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lunes, 10 de septiembre de 2012

BIENAVENTURADO EL HOMBRE A QUIEN DIOS CORRIGE


SERMONES SOBRE JOB
Por Juan Calvino




Este testimonio es verdadero; por tanto, repréndelos duramente, para que sean sanos en la fe TITO 1:13
BIENAVENTURADO EL HOMBRE A QUIEN DIOS CORRIGE
He aquí, bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga; por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso. Porque él es quien hace la llaga, y él la vendará; El hiere, y sus manos curan" (Job 5:17,18).

Anteriormente Elifaz había declarado cuál es el poder de Dios para que estuviésemos mejor preparados para recibir la doctrina que ahora añade. Pues vemos por qué no somos tan abiertos a la enseñanza como debiéramos, es decir, porque no conocemos suficientemente la majestad de Dios para ser tocados por el temor a él. Por eso tenemos que saber cómo gobierna Dios al mundo, y tenemos que considerar su infinita justicia, su poder y sabiduría. Ahora bien, si los malvados son confundidos porque Dios se muestra contrario a ellos y así les tapa la boca, /.cuál ha de ser nuestra actitud? Porque Dios no tiene por qué constreñirnos a rendirle honor; es suficiente con darnos la ocasión y con mostrarnos cómo es que hay motivos justos para hacerlo, y por qué nosotros deberíamos venir por nuestra propia decisión. De manera entonces, tengamos en mente lo que ha sido previamente declarado, esto es, que cuando los juicios de Dios son puestos ante nosotros, no es asunto de reírnos o de bobear, sino que corresponde que todas las criaturas tiemblen ante ellos.
Y ahora dice que es "bienaventurado el hombre a quien Dios castiga y que por eso no debemos rehusar la corrección del Todopoderoso." Si alguien nos dijera que Dios no hace daño a los hombres cuando se constituye en su Juez usando de gran severidad y rigor hacia ellos, sería algo que ciertamente debiera afectarnos suficientemente; de todos modos estaríamos tan asombrados por semejante doctrina como lo estaríamos si un hombre nos diera con un martillo en la cabeza. ¿Qué hemos de hacer entonces? Debe haber mezclado un poco de azúcar para que gustemos lo que se está por decir, asegurándonos que es provechoso para nuestra salvación. De modo entonces, que después que Elifaz hubo declarado los juicios de Dios en términos generales, para que estemos dispuestos a temerle con toda humildad, ahora nos muestra que Dios manifiesta amor, sin importar el rumbo que el mundo tome; y que, especialmente al castigarnos, nunca es tan severo con nosotros que no nos haga sentir su bondad y misericordia en ellos, a efectos de que nos acerquemos a él y no desmayemos, como aquellos que tienen temor de ser confundidos. Dios entonces, no tiene la intención de que su majestad sea tan terrible para nosotros; su intención, en cambio, es acercarnos a sí mismo, para que le amemos, no únicamente cuando nos hace bien, sino también cuando nos castiga por nuestros pecados. Vemos entonces lo que debemos aprovechar de este pasaje. Sin embargo, pareciera que esta afirmación es contraria a lo que está escrito en el resto de las Sagradas Escrituras: es decir, que todas las miserias y calamidades de esta vida terrenal provienen del pecado y consecuentemente de la maldición de Dios. ¿Cómo pueden concordar estas cosas: que seamos bendecidos cuando Dios nos castiga; que todos los males que nos sobrevienen de sus manos son señales de su ira; que le hemos ofendido y que él nos maldice? Porque, ¿de dónde proviene nuestra felicidad y gozo, sino de Dios? Y, por el contrario, cuando Dios está contra nosotros vemos que nuestra vida está en maldición. Nuevamente, cuando sentimos que por el hecho de castigarnos Dios está enojado con nosotros, aparentemente no hay felicidad en ello. Pero hemos de notar que aquí cómo Elifaz tiene en cuenta la intención y el final que Dios persigue al castigarnos. Es cierto que Dios indica cuanto aborrece el pecado, y es cierto que el orden por El señalado en la creación del mundo es trastornado cuando no nos trata como un padre. Entonces ustedes ven, cómo todas las adversidades de la vida nos dan una señal de la maldición de Dios, para que así entendamos que el pecado desagrada a Dios, y que Dios lo odia y aborrece, y que no lo soporta puesto que él es la fuente de toda justicia. Pero a pesar de esto, cuando Dios nos ha declarado así la aversión que tiene contra el pecado también nos hace percibir cómo nos atrae, exhorta y emplaza a arrepentimos. Entonces, ¿nos aflige Dios? Ello es una señal de que no quiere que perezcamos y que nos solicita a volver a él. Porque las correcciones son como testimonios de que Dios está dispuesto a recibirnos en misericordia si reconocemos nuestras faltas y sinceramente pedimos que nos perdone. Siendo esto el caso, no nos debe parecer extraño que Elifaz diga que es bienaventurado el hombre a quien Dios castiga. En cambio, debemos recordar los dos puntos que he mencionado, de los cuales el primero es que, tan pronto nos sobreviene un mal, debe presentarse ante nosotros la ira de Dios para que entendamos que él no puede soportar el pecado; en consecuencia hemos de considerar la severidad de su juicio de modo de apenarnos sinceramente por haberle ofendido. He aquí el punto por donde hemos de comenzar. Luego debemos considerar la bondad de Dios no dejándonos correr a la perdición, atrayéndonos en cambio a regresar al hogar a sí mismo, demostrándonos su intención de hacernos volver tantas veces cuantas veces nos aflige. Vemos cómo hemos de considerar todas nuestras aflicciones. Pero aún queda un punto difícil aquí; porque mientras vemos que las aflicciones son comunes a todos los hombres, Dios castiga a aquellos a quienes quiere mostrar su misericordia; pero vemos que también castiga a los malvados, permitiendo que sigan pecando para su mayor condenación. ¿De qué le sirvieron a Faraón todos los azotes, sino para hacerlo tanto más inexcusable, puesto que siguió testarudo e incorregible hacia Dios, hasta su mismo final? Siendo entonces, que Dios aflige tanto a buenos como a malos y que, como vemos por experiencia, las aflicciones son fuego para encender tanto más la ira de Dios contra los malvados, concluimos que Dios castiga a muchas personas que no serán bendecidas con ello.
Entonces esto nos lleva a notar que aquí Elifaz habla solamente de aquellos que Dios castiga como a hijos suyos, para provecho de ellos, según lo declara con las palabras que siguen, afirmando que él "hace la llaga y él la vendará." El las venda, él les coloca vendajes y sana la llaga. Ustedes ven que Elifaz limita su afirmación a aquellos en quienes Dios convierte el castigo en auténtica corrección. Pero esta afirmación seguirá siendo un tanto oscura hasta que sea explicada más detalladamente, de modo que ustedes sean clara y firmemente persuadidos por ella. Notemos cómo Dios obra con los malvados. Es cierto que con el castigo él exhorta a todos los hombres al arrepentimiento (como hemos dicho) y es lo mismo que si los despertase y les dijera: "Conozcan sus faltas, y ya no sigan más en ellas, en cambio, vuélvanse a mí, y yo estoy dispuesto a mostrarles misericordia." Sin embargo, a pesar de todo ello, es bien sabido que el castigo no aprovecha a todos los hombres y que no a todos concede la gracia de volverse a él. Porque a Dios no le basta con herirnos con su mano, a menos que también nos toque interiormente con su Espíritu Santo. Si Dios no quitara la dureza de nuestro corazón nos ocurriría lo que también le ocurrió a Faraón. Porque los hombres son como yunques. Los golpes no cambian su naturaleza; puesto que vemos cómo los rechazan. De igual manera entonces, hasta que Dios nos haya tocado en lo más profundo de nuestro interior, es cierto que no haremos nada sino dar coces contra él, escupiendo más y más veneno; y toda vez que nos castigue crujiremos los dientes, y no haremos nada sino atacarle a él. Y, en efecto, tan malvada es la iniquidad de los hombres, tan testaruda, tan desesperada que cuando Dios más los castiga, más le escupen sus blasfemias, mostrándose totalmente incorregibles, de modo que no hay forma de hacerles entrar en razón. Aprendamos entonces, que hasta que Dios nos haya tocado con su Santo Espíritu es imposible que sus castigos sirvan para traernos al arrepentimiento, más bien nos llevarán de mal en peor. Y, sin embargo, no se puede decir que Dios no sea justo el obrar de esa manera. ¿Y por qué? Porque de esa manera los hombres se convencen. De modo que si Dios no los mantuviera a raya, castigando sus pecados, ellos podrían argumentar ignorancia, afirmando que no los sabían, y que ellos se excedían por no haber sido invitados por Dios a reconocer sus faltas. Pero una vez que sintieron la mano de Dios, y percibieron sus juicios, a pesar de crujir sus dientes, y de ser emplazados, no sólo han ido de mal en peor, sino que se han inflado con rebelión abierta y manifiesta contra Dios; con lo cual vemos que, en efecto, tienen sus bocas tapadas y ya no pueden decir nada por ellos mismos. Entonces ustedes ven cómo Dios muestra su justicia cada vez que castiga a los hombres, aunque dicho castigo resulta no ser una corrección para su enmienda.
Además, cuando Dios castiga a los malvados es como si precisamente hubiera comenzado a mostrar su ira sobre ellos, y que el fuego de su ira ya se hubiera encendido. Es cierto que por el momento no son consumidos totalmente; entonces éstas son señales de la horrible venganza que les está preparada para el día final. Ustedes ven que muchas personas son tocadas por la mano de Dios y sin embargo, son malditas. Porque ya comienzan su infierno en este mundo, conforme a los ejemplos que tenemos en todos aquellos que no cambian su malvada vida cuando Dios les envía aflicciones; se los puede ver en una esquina aullando como perros, y aunque no pueden hacer otra cosa, no dejan de mostrar una continua cólera. O bien son como caballos desbocados como se los compara en Salmo 32:9; o también están completamente viciados de manera que no reconocen su propio mal, quiero decir como para considerar la mano que los golpea, como dice el profeta: "habrá llanto, porque pasaré en medio de ti."1 Pero, ¿de qué sirve? Ellos ya no piensan en la mano de Dios, ni saben cómo es que él los visita. Vemos entonces, con nuestros ojos que muchas personas son aun más desdichadas al ser castigadas por la mano de Dios porque no les aprovecha su escuela ni reciben ningún beneficio de sus azotes. Pero aquí se mencionan particularmente a aquellos a quienes Dios castiga tocándolos con su Santo Espíritu. Por eso, estemos nosotros mismos seguros de que cuando Dios nos hace sentir su mano, de modo de humillarnos bajo ella, que Dios nos está haciendo un favor especial, y que se trata de un privilegio que él no concede a ninguno, sino a sus propios hijos. Cuando sentimos la corrección que él nos manda, y además somos enseñados a disgustarnos con nosotros mismos por causa de nuestras ofensas, a suspirar y gemir por ellas en su presencia y a refugiarnos en su misericordia; digo que si ése es nuestro sentimiento en cuanto a los castigos de Dios, será señal de que él ha obrado en nuestro corazón por medio del Espíritu Santo. Porque es demasiada sabiduría para que crezca por sí misma en la mente del hombre; tiene que proceder de la libre y buena voluntad de nuestro Dios; el Espíritu Santo primero tiene que haber suavizado esa maldita dureza y testarudez que hemos mencionado y a la cual nos inclinamos por naturaleza. Entendamos entonces que este texto se refiere particularmente a los hijos de Dios, los cuales no están empecinados contra la mano de Dios, sino que han sido vencidos y son dóciles por la obra del Espíritu Santo, a efectos de que ya no luchen contra las aflicciones que él les manda. Pero, aun así, esta afirmación parecerá extraña conforme a la opinión de la carne. ¿Por qué? Todas las circunstancias que resultan distintas a nuestros anhelos las tildamos de "adversidades." Cuando sufrimos hambre, sed, frío o calor decimos que es grande el mal. ¿Por qué? Porque queremos gratificar a nuestros propios apetitos y deseos. Y, en efecto, esta manera de hablar (diciendo que las desgracias que Dios nos envía son adversidades, esto es, cosas contrarias a nosotros) no carece de razón. Por eso debemos entender su propósito, esto es, que Dios aflige por causa de nuestros pecados. Por eso, no seamos seducidos a adularnos a nosotros mismos.
Además yo ya les he dicho que nos es necesario considerar que las aflicciones que nos manda Dios son porque él odia el pecado, y que si él nos emplaza ante su presencia es para hacernos sentir que él es nuestro Juez; pero también porque era necesario extendernos sus brazos y mostrarnos que está dispuesto a reconciliarnos consigo cuando nos acercamos con verdadero arrepentimiento. Percibamos entonces que son bienaventurados aquellos a quienes Dios castiga, aunque huyamos de la adversidad tanto como nos sea posible. De modo entonces que nunca seremos capaces de consentir esta doctrina y recibirla en nuestros corazones hasta que la fe nos haya hecho comprender la bondad que Dios usa para con sus siervos cuando los atrae de vuelta a sí mismo. Y para que podamos comprenderlo mejor señalemos lo que ocurre con las personas cuando Dios las deja libradas a sí mismas, y cuando no tiene intención de limpiarlas de sus pecados. Miren a una persona que es dada al mal: por ejemplo, consideremos al hombre que desprecia a Dios; si Dios lo deja solo y aparentemente no lo castiga, verán que esa persona se endurece a sí misma, y el diablo la lleva más y más lejos; por eso le habría sido mucho mejor si hubiera sido castigada antes. De modo que la mayor desgracia que nos puede ocurrir es que Dios permita que nos revolquemos en nuestras iniquidades; porque en ese caso, finalmente no pudriremos en ellas. Ciertamente, es de desear en gran manera que los hombres vengan a Dios por su propia voluntad, sin ser espoleados para hacerlo, y que se aferrasen a él sin mediar advertencia por causa de sus faltas y sin que sean reprochados; esto (digo) es algo en gran manera deseable, y más aun, que no hubiese faltas en nosotros, y que fuésemos como ángeles, deseando únicamente rendir obediencia a nuestro Creador y honrarle y amarle como a nuestro Padre. Pero teniendo en cuenta que somos tan perversos, que no cesamos de ofender a Dios y que además actuamos con hipocresía delante de él, anhelando solamente ocultar nuestras faltas; teniendo en cuenta que hay tanto orgullo en nosotros al extremo de querer que Dios nos deje solos y que nos sustente en nuestros deseos, de modo que finalmente nosotros seríamos los jueces suyos en vez de que él sea el nuestro; considerando (digo) lo perversos que somos, Dios ciertamente tiene que usar algún remedio violento a efectos de atraernos a sí mismo. Porque si nos tratara en forma absolutamente gentil, ¿ qué ocurriría? En parte podemos verlo incluso en niños pequeños. Pues si su padre o madre no los castigan, ellos los mandarían a la horca. Ciertamente ellos no lo perciben; sin embargo, la experiencia lo demuestra y tenemos refranes populares de ellos: "Cuánto más los apañas, más pañales mojan." Y las madres van aun más allá, porque les gusta adularlos mientras que ellos se echan a perder; de esta manera Dios realmente nos ofrece pequeñas ilustraciones de aquello que es mucho mayor en él. Porque si nos tratara suavemente nos arruinaríamos del todo sin posibilidad de ser rescatados. Por eso, para mostrarse como padre hacia nosotros tiene que ser severo viendo que somos de una naturaleza tan rebelde que tratándonos gentilmente no seríamos capaces de aprovecharlo. ¿Ven ustedes cómo podemos entender la verdad de esta doctrina, de que es bienaventurado aquel a quien Dios castiga? Es decir, para ser claros, considerando cuál es nuestra naturaleza, cuan testarudos somos, y cuan difícil es ponernos en orden, y que, si Dios nunca nos castigase no nos sería provechoso; y que por eso es menester que él nos mantenga bajo control, y nos dé tantos azotes como sean