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lunes, 10 de septiembre de 2012

Dios y el Hombre

Por John Gresham Machen Sobre Método Apologético
Capítulo 3 del Libro Cristianismo y Liberalismo

Traducción por Glorified Word Project


En el capítulo anterior se comentó que el cristianismo se basa en un relato sobre algo que ocurrió en el primer siglo de nuestra era. Pero antes de que ese relato pueda ser recibido, se deben aceptar ciertas presuposiciones. El Evangelio cristiano consiste en un relato de cómo Dios salvó al hombre, y antes de que ese Evangelio pueda ser entendido, es necesario saber algo (1) acerca de Dios y (2) acerca del hombre. La doctrina de Dios y la doctrina del hombre son las dos grandes presuposiciones del Evangelio. Respecto de estas presuposiciones, y respecto del Evangelio mismo, el liberalismo moderno está en diametral oposición al cristianismo.
Se opone al cristianismo, en primer lugar, en su concepción de Dios. Pero acá nos encontramos con una forma particularmente insistente de esa objeción hacia materias doctrinales que ya han sido consideradas. Es innecesario, se nos dice, tener una “concepción” de Dios; la teología, o el conocimiento de Dios, se dice, es la muerte de la religión; no deberíamos esforzarnos en conocer a Dios, sino simplemente sentir su presencia.
Respecto de esta objeción, se debe comentar que si la religión consiste simplemente en sentir la presencia de Dios, es desprovista absolutamente de cualquier tipo de cualidad moral. Puro sentimiento, si acaso existe tal cosa, es amoral. Lo que hace, por ejemplo, que el afecto por un amigo humano sea algo tan ennoblecedor es el conocimiento que poseemos del carácter de nuestro amigo. El afecto humano, aparentemente tan simple, está lleno de dogma. Depende de una gran cantidad de observaciones guardadas en la mente respecto del carácter de nuestros amigos. Entonces, si el afecto humano realmente depende del conocimiento, ¿por qué debe ser distinto en cuanto a esa relación personal suprema que es la base de la religión? ¿Por qué debemos indignarnos ante una calumnia dirigida a algún amigo humano, mientras que al mismo tiempo somos pacientes con las calumnias más malintencionadas dirigidas contra nuestro Dios? Ciertamente hace una gran diferencia lo que pensemos de Dios; el conocimiento de Dios es la base misma de la religión.
¿De qué forma, entonces, será conocido Dios? ¿Cómo podremos familiarizarnos tanto con Dios que sea posible establecer una comunión personal? Algunos predicadores liberales dirían que nos familiarizamos con Dios sólo a través de Jesús. Esa afirmación parece ser leal a nuestro Señor, pero en realidad es altamente despectiva hacia Él. Porque Jesús mismo reconoció claramente la validez de otras formas de conocer a Dios y el rechazar esas otras formas es rechazar aquellas cosas que estaban en el centro de la vida de Jesús. Jesús claramente vio la mano de Dios en la naturaleza; las azucenas del campo le revelaban la mano de Dios detrás de ellas. También vio a Dios en la ley moral; la ley escrita en los corazones del hombre era la ley de Dios, que revelaba Su justicia. Por último, Jesús vio a Dios claramente en las Escrituras. ¡Qué profundas fueron las formas en que nuestro Señor usaba las palabras de los profetas y salmistas! Decir que tal revelación de Dios fue inválida, o que es inútil para nosotros hoy, es ser despectivamente indiferente hacia las cosas más cercanas a la mente y corazón de Jesús.
Pero, de hecho, cuando la gente dice que nosotros conocemos a Dios sólo en la forma en la cual es revelado en Jesús, están negando todo conocimiento real de Dios, cualquiera que sea. Porque a menos que haya alguna idea de Dios independiente de Jesús, la atribución de deidad a Jesús no tiene sentido. Decir que, “Jesús es Dios,” no tiene sentido a menos que la palabra “Dios” tenga un significado anterior asignado a ella. Y esa asignación de significado de la palabra “Dios” se logra por los medios que recién mencionamos. No nos estamos olvidando de las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan, “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.” Pero estas palabras no quieren decir que si un hombre jamás hubiese conocido el significado de la palabra “Dios,” él podría llegar a asignarle una idea a esa palabra simplemente por su conocimiento del carácter de Jesús. Muy por el contrario, los discípulos a quienes Jesús les hablaba ya tenían una concepción certera de Dios; el conocimiento de la Persona Suprema era algo que se presuponía en todo lo que Jesús dijo. Pero los discípulos deseaban no sólo el conocimiento de Dios sino también un contacto personal e íntimo. Y eso vino a través de su discipulado con Jesús. Jesús reveló, de una forma maravillosamente íntima, el carácter de Dios, pero tal revelación obtuvo su verdadero significado sólo sobre la base tanto de la herencia veterotestamentaria, como de la enseñanza misma de Jesús. El teísmo racional, el conocimiento de la Persona Suprema, Creador y Gobernador activo del mundo, se encuentra en la base misma del cristianismo.
Pero, el predicar moderno dirá, es incongruente atribuirle a Jesús una aceptación de “teísmo racional”; Jesús tenía un conocimiento práctico, no teórico, de Dios. En cierto sentido esto es verdad. Ciertamente ninguna parte del conocimiento de Jesús acerca de Dios era meramente teórico; todo lo que Jesús conocía de Dios tocaba su corazón y determinaba sus acciones. En ese sentido, el conocimiento de Jesús acerca de Dios era “práctico.” Pero desafortunadamente ese no es el sentido de la afirmación anterior propuesta por el liberalismo moderno. En términos modernos, lo que normalmente se quiere decir al hablar de un conocimiento “práctico” de Dios no es un conocimiento teórico de Dios que también es práctico, sino un conocimiento práctico que no es teórico—en otras palabras, un conocimiento que no entrega información acerca de la realidad objetiva, un conocimiento que en realidad no es conocimiento en lo absoluto. Y nada podría ser más distante de la religión de Jesús que eso. La relación de Jesús con su Padre Celestial no era una relación con una bondad vaga e impersonal, no era una relación que meramente se vestía en forma simbólica y personal. Muy por el contrario, fue una relación con una Persona real, cuya existencia era tan definitiva y tanto un tema de conocimiento teórico como la existencia de las azucenas del campo que Dios había creado. La base misma de la religión de Jesús era la creencia triunfante en la existencia de un Dios personal.
Y sin esa creencia ningún tipo de religión puede recurrir a Jesús hoy. Jesús fue un teísta, y el teísmo racional está en las bases del cristianismo. Jesús no sostuvo, sin dudas, Su teísmo sobre argumentos; no proveyó de respuestas anticipadas respecto de los ataques Kantianos sobre pruebas teístas. Pero eso no significa que fue indiferente a la creencia que es consecuencia lógica de esas pruebas, sino que la creencia era tan firme, tanto para Él como para los receptores de Su mensaje, que ésta se presupone dentro de su enseñanza. Así que hoy no es necesario que todos los cristianos analicen la base lógica de su creencia en Dios; la mente humana tiene la maravillosa facultad de condensar argumentos perfectamente válidos, y lo que parece ser una creencia instintiva puede realmente ser el resultado de una serie de pasos lógicos. O, más bien puede ser que la creencia en un Dios personal es el resultado de una revelaci3n primitiva, y que las evidencias teístas s3lo son la confirmación lógica de la conclusión a la cual se había llegado por otro medio. De cualquier forma, la confirmación lógica de la creencia en Dios es de vital interés para el cristiano; en este punto, al igual que en muchos otros, la religión y la filosofía están conectadas de la forma más íntima posible. La verdadera religión no puede conciliarse con una filosofía falsa, ni tampoco con una ciencia errada; una cosa no puede ser verdadera en la religión y falsa en la filosofía o la ciencia. Todos los métodos usados para llegar a la verdad, si son válidos, llegarán a un resultado armonioso. Ciertamente el cristianismo ateo o agnóstico, a veces conocido como religión “práctica,” no es cristianismo en lo absoluto. En la base misma del cristianismo está la creencia en la existencia real de un Dios personal.
Aunque parezca extraño, mientras el liberalismo moderno condena abiertamente las pruebas teístas, y se refugia en un conocimiento “práctico” que de alguna forma será independiente de los hechos establecidos científica o filosóficamente, al predicador liberal le encanta usar una designación de Dios que no es otra cosa sino teísta; le encanta referirse a Dios como “Padre.” El término sin dudas tiene el mérito de atribuirle personalidad a Dios. Efectivamente, muchos de los que lo usan no quieren decir eso realmente; algunos lo usan porque es útil, no porque sea verdad. Pero no todos los liberales son capaces de hacer la distinción sutil entre juicios teóricos y juicios de valor; algunos liberales, aunque probablemente un número que va en disminuciCn, son verdaderos creyentes en un Dios personal. Y tales hombres son verdaderamente capaces de pensar en Dios como un Padre.
El término presenta una concepción muy elevada de Dios. Sin dudas, no es exclusivamente cristiano; el término “Padre” ha sido aplicado a Dios fuera del cristianismo. Aparece, por ejemplo, en la ampliamente aceptada creencia de un “Padre-de-Todos,” que prevalece entre muchas razas incluso en compañía del politeísmo; aparece en distintos lugares del Antiguo Testamento y en escritos judíos pre-cristianos posterior al período veterotestamentario. De ninguna forma tales apariciones del término son carentes de importancia. El uso veterotestamentario, en particular, es un digno precursor de la enseñanza de nuestro Señor; porque aunque en el Antiguo Testamento la palabra “Padre” normalmente designaba a Dios en relación no al individuo, sino a la nación o al rey, el individuo israelita, por ser parte del pueblo escogido, se sentía en una relación peculiarmente íntima con el Dios del pacto. Pero a pesar de esta anticipación a la enseñanza de nuestro Señor, Jesús le trajo tal incomparable enriquecimiento al uso del término, que considerar el pensar en Dios como Padre como algo característicamente cristiano, es un instinto correcto.
Los hombres modernos han sido tan impresionados con este elemento en la enseñanza de Jesús que a veces han tendido a considerarlo como la suma y sustancia de nuestra religión. No estamos interesados, dicen ellos, en muchas cosas por las cuales antiguamente los hombres dieron sus vidas; no estamos interesados en la teología de los credos; no estamos interesados en las doctrinas del pecado y la salvación; no estamos interesados en la obra de la cruz a través de la sangre de Cristo: la simple verdad de la paternidad de Dios y su corolario, la hermandad del hombre es suficiente para nosotros. Podremos no ser muy ortodoxos en el sentido teológico, continúan diciendo, pero por cierto nos reconocerán como cristianos porque aceptamos la enseñanza de Jesús respecto al Padre Dios.
Es muy extraño que personas inteligentes puedan hablar de esta manera. Es muy extraño que aquellos que sólo aceptan la paternidad universal de Dios como la suma y sustancia de la religión puedan considerarse a sí mismos como cristianos o pueden recurrir a Jesús de Nazaret. Porque el hecho evidente es que esta doctrina moderna de la paternidad universal de Dios no formó parte alguna de la enseñanza de Jesús. ¿En qué lugar se puede suponer que Jesús enseñó la paternidad universal de Dios? Ciertamente no fue en la Parábola del Hijo Pródigo. Porque en primer lugar, los publicanos y pecadores, cuya aceptación por parte de Jesús produjo tanto la objeción de los fariseos como de la respuesta de Jesús a través de una parábola, no eran hombres de cualquier lugar, sino miembros del pueblo escogido y como tales, pueden ser designados como hijos de Dios. En segundo lugar, no hay que sacar conclusiones de los detalles de una parábola. Así que acá, ya que el gozo del padre en la parábola es como el gozo de Dios cuando un pecador recibe salvación de la mano de Jesús, no se deduce que la relación que sostiene Dios con pecadores aún no arrepentidos sea como la de un Padre con sus hijos. ¿Dónde más, entonces, se puede encontrar la paternidad universal de Dios? Ciertamente no en el Sermón del Monte; porque a lo largo del Sermón del Monte aquellos que pueden llamar a Dios como Padre, son distinguidos de la forma más enfática posible del gran mundo de los gentiles que están afuera. Un pasaje en la prédica ha sido usado sin dudas a favor de la doctrina moderna: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.” (Mateo 5:44,45) Pero el pasaje no nos permite llegar a tales conclusiones. Dios es, sin dudas, representado acá como preocupándose por todos los hombres sean buenos o malos, pero ciertamente no es llamado Padre de todos. Efectivamente, casi puede decirse que el punto del pasaje depende del hecho de que no es Padre de todos. Él se preocupa incluso por aquellos que no son sus hijos sino sus enemigos; así que sus hijos, los discípulos de Jesús, deben imitarlo al amar incluso a aquellos que no son sus hermanos sino sus perseguidores. La doctrina moderna de la paternidad universal de Dios no se encuentra en la enseñanza de Jesús. Y no se encuentra en la enseñanza del Nuevo Testamento. Todo el Nuevo Testamento y Jesús mismo efectivamente muestran a Dios estando en una relación con todos los hombres, sean cristianos o no, que es análogo a un padre estando en relación con sus hijos. Él es el Autor de todo ser, y como tal, bien puede ser llamado el Padre de todos. Él se preocupa por todo, y por esa razón también puede ser llamado el Padre de todo. Aquí y allá la figura de la paternidad parece ser usada para designar esta relación más amplia que Dios sostiene con todos los hombres, incluso con todos los seres creados. Así, en un pasaje aislado en Hebreos, se habla de Dios como “Padre de los espíritus.” (12:9) Aquí, posiblemente, lo que se considera es la relación de Dios, como Creador, con los seres personales que Él ha creado. Una de las instancias más claras del uso de este sentido más amplio de la figura paternal se encuentra en el discurso de Pablo en Atenas, Hechos 17:28: “Porque linaje suyo somos.” Aquí claramente es la relación que Dios tiene con todos los hombres, sean cristianos o no, la que se tiene en mente. Pero las palabras forman parte de un hexámetro y son tomadas de un poeta pagano; no están representadas como parte del Evangelio, sino meramente pertenecientes a los temas comunes que Pablo descubrió al dirigirse a sus oyentes paganos. Este pasaje es lo que típicamente aparece, respecto de la paternidad universal de Dios, en el Nuevo Testamento en su totalidad. Algo análogo a la paternidad universal de Dios es enseñado en el Nuevo Testamento. Aquí y allá, aun la terminología de paternidad y el estado de hijos es usado para describir esta relación general. Pero tales instancias son extremadamente excepcionales. Normalmente el elevado término “Padre” se usa para describir una relación mucho más íntima, la relación que tiene Dios con el grupo de los redimidos.
