos es impensable que exista un rey sin tener reino. Al ascender Jesús a Su coronación como rey, esa coronación trae también la designación dada por el Padre del reino sobre el cual Él manda. El reino es toda la creación.

En la teología moderna encontramos dos grandes errores en relación al concepto bíblico del reino de Dios. El primero es que el reino ya ha sido totalmente establecido y que no queda nada para ser manifestado en el reino de Cristo. Este punto de vista podría describirse como una escatología (últimos tiempos) sobre-realizada. Con la realización de la plenitud del reino, no habría nada más para anhelar en cuanto al triunfo de Cristo. El otro error es en el que cree una gran mayoría de los cristianos: que el reino de Dios es algo totalmente futurista, o sea, no hay posibilidad de que el reino de Dios ya exista. Este punto de vista toma una posición tan fuerte hacia la dimensión futura del reino de Dios, que incluso en algunos pasajes del Nuevo Testamento, como el de Mateo 5-6 (Bienaventuranzas), no tienen ninguna aplicación en la iglesia hoy en día, ya que pertenecen a una era futura del reino que aún no ha comenzado.

Los dos puntos de vista mencionados son contrarios a la enseñanza clara del Nuevo Testamento, que dice que el reino de Dios, efectivamente, ya ha comenzado. El Rey tiene su posición. Él ya ha recibido toda la potestad sobre los Cielos y la Tierra. Esto significa que nuestro Rey Jesús tiene la autoridad suprema sobre los reinos de la tierra y del universo mismo. No existe nada en este mundo, ningún reino o símbolo de poder que no esté bajo Su mandato y Su poder. En las cartas de Pablo a los Filinenses, capítulo 2, en el famoso himno a la kenosis del Creador, se menciona que se le es dado a Jesús un nombre que está por encima de todos los otros nombres. El nombre que se le ha dado y que supera cualquier otro título que un hombre pueda recibir, es un nombre reservado para Dios. Es el título de Dios: Adonai, que significa “El que es absolutamente soberano”. Otra vez, este título implica la autoridad suprema del que es el Rey de toda la Tierra. La traducción que se hace en el Nuevo Testamento del Viejo Testamento del título adonai, es la palabra señor. Cuando Pablo dice que en el nombre de Jesús toda rodilla debe doblarse y cada boca debe confesar, la razón para arrodillarse es la reverencia, y la de confesar es declarar con sus labios que Jesús es Señor. Esto quiere decir que Él es amo soberano. Ésta fue la profesión de fe inicial de la primera iglesia.

Luego Roma, en su mal guiada tiranía pagana, trató de forzar un juramento al culto del emperador, en la que se obligaba a toda la gente a recitar la frase: kaisar kurios -“Cesar es el señor”. Los cristianos respondían mostrando toda la sumisión civil posible, pagando los impuestos, honrando al rey, siendo ciudadanos ejemplares, pero no podían, en buena consciencia, obedecer al mandato de proclamar a Cesar como su señor. Su respuesta al juramento de lealtad, Kaisar kurios, era tan profunda en sus ramificaciones como era simple en su expresión, Jesus ho kurios, Jesús es el Señor. El reinado de Jesús no es simplemente una esperanza de los cristianos de que algún día se realizará; es una verdad que ya existe. Es obligación de la iglesia ser testigo de ese reino invisible, o como lo pusó Calvino, es la obligación de la iglesia hacer visible el Reino invisible de Cristo. Aunque es invisible, es auténticamente real. 

Cur Deus Homo

Por R.C. Sproul Sobre La Muerte de Cristo
Una Parte de la serie Right Now Counts Forever

Traducción por Pilar Peña


En el siglo XI, uno de los pensadores más brillantes de la Iglesia, Anselmo, arzobispo de Canterbury, escribió tres obras importantes que han influido en la Iglesia desde entonces. En el campo de la filosofía cristiana, nos ofreció su Monologium y su Proslogium; en el campo de la teología sistemática, escribió el gran clásico cristiano Cur Deus Homo, cuya traducción significa “¿Por qué Dios se hizo hombre?”

En esta obra, Anselmo establece los fundamentos filosóficos y teológicos para un aspecto importante en el entendimiento de la Iglesia acerca de la expiación de Cristo, concretamente el punto de vista de la satisfacción de la expiación. Aquí Anselmo sostiene que la expiación resulta necesaria para satisfacer la justicia de Dios. Esta opinión se convirtió en el eje de la ortodoxia cristiana clásica de la Edad Media en cuanto al entendimiento de la Iglesia sobre la obra de Cristo en Su expiación. Desde entonces, sin embargo, el punto de vista de la satisfacción de la expiación ha tenido sus críticas.

En la Edad Media, surgieron preguntas sobre la conveniencia de creer que la expiación de Jesús se hizo necesaria por alguna ley abstracta del universo que requería que la justicia de Dios sea satisfecha. Esto dio lugar al famoso debate Ex Lex. En este debate de Ex Lex, surgió la pregunta de si la voluntad de Dios funcionaba aparte o fuera de cualquier ley (ex lex), o si Su voluntad estaba sujeta a alguna norma de justicia o ley cósmica que requería que Dios la cumpliese y, por tanto, Su voluntad se ejercía bajo la ley (sub lego). La pregunta era: ¿Está Dios aparte de la ley o bajo la ley?

