Hemos observado hasta ahora que el liberalismo difiere del cristianismo
en cuanto a las presuposiciones del Evangelio (en cómo se ve a Dios y
cómo se ve al hombre), en cuanto al Libro en el cual está contenido el
Evangelio, y en cuanto a la Persona cuya obra es presentada por el
Evangelio. No es de sorprender, por tanto, que difiera del cristianismo
en su reporte del evangelio mismo; no es de sorprender que presente un
reporte enteramente diferente de la manera en la cual la salvación se
lleva a cabo. El liberalismo encuentra la salvación (si es que en algún
momento está dispuesto a hablar de “salvación”) en el hombre; el
cristianismo la encuentra en el actuar de Dios.
La diferencia en cuanto a la manera de la salvación tiene que
ver, en primer lugar, con la base de la salvación en la obra redentora
de Cristo. Según la creencia cristiana, Jesús es nuestro Salvador, no en
virtud de lo que dijo, ni siquiera en virtud de lo que era, sino en
virtud de lo que hizo. Él es nuestro Salvador, no porque nos haya dado
la inspiración para vivir el mismo tipo de vida que Él vivió, sino
porque Él puso sobre sí mismo la terrible culpa de nuestros pecados y
cargó con ella por nosotros en la cruz. Tal es la concepción cristiana
de la Cruz de Cristo. Se le ridiculiza llamándola una “sutil teoría de
la propiciación.” En realidad, esta es la clara enseñanza de la palabra
de Dios; en absoluto conocemos otra propiciación que no sea vicaria,
pues es la única de la cual habla el Nuevo Testamento. Y esta doctrina
bíblica no es complicada ni sutil. Por el contrario, aunque incluye
misterios, es tan simple que hasta un niño podría entenderla. “Nosotros
nos merecíamos muerte eterna, pero el Señor Jesús, porque nos amó, murió
en la cruz en nuestro lugar”—claramente no hay nada complicado en eso.
No es la doctrina bíblica de la propiciación la que es difícil de
entender—los que son realmente incomprensibles son los elaborados
esfuerzos modernos por deshacerse de la doctrina bíblica siguiendo el
orgullo humano.
[1]
Los predicadores liberales modernos sí hablan de vez en cuando de
la “propiciación.” Pero lo hacen tan infrecuentemente como pueden, y se
puede ver claramente que sus corazones están en cualquier otro lado que
no sea a los pies de la Cruz. De hecho, en este punto, tal como en
muchos otros, da la sensación de que el lenguaje tradicional está siendo
distorsionado para convertirlo en la expresión de ideas totalmente
ajenas. Y cuando la fraseología tradicional ha sido quitada, la esencia
de la concepción moderna de la muerte de Cristo, aunque tal concepción
se muestre de muchas maneras, queda bastante clara. La esencia es que la
muerte de Cristo tuvo un efecto sólo en el hombre y no en Dios. A veces
el efecto en el hombre se concibe de una manera muy simple; la muerte
de Cristo termina siendo un mero ejemplo de abnegación que debemos
emular. La particularidad de este ejemplo en especial, entonces, puede
encontrarse sólo en el hecho de que el sentir cristiano, reunido en
torno a él, lo ha convertido en un conveniente símbolo para todo
sacrificio personal; este ejemplo pone en forma concreta lo que de otra
forma tendría que ser expresado en términos generales más fríos. Otras
veces el efecto de la muerte de Cristo sobre nosotros es entendido en
formas más sutiles; la muerte de Cristo, se dice, muestra cuánto Dios
odia el pecado—ya que este llevó incluso al Santo a la horrible cruz—y
nosotros, por ende, debemos odiarlo, tal como Dios lo hace, y
arrepentirnos. Aún más, a veces la muerte de Cristo es vista como una
muestra del amor de Dios; exhibe al Hijo de Dios entregado por todos
nosotros. No todas estas “teorías de la propiciación” modernas deber ser
ubicadas en el mismo plano; la última de ellas, en particular, puede
ser adjuntada a una concepción más alta de la Persona de Jesús. Pero
todas ellas se equivocan en que ignoran la terrible realidad de la
culpa, y hacen que lo único necesario para la salvación sea una mera
persuasión de la voluntad humana. Todas ellas contienen un elemento de
verdad: es cierto que la muerte de Cristo es un ejemplo de sacrificio
personal que puede inspirar abnegación; es cierto que la muerte de
Cristo muestra cuánto Dios odia el pecado; es cierto que la muerte de
Cristo muestra el amor de Dios. Todas estas verdades se encuentran con
claridad en el Nuevo Testamento. Pero todas ellas son absorbidas por una
verdad mucho más grande—que Cristo murió en nuestro lugar para
presentarnos libres del culpa ante el trono de Dios. Sin esa verdad
central, todo lo demás pierde su significado real: un ejemplo de
sacrificio personal es inútil para aquellos que están bajo la culpa y el
dominio del pecado; el conocimiento del odio de Dios hacia el pecado
sólo provoca desesperación; una exhibición del amor de Dios es una
simple demostración a menos que exista una razón para el sacrificio. Si
la Cruz ha de ser puesta en el lugar que le corresponde en la vida
cristiana, tendremos que penetrar mucho más allá de las teorías modernas
para llegar a Aquel que nos amó y se dio a sí mismo por nosotros.