necesarios para que nos acordemos de él. Entonces, finalmente llegaremos a la conclusión de que es bienaventurado el hombre a quien Dios castiga; ciertamente, tanto más si añade la segunda gracia, esto es, para ser precisos, si aplica sus varas y sus correcciones enviando al Espíritu Santo para obrar de tal modo en el corazón del hombre que éste ya no se empecine en su oposición a Dios sino que pueda tener la consideración de reflexionar sobre sus propios pecados y ser dócil y humillarse verdaderamente. Ustedes ven entonces por qué dije que el mayor beneficio que podemos recibir es ser corregidos por la mano de Dios a tal extremo que la corrección que nos envía nos sea más útil que el pan que comemos. Porque si morimos de hambre Dios nos habrá tenido piedad sacándonos de este mundo. Pero si seguimos viviendo aquí abajo y no cesamos de provocar la ira de aquel que se nos manifiesta como un padre tan bueno y liberal, ¿no sería acaso una ingratitud demasiado vergonzosa? Les pregunto, ¿no habría sido mejor haber nacido muertos que prolongar así nuestra vida para la condenación? Pero si Dios va delante de nosotros y usa los castigos como medicina preservativa, sin esperar que la enfermedad haya avanzado demasiado, ¿acaso no es un gran beneficio para nosotros, un beneficio que deberíamos desear? Entonces, tantas veces él nos corrija con dureza y amargura, y mientras duren sus correcciones sobre nosotros y nuestra carne nos provoque a la impaciencia y desesperación, aprendamos a recordar esta lección, de que es bienaventurado el hombre a quien Dios castiga aunque nuestra imaginación no lo admita; puesto que, por el contrario, nosotros suponemos que no hay nada mejor que ser eximidos y guardados. Sin embargo, sabemos que no es sin razón que el Espíritu Santo haya hecho tal afirmación. No obstante, esto no es para negar que las correcciones que debemos soportar siempre son amargas y dolorosas en sí mismas, conforme a lo dicho por apóstol (Hebreos 12:11); y Dios también nos hará sentir las punzadas que nos causen dolor. Porque si no soportásemos el mal cuando Dios nos corrige, ¿adonde estaría nuestra obediencia? Además, ¿cómo aprenderíamos a disgustarnos con nosotros mismos por causa de nuestros pecados? ¿Y cómo habíamos de temer los juicios de Dios a afectos de ser enderezados? Entonces nos corresponde estar atribulados por el mal que Dios nos envía. Y aunque el mal sea transformado en nuestro beneficio demostrándonos Dios que nos ama, no obstante, será necesario que haya algunas punzadas y dolores en ellas a efectos de que percibamos la ira de Dios y nos disgustemos con nosotros mismos en nuestros pecados. Pero debemos escalar aun más alto, y cuando hayamos aprendido que nuestra naturaleza es inclinada a todo mal, con todo hemos de confesar ante nosotros mismos nuestra necesidad de que Dios use algún castigo severo para purgarnos de él, como vemos a los médicos que a veces usan algún veneno con sus remedios, habiendo visto que la enfermedad es demasiado grave y arraigada. El médico ve perfectamente que es para debilitar sus venas y nervios; especialmente cuando no hay otro médicamente mejor que dejarlo sangrar, lo cual es tanto como extraer la sustancia de una persona, sin embargo, le es necesario usar medios tan violentos para remediar tan grave enfermedad. Del mismo todo tiene que obrar Dios en nosotros, aunque para él sea un método extraordinario. Porque cuando decimos que somos bienaventurados al ser castigados por la mano de Dios, ello debe llevarnos a la humildad viendo que Dios no puede procurar nuestra salvación sino revelándose contrario a nosotros. ¿Acaso no hay que decir con justicia que en el hombre hay una corrupción extraña, de tal modo que Dios no pueda ser nuestro Salvador y Padre excepto tratándonos ásperamente? Porque su naturaleza es revelarse lleno de gracia y gentileza a sus criaturas y él sigue este orden que también seguiría con respecto a sí mismo puesto que no hace sino derramar su bondad sobre nosotros de modo que seamos llenos de su gracia y completamente cautivos por ella. Pero sucede que si nos trata gentilmente conforme a su propia naturaleza e inclinación, estamos perdidos. De modo que debe, por así decirlo, cambiar de parecer, es decir, mostrarse distinto hacia nosotros de lo que es. ¿Y cuál es la causa de ello? Nuestra desesperante maldad. Por eso tenemos buenos motivos aquí para ser confundidos de vergüenza, viendo que él tiene (como ustedes dirían) que disfrazarse, si quiere evitar que perezcamos. En cuanto a esta frase lo dicho es suficiente.
Pero puesto que no podemos hacer una buena aplicación de esta doctrina a nuestro uso sin añadir lo que sigue, procedamos a unir ambas cosas. Dice: "Por tanto, no menosprecies la corrección del Todopoderoso, porque él es quien hace la llaga, él la vendará ; él hiere y sus manos curan y ponen vendajes adecuados sobre la herida, y después de enviar la enfermedad él la sanará." Aquí se no exhorta a no rehusar las correcciones de Dios, y las razones se exponen claramente: esto es, para ser claros, porque Dios quiere hacer las cosas bien. En ello consiste la dicha mencionada por Elifaz. Aprendamos aquí cuando Dios quiere exhortarnos a la paciencia no solamente nos dice que no podemos evitar su mano, que perdemos el tiempo rebelándonos contra él, que a pesar nuestro tenemos que transitar ese camino, y que no podemos resistir esa necesidad; de lo contrario sería "paciencia de Lombardo" como la llaman, si crujimos los dientes y nos levantamos contra Dios, cuanto podemos, de modo de no practicar la paciencia sino por la fuerza. Por eso, si queremos ser pacientes con respecto a Dios tenemos que acercarnos a él por otros medios: esto es, para ser claros, al final tenemos que ser consolados, como lo dice San Pablo en Romanos 15:4, donde une, como inseparables, estas dos cosas: es decir, (1) a efectos de que podamos tener paciencia en todas nuestras adversidades, es preciso que gustemos la bondad de Dios, recibiendo gozo por medio de su gracia, y (2) debemos convencernos de que las aflicciones provenientes de su mano son para nuestra salvación. Y esto es lo que se nos muestra en este pasaje cuando dice: No rehúses la corrección del Todopoderoso; porque él es el médico para todas nuestras heridas, es él quien te enviará sanidad para todas tus dolencias. Dios nos muestra aquí que su intención no es que los hombres estén sujetos a él diciendo: Puesto que no nos queda otra alternativa, que Dios sea nuestro Maestro; ya que no podemos escapar de su dominio." No se trata de acercarnos así a él. El Señor dice, en cambio: "No, sean pacientes, humíllense ante mí y reciban la advertencia encerrada en mis juicios para que no murmuren contra mí, ni me desafíen; de otra manera tendrán que ser aplastados por mi mano, ciertamente, al extremo de ser totalmente molidos. Pero si con toda humildad reconocen sus faltas, y vienen a mí y piden perdón por ellas experimentarán tan alivio de sus males que en medio de las mayores aflicciones tendrán ocasión de darme gracias." Esto es, les digo, lo que debemos meditar para tener verdadera paciencia. Entonces, viendo que somos rebeldes contra Dios, que tan pronto nos toca con su meñique nos ofendemos; viendo también que tenemos semejante orgullo en nosotros que ante cada castigo de Dios creemos que nos está tratando mal; cuando, les digo, tenemos estos dos grandes vicios, resulta difícil purgarnos de ellos. Tanto más debemos meditar en la doctrina que se nos muestra aquí: es decir, que Dios al afligirnos quiere someternos a sí mismo, sí, para nuestro beneficio y para nuestra salvación.
Además debemos notar claramente la promesa que aquí se expone, es decir: que Dios curará la herida que ha causado. Es cierto que esto no se aplica a todos, pero sí aplica a aquellos que reciben pacíficamente las correcciones.2 Sin embargo, notemos que Dios quiere que todos sean amonestados a volver a él, viendo que les muestra semejante bondad.3 Pero, ¿qué es lo que vemos? Hay muchos que no experimentan lo que aquí se quiere decir; y es por eso también que vemos tanta impaciencia, tantas murmuraciones; tantas blasfemias contra Dios. Las correcciones están en todas partes; pero, ¿adonde está el arrepentimiento? No lo hay; en cambio vemos que aparentemente los hombres se conspiran a resistirse, hasta el límite, a Dios. ¿Por qué es eso? Es porque hay muy pocos que entienden esta doctrina, que reciben esta promesa diciendo: "Señor, es asunto tuyo curar las heridas que tú hayas podido causar y dar salud al enfermo." Entonces, retengamos bien esta lección, viendo ciertamente que se la reitera tantas veces. Porque no es solamente en este pasaje que el Espíritu Santo habla así; vemos, en cambio, que se dice: "El Señor nos aflige, y al tercer día nos sana."4 De modo que si nos ha aplicado un azote no por eso hemos de pensar que no quiere ser propicio hacia nosotros cuando nos acerquemos a él. Si por medio de los profetas se nos hace tal exhortación, es como si Dios dijera: "Es cierto que los he afligido durante algún tiempo, pero mi misericordia seguirá con ustedes; ella será perpetua; que hayan sentido alguna ira, algún signo de enojo, como el padre que se enfurece con su hijo, no era porque yo los odiaba; pero era preciso que ustedes pudieran experimentar el resultado de sus pecados y reconocer que detesto los pecados; pero al final verán que solamente quiero curar las heridas y sanarlos de los males que les he enviado." Ahora, es cierto que a primera vista no pareciera corresponder a Dios el complacerse en curar heridas después de haberlas causado. ¿Por qué no nos deja mejor en paz y prosperidad? Pero ya les he demostrado que las llagas hechas por Dios son como otras tantas dosis de medicina. Entonces aquí se nos muestra una doble gracia: (1) Una se deduce de que cuando Dios nos aflige es porque procura nuestro beneficio; nos lleva al arrepentimiento, nos purga de nuestros pecados y aún de los que nos son ocultos. Porque Dios no se conforma con remediar meramente los males ya existentes, sino que considera que en nosotros se oculta mucha semilla mala. Entonces pone, anticipadamente, las cosas en orden; es una bendición especial que nos otorga cuando aparentemente se vuelve contra nosotros con su espada desenvainada, para darnos una señal; de su enojo; cada vez que lo hace nos muestra que es nuestro médico. Esa es la primera gracia. (2) Luego, esta es la segunda gracia, que también se nos muestra claramente: es decir, que Dios sana la herida que nos ha causado y la cura. Es lo que ya he mencionado de San Pablo (I Corintios 10:13) que no nos permite ser tentados más allá de lo que podemos llevar, sino que él hace una buena obra con todas nuestras tribulaciones.
Entonces, aunque las correcciones sean útiles para nosotros, incluso necesarias, y aunque Dios tiene que invitarnos de diversas maneras a volver a él, no obstante nos guarda, no considerando solamente lo que nuestros pecados requieren, sino lo que somos capaces de soportar. Y es por eso que dice que nos castiga por medio de manos humanas, que su ira no es tan grande como su poder. Porque, ¿qué pasaría si Dios extendiese su mano contra nosotros? Ciertamente, ¿qué criatura podría subsistir delante de él? Ciertamente, con sólo mostrar el enojo de su rostro todo el mundo perecería; y aunque no lo hace, con sólo quitarnos su Espíritu, todo perecería como dice el Salmo 104:29. En cambio, nos trata amablemente,5 y al mismo tiempo también retira su mano de sobre nosotros cuando nos ve tan molidos y doblegados bajo la carga; él nos guarda, siempre y cuando seamos de espíritu humilde, tendiendo la correcta disposición. Porque sabemos lo que declara en su ley que si venimos atacándole él vendrá de la misma manera contra nosotros, como también lo dice el Salmo 18:27. "Severo seré para con el perverso." En vano pensamos que vamos a llegar a alguna parte con el perverso, es decir, será duro cuando los hombres empleen tan obstinada malicia contra él, y bajo su dureza serán totalmente deshechos. Pero cuando tenemos buena disposición6 para sujetarnos a la mano fuerte de Dios, es cierto que siempre hallaremos en él lo que aquí se dice. Deduzcamos entonces, lo que se nos declara por medio del apóstol (I Pedro 5:6) "Humillaos," dice, "bajo la poderosa mano de Dios"; porque todo aquel que humilla su cabeza, todo aquel que dobla sus rodillas ante Dios para rendirle homenaje, si cae, sentirá la mano de Dios levantándolo; pero aquel que se opone a Dios tiene que sentir su mano contra sí mismo. ¿Queremos sentir entonces la mano de Dios entre nosotros para ayudarnos? Humillémonos; pero, /.todo aquel que se oponga necesariamente dará contra la mano de Dios entre nosotros para ayudarnos? Humillémonos; pero todo aquel que se oponga necesariamente dará contra la mano de Dios y sentirá que un rayo lo arroja al abismo. De modo que recordemos bien esta enseñanza encerrada en las palabras: "No rehúses la corrección del Todopoderoso." Cuando hayamos captado el significado de la bondad de Dios, cuando hayamos conocido su amor paternal, ello endulzará para nosotros las aflicciones que de otra manera nos parecerán severas y amargas. Sin embargo, cada uno de nosotros tiene que aplicar esta enseñanza a su propio uso. Porque será muy fácil decir: "Bendito sea Dios que así castiga a los hombres" pero al ser castigados nosotros, no elevan alabanzas, sino más bien, murmuraciones contra él. Ahora bien, nunca debemos hacer semejante cosa; en cambio, cuando somos afligidos privadamente, recibamos con paciencia la corrección, y apliquemos a nosotros mismos las exhortaciones que sabemos dar tan bien a otros. Reconozcamos entonces, que no hay ninguno de nosotros que no tenga tantos vicios en sí mismo y que son como tantos males que Dios no puede remediar excepto por medio de la aflicción que nos envía. Es cierto que si él quisiera usar poder absoluto podría hacerlo de otra manera; pero no estamos hablando del poder de Dios. Solamente estamos discutiendo los medios que extiende hacia nosotros. Puesto que entonces, que Dios anhela este arreglo de remediar nuestros vicios afligiéndonos, cada uno debe estudiar esta lección por sí mismo, a efectos de que confesamos con David: "Señor, me ha sido de provecho que me hayas humillado"(Salmo 119: 67). David no está hablando de otros como diciendo, "Señor, has hecho bien en castigar a los transgresores," sino que comienza consigo mismo. Es así como debemos hacerlo. Y es eso lo que aquí se nos muestra por el Espíritu Santo, "he aquí bienaventurado el hombre a quien Dios castiga." ¿Y por qué? Porque los humanos no pueden admitir por sí mismos ser gobernados por Dios; se resisten y siguen incorregibles; por eso les es necesario y provechoso que Dios los castigue. Ahora, puesto que hoy vemos la mano de Dios levantada, tanto en general como en particular, debemos ser tanto más afectados por esta enseñanza. Se ven cosas tan absurdas. Entonces, ¿vamos a mostrarnos asombrados si Dios manifiesta tal severidad? De todos modos, es cierto que si no lo hiciera, nos guardaría de muchos males. Es cierto que aparentemente no castiga a los malvados como a nosotros, aunque son tan rebeldes y obstinados como pueden; por otra parte, no importa cuánto sea amonestado porque de ninguna manera están dispuestos a conformarse a Dios. Pero, ¿qué de ello? El les manda advertencias por medio de las aflicciones que pone ante sus ojos en otras personas y, ciertamente, algunas veces se las hace sentir a ellos mismos; él condenará su insubordinación, tanto más cuanto ellos siguen tan rebeldes y obstinados. Ahora, de nuestra parte, oremos a Dios que no permita que nos endurezcamos tanto, sino que tan pronto nos dé muestras de su ira, el Espíritu Santo obre de tal modo en nosotros que la dureza de nuestro corazón sea atenuada, a efectos de dar lugar a su gracia, habiéndonos recibido en su misericordia, según tenemos necesidad de ella, y según podemos percibirla, si no somos demasiado estúpidos. Ahora, inclinémonos en humilde reverencia ante el rostro de nuestro Dios.