La respuesta de la Iglesia a este dilema consistió básicamente en “restringir ambos lados”, y declarar que Dios no se encuentra ni aparte de la ley ni bajo la ley, en esos dos sentidos respectivos. En otras palabras, la Iglesia respondió afirmando que Dios está a la vez aparte de la ley y bajo la ley; Él es libre de cualquier restricción impuesta sobre Él por alguna ley que exista fuera de Él mismo. En ese sentido, se encuentra aparte de la ley y no bajo ella. Pero al mismo tiempo, Dios no es arbitrario o caprichoso sino que actúa de acuerdo a la ley de Su propia naturaleza. La Iglesia constató que Dios es una ley hacia sí mismo Lo que refleja no un espíritu sin ley dentro de Dios, sino que la norma de Su comportamiento y Su voluntad se basa en lo que los teólogos ortodoxos del siglo XVII llamaban “la ley natural de Dios".

La ley natural de Dios, como expresión teológica, se puede malinterpretar o confundir fácilmente con un concepto más amplio presente en la teoría política y en la teología de la llamada “ley natural” (lex naturalis). En ese sentido, la ley natural hace referencia a aquellas cosas que Dios revela en el mundo de la naturaleza acerca de algunos principios éticos. En contraste con este uso común del término ley natural, la Confesión de Westminster del s. XVII veía la ley natural de Dios de la siguiente manera: Dios se rige de acuerdo a la ley de Su propia naturaleza. Lo que quiere decir que, Dios nunca actúa de tal manera que contradiga Su propia santidad, Su propia justicia, Su propia omnipotencia, etc. Él nunca transige la perfección de Su propio ser o carácter en lo que hace.

Cuando la Iglesia confiesa la necesidad de satisfacción de la justicia de Dios, dicha necesidad no es algo que se impone a Dios desde fuera, sino que es una necesidad que es impuesta a Dios por Su propio carácter y naturaleza. Es necesario para Dios ser Dios, nunca transigir Su propia santidad, rectitud o justicia. Es en ese sentido que se considera necesaria una expiación que satisfaga Su justicia.

Recientemente los pensadores modernos se han opuesto al punto de vista de la satisfacción de la expiación basándose en que éste ensombrece la gracia gratuita y el amor de Dios. Si Dios es un Dios de amor, ¿por qué no puede simplemente perdonar a las personas gratuitamente por la pura motivación de Su propio amor y gracia sin preocuparse de satisfacer algún tipo de justicia, ya sea que se trate de una ley de Su propia naturaleza o una ley impuesta de fuera? Una vez más, este punto de vista de la expiación no logra entender que Dios nunca negociará Su propia justicia, ni siquiera por Su deseo de salvar pecadores.

En la expiación, vemos que Dios manifiesta tanto Su amor misericordioso hacia nosotros así como un compromiso a Su propia rectitud y justicia. La justicia es servida por la obra de Cristo quien satisface los requerimientos de la rectitud de Dios, y de esa forma mantiene el compromiso de Dios a la rectitud y justicia. Dios satisface los requerimientos de Su justicia al darnos un Sustituto que se ponga en nuestro lugar y que ofrezca esa satisfacción por nosotros. Esto muestra maravillosamente la gracia de Dios en medio de esa satisfacción. La gracia de Dios es manifestada con la satisfacción de Su justicia en que ésta se realiza en nuestro lugar a través de Aquél que ha nombrado. Es la naturaleza de Dios como Juez de todo el mundo hacer lo correcto. Y el Juez que hace lo correcto, nunca, nunca transgrede los cánones de Su propia rectitud.

La Biblia explica la cruz en términos de propiciación y expiación, los dos logros de Cristo en nuestro lugar. La Propiciación hace referencia específicamente a la obra de Cristo de satisfacer la justicia de Dios. Paga el castigo por nosotros que es debido a nuestros pecados. Nosotros somos deudores que no podemos pagar en absoluto la deuda moral a la que hemos incurrido con nuestra ofensa en contra de la justicia de Dios, y la ira de Dios se satisface y propicia con el sacrificio perfecto que Cristo realiza en nuestro lugar. Pero eso es tan sólo un aspecto de esa obra. La segunda es la expiación. En la expiación, nuestros pecados son quitados al transferirse o imputarse a Cristo, quien sufre vicariamente en nuestro lugar. Dios es satisfecho y nuestro pecado removido con la expiación perfecta de Jesús. Esto completa el sentido dual en el que el pecado era expiado en el Día de Expiación del antiguo pacto, a través del sacrificio de un animal y la transferencia simbólica de los pecados de las personas sobre el chivo expiatorio que era luego enviado al desierto, quitando así los pecados de esas personas.