Los liberales modernos no dudan en descargar su odio y desprecio
sobre la doctrina cristiana de la Cruz. Incluso en este punto, por
cierto, no se abandona la esperanza de evitar una ofensa; todavía se
usan las palabras “propiciación vicaria” y otras similares—en un sentido
totalmente variante al significado cristiano, por supuesto. Pero a
pesar del uso ocasional del lenguaje tradicional, los predicadores
liberales no hacen nada más que revelar lo que está en sus mentes.
Hablan con disgusto de aquellos que creen “que la sangre de nuestro
Señor, vertida en muerte sustitutiva, apacigua a una Deidad hostil y
hace que el pecador arrepentido pueda ser bienvenido.”
[2]
En contra de la doctrina de la Cruz usan caricaturizaciones y
denigraciones. De esa forma derraman su desprecio sobre una cosa tan
santa y preciosa que el corazón cristiano, en presencia de ella, se
derrite en una gratitud demasiado profunda para expresarla en palabras. A
los liberales nunca se les ocurre que al mofarse de la doctrina
cristiana de la Cruz están pisoteando corazones humanos. Sin embargo,
los ataques liberales modernos a la doctrina cristiana de la Cruz al
menos pueden servir para mostrar lo que esta doctrina es realmente, y
desde este punto de vista serán examinados ahora brevemente.
En primer lugar, se critica la forma cristiana de la salvación
por medio de la Cruz de Cristo por depender de la Historia. A veces se
trata de evadir esta crítica; se dice a veces que como cristianos
podemos poner atención a lo que Cristo hace hoy por cada cristiano en
vez de fijarnos en lo que hizo hace tiempo en Palestina. Pero tal
evasión significa un abandono total de la fe cristiana. Si la obra
salvadora de Cristo estuviera limitada a lo que Él hace hoy por los
cristianos, no existiría tal cosa como el Evangelio cristiano—el evento
que cambió la cara de la Historia. Lo que nos quedaría sería simplemente
misticismo, y el misticismo es muy diferente al cristianismo.
Precisamente, es la conexión de la experiencia presente del creyente con
la real aparición histórica de Jesús en el mundo la que evita que
nuestra religión sea misticismo y la que hace que sea cristianismo. Por
lo tanto, ciertamente se debe admitir que el cristianismo depende de
algo que sucedió; si Jesús no murió en propiciación por los pecados de
los hombres en un momento particular de la Historia, nuestra religión
debe ser abandonada por completo. El cristianismo por cierto depende de
la Historia.
Si esto es así, inmediatamente aparece una objeción. ¿Debemos
realmente depender de algo que pasó hace tanto tiempo para el bienestar
de nuestras almas? ¿De verdad debemos esperar hasta que los
historiadores terminen sus disputas sobre la validez de las fuentes y
todo lo demás para tener paz con Dios? ¿No sería mejor tener una
salvación que estuviera con nosotros aquí y ahora, una que sólo
dependiera de lo que podemos ver y sentir?
Se debe observar en cuanto a esta objeción que, si la religión se
hiciera independiente de la Historia, no se podría hablar de Evangelio.
Porque “evangelio” significa “buenas noticias,” datos, información
acerca de algo que ha sucedido. Un evangelio independiente de la
Historia es una contradicción de términos. El Evangelio cristiano no es
una presentación de algo que siempre ha sido, sino el anuncio de algo
nuevo—algo que cambia totalmente el aspecto de la situación humana. Este
estado de desesperación se debía al pecado; pero Dios ha cambiado la
situación por medio de la muerte propiciatoria de Cristo—tal cosa no es
un mero reflejo de lo pasado, sino el reporte de algo nuevo. Estamos
encerrados en este mundo, como si estuviéramos asediados. Para resistir
con valor, el predicador liberal nos ofrece su exhortación. Resígnense,
nos dice, vean el lado bueno de la vida. Desafortunadamente, tal
exhortación no cambia los hechos. En particular, no puede borrar la
espantosa realidad del pecado. El mensaje del evangelista cristiano es
muy diferente. Él no nos ofrece lo mismo de ayer sino algo nuevo, no una
exhortación sino un Evangelio.