***


NOTAS DELTEXTO
SERMÓN NO. 3

*Sermón 21 en Calvini Opera, Corpus Reformatorum, V. 33, pp. 258-270.
1.Amos 5:16-20.
2.Francés: benignement, benignamente.
3.Francés:  douceur, dulzura.
4.Oseas 6:1,2.
5.Francés: humainement, humanamente.
6.Francés: une esprit debonnaire.

Comentario a Romanos 12.1-2


 Juan Calvino

Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro racional culto.Y no os conforméis a este siglo; mas reformaos por la renovación de vuestro entendimiento, para que ex‐perimentéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. ( Romanos 12.1-2)

Sabemos muy bien que los disolutos y desordenados están habituados placenteramente a deducir carnalmente todo cuanto en la Escritura se refiere a la infinita bondad de Dios; también los hipócritas, como si la gracia de Dios apagase el afecto ycuidado de vivir bien y honestamente, creen que esa bondad divina les da pie para un mayor artevimiento en el pecado, oscureciendo la sabiduría de la gracia con su malignidad. El conjuro que San Pabloprofiere, suplicando a los romanos vivamente, demuestra que hasta que los hombres no comprendan ylleven en sus espíritus impreso cómo deben sujetarse a la misericordia de Dios, jamás le podrán servircon verdadero afecto, y tampoco podrán sentirse fuertemente incitados a temerle y a obedecerle. Los papistas también, infundiendo terror en las almas, tratan de obligarlas en no sé qué clase de obediencia forzosa.
Pero San Pablo, para unirnos más a Dios, no por un miedo servil, sino por un amor justo, sincero, voluntario y alegre apela a la dulzura de la gracia, base de nuestra salvación, reprochándonos, almismo tiempo, nuestra ingratitud, porque haciéndonos sentir que Dios es nuestro Padre, benigno y liberal, no ponemos todo nuestro interés en dedicarnos y consagrarnos completamente a El. San Pablo sobrepasa a todos en la glorificación de la gracia divina, y es mucho más eficaz en su modo de expresarse dirigiendo esta exhortación. Porque si la doctrina por él manifestada anteriormente no, puede incendiar el corazón humano en el amor divino, haciéndole sentir tan abundantemente esa bondad de Dios hacía él, es que tal corazón es más duro que el hierro. ¿Adónde, pues, se quedan aquellospara quienes todas las exhortaciones acerca de la santidad de la vida no tienen razón de ser, puesto quela salvación de las almas depende de la gracia de Dios solamente, no habiendo más enseñanzas, ordenanzas ni amenazas tan adecuadas para levantar e inducir el espíritu de los creyentes a la obediencia de Dios, que la consideración atenta y el vivo sentimiento de la bondad divina hacia ellos? Descubrimos también la dulzura espiritual del Apóstol, quien ha prerefido mejor dirigirse a los fieles por medio de admonciones y súplicas amables que utilizar mandamientos rigurosos, sin duda porque él sabía que este método aprovecharía más a los creyentes dóciles.