Entonces, la doctrina moderna de la paternidad universal de Dios que es celebrada como “la esencia del cristianismo,” en el mejor de los casos pertenece realmente a esa religión vaga y natural que forma la presuposición que el predicador cristiano puede usar cuando el Evangelio es proclamado; y cuando se considera como algo tranquilizador y suficiente, entra en directa oposición al Nuevo Testamento. El Evangelio mismo se refiere a algo completamente distinto; la enseñanza neotestamentaria realmente distintiva respecto de la paternidad de Dios le concierne sólo a aquellos que han sido traídos a la familia de la fe.
No hay nada estrecho respecto de esa enseñanza; porque la puerta de entrada a la familia de la fe es abierta a todos. Esa puerta es el “camino nuevo y vivo” que Jesús abrió a través de Su sangre. Y si realmente amamos a nuestro prójimo, no iremos por el mundo, junto con el predicador liberal, tratando de satisfacer a los hombres con la frialdad de una religión vaga y natural. Pero al predicar el Evangelio los invitaremos a la calidez y gozo de la casa de Dios. El cristianismo le ofrece al hombre todo lo que es ofrecido por la enseñanza liberal moderna respecto de la paternidad universal de Dios; pero es cristianismo solamente, porque ofrece infinitamente más que eso.
Pero la concepción liberal de Dios difiere de forma más fundamental aún de la visión cristiana que en los círculos de ideas relacionados con la terminología de la paternidad. La verdad es que, el liberalismo ha perdido la vista de la esencia y centro mismo de la enseñanza cristiana. En la visión cristiana acerca de Dios, como es mostrada en la Biblia, hay muchos elementos. Pero hay un atributo de Dios que es absolutamente fundamental en la Biblia; un atributo es absolutamente necesario para poder presentar al resto de forma inteligible. Ese atributo es la tremenda trascendencia de Dios. De principio a fin a la Biblia le interesa presentar el tremendo abismo que separa a la criatura del Creador. Es cierto, sin dudas, que según la Biblia, Dios es inmanente en el mundo. No caería un gorrión al suelo sin Su control. Pero Él es inmanente en el mundo no porque se identifique con el mundo, sino porque Él es el libre Creador y Sustentador del mundo. Un tremendo abismo se extiende entre la criatura y el Creador.
En el liberalismo moderno, por otra parte, esta clara distinción entre Dios y el mundo se rompe, y el nombre de “Dios” es aplicado al poderoso mundo que se sustenta a sí mismo. Nos encontramos en el medio de un proceso poderoso, que se manifiesta a sí mismo en lo indefinidamente pequeño y en lo indefinidamente grandioso—en la vida infinitesimal que es revelada a través del microscopio y en los enormes movimientos de las esferas celestiales. A este proceso global, del cual nosotros también formamos parte, le aplicamos el terrorífico nombre de “Dios.” Por ende Dios, se dice efectivamente, no es una Persona distinta a nosotros; todo lo contrario, nuestra vida es parte de la suya. Así, la historia del Evangelio de la Encarnación, según el liberalismo moderno, algunas veces es tomada como un símbolo de la verdad general, que el hombre en su máximo esplendor es uno con Dios.
Es extraño cómo tal representación puede ser considerada como algo nuevo, porque de hecho, el panteísmo es un fenómeno muy antiguo. Siempre ha estado con nosotros, para impedir el crecimiento de la vida religiosa del hombre. Y el liberalismo moderno, aunque no es consistentemente panteísta, de todas formas está panteizando. En todos lados, tiende a derribar la separación entre Dios y el mundo, y la nítida distinción personal entre Dios y el hombre. Aun el pecado del hombre bajo este prisma debería ser considerado, por lógica, como parte de la vida de Dios. Muy distinto es el Dios Vivo y Santo de la Biblia y de la fe cristiana.
El cristianismo difiere del liberalismo, entonces, en primer lugar, en su concepción de Dios. Pero también difiere en su concepción del hombre. El liberalismo moderno ha perdido todo sentido del abismo que separa a la criatura del Creador; su doctrina del hombre es consecuencia directa de su doctrina de Dios. Pero no son sólo las limitaciones del hombre como criatura las que son negadas. Aun más importante es otra diferencia. Según la Biblia, el hombre es un pecador bajo la justa condenación de Dios; según el liberalismo moderno, en realidad no existe tal pecado. En la base misma del movimiento liberal moderno está la ausencia de la conciencia de pecado. [1]
La conciencia de pecado era anteriormente el punto de partida de toda predicación; pero hoy se ha esfumado. Característica de la era moderna, por sobre todo, es la confianza suprema en la bondad humana; la literatura religiosa de hoy está impregnada de esa confianza. Busquemos bajo la dura caparazón exterior del hombre, se nos dice, y descubriremos suficiente sacrificio personal para fundar sobre este la esperanza de la sociedad; la maldad del mundo, se dice, puede ser superada con lo bueno del mundo; no se necesita ayuda del mundo exterior.
¿Qué ha producido esta satisfacción con la bondad humana? ¿Qué ha ocurrido con la conciencia de pecado? La conciencia de pecado ciertamente se ha perdido. ¿Pero qué la ha removido del corazón de los hombres?
En primer lugar, la guerra probablemente ha tenido que ver con el cambio. En tiempos de guerra, nuestra atención se deposita tan exclusivamente sobre los pecados de otras personas que a veces tendemos a olvidarnos de nuestros propios pecados. La atención a los pecados de otras personas es, efectivamente, necesaria algunas veces. Está muy bien indignarse con cualquier opresión hacia los débiles que está siendo llevada a cabo por los más fuertes. Pero tal hábito mental, si se hace permanente, si es llevado a los días de paz, tiene sus riesgos. Une sus fuerzas con el colectivismo del estado moderno para obscurecer el sentido de culpa individual y de carácter personal. Si John Smith hoy golpea a su esposa, nadie es tan anticuado como para echarle la culpa a John Smith. Por el contrario, se dice, John Smith es evidentemente una víctima de de esa propaganda bolchevista; se debería llamar al Congreso a una sesión extraordinaria para poder tomar el caso John Smith frente a una ley ajena y sediciosa.
Pero la pérdida de la conciencia de pecado es mucho más profunda que la guerra; tiene sus raíces en un poderoso proceso espiritual que ha estado activo en los últimos setenta y cinco años. Tal como otros grandes movimientos, ese proceso ha llegado silenciosamente—tan silenciosamente que sus resultados han sido obtenidos antes de que el hombre común se diera cuenta siquiera de lo que estaba ocurriendo. No obstante, a pesar de toda la continuidad superficial, ha ocurrido un cambio notable en los últimos setenta y cinco años. El cambio es nada menos que la sustitución de paganismo por cristianismo como la cosmovisión predominante. Hace setenta y cinco años, la civilización occidental, a pesar de sus inconsistencias, aún era predominantemente cristiana; hoy, es predominantemente pagana.
Al hablar de “paganismo” no estamos usando un término de reproche. La Grecia antigua era pagana, pero era gloriosa, y el mundo moderno no ha empezado siquiera a igualar sus logros. ¿Qué es, entonces, el paganismo? La respuesta no es muy complicada. El paganismo es aquella cosmovisión que tiene como meta más alta de la existencia humana el desarrollo harmonioso, saludable y feliz de las facultades humanas existentes. Muy distinto es el ideal cristiano. El paganismo es optimista respecto de la naturaleza humana que no recibe ayuda alguna, mientras que el cristianismo es la religión del corazón quebrantado.
Al decir que el cristianismo es la religión del corazón quebrantado, no queremos decir que el cristianismo termina con el corazón quebrantado; no queremos decir que la actitud cristiana característica es una de golpe continuo al pecho o un llanto continuo que dice “ay de mí.” Nada podría estar más lejos de la realidad. Por el contrario, el cristianismo significa que el pecado es enfrentado de una vez por todas, y luego es arrojado, por la gracia de Dios, para siempre a las profanidades del mar. El problema con el paganismo de la Grecia antigua, como con el paganismo moderno, no estaba en la superestructura, que era gloriosa, sino en los fundamentos, que estaban podridos. Siempre había algo que debía estar cubierto; el entusiasmo del arquitecto se conservaba sólo al ignorar la perturbadora realidad del pecado. En el cristianismo, por otro lado, nada necesita ser cubierto. La realidad del pecado es enfrentada directamente de una vez por todas, y es solucionada por la gracia Dios. Pero entonces, después de que el pecado ha sido removido por la gracia de Dios, el cristiano puede proceder a desarrollar gozosamente toda facultad que Dios le ha dado. Tal es el humanismo cristiano más elevado—un humanismo fundado no sobre el orgullo humano sino sobre gracia divina.
Pero a pesar de que el cristianismo no termina con el corazón quebrantado, sí comienza con el corazón quebrantado; comienza con la conciencia de pecado. Sin la conciencia de pecado, la totalidad del Evangelio parecerá ser un cuento sin valor alguno. ¿Pero cómo puede ser revivida la conciencia de pecado? Algo puede ser logrado, sin dudas, a través de la proclamación de la ley de Dios, ya que la ley revela las transgresiones. La totalidad de la ley, más aun, debiera ser proclamada. Difícilmente será sabio adoptar la sugerencia (recientemente ofrecida en medio de muchas sugerencias respecto de las formas en las que tendremos que modificar nuestro mensaje con el fin de retener la alianza de los soldados que estén regresando) de que debemos dejar de tratar a los pecados pequeños como si fueran grandes pecados. Esa sugerencia quiere decir, aparentemente, que no debemos preocuparnos demasiado de los pecados pequeños, sino que debemos dejarlos tranquilos.
En relación a tal expediente, se puede sugerir quizás, que en la batalla moral estamos luchando contra un enemigo de muchos recursos, que no revela la posición de sus armas a través de una acción aleatoria de artillería cuando planea un gran ataque. En la batalla moral, tal como en la Gran Guerra Europea, los sectores más silenciosos son los más peligrosos usualmente. Es a través de “pecados pequeños” que Satanás logra una entrada a nuestras vidas. Probablemente, será prudente vigilar todos los sectores del frente y no perder tiempo introduciendo la unidad de mando.
Pero si la conciencia de pecado va a ser producida, la ley de Dios debe ser proclamada en las vidas de las personas cristianas y también por medio de la palabra. Es bastante inútil para el predicador lanzar fuego y azufre desde el púlpito, si al mismo tiempo los ocupantes de las bancas siguen tomando el pecado muy ligeramente y estando satisfechos con los estándares morales del mundo. Toda esfera de la Iglesia debe hacer su parte en proclamar la ley de Dios con sus vidas para que los secretos de los corazones de los hombres sean revelados.
Todas estas cosas, sin embargo, son en sí mismas bastante insuficientes para producir conciencia de pecado. Mientras más uno observa la condición de la Iglesia, más se siente uno en la obligación de confesar que la conciencia de pecado es un gran misterio que puede ser producido sólo por el Espíritu de Dios. La proclamación de la ley, en palabra y obra, puede preparar el camino para la experiencia, pero la experiencia misma proviene de Dios. Cuando uno hombre tiene esa experiencia, cuando un hombre tiene la convicción de pecado, toda su actitud frente a la vida es transformada; se asombra frente a su antigua ceguera, y el mensaje del Evangelio, que antes parecía ser un cuento sin valor, pasa a ser un instinto iluminado. Pero es sólo Dios quien puede producir el cambio. Por favor, no intentemos estar sin el Espíritu de Dios.
El error fundamental de la iglesia moderna es que básicamente está comprometida en una tarea imposible—está afanosamente comprometida a llamar a los justos al arrepentimiento. Los predicadores modernos están tratando de traer hombres a la iglesia sin requerirles que renuncien a su orgullo; están tratando de ayudar a los hombres a evitar la convicción de pecado. El predicador sube al púlpito, abre la Biblia y se dirige a la congregación con algo así como: “Ustedes son muy buenos,” dice él; “responden a cada llamado que tenga relación con el bienestar de la comunidad. Ahora tenemos en la Biblia—especialmente en la vida de Jesús—algo tan bueno que creemos que es suficientemente bueno para gente buena como ustedes.” Tal es la predicación moderna. Es escuchada cada domingo en miles de púlpitos. Pero es completamente inútil. Ni siquiera nuestro Señor llamó a los justos al arrepentimiento, y probablemente nosotros no tendremos más éxito que Él.