[3]
Es verdad que el Evangelio cristiano es un relato, no de algo que
ocurrió ayer, sino de algo que sucedió hace mucho tiempo; lo
importante, sin embargo, es que realmente sucedió. Si realmente ocurrió,
cuándo fue no es importante en realidad. Sin importar cuándo, si fue
ayer o en el primer siglo, sigue siendo un Evangelio real, noticias
verdaderas.
Además, en este caso, lo que pasó hace tiempo se confirma en la
experiencia presente. Primero, el hombre cristiano recibe el relato que
el Nuevo Testamento da sobre la muerte propiciatoria de Cristo. Tal
relato es Historia. Si es veraz, tiene efectos en el presente, y por sus
efectos puede ser probado. El hombre cristiano pone en juicio el
mensaje cristiano, y al juzgarlo lo encuentra verdadero. La experiencia
no sustituye la evidencia documentada, pero sí la confirma. La palabra
de la Cruz ya no parece algo meramente lejano, un asunto que sólo los
teólogos entrenados deben discutir. Por el contrario, el mensaje es
recibido en lo más profundo del alma del cristiano, y cada momento de su
vida confirma nuevamente su veracidad.
En segundo lugar, se critica a la doctrina cristiana de la
salvación por medio de la muerte de Cristo en base a su exclusividad. La
doctrina limita la salvación al nombre de Jesús, y hay muchos hombres
en el mundo que jamás han escuchado de forma efectiva acerca de Jesús.
Lo que realmente se necesita, se nos dice, es una salvación que salve a
todos los hombres dondequiera que se encuentren, hayan o no escuchado
acerca de Jesús, sin importar en qué contexto hayan crecido. Un nuevo
credo, se dice, no satisfará la necesidad universal del mundo; lo que se
necesita es un mecanismo para hacer efectivo en la práctica cualquier
credo que los hombres puedan tener.
Esta segunda objeción, tal como la primera, es muchas veces
evadida. Se dice a veces que aunque una manera de ser salvo es por medio
de aceptar el Evangelio, podría haber otras. Pero este método de
satisfacer la objeción deja de lado una de las características más
obvias del mensaje cristiano—a saber, su exclusividad. Lo que más
escandalizó a los primeros oyentes del mensaje cristiano no fue
meramente el hecho de que la salvación se ofreciera por medio del
Evangelio cristiano, sino que se rechazara todas las otras formas. Los
primeros misioneros cristianos exigían una devoción absolutamente
exclusiva a Cristo. Tal exclusividad iba directamente en contra del
sincretismo imperante de la época helenística. En ese tiempo, las muchas
religiones ofrecían muchos salvadores a los hombres; sin embargo, tales
religiones paganas podían coexistir en perfecta armonía; cuando un
hombre se hacía devoto de un dios, no le era necesario dejar a los
demás. Pero el cristianismo no tenía nada que ver con estas “poligamias
parciales del alma;”
[4]
exigía una devoción absolutamente exclusiva; insistía en que todos los
demás salvadores debían ser reemplazados por el único Señor. La
salvación, en otras palabras, no era meramente a través de Cristo, sino
únicamente a través de Cristo. La pequeña palabra “sólo” contenía toda
la ofensa. Sin esa palabra, no habría existido persecución alguna;
probablemente los hombres cultos de la época habrían estado dispuestos a
darle un lugar a Jesús, y uno honorable, en medio de los salvadores de
la humanidad. Sin esta exclusividad, el mensaje cristiano no habría
ofendido a los hombres de ese tiempo. De la misma manera, el liberalismo
moderno, al poner a Jesús al lado de los otros benefactores de la
humanidad, es perfectamente inerme al mundo moderno. Todos hablan bien
de él. Es enteramente inofensivo. Pero también es enteramente inútil.
Así se quita la ofensa de la Cruz, y junto con ella, la gloria y el
poder.
Se debe admitir, por tanto, que el cristianismo sí limita la
salvación al nombre de Cristo. Aquí no se debe discutir si es que los
beneficios de la muerte de Cristo se aplican a aquellos que, siendo
capaces de juzgar por sí mismos, no han escuchado o aceptado el mensaje
del evangelio. Ciertamente, el Nuevo Testamento no ofrece una esperanza
clara en este asunto. En la base misma de la obra de la Iglesia
apostólica se encuentra la consciencia de una gigantesca
responsabilidad. El único mensaje de vida y salvación se les había
encargado a los hombres; tal mensaje debía ser proclamado sin importar
los riesgos mientras todavía hubiera tiempo. La objeción en cuanto a la
exclusividad de la salvación del cristianismo, entonces, no debe ser
esquivada sino respondida.