Que presentéis vuestros cuerpos  en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Este es el camino trazado para dirigirnos rectamente en la práctica de las buenas obras, es decir, el darnos cuenta de que estamos consagrados al Señor. Pues de eso se deduce que ya no debemos vivir para nosotros mismos, puesto que hemos de dedicar a la obediencia de Dios todas las actuaciones de nuestra vida. Tenemos aquí dos cosas que necesitamos considerar: Primera, que pertenecemos al Señor; segunda, que debemos ser santos, porque sería deshonrar la majestad divina si no le ofreciéramos algo que no estuviere consagrado. Sobre este fundamento comprenderemos que la santidad debiera ser para nosotros un ejercicio continuo, de tanta duración como nuestra vida, y que, por el contrario, sería una especie de sacrilegio caeren la impureza, porque tal cosa equivaldría a profanar algo ya santificado. El Apóstol emplea aquí por todo lugar una exquisita corrección en el lenguaje. Primeramente dice que es preciso que nuestro cuerpo sea ofrecido en sacrificio a Dios. Quiere decir que nosotros no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que estamos bajo la potestad divina. Eso jamás podrá lograrse másque renunciando a nosotros mismos en una abnegación completa.Después, por los epítetos que añade, nos dice cómo debe ser ese sacrificio. Al llamarle sacrificio vivo, indica que somos inmolados al Señor, es decir, que nuestra primera vida, entregada a la muerte y negada en nosotros, resucita a una nueva vida.
Por la palabra santo, se refiere a la propiedad exigida para el sacrificio, acerca de la cual ya hablamos. Porque la víctima del sacrificio es agradable y aceptada por Dios cuando va precedida de la santificación.El tercer epíteto, agradable a Dios, nos recuerda, por un lado, que nuestra vida no se halla en orden como conviene más que cuando levantándonos entregamos al agrado de Dios la inmolación de nosotrosmismos; y por otro lado, que ella nos proporciona un especial consuelo, porque nos muestra que Diosacepta nuestro deseo aprobándolo con agrado, viendo que nos entregamos a la santidad y a la pureza. El Apóstol llama cuerpo, no solamente a la carne, sino también a nuestra personalidad. Ha utilizado expresamente esta palabra para indicar todo cuanto existe en nosotros, según la figura denominada sinécdoque. Pues los miembros del cuerpo son los instrumentos por los cuales los humanos pueden llevar a cabo sus actuaciones. En otras palabras, exige de nosotros no sólo la integridad y pureza del cuerpo, sino también del alma y del espíritu, como dice en 1 Tesalonicenses 5:23. El término griego que hemos traducido por presentar, es correcto. Porque cuando se nos ordena ofrecernos en sacrificio se alude a los sacrificios de la Ley dada por Moisés, los cuales eran llevados ante el altar a la presencia de Dios. Muestra, empleando un elegante vocablo, cuán grande debiera serla prontitud para recibir atentamente todo cuanto Dios quiere ordenarnos, para que sin dilación lo pon‐gamos en práctica. Entendemos por esto, que todas las personas que no tienen como objetivo servir aDios no hacen más que embrollarse y extraviarse neciamente.Vemos también por este pasaje cuáles son los sacrificios recomendados por San Pablo a la Iglesiacristiana. Porque, habiendo sido reconciliados con Dios por el sacrificio único de Cristo somos todos por su gracia convertidos en sacrificadores dedicando a la gloria de Dios cuanto somos y tenemos. El sacrificio de expiación ya está hecho y nadie puede volverlo a hacer sin deshonrar la cruz de Cristo.

Que es vuestro racional culto. Estas palabras, según mi criterio, han sido añadidas para explicar y conconfirmar mejor lo dicho antes, como si dijese: “Si os habéis decidido a servir a Dios, presentaos en sacrificio ante El”. Esta es la legítima y correcta forma de servir a Dios, y cuantos no la utilizan, empleando falsas señales, aparentan servirle. Porque si Dios no puede ser servido por nosotros como corresponde, conformando todos nuestros hechos a la norma que El mismo ha prescrito, de nada nos servirán todas las otras formas de servicio divino forjadas por los hombres, y seguramente abominadas por El, puesto que la obediencia a El vale más que todos los sacrificios que pudieran hacérsele (1 Sam. 15:22). Ciertamente, a los hombres les pa‐recen muy bellas sus invenciones y también, como San Pablo dice a los Colosenses 2:23, tienen una vanaapariencia de sabiduría; pero nosotros comprendemos lo que el Juez celestial dice en su contra por la‐bios de San Pablo, el cual, al llamar servicio razonable o racional al que El ordena, excluye todo cuanto seadistinto a la regla de su Palabra, considerándolo como locura, tontería y temeridad.

Y no os conforméis a este siglo, mas reformaos por la renovación de vuestro entendimiento. Aunque la palabra mundo tenga muchos significados, equivale aquí a vida o manera de hacer las cosas, según la costumbre natural y común, y no sin razón El nos prohibe ajustamos a eso. En el mundo todo es perversa dulzura y si deseamos sinceramente vestirnos de Cristo, nos conviene despojarnos de todo aquello que de él proceda. Y para que este modo de hablar no se preste a duda, el Apóstol ordena que seamos transformados o reformados por la renovación de nuestro entendimiento. Estas antitesis por medio de las cuales la idea es más claramente expresada son muy corrientes en las Escrituras.Debemos saber cuidadosamente a qué renovamiento se refiere el Apóstol, porque seguro que no setrata de la renovación de la carne, entendiendo  por eso, como dicen los sorbonistas, que la carne es la parte inferior del alma, sino también del entendimiento, lo más excelente que hay en nosotros y alcual atribuyen los filósofos la soberanía. Por eso llaman al entendimiento usando una palabra que significa gobierno y dirección capitana, afirmando que la razón es como una reina muy sabia. Pero San Pablo derriba ese trono orgulloso que ellos la levantan, precipitándolo abajo y hasta reduciéndolo a la nada, cuando dice que es preciso que seamos renovados de nuestro entendimiento. Porque aun cuando nosalabemos, esta sentencia de Cristo permanece verdadera, diciéndonos que quien quiera entrar en el Reino de Dios, tiene que renacer totalmente, pues todos estamos completamente alejados de la justicia de Dios en nuestro corazón y en nuestro entendimiento.

Para que experimentéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. He aquí el objeto por elcual se nos ha dicho que nos conviene revestirnos de un nuevo entendimiento: Para que renunciando atodas las inaginaciones y deseos procedentes de unos y otros, nos conservemos siempre en la vocaciónde Dios, en la cual la inteligencia es verdadera sabiduría. Es necesario que nuestro entendimiento searenovado para que podamos experimentar cuál es la voluntad de Dios y lo que es opuesto a Dios.Los epítetos añadidos proclaman la alabanza de la voluntad divina, para que con mayor gozo de co‐razón nos esforcemos por conformarnos a ella. En efecto, para reprimir y destruir nuestra obstinación ynuestra orgullosa terquedad es muy necesario que la alabanza de la justicia y de la perfección sea atri‐buida a la voluntad de Dios, sin dársela a ningún otro. El mundo cree que las obras por él imaginadasson buenas; pero San Pablo, por el contrario, grita alto y claro diciendo que es menester examinarlas a laluz de los mandamientos divinos que son quienes dicen lo que es bueno y recto. El mundo aplaude y se          envanece con sus invenciones; pero San Pablo afirma que nada agrada a Dios, sino lo que El ordena. El mundo para encontrar la perfección se aparta de la Palabra de Dios y corre tras nuevas fantasías; pero San Pablo, al establecer en la voluntad de Dios toda perfección, demuestra que cualquiera que traspasa esos limites se equivoca.

Comentario de 1 TIMOTEO 4:11-16


1 TIMOTEO 4:11-16

11. Esto  manda y  enseña.
12. Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza.

13.    Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza.
14.   No  descuides el don  que hay en ti,  que te fue  dado  mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio.
15.   Practica  estas  cosas.  Ocúpate en  ellas,  para  que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos.
16.   Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren.


11. . Pabló enseña que la doctrina es de tal naturaleza, que los hombres no deben cansarse de ella, aunque la oigan todos los días. Hay, sin duda, otras cosas que deben enseñarse; pero él pone énfasis en el demostrativo esto; porque con ello nos quiere decir que no son cosas insignificantes, en las cuales hay que fijarse sólo de pasada y brevemente; sino que, por el contrario, merecen ser repetidas cada día, porque jamás podrán inculcarse en demasía. Por lo tanto, un pastor prudente debe considerar cuáles cosas son necesarias principalmente, para que les preste atención. Tampoco hay razón para temer que ello se haga tedioso; porque cualquiera que sea de Dios escuchará gustosa y asiduamente aquellas cosas que necesitan repetirse con frecuencia.

12. Ninguno tenga en poco tu juventud. Pablo dice esto tanto en relación a otros, como a Timoteo. En cuanto a otros, él no desea que la edad de Timoteo le impida esa reverencia que merece, a condición de que, en otros respectos, se comporte como es pronto de un ministro de Jesucristo. Y, al propio tiempo, instruye a Timoteo a suplir por la seriedad de su conducta lo que le falta en edad. Como si dijera: "Ten cuidado de que, mediante la seriedad de tu comportamiento, te procures tan grande reverencia que tu edad juvenil, que, en otros respectos, lo expone a uno al menosprecio, no te reste nada de tu autoridad". De aquí aprendemos que Timoteo era todavía joven, aunque ocupaba un puesto de distinguida excelencia entre muchos pastores; y que es un penoso error calcular, por el número de años, cuánto se le debe a una persona.

Sino sé ejemplo de los creyentes.1 En seguida le informa de cuáles son los verdaderos ornamentos: no las marcas externas, como el báculo del obispo, el anillo, la capa, y bagatelas semejantes, o matracas de niños; sino integridad en la doctrina y santidad de vida. Cuando dice: en palabra y conducta, el significado es lo mismo que si dijera: "por palabras y acciones", y, por consiguiente, por la vida entera.
Las cosas que siguen forman parte de una conducta piadosa: amor, espíritu, fe, pureza. Por la palabra espíritu, yo entiendo ardiente celo por Dios, si es que no se piensa en interpretarlo en forma más general, a lo cual yo no pongo objeción. La pureza no se contrasta sencillamente con la suciedad, sino que denota limpieza integral de la vida. De aquí aprendemos que aquellos que actúan de manera tonta y absurda, que se quejan de que no se les tributa honor, mientras que nada tienen en sí que sea digno de aplauso, se exponen ellos mismos, por el contrario, al menosprecio, tanto por su ignorancia, como por su detestable ejemplo de vida, o por la ligereza de vida u otras abominaciones. La única forma de alcanzar el respeto es por las virtudes excelentes, para protegernos contra el menosprecio.

13. Ocúpate en la lectura. Pablo conocía la aplicación ("Ten mucho cuidado en vivir una vida santa y sin mácula. Que tu preocupación sea dar un buen ejemplo a aquellos a quienes vayas a enseñar, un ejemplo de sobriedad, templanza, justicia, y un debido control de la lengua. Que no se diga que tú predicas lo que no practicas; porque puedes estar seguro de que los pecadores perversos que no oigan un buen consejo se esforzarán por aferrarse ellos mismos al pecado mediante un mal ejemplo. Los ejemplos algunas veces hacen bien, particularmente cuando los preceptos tienen poca fuerza. El instructor sabio y feliz es aquel que puede decir con sinceridad, hasta cierto grado, como el Apóstol, cuando se dirige en forma solemne a sus oyentes: «Haz aquellas cosas que de mí has aprendido, recibido y oído». Una religión así de sincera es la que debe practicar todo aquel que dispensa el pan de vida." Abraham Taylor.), de Timoteo, y sin embargo le recomienda ser diligente en la lectura de las Santas Escrituras. ¿Cómo podrán los pastores enseñar a otros si ellos mismos no están deseosos de aprender? Y si a un hombre tan importante se le aconseja estudiar a fin de que progrese día tras día, ¿cuánto más necesitamos nosotros de ese consejo? ¡Ay de aquellos perezosos que no escudriñan los oráculos del Espíritu Santo día y noche, (Nuestro autor pudo haber tenido ante sus ojos el consejo del poeta: "Vos exemplaria Graeca Nocturna  vérsate  manu,  vérsate  diurna." "Examina los ejemplos de los griegos de día y de noche." Siempre  ha  sido  un  rasgo prominente  en  el  carácter  de  un buen hombre, que "su delicia sea en la ley del Señor, y que en su ley medite de día y de noche" (Sal 1:2). ¡Cuánto más nosotros debemos esperar razonablemente que el siervo de Cristo, que habla a la gente en nombre de su Maestro, y que su deber es "enseñarles lo que está escrito en la Escritura de verdad" (Dan. 10:21), lea devota y asiduamente los oráculos de Dios!  (N.  del E.), a fin de aprender de ellos la forma de desempeñar su oficio!