Referencias

  1. Para lo que sigue, ver “La Iglesia en la Guerra,” en The Presbyterian del 29 de mayo de 1919, pp. 10ss.

La Iglesia

Por John Gresham Machen Sobre Método Apologético
Capítulo 7 del Libro Cristianismo y Liberalismo

Traducción por Glorified Word Project


Se acaba de hacer la observación que al cristianismo, al igual que el liberalismo, le interesan las instituciones sociales. Pero la institución más importante aún no ha sido mencionada—la institución de la Iglesia. Cuando, según la creencia cristiana, almas perdidas son salvadas, los salvos son unidos a la Iglesia cristiana. Sólo a través de caricaturas sin fundamento se representa a los misioneros cristianos, como si no tuvieran interés en la educación o en el mantenimiento de una vida social en este mundo; no es cierto que sólo están interesados en salvar almas individuales y una vez que las almas son salvadas dejarlas solas para que hagan lo que les plazca. Por el contrario, los verdaderos cristianos deben ser unidos en todos lados a la hermandad de la Iglesia cristiana.
Es bien distinta la concepción cristiana de hermandad de la doctrina liberal de la “hermandad del hombre.” La doctrina moderna liberal dice que todos los hombres en cualquier lugar, sin importar su raza o credo, son hermanos. En un sentido, esta doctrina puede ser aceptada por el cristiano. La relación en la que se encuentran todos los hombres frente al resto es análoga en algunos aspectos importantes a la relación de hermandad. Todos los hombres tienen el mismo Creador y la misma naturaleza. El hombre cristiano puede aceptar todo lo que el liberal moderno quiera decir en cuanto a la hermandad del hombre. Pero el cristiano también conoce una relación tanto más íntima que esa relación general del hombre, y es para esta relación más íntima que se reserva el término “hermano.” La verdadera hermandad, según la enseñanza cristiana, es la hermandad de los redimidos.
No hay nada intelectualmente estrecho en esta enseñanza; porque la hermandad cristiana está abierta sin distinción para todos; y el hombre cristiano busca traer a todos a esta hermandad. El servicio cristiano, es cierto, no está limitado a la familia de la fe; todos los hombres, sean cristianos o no, son nuestros prójimos si están en necesidad. Pero si realmente amamos a nuestro prójimo, jamás estaremos contentos con sólo vendar sus heridas, ungirles con aceite, vino, o prestarles algún otro servicio inferior. Sin duda haremos estas cosas por ellos. Pero la mayor ocupación de nuestras vidas será traerlos al Salvador de sus almas.
Es sobre esta hermandad de pecadores nacidos de nuevo, esta hermandad de los redimidos, que el cristiano basa la esperanza de la sociedad. No encuentra esperanza sólida alguna en el mejoramiento de las condiciones terrenales, o en el moldeamiento de las instituciones humanas bajo la influencia de la regla de oro. Estas cosas, sin dudas, deben ser bienvenidas. Pueden aliviar los síntomas del pecado para que así quede tiempo para aplicar el verdadero remedio; pueden servir para producir condiciones sobre la tierra que sean favorables para la propagación del mensaje del Evangelio; incluso tienen valor en sí mismas. Pero por sí solas, para el cristiano, su valor es pequeño. Un edificio sólido no puede ser construido cuando todos sus materiales son defectuosos; una sociedad bendecida no puede estar formada por hombres que siguen bajo la maldición del pecado. Las instituciones humanas debieran ser moldeadas, no por principios cristianos aceptados por los no-conversos, sino por hombres cristianos; la verdadera transformación de la sociedad vendrá por la influencia de aquellos que han sido redimidos.
Así, el cristianismo difiere del liberalismo en la forma en la que la transformación de la sociedad se concibe. Pero según la creencia cristiana, al igual que según el liberalismo, realmente debe haber una transformación de la sociedad; no es cierto que el evangelista cristiano está interesado en la salvación de individuos sin estar interesado en la salvación de la raza. Y aun antes de que la salvación de toda la sociedad se logre, ya existe una sociedad de quienes han sido salvados. Esta sociedad es la Iglesia. La Iglesia es la respuesta más elevada a las necesidades sociales del hombre.
Y la Iglesia invisible, la congregación de los redimidos, encuentra su expresión en las comuniones de cristianos que constituyen la Iglesia visible hoy. ¿Pero cuál es el problema de la Iglesia visible? ¿Cuál es la razón de su evidente debilidad? Probablemente existen varias causas de debilidad. Pero una causa es totalmente evidente—la Iglesia de hoy ha sido infiel a su Señor al permitir la entrada de grandes grupos de personas no-cristianas, no sólo como miembros, sino también como participantes de los organismos de enseñanza. Sin duda, es inevitable que algunas personas, que no son verdaderamente cristianas, encuentren una forma de entrar a la Iglesia visible; hombres falibles no pueden discernir el corazón, y muchas profesiones de fe que pueden parecer genuinas, pueden ser en realidad falsas. Pero no es este tipo de error al cual nos referiremos. Lo que queremos decir con esto no es la admisión de individuos cuyas confesiones de fe pueden no ser sinceras, sino la admisión de grandes grupos de personas que jamás han hecho una confesión de fe adecuada y cuya actitud hacia el Evangelio es la contraria a la actitud cristiana. Tales personas, más aún, han sido admitidas no solamente a la membresía, sino también al ministerio de la Iglesia, y en gran medida se les ha permitido dominar sus concilios y determinar su enseñanza. La mayor amenaza para la Iglesia cristiana hoy viene, no de los enemigos de afuera, sino de los enemigos de adentro; viene de la presencia dentro de la Iglesia de un tipo de fe y práctica que es anticristiana hasta la médula.
No estamos tratando aquí con preguntas personales delicadas; no estamos presumiendo decir si acaso tal o cual hombre es cristiano o no. Sólo Dios puede responder tales preguntas; ningún hombre puede decir con seguridad si la actitud de cierto individuo liberal hacia Cristo es de fe salvadora o no. Pero una cosa es totalmente clara—aun cuando no sabemos si los liberales son cristianos, queda perfectamente claro que el liberalismo no es cristianismo. Y siendo ese el caso, es altamente indeseable que el cristianismo y el liberalismo sigan siendo propagados dentro de los límites de la misma organización. Una separación entre los dos grupos en la Iglesia es la necesidad urgente del momento.
Muchos, sin duda, buscan evitar la separación. ¿Por qué, preguntan, no pueden los hermanos vivir en unidad? La Iglesia, se nos dice, tiene espacio tanto para liberales como para conservadores. A los conservadores se les permite quedarse si mantienen los temas insignificantes fuera de la palestra y se ocupan principalmente de “lo más importante de la ley.” Y entre las cosas señaladas como “insignificantes” se encuentra la Cruz de Cristo como la verdadera reconciliación vicaria por el pecado.
Tal oscurecimiento del tema avala una estrechez intelectual realmente asombrosa por parte del predicador liberal. La estrechez intelectual no consiste en la devoción firme hacia ciertas convicciones o en el rechazo firme de otras. Pero el hombre con estrechez intelectual es el hombre que rechaza las convicciones del otro sin primero intentar entenderlas, el hombre que no hace esfuerzo alguno por mirar las cosas desde el punto de vista del otro. Por ejemplo, no es ser estrecho de mente si se rechaza la doctrina católico-romana de que no hay salvación fuera de la Iglesia. No es ser intelectualmente estrecho si se trata de convencer a católicos romanos de que esa doctrina es errada. Pero sería de una gran estrechez intelectual decirle a un católico romano: “Tú puedes seguir sosteniendo tu doctrina respecto de la Iglesia y yo sostendré la mía, pero unámonos en el trabajo cristiano, porque a pesar de tan insignificantes diferencias, estamos de acuerdo respecto de los temas que son importantes para el bienestar del alma.” Por supuesto, este dicho ignoraría lo evidente; el católico romano no podría sostener su doctrina de la Iglesia y al mismo tiempo rechazarla, como se le requiere por el programa de unidad de la iglesia recién sugerido. Un protestante que hablara así sería intelectualmente estrecho, porque independientemente de la pregunta respecto de quién tiene la razón en relación a la Iglesia, él mostraría claramente que no hizo el más mínimo esfuerzo por entender el punto de vista católico romano.
El caso es similar con el programa liberal para la unidad de la Iglesia. Jamás podría ser respaldado por alguien que haya hecho el mínimo esfuerzo por entender el punto de vista de su oponente en la controversia. El predicador liberal dice al ala conservadora de la iglesia: “Unámonos en la misma congregación, ya que claramente las diferencias doctrinales son insignificantes.” Pero es la esencia misma del “conservadurismo” en la Iglesia el considerar las diferencias doctrinales no como insignificantes sino como temas de suprema importancia. Un hombre no puede ser un “evangélico” o “conservador” (o, como él mismo diría, simplemente un cristiano) y considerar la Cruz de Cristo como algo insignificante. El suponer que sí puede, es el extremo de la estrechez intelectual. No es necesariamente “estrecho de mente” rechazar el sacrificio vicario de nuestro Señor como el único medio de salvación. Puede estar muy equivocado al hacerlo (y nosotros creemos que si lo está), pero no es necesariamente intelectualmente estrecho. Pero suponer que un hombre puede seguir firme en el sacrificio vicario de Cristo y al mismo tiempo menospreciar tal doctrina, suponer que un hombre puede creer que el Hijo eterno de Dios realmente cargó con los pecados del hombre sobre la cruz y al mismo tiempo considerar tal creencia como “insignificante” sin que eso tenga relación con el bienestar de las almas humanas—eso sí que es muy estrecho de mente y muy absurdo. Realmente no llegaremos a ningún lado con en controversia a menos que hagamos un esfuerzo sincero por entender el punto de vista de la otra persona.
Pero hay otra razón por la cual el esfuerzo de hundir las diferencias doctrinales y unir a la Iglesia bajo un programa de servicio cristiano es insatisfactorio. Es insatisfactorio porque, en su forma usual contemporánea, es deshonesto. Sin importar lo que se piense sobre doctrina cristiana, difícilmente puede ser negado que la honestidad sea parte de “lo más importante de la ley.” Sin embargo, el grupo liberal está renunciando a la honestidad al por mayor en muchos organismos eclesiásticos hoy.
Para reconocer este hecho no es necesario tomar una posición respecto de preguntas doctrinales o históricas. Supongamos que sea verdad que la devoción a un credo es un signo de estrechez intelectual e intolerancia; supongamos que la Iglesia debiera estar basada en la devoción por el ideal de Jesús o en el deseo de poner a su Espíritu en funcionamiento en el mundo, y no en una confesión de fe respecto de su obra redentora. Aun cuando todo esto fuera verdad, aun cuando una iglesia fiel al credo fuese algo indeseable, seguiría siendo verdad que de hecho muchas (sin dudas, en espíritu todas) iglesias evangélicas son iglesias fieles al credo, y que si un hombre no acepta su credo, no tiene derecho a ocupar un lugar en su ministerio de enseñanza. El carácter fiel al credo de las iglesias se expresa de forma diferente en los diferentes cuerpos evangélicos, pero el ejemplo de la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos de América quizás pueda servir como ilustración. Se requiere de todos los dirigentes de la Iglesia Presbiteriana, incluyendo a los pastores, que al ser ordenados contesten claramente una serie de preguntas que comienza con las dos siguientes:
“¿Crees que las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento son la Palabra de Dios, la única regla infalible de fe y práctica?”
“¿Recibes y adoptas sinceramente la confesión de fe de esta iglesia, como contenedora del sistema de doctrina enseñado en las Santas Escrituras?”
Si estas “preguntas constitucionales” no fijan claramente la base ortodoxa de la Iglesia Presbiteriana, es difícil pensar cómo cualquier lenguaje humano pueda lograrlo. ¡Sin embargo, inmediatamente después de hacer tan solemne declaración, inmediatamente después de declarar que la Confesión de Westminster contiene el sistema de doctrina enseñado en infalibles Escrituras, muchos ministros de la Iglesia Presbiteriana procederán a despreciar esa misma confesión y esa doctrina de infalibilidad de las Escrituras a la que se acaban de suscribir solemnemente!
No estamos hablando de la membresía de la Iglesia, sino del ministerio, y no estamos hablando del hombre que está atribulado por serias dudas y se pregunta si con sus dudas puede continuar honestamente con su membresía en la Iglesia. Para grandes multitudes de estas almas aproblemadas, la Iglesia ofrece abundantemente su compañerismo y su ayuda; sería un crimen echarlos fuera. Hay muchos hombres de poca fe en nuestros tiempos difíciles. No es a ellos a quien nos referimos. ¡Que Dios permita que ellos obtengan consuelo y ayuda a través de los servicios de la Iglesia!
Pero estamos hablando de hombres bien distintos a estos hombres de poca fe—a estos hombres que están atribulados por dudas y que están buscando con gran seriedad la verdad. Los hombres a los cuales nos referimos no están en busca de la membresía en la Iglesia, sino un lugar en el ministerio, y no desean aprender sino enseñar. No son hombres que dicen, “Creo; ayuda mi incredulidad,” sino hombres que se enorgullecen en la posesión de conocimiento de este mundo, y buscan un lugar en el ministerio para poder enseñar lo que es directamente contrario a la confesión de fe a la cual se suscribieron. Para tomar esta decisión se utilizan varias excusas—el acostumbramiento a través del cual las preguntas constitucionales se supone se han convertido en letra muerta, las varias reservas mentales, las varias “interpretaciones” de la declaración (que, por supuesto, significan una completa inversión del significado). Pero estas excusas no pueden cambiar el hecho esencial. Sea deseable o no, la declaración de ordenación es parte de la constitución de la Iglesia. Si un hombre puede someterse a estas reglas puede ser un dirigente en la Iglesia Presbiteriana; si no puede, entonces no tiene ningún derecho de ser uno de los dirigentes en la Iglesia Presbiteriana. Y el caso es, sin dudas, esencialmente similar en otras iglesias evangélicas. Nos guste o no, estas iglesias están fundadas sobre un credo; están organizadas para la propagación de un mensaje. Si un hombre decide combatir ese mensaje en vez de propagarlo, no tiene ningún derecho, sin importar lo falso que el mensaje pueda ser, de lograr una posición ventajosa para combatirlo al hacer una declaración de su fe que—en términos claros—no es verdadera.
Pero si tal forma de actuar está mal, otro modo de acción se encuentra completamente abierto para el hombre que desee propagar “el cristianismo liberal.” Si encuentra que las iglesias “evangélicas” existentes están amarradas a cierto credo que él no acepta, puede unirse a otro organismo existente o fundar un nuevo organismo que le convenga. Existen, por supuesto, ciertas desventajas obvias de tomar tal curso—el abandono de edificios de iglesia a los cuales uno está sujeto, el rompimiento de tradiciones familiares, el que se hieran los sentimientos de diversas formas. Pero hay una ventaja suprema que supera a todas estas desventajas. Es la ventaja de la honestidad. El camino de la honestidad en este tipo de temas puede ser duro y espinoso, pero puede ser recorrido. Y ya ha sido recorrido—por ejemplo, por la Iglesia Unitaria. La Iglesia Unitaria es honestamente, exactamente el tipo de iglesia que el predicador liberal desea—a saber, una iglesia sin una Biblia autoritativa, sin requerimientos doctrinales y sin un credo.
La honestidad, independientemente de todo lo que pueda ser dicho o hecho, no es una insignificancia, sino parte de lo más importante de la ley. Ciertamente tiene valor en sí misma, un valor bastante independiente de las consecuencias. Pero las consecuencias de la honestidad no serían, bajo el tema en discusión, insatisfactorias; aquí, al igual que en otros casos, la honestidad probablemente probaría ser la mejor política. Al alejarse de las iglesias adheridas a credos—esas iglesias que están fundadas sobre un credo derivado de las Escrituras—el predicador liberal sacrificaría, sin duda, la oportunidad, casi al alcance de su mano, de obtener tal control sobre esas iglesias confesionales como para cambiar su carácter fundamental. El sacrificio de esa oportunidad significaría que la esperanza de volcar los recursos de las iglesias evangélicas a la propagación del liberalismo se acabaría. Pero el liberalismo ciertamente no sufriría al final. Al menos no habría más necesidad de usar un lenguaje equívoco, no más necesidad de evitar ofensas. El predicador liberal obtendría el completo respeto personal incluso de sus oponentes, y todas las sesiones de discusión serían levantadas. Todo sería directo y completamente honesto. Y si el liberalismo está en lo cierto, la mera pérdida de recursos físicos no les impediría hacerse un camino.
A esta altura puede surgir una pregunta. Si debiera haber una separación entre los liberales y los conservadores en la Iglesia, ¿por qué razón no debieran ser los conservadores los que se retiran? Ciertamente eso puede terminar ocurriendo. Si el ala liberal obtiene el control absoluto de los concilios de las iglesias, entonces ningún cristiano evangélico podría seguir apoyando el trabajo de la Iglesia. Si un hombre cree que la salvación del pecado proviene sólo de la muerte reconciliadora de Jesús, entonces no puede apoyar de forma honesta, a través de sus dones y su presencia, una propaganda que tiene la intención de producir la impresión exactamente opuesta. Hacerlo provocaría el peor sentimiento de culpa que se pueda concebir. Si el ala liberal, por lo tanto, realmente obtiene el control de la Iglesia, los cristianos evangélicos deben estar preparados para retirarse sin importar lo que cueste. Nuestro Señor ha muerto por nosotros, y ciertamente no debemos negarlo por tratar de congraciarnos con los hombres. Pero hasta ahora tal situación aún no se ha presentado; las bases sobre el credo siguen estando firmes en las constituciones de iglesias evangélicas. Y hay una razón muy real del porqué no son los “conservadores” quienes debieran retirarse. La razón se encuentra en la confianza que mantienen las iglesias. Esa confianza incluye fondos de confianza del tipo más seguro. Y contrariamente a lo que parece ser la opinión imperante, nos atrevemos a considerar estos fondos como algo sagrado. Los fondos de las iglesias evangélicas están mantenidos bajo una confianza muy segura; están dedicados a los diversos organismos para la propagación del Evangelio como lo presenta la Biblia y las confesiones de fe. Si se consagran a cualquier otro propósito, aun cuando ese otro propósito sea en sí mismo mucho más deseable, sería una violación de la confianza.
Debe ser admitido que la presente situación es anómala.
Los fondos dedicados a la propagación del Evangelio por hombres y mujeres piadosos de previas generaciones o dadas por congregaciones completamente evangélicas hoy, son usados en casi todas las iglesias, en parte, para la propagación de lo que está diametralmente opuesto a la fe evangélica. Ciertamente esta situación no debe continuar; es una ofensa para cualquier hombre considerado y honesto, sea este cristiano o no. Pero al permanecer en las iglesias existentes, los conservadores están en una posición fundamentalmente distinta a los liberales; porque los conservadores están en pleno acuerdo con las constituciones de las iglesias, mientras el grupo liberal se puede mantener sólo a través de una suscripción equívoca a las declaraciones que, en realidad, no cree.
¿Pero cómo se acabará con una situación tan anómala? La mejor forma sería indudablemente el retiro de los pastores liberales de esas iglesias confesionales cuyas confesiones no aceptan, en el claro sentido histórico. Y no hemos abandonado del todo la esperanza de tal solución. Nuestras diferencias con el grupo liberal en la Iglesia son, sin dudas, profundas, pero con respecto a la obligación de un discurso honesto, algún acuerdo seguramente se puede alcanzar. Ciertamente el retiro de los pastores liberales de las iglesias fieles al credo sería un paso grande a favor de la armonía y la cooperación. Nada engendra el conflicto tanto como la unidad forzada, dentro de la misma organización, de aquellos que están en desacuerdo en forma fundamental en cuanto a objetivos.
¿Pero acaso no es el apoyo de tal separación, una instancia flagrante de intolerancia? Esta objeción es elevada comúnmente. Pero ignora totalmente la diferencia entre organizaciones voluntarias y no voluntarias. Las organizaciones involuntarias deben ser tolerantes, pero las organizaciones voluntarias, en cuanto al propósito fundamental de su existencia se refiere, debe ser intolerante o, de otra forma, cesar de existir. El estado es una organización involuntaria; un hombre es obligado a ser miembro de él, incluso si no lo desea. Es, entonces, una interferencia con la libertad para el estado el recetar un tipo de opinión o un tipo de educación para sus ciudadanos. Pero dentro del estado, ciudadanos individuales que deseen unirse con algún propósito especial, deberían tener el permiso para hacerlo. Especialmente en la esfera de la religión, tal permiso de los individuos a unirse es uno de los derechos que descansa en la base misma de nuestra libertad civil y religiosa. El estado no escudriña lo correcto o incorrecto del propósito religioso por el cual tales asociaciones religiosas voluntarias son formadas—si asumiera tal escudriñamiento toda libertad religiosa se acabaría—sino meramente protege el derecho del individuo de unirse, por cualquier propósito religioso que pueda elegir.
Entre tales asociaciones voluntarias se encuentran las iglesias evangélicas. Una iglesia evangélica se compone de un número de personas que han llegado a acuerdo en cierto mensaje acerca de Jesús y que desean unirse en la propagación de ese mensaje, como lo muestra su credo basado en la Biblia. Nadie está obligado a unirse al cuerpo así formado; y a causa de esta total ausencia de obligación, no puede haber interferencia alguna con la libertad en el mantenimiento tanto de cualquier propósito específico—por ejemplo, la propagación de un mensaje—como del propósito fundamental de la asociación. Si otras personas desean formar una asociación religiosa con un propósito distinto al de la propagación de un mensaje—por ejemplo, el propósito de promover en el mundo, simplemente a través de la exhortación y a través de la inspiración del ejemplo de Jesús, un cierto tipo de vida—están en completa libertad de hacerlo. Pero para una organización que está fundada sobre el propósito fundamental de la propagación de un mensaje, el confiar sus recursos y su nombre a aquellos que están involucrados en combatir el mensaje, esto no es tolerancia sino simple deshonestidad. Sin embargo, es exactamente esta forma de actuar la que es defendida por aquellos que permitirían que la religión no-doctrinal fuera enseñada en el nombre de iglesias doctrinales—iglesias que son claramente doctrinales tanto en su constitución como en las declaraciones que exigen a cada candidato a la ordenación.