Recursos

El Deber y El Honor

Por R.C. Sproul Sobre Verdad
Una Parte de la serie Right Now Counts Forever

Traducción por Daniel Buckley


Hace muchos años, participé en una reunión con unos empresarios en Jackson, Misisipí. En el transcurso de la conversación, uno de ellos hizo referencia a otro hombre que no estaba presente allí. Dijo: “Él es un hombre honrado.” Al escuchar este comentario, aguzé el oído ya que, por un momento, pensé que estaba escuchando una otra lengua hablado. Entonces me di cuenta de que estaba en el medio del Profundo Sur, donde las viejas costumbres no han sido erradicadas por completo y, sin embargo, aún no podía sobreponerme al hecho de que alguien, en estos tiempos que corren, había usado la palabra honor como un término descriptivo para referirse a otro hombre. El término honor se ha convertido en una palabra un tanto arcaica. Tal vez recordemos el famoso discurso que dio el General Douglas MacArthur en West Point, titulado “Deber, Honor, País,” pero eso fue hace más de medio siglo. Actualmente, la palabra honor casi ha desaparecido de la lengua inglés. Prácticamente, sólo veo esta palabra impresa es en pegatinas de parachoques que exponen que el dueño del automóvil tiene un hijo que está en el "cuadro de honor," pero el "cuadro de honor" es, tal vez, el último remanente vestigial de un concepto olvidado.
Hablo sobre el honor porque el diccionario enumera este término honor como el principal sinónimo para la palabra integridad. En este artículo me interesa preguntar: ¿cuál es el significado de integridad? Si vemos las definiciones comunes que nos dan los lexicógrafos, como por ejemplo, las del diccionario Webster, podemos encontrarnos con varios sentidos. En primer lugar, la integridad es definida como "la adherencia inflexible a principios morales y éticos." Segundo, integridad significa “firmeza de carácter.” Tercero, integridad significa “honestidad.” Cuarto, integridad refiere al “todo y completo.” Quinto y último, integridad significa ser “irreprochable en su propio carácter.”
Ahora, estas definiciones describen personas que son casi tan raras, como lo es el uso del término honor. En el primer caso, la integridad describiría a alguien que podríamos llamar “una persona de principios." Esta persona de principios es, según como lo define el diccionario, alguien que es inflexible. La persona no es inflexible en cada negociación o discusión sobre asuntos importantes, pero sí lo es respecto a principios éticos o morales. Esta es una persona que pone los principios por delante de los beneficios personales. El arte del compromiso es una virtud en una cultura políticamente correcta, pero lo políticamente correcto es, en sí mismo, modificado por el adjetivo calificativo político. Ser político es, con frecuencia, ser una persona que compromete todo, incluyendo a los principios.
También vemos que la integridad refiere a la firmeza de carácter y honestidad. Cuando miramos el Nuevo Testamento, por ejemplo, en la Epístola de Santiago, Santiago proporciona una lista de virtudes que deben volverse manifiestas en la vida cristiana. En el capítulo 5 de esa carta, en el verso 12, él escribe: “Y sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni con ningún otro juramento; antes bien, sea vuestro sí, sí, y vuestro no, no, para que no caigáis bajo juicio.” Aquí, Santiago eleva la fiabilidad de la palabra de una persona, un simple sí o no, al rango de una virtud que está "sobre todo." Lo que Santiago está estableciendo, es que la integridad requiere de un tipo de honestidad que indica que cuando decimos que vamos a hacer algo, nuestra palabra es nuestro lazo. No deberíamos necesitar juramentos o promesas sagradas para ser fiables. Puede confiarse en las personas íntegras solo en base a lo que dicen.
En nuestra cultura vemos, una y otra vez, la distinción entre un político y un estadista. Una persona que conozco los distinguió en los siguientes términos: Un político es una persona que mira hacia la próxima elección, mientras que un estadista es una persona que mira hacia la próxima generación.
Reconozco que hay cierto cinismo inherente a esa diferenciación, que tiene que ver con la idea de que los políticos son personas que comprometerán las virtudes o los principios con el fin de ser elegidos o para mantener su cargo. Esa carencia de virtud no sólo se observa en los políticos sino que puede encontrarse también, diariamente, en las iglesias, que a veces parecen estar llenas de pastores que están preparados para comprometer la verdad del Evangelio por el bien de su propia popularidad. Esta es la misma ausencia de integridad que destruyó la nación de Israel en el Antiguo Testamento, donde los falsos profetas proclamaban lo que sabían que la gente quería escuchar en lugar de lo que Dios les había mandado decir. Esa es la quintaesencia de la falta de integridad.
Cuando llegamos al Nuevo Testamento, nos encontramos con el más alto ejemplo de falta de integridad en la sentencia dada a Jesús por el procurador romano, Poncio Pilatos. Luego de examinar e interrogar a Jesús, Pilatos hizo el anuncio a la ruidosa multitud. “No encontré ninguna culpa en él." Sin embargo, tras realizar esta declaración, Pilatos estaba dispuesto a entregar al Hombre Impecable a los manos de la furiosa muchedumbre. Este fue un claro acto de compromiso político en el que los principios y la ética fueron arrojados al viento para calmar a una multitud embravecida.
Miremos nuevamente en el Antiguo Testamento, la experiencia del profeta Isaías en su visión registrada en el capítulo 6 de ese libro. Recordemos que Isaías vio al Señor elevado en lo alto, como así también al serafín cantando el Trisagio: "Santo, Santo, Santo.” En respuesta a esta epifanía, Isaías gritó, “Ay de mí,” anunciando una maldición sobre sí mismo. Él dijo que la razón de su maldición era que él estaba “perdido" o “arruinado.” Lo que Isaías experimentó en ese momento fue la desintegración humana. Antes de esa visión, Isaías era visto como el hombre más correcto de la nación. Se paraba seguro y confiado sobre su propia integridad. Todo se mantenía unido gracias a su virtud. Se consideraba a sí mismo como una persona entera, íntegra, pero tan pronto como vio el último modelo y estándar de integridad y virtud en la personalidad de Dios, experimentó la desintegración. Se desmoronó, al darse cuenta que su sentido de integridad era, como mucho, una pretensión.
Calvino indicó que esto es lo común en la mayoría de los seres humanos quienes, mientras mantienen su mirada fija en el nivel de la experiencia horizontal o terrestre, se felicitan a sí mismos y se consideran, con halagos, apenas un poco menos que semi-dioses. Pero una vez que alzan la mirada hacia el cielo y consideran, aunque sea por un momento, qué clase de ser es Dios, se paran temblando, siendo completamente desmentida cualquier ilusión de integridad.
El cristiano debe reflejar el carácter de Dios. El cristiano debe volverse inflexible con respecto a los principios éticos. El cristiano es llamado a ser una persona de honor en cuya palabra puede confiarse.