Entretanto que voy. Esta referencia al tiempo añade importancia adicional a la exhortación; porque, aunque Pablo esperaba ir pronto, con todo, no deseaba que entretanto Timoteo permaneciera ocioso aun por breve tiempo; ¡cuánto más debemos mirar nosotros hacia adelante solícitamente a toda nuestra vida!
La exhortación y la enseñanza. Para que no pensara que una lectura descuidada era suficiente, Pablo, al propio tiempo, demuestra que debe ser explicada con miras utilitarias, cuando le manda poner diligente atención en "la enseñanza y la exhortación"; porque, indudablemente, la Escritura Sagrada es la fuente de toda sabiduría, de la cual los pastores deben sacar todo lo que ponen delante de su rebaño.

14. No descuides el don que hay en ti. El Apóstol exhorta a Timoteo a emplear, para la edificación de la Iglesia, la gracia con la cual había sido dotado. Dios no desea que los talentos —que Él ha otorgado a cualquier persona— se pierdan, o sean escondidos debajo de la tierra sin provecho (Mt. 25:18,25).
Descuidar un don es guardarlo descuidadamente e inactivo por la pereza, de modo que, habiéndose enmohecido, se desgasta sin producir ningún resultado. Consideremos, pues, cada uno de nosotros, qué clase de don poseemos, para utilizarlo diligentemente.

Afirma que la gracia le fue otorgada por la profecía. ¿Cómo fue esto? Fue porque, como ya hemos dicho, el Espíritu Santo señaló a Timoteo por revelación, para Que fuese admitido dentro del rango de los pastores; porque no sólo había sido escogido por la decisión de los hombres, en forma ordinaria, sino que previamente había sido nombrado por el Espíritu Santo.

Con la imposición de las manos del prebisterio. Pablo dice que el don fue conferido "con la imposición de manos". Como de esta ceremonia, y de su origen y significado, ya he dado previamente una breve explicación, el resto podrá aprenderse de la Institución de la Religión Cristiana (IV, iv).

Los que piensan que el presbiterio se emplea aquí como un nombre colectivo, para "el colegio de presbíteros o ancianos", creo yo que están acertados en su opinión; aunque, después de considerar todo el asunto, reconozco que un significado diferente no es inaplicable, es decir: el presbiterio o presbiterado es el nombre de un oficio. Pablo coloca la ceremonia para el mismo acto de la ordenación; y, por consiguiente, el significado es que Timoteo —habiendo sido llamado al ministerio por la voz de los profetas, y después solemnemente ordenado— fue, al propio tiempo, investido de la gracia del Espíritu Santo para el desempeño de su oficio. De aquí inferimos que ésta no fue una ceremonia inútil, porque Dios, por su Espíritu, efectuó esa consagración, la cual los hombres expresaban simbólicamente "mediante la imposición de manos".

15. Practica estas cosas.    Cuanto más  grande sea  la dificultad en desempeñar fielmente el misterio de la Iglesia, más seriamente debe dedicarse el pastor a ello, y con todas sus fuerzas; y eso no sólo por un breve tiempo, sino con perseverancia inagotable. ("Sino  perseverando  hasta  el  fin.")
Pablo, pues, recuerda a Timoteo que este trabajo no deja lugar para la indolencia, o para descuidar sus labores, sino que demanda la mayor laboriosidad y constante aplicación.

Para que tu aprovechamiento sea manifiesto. Añadiendo estas palabras le enseña que debe laborar a este fin, para que por su instrumentalidad la edificación de la Iglesia pueda avanzar más y más, y que los resultados correspondientes puedan ser visibles; porque no es el trabajo de un solo día, y, por consiguiente, debe esforzarse por progresar cada día. Algunos refieren esto a Timoteo, para que aventaje más y más; pero yo prefiero interpretarlo como refiriéndose al efecto de su ministerio.
Los vocablos griegos en pasin, pueden traducirse indistintamente a todos los hombres, o en todas las cosas. En esta forma incluye un doble significado; ya sea, "para que todos vean el progreso resultante de sus labores", o "que en todos los respectos, o en toda forma posible (lo cual es lo mismo), puedan ser visibles". Yo prefiero lo último.

16. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina. Hay dos cosas de las cuales un buen pastor debe tener cuidado: ser diligente para enseñar, y guardarse puro a sí mismo. ("Y  guardarse  puro  de  todos  los  vicios.")

No es bastante si él amolda su vida a todo lo que es bueno y recomendable, y se abstiene de dar un mal ejemplo, si de igual manera no añade a una vida santa la continua diligencia en la enseñanza; y por otra parte, la doctrina será de poco valor, si no existe la correspondiente bondad y santidad de vida. Con buena razón, pues, Pablo apremia a Timoteo a "tener cuidado", tanto de sí mismo como de la doctrina, para el provecho general de la Iglesia. Por otra parte, recomienda constancia, para que no se enfade; porque hay muchas cosas que pasan con frecuencia, que pueden desviarnos de lo recto si no asentamos nuestro pie para resistir firmemente.

Pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren. No es por demás que estimulemos a nuestros pastores a que sean solícitos, porque ellos saben que su propia salvación, y también la de los otros, depende de la dedicación y perseverancia con que ellos se dediquen a su oficio. Y como a la doctrina que edifica sólidamente se le presta poca atención, Pablo dice que debe considerarse lo que es provechoso. O como si dijera: "Que los hombres deseosos de gloria se alimenten de sus propias ambiciones, y que ellos mismos se alaben su ingeniosidad; pero a ti, en cambio, que te sea suficiente el dedicarte a tu propia salvación y a la de los demás."

Ahora bien, esta exhortación se aplica a toda la Iglesia en general, para que no se escandalice de la sencillez que al mismo tiempo vivifica las almas y las preserva sanas. Ni tampoco debe extrañarse de que Pablo atribuya a Timoteo la obra de salvar la Iglesia; porque, ciertamente, todo lo que se gana para Dios es salvado, y es por la predicación del Evangelio que somos unidos a Cristo. Y así como también la infidelidad o el descuido del pastor es desastroso para la Iglesia, así la causa de la salvación es justamente atribuida a su fidelidad y diligencia. Es cierto que sólo Dios es quien salva; y ni siquiera un ápice de Su gloria puede legalmente atribuirse al hombre. Pues Dios no comparte ninguna porción de Su gloria cuando Él se vale de la instrumentalidad de los hombres para otorgar la salvación.

Nuestra salvación, por lo tanto, es exclusivamente una dádiva de Dios, porque sólo de Él procede, y por Su solo poder es realizada; y por consiguiente, a Él solo, como el Autor, debe atribuirse. Mas no por eso deberá excluirse e! ministerio de los hombres, ni todo esto interfiere en ninguna forma con la saludable tendencia de ese gobierno sobre el cual, como Pablo demuestra, se basa la prosperidad de la Iglesia (Ef. 4:11). Además, ésta es completamente la obra de Dios, porque es Él quien forma los buenos pastores, y los guía por su Espíritu, y bendice sus labores, para que no sean infructuosas.

Si en esta forma un buen pastor constituye la salvación de sus oyentes, que los hombres malos y negligentes sepan que su destrucción debe atribuirse a aquellos que tienen cargo de ellos; porque, así como la salvación del rebaño es la corona del pastor, así también de los pastores descuidados se requerirá todo lo que se pierda. Otra vez se dice que un pastor se salva a sí mismo cuando, desempeñando fielmente el oficio que se íe ha encomendado, obedece a su llamamiento; no sólo porque evita esa terrible venganza que el Señor anuncia por medio de Ezequiel: "Su sangre yo la demandaré de tu mano" (Ez. 33:8), sino porque es usual hablar de los creyentes corno obrando su salvación cuando caminan y perseveran en dicha salvación. De esta forma de expresión ya hemos hablado en nuestra exposición de la Epístola a los Filipenses (2:12).


Sobre la Segunda Venida de Nuestro Señor!

Porque es justo para con Dios pagar con tribulación á los que os atribulan; Y á vosotros, que sois atribulados, dar reposo con nosotros, cuando se manifestará el Señor Jesús del cielo con los ángeles de su potencia, En llama de fuego, para dar el pago á los que no conocieron á Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; Los cuales serán castigados de eterna perdición por la presencia del Señor, y por la gloria de su potencia, Cuando viniere para ser glorificado en sus santos, y á hacerse admirable en aquel día en todos los que creyeron: (por cuanto nuestro testimonio ha sido creído entre vosotros.) II Tesalonicenses 1:6-10 RVR 1909

Nuestro Señor tiene que aparecer procedente del cielo. Este es uno de los principales artículos de nuestra fe. Su venida no tiene que ser inútil. En consecuencia tenemos que esperar esa venida, esperando nuestra redención y salvación. No tenemos que dudar de ella. Porque ello violaría todo lo que nuestro Señor Jesucristo hizo y sufrió. Pues, ¿por qué descendió a este mundo? ¿Por qué fue vestido con carne humana? Por qué fue expuesto a la muerte? ¿Por qué fue levantado de la muerte y levantado al cielo? Así, que esta venida de nuestro Señor es para sellar y ratificar todo lo que hizo y sufrió para nuestra salvación. Ahora bien, esto debería alcanzar suficientemente para resistir todas las tentaciones de este mundo.

Pero, puesto que somos tan frágiles que no podemos poner fe en lo que Dios nos dice, ahora San Pablo usa otro argumento para confirmarnos mejor en esta esperanza, a la cual nos ha exhortado en la persona de los tesalonicenses. Dios no permitirá que lo desprecien de esa manera quienes rechazan el evangelio, sin tener en cuenta la majestad celestial de Dios. No está dispuesto a permitir que sus criaturas se levanten contra él y lo resistan. Por eso deberíamos estar tanto más confirmados en la esperanza de nuestra salvación, ya que Dios está interesado en ella como si fuera su propia causa. Este es un punto que deberíamos notar bien.
Aunque Dios nos asegura ampliamente su interés en nuestra salvación, nuestra naturaleza está tan llena de desconfianza que siempre dudamos. Pero cuando somos confrontados con la enseñanza de que Dios mantendrá su derecho y que no permitirá que su majestad sea pisoteada por los hombres, ello debería llenarnos de seguridad. Luego es cierto que Dios nos da esta gracia de unir su gloria con nuestra salvación de manera que exista una unión separable entre ambas. Puesto que Dios no puede sino mantener su majestad contra el orgullo y la rebelión de los hombres, ¿cómo no será infaliblemente cierto que nuestro Señor Jesús va a venir para darnos liberación y reposo?

Notemos entonces, que Jesucristo no puede mantener la gloria de su Padre si no se declara a si mismo como nuestro Redentor. Estas cosas no pueden ser separadas. Vemos el infinito amor de Dios para con sus fieles al unirse de tal manera a ellos que, así como no puede olvidarse de su gloria, tampoco no puede olvidar nuestra salvación. Si él emplea su poder para vengarse de aquellos que le resisten, castigará tanto más a aquellos que han afligido injustamente a los suyos. Eso es lo que San Pablo quiere decir cuando afirma aquí que Jesucristo vendrá incluso para tomar venganza de aquellos que no han conocido a Dios ni obedecido su Evangelio. Es como si dijera: «Aquí están tus enemigos que te persiguen. ¿Quieres poner en duda ahora que Dios considera tus aflicciones a efectos de tenerte piedad y aplicar el remedio? ¿Piensas que Dios no tiene en cuenta su propia gloria y que no está dispuesto a mantenerla? Aunque los adversarios te aflijan debido a que sigues el evangelio, Dios, al mantener su propia causa se manifestará como tu protector.»