El tema se puede aclarar a través de una ilustración de la vida secular. Supongamos que en una campaña política en Estado Unidos se forma un club democrático con el propósito de ayudar en el avance de la causa del Partido Democrático. Suponga que hay ciertos ciudadanos que se oponen a los principios del club democrático y en oposición desean apoyar al Partido Republicano. ¿Cuál es la forma honesta en la que ellos pueden llevar a cabo su objetivo? Clara y simplemente, es la formación de un club republicano que llevará a cabo una propaganda a favor de los principios republicanos. Pero suponga, que en vez de llevar a cabo este simple modo de acción, los defensores de los principios republicanos concibieran la noción de hacer una declaración de conformidad a los principios democráticos, de esa forma logrando una entrada al club democrático y finalmente transformando sus recursos en una propaganda antidemocrática. Ese plan puede ser ingenioso. Pero, ¿sería honesto? Sin embargo, es exactamente este plan el que es adoptado por los defensores de la religión no-doctrinal que, a través de la suscripción a un credo, logran la entrada al ministerio de enseñanza de iglesias evangélicas o doctrinales. Que nadie se ofenda con la ilustración tomada de la vida diaria. No estamos diciendo siquiera por un instante que la Iglesia no es más que un club político. Pero el hecho de que la Iglesia es más que un club político no significa que en asuntos eclesiásticos exista alguna abolición de los principios simples de honestidad. La Iglesia probablemente es más honesta, pero ciertamente no puede ser menos honesta, que un club político.
Ciertamente el carácter esencial conforme al credo de las iglesias evangélicas está firmemente fijo. Un hombre puede estar en desacuerdo con la Confesión de Westminster, por ejemplo, pero difícilmente puede obviar lo que significa; al menos, difícilmente puede dejar de comprender el “sistema de doctrina” que se enseña en él. La Confesión, cualquiera sean sus faltas, ciertamente no carece de concreción. Y ciertamente un hombre que solemnemente acepta ese sistema de doctrina como propio no puede, al mismo tiempo, ser defensor de una religión no-doctrinal que considera algo insignificante aquello que es lo esencial y lo central de la Confesión y el centro mismo de la Biblia sobre la cual está basada. El caso es similar en otras iglesias evangélicas. La Iglesia Protestante Episcopal, algunos de cuyos miembros, es cierto, les puede molestar el título distintivo de “evangélico,” está claramente fundada sobre un credo, y ese credo, incluyendo el supernaturalismo del Nuevo Testamento y la redención ofrecida por Cristo, es claramente parte del Libro de Oración Común que cada pastor en su propio nombre y en nombre de la congregación, debe leer.
La separación del liberalismo naturalista de las iglesias evangélicas sin duda reduciría el tamaño de las iglesias. Pero los trescientos hombres de Gedeón fueron más poderosos que los treinta y dos mil con los cuales comenzó la marcha contra los madianitas.
Ciertamente la situación presente está llena de extrema debilidad. Los hombres cristianos han sido redimidos del pecado, sin mérito propio, por el sacrificio de Cristo. Pero todo hombre que verdaderamente ha sido redimido del pecado anhela llevar a otros el mismo bendito Evangelio a través del cual él mismo ha sido salvado. La propagación del Evangelio es claramente el gozo y al mismo tiempo el deber de todo hombre cristiano. ¿Pero cómo será propagado el Evangelio? La respuesta natural es que será propagado a través de los organismos de la Iglesia—directiva de misiones y otros similares. Un deber obvio, por lo tanto, que recae sobre el hombre cristiano es de contribuir a los organismos de la Iglesia. Pero a esta altura crece la perplejidad. El hombre cristiano descubre, para su consternación, que los organismos de la Iglesia no sólo están propagando el Evangelio como se lee en la Biblia y en los credos históricos, sino también un tipo de enseñanza religiosa que es, en cada punto, el opuesto diametral del Evangelio. Naturalmente surge la pregunta si acaso hay razón alguna para contribuir a tales organismos. Por cada dólar contribuido a ellos, probablemente la mitad va en ayuda de los verdaderos misioneros de la Cruz, mientras que la otra mitad va en ayuda de aquellos que están persuadiendo a los hombres de que el mensaje de la Cruz es innecesario o erróneo. Si parte de nuestros aportes serán usados para neutralizar la otra parte, ¿no es acaso completamente absurda la contribución a las directivas misioneras? La pregunta puede al menos ser hecha de forma natural. No debiera ser contestada con apuro de una forma hostil hacia la contribución de directivas misioneras. Quizás es mejor que el Evangelio sea predicado y combatido por el mismo organismo, en vez de que no sea predicado en lo absoluto. De cualquier forma, los verdaderos misioneros de la Cruz, aun cuando las directivas misioneras que los financian resulten ser muy malas, no deben dejarse desatendidos. Pero la situación, desde el punto de vista del evangélico cristiano, es en extremo insatisfactoria. Muchos cristianos buscan aliviar la situación al “designar” sus aportes, en vez de permitir que sean distribuidos por las directivas misioneras. Pero a esta altura uno se encuentra con la centralización de poder que está ocurriendo en la Iglesia moderna. Teniendo en cuenta esta centralización, la designación de aportes a veces se considera ilusoria. Si los aportes son dedicados por los donantes a una misión reconocida como evangélica, eso no siempre aumenta los recursos de esa misión; porque las directivas misioneras simplemente pueden reducir la proporción asignada a esa misión desde los fondos no designados, y el resultado final es exactamente igual al que hubiese habido sin designación alguna del fondo.
La existencia y la necesidad de directivas misioneras y organizaciones similares previenen, en general, una solución obvia para la presente dificultad en la Iglesia—la solución ofrecida a través de la autonomía local de la congregación. Se puede sugerir que cada congregación determine su propia confesión de fe o su propio programa de trabajo. Entonces cada congregación parecería ser responsable sólo de sí misma y parecería estar libre de la odiosa tarea de juzgar a otros. Pero la sugerencia es impracticable. Más allá de la pregunta de si un sistema puramente congregacional de gobierno eclesiástico es deseable en sí mismo, es imposible donde existe interés por los organismos misioneros. Para el apoyo de tales organismos, muchas congregaciones obviamente deben unirse; y surge la pregunta acerca de si las congregaciones evangélicas pueden honestamente apoyar a organismos que se oponen a la fe evangélica.
De cualquier manera, la situación no puede ser mejorada al ignorar los hechos. El hecho claro es que el liberalismo, sea este verdadero o falso, no es una mera “herejía”—no es una mera divergencia en puntos aislados de la enseñanza cristiana. Por el contrario, procede de una raíz completamente distinta y constituye, esencialmente, un sistema unitario en sí mismo. Eso no significa que todos los liberales sostienen todas las partes del sistema, o que cristianos que han sido afectados por la enseñanza liberal en un punto han sido afectados en todos los puntos. Existe a veces una saludable falta de lógica que previene la destrucción de la totalidad de la fe de un hombre cuando ha renunciado a una parte. Pero la verdadera forma en la cual se debe examinar un movimiento espiritual es en cuanto a sus relaciones lógicas; la lógica es la gran dinámica, y las inferencias lógicas de cualquier forma de pensamiento tarde o temprano serán resueltas. Y tomado como un todo, incluso como en realidad existe hoy, el liberalismo naturalista es un fenómeno bastante unitario; está tendiendo más y más a eliminar de sí mismo remanentes ilógicos de la creencia cristiana. Difiere del cristianismo en su visión de Dios, del hombre, de la autoridad máxima y de la salvación. Y difiere del cristianismo no sólo en teología sino en la totalidad de la vida. Es cierto que a veces se dice que puede existir comunión en sentimientos donde la comunión en pensamiento se ha acabado, una comunión del corazón si se distingue de la comunión de la cabeza. Pero respecto de la presente controversia, tal distinción ciertamente no aplica. Por el contrario, al leer los libros y escuchar los sermones de profesores liberales recientes—tan relajados respecto del problema del pecado, tan carentes de toda compasión por una humanidad llena de culpa, tan propensos a abusar y ridiculizar las cosas más atesoradas por el corazón de todo hombre cristiano—uno sólo puede confesar que si el liberalismo regresa a la comunión cristiana, debe haber un cambio completo de corazón, tanto como un cambio de mente. ¡Que Dios permita que este tipo de cambio de corazón pueda llegar! Pero mientras tanto, la presente situación no debe ser ignorada sino enfrentada. El cristianismo está siendo atacado desde adentro por un movimiento que es anticristiano hasta la médula.
¿Cuál es el deber de los hombres cristianos frente a estos tiempos? ¿Cuál es el deber, en particular, de los dirigentes cristianos en la Iglesia?
En primer lugar, deben animar a aquellos que se están ocupando de la lucha intelectual y espiritual. No deben decir, en el sentido en el que algunos laicos lo dicen, que se debe dedicar más tiempo a la propagación del cristianismo y menos a la defensa del cristianismo. Ciertamente debe haber propagación del cristianismo. Los creyentes ciertamente no deben contentarse con rechazar ataques, sino que también deberían desplegar, de forma ordenada y positiva, las completas riquezas de Evangelio.
Pero quieren decir mucho más que eso los que llaman a menos defensa y más propagación. Lo que realmente pretenden es la desincentivación de la completa defensa intelectual de la fe. Y sus palabras llegan como un golpe en el rostro para aquellos que están peleando la gran batalla. De hecho, no menos tiempo, sino más tiempo debiera ser dedicado a la defensa del Evangelio. En efecto, la verdad no puede ser establecida claramente sin ser contrastada con el error. Así, gran parte del Nuevo Testamento es polémico; el anuncio de la verdad evangélica fue ocasionado por los errores que habían surgido en las iglesias. Así será siempre, como consecuencia de las leyes fundamentales de la mente humana. Más aún, la presente crisis debe ser tomada en cuenta. Puede haber existido un día cuando podía haber propagación del cristianismo sin defensa. Pero, como sea, ese día ya pasó. En el presente, cuando los oponentes del Evangelio están casi al control de nuestras iglesias, la más pequeña elusión a la defensa del Evangelio es simplemente una completa deslealtad al Señor. Ha habido grandes crisis previas en la historia de la Iglesia, crisis casi comparables a esta. Una apareció en el siglo dos, cuando la vida misma del mundo cristiano fue amenazada por los gnósticos. Otra vino en la Edad Media cuando el Evangelio de la gracia de Dios pareció haberse olvidado. En tales tiempos de crisis, Dios siempre ha salvado a la Iglesia. Pero siempre la ha salvado, no a través de pacifistas teológicos, sino a través de fuertes contendientes de la verdad.
En segundo lugar, los dirigentes cristianos en la Iglesia debieran realizar su labor al tomar decisiones sobre las calificaciones de los candidatos para el ministerio. La pregunta “¿A favor de Cristo o contra Él?” constantemente aparece en la examinación de los candidatos a la ordenación. Usualmente hay intentos por oscurecer el tema. Normalmente se dice: “El candidato sin duda se moverá en dirección a la verdad; que ahora se le permita salir tanto a aprender como a predicar.” Y así otro oponente al Evangelio entra en los concilios de la Iglesia y otro falso profeta surge para animar a los pecadores a aproximarse al trono del juicio de Dios vestido en los trapos miserables de su propia justicia. Tal acción no es realmente “amable” hacia el candidato mismo. Nunca es amable el animar a un hombre a entrar a una vida de deshonestidad. Regularmente parece olvidarse que las iglesias evangélicas son organizaciones puramente voluntarias; no se le requiere a nadie el entrar a su servicio. Si un hombre no puede aceptar las creencias de tales iglesias, hay otros cuerpos eclesiásticos en los que puede encontrar un lugar. La creencia de la Iglesia Presbiteriana, por ejemplo, es claramente presentada en la Confesión de Fe y la Iglesia jamás proveerá la calidez de la comunión o se dedicará con real vigor alguno a su trabajo hasta que sus pastores estén de acuerdo de todo corazón con esa creencia. Es extraño cómo, para lograr una amabilidad totalmente falsa para con los hombres, los cristianos a veces están dispuestos a renunciar a su lealtad hacia el Dios crucificado.
En tercer lugar, los dirigentes cristianos en la Iglesia debieran mostrar su lealtad a Cristo en su capacidad como miembros de las congregaciones individuales. El asunto normalmente aparece en conexión con la elección de un pastor. Tal o tal hombre, se dice, es un predicador brillante. Pero, ¿cuál es el contenido de su predicación? ¿Está su predicación llena del Evangelio de Cristo? La respuesta es a menudo evasiva. El predicador en cuestión, se dice, es de buena reputación en la iglesia, y jamás ha negado las doctrinas o la gracia. Por lo tanto, se insta a que sea llamado al pastorado. Pero, ¿quedaremos satisfechos con tales garantías negativas? ¿Quedaremos satisfechos con predicadores que meramente “no niegan” la Cruz de Cristo? ¡Que Dios permita que tal satisfacción sea destrozada! La gente está pereciendo bajo el ministerio de aquellos que “no niegan” la Cruz de Cristo. De seguro se necesita algo más que eso. ¡Envíanos, Dios, pastores que, en vez de meramente evitar la negación de la Cruz, sean apasionados por la Cruz, cuya vida entera sea un sacrifico encendido de gratitud hacia el bendito Salvador que los amó y se dio a Sí mismo por ellos!
En cuarto lugar—lo más importante de todo—debe haber una renovación de la educación cristiana. El rechazo al cristianismo se debe a varias causas. Pero una causa muy potente es simple ignorancia. En incontables casos, el cristianismo es rechazado porque los hombres simplemente no tienen la más mínima noción de qué es el cristianismo. Un hecho destacado de la historia reciente del cristianismo es el horrible crecimiento de la ignorancia en la Iglesia. Varias causas, sin duda, pueden ser asignadas a este lamentable desarrollo. El desarrollo se debe en parte al deterioro general de la educación—al menos en lo que respecta a la Historia y la literatura. Los colegios de hoy están siendo minados con la absurda noción de que la educación debiera seguir el camino más fácil, y de que algo puede ser “extraído” de la mente antes de que algo sea ingresado a ella. También están siendo minadas por un énfasis exagerado en la metodología en desmedro del contenido, y en lo que es materialmente útil en desmedro de la elevada herencia espiritual del ser humano. Estas lamentables tendencias, más aún, están en riesgo de ser hechas permanentes a través de la extensión siniestra de control por parte del Estado. Pero algo más que el deterioro general de la educación se necesita para dar cuenta del especial crecimiento de la ignorancia en la Iglesia. El crecimiento de la ignorancia en la Iglesia es el resultado lógico e inevitable de la noción falsa de que el cristianismo es una vida pero no es, al mismo tiempo, una doctrina; si el cristianismo no es una doctrina entonces, por cierto, la enseñanza no es necesaria para el cristianismo. Pero sean cuales sean las causas del crecimiento de la ignorancia en la Iglesia, la maldad debe ser corregida. Debe ser corregida primeramente a través de la renovación de la educación cristiana en la familia, pero también a través del uso de cualquier otra agencia educacional que la Iglesia pueda encontrar. La educación cristiana es la ocupación primordial del momento para todo hombre cristiano serio. El cristianismo no puede subsistir a menos que los hombres sepan lo que es el cristianismo; y la cuestión justa y lógica es aprender qué es el cristianismo, no a través de los oponentes, sino de aquellos que son cristianos. El método de procedimiento sería el único método justo en el caso de cualquier movimiento. Pero es aun más importante en el caso de un movimiento como el cristianismo que ha sentado las bases de todo lo que consideramos como lo más importante. Los hombres tienen oportunidades abundantes hoy para aprender lo que puede ser dicho en contra el cristianismo, y es justo que también puedan aprender algo respecto de la materia que está siendo atacada.
Tales medidas se necesitan hoy. El presente no es un tiempo para el relajo o el placer, sino para un trabajo ferviente y un trabajo en oración. Una terrible crisis indudablemente ha aparecido en la Iglesia. En el ministerio de las iglesias evangélicas se encuentran multitudes de aquellos que rechazan el Evangelio de Cristo. A través del uso equívoco de frases tradicionales, a través de la representación de diferencias de opinión como si sólo fueran diferencias respecto de la interpretación de la Biblia, la entrada a la Iglesia se asegura a aquellos que son hostiles hacia los mismos fundamentos de la fe.
Y ahora hay algunas indicaciones de que la mentira de la conformidad con el pasado debe ser quitada, y que al verdadero significado de lo que ha estado ocurriendo se le debe permitir la entrada. La Iglesia, se supone aparentemente, ha sido educada casi hasta el punto en donde los grilletes de la Biblia pueden ser abiertamente desechados y la doctrina de la Cruz de Cristo puede ser relegada al limbo de las sutilezas descartadas.
Sin embargo, en la vida cristiana no hay espacio para la desesperación. Nuestra esperanza no debiera estar fundada sobre la arena. Debiera estar fundada, no sobre una ciega ignorancia del peligro, sino exclusivamente sobre las preciosas promesas de Dios. Los laicos, al igual que los pastores, deberían volver, en estos días de prueba, con una nueva actitud ferviente, al estudio de la Palabra de Dios.
Si la Palabra de Dios es atendida, la batalla cristiana será luchada tanto con amor como con fidelidad. Las pasiones partidarias y las animosidades personales serán sacadas del camino, pero por otro lado, aun los ángeles del cielo serán rechazados si predicasen un evangelio diferente al bendito evangelio de la Cruz. Cada hombre debe decidir de qué lado se parará. ¡Dios permita que decidamos de manera apropiada!
No podemos saber lo que el futuro inmediato pueda traer. El resultado final sin dudas es claro. Dios no ha abandonado a su Iglesia; la ha guiado a través de tiempos aun más oscuros que aquellos que ponen a prueba nuestro coraje ahora; y sin embargo, la hora más oscura siempre ha llegado antes del amanecer. Tenemos hoy la entrada del paganismo a la Iglesia en el nombre del cristianismo. Pero en el siglo dos, una batalla similar fue luchada y ganada. Desde otro punto de vista, el liberalismo moderno es como el legalismo de la Edad Media, con su dependencia en los méritos del hombre. Y otra Reforma vendrá en los tiempos que Dios estime conveniente.
Pero mientras tanto, nuestras almas están cansadas. Sólo podemos intentar hacer nuestra labor con humildad y en dependencia exclusiva del Salvador que nos compró con su sangre. El futuro está en las manos de Dios, y no sabemos los medios que usará para cumplir Su voluntad. Puede ser que las iglesias evangélicas de hoy se enfrenten a los hechos, y recuperen su integridad mientras aún haya tiempo. Si esa solución es adoptada, entonces no hay tiempo que perder, ya que las fuerzas que se oponen al Evangelio están ya casi al control. Es posible que las iglesias existentes sean entregadas completamente al naturalismo, para que los hombres puedan ver entonces que las necesidades fundamentales del alma son satisfechas, no adentro, sino afuera de las iglesias existentes, y que así nuevos grupos cristianos puedan ser formados.
Pero sea cual sea la solución, una cosa es clara. En algún lado debe haber grupos de hombres y mujeres redimidos que puedan congregarse humildemente en el nombre de Cristo, para darle gracias por Su indescriptible regalo y para adorar al Padre a través de Jesús. Tales grupos pueden satisfacer las necesidades del alma. En la actualidad, hay un anhelo del corazón humano que es a menudo olvidado—es el profundo y sufrido anhelo del cristiano de compañerismo con sus hermanos. Uno escucha mucho, es cierto, acerca de la unión, armonía y cooperación cristiana. Pero la unión a la que se refieren, es a menudo una unión con el mundo y contra el Señor, o, en el mejor de los casos, una unión forzada de comités de maquinación y tiranía. ¡Cuán diferente es la verdadera unidad del Espíritu en el vínculo de paz! A veces, es cierto, el anhelo de compañerismo cristiano es satisfecho. Hay congregaciones, aun en la etapa de conflicto actual, que realmente se encuentran congregadas alrededor de la mesa del Señor; hay pastores que son pastores realmente. Pero tales congregaciones, en muchas ciudades, son difíciles de encontrar.
Cansado con los conflictos del mundo, uno entra a la Iglesia, en busca de refresco para el alma. ¿Y con qué se encuentra uno? Por desgracia, muy a menudo, uno encuentra sólo la confusión del mundo. El predicador surge, no de algún lugar secreto de meditación y poder, no con la autoridad de la Palabra de Dios impregnando su mensaje, no con la sabiduría humana empujada bien al fondo para dar paso a la gloria de la Cruz, sino con opiniones humanas acerca de los problemas sociales del momento o soluciones fáciles al problema global del pecado. Tal es el sermón. Y luego quizás el servicio es concluido con uno de esos himnos que expresan las furiosas pasiones de 1861, que son encontradas en la parte de atrás de los himnarios. Así las disputas del mundo han entrado incluso a la casa de Dios. Y triste, sin duda, es el corazón del hombre que ha llegado en busca de paz.
¿Acaso no hay refugio de las disputas? ¿No hay un lugar de refresco en donde un hombre puede alistarse para la batalla de la vida? ¿No hay un lugar en donde dos o tres pueden congregarse en el nombre de Jesús, para olvidar por un momento todas esas cosas que dividen a las naciones y las razas, para olvidar el orgullo humano, para olvidar las pasiones de la guerra, para olvidar los desconcertantes problemas de las disputas industriales y para unirse en gratitud rebosante a los pies de la Cruz? Si existiese tal lugar, entonces esa es la casa de Dios y la puerta del cielo. Y debajo del umbral de esa casa correrá un río que revivirá al mundo cansado.