Como respuesta a la objeción se puede decir simplemente que la
salvación según el cristianismo es exclusiva siempre y cuando la Iglesia
elija que esta permanezca exclusiva. El nombre de Jesús curiosamente se
adapta a hombres de toda raza y nivel educacional. Y la Iglesia posee
abundantes medios, por la promesa del Espíritu de Dios, para llevar el
nombre de Jesús a todos. Por ende, si esta manera de salvación no es
ofrecida al hombre, no es culpa de la forma de salvación en sí misma,
sino de los hombres que fallan al usar los medios que Dios ha puesto en
sus manos.
Sin embargo, puede decirse, que esta tremenda responsabilidad no
debería ser encargada a hombres débiles y pecadores. ¿Acaso no sería
mejor que Dios ofreciera salvación a todos sin pedirles que acepten un
nuevo mensaje, evitando así hacerse dependiente de la fidelidad de tales
mensajeros? La respuesta a esta objeción es clara. Es verdad que la
manera cristiana de la salvación deposita una grandísima responsabilidad
sobre los hombres. Pero a simple vista se puede observar que tal
responsabilidad es la que, de hecho, Dios da a los hombres. Es como la
responsabilidad, por ejemplo, del padre hacia el hijo. El padre tiene
todo el poder para arruinar tanto el alma como el cuerpo de su hijo. La
responsabilidad es inmensa; no obstante, es una responsabilidad
incuestionablemente real. La responsabilidad que tiene la Iglesia de
hacer conocido el nombre de Jesús a toda la humanidad es similar. Es una
responsabilidad enorme; pero es real, tal como la responsabilidad que
Dios ha depositado en el hombre en los otros tratados que ha hecho él.
Pero el liberalismo moderno tiene objeciones aún más específicas
en cuanto a la doctrina cristiana de la Cruz. Se pregunta cómo es
posible que una persona sufra por los pecados de otra. Lo que se nos
dice es absurdo. La culpa, se dice, es personal; si dejo que otro hombre
sufra por mi falta, mi culpa no disminuye en lo más mínimo.
A veces se puede responder a esta objeción con ejemplos de la
vida cotidiana en donde una persona sufre a causa del pecado de otra. En
la guerra, por ejemplo, muchos hombres mueren libremente por el
bienestar de otros. Aquí, se dice, tenemos algo análogo al sacrificio de
Cristo.
Se debe confesar, no obstante, que la analogía es bastante débil,
pues esta no responde al punto específico en cuestión. La muerte de un
soldado voluntario en la guerra es como la muerte de Cristo en que es un
ejemplo supremo de sacrificio personal. Pero lo que se consigue con tal
abnegación es completamente diferente a lo que se consigue en el
Calvario. La muerte de aquellos que se sacrifican en la guerra trae paz y
protección a sus seres queridos, pero jamás podrá ser un medio efectivo
para borrar la culpa del pecado.
La respuesta real a la objeción se debe encontrar en la profunda
diferencia existente entre la muerte de Cristo y los otros ejemplos de
sacrificio personal, y no en la similitud.
[5]
¿Por qué los hombres ya no están dispuestos a confiar—para su propia
salvación y para la esperanza del mundo—en la obra hecha tiempo atrás
por un solo Hombre? ¿Por qué será que prefieren confiar en millones de
actos de abnegación hechos por millones de hombres a través de los
siglos y en nuestro propio tiempo? La respuesta es simple. Es porque los
hombres han perdido de vista la majestad de la Persona de Jesús.
Piensan en Él como un hombre tal como ellos mismos; y si Él fue un
hombre tal como ellos, Su muerte se convierte simplemente en un ejemplo
de sacrificio personal. Existen millones de ejemplos gente que ha dado
su vida. ¿Por qué deberíamos poner nuestra atención exclusivamente en el
ejemplo de este palestino de hace tanto tiempo? Refiriéndose a Jesús,
los hombres solían decir, “Ningún otro bien podría haber pagado el
precio del pecado.” Ya no lo dicen. Por el contrario, hoy se dice que
cualquier hombre es suficiente para pagar por el precio el pecado si es
que, en paz o en guerra, está realmente dispuesto a dar su vida
valientemente por una causa noble.
Es absolutamente cierto que ningún hombre común y corriente
podría pagar la pena del pecado de otro hombre. Esto no implica que
Jesús no sería capaz de hacerlo; Jesús no era un hombre ordinario, sino
el eterno Hijo de Dios. Jesús tiene la autoridad en los secretos más
profundos del mundo moral. Él ha hecho lo que ningún otro podría hacer;
Él ha cargado con nuestro pecado.
La doctrina cristiana de la obra de Cristo por tanto, está
directamente basada en la doctrina cristiana de la deidad de Cristo. La
realidad de la propiciación por el pecado depende derechamente de la
presentación que hace el Nuevo Testamento acerca de la Persona de
Cristo. Incluso los himnos que cantamos en la Iglesia acerca de la Cruz
pueden ser ordenados en una escala ascendente según su alta o baja
concepción de la Persona de Jesús. El conocido himno a continuación se
encuentra en la parte más baja de la escala:
¡Más cerca de ti, mi Dios,
Más cerca de ti!