Basado en la Gracia

Por R.C. Sproul Sobre Las Doctrinas de Gracia
Una Parte de la serie Right Now Counts Forever

Traducción por Natalia Pedrosa Garcia


El histórico debate entre el Protestantismo y el Catolicismo romano a menudo se enmarca en los términos de una discusión de la fe frente a las obras y / o el mérito frente a la gracia. Los reformadores magistrales expresaron su opinión sobre la justificación a través de una taquigrafía teológico de lemas en latín, y las frases que utilizaban — sola fide y sola gratia — se han afianzado profundamente en la historia protestante. Sola fide, o “sólo fe,” niega que nuestras obras contribuyan al fundamento de nuestra justificación, mientras que sola gratia, o “sólo gracia”, niega que cualquier mérito propio contribuya a nuestra justificación.
El problema de los lemas es que, en su función de taquigrafías teológicas, pueden ser fácilmente malinterpretadas o empleadas como licencia para simplificar temas complejos excesivamente. Así, cuando la fe se distingue radicalmente de las obras, algunas distorsiones se cuelan en nuestro entendimiento con facilidad.
Cuando los reformadores insistían en que la justificación sólo era por fe, no querían decir que la fe en sí fuera otro tipo de obra más. Al procurar excluir las obras del fundamento de nuestra justificación, no querían sugerir que la fe no contribuyera en nada a la justificación.
EL CORAZÓN DEL PROBLEMA
Se puede decir que el núcleo del debate del siglo XVI sobre la justificación era la cuestión sobre el fundamento de la justificación. La base de la justificación es el fundamento por el que Dios declara justa a una persona. Los reformadores insistían en que según la Biblia el único fundamento posible para nuestra justificación es la justicia de Jesucristo. Esto es una referencia explícita a la justicia con la que vivió Cristo su propia vida; no se trata de la justicia de Jesucristo en nosotros sino la justicia de Jesucristo para nosotros.
Si nos plantamos de lleno ante la cuestión del fundamento de la justificación, vemos que sola fide es un lema taquigráfico no sólo para la doctrina de la justificación por la fe, sino también para la idea de que la justificación es sólo mediante Jesucristo. Dios nos declara justos ante Su presencia sólo en, a través, y por la justicia de Jesucristo.
Que la justificación es sólo por fe significa sencillamente que es por o a través de la fe de la manera en la que se nos imputa la justicia de Jesucristo a nuestra cuenta. Por tanto, la fe es la causa instrumental, o el medio, por el cual establecemos una relación con Cristo.
Roma enseña que la causa instrumental de la justificación es el sacramento del bautismo (en primer lugar) y el sacramento de la penitencia (en segundo lugar). A través del sacramento, la gracia de la justificación, o la justicia de Jesucristo, se infunde (o se vierte) en el alma del destinatario. Por lo tanto, la persona debe consentir y cooperar con esta gracia infundida hasta tal punto que la verdadera justicia sea inherente al creyente, en cuyo caso Dios declara justa a esa persona. Para que Dios justifique a una persona, primero la persona debe volverse justa.
Por consiguiente, Roma cree que para que una persona se vuelva justa necesita tres cosas: gracia, fe, y Jesucristo. Roma no enseña que el hombre se pueda salvar a sí mismo por su propio mérito sin gracia, por sus propias obras sin fe, o por sí mismo sin Jesucristo. ¿Así que por qué se armó tanto alboroto?
Ni los debates del siglo XVI, ni las más recientes discusiones y declaraciones conjuntas entre Católicos y Protestantes han sido capaces de resolver el tema clave del debate, la cuestión del fundamento de la justificación. ¿Es la justicia imputada de Jesucristo o la justicia infundada de Jesucristo?
En nuestros días, muchos de los que se enfrentan a este conflicto secular simplemente se encogen de hombros y dicen, “¿Y qué?” o “¿Cuál es el problema?” Ya que ambas partes afirman que la justicia de Jesucristo es necesaria para nuestra justificación, y que igualmente necesarias son la gracia y la fe, investigar más a fondo en otras cuestiones técnicas parece una pérdida de tiempo o un ejercicio de pedante arrogancia teológica. Cada vez, más y más personas piensan que este debate es como hacer una montaña de una tempestad en una tetera.
DOS PERSPECTIVAS
Bien, ¿cuál es el problema? Intentaré responder a esta pregunta desde dos perspectivas, una teológica, y otra personal y existencial.
El gran problema teológico es la esencia del Evangelio. Los problemas no van mucho más allá. La Buena Nueva es que la justicia que Dios exige a sus criaturas fue lograda para ellos por Jesucristo. La obra de Jesucristo cuenta para el creyente. El creyente está justificado en base a lo que Jesucristo hizo por él, fuera de él y aparte de él, no por lo que Jesucristo hace en él. Según Roma, una persona no está justificada hasta que o a menos que la justificación sea inherente a ella. La persona obtiene la ayuda de Jesucristo, pero Dios no calcula, transfiere o le imputa la justicia de Cristo a esa persona.
¿Y qué significa esto personal y existencialmente? La visión de Roma infunde desesperación en mi alma. Si tengo que esperar hasta que yo estoy inherentemente justo para que Dios me declare recto, me queda una larga espera. Según Roma, si cometo un pecado mortal perderé toda la gracia que ahora mismo me justifica. Incluso si la recupero por medio del sacramento de la penitencia, todavía tengo que enfrentarme al purgatorio. Si muero con cualquier impureza en mi vida, debo ir al purgatorio para "purgar" todas las impurezas, y esto puede tardar miles y miles de años en llevarse a cabo.
Qué diferencia tan radical comparado con el Evangelio bíblico, que me garantiza que la justificación ante Dios es mía en el momento en que pongo mi confianza en Jesucristo. Porque su justicia es perfecta, no puede aumentar ni disminuir. Y si su justicia se imputa en mí, ahora poseo el fundamento total y completo de la justificación.
La cuestión de la justicia imputada contra la justicia infundida no puede resolverse sin rechazar una u otra. Son dos opiniones sobre la justificación que se excluyen mutuamente. Si una es verdadera, la otra tiene que ser falsa. Una de estas opiniones expone el Evangelio bíblico verdadero, el otro es un Evangelio falso. Sencillamente, las dos conjuntamente no pueden ser verdad.
De nuevo, esta cuestión no puede resolverse con una explicación que quede en término medio. Estas dos posturas incompatibles pueden ser ignoradas o minimizadas (como hacen los diálogos modernos a través de la revisión histórica), pero no pueden reconciliarse. Tampoco pueden reducirse a un mero malentendido — ambas partes son demasiado inteligentes para que esto haya ocurrido durante los últimos 400 años.
La cuestión del mérito y la gracia en la justificación está cubierta de nubes de confusión. Roma dice que hay dos tipos de mérito para los creyentes: congruente y condigno. El mérito congruente se obtiene realizando obras de satisfacción en conexión con el sacramento de la penitencia. Estas obras no son tan meritorias como para imponerle a un juez justo la obligación de recompensarlas, pero son lo suficientemente buenas para que sean "acordes" o "congruentes" y que Dios las recompense.
El mérito condigno es una orden superior de mérito lograda por los santos. Pero incluso este mérito, según lo define Roma, está arraigado y basado en la gracia. Es un mérito que no se podría lograr sin la ayuda de la gracia.
Los reformadores rechazaron tanto el mérito congruente como el condigno, argumentando que nuestro estado no sólo está arraigado en la gracia, sino que además es gracia en todo momento. El único mérito que cuenta para nuestra justificación es el mérito de Jesucristo. De hecho, somos salvos por obras meritorias — las de Jesucristo. Que seamos salvos gracias a que se nos imputa su mérito es la propia esencia de la gracia de la salvación.
Es esta gracia la que nunca debe ser comprometida o negociada por la iglesia. Sin ella, estaremos verdaderamente desesperanzados e indefensos para poder permanecer justos ante un Dios santo.