La Salvación

Por John Gresham Machen Sobre Método Apologético
Capítulo 6 del Libro Cristianismo y Liberalismo

Traducción por Glorified Word Project


Hemos observado hasta ahora que el liberalismo difiere del cristianismo en cuanto a las presuposiciones del Evangelio (en cómo se ve a Dios y cómo se ve al hombre), en cuanto al Libro en el cual está contenido el Evangelio, y en cuanto a la Persona cuya obra es presentada por el Evangelio. No es de sorprender, por tanto, que difiera del cristianismo en su reporte del evangelio mismo; no es de sorprender que presente un reporte enteramente diferente de la manera en la cual la salvación se lleva a cabo. El liberalismo encuentra la salvación (si es que en algún momento está dispuesto a hablar de “salvación”) en el hombre; el cristianismo la encuentra en el actuar de Dios.
La diferencia en cuanto a la manera de la salvación tiene que ver, en primer lugar, con la base de la salvación en la obra redentora de Cristo. Según la creencia cristiana, Jesús es nuestro Salvador, no en virtud de lo que dijo, ni siquiera en virtud de lo que era, sino en virtud de lo que hizo. Él es nuestro Salvador, no porque nos haya dado la inspiración para vivir el mismo tipo de vida que Él vivió, sino porque Él puso sobre sí mismo la terrible culpa de nuestros pecados y cargó con ella por nosotros en la cruz. Tal es la concepción cristiana de la Cruz de Cristo. Se le ridiculiza llamándola una “sutil teoría de la propiciación.” En realidad, esta es la clara enseñanza de la palabra de Dios; en absoluto conocemos otra propiciación que no sea vicaria, pues es la única de la cual habla el Nuevo Testamento. Y esta doctrina bíblica no es complicada ni sutil. Por el contrario, aunque incluye misterios, es tan simple que hasta un niño podría entenderla. “Nosotros nos merecíamos muerte eterna, pero el Señor Jesús, porque nos amó, murió en la cruz en nuestro lugar”—claramente no hay nada complicado en eso. No es la doctrina bíblica de la propiciación la que es difícil de entender—los que son realmente incomprensibles son los elaborados esfuerzos modernos por deshacerse de la doctrina bíblica siguiendo el orgullo humano. [1]
Los predicadores liberales modernos sí hablan de vez en cuando de la “propiciación.” Pero lo hacen tan infrecuentemente como pueden, y se puede ver claramente que sus corazones están en cualquier otro lado que no sea a los pies de la Cruz. De hecho, en este punto, tal como en muchos otros, da la sensación de que el lenguaje tradicional está siendo distorsionado para convertirlo en la expresión de ideas totalmente ajenas. Y cuando la fraseología tradicional ha sido quitada, la esencia de la concepción moderna de la muerte de Cristo, aunque tal concepción se muestre de muchas maneras, queda bastante clara. La esencia es que la muerte de Cristo tuvo un efecto sólo en el hombre y no en Dios. A veces el efecto en el hombre se concibe de una manera muy simple; la muerte de Cristo termina siendo un mero ejemplo de abnegación que debemos emular. La particularidad de este ejemplo en especial, entonces, puede encontrarse sólo en el hecho de que el sentir cristiano, reunido en torno a él, lo ha convertido en un conveniente símbolo para todo sacrificio personal; este ejemplo pone en forma concreta lo que de otra forma tendría que ser expresado en términos generales más fríos. Otras veces el efecto de la muerte de Cristo sobre nosotros es entendido en formas más sutiles; la muerte de Cristo, se dice, muestra cuánto Dios odia el pecado—ya que este llevó incluso al Santo a la horrible cruz—y nosotros, por ende, debemos odiarlo, tal como Dios lo hace, y arrepentirnos. Aún más, a veces la muerte de Cristo es vista como una muestra del amor de Dios; exhibe al Hijo de Dios entregado por todos nosotros. No todas estas “teorías de la propiciación” modernas deber ser ubicadas en el mismo plano; la última de ellas, en particular, puede ser adjuntada a una concepción más alta de la Persona de Jesús. Pero todas ellas se equivocan en que ignoran la terrible realidad de la culpa, y hacen que lo único necesario para la salvación sea una mera persuasión de la voluntad humana. Todas ellas contienen un elemento de verdad: es cierto que la muerte de Cristo es un ejemplo de sacrificio personal que puede inspirar abnegación; es cierto que la muerte de Cristo muestra cuánto Dios odia el pecado; es cierto que la muerte de Cristo muestra el amor de Dios. Todas estas verdades se encuentran con claridad en el Nuevo Testamento. Pero todas ellas son absorbidas por una verdad mucho más grande—que Cristo murió en nuestro lugar para presentarnos libres del culpa ante el trono de Dios. Sin esa verdad central, todo lo demás pierde su significado real: un ejemplo de sacrificio personal es inútil para aquellos que están bajo la culpa y el dominio del pecado; el conocimiento del odio de Dios hacia el pecado sólo provoca desesperación; una exhibición del amor de Dios es una simple demostración a menos que exista una razón para el sacrificio. Si la Cruz ha de ser puesta en el lugar que le corresponde en la vida cristiana, tendremos que penetrar mucho más allá de las teorías modernas para llegar a Aquel que nos amó y se dio a sí mismo por nosotros.
Los liberales modernos no dudan en descargar su odio y desprecio sobre la doctrina cristiana de la Cruz. Incluso en este punto, por cierto, no se abandona la esperanza de evitar una ofensa; todavía se usan las palabras “propiciación vicaria” y otras similares—en un sentido totalmente variante al significado cristiano, por supuesto. Pero a pesar del uso ocasional del lenguaje tradicional, los predicadores liberales no hacen nada más que revelar lo que está en sus mentes. Hablan con disgusto de aquellos que creen “que la sangre de nuestro Señor, vertida en muerte sustitutiva, apacigua a una Deidad hostil y hace que el pecador arrepentido pueda ser bienvenido.” [2] En contra de la doctrina de la Cruz usan caricaturizaciones y denigraciones. De esa forma derraman su desprecio sobre una cosa tan santa y preciosa que el corazón cristiano, en presencia de ella, se derrite en una gratitud demasiado profunda para expresarla en palabras. A los liberales nunca se les ocurre que al mofarse de la doctrina cristiana de la Cruz están pisoteando corazones humanos. Sin embargo, los ataques liberales modernos a la doctrina cristiana de la Cruz al menos pueden servir para mostrar lo que esta doctrina es realmente, y desde este punto de vista serán examinados ahora brevemente.
En primer lugar, se critica la forma cristiana de la salvación por medio de la Cruz de Cristo por depender de la Historia. A veces se trata de evadir esta crítica; se dice a veces que como cristianos podemos poner atención a lo que Cristo hace hoy por cada cristiano en vez de fijarnos en lo que hizo hace tiempo en Palestina. Pero tal evasión significa un abandono total de la fe cristiana. Si la obra salvadora de Cristo estuviera limitada a lo que Él hace hoy por los cristianos, no existiría tal cosa como el Evangelio cristiano—el evento que cambió la cara de la Historia. Lo que nos quedaría sería simplemente misticismo, y el misticismo es muy diferente al cristianismo. Precisamente, es la conexión de la experiencia presente del creyente con la real aparición histórica de Jesús en el mundo la que evita que nuestra religión sea misticismo y la que hace que sea cristianismo. Por lo tanto, ciertamente se debe admitir que el cristianismo depende de algo que sucedió; si Jesús no murió en propiciación por los pecados de los hombres en un momento particular de la Historia, nuestra religión debe ser abandonada por completo. El cristianismo por cierto depende de la Historia.
Si esto es así, inmediatamente aparece una objeción. ¿Debemos realmente depender de algo que pasó hace tanto tiempo para el bienestar de nuestras almas? ¿De verdad debemos esperar hasta que los historiadores terminen sus disputas sobre la validez de las fuentes y todo lo demás para tener paz con Dios? ¿No sería mejor tener una salvación que estuviera con nosotros aquí y ahora, una que sólo dependiera de lo que podemos ver y sentir?
Se debe observar en cuanto a esta objeción que, si la religión se hiciera independiente de la Historia, no se podría hablar de Evangelio. Porque “evangelio” significa “buenas noticias,” datos, información acerca de algo que ha sucedido. Un evangelio independiente de la Historia es una contradicción de términos. El Evangelio cristiano no es una presentación de algo que siempre ha sido, sino el anuncio de algo nuevo—algo que cambia totalmente el aspecto de la situación humana. Este estado de desesperación se debía al pecado; pero Dios ha cambiado la situación por medio de la muerte propiciatoria de Cristo—tal cosa no es un mero reflejo de lo pasado, sino el reporte de algo nuevo. Estamos encerrados en este mundo, como si estuviéramos asediados. Para resistir con valor, el predicador liberal nos ofrece su exhortación. Resígnense, nos dice, vean el lado bueno de la vida. Desafortunadamente, tal exhortación no cambia los hechos. En particular, no puede borrar la espantosa realidad del pecado. El mensaje del evangelista cristiano es muy diferente. Él no nos ofrece lo mismo de ayer sino algo nuevo, no una exhortación sino un Evangelio. [3]
Es verdad que el Evangelio cristiano es un relato, no de algo que ocurrió ayer, sino de algo que sucedió hace mucho tiempo; lo importante, sin embargo, es que realmente sucedió. Si realmente ocurrió, cuándo fue no es importante en realidad. Sin importar cuándo, si fue ayer o en el primer siglo, sigue siendo un Evangelio real, noticias verdaderas.
Además, en este caso, lo que pasó hace tiempo se confirma en la experiencia presente. Primero, el hombre cristiano recibe el relato que el Nuevo Testamento da sobre la muerte propiciatoria de Cristo. Tal relato es Historia. Si es veraz, tiene efectos en el presente, y por sus efectos puede ser probado. El hombre cristiano pone en juicio el mensaje cristiano, y al juzgarlo lo encuentra verdadero. La experiencia no sustituye la evidencia documentada, pero sí la confirma. La palabra de la Cruz ya no parece algo meramente lejano, un asunto que sólo los teólogos entrenados deben discutir. Por el contrario, el mensaje es recibido en lo más profundo del alma del cristiano, y cada momento de su vida confirma nuevamente su veracidad.
En segundo lugar, se critica a la doctrina cristiana de la salvación por medio de la muerte de Cristo en base a su exclusividad. La doctrina limita la salvación al nombre de Jesús, y hay muchos hombres en el mundo que jamás han escuchado de forma efectiva acerca de Jesús. Lo que realmente se necesita, se nos dice, es una salvación que salve a todos los hombres dondequiera que se encuentren, hayan o no escuchado acerca de Jesús, sin importar en qué contexto hayan crecido. Un nuevo credo, se dice, no satisfará la necesidad universal del mundo; lo que se necesita es un mecanismo para hacer efectivo en la práctica cualquier credo que los hombres puedan tener.
Esta segunda objeción, tal como la primera, es muchas veces evadida. Se dice a veces que aunque una manera de ser salvo es por medio de aceptar el Evangelio, podría haber otras. Pero este método de satisfacer la objeción deja de lado una de las características más obvias del mensaje cristiano—a saber, su exclusividad. Lo que más escandalizó a los primeros oyentes del mensaje cristiano no fue meramente el hecho de que la salvación se ofreciera por medio del Evangelio cristiano, sino que se rechazara todas las otras formas. Los primeros misioneros cristianos exigían una devoción absolutamente exclusiva a Cristo. Tal exclusividad iba directamente en contra del sincretismo imperante de la época helenística. En ese tiempo, las muchas religiones ofrecían muchos salvadores a los hombres; sin embargo, tales religiones paganas podían coexistir en perfecta armonía; cuando un hombre se hacía devoto de un dios, no le era necesario dejar a los demás. Pero el cristianismo no tenía nada que ver con estas “poligamias parciales del alma;” [4] exigía una devoción absolutamente exclusiva; insistía en que todos los demás salvadores debían ser reemplazados por el único Señor. La salvación, en otras palabras, no era meramente a través de Cristo, sino únicamente a través de Cristo. La pequeña palabra “sólo” contenía toda la ofensa. Sin esa palabra, no habría existido persecución alguna; probablemente los hombres cultos de la época habrían estado dispuestos a darle un lugar a Jesús, y uno honorable, en medio de los salvadores de la humanidad. Sin esta exclusividad, el mensaje cristiano no habría ofendido a los hombres de ese tiempo. De la misma manera, el liberalismo moderno, al poner a Jesús al lado de los otros benefactores de la humanidad, es perfectamente inerme al mundo moderno. Todos hablan bien de él. Es enteramente inofensivo. Pero también es enteramente inútil. Así se quita la ofensa de la Cruz, y junto con ella, la gloria y el poder.
Se debe admitir, por tanto, que el cristianismo sí limita la salvación al nombre de Cristo. Aquí no se debe discutir si es que los beneficios de la muerte de Cristo se aplican a aquellos que, siendo capaces de juzgar por sí mismos, no han escuchado o aceptado el mensaje del evangelio. Ciertamente, el Nuevo Testamento no ofrece una esperanza clara en este asunto. En la base misma de la obra de la Iglesia apostólica se encuentra la consciencia de una gigantesca responsabilidad. El único mensaje de vida y salvación se les había encargado a los hombres; tal mensaje debía ser proclamado sin importar los riesgos mientras todavía hubiera tiempo. La objeción en cuanto a la exclusividad de la salvación del cristianismo, entonces, no debe ser esquivada sino respondida.
Como respuesta a la objeción se puede decir simplemente que la salvación según el cristianismo es exclusiva siempre y cuando la Iglesia elija que esta permanezca exclusiva. El nombre de Jesús curiosamente se adapta a hombres de toda raza y nivel educacional. Y la Iglesia posee abundantes medios, por la promesa del Espíritu de Dios, para llevar el nombre de Jesús a todos. Por ende, si esta manera de salvación no es ofrecida al hombre, no es culpa de la forma de salvación en sí misma, sino de los hombres que fallan al usar los medios que Dios ha puesto en sus manos.
Sin embargo, puede decirse, que esta tremenda responsabilidad no debería ser encargada a hombres débiles y pecadores. ¿Acaso no sería mejor que Dios ofreciera salvación a todos sin pedirles que acepten un nuevo mensaje, evitando así hacerse dependiente de la fidelidad de tales mensajeros? La respuesta a esta objeción es clara. Es verdad que la manera cristiana de la salvación deposita una grandísima responsabilidad sobre los hombres. Pero a simple vista se puede observar que tal responsabilidad es la que, de hecho, Dios da a los hombres. Es como la responsabilidad, por ejemplo, del padre hacia el hijo. El padre tiene todo el poder para arruinar tanto el alma como el cuerpo de su hijo. La responsabilidad es inmensa; no obstante, es una responsabilidad incuestionablemente real. La responsabilidad que tiene la Iglesia de hacer conocido el nombre de Jesús a toda la humanidad es similar. Es una responsabilidad enorme; pero es real, tal como la responsabilidad que Dios ha depositado en el hombre en los otros tratados que ha hecho él.
Pero el liberalismo moderno tiene objeciones aún más específicas en cuanto a la doctrina cristiana de la Cruz. Se pregunta cómo es posible que una persona sufra por los pecados de otra. Lo que se nos dice es absurdo. La culpa, se dice, es personal; si dejo que otro hombre sufra por mi falta, mi culpa no disminuye en lo más mínimo.
A veces se puede responder a esta objeción con ejemplos de la vida cotidiana en donde una persona sufre a causa del pecado de otra. En la guerra, por ejemplo, muchos hombres mueren libremente por el bienestar de otros. Aquí, se dice, tenemos algo análogo al sacrificio de Cristo.
Se debe confesar, no obstante, que la analogía es bastante débil, pues esta no responde al punto específico en cuestión. La muerte de un soldado voluntario en la guerra es como la muerte de Cristo en que es un ejemplo supremo de sacrificio personal. Pero lo que se consigue con tal abnegación es completamente diferente a lo que se consigue en el Calvario. La muerte de aquellos que se sacrifican en la guerra trae paz y protección a sus seres queridos, pero jamás podrá ser un medio efectivo para borrar la culpa del pecado.
La respuesta real a la objeción se debe encontrar en la profunda diferencia existente entre la muerte de Cristo y los otros ejemplos de sacrificio personal, y no en la similitud. [5] ¿Por qué los hombres ya no están dispuestos a confiar—para su propia salvación y para la esperanza del mundo—en la obra hecha tiempo atrás por un solo Hombre? ¿Por qué será que prefieren confiar en millones de actos de abnegación hechos por millones de hombres a través de los siglos y en nuestro propio tiempo? La respuesta es simple. Es porque los hombres han perdido de vista la majestad de la Persona de Jesús. Piensan en Él como un hombre tal como ellos mismos; y si Él fue un hombre tal como ellos, Su muerte se convierte simplemente en un ejemplo de sacrificio personal. Existen millones de ejemplos gente que ha dado su vida. ¿Por qué deberíamos poner nuestra atención exclusivamente en el ejemplo de este palestino de hace tanto tiempo? Refiriéndose a Jesús, los hombres solían decir, “Ningún otro bien podría haber pagado el precio del pecado.” Ya no lo dicen. Por el contrario, hoy se dice que cualquier hombre es suficiente para pagar por el precio el pecado si es que, en paz o en guerra, está realmente dispuesto a dar su vida valientemente por una causa noble.
Es absolutamente cierto que ningún hombre común y corriente podría pagar la pena del pecado de otro hombre. Esto no implica que Jesús no sería capaz de hacerlo; Jesús no era un hombre ordinario, sino el eterno Hijo de Dios. Jesús tiene la autoridad en los secretos más profundos del mundo moral. Él ha hecho lo que ningún otro podría hacer; Él ha cargado con nuestro pecado.
La doctrina cristiana de la obra de Cristo por tanto, está directamente basada en la doctrina cristiana de la deidad de Cristo. La realidad de la propiciación por el pecado depende derechamente de la presentación que hace el Nuevo Testamento acerca de la Persona de Cristo. Incluso los himnos que cantamos en la Iglesia acerca de la Cruz pueden ser ordenados en una escala ascendente según su alta o baja concepción de la Persona de Jesús. El conocido himno a continuación se encuentra en la parte más baja de la escala:
¡Más cerca de ti, mi Dios,
Más cerca de ti!
Aunque sea una cruz
La que a ti me acerque.