Aunque sea una cruz
La que a ti me acerque.
Este es un himno muy bueno. Quiere decir que nuestras pruebas pueden
ser una disciplina que nos acerque más a Dios. La idea no se opone al
cristianismo; es una idea que se encuentra en el Nuevo Testamento. No
obstante, debido a la mención de la palabra “cruz,” muchas personas
quedan con la impresión de que hay algo específicamente cristiano en el
himno, y que algo tiene que ver con el Evangelio. Tal impresión es
completamente falsa. En realidad, la cruz de la cual se habla no es la
Cruz de Cristo sino nuestra propia cruz; el verso simplemente habla de
que nuestras propias cruces o pruebas pueden ser un medio que nos
acerque a Dios. Es una idea perfectamente buena, pero ciertamente no es
el Evangelio. ¡Que lástima que la gente que murió en el Titanic no
encontrara un mejor himno para cantar en la solemne última hora de sus
vidas! Pero hay otro himno en el himnario:
Mi gloria está en la cruz de Cristo
Que al tiempo y a sus naufragios mira;
Toda la luz de la sagrada historia
En torno a su sublime cabecera se reúne.
Este es mucho mejor. No se habla aquí de nuestras cruces sino de la
Cruz de Cristo, el evento concreto que ocurrió en el Calvario; el evento
es celebrado como el centro de toda la historia. El cristiano puede
cantar este himno, por cierto. Pero aún así se pierde el sentido
completo del significado de la Cruz; la Cruz es celebrada, mas no
entendida.
Que bueno, entonces, que haya otro himno más en nuestro himnario:
Cuando contemplo la maravillosa cruz
En donde el Príncipe de Gloria murió,
Mi más grande ganancia como pérdida cuento
Y mi orgullo olvido todo.
Aquí se escucha en totalidad el énfasis del sentimiento cristiano—“la
maravillosa cruz en donde el Príncipe de gloria murió.” Sólo cuando
seamos capaces de ver que no fue un hombre cualquiera el que sufrió en
el Calvario sino el Señor de la Gloria, entonces estaremos dispuestos a
decir que una gota de la preciosa sangre de Jesús tiene mucho más valor,
para nuestra salvación y para la esperanza de la sociedad, que todos
los ríos de sangre que han sido derramados sobre los campos de batalla
de la Historia.
Así desaparece totalmente la objeción al sacrificio vicario de
Cristo ante tremendo significado cristiano acerca de la majestad de la
Persona de Jesús. Est! totalmente claro que el Cristo reconstruido de la
era moderna naturalista jamás podría haber sufrido por los pecados de
otros; pero es un caso completamente diferente el del Señor de la
Gloria. Y si la noción de la obra vicaria de la cruz es tan absurda como
la oposición moderna nos quiere hacer creer, ¿qué se debe decir de la
experiencia cristiana que en ella se basa? A la iglesia liberal moderna
le encanta apelar a la experiencia. Pero, ¿dónde se encontrará la
verdadera experiencia cristiana sino en la bendita paz que viene del
Calvario? Esa paz sólo viene cuando un hombre reconoce que todos sus
esfuerzos por estar en buenos términos con Dios y que todo su febril
esfuerzo por guardar la Ley para así ser salvo están demás, y que el
Señor Jesús ha quitado los cargos que lo declaraban culpable al morir en
sustituyéndolo en la Cruz. ¿Quién puede medir la profundidad de la paz y
del gozo que viene con este bendito conocimiento? ¿Es esto una simple
“teoría de la propiciación,” un invento de la imaginación del hombre? ¿O
es la pura verdad de Dios?
Sin embargo, aún queda una objeción a la doctrina cristiana de la
Cruz. Esta tiene que ver con el carácter de Dios. ¡Cuán degradada
imagen de Dios se da, reclama el liberal moderno, cuando a Dios se le
muestra como si estuviera “alienado” del nombre, como si fríamente
estuviera esperando hasta que un precio se pague para dar salvación! En
realidad, se nos dice, Dios está más dispuesto a perdonar el pecado que
nosotros a ser perdonados; la reconciliación, entonces, sólo tiene que
ver con el hombre; todo depende de nosotros; Dios nos aceptará en el
instante que nosotros decidamos.
La objeción depende, claro está, del concepto liberal del pecado.
Si el pecado es una cosa tan poca como la iglesia liberal supone,
entonces claro que la maldición de la ley de Dios se puede tomar
livianamente, y claro que Dios fácilmente puede decir que lo hecho,
hecho está.
Este asunto de ‘lo hecho, hecho está’ tiene un sonido placentero.