¿Por qué sufren los justos?

Por R.C. Sproul Sobre Sufrimiento
Una Parte de la serie Right Now Counts Forever

Traducción por Natalia Pedrosa Garcia


En el campo de los estudios bíblicos, existen cinco libros que normalmente son incluidos bajo el título de “literatura de sabiduría” o “los libros poéticos del Antiguo Testamento”. Estos son los libros de Proverbios, Salmos, Eclesiastés, Cantares de Salomón, y Job. De estos cinco libros, hay uno que sobresale, manifestando diferencias significativas respecto a los otros cuatro. Ése es el libro de Job. La sabiduría que se encuentra en el libro de Job no es comunicada en forma de proverbio. Más bien, el libro de Job trata las cuestiones de la sabiduría en el contexto de una narrativa que trata la profunda angustia y el dolor insoportable de Job. El escenario de esta narrativa es el tiempo de los patriarcas. Se han levantado preguntas acerca de la intención autorial de este libro, en cuanto a si estaba destinado a ser una narración histórica de un individuo real o si su estructura básica es aquella de un drama con un prólogo, incluyendo una escena de apertura en el cielo, conteniendo un discurso entre Dios y Satanás, y moviéndose de una forma gradual al epílogo, en el que son repuestas las profundas pérdidas sufridas por Job durante sus pruebas.
En cualquier caso, en el corazón del mensaje del libro de Job está la sabiduría respecto a la respuesta a la pregunta de cómo Dios está involucrado en el problema del sufrimiento humano. En cada generación protestas son levantadas diciendo que si Dios es bueno, entonces no debería haber dolor, ni sufrimiento o muerte en este mundo. Junto con estas protestas contra cosas malas que le suceden a gente buena, también han habido intentos de crear un cálculo de dolor, por el cual se asume que el umbral de sufrimiento en un individuo es directamente proporcional al grado de su culpa o del pecado que ha cometido.
Una respuesta rápida a esto es hallada en el capitulo noveno de Juan, donde Jesús responde a la pregunta de los discípulos acerca del origen del sufrimiento del hombre ciego de nacimiento.
En el libro de Job, el personaje es descrito como un hombre justo, de hecho el hombre más justo que se puede encontrar en la tierra, pero a quien Satanás afirma que él es justo únicamente para recibir bendiciones de la mano de Dios. Dios ha puesto un cerco alrededor de él y lo ha bendecido más que al resto de los mortales, y como resultado el Diablo acusa a Job de servir a Dios solo por la generosa retribución que recibe de su Hacedor. El reto viene del malvado, a que Dios quite el cerco de protección y compruebe si Job empezará entonces a maldecir a Dios. A medida que la historia se desarrolla, el sufrimiento de Job va en una rápida progresión de mal a peor. Su sufrimiento es tan intenso que él se encuentra a si mismo sentado en un montón de estiércol, maldiciendo el día que nació, y gritando a los cuatro vientos su dolor incesante. Su sufrimiento es tan grande que incluso su esposa le aconseja que maldiga a Dios, para que se pueda morir y ser aliviado de su agonía. Lo que se desarrolla mas adelante en la historia es el consejo dado a Job por los amigos de Job, Elifaz, Bildad y Zofar. Su testimonio muestra cuán hueca y superficial es su lealtad por Job, y lo presuntuosos que son al asumir que la innombrable miseria de Job se debe a una degeneración radical en carácter de Job. El consejo a Job alcanza un nivel más alto con algunas consideraciones profundas de Eliú. Eliú da varios discursos que tienen muchos elementos de sabiduría bíblica. Pero la sabiduría final que se encuentra en este gran libro no viene de los amigos de Job ni de Eliú, sino de Dios mismo. Cuando Job demanda una respuesta de Dios, Dios le responde con esta reprensión, “¿Quién es este que oscurece los consejos con palabras sin conocimiento? Vístete para la acción como un hombre; Yo te preguntaré, y tú me harás saber” (Job 38:1–3). Lo que sigue a esta reprensión es la interrogación más intensa al que un hombre ha sido llevado por el Creador. A primera vista casi parece que Dios está provocando a Job, tanto que Él dice, “¿Dónde estabas tú cuando yo echaba los cimientos de la tierra? (v. 4). Dios levanta pregunta tras pegunta de esta manera. ¿Puedes atar las cadenas de las Pléyades? ¿O aflojar el cinturón de Orión? ¿Puedes conducir a los Mazzaroth en su temporada, o puedes guiar la Osa con sus hijos?” (v. 31–32). Obviamente, la respuesta a estas preguntas retóricas que vienen con la rapidez de una ametralladora es siempre, “No, no, no.” Dios machaca en la inferioridad y subordinación de Job con Su interrogatorio. Dios continua con pregunta tras pregunta acerca de la habilidad de hacer cosas que Job no puede hacer pero que Dios claramente puede hacerlas.