Este es un himno muy bueno. Quiere decir que nuestras pruebas pueden ser una disciplina que nos acerque más a Dios. La idea no se opone al cristianismo; es una idea que se encuentra en el Nuevo Testamento. No obstante, debido a la mención de la palabra “cruz,” muchas personas quedan con la impresión de que hay algo específicamente cristiano en el himno, y que algo tiene que ver con el Evangelio. Tal impresión es completamente falsa. En realidad, la cruz de la cual se habla no es la Cruz de Cristo sino nuestra propia cruz; el verso simplemente habla de que nuestras propias cruces o pruebas pueden ser un medio que nos acerque a Dios. Es una idea perfectamente buena, pero ciertamente no es el Evangelio. ¡Que lástima que la gente que murió en el Titanic no encontrara un mejor himno para cantar en la solemne última hora de sus vidas! Pero hay otro himno en el himnario:
Mi gloria está en la cruz de Cristo
Que al tiempo y a sus naufragios mira;
Toda la luz de la sagrada historia
En torno a su sublime cabecera se reúne.
Este es mucho mejor. No se habla aquí de nuestras cruces sino de la Cruz de Cristo, el evento concreto que ocurrió en el Calvario; el evento es celebrado como el centro de toda la historia. El cristiano puede cantar este himno, por cierto. Pero aún así se pierde el sentido completo del significado de la Cruz; la Cruz es celebrada, mas no entendida.
Que bueno, entonces, que haya otro himno más en nuestro himnario:
Cuando contemplo la maravillosa cruz
En donde el Príncipe de Gloria murió,
Mi más grande ganancia como pérdida cuento
Y mi orgullo olvido todo.
Aquí se escucha en totalidad el énfasis del sentimiento cristiano—“la maravillosa cruz en donde el Príncipe de gloria murió.” Sólo cuando seamos capaces de ver que no fue un hombre cualquiera el que sufrió en el Calvario sino el Señor de la Gloria, entonces estaremos dispuestos a decir que una gota de la preciosa sangre de Jesús tiene mucho más valor, para nuestra salvación y para la esperanza de la sociedad, que todos los ríos de sangre que han sido derramados sobre los campos de batalla de la Historia.
Así desaparece totalmente la objeción al sacrificio vicario de Cristo ante tremendo significado cristiano acerca de la majestad de la Persona de Jesús. Est! totalmente claro que el Cristo reconstruido de la era moderna naturalista jamás podría haber sufrido por los pecados de otros; pero es un caso completamente diferente el del Señor de la Gloria. Y si la noción de la obra vicaria de la cruz es tan absurda como la oposición moderna nos quiere hacer creer, ¿qué se debe decir de la experiencia cristiana que en ella se basa? A la iglesia liberal moderna le encanta apelar a la experiencia. Pero, ¿dónde se encontrará la verdadera experiencia cristiana sino en la bendita paz que viene del Calvario? Esa paz sólo viene cuando un hombre reconoce que todos sus esfuerzos por estar en buenos términos con Dios y que todo su febril esfuerzo por guardar la Ley para así ser salvo están demás, y que el Señor Jesús ha quitado los cargos que lo declaraban culpable al morir en sustituyéndolo en la Cruz. ¿Quién puede medir la profundidad de la paz y del gozo que viene con este bendito conocimiento? ¿Es esto una simple “teoría de la propiciación,” un invento de la imaginación del hombre? ¿O es la pura verdad de Dios?
Sin embargo, aún queda una objeción a la doctrina cristiana de la Cruz. Esta tiene que ver con el carácter de Dios. ¡Cuán degradada imagen de Dios se da, reclama el liberal moderno, cuando a Dios se le muestra como si estuviera “alienado” del nombre, como si fríamente estuviera esperando hasta que un precio se pague para dar salvación! En realidad, se nos dice, Dios está más dispuesto a perdonar el pecado que nosotros a ser perdonados; la reconciliación, entonces, sólo tiene que ver con el hombre; todo depende de nosotros; Dios nos aceptará en el instante que nosotros decidamos.
La objeción depende, claro está, del concepto liberal del pecado. Si el pecado es una cosa tan poca como la iglesia liberal supone, entonces claro que la maldición de la ley de Dios se puede tomar livianamente, y claro que Dios fácilmente puede decir que lo hecho, hecho está.
Este asunto de ‘lo hecho, hecho está’ tiene un sonido placentero. Pero en realidad es lo más lo más cruel que puede haber. Ni siquiera sirve en el caso de los pecados cometidos en contra de nuestros pares humanos. Sin decir nada con respecto al pecado en contra de Dios, ¿qué se debe hacer en cuanto al daño causado a nuestro prójimo? Muchas veces, sin duda, el daño puede ser reparado. Si hemos defraudado a nuestro prójimo con cierta suma de dinero, es posible pagarla de vuelta con un porcentaje de interés. Pero en el caso de daños mayores, tal cosa es simplemente imposible. Los daños más serios causados a los hombres no son los que han recibido en sus cuerpos sino en sus almas. ¿Y quién puede pensar complacientemente en sus pecados de este tipo? ¿Quién puede soportar, por ejemplo, pensar en el daño que ha causado a otros más jóvenes por medio de su mala conducta? ¿Y qué hay de esas tristes palabras dichas a quienes amamos, las cuales han dejado marcas que el tiempo no puede borrar? Frente a tales pensamientos, el predicador moderno simplemente nos dice que lo hecho, hecho está. ¡Cuán cruel es ese arrepentimiento! Nos escondemos detrás de vidas de calidad, más felices y más respetables. ¿Pero qué hay de aquellos a quienes nosotros, por medio de nuestros ejemplos y palabras, hemos ayudado a arrastrar hasta la orilla del infierno? ¡Nos olvidamos de ellos, porque lo hecho, hecho está!
Ese tipo de arrepentimiento nunca quitará la culpa del pecado—ni siquiera de aquellos cometidos en contra de nuestros pares humanos, sin decir nada de nuestros pecados en contra de Dios. El hombre verdaderamente arrepentido desea profundamente borrar los efectos del pecado, y no solamente olvidarlo. Pero, ¿quién puede borrar los efectos del pecado? Otros están sufriendo a causa de nuestros pecados pasados; y no podemos tener paz realmente hasta que sufrimos en su lugar. Deseamos volver al caos de nuestra vida y arreglar lo que está mal—por lo menos sufrir lo que a otros hemos causado sufrir. Y algo similar hizo Cristo cuando murió por nosotros en la cruz; el cargó con nuestros pecados.
El dolor por los pecados cometidos contra los semejantes ciertamente permanece en el corazón del cristiano. Él buscará todos los medios que se encuentren a su alcance para reparar el daño que ha provocado. No obstante, ya se ha hecho propiciación por ellos—se ha hecho verdaderamente, tal como si el pecador mismo hubiese sufrido juntamente y por aquellos a los cuales ha causado mal. Por el misterio de la gracia, el pecador mismo es puesto en buenos términos con Dios. Todo pecado es, en el fondo, un pecado contra Dios. “Contra ti, contra ti sólo he pecado” es el clamor de un penitente verdadero. ¡Cuán terrible es el pecado en contra de Dios! ¿Quién puede traer de vuelta los momentos desperdiciados, los años desperdiciados? Se han ido, nunca volverán; adiós al corto período de vida; adiós al corto día de trabajo del hombre. ¿Quién puede medir la culpa irrevocable de una vida desperdiciada? Incluso para esa culpa Dios ha provisto una fuente que limpia; esto, en la preciosa sangre de Cristo. Dios nos ha ataviado con la justicia de Cristo como vestimenta; en Cristo nos presentamos sin mancha frente al trono del Juez.
Negar, por lo tanto, la necesidad de propiciación es negar la existencia de un orden moral real. Y es muy extraño ver cómo aquellos que la niegan se refieren a sí mismos como discípulos de Jesús; porque si hay algo claro en el registro de la vida de Jesús es que él hizo una separación entre la justicia y el amor de Dios. Dios es amor, dijo Jesús, pero Dios no es sólo amor. Con palabras terribles Jesús se refirió al pecado que nunca será perdonado en esta vida ni en la que vendrá. Jesús claramente reconoció la existencia de una justicia retributiva; Jesús estaba muy lejos de aceptar el ligero concepto moderno acerca del pecado.
Pero aparece otra objeción: ¿qué pasa con el amor de Dios? Incluso si se admite que la justicia requiere que el pecado sea castigado, dirá el teólogo liberal, ¿qué pasa con la doctrina cristiana que afirma que la gracia sobrepasa a la justicia? Si se representa a Dios como alguien que espera que el precio del pecado sea cancelado para luego perdonar, quizás Su justicia es preservada, pero ¿qué hay de Su amor?
Los maestros liberales modernos no se cansan de emplear nuevos métodos sobre esta objeción. Con horror se refieren a la doctrina de un Dios “alienado” o “furioso.” Para responder a esta objeción es fácil apuntar al Nuevo Testamento. El Nuevo Testamento habla claramente acerca de la ira de Dios y de la ira de Jesús mismo; además, toda la enseñanza de Jesús presupone una indignación divina hacia el pecado. Entonces, ¿con qué derecho aquellos que rechazan este elemento vital en la enseñanza y vida de Jesús se hacen llamar verdaderos seguidores de Él? Lo cierto es que el rechazo moderno de la doctrina de la ira de Dios proviene de un entendimiento liviano del pecado, el cual difiere totalmente de la enseñanza de todo el Nuevo Testamento y de Jesús mismo. Si un hombre ha sido verdaderamente convencido de pecado una vez, no tendrá gran dificultad al enfrentar la doctrina de la Cruz.
De hecho, la objeción moderna a la doctrina de la propiciación en cuanto a que tal doctrina es contraria al amor de Dios, está basada en la más abismal incomprensión de la doctrina misma. Los maestros liberales modernos persisten en hablar del sacrificio de Cristo como si fuera un sacrificio hecho por alguien aparte de Dios mismo. Hablan de él como si Dios estuviera esperando fríamente hasta que se pague un precio y para así finalmente poder perdonar el pecado. En realidad, no tiene nada que ver con eso; la objeción ignora lo que es absolutamente fundamental en la doctrina cristiana de la Cruz. Lo fundamental es que Dios mismo, y no otro, hace el sacrificio por el pecado—Dios mismo en la persona del Hijo quien asumió nuestra naturaleza y murió por nosotros, Dios mismo en la Persona del Padre quien no escatimó a su Hijo sino que lo entregó por todos nosotros. La salvación es tan gratis como el aire que respiramos; Suyo fue el horrible costo, nuestra la ganancia. “De tal manera amó Dios al mundo que dio a su único Hijo.” Tal amor es muy diferente a la complacencia del Dios de la predicación moderna; este amor es amor a todo precio; este amor es amor de verdad.
Este amor, y sólo este amor, produce verdadero gozo en los hombres. Ciertamente la iglesia liberal moderna busca gozo. Pero lo busca de falsas maneras. ¿Cómo podrá tener gozo la comunión con Dios? Obviamente, se nos dice, al enfatizar los atributos de Dios que nos hacen sentir cómodos—Su sufrida paciencia, Su amor. Dirijámonos a él, se nos anima, no como a un Déspota malhumorado, no como a un Juez justo y severo, sino como a un Padre amoroso. ¡Adiós a los horrores de la vieja teología! Adoremos a un Dios en el cual podamos regocijarnos.
Dos interrogantes surgen en cuanto a este método de hacer que la religión tenga más gozo. En primer lugar, ¿funciona? Y en segundo lugar, ¿es verdad?
¿Funciona? Tiene que funcionar, ciertamente. ¿Quién no estaría feliz de que el soberano del universo fuera declarado como el Padre amante de todos los hombres, el cual jamás infringiría dolor a Sus hijos? ¿Dónde queda el aguijón del remordimiento si todo el pecado necesariamente será perdonado? Aun así, los hombres curiosamente son desagradecidos. Después de que el predicador moderno ha hecho su parte con toda diligencia—después que todo lo desagradable acerca de la idea de Dios ha sido cuidadosamente eliminado, después de que su amor ilimitado ha sido celebrado con la elocuencia que merece—por alguna razón la congregación firmemente se rehúsa a estallar en el éxtasis del gozo. Lo cierto es que el Dios de la predicación moderna, a pesar de ser muy bondadoso, es poco atractivo. Nada es tan insípido como el buen humor indiscriminado. ¿Es realmente amor algo que cuesta tan poco? Si Dios necesariamente nos perdonará sin importar lo que hagamos, ¿por qué deberíamos interesarnos en Él? Un Dios así quizás nos quite el miedo al infierno. Pero Su cielo, si es que tiene uno, rebosa de pecado.
La otra objeción a la animante idea de Dios es que no es verdadera. ¿Cómo puedes saber que Dios es sólo amor y bondad? No por la naturaleza, claro está, pues está llena de horrores. El sufrimiento humano puede ser desagradable, pero es real, y Dios tiene que tener algo que ver con él. Con seguridad, tampoco es algo sacado de la Biblia. Porque de la Biblia los viejos teólogos sacaron la idea de Dios que tú consideras pesimista. “El Señor tu Dios,” dice la Biblia, “es fuego consumidor.” O quizás sólo aceptas la autoridad de Jesús. No quedas en una posición mejor. Pues fue Jesús quien habló de la oscuridad de afuera y del fuego que no se apaga, del pecado que no será perdonado en esta era ni en la que vendrá. ¿O recurres acaso, para tu cómoda idea de Dios, a una revelación dada sólo a ti en el siglo veinte? Me temo que no convencerás a nadie, excepto a ti mismo.
La religión no se puede hacer más alegre al enfocarse en la parte agradable de Dios. Un Dios parcial no es un Dios real, y es sólo el Dios real el que puede satisfacer el deseo de tu alma. Dios es amor; pero, ¿es sólo amor? Dios es amor; pero, ¿es el amor Dios? Busca sólo gozo, entonces, gozo a cualquier precio, y no lo encontrarás. ¿Cómo se puede alcanzar, entonces?
La búsqueda del gozo en la religión parece haber terminado desastrosamente. Dios se encuentra envuelto en un misterio impenetrable, en una justicia abrumadora; el hombre se encuentra confinado a la prisión del mundo, tratando de sacar lo mejor de su condición, decorando las paredes de su prisión con guirnaldas, pero aún así insatisfecho con su cautiverio, insatisfecho con una bondad relativa que en realidad no es bondad, insatisfecho en compañía de sus semejantes pecaminosos, incapaz de olvidar tanto su destino como su deber celestial, deseando tener comunión con el Dios Santo. Al parecer no hay esperanza; Dios se encuentra lejos de los pecadores; no hay espacio para el gozo, sino sólo la cierta y temerosa espera de juicio y de una ardiente indignación.
Sin embargo, tal Dios tiene al menos una ventaja sobre el cómodo Dios de la predicación moderna—tal Dios está vivo. Él es soberano; no está sometido a Su creación ni a Sus criaturas. Él puede hacer maravillas. ¿Podría salvarnos si quisiera? Nos ha salvado—ese es el mensaje del Evangelio. No podría haber sido predicho; menos podría haber sido predicha la manera en que ocurriría. Ese Nacimiento, esa Vida, esa Muerte. ¿Por qué fue así, en ese entonces, en ese lugar? Todo parece tan regional, tan particular, tan poco filosófico, tan diferente a lo que uno esperaría. “¿No son mejores nuestros métodos de salvación?” dicen los hombres. “Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel?” Pero, ¿y si fuera cierto? “Quien manifiesta todo poder, a su vez, manifiesta todo amor.” — ¡El Hijo de Dios entregado por todos nosotros, la libertad del mundo, buscado por los filósofos de todas las épocas, ofrecido ahora libremente a toda alma simple, las cosas escondidas a los sabios y juicios han sido reveladas a niños, la larga lucha ha terminado, se ha alcanzado lo imposible, el misterio de la gracia ha vencido el pecado, plena comunión con el Dios Santo, nuestro Padre que está en el cielo!
Con seguridad esto, y sólo esto, es gozo. No obstante, es un gozo similar al temor. Caer en las manos del Dios vivo es algo de temer. ¿No estaríamos más seguros con un Dios inventado por nosotros mismos—amor y sólo amor, un Padre y nada más, frente al cual podamos presentarnos sin miedo en base a nuestros propios méritos? El que quiera podrá estar satisfecho con un Dios así. Pero nosotros, ¡gracias a Dios!—tan pecadores como somos, nosotros veremos a Jehová. Desesperados, con esperanza, temblando, con una mitad dudando y con la otra creyendo, dejándoselo todo a Jesús, nos acercamos a la presencia de Dios mismo. Y en su presencia vivimos.
Sólo la muerte propiciatoria de Cristo presenta a pecadores como justos frente a los ojos de Dios; el Señor Jesús ha pagado condenación por sus pecados, y los ha vestido con Su perfecta justicia delante del trono de Dios el Juez. Pero Cristo ha hecho mucho más que eso por los cristianos. No sólo les ha dado una nueva y correcta relación con Dios, sino una nueva vida en la presencia de Dios para siempre. Los ha salvado tanto del poder como de la culpa del pecado. El Nuevo Testamento no termina con la muerte de Cristo; no termina con las triunfantes palabras de Jesús, “Consumado es.” La resurrección siguió a la muerte, y tal como la muerte, la resurrección fue para nuestro beneficio. Jesús se levantó de entre los muertos a una nueva vida de gloria y poder, y es a esa vida a la cual Él trae a aquellos por quienes Él murió. En base a la obra redentora de Cristo, el cristiano no sólo ha muerto al pecado, sino que también vive para Dios.
Así fue completada la obra redentora de Cristo—la obra por la cual vino al mundo. El relato de tal obra es el “evangelio,” las “buenas noticias.” No podría haber sido de esperar, ya que el pecado no merece nada más que muerte eterna. Pero Dios triunfó sobre el pecado a través de la gracia de nuestro Señor Jesucristo.
Pero, ¿cómo se aplica la obra redentora de Cristo cada hombre cristiano? La respuesta del Nuevo Testamento es clara. Según el Nuevo Testamento, la obra de Cristo se aplica al hombre cristiano por medio del Espíritu Santo. Y esta obra del Espíritu Santo es parte de la obra creadora de Dios. No es una obra efectuada por medios ordinarios; no se efectúa meramente usando lo bueno que está en el hombre. Por el contrario, es algo nuevo. No es una influencia en la vida sino el principio de una vida nueva; no es el desarrollo de lo que ya teníamos, sino un nuevo nacimiento. En el centro del cristianismo se encuentran las palabras, “Tú debes nacer de nuevo.”
Hoy estas palabras son miradas con desprecio. Involucran fenómenos sobrenaturales, y el hombre moderno se opone a lo sobrenatural tanto en la experiencia del individuo como en el ámbito de la Historia. Una doctrina cardinal del liberalismo moderno es que la maldad del mundo puede superarse por medio de la bondad del mundo; no se necesita ayuda del mundo exterior.