Pero en realidad es lo más lo más cruel que puede haber. Ni siquiera
sirve en el caso de los pecados cometidos en contra de nuestros pares
humanos. Sin decir nada con respecto al pecado en contra de Dios, ¿qué
se debe hacer en cuanto al daño causado a nuestro prójimo? Muchas veces,
sin duda, el daño puede ser reparado. Si hemos defraudado a nuestro
prójimo con cierta suma de dinero, es posible pagarla de vuelta con un
porcentaje de interés. Pero en el caso de daños mayores, tal cosa es
simplemente imposible. Los daños más serios causados a los hombres no
son los que han recibido en sus cuerpos sino en sus almas. ¿Y quién
puede pensar complacientemente en sus pecados de este tipo? ¿Quién puede
soportar, por ejemplo, pensar en el daño que ha causado a otros más
jóvenes por medio de su mala conducta? ¿Y qué hay de esas tristes
palabras dichas a quienes amamos, las cuales han dejado marcas que el
tiempo no puede borrar? Frente a tales pensamientos, el predicador
moderno simplemente nos dice que lo hecho, hecho está. ¡Cuán cruel es
ese arrepentimiento! Nos escondemos detrás de vidas de calidad, más
felices y más respetables. ¿Pero qué hay de aquellos a quienes nosotros,
por medio de nuestros ejemplos y palabras, hemos ayudado a arrastrar
hasta la orilla del infierno? ¡Nos olvidamos de ellos, porque lo hecho,
hecho está!
Ese tipo de arrepentimiento nunca quitará la culpa del pecado—ni
siquiera de aquellos cometidos en contra de nuestros pares humanos, sin
decir nada de nuestros pecados en contra de Dios. El hombre
verdaderamente arrepentido desea profundamente borrar los efectos del
pecado, y no solamente olvidarlo. Pero, ¿quién puede borrar los efectos
del pecado? Otros están sufriendo a causa de nuestros pecados pasados; y
no podemos tener paz realmente hasta que sufrimos en su lugar. Deseamos
volver al caos de nuestra vida y arreglar lo que está mal—por lo menos
sufrir lo que a otros hemos causado sufrir. Y algo similar hizo Cristo
cuando murió por nosotros en la cruz; el cargó con nuestros pecados.
El dolor por los pecados cometidos contra los semejantes
ciertamente permanece en el corazón del cristiano. Él buscará todos los
medios que se encuentren a su alcance para reparar el daño que ha
provocado. No obstante, ya se ha hecho propiciación por ellos—se ha
hecho verdaderamente, tal como si el pecador mismo hubiese sufrido
juntamente y por aquellos a los cuales ha causado mal. Por el misterio
de la gracia, el pecador mismo es puesto en buenos términos con Dios.
Todo pecado es, en el fondo, un pecado contra Dios. “Contra ti, contra
ti sólo he pecado” es el clamor de un penitente verdadero. ¡Cuán
terrible es el pecado en contra de Dios! ¿Quién puede traer de vuelta
los momentos desperdiciados, los años desperdiciados? Se han ido, nunca
volverán; adiós al corto período de vida; adiós al corto día de trabajo
del hombre. ¿Quién puede medir la culpa irrevocable de una vida
desperdiciada? Incluso para esa culpa Dios ha provisto una fuente que
limpia; esto, en la preciosa sangre de Cristo. Dios nos ha ataviado con
la justicia de Cristo como vestimenta; en Cristo nos presentamos sin
mancha frente al trono del Juez.
Negar, por lo tanto, la necesidad de propiciación es negar la
existencia de un orden moral real. Y es muy extraño ver cómo aquellos
que la niegan se refieren a sí mismos como discípulos de Jesús; porque
si hay algo claro en el registro de la vida de Jesús es que él hizo una
separación entre la justicia y el amor de Dios. Dios es amor, dijo
Jesús, pero Dios no es sólo amor. Con palabras terribles Jesús se
refirió al pecado que nunca será perdonado en esta vida ni en la que
vendrá. Jesús claramente reconoció la existencia de una justicia
retributiva; Jesús estaba muy lejos de aceptar el ligero concepto
moderno acerca del pecado.
Pero aparece otra objeción: ¿qué pasa con el amor de Dios?
Incluso si se admite que la justicia requiere que el pecado sea
castigado, dirá el teólogo liberal, ¿qué pasa con la doctrina cristiana
que afirma que la gracia sobrepasa a la justicia? Si se representa a
Dios como alguien que espera que el precio del pecado sea cancelado para
luego perdonar, quizás Su justicia es preservada, pero ¿qué hay de Su
amor?
Los maestros liberales modernos no se cansan de emplear nuevos
métodos sobre esta objeción. Con horror se refieren a la doctrina de un
Dios “alienado” o “furioso.” Para responder a esta objeción es fácil
apuntar al Nuevo Testamento. El Nuevo Testamento habla claramente acerca
de la ira de Dios y de la ira de Jesús mismo; además, toda la enseñanza
de Jesús presupone una indignación divina hacia el pecado. Entonces,
¿con qué derecho aquellos que rechazan este elemento vital en la
enseñanza y vida de Jesús se hacen llamar verdaderos seguidores de Él?