Sin embargo, San Pablo nos da aquí otras amonestaciones que nos son muy útiles. Porque cuando habla de la venganza que está preparada para nuestros enemigos, dice: «Jesucristo vendrá, incluso con los ángeles de su poder y en llama de fuego.» ¿Y con qué propósito? Es para confirmar lo que sigue diciendo, es decir, que los enemigos del evangelio surtirán su castigo delante de Dios y delante del rostro de su gracia. Es como si dijera que jamás podremos comprender el tormento de los incrédulos, como que tampoco no vemos la gloria de Dios, porque cuando hablamos de la gloria de Dios sabemos que es infinita. No podemos medirla, mas tenemos que ser capturados por ella de asombro. Así es el horrible castigo preparado para los incrédulos, cuando Dios suelte su poder contra ellos. Porque así como es inestimable su majestad, también su tormenta tiene que ser incomprensible para nosotros. Suficiente con esto.

Además, cuando San Pablo habla de infieles y enemigos de Dios, dice: «No lo han conocido,» y que no han obedecido el evangelio, o que han sido rebeldes. Esta forma de hablar implica una doctrina muy útil. Porque si uno pregunta a los hombres si quieren hacer guerra contra Dios, aunque sean muy malvados, dirán que no. Sin embargo, hacen todo lo contrario a lo que profesan, puesto que no están dispuestos a estar totalmente sujetos al Evangelio. ¿Cómo es posible? Está escrito que no podemos obedecer a Dios excepto por fe. Así lo afirma San Pablo tanto en la Epístola a los Romanos como en el libro de los Hechos. Puesto que la fe consiste en auténtica obediencia, y obediencia como la que Dios demanda y aprueba, se deduce que todos los que no quieren creer el Evangelio son rebeldes contra él, y lo son en la medida en que son capaces de levantarse contra el. Si ellos protestan afirmando que esa no es su intención, los hechos son los mismos. Mediante esto se nos enseña que no podemos servir a Dios si en primer lugar no creemos en el Evangelio aceptando todo lo que contiene para humillarnos. En resumen, la fe es el principal servicio que Dios espera de los hombres. Es cierto, no obstante, que hemos de notar que la fe no es simplemente asentir con la mente lo que se nos enseña, sino que también tenemos que traer el corazón y los sentimientos. Porque no debemos aceptar únicamente con la boca y la imaginación lo que se nos dice, sino que la enseñanza tiene que ser impresa en el corazón, y debemos saber que no se nos permite oponernos a nuestro Dios. Al contrario, queremos seguir la doctrina ofrecida con un auténtico deseo. La fe entonces, proviene del corazón, donde tiene su raíz, y no consiste únicamente y simplemente de conocimiento. Porque si solamente estuviéramos convencidos de que el Evangelio es una doctrina razonable, aunque realmente no nos agrade, y que quizá incluso nos disguste y enoje, ¿acaso eso sería obediencia? Ciertamente, no.

Aprendamos entonces, a efectos de obedecer a Dios, a no solamente considerar como buena y santa la doctrina del Evangelio, sino a amarla y a unir reverencia con amor conforme a lo que David dice en la ley, que él la halla más dulce que miel y más preciosa que oro y plata. Entonces tenemos que considerar preciosa la doctrina del Evangelio, y tenerla en gran estima, más que todas las cosas que puedan parecernos dulces y dignas de amor. Cuando lo hacemos así, Dios aprobará nuestra obediencia. Ese es el servicio peculiar que él espera de nosotros. De lo contrario, será en vano que hagamos esto o aquello, todo cuanto intentemos será en vano que hagamos esto o aquello, todo cuanto intentemos será abominación delante de Dios, mientras no hayamos creído en el Evangelio.

En esto vemos cuán miserable es la condición de los papistas. Ellos mismos se atormentan más y más con sus así llamadas devociones. Creen estar bien asidos a Dios. Cuando bromean como lo hacen cuando balbucean sus Padrenuestros, cuando escuchan muchas misas, trotan en peregrinaciones, pagan dinero para hacer su abominación; cuando hacen todo esto creen que Dios tiene que concederles bienes equivalentes a sus méritos. ¿Y por qué entonces? Les falta lo principal que es la fe. Pues, aunque aquellas cosas no fuesen malas, ni contra Dios, sin embargo se volverán frívolas delante de Dios cuando de parte de los hombres son ofrecidas sin fe. Luego vemos que si bien los papistas trabajan confiadamente para servir a Dios solamente aumentan su propia condenación atrayendo aun más la ira de Dios sobre sus cabezas. Tanto es así que aquí se los llama rebeldes contra Dios, puesto que no quieren estar sujetos a la doctrina del Evangelio. Para estar seguros dirán: «Vean, nuestra intención es servir a Dios, y a ese efecto hacemos esto y aquello.»
Muy bien. Pero aquí está Dios que le invita. El le demuestra que el único bien que usted tiene está en su pura gracia y misericordia, que solamente en Jesucristo debe usted buscar salvación. El le declara que ha enviado a su Hijo para que usted pueda experimentar el resultado de su pasión, que en el nombre de Cristo y por medio de él serán recibidas y remitidas todas sus deudas, que usted no debe buscar a ningún otro abogado para hallar acceso a su majestad, que usted debería pedir ser renovado por su Espíritu Santo. He aquí nuestro Señor, hablando de esta manera. Ustedes, papistas, ¿qué están haciendo? No hay sino orgullo y presunción en ustedes. Como un toro ataca a todas las promesas que Dios les da y pretenden haber obtenido por sus propios medios lo que solamente puede darles Cristo. Ustedes depositan confianza en sus obras y méritos. Van para buscar patronos y abogados que les parecen bien. Entre tanto, Jesucristo es dejado de lado. No hay fe en ustedes. Le que es peor, ustedes son rebeldes contra Dios, libran una guerra mortal contra él, en vez de servirle y honrarle, como ustedes piensan que lo hacen.

De manera que, entonces, ciertamente tenemos que magnificar a nuestro Dios, porque nos ha rescatado de semejantes profundidades, y nos ha demostrado cuál es la verdadera entrada a su servicio, es decir, el nos une puramente a la doctrina del Evangelio y que recibamos las promesas que él nos da. Además, si percibimos que los hombres son humillados, esa es una auténtica preparación para conducirlos al servicio de Dios, incluso a la obediencia plena y perfecta que Dios aprueba. Ese es, entonces, un punto, que toda incredulidad es rebelión contra Dios, puesto que no hay obediencia a menos que comience por medio de la fe.

San Pablo dice que aquellos que no obedecen el Evangelio de ninguna manera conocen a Dios. Por lo cual vemos que la ignorancia no es una excusa para los hombres, aunque confíen en ella corno en un escudo. Les parece suficiente si no están abiertamente convencidos de haber pecado conscientemente. Afirman que Dios les tiene que perdonar todo. ¿De veras? Pero San Pablo dice específicamente que Jesucristo vendrá para destruir a aquellos que no han conocido a Dios. Comprendamos entonces, que estamos aturdidos y perdidos a menos que conozcamos a aquel que nos ha creado y a aquel que nos ha recibido. En efecto, eso es muy razonable. Porque, ¿porqué nos ha dado Dios sentido y espíritu, si no es para que conociéndolo lo podamos adorar, y para que podemos rendirle el honor que le pertenece. Les hombres quisieran ser estimados y honrados en gran manera, sin importar lo que le suceda a su Creador. ¿Acaso es correcto?
¿Acaso no es contra la naturaleza?

Sin embargo, noten que la ignorancia de los incrédulos no procede de una pura simpleza, sino que hay malicia, orgullo e hipocresía, que los llevan a no tener discreción ni sentido. ¿De qué manera? Porque si pudiéramos conocer a Dios, ciertamente vendríamos para humillarnos delante de él. Porque a los hombres les resulta imposible pensar lo que Dios es realmente, sin ser tocados en lo más Intimo por algún temor de manera de inclinarse ante él. De manera entonces, cuando somos rebeldes contra él, ello es señal de que nunca lo hemos conocido. Porque este conocimiento de Dios es algo demasiado vivo para nosotros como para decir que lo vemos y luego ser obstinados y rebeldes como incrédulos.
Si uno alega diciendo que son ignorantes, ello es cierto. Pero así también son malhechores e hipócritas. Porque, ¿acaso no tenemos todos nosotros suficientes cosas para afirmar que somos inexcusables? Aunque solamente existiera la semilla que por naturaleza Dios puso en nosotros, de manera que contemplando el cielo y la tierra debiéramos pensar que existe un Creador del cual procede todo, no obstante, Dios se revela a nosotros como en un espejo, mostrando su majestad y su gloria, y no existe nadie que no esté convencido de ello. Los más malvados, aunque se hayan mofado de Dios, viéndose en alguna desgracia, se refugiarán en él sin pensarlo. Porque Dios los impulsa a ello para despojarlos de toda excusa, de manera que los incrédulos no son tan ignorantes como para que no haya hipocresía en ellos. Ellos quieren cubrirse, puro cierran sus ojos conscientemente. En ello también hay orgullo y malicia. Porque si quisiéramos honrar a Dios tal como le corresponde, tendríamos una gran ansiedad por inquirir acerca de él y de su voluntad. Entonces, si somos tan cobardes y fríos, ello es señal de que lo despreciamos. Es decir, que no querernos ninguna otra cosa sino ser dejados en las tinieblas. ¿Cómo es posible eso? Porque si nos acercamos a Dios y él nos amonesta por nuestras faltas, deberíamos aprender a estar apesadumbrados por causa de nuestros pecados y a corregimos. Nos conformamos con estar dormidos en nuestros harapos. Así es como evitamos los penetrantes rayos de Dios.

Noten bien entonces, que no es sin causa que los hombres sean castigados, a pesar de su ignorancia. Porque no pueden alegar que fue simple ignorancia, sino más bien hipocresía, mezclada con orgullo y malicia. Es por eso que San Pablo afirma, que aquellos que han pecado sin la ley (es decir, aquellos que no han tenido el conocimiento de la palabra de Dios) también se perderán, agrega que Dios ha grabado una ley sobre el corazón de todos. Aunque quizá no tengamos las escrituras ni la predicación aun así tenemos a nuestra conciencia que debiera servimos de ley, y eso será suficiente para condenamos en el día final. Podremos tener muy bien muchos subterfugios para con los hombres y pensaremos que deberíamos ser eximidos, pero nuestra rendición de cuentas será muy deficiente cuando aparezcamos ante el Juez celestial. Allí veremos que todas nuestras excusas serán frívolas. Notemos bien este pasaje donde se dice que nuestro Señor vendrá para ejecutar su venganza sobre todos aquellos que no han conocido a Dios y que no han obedecido el Evangelio, es decir, sobre todos los incrédulos. De esa manera vemos que la fe es la única puerta a la salvación y a la vida, puesto que Jesucristo tiene que venir para turbar a aquellos que no han creído.

Además, notemos que hasta que Dios no haya iluminado a los hombres, éstos son totalmente ignorantes y ciegos. ¿Y por qué? Porque bien podemos comprender todas las cosas del cielo o de la tierra, pero hasta no haber conocido a Dios, ¿de qué nos sirve? No vamos a conocerlo hasta que él no nos ilumine por medio de su Espíritu Santo. Vemos entonces que no seremos excusados por causa de nuestra ignorancia, de modo que ninguno se adule a si mismo o se duerma. Por otra parte, notemos también que cuando hayamos conocido a Dios no es sino razonable que estemos sujetos a él, y que él nos controle, y que su voluntad guíe nuestros pensamientos y sentimientos, y que nuestra fe en el Evangelio debería ser tal que podamos profesar como David que esta doctrina nos es más dulce que la miel y más preciosa que oro y plata. Suficiente en cuanto a este punto.