Esta doctrina es divulgada de varias maneras. Corre a través de toda la literatura popular de nuestra era. Domina la literatura religiosa, e incluso aparece al centro de la pista. Hace algunos años esta doctrina alcanzó gran popularidad por medio de una obra de teatro. La obra comenzaba con una escena en una residencial de Londres. Una escena bastante desalentadora. Las personas en tal residencial claramente no eran criminales desesperados, aunque a uno le hubiese gustado que lo fueran—habrían sido mucho más interesantes. Los personajes eran simplemente sórdidos, egoístas, ladrando y mordiéndose acerca de la comida y las comodidades—el tipo de personas del cual dan ganas de decir que no tienen alma. La escena expresaba lo horrendo de lo común y corriente. Hasta que en un momento entró el misterioso desconocido del “tercer piso” y todo cambió. No profesaba ningún credo ni religión. Simplemente conversaba con todos en la residencial y descubría lo bueno en cada una de sus vidas. En alguna parte de sus vidas se podía encontrar algo bueno—algún afecto verdaderamente humano, alguna noble ambición. Por largo tiempo había estado escondido detrás de una gruesa capa de sordidez y egoísmo; su mera existencia había sido olvidada. Pero ahí estaba, y al ser sacado a la luz, toda la vida fue transformada. De esa forma, el mal que estaba dentro del hombre fue superado por el bien que ya estaba ahí dentro.
La misma cosa se enseña en maneras más prácticas. Por ejemplo, están aquellos que lo aplican a los presos en nuestras cárceles. Los reclusos en cárceles y penitenciarías obviamente no son material muy prometedor. Pero es un gran error—se nos enseña—decirles que son malos, insistir en su pecado y así desalentarlos. Por el contrario—se nos dice—lo que debemos hacer es buscar lo bueno en ellos y empezar a construir sobre esa base; debemos apuntar a algún sentido de honor latente que demuestre que incluso los criminales poseen vestigios de nuestra naturaleza humana común. Así, nuevamente, el mal que existe en el hombre debe ser superado por el bien que el hombre posee, no por medio de un bien externo.
Hay un gran elemento de verdad en este principio moderno, ciertamente. Ese elemento de verdad está en la Biblia. La Biblia ciertamente enseña que el bien ya presente en el hombre debe ser fomentado para así controlar el mal. Todo lo verdadero, lo puro, lo admirable—en tales cosas debemos pensar. Superar el mal del mundo con el bien ya presente en el mundo es un muy buen principio. Los teólogos de antaño reconocieron esto en su totalidad en la doctrina de “la gracia común.” Incluso fuera del cristianismo hay algo en el mundo que detiene las peores manifestaciones del mal. Y ese algo debe ser utilizado. Sin usarlo, no se podría vivir en este mundo por un día siquiera. El uso de tal principio es muy bueno en verdad; ciertamente hará muchas cosas útiles.
No obstante, hay una cosa que no podrá hacer. No acabará con la enfermedad del pecado. En efecto mitigará los síntomas de la enfermedad; cambiará la forma de la enfermedad. Hay veces en que la enfermedad se esconde, y existen aquellos quienes piensan que la enfermedad ha sido curada totalmente. Pero luego estalla de alguna manera diferente y sorprende al mundo, como en 1914. Lo que se necesita no es un ungüento que mitigue los síntomas del pecado, sino un remedio que ataque la enfermedad desde la raíz.
En realidad, el ejemplo de la enfermedad puede confundir. El único ejemplo—si es que en realidad puede ser llamado un mero ejemplo—es el que la Biblia usa. El hombre no está simplemente enfermo; el hombre está muerto en sus delitos y pecados; lo que en realidad necesita es una vida nueva. Esa es la vida que el Espíritu Santo da en la “regeneración” o en el nuevo nacimiento.
La Palabra de Dios enseña de muchas formas y en muchos pasajes la doctrina central del nuevo nacimiento. Uno de los mejores pasajes es Gálatas 2:20: “Con Cristo he sido juntamente crucificado; ya no soy yo quien vive, mas Cristo vive en mí.” Bengel llama a este pasaje la médula del cristianismo. Y con toda razón lo llama así. El pasaje se refiere a la base objetiva de la obra redentora de Cristo, y al mismo tiempo contiene lo sobrenatural de la experiencia cristiana. “Ya no soy yo quien vive, mas Cristo vive en mí”—son palabras extraordinarias. Pablo está diciendo, “Si miras a los cristianos puedes ver muchas manifestaciones de la vida de Cristo.” Si las palabras de Gálatas 2:20 fueran tomadas fuera de contexto, sin duda se les podría interpretar en un sentido místico o panteísta; podrían ser tomadas como si se incluyera un traspaso de la personalidad del cristiano a la personalidad de Cristo. No obstante, Pablo no tenía por qué temer tal tergiversación; en toda su enseñanza Pablo se había protegido de esta interpretación. La nueva relación del cristiano con Cristo, según Pablo, no incluye una pérdida de personalidad por parte del cristiano; por el contrario, esta es intensamente personal por dondequiera que se le mire; no es meramente una relación mística con el Todo ni el Absoluto, sino una relación de amor entre una persona y otra. Ya que Pablo se había protegido de tal tergiversación, no temía ser tan extremamente audaz en su lenguaje. “Ya no soy yo quien vive, mas Cristo vive en mí”—estas palabras tienen un concepto tremendo del cambio que se produce en la vida de un hombre cuando se convierte a Cristo. Es casi como si tal hombre fuese una nueva persona—así de grandioso es el cambio. Estas palabras no fueron escritas por un hombre que consideraba al cristianismo simplemente como un nuevo elemento en la vida; Pablo creía con toda su mente y todo su corazón en la doctrina de la nueva creación, del nuevo nacimiento.
La doctrina representa un aspecto de la salvación que fue hecha por Cristo y que es aplicada por Su Espíritu. Pero hay otro aspecto de la misma salvación. La regeneración significa una nueva vida; pero también hay una nueva relación en la cual el creyente está frente a Dios. Esa nueva relación se constituye por la “justificación”—el acto de Dios por medio del cual un pecador es declarado justo ante Sus ojos gracias a la muerte propiciatoria de Cristo. No es necesario preguntar si la justificación viene antes de la regeneración o viceversa; en realidad, son dos aspectos de la misma salvación. Y ambas se encuentran al principio de la vida cristiana. El cristiano no tiene solamente la promesa de una vida nueva, sino que ya tiene una vida nueva. Y no sólo tiene la promesa de ser declarado justo frente a Dios (aunque la feliz declaración será confirmada en el día del juicio), sino que ya ha sido declarado justo aquí y ahora. En el principio de cada vida cristiana se encuentra, no un proceso, sino una acción definitiva de Dios.
Eso no quiere decir que todo cristiano sabe exactamente en qué momento fue justificado y nacido de nuevo. Algunos cristianos, por cierto, son capaces de decir el día y la hora de su conversión. Es un pecado lamentable que ridiculice la experiencia de tales hombres. A veces, ciertamente, tienen la inclinación a ignorar los pasos que Dios en Su providencia les preparó para el gran cambio. Pero están bien en el punto central. Ellos saben que en tal día, estando aún en sus pecados, se arrodillaron y oraron, y que cuando se levantaron eran hijos de Dios, que jamás serían separados de Él. Tal experiencia es algo muy santo. Pero, por otro lado, es un error pedir que sea una experiencia universal. Hay cristianos que pueden decir la hora y el día de su conversión, pero la gran mayoría no sabe con exactitud en qué momento fueron salvos. Los efectos de la obra son evidentes, pero la obra en sí fue hecha en la quietud de Dios. Comúnmente, esa es la experiencia de los hijos de padres cristianos. No es necesario que todos pasen por agonías del alma antes de ser salvos; están aquellos cuya fe viene pacífica y fácilmente a través de la crianza de hogares cristianos.
Sea como sea manifestado, el principio de la vida cristiana es un acto de Dios. Es un acto de Dios y no un acto del hombre.
Sin embargo, eso no significa que en el principio de la vida cristiana Dios trata con nosotros como si fuéramos palos o piedras, incapaces de entender lo que se está haciendo. Por el contrario, Dios obra en nosotros como personas; la salvación tiene un lugar en la vida consciente del hombre; en nuestra salvación, Dios usa un acto consciente del alma humana—un acto que, a pesar de ser en sí una obra del Espíritu de Dios, es al mismo tiempo un acto del hombre. El acto del hombre que Dios produce y emplea en la salvación es la fe. La doctrina de la “justificación por la fe” se encuentra en el centro del cristianismo.
Al poner en alto la fe, no nos estamos ubicando directamente en contradicción al pensamiento moderno. De hecho, los hombres más modernos ponen a la fe muy en alto. Pero, ¿qué tipo de fe? Es ahí donde emerge la diferencia de opinión.
La fe es puesta tan en alto hoy en día que los hombres quedan satisfechos con cualquier tipo de fe, con tal de que sea fe. No importa qué es lo que se crea—se nos dice—con tal de que exista la bendita actitud de fe. La fe no dogmática—se dice—es mejor que la dogmática, pero es una fe más pura—es una fe menos debilitada por la adulteración del conocimiento.
Ahora, queda perfectamente claro que tal empleo de la fe meramente como un benéfico estado del alma tiene algunos resultados. La fe en las cosas más absurdas a veces produce los mejores resultados y de más largo alcance. Pero lo perturbador es que toda fe tiene un objeto. El observador científico puede pensar que no es el objeto el que hace el trabajo; desde su aventajado punto de vista puede ver claramente que es la fe, considerada simplemente como un fenómeno psicológico, lo que es realmente importante, y que cualquier otro objeto habría respondido de la misma manera. Pero aquel que cree siempre está convencido precisamente de que no es la fe lo que ayuda, sino el objeto de tal fe. En el instante que se convence de que es la fe meramente la que le está ayudando, la fe desaparece; pues la fe siempre involucra la convicción acerca de la verdad objetiva o fiabilidad del objeto. Si en realidad el objeto no es confiable, la fe es una fe falsa. Es verdad que esa fe falsa puede ayudar de vez en cuando a un hombre. Las cosas falsas lograrán muchas cosas útiles en el mundo. Si tomo una moneda falsa y con ella compro una cena, la cena no deja de ser buena, a pesar de que la moneda haya sido falsa. ¡Y sí que es útil una cena! Pero justo cuando me dirijo a comprar una cena para un hombre pobre, aparece un experto y me dice que mi moneda es falsa. ¡O miserable y cruel experto! Mientras que él habla y habla de los aburridos y sabiondos detalles acerca de la historia primitiva de esa moneda, un hombre pobre se muere de hambre sin pan. Lo mismo pasa con la fe. La fe es tan útil—nos dicen—que no debemos examinar su base a la luz de la verdad. Pero el gran problema es que el evadir tal examinación significa destruir la fe. Pues la fe es esencialmente dogmática. A pesar de todo lo que puedas hacer, no puedes quitar el elemento de asentimiento intelectual que tiene la fe. La fe es creer que alguien hará algo por ti. Si esa persona hace algo por ti, entonces la fe es verdadera. Si no lo hace, entonces la fe es falsa. En el último caso, todos los beneficios del mundo no podrán hacer que la fe sea verdadera. Aunque haya llevado al mundo de las tinieblas a la luz, aunque haya producido miles de vidas gloriosamente sanas, sigue siendo un fenómeno patológico. Es falsa, y tarde o temprano se descubrirá que es falsa.
Tales falsificaciones deben ser eliminadas, no por amor a la destrucción, sino para dar lugar al oro puro cuya existencia queda implícita en la presencia de las falsificaciones. A menudo la fe se basa en el error, pero la fe no existiría si no se basara algunas veces en la verdad. Pero si la fe cristiana está basada en la verdad, entonces no es la fe la que salva al cristiano sino el objeto de la fe. Y el objeto de la fe es Cristo. La fe, por lo tanto, según la perspectiva cristiana, es simplemente la recepción de un regalo. Tener fe en Cristo significa cesar lo intentos por ganar el favor de Dios en base al carácter propio; el hombre que cree en Cristo simplemente acepta el sacrificio que Cristo hizo en el Calvario. El resultado de tal fe es una vida nueva y buenas obras; pero la salvación en sí es un regalo absolutamente gratuito por parte de Dios.
El concepto de fe que prevalece en la iglesia liberal es muy diferente. Según el liberalismo moderno, la fe es esencialmente lo mismo que “hacer a Cristo el Maestro” de la vida propia; al menos es hacer a Cristo el Maestro en la vida en la que se busca el bienestar del hombre. Sin embargo, ese pensamiento puramente significa que la salvación se obtiene por nuestra obediencia a los mandatos de Cristo. Tal enseñanza es simplemente una forma sublimada de legalismo. La base de la esperanza, desde esta perspectiva, no es el sacrificio de Cristo sino nuestra obediencia a la ley de Dios.
De esta manera, se ha abandonado todo el logro de la Reforma, y se ha vuelto a religión de la Edad Media. A principios del siglo dieciséis, Dios levantó a un hombre que comenzó a leer la Epístola a los Gálatas con sus propios ojos. El resultado fue el redescubrimiento de la doctrina de la justificación por la fe. Sobre tal redescubrimiento se ha basado toda nuestra libertad evangélica. Como Lutero y Calvino lo expusieron, la Epístola a los Gálatas se convirtió en la “Carta Magna de la libertad cristiana.” Pero el liberalismo moderno ha vuelto a la vieja interpretación de Gálatas contra la cual lucharon tanto los reformadores. Por esa razón el elaborado comentario de la Epístola por el profesor Burton, a pesar de su extremadamente valiosa erudición moderna, es un libro medieval; ha vuelto a la exégesis de la anti-Reforma, por medio de la cual se cree que Pablo en su Epístola parece estar atacando detalle tras detalle la moralidad de los fariseos. Lo que a Pablo le interesa en realidad no es la religión espiritual contra el ceremonialismo, sino la gracia gratuita de Dios contra el mérito humano.
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La gracia de Dios es rechazada por el liberalismo moderno. Y el resultado es esclavitud—la esclavitud a la ley, la miserable cautividad por la cual el hombre toma la tarea imposible de establecer su propia justicia como base de aceptación frente a Dios. Puede resultar extraño a primera vista que el “liberalismo,” cuyo nombre mismo significa libertad, sea en realidad una esclavitud miserable. Pero el fenómeno en realidad no es tan extraño. La emancipación desde la voluntad de Dios siempre involucra la esclavitud a un malvado capataz.
Entonces, de la iglesia liberal se puede decir, tal como de la Jerusalén del tiempo de Pablo, que “está en esclavitud junto con sus hijos.” ¡Que Dios le conceda volver a la libertad del Evangelio de Cristo!
La libertad del Evangelio depende del don de Dios por medio del cual comienza la vida cristiana—un don que involucra justificación, es decir, la remoción de la culpa del pecado, y el establecimiento de una relación correcta entre el creyente y Dios; y la regeneración, es decir, el nuevo nacimiento, el cual hace al cristiano una nueva criatura.
Sin embargo, existe una objeción obvia a esta gran doctrina, y tal objeción lleva a una mejor comprensión de la salvación según el cristianismo. La objeción obvia a la doctrina de la nueva creación es que no parece estar en línea con los factores observados. ¿Son los cristianos nuevas criaturas? Ciertamente, no lo parecen. Están sometidos a las condiciones antiguas de la vida, tal como lo estaban antes; si los miras, no puedes notar en ellos un cambio evidente. Tienen las mismas debilidades y, desafortunadamente, a veces tienen los mismos pecados. La nueva creación, si en realidad es nueva, no parece ser suficientemente perfecta; difícilmente Dios podría mirarla y decir, como dijo en la primera creación, que todo es muy bueno.
Esta es una objeción muy real. Pero Pablo responde a ella gloriosamente en el mismo verso ya mencionado, en el cual la doctrina de la nueva creación es proclamada tan vigorosamente. “Ya no soy yo quien vive, mas Cristo vive en mí”—esa es la doctrina de la nueva creación. “Y lo que ahora vivo en la carne,” continúa, “lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” “Lo que ahora vivo en la carne”—ahí está el reconocimiento. Pablo admite que el cristiano vive una vida en la carne, sometido a las mismas condiciones terrenales y en una continua batalla con el pecado. “Pero,” dice Pablo (y aquí responde a la objeción), “lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” La vida cristiana se vive por fe y no por vista; el gran cambio no ha llegado en total realización aún; el pecado no ha sido completamente vencido aún; el principio de la vida cristiana es un nuevo nacimiento, no la creación inmediata de un hombre adulto. Pero aunque la nueva vida no ha llegado en su plenitud, el cristiano sabe que la plenitud no fallará; tiene la seguridad de que el Dios que empezó la buena obra en él la completará en el día de Cristo; sabe que el Cristo que lo amó y se entregó a sí mismo por él no lo decepcionará, sino que a través del Espíritu Santo lo hará un hombre perfecto. Eso es lo que Pablo quiere decir con la vida cristiana vivida por fe.
Así, aunque la vida cristiana comienza con un acto de Dios en un momento particular, continúa en un proceso. En otras palabras—para usar lenguaje teológico—la justificación y la regeneración son seguidas por la santificación. En principio la vida cristiana ya está libre del presente mundo malvado, pero en la práctica la libertad aún debe ser conseguida. Así, la vida cristiana no es una vida de holgazanería, sino una batalla.
Esto es lo que Pablo quiere decir cuando habla de la fe que obra por el amor (Gálatas 5:6). La fe a la cual se refiere como el medio de la salvación no es una fe ociosa, como la fe que se condena en la Epístola de Santiago, sino una fe que trabaja. El trabajo que ejerce es el amor, y Pablo explica qué es el amor en la última sección de la Epístola a los Gálatas. El amor, en el sentido cristiano, no es meramente una emoción, sino algo muy práctico que incluye todas las áreas de la vida. Involucra nada menos que cumplir toda la ley de Dios. “Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Aún así, los resultados de la fe no implican que la fe en sí sea una obra. Es significativo que en la última sección de Gálatas, la sección “práctica,” Pablo no diga que la fe produce la vida de amor; Pablo dice que esta es producida por el Espíritu de Dios. En esa sección, entonces, el Espíritu es representado como quien hace exactamente lo que se le atribuye en palabras cargadas de contenido a “la fe que obra por el amor.” La contradicción aparente simplemente lleva a la verdadera concepción de la fe. La fe verdadera no hace nada. Cuando se dice que la fe hace algo (por ejemplo, cuando decimos que puede mover montañas), es sólo para decirlo de manera breve. La fe es exactamente lo opuesto a las obras; la fe no da, sino recibe. Entonces cuando Pablo dice que hacemos algo por fe, es simplemente otra forma de decir que nosotros no hacemos nada; cuando se dice que la fe obra por medio del amor, eso significa que por medio de la fe la base necesaria para toda obra cristiana ha sido obtenida en la remoción de la culpa y en el nacimiento del nuevo hombre, y que el Espíritu de Dios ha sido recibido—el Espíritu que obra junto con y a través del hombre cristiano para una vida santa. La fuerza que entra a la vida cristiana por medio de la fe y que obra a través del amor es el poder del Espíritu de Dios.