Lo cierto es que el rechazo moderno de la doctrina de la ira de Dios
proviene de un entendimiento liviano del pecado, el cual difiere
totalmente de la enseñanza de todo el Nuevo Testamento y de Jesús mismo.
Si un hombre ha sido verdaderamente convencido de pecado una vez, no
tendrá gran dificultad al enfrentar la doctrina de la Cruz.
De hecho, la objeción moderna a la doctrina de la propiciación en
cuanto a que tal doctrina es contraria al amor de Dios, está basada en
la más abismal incomprensión de la doctrina misma. Los maestros
liberales modernos persisten en hablar del sacrificio de Cristo como si
fuera un sacrificio hecho por alguien aparte de Dios mismo. Hablan de él
como si Dios estuviera esperando fríamente hasta que se pague un precio
y para así finalmente poder perdonar el pecado. En realidad, no tiene
nada que ver con eso; la objeción ignora lo que es absolutamente
fundamental en la doctrina cristiana de la Cruz. Lo fundamental es que
Dios mismo, y no otro, hace el sacrificio por el pecado—Dios mismo en la
persona del Hijo quien asumió nuestra naturaleza y murió por nosotros,
Dios mismo en la Persona del Padre quien no escatimó a su Hijo sino que
lo entregó por todos nosotros. La salvación es tan gratis como el aire
que respiramos; Suyo fue el horrible costo, nuestra la ganancia. “De tal
manera amó Dios al mundo que dio a su único Hijo.” Tal amor es muy
diferente a la complacencia del Dios de la predicación moderna; este
amor es amor a todo precio; este amor es amor de verdad.
Este amor, y sólo este amor, produce verdadero gozo en los
hombres. Ciertamente la iglesia liberal moderna busca gozo. Pero lo
busca de falsas maneras. ¿Cómo podrá tener gozo la comunión con Dios?
Obviamente, se nos dice, al enfatizar los atributos de Dios que nos
hacen sentir cómodos—Su sufrida paciencia, Su amor. Dirijámonos a él, se
nos anima, no como a un Déspota malhumorado, no como a un Juez justo y
severo, sino como a un Padre amoroso. ¡Adiós a los horrores de la vieja
teología! Adoremos a un Dios en el cual podamos regocijarnos.
Dos interrogantes surgen en cuanto a este método de hacer que la
religión tenga más gozo. En primer lugar, ¿funciona? Y en segundo lugar,
¿es verdad?
¿Funciona? Tiene que funcionar, ciertamente. ¿Quién no estaría
feliz de que el soberano del universo fuera declarado como el Padre
amante de todos los hombres, el cual jamás infringiría dolor a Sus
hijos? ¿Dónde queda el aguijón del remordimiento si todo el pecado
necesariamente será perdonado? Aun así, los hombres curiosamente son
desagradecidos. Después de que el predicador moderno ha hecho su parte
con toda diligencia—después que todo lo desagradable acerca de la idea
de Dios ha sido cuidadosamente eliminado, después de que su amor
ilimitado ha sido celebrado con la elocuencia que merece—por alguna
razón la congregación firmemente se rehúsa a estallar en el éxtasis del
gozo. Lo cierto es que el Dios de la predicación moderna, a pesar de ser
muy bondadoso, es poco atractivo. Nada es tan insípido como el buen
humor indiscriminado. ¿Es realmente amor algo que cuesta tan poco? Si
Dios necesariamente nos perdonará sin importar lo que hagamos, ¿por qué
deberíamos interesarnos en Él? Un Dios así quizás nos quite el miedo al
infierno. Pero Su cielo, si es que tiene uno, rebosa de pecado.
La otra objeción a la animante idea de Dios es que no es
verdadera. ¿Cómo puedes saber que Dios es sólo amor y bondad? No por la
naturaleza, claro está, pues está llena de horrores. El sufrimiento
humano puede ser desagradable, pero es real, y Dios tiene que tener algo
que ver con él. Con seguridad, tampoco es algo sacado de la Biblia.
Porque de la Biblia los viejos teólogos sacaron la idea de Dios que tú
consideras pesimista. “El Señor tu Dios,” dice la Biblia, “es fuego
consumidor.” O quizás sólo aceptas la autoridad de Jesús. No quedas en
una posición mejor. Pues fue Jesús quien habló de la oscuridad de afuera
y del fuego que no se apaga, del pecado que no será perdonado en esta
era ni en la que vendrá. ¿O recurres acaso, para tu cómoda idea de Dios,
a una revelación dada sólo a ti en el siglo veinte? Me temo que no
convencerás a nadie, excepto a ti mismo.