Además, aquí vemos cómo Dios quiere darnos seguridad en cuanto a nuestra salvación. Porque si Jesucristo va a venir para tornar venganza de todos aquellos que no han creído el Evangelio, sino que lo han resistido, podemos y debemos deducir que el mundo será juzgado únicamente conforme al Evangelio. Ahora se nos dice que cuando en auténtica fe hayamos recibido las promesas de Dios no debemos dudar de su bondad ni de su amor hacia nosotros, ni dudar de que Jesucristo hará bien lo que nos ha ofrecido para nosotros y nuestra redención. Entonces, todos aquellos que creen en el Evangelio se pueden jactar sin ninguna duda de que Jesucristo vendrá como Redentor de ellos. Dios nos da esta certeza, siempre y cuando no rechacemos ese don.

En cuanto a lo que San Pablo dice aquí del poder y de la gloria de Jesucristo, es para indicar que su venida será tanto más terrible para todos los incrédulos y rebeldes. ¿Acaso es poca cosa cuando dice que Jesucristo vendrá en la compañía de ángeles, que vendrá con llama de fuego, que vendrá con una majestad incomprensible, en efecto, para descender con relámpagos contra todos sus enemigos? De manera que vemos aquí que San Pablo quiso amonestar aquí a los incrédulos, por si hubiera algún remedio para ellos, a efectos de advertirles que no sigan siempre incorregibles. Sin embargo, cuando vemos que todos los que son atraídos por Satanás y endurecidos no hacen sino mofarse de todas las amenazas de Dios, saquemos una lección de ello. Y cuando olmos que Jesucristo vendrá en forma tan terrible, permanezcamos de tal manera en temor y bajo control, que cuando Satanás venga para aguijonearnos a lisonjearnos para dejar de obedecer el Evangelio; quizá pensemos en decimos a nosotros mismos: «¿Adónde vamos? ¿A qué perdición? ¿Acaso estamos invocando contra nosotros a Aquel a quien es dada toda majestad, dominio y gloria para arrojar al abismo a todos los que a él se oponen?» Si pensáramos en esto ciertamente seríamos retenidos de tal manera que todos los deseos de nuestra carne y todas las tentaciones del mundo no podrían hacer nada contra nosotros.

Sin embargo, San Pablo ahora también quiso comparar la primera venida de nuestro Señor Jesucristo con la segunda. ¿Por qué es que los malvados y lo que desprecian el Evangelio se levantan tan osadamente de manera que los vemos enfurecidos y fuera de control? Es porque oyen que Jesucristo, estando aquí en este mundo, tomó la condición de un siervo, que incluso se despojó de todo a si mismo, como lo dice San Pablo, al extremo de llegar a esta muerte que era vergonzosa y llena de desgracia. Aunque los enemigos de Dios no conocen a Jesucristo sino en esta debilidad, ellos la usan como oportunidad para blasfemar contra él con semejante furia. Es cierto, pero ellos no consideran que, así como sufrió conforme a la debilidad de la carne, así también fue levantado por el poder de su Espíritu. Desplegó entonces una gloria debajo de la cual todos nosotros, tanto grandes como chicos, deberíamos temblar. Pero, nuevamente, silos incrédulos no conocen cuál fue el poder que apareció en la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, escuchen lo que dice aquí, es decir, que él no va a venir para ser despreciado.

Entonces, él vino así, para ser hecho obediente en nuestro nombre, según era necesario para pagar por nuestros pecados. Pero ahora vendrá para ser Juez. El fue juzgado y condenado para que nosotros pudiéramos ser librados delante del trono de juicio de Dios, y para que pudiéramos ser absueltos de todos nuestros pecados. Pero ya no será cuestión de venir en semejante humildad. En ese entonces él vendrá con los ángeles de su gloria. Eso es lo que San Pablo quiso decir afirmando que la venida de nuestro Señor Jesucristo será terrible.

Además, notemos que él agrega aun más: «Vendrá para ser admirado en sus santos» y para ser glorificado en ellos. No es sin causa que San Pablo agrega esta afirmación. Porque, ¿Quiénes somos nosotros para resistir la presencia del Hijo de Dios cuando venga en ardiente fuego y llamas? Cuando él venga con fuerza, más allá de todo entendimiento, ¡ay! ¿no nos derretiremos en su presencia, como la nieve en el sol, y acaso no seremos reducidos a la nada? La sola mención de esta divina gloria de Jesucristo sería suficiente para hundirnos en las profundidades. Pero San Pablo nos muestra que si somos del número de los fieles, y si en el día de hoy creemos el Evangelio, no hay por qué temer cuando aparezca Jesucristo, ni atemorizarnos por la majestad que entonces resplandecerá en él. ¿Y cómo es eso?

Porque vendrá (dice él) para ser glorificado en sus santos y ser admirado en ellos. Como diciendo que lo que dijo arriba de fuego y llama, lo que mencionó de terror y temor, no es para desanimar a los creyentes como para no desear la venida de nuestro Señor Jesucristo ni levantar sus cabezas cada vez que ella les es mencionada. Porque él vendrá para su redención. La doctrina de que nuestro Señor une estas dos cosas es suficientemente común en las Sagradas Escrituras. El vendrá para tomar venganza de sus enemigos, y vendrá para liberar a los suyos. Vendrá para ser Salvador de aquellos que le han servido y honrado, y para derribar y turbar a aquellos que se han endurecido contra él y su palabra. Entonces recordemos bien que esta terrible descripción que aquí se presenta no es para atemorizarnos, sino más bien para alegrarnos porque tal es el amor y gracia de Dios hacia nosotros. Ciertamente, nuestro Señor Jesús vendrá con terrible poder. ¿Y para qué? Para arrojar a todos sus enemigos al abismo, para vengar las heridas, insultos y aflicciones que habremos soportado.

¿Cómo es que somos dignos para que el Hijo de Dios despliegue de esa manera su majestad y se muestre con semejante terror contra aquellos que son criaturas suyas? Ciertamente no lo somos, pero él quiere hacerlo porque nos ama. Como ya he dicho, debemos ser consolados cuando dice que el Hijo de Dios vendrá, y que vendrá con semejante terror y una majestad tan terrible. Porque con esto declara eficazmente el infinito amor que tiene y muestra hacia nosotros, puesto que no escatima a su poder y majestad para vengar todas las heridas hemos soportado. Pero no podríamos regocijarnos en esto hasta no observar lo que San Pablo dice aquí, es decir que nuestro Señor Jesucristo no sólo vendrá para venganza contra sus enemigos y aquellos que se han rebelado contra el Evangelio, sino también para ser glorificado y admirado en sus santos y aquellos que han creído.

Cuando San Pablo agrega esto es como si dijera: «El vendrá para hacernos partícipes en su gloria, para que todo lo digno de honor y reverencia en él nos sea comunicado en ese momento.» En resumen, San Pablo declara que nuestro Señor Jesucristo no va a venir para guardar su gloria para si mismo, sino para que sea derramada sobre todos los miembros de su cuerpo. Por eso dice a los colosenses: «Ahora nuestra vida está oculta, pero cuando venga nuestro Señor Jesucristo, será revelada.» Entonces, él no viene para tener nada peculiar a si mismo y de lo cual nosotros somos privados, sino más bien para que su gloria sea comunicada a nosotros, no es que no haya tenido siempre preeminencia sobre los suyos, razón por la cual el es la Cabeza de Su Iglesia. En efecto, la gloria que él nos ha comunicado no es para reducir ni oscurecer la suya propia, sino que más bien nosotros tenemos que ser transformados, según San Pablo lo dice a los filipenses. En vez de estar lamentablemente lleno de debilidades como estamos ahora, tenemos que ser conformados a la vida celestial de nuestro Señor Jesucristo.

De manera que San Pablo, al hablar de esa manera, prestó especial atención a la condición de los creyentes, tal como es en esta vida. Porque somos hombres marcados, nos señalan con los dedos; nos sacan la lengua, vemos que los malhechores se mofan de los hijos de Dios. Así que es preciso volvernos despreciables de manera de no buscar nuestra propia gloria en este mundo. Ciertamente, Dios podría hacer que fuésemos estimados por todo si él quisiera, pero él quiere que soportemos esas infamias para que levantemos la mirada y busquemos nuestro triunfo en lo alto. Y, además, ¿seria propio que nosotros fuésemos glorificados y aplaudidos aquí mientras que Dios fue deshonrado? Les malhechores se mofan plenamente de Dios y si les fuera posible incluso le escupirían en la cara. Y nosotros, ¿todavía querríamos ser honrados por ellos? Si quisiéramos eso, ¿no se tendría que decir que somos demasiado cobardes? Continuado con lo que comencé a decir, aunque ahora los fieles son despreciados, algunos se mofan de ellos, otros los oprimen, son despojados de su casa y hogar, y son pisoteados; por eso es que el apóstol nos recuerda el día final, diciendo que entonces seremos admirados incluso como es admirado el Hijo de Dios. Sin embargo, no temamos que la gloria que él pone sobre nosotros falle en atemorizar a nuestros enemigos, de manera que ellos sean puestos por estrado de nuestros pies, según lo dice la Escritura. Pero aquí San Pablo muestra especialmente quienes deberían tener la esperanza de compartir la gloria del Hijo de Dios, y describe el carácter de aquellos que han creído cuando los llama «Les santos.» Porque demuestra que (1) los que están entregados a la polución de este mundo no tienen que esperar parte alguna o porción en esta herencia, ni de tener nada en común con el Hijo de Dios. Sin embargo, al agregar «aquellos que han creído» muestra (2) que la fe es la auténtica fuente y origen de toda santidad. Y, en tercer lugar muestra (3) que si tenemos una fe pura y recta no podemos sino ser más y más santificadas. Estos son los tres puntos que tenemos que recordar.

El primero es que si ahora vamos a contaminarnos y a revolcarnos en nuestra suciedad y poluciones, somos cortados del Hijo de Dios y no tenemos que esperar que su venida sea de provecho alguno para nosotros, recordemos por eso lo que dice el profeta: «No anhelen la venida del Día del Señor, porque nos será (sic) un día de terror a asombro y no un día de salvación y gozo. Será un día de crueldad y confusión. Será un día de tinieblas y sombras.» Puesto que en ese tiempo había muchos que se escudaban con el nombre de Dios, el profeta les muestra que les costará muy caro. Del mismo modo vemos que actualmente la gente más malvada hace confesión a plena boca y a toda voz. ¿Cómo es eso? ¿Acaso piensan que no tenemos a Dios y que no queremos también ser cristianos tan buenos como otros? Demasiado cierto. Pero son personas corrompidas y llenas de toda impiedad que tienen tanta religión como los perros y los cerdos. Finalmente, cuando son examinados en su vida, se ve que están llenos de deslealtad, que no tienen más lealtad o fe que los zorros; que están llenos de tretas y perjuicios, llenos de crueldad, llenos de amargura contra sus prójimos; que son dados a toda indecencia y ultraje, y todo aquel que les ofrezca más ganará su voto; abren un negocio para defraudar con ambas manos, de manera que no solamente venden su fe sino también su honor delante de los hombres; abren una feria y un mercado para entregarse ellos mismos a toda clase de mal. En resumen, se los ve extremadamente desfachatados y viles, aunque nunca dejan de jactarse de ser algunos de los más avanzados en la iglesia de Dios, de que Dios los ayudará, según ellos creen, como si él estuviese muy obligado a los de su propio tiempo dice: «¿Cómo es eso? ¿De qué se jactan? ¿Del día del Señor? ¿Creen que su venida les aprovechará de algo? No, de ninguna manera. Les será, en cambio un día espantoso, un día terrible y aterrador. Para ustedes no habrá sino terror y estupor.» De este pasaje de San Pablo tenemos que recordar que si queremos que la venida de nuestro Señor Jesucristo nos aproveche, y que él pueda aparecer como nuestro Redentor para nuestra salvación, tenemos que aprender bien a dedicarnos a la santidad y que tenemos que ser separados de las contaminaciones de este mundo y de la carne. Suficiente con esto en cuanto al primer punto.