En el capítulo 40, Dios finalmente le dice a Job, “¿Debería un criticón luchar contra el Todopoderoso? Él que reprende a Dios, responda a esto” (v. 2). Ahora, la respuesta de Job no es de demanda desafiante de respuestas a su miseria. Más bien dice, “He aquí, yo soy insignificante; ¿qué puedo yo responderte? Mi mano pongo sobre la boca. Una vez he hablado, y no responderé; aun dos veces, y no añadiré más.” (v. 4–5). Y una vez más Dios prosigue la interrogación y va aún más profundo en el fuego rápido de la interrogación que muestra el contraste abrumador entre el poder de Dios, quien es conocido en Job como El Shaddai, y contrastante la impotencia de Job. Finalmente, Job confiesa que esas cosas eran demasiado maravillosas. Él dice, “He sabido de ti sólo de oídas, pero ahora mis ojos te ven. Por eso me retracto, y me arrepiento en polvo y ceniza.” (42:5–6).
Lo que se debe notar en este drama, es que Dios nunca responde directamente a las preguntas de Job. No dice, “Job, la razón por la que has sufrido es esta o aquella”. Más bien, los que Dios hace en el misterio de la iniquidad de un sufrimiento tan profundo, es que Él responde a Job con Sí mismo. Esta es la sabiduría que responde a la pregunta del sufrimiento — no la respuesta de porqué tengo que sufrir de un modo particular, en un momento particular, y en una circunstancia particular, sino dónde descansa mi esperanza en medio del sufrimiento.
La respuesta a esto proviene claramente de la sabiduría del libro de Job, que concuerda con las demás premisas de la literatura de sabiduría: el temor del Señor, la asombro y la reverencia ante Dios, es el principio de la sabiduría. Y cuando estamos perplejos y confundidos por cosas de este mundo que no podemos entender, no buscamos respuestas específicas a preguntas específicas, sino que buscamos conocer a Dios en Su santidad, en Su rectitud, en Su justicia, y en Su misericordia. He aquí la sabiduría que se encuentra en el libro de Job.

Nuestro Padre

Por R.C. Sproul Sobre Oración
Una Parte de la serie Article

Traducción por Ana Villoslada


Mi primera clase en Free University de Ámsterdam echó por tierra mi autocomplacencia académica. Fue un shock cultural, una prueba de contrastes que comenzó en el momento en que el profesor, el Dr. G.C. Berkouwer entró en la sala. Cuando apareció por la puerta, todos los estudiantes se pararon firmes mientras subía los peldaños del estrado, abría su cuaderno de notas y en silencio, asentía para que los estudiantes se sentaran. Entonces, comenzaba a dar su clase y los estudiantes, en un silencio sagrado, escuchaban obedientemente y tomaban notas durante una hora. Nadie se atrevió nunca a interrumpir o distraer al profesor atreviéndose a levantar la mano. La sesión estaba dominada por una sola voz: la voz a la que todos prestábamos atención.

Al terminar la clase, el profesor cerraba su cuaderno, descendía del estrado y se iba apresuradamente, no sin que antes los estudiantes se hubiesen puesto una vez más de pie en su honor. No había conversaciones, no había citas para después, no había cotilleos. Ningún estudiante se dirigió nunca al profesor excepto en los exámenes orales privados que estaban programados.

Cuando tuve mi primer examen de ese tipo estaba aterrorizado. Fui a la casa del profesor esperando pasar un calvario. Pero a pesar de lo exigente del examen, no lo fue. El doctor Berkouwer se mostró amable y acogedor. Como si fuera mi tío, me preguntó por mi familia. Se mostró muy preocupado por mi bienestar y me pidió que le preguntase lo que quisiera.

De cierta manera, esta experiencia fue como probar un poco del cielo. Naturalmente, el profesor Berkouwer era mortal; pero era un hombre con una inteligencia titánica y conocimientos de enciclopedia. Yo no me encontraba en su casa para enseñarle o para discutir con él: él era el profesor y yo el estudiante. Talvez no había nada del mundo de la teología que él pudiera aprender de mí, y aún así, me estuvo escuchando como si realmente pensase que yo podía enseñarle algo. Se tomaba muy en serio mis respuestas ante sus sagaces preguntas. Era como si un padre cariñoso le estaría preguntando cosas a su hijo.