Sin embargo, la vida cristiana no se vive sólo por fe; también se vive en esperanza. El cristiano se encuentra en medio de una dolorosa batalla. Sólo el corazón desalmado e indolente podría estar satisfecho con la condición general del mundo. Es totalmente cierto que la creación entera da gritos de dolores hasta el día de hoy. Incluso en la vida cristiana hay cosas que nos gustaría que acabaran; hay miedos interiores como también luchas exteriores; incluso en la vida cristiana hay tristes evidencias del pecado. No obstante, según la esperanza que Cristo nos ha dado, finalmente habrá victoria, y luego del sufrimiento en este mundo vendrán las glorias del cielo. Esta es una esperanza en toda la vida cristiana; el cristianismo no es absorbido por este mundo transitorio, sino que mide todas las cosas según una perspectiva eterna.
En este punto frecuentemente aparece una objeción. Se objeta la idea del “otro mundo” del cristianismo como una forma de egoísmo. Se dice que el cristiano hace lo correcto por su esperanza en un cielo, pero ¡cuánto más noble es el hombre que, en nombre del deber, camina valientemente hacia la oscura aniquilación!
La objeción tendría algún peso si en la creencia cristiana el cielo fuera meramente diversión. Pero, de hecho, el cielo es la comunión con Dios y con Su Cristo. Reverentemente puede decirse que el cristiano desea estar en el cielo no sólo para sí mismo, sino también para Dios. Hoy nuestro amor es tan frío, nuestro servicio tan débil; pero un día lo amaremos y serviremos como Él se lo merece. Es perfectamente cierto que el cristiano está insatisfecho con el mundo presente, pero tal insatisfacción es santa; tal es el hambre y sed de justicia que nuestro Salvador bendijo. Ahora estamos separados de nuestro Salvador por el velo de nuestros sentidos y por los efectos del pecado, y no es egoísta querer verlo cara a cara. Dejar tal deseo de lado no es negarse a sí mismo; es como dejar padre y madre, esposa e hijos y no sentir dolor en el corazón. No es egoísta desear a Aquel amamos sin haber visto.
Tal es la vida cristiana—una vida de conflicto pero al mismo tiempo una vida de esperanza. El cristiano ve esta vida desde la perspectiva de la eternidad; este mundo pasará, y todo deberá ser presentado frente al trono de Cristo en Su juicio.
El “programa” de la iglesia liberal moderna es muy diferente. En tal programa, el cielo ocupa una pequeña parte; en realidad, este mundo lo es todo. No siempre el rechazo a la esperanza cristiana es definitivo o consciente; a veces el predicador moderno trata de conservar la creencia en la inmortalidad del alma. Pero la base real de la creencia en la inmortalidad ha sido removida junto con el rechazo de la resurrección de Cristo encontrada en el Nuevo Testamento.
En realidad, el predicador liberal tiene muy poco que decir en cuanto al otro mundo. Este mundo es el centro de todos sus pensamientos; la religión en sí, e incluso Dios mismo, son meramente un medio para el mejoramiento de las condiciones de este mundo.
De esa forma, la religión se ha convertido en una simple función de la comunidad o del estado. Así es considerada por los hombres de hoy. Incluso los testarudos hombres de negocios y políticos se han convencido de que la religión es necesaria. Pero es concebida como necesaria meramente como el medio para conseguir un objetivo. Hemos tratado de vivir sin religión—se dice—pero el experimento ha sido un fracaso; debemos hacer que vuelva y nos ayude.
Por ejemplo, hay un problema con los inmigrantes; grandes grupos de personas han encontrado lugar en nuestro país; ellos no hablan nuestro idioma y no conocen nuestras costumbres; y no sabemos qué hacer con ellos. Los hemos atacado con opresivas legislaciones y propuestas de ley, pero tales medidas no han sido completamente efectivas. Por alguna razón estas personas tienen una obstinada adhesión al lenguaje que aprendieron en el seno de su madre. Puede parecer extraño que un hombre tenga que amar tal lenguaje, pero esta gente sí que lo ama, y nosotros quedamos perplejos en nuestros esfuerzos por crear un pueblo norteamericano unido. Se pide ayuda a la religión, entonces; ahora estamos inclinados a acercarnos a los inmigrantes con una Biblia en una mano y con un pub en la otra, ofreciéndoles así los beneficios de la libertad. Eso es lo que se entiende muchas veces por la “americanización cristiana.”
Otro problema sin solución es el de las relaciones industriales. Se ha apelado al interés propio; empleadores y empleados han destacado las ventajas comerciales de un acuerdo. Pero no ha dado resultado. La lucha de clases continúa en la destructiva batalla industrial. Y a veces la falsa doctrina da la base para una falsa práctica; siempre se puede sentir el peligro del bolchevismo en el aire. Medidas represivas se han aplicado aquí otra vez, sin resultado; la libertad de expresión y de prensa ha sido censurada radicalmente. Pero la legislación represiva parece incapaz de mantener bajo control el surgimiento de ideas. Quizás, entonces, incluso en estos asuntos, necesitamos la ayuda de la religión.
Un problema más enfrenta el mundo moderno—el problema de la paz internacional. También este problema pareció estar solucionado una vez; el interés propio parecía ser suficiente; hubo muchos que pensaron que los banqueros serían capaces de prevenir una guerra en Europa. Todas esas esperanzas fueron destrozadas cruelmente en 1914, y no hay una pizca de evidencia que tales esperanzas tengan más fundamento hoy que en ese entonces. Otra vez, entonces, el interés propio es insuficiente; se debe pedir ayuda a la religión.
Tales reflexiones han llevado a un renovado interés público en el tema de la religión; después de todo, la religión parece tener algo de utilidad. El problema es que, al mismo tiempo en que es utilizada, la religión es degradada y destruida. Cada vez más se piensa de la religión como un simple medio para un fin mayor. El cambio se detecta con especial claridad en la forma en que los misioneros se refieren a su causa. Cincuenta años atrás, los misioneros hacían su llamado en vistas de la eternidad. “Millones de hombres,” decían normalmente, “se están yendo a la destrucción eterna; Jesús puede salvarlos, Él es suficiente; envíennos con el mensaje de salvación, entonces, mientras que aún haya tiempo.” Gracias a Dios, algunos misioneros todavía hablan así. Pero muchos otros hacen un llamado muy diferente. “Vamos como misioneros a India,” dicen. “India está en peligro; el bolchevismo está asechando; envíennos a India para que pongamos la amenaza bajo control.” O también dicen: “Vamos como misioneros a Japón; Japón será dominado por el militarismo a menos que los principios de Jesús ejerzan influencia; envíennos, entonces, para prevenir la guerra.”
El mismo cambio radical aparece en la vida de la comunidad. Se ha formado, digamos, una nueva comunidad. Tiene muchas cosas que pertenecen naturalmente a una comunidad bien organizada; tiene una farmacia, un club de campo y una escuela. “Pero hay una cosa,” se dicen a sí mismos los habitantes, “hay una cosa que falta; nos hace falta una iglesia. Una iglesia es una parte reconocidamente necesaria de toda comunidad saludable. Por lo tanto, necesitamos una iglesia.” Entonces se llama un experto en construcción de iglesias para que tome las medidas necesarias. Las personas que hablan de esta manera usualmente tienen poco interés en la religión misma; jamás se les ha ocurrido entrar en el lugar secreto de comunión con el Dios Santo. Se piensa que la religión es necesaria para tener una comunidad sana; y, por lo tanto, por el bien de la comunidad, estamos dispuestos a tener una iglesia.
Lo que sea que se piense de esta actitud hacia la religión, es totalmente evidente que no se puede tratar a la religión cristiana de tal manera. En el instante que así se trata, deja de ser cristiana. Porque si algo claro hay, es que el cristianismo se rehúsa a ser tratado como el medio para un fin mayor. [6] Nuestro Señor lo dejó perfectamente claro cuando dijo: “Si alguno viene a mí, y no aborrece su padre, y madre… no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:26). Lo que sea que tales grandiosas palabras signifiquen, ciertamente significan que la relación con Cristo tiene mucha más importancia que todas las otras, incluso que las relaciones más santas que existen entre marido y mujer, padre e hijo. Esas relaciones existen para el bien del cristianismo, no el cristianismo para el bien de ellas. El cristianismo ciertamente logrará muchas cosas útiles en este mundo, pero si es aceptado sólo para conseguir tales cosas, deja de ser cristianismo. El cristianismo luchará contra el bolchevismo; pero si se acepta sólo para combatir el bolchevismo, ya no es cristianismo: el cristianismo producirá una nación unida, de manera lenta pero satisfactoria; pero si es aceptado sólo para que produzca una nación unida, ya no es cristianismo: el cristianismo producirá una comunidad saludable; pero si es aceptado sólo para producir una comunidad saludable, ya no es cristianismo: el cristianismo buscará la paz internacional; pero si es aceptado sólo para buscar la paz internacional, ya no es cristianismo. Nuestro Señor dijo: “Buscad primero el Reino de Dios y Su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” Pero si buscas primero el Reino de Dios y Su justicia para conseguir esas otras cosas que te serán añadidas, perderás ambas, las cosas añadidas y el Reino de Dios.
Pero si el cristianismo estuviera dirigido hacia otro mundo; si fuera una manera por medio de la cual los individuos pudieran escapar de la presente era malvada hacia un mejor lugar, ¿qué pasaría con el “evangelio social”? En este punto se detecta una de las líneas más obvias de escisión entre el cristianismo y la iglesia liberal. El evangelismo antiguo—dice el predicador liberal moderno—buscaba salvar a los individuos, mientras que el nuevo evangelismo busca transformar el organismo entero de la sociedad: el evangelio antiguo era individual; el evangelismo nuevo es social.
Esta formulación del asunto no es enteramente correcta, aunque contiene un elemento de verdad. Es cierto que el cristianismo histórico está en conflicto con muchos puntos del colectivismo de hoy; contra los reclamos de la sociedad, sí hace énfasis en el valor del alma individual. El cristianismo da al individuo un refugio para las corrientes fluctuantes de la opinión humana, un escondite de meditación en donde un nombre puede entrar personalmente a la presencia de Dios. Da al hombre el valor para enfrentar al mundo, si es necesario; firmemente se rehúsa a hacer del individuo un simple medio para un fin más alto, un simple elemento en la composición de la sociedad. Rechaza completamente cualquier medio de salvación que tome a los hombres en masa; trae al individuo cara a cara con su Dios. En ese sentido, es cierto que el cristianismo es individualista y no social.
Pero aunque sea individualista, no es sólo individualista. El cristianismo entrega todo lo necesario para las necesidades sociales del hombre.
En primer lugar, incluso la comunión del hombre individual con Dios no es realmente individualista, sino social. Un nombre no está aislado cuando está en comunión con Dios; sólo alguien que ha olvidado la real existencia de la Persona suprema puede decir que el hombre se encuentra aislado. Otra vez aquí, como en muchos otros lugares, la línea de escisión entre el liberalismo y el cristianismo realmente se reduce a una profunda diferencia en la concepción de Dios. El cristianismo es sinceramente teísta; con mucha suerte, el liberalismo también lo es, pero sólo parcialmente. Si un hombre alguna vez llega a creer en un Dios personal, entonces su adoración hacia Él no será descrita como un aislamiento egoísta, sino como el fin mayor del hombre. Eso no significa que la adoración a Dios desde la perspectiva cristiana se debe empujar hasta negar el servicio que se debe entregar a los semejantes—“aquel que no ama a su hermano a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto”—pero sí significa que la adoración a Dios tiene valor por sí misma. Muy diferente es la doctrina prevaleciente del liberalismo moderno. Según la creencia cristiana, el hombre existe para Dios; según la iglesia liberal, en la práctica y probablemente en la teoría, Dios existe para el hombre.
Pero el elemento social del cristianismo no se encuentra sólo en la comunión del hombre y Dios, sino también en la comunión del hombre con el hombre. Tal comunión aparece incluso en instituciones que no son específicamente cristianas.
La más importante de tales instituciones, según la enseñanza cristiana, es la familia. Y tal institución cada vez es más relegada. Es relegada por la ocupación indebida de la comunidad y del estado. La vida moderna tiende más y más hacia la contracción de la esfera de control e influencia de los padres. La selección de escuelas se está dejando en poder del estado; la “comunidad” está tomando control sobre las actividades sociales y de recreación. Se podría preguntar cuán responsables son estas actividades comunitarias de la ruptura moderna del hogar; es muy probable que estén simplemente tratando de llenar el vacío que existe incluso desde antes. En cualquier caso, el resultado es evidente—las vidas de los niños ya no están rodeadas por la cariñosa atmósfera del hogar cristiano, sino por el utilitarismo del estado. Un avivamiento de la religión cristiana incuestionablemente traerá una inversión al proceso; la familia, contra todas las otras instituciones sociales, volverá a su lugar correcto.
Pero, incluso siendo reducido a sus límites apropiados, el estado tiene un lugar importante en la vida humana, y es apoyado por el cristianismo en la posesión de tal lugar. Más aún, el apoyo es independiente del carácter cristiano o no-cristiano del estado; fue en el Imperio Romano bajo la autoridad de Nerón que Pablo dijo: “no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.” Por lo tanto, el cristianismo no asume una actitud negativa hacia el estado, sino que reconoce, bajo ciertas condiciones, la necesidad de un gobierno.
El caso es similar con respecto a aquellos aspectos amplios de la vida humana que están asociados al industrialismo. La idea del “otro mundo” del cristianismo no involucra un escape de la batalla de este mundo; nuestro mismo Señor, en Su grandiosa misión, vivió en medio del alboroto y la presión de la vida. Claramente, entonces, el cristiano no debe simplificar su problema al salirse del ajetreo del mundo, sino que debe aprender a aplicar los principios de Jesús incluso en los complejos problemas de la vida industrial moderna. En este punto la enseñanza cristiana está en completo acuerdo con la iglesia liberal moderna; el cristiano evangélico no es fiel a su profesión de fe si se quita su cristianismo el lunes por la mañana. Por el contrario, toda la vida, incluyendo los negocios y todas las otras relaciones sociales, deben obedecer a la ley del amor. El hombre cristiano ciertamente debe mostrar interés por el “cristianismo aplicado.”
Sólo el hombre cristiano—y aquí surge una enorme diferencia de opinión—cree que no puede existir un cristianismo aplicado a menos que exista un “cristianismo a ser aplicado.” [7] Es ahí donde el cristiano difiere del liberal moderno. El liberal cree que el cristianismo aplicado es todo lo que hay de cristianismo, entendiendo el cristianismo simplemente como una manera de vivir; el hombre cristiano cree que el cristianismo aplicado es el resultado de un acto inicial de Dios. Entonces hay una enorme diferencia entre el liberal moderno y el cristiano en cuanto a las instituciones humanas como la comunidad y el estado, y con respecto a los esfuerzos de aplicar la Regla de Oro en las relaciones industriales. El liberal moderno ve estas instituciones con optimismo; el cristiano ve estas instituciones con pesimismo a menos que sean dirigidas por hombres cristianos. El liberal moderno cree que la naturaleza humana tal como está hoy en día puede ser moldeada por los principios de Jesús; el hombre cristiano cree que el mal sólo puede ser controlado—mas no destruido—por las instituciones humanas, y que debe haber una transformación del material humano antes de construir cualquier otra cosa. Esta no es una diferencia en teoría meramente, pues se hace sentir en todo ámbito del mundo práctico. Es particularmente evidente en el campo de las misiones. El misionero del liberalismo busca desplegar las bendiciones de la civilización cristiana (cualesquiera sean), sin estar particularmente interesado en llevar a los individuos a cambiar sus creencias paganas. Por el contrario, el misionero cristiano, más que el beneficio, ve el peligro de la satisfacción con la mera influencia de la civilización cristiana; él cree que su tarea principal es salvar almas, y que las almas no son salvas sólo por los principios éticos de Jesús sino por medio de su obra redentora. El misionero cristiano, en otras palabras, y el obrero cristiano en casa tanto como en el extranjero, a diferencia del apóstol del liberalismo, predica a todos los hombres en todas partes: “La bondad humana nada puede hacer por las almas perdidas; ustedes deben nacer de nuevo.”

Referencias

  1. Ver “The Second Declaration of the Council on Organic Union,” The Presbyterian, 17 de Marzo, 1921, p. 8.
  2. Fosdick, Shall the Fundamentalists Win?, estenográficamente escrito por Margaret Renton, 1922, p. 5.
  3. Comparar con History and Faith 1915, pp. 1-3.
  4. Phillimore, en la introducción a su traducción de Philostratus, In Honour of Apollonius of Tyana, 1912, vol. i, p. iii.
  5. Para lo que sigue, comparar con “The Church in the War,” en The Presbyterian, 29 de mayo, 1919, pp. 10s.
  6. Para una crítica incisiva a esta tendencia, especialmente en cuanto a que traerá como resultado el control de la educación religiosa por parte de la comunidad, y para una elocuente defensa de la postura contraria, la cual hace al cristianismo un fin en sí mismo, ver Harold McA. Robinson, “Democracy and Christianity,” en The Christian Educator Vol. No. 1, octubre, 1920, pp. 3-5.
  7. Francis S. Downs, “Christianity and Today,” en Princeton Theological Review, xx, 1922 p. 287. Ver también el artículo completo, ibid.