Pero para triunfar en esto notemos que tenemos que comenzar por medio de la fe, lo cual también se deduce de lo que hemos discutido considerablemente. En efecto, la fe es la fuente de toda santidad, como se lo menciona en Hechos 15, donde San Pedro dice que por la fe Dios purifica el corazón de los hombres. Eso se dice para mostrar que por muy hermosos que puedan parecer siempre estarán contaminados e infectados delante de Dios, hasta que él los purifique por medio de la fe.

Ahora bien, por la tercera proposición somos amonestados de que si tenemos auténtica fe, no podemos sino ser más y más santificados. Esto es, somos reformados únicamente para el servicio de Dios, y somos dedicados a honrarle únicamente a él. ¿Cómo es eso? Tan pronto como por la fe agradamos a Jesucristo, él morará en nosotros, tal como lo dice toda la Escritura, y como lo dice especialmente San Pablo. Jesucristo (dice él) habita por la fe en el corazón de ustedes. Les pregunto, ¿acaso no es incompatible que Jesucristo more en nosotros y nosotros todavía andemos en vilezas y cosas inmundas? ¿Creemos que él quiere vivir en un chiquero? Entonces, es preciso que estemos consagrados a él.
Además, él no puede estar con nosotros excepto por medio de su Espíritu Santo. Y ¿Acaso no es él el Espíritu de santidad, justicia y rectitud? Entonces, ¿no sería una mezcla extraña silos hombres se jactaran de tener fe en Jesús viviendo al mismo tiempo vidas disolutas, malvadas, y contaminadas por todas las infecciones del mundo? Sería como decir: «Acepto al sol, pero no su resplandor.» Eso trastornaría todo el orden de la naturaleza. Porque es más fácil que venga el sol sin su resplandor que Jesucristo sin su justicia. Notemos bien entonces, no hemos de tomar esta cubierta de hipocresía diciendo que tenemos fe en el Evangelio y que lo creemos con un conocimiento seguro, a menos que nuestra vida corresponda a ello, demostrando que hemos recibido a Jesucristo, y que por la gracia de su Espíritu Santo nos dedica y santifica para obedecer a Dios su Padre.

De manera que no debemos apoyarnos en cosas falsas para usurpar este título de fe, puesto que es algo tan sagrado. Cuidémonos entonces de no profanarlo. Pero si creemos en el Hijo de Dios, mostremos por el resultado que hemos creído en él. También es seguro que él nos hará experimentar su poder. Nos dará la gracia para esperar con paciencia su venida. Aunque en este mundo tengamos que sufrir muchas heridas por su nombre, al final seremos revestidos con su gloria y su rectitud. El nos ha dado la promesa, la fuerza que él nos hará sentir siempre y cuando nosotros la recibamos sin duda alguna.
Inclinémonos en humilde reverencia delante de nuestro Dios.



Que es la fe verdadera?

 Juan Calvino

No se debe pensar que la fe cristiana es un puro y simple conocimiento de Dios, o una comprension de la Escritura, que revolotea en el cerebro sin tocar el corazón. Tal es, de ordinario, la opinión que tenemos de las cosas que nos son confirmadas por alguna razón humana.

Pero la fe cristiana es una firme y sólida confianza del corazón, por la que descansamos con seguridad en la misericordia de Dios que nos ha sido prometida por el Evangelio.
Así la definición de la fe debe tomarse de la sustancia de la promesa. Y la fe se apoya tan perfectamente en este fundamento que, si lo quitamos, la fe se derrumbaría inmediatamente, o, mejor dicho, desaparecería.

Por eso, cuando el Señor, por la promesa evangélica nos presenta su misericordia, y nosotros con certeza y sin vacilación alguna nos confiamos en Aquel que hace la promesa, entonces poseemos su Palabra por la fe.

o esta definición no es sino la del Apóstol, que nos enseña que la fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven . El Apóstol entiende por estas palabras una posesión segura y cierta de las cosas que Dios ha prometido, y una evidencia de las cosas que no se ven, es decir, de la vida eterna que esperamos a causa de nuestra confianza en esta bondad divina que se nos ofrece por el Evangelio.

Ahora bien, puesto que todas las promesas de Dios han sido confirmadas y, por decido así, cumplidas y realizadas en Cristo, es evidente que Cristo es, sin lugar a dudas, el objeto perfecto de la fe, y que ésta contempla en Él todas las riquezas de la misericordia divina..

La Fe es un don de Dios

Si consideramos honestamente en nuestro interior hasta qué punto es ciego nuestro pensamiento ante los secretos celestes de Dios, y hasta qué punto es nuestro corazón infiel en todo, no dudaremos que la fe sobrepasa infinitamente a todo el poder de nuestra naturaleza, y que es un don extraordinario y precioso de Dios. Como dice San Pablo: "¿Quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios." . Si la verdad de Dios vacila en nosotros, incluso tratándose de cosas que nuestro ojo ve, ¿cómo va a ser firme y estable cuando el Señor promete cosas que ni nuestro ojo ve ni nuestra inteligencia comprende?

Vemos, pues, que la fe es una iluminación del Espíritu Santo, que esclarece nuestras inteligencias y fortalece nuestros corazones. Ella nos convence con certeza y nos da la seguridad de que la verdad de Dios es de tal modo cierta que Dios cumplirá todo lo que en su santa Palabra prometió que Él haría.

He aquí por qué al Espíritu Santo se le designa como "las arras que confirman en nuestros corazones la certidumbre de la verdad divina, y como un sello que ha sellado nuestros corazones en la espera del día del Señor . El Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu de que Dios es nuestro Padre y nosotros sus hijos .

Juan Calvino.

Justificados por medio de la Fe

 Juan Calvino

Siendo Cristo el objeto permanente de la fe, no podemos saber lo que recibimos por la fe sino mirándole a Él. Ahora bien, el Padre nos lo ha dado para que tengamos en Él la vida eterna. Jesús ha dicho: "Esta es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo, al cual has enviado" ; y también: "El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá" .

Sin embargo, para que esto se cumpla, es necesario que seamos purificados en Él, ya que estamos manchados por el pecado, y nada impuro entrará en el Reino de Dios. Por lo cual necesitamos participar en Él, para que nosotros, que somos pecadores en nosotros mismos, seamos por su justicia hallados justos ante el trono de Dios. Y de este modo, despojados de nuestra propia justicia, somos revestidos de la justicia de Cristo y; siendo por nuestras obras injustos, somos justificados por la fidelidad de Cristo.

Pues se dice que somos justificados por la fe, no porque recibamos en nuestro interior alguna justicia, sino porque nos es atribuida la justicia de Cristo, como si fuese nuestra, mientras que no nos es imputada nuestra propia injusticia. De tal manera que es posible, resumiendo en una palabra, llamar a esta justicia la remisión de los pecados. Esto es lo que el Apóstol declara expresamente comparando con frecuencia la justicia de las obras con la justicia de la fe, y enseñando que una destruye a la otra .

Estudiando el símbolo de los Apóstoles-que indica por su orden todas las realidades sobre las que está fundada y se apoya nuestra fe veremos cómo Cristo nos ha merecido esta justicia y en qué consiste la misma.

PADRE NUESTRO QUE ESTAS EN LOS CIELOS

JUAN CALVINO

La primera regla en toda oración consiste en  presentarse a Dios en nombre de Cristo, pues sin este nombre nadie le puede ser agradable.

Al llamar a Dios Padre nuestro, ya presuponemos el nombre de Cristo.
Nadie en el mundo es digno de presentarse a Dios y de aparecer delante de su rostro. Este buen Padre celestial, para libramos de una confusión que ineludiblemente nos turbaría, nos ha dado como mediador e intercesor a su Hijo Jesús. Tras los pasos de Jesús podemos acercamos a Él confiadamente, teniendo plena certidumbre de que no será rechazado nada de lo que pidamos en nombre de este Intercesor, pues el Padre no puede negarle nada.

El trono de Dios no es sólo un trono de Majestad, sino también un trono de gracia, ante el cual podemos, en nombre de Jesús, tener el privilegio de comparecer libremente para obtener misericordia y encontrar gracia cuando las necesitemos. De hecho, como tenemos el mandamiento de invocar a Dios, y la promesa de que todos los que le invoquen serán escuchados, tenemos también el mandamiento concreto de invocarle en nombre de Cristo, y se nos ha hecho la promesa de que obtendremos todo lo que pidamos en su nombre .

El añadir que Dios, nuestro Padre, está en los cielos, tiene como finalidad expresar su Majestad inefable (la cual nuestro espíritu, a causa de su ignorancia, no puede comprender de otro modo), pues para nuestros ojos no existe realidad más bella y más grandiosa que el cielo.
La expresión en los cielos quiere decir que Dios es excelso, poderoso e incomprensible. Y cuando oímos esta expresión tenemos que levantar a lo alto nuestros pensamientos, cada vez que se nombra a Dios, a fin de no imaginar a este respecto nada de carnal ni terreno, ni medirle según nuestra comprensión, ni reglamentar su voluntad según nuestros deseos. 

Calvino y la trinidad


INSTITUCIÓN DE LA RELIGIÓN CRISTIANA POR JUAN CALVINO


LIBRO I - CAPITULO XIII

Por eso los que aman la sobriedad y los que se dan por satisfechos con la medida de la fe, oigan en pocas palabras lo que les es necesario saber: que cuando confesamos que creemos en un Dios, bajo este nombre de Dios entendamos una simple y única esencia en la cual comprendemos tres Personas o hipóstasis; y por ello siempre que el nombre de Dios se usa de modo general se refiere al Hijo y al Espíritu Santo lo mismo que al Padre; mas cuando el Hijo es nombrado con el Padre, entonces tiene lugar la correspondencia o relación que hay de uno a otro, y que nos lleva a distinguir entre las Personas. Y porque las propiedades de las Personas denotan un cierto orden, de manera que en el Padre está el principio y el origen, siempre que se hace mención juntamente del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, el nombre de Dios se atribuye particularmente al Padre. De esta manera se mantiene la unidad de la esencia y se tiene también en cuenta el orden, que, no obstante, en nada rebaja la deidad del Hijo ni del Espíritu Santo. Y de hecho, puesto que ya hemos visto que los apóstoles afirman que el Hijo de Dios es aquel que Moisés y los Profetas atestiguaron que era el Dios eterno, es menester siempre acudir a la unidad de la esencia. Y por eso es un sacrilegio horrendo decir que el Hijo es otro Dios distinto del Padre, porque el nombre de Dios, sin más, no admite relación alguna, ni Dios en relación a sí mismo admite diversidad alguna para poder decir que es esto o lo otro.
En cuanto a que el nombre de Dios eterno tomado absolutamente convenga a Cristo, es cosa evidente por las palabras de san Pablo: -Respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor- (2 Cor. 12:8), pues es clarísimo que el nombre Señor se pone allí por el de Dios eterno; y sería frívolo y pueril restringirlo a la persona del Mediador, puesto que la sentencia es clara y sencilla, y no compara al Padre con el Hijo. Y sabemos que los apóstoles, siguiendo la versión griega, han usado siempre el nombre de Kyrios, que quiere decir Señor, en lugar del nombre hebreo Jehová. Y para no andar buscando un ejemplo muy lejos, san Pablo oró al Señor con el mismo sentimiento que el que san Pedro cita en el texto de Joel: "todo aquel que invocare el nombre de Jehová, será salvo" (Joel. 2:32; Hch. 2:2 l). Cuando este nombre se atribuye en particular al Hijo, veremos más adelante que la razón es diversa; de momento baste saber que san Pablo, habiendo orado absolutamente a Dios, luego pone el nombre de Cristo. Y el mismo Cristo llama a Dios, en cuanto es Dios, Espíritu; por tanto, no hay inconveniente alguno en que toda la esencia, en la cual se comprende el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, se llame espiritual. Ello es evidente en la Escritura, porque así como Dios es llamado en ella Espíritu, así también el Espíritu Santo en cuanto hipóstasis de toda la esencia es llamado Espíritu de Dios, y se dice que procede de Dios.