Esta situación es la mejor analogía humana en la que puedo pensar para darle respuesta a la vieja pregunta de: Si Dios es soberano, ¿para qué hay que orar? No obstante, tengo que decir que esta analogía no es comparable. Aunque Berkouwer me sobrepasaba con su conocimiento, éste no era infinito sino limitado. En ningún caso era omnisciente.

De forma contraria, cuando hablo con Dios, no estoy hablando simplemente con un Gran Profesor en el Cielo. Estoy hablando con alguien que posee todo el conocimiento, alguien que no va a aprender nada de mí que Él no sepa ya. Él conoce todo lo que se puede conocer, incluyendo todo lo que tengo en mi cabeza. Él ya sabe todo lo que tengo que decirle antes de que se lo diga. Él sabe lo que va a hacer antes de que lo haga. Su conocimiento es soberano porque Él es soberano. Su conocimiento es perfecto, inalterable.

Aunque a veces la Biblia se limita al lenguaje humano expresando la idea de que Dios cambia su parecer, cede o se arrepiente de Sus planes, en otros lugares ésta nos recuerda que las formas de expresión humanas son sólo eso, y que Dios no es hombre para que se arrepienta. En Él no hay atisbo de cambio. Su consejo permanece por siempre. Él no tiene un plan B. Un plan B es un plan “de emergencia”, y aunque Dios conoce todas las situaciones de emergencia, para Él mismo no existen tales.

La gente se pregunta: ¿la oración cambia la voluntad de Dios? Hacer esa pregunta es responderla. ¿Qué clase de Dios podría verse influenciado por mis oraciones? ¿Cómo podrían mis oraciones cambiar Sus planes? ¿Puede ser que yo le dé a Dios alguna información que Él no tenga ya? O ¿podría persuadirle de hacer algo de una forma más excelente gracias a mi sabiduría superior? Por supuesto que no. No estoy capacitado en absoluto para ser el mentor de Dios o su asesor en la toma de decisiones. Por tanto, la respuesta es sencillamente que la oración no cambia la voluntad de Dios.

Pero supongamos que preguntamos sobre la relación entre la soberanía de Dios y nuestras oraciones de una manera ligeramente distinta: ¿La oración cambia las cosas? La respuesta ahora se convierte en un enérgico “¡Sí!”. Las Escrituras nos dicen que "La oración eficaz del justo puede lograr mucho” (Santiago 5:16). Este texto declara que la oración es efectiva, no un ejercicio piadoso de inutilidad. Lo que es inútil no logra nada. Sin embargo, la oración logra mucho. Lo que logra mucho nunca es inútil.

¿Qué logra la oración? ¿Qué cambia? En primer lugar, mis oraciones me cambian. El propósito de la oración no es cambiar a Dios. Él no cambia porque no necesita cambiar, pero yo sí. Igual que las preguntas del doctor Berkouwer no eran para su beneficio sino para el mío, mi tiempo con Dios es para mi edificación, no para la de Él. La oración es uno de los grandes privilegios que se nos dio junto con la justificación. Una de las consecuencias de nuestra justificación es que tenemos acceso a Dios. Hemos sido adoptados en Su familia y hemos recibido el derecho a dirigirnos a Él llamándole Padre. Somos alentados a acudir a Su presencia confiadamente (existe por supuesto una diferencia entre confianza y arrogancia).

Pero la oración también cambia cosas. En términos prácticos, podemos decir que la oración funciona. Aquello que es efectivo es aquello que provoca o produce efectos. En teología, se distingue entre causalidad primaria y secundaria. La causalidad primaria es la fuente de poder de todas las causas. Cuando la Biblia dice "porque en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17:28), indica que sin la providencia de Dios que nos sustenta, no tendríamos ninguna fuerza para vivir, movernos o existir. Toda la fuerza que nosotros tenemos es secundaria; siempre depende de Dios para su eficacia final, pero aun así, es real. La oración es uno de los medios que usa Dios para que se cumpla la voluntad que Él dispone. Esto quiere decir que Dios no solamente dispone propósitos, sino también los medios que Él usa para que se cumplan esos propósitos.

Dios no necesita que prediquemos para salvar a Su pueblo. Aun así, ha elegido obrar mediante la predicación. Él es el que da poder a nuestra predicación humana mediante Su propio poder. Él da poder a nuestras oraciones para que después de que hayamos orado, podamos apartarnos y ver cómo desata Su poder en y por medio de nuestras oraciones.

Oramos con esperanza y confiadamente no sólo por la soberanía de Dios, sino a causa de ella. Lo que sería una pérdida de aliento y de tiempo sería orar a un dios que no fuera soberano.
Recursos

Traición Cósmica

Por R.C. Sproul Sobre Naturaleza del Pecado
Una Parte de la serie Right Now Counts Forever

Traducción por Luz Bordenkircher


La pregunta, "¿Qué es pecado?" se plantea en el Catecismo Menor de Westminster. La respuesta que se le da a esta pregunta catequística es simplemente que "El pecado es cualquier falta de conformidad o transgresión a la ley de Dios."

Veamos algunos de los elementos de esta respuesta catequística. En primera instancia, el pecado se identifica como algún tipo de falta o carencia. En la Edad Media, los teólogos cristianos trataron de definir el mal o el pecado en términos de privación (privatio) o negación (negatio). En estos términos, el mal o pecado se define por su falta de conformidad a lo bueno. La terminología negativa asociada con el pecado puede ser observada en palabras bíblicas, tal y como la desobediencia, impiedad, o inmoralidad. En todos estos términos, vemos que se hace énfasis en lo negativo. Otros ejemplos incluyen palabras tal y como, deshonor, anticristo, y otros.

Sin embargo, para obtener una visión completa de pecado, tenemos que ver que este incluye más de una negación a lo bueno, o que es más que una simple falta de virtud. Si el pecado es definido exclusivamente en términos negativos, podríamos inclinarnos a pensar que es simplemente una ilusión. Pero los estragos del pecado demuestran dramáticamente la realidad de su poder, realidad que no podría explicarse basándose en una mera ilusión. Los reformistas agregaron a la idea de privatio, la noción de la realidad o actividad, de manera que el mal puede observarse en la frase, "privatio actuosa". Esto enfatiza el carácter activo del pecado. En el catecismo, el pecado se define no sólo como una falta de conformidad, sino como un acto de transgresión, una acción que implica el sobrepasar o violar un parámetro.

Para poder entender plenamente lo que significa el pecado, no podemos definirlo fuera de la relación que tiene con la ley, pues es la ley de Dios la que determina lo que es pecado. En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo, en Romanos especialmente, elabora el punto de que hay una relación inseparable entre el pecado y la muerte, y entre el pecado y la ley. La fórmula sencilla es la siguiente: "No pecado" es igual a "no muerte". "No ley" es igual a "no pecado". El apóstol afirma que donde no hay ley, no hay pecado, y donde no hay pecado, no hay muerte. Esto se basa en la premisa de que la muerte invade la vida humana como un acto de sentencia divina en juicio al pecado. El alma que peca es la que morirá. Sin embargo, sin la ley no puede haber pecado. La muerte no puede entrar en la experiencia humana, hasta que primero la ley de Dios sea revelada. Es por esta razón que el apóstol afirma que la ley moral estaba en efecto antes de que Dios le diera a Israel el código Mosaico. El argumento se basa en la premisa de que la muerte ya estaba en el mundo antes del suceso del Sinaí, y que reino desde Adán a Moisés. Esto sólo puede significar que la ley moral de Dios le fue dada a sus criaturas mucho antes de que las tablas de piedra le fueran entregadas a la nación de Israel.

Esto da alguna credibilidad a la afirmación de Immanuel Kant sobre un imperativo moral universal que él denominaba el imperativo categórico, que se encuentra en la conciencia de toda persona sensible. Dado que es la ley de Dios la que define la naturaleza del pecado, solo nos queda el afrontar las terribles consecuencias de nuestra desobediencia a la ley. Lo que el pecador requiere, a fin de ser rescatado de los aspectos punitivos de esta ley, es lo que Solomon Stoddard denomina una justicia de la Ley. Habiéndo definido el pecado como una falta de conformidad o transgresión a la Ley, el único antídoto para tal transgresión es la obediencia a la ley. Si poseemos tal obediencia a la Ley de Dios, ya no estaremos en peligro de ser juzgados por Dios.

Solomon Stoddard, el abuelo de Jonathan Edwards, escribió en su libro, La Justicia de Cristo, el siguiente resumen sobre el valor de la justicia de la Ley: "Es suficiente para nosotros si tenemos la justicia de la ley. No hay peligro de extravío, si tenemos esa justicia. La seguridad de los ángeles en el cielo es debida a que tienen la justicia de la ley, y es una seguridad suficiente para nosotros si tenemos la justicia de la ley. Si tenemos la justicia de la ley, no estamos sujetos a la maldición de la ley. No somos amenazados por la ley, no estamos provocando a la justicia; la condenación de la ley no puede apoderarse de nosotros; la ley no tiene nada que objetar en contra de nuestra salvación. El alma que tiene la justicia de la ley está fuera del alcance de las amenazas de la ley. Donde hay respuesta a la demanda de la ley, la ley no encuentra ninguna culpa. La ley solo maldice la falta de obediencia perfecta. Además, donde hay la justicia de la ley, Dios se ha comprometido a dar vida eterna. Dichas personas son los herederos de la vida, de acuerdo con la promesa de la ley. La ley los declaró herederos de la vida, Gálatas 3:12, 'El hombre que hiciere estas cosas vivirá por ellas'" (La Justicia de Cristo, p. 25).

La única justicia que satisface los requerimientos de la Ley es la justicia de Cristo. Es sólo por la imputación de esta justicia que el pecador puede tener la justicia de la Ley. Esto es crítico para nuestro entendimiento hoy en día cuando la imputación de la justicia de Cristo está siendo ampliamente atacada. Si abandonamos la noción de la justicia de Cristo, no tenemos ninguna esperanza, porque la Ley nunca es negociada por Dios. Mientras la Ley exista, estamos expuestos a su juicio a menos que nuestro pecado esté cubierto por la justicia de la Ley. La única cobertura que podemos  poseer de tal justicia, es la que nos viene como resultado de la obediencia activa de Cristo, quien Él mismo cumplió toda jota y toda tilde de la Ley. Su cumplimiento de la Ley en Sí mismo, es un acto vicario por el cual Él obtiene la recompensa que proviene de tal obediencia. Esto lo hace no para Sí mismo, sino para Su pueblo. Es en la base de esta justicia imputada, este rescate de la condena de la Ley, esta salvación de los estragos del pecado, que está el telón de fondo de la santificación del cristiano, en el que debemos mortificar el pecado que permanece en nosotros, ya que Cristo murió por nuestros pecados.