La religión no se puede hacer más alegre al enfocarse en la parte
agradable de Dios. Un Dios parcial no es un Dios real, y es sólo el
Dios real el que puede satisfacer el deseo de tu alma. Dios es amor;
pero, ¿es sólo amor? Dios es amor; pero, ¿es el amor Dios? Busca sólo
gozo, entonces, gozo a cualquier precio, y no lo encontrarás. ¿Cómo se
puede alcanzar, entonces?
La búsqueda del gozo en la religión parece haber terminado
desastrosamente. Dios se encuentra envuelto en un misterio impenetrable,
en una justicia abrumadora; el hombre se encuentra confinado a la
prisión del mundo, tratando de sacar lo mejor de su condición, decorando
las paredes de su prisión con guirnaldas, pero aún así insatisfecho con
su cautiverio, insatisfecho con una bondad relativa que en realidad no
es bondad, insatisfecho en compañía de sus semejantes pecaminosos,
incapaz de olvidar tanto su destino como su deber celestial, deseando
tener comunión con el Dios Santo. Al parecer no hay esperanza; Dios se
encuentra lejos de los pecadores; no hay espacio para el gozo, sino sólo
la cierta y temerosa espera de juicio y de una ardiente indignación.
Sin embargo, tal Dios tiene al menos una ventaja sobre el cómodo
Dios de la predicación moderna—tal Dios está vivo. Él es soberano; no
está sometido a Su creación ni a Sus criaturas. Él puede hacer
maravillas. ¿Podría salvarnos si quisiera? Nos ha salvado—ese es el
mensaje del Evangelio. No podría haber sido predicho; menos podría haber
sido predicha la manera en que ocurriría. Ese Nacimiento, esa Vida, esa
Muerte. ¿Por qué fue así, en ese entonces, en ese lugar? Todo parece
tan regional, tan particular, tan poco filosófico, tan diferente a lo
que uno esperaría. “¿No son mejores nuestros métodos de salvación?”
dicen los hombres. “Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que
todas las aguas de Israel?” Pero, ¿y si fuera cierto? “Quien manifiesta
todo poder, a su vez, manifiesta todo amor.” — ¡El Hijo de Dios
entregado por todos nosotros, la libertad del mundo, buscado por los
filósofos de todas las épocas, ofrecido ahora libremente a toda alma
simple, las cosas escondidas a los sabios y juicios han sido reveladas a
niños, la larga lucha ha terminado, se ha alcanzado lo imposible, el
misterio de la gracia ha vencido el pecado, plena comunión con el Dios
Santo, nuestro Padre que está en el cielo!
Con seguridad esto, y sólo esto, es gozo. No obstante, es un gozo
similar al temor. Caer en las manos del Dios vivo es algo de temer. ¿No
estaríamos más seguros con un Dios inventado por nosotros mismos—amor y
sólo amor, un Padre y nada más, frente al cual podamos presentarnos sin
miedo en base a nuestros propios méritos? El que quiera podrá estar
satisfecho con un Dios así. Pero nosotros, ¡gracias a Dios!—tan
pecadores como somos, nosotros veremos a Jehová. Desesperados, con
esperanza, temblando, con una mitad dudando y con la otra creyendo,
dejándoselo todo a Jesús, nos acercamos a la presencia de Dios mismo. Y
en su presencia vivimos.
Sólo la muerte propiciatoria de Cristo presenta a pecadores como
justos frente a los ojos de Dios; el Señor Jesús ha pagado condenación
por sus pecados, y los ha vestido con Su perfecta justicia delante del
trono de Dios el Juez. Pero Cristo ha hecho mucho más que eso por los
cristianos. No sólo les ha dado una nueva y correcta relación con Dios,
sino una nueva vida en la presencia de Dios para siempre. Los ha salvado
tanto del poder como de la culpa del pecado. El Nuevo Testamento no
termina con la muerte de Cristo; no termina con las triunfantes palabras
de Jesús, “Consumado es.” La resurrección siguió a la muerte, y tal
como la muerte, la resurrección fue para nuestro beneficio. Jesús se
levantó de entre los muertos a una nueva vida de gloria y poder, y es a
esa vida a la cual Él trae a aquellos por quienes Él murió. En base a la
obra redentora de Cristo, el cristiano no sólo ha muerto al pecado,
sino que también vive para Dios.
Así fue completada la obra redentora de Cristo—la obra por la
cual vino al mundo. El relato de tal obra es el “evangelio,” las “buenas
noticias.” No podría haber sido de esperar, ya que el pecado no merece
nada más que muerte eterna. Pero Dios triunfó sobre el pecado a través
de la gracia de nuestro Señor Jesucristo.
Pero, ¿cómo se aplica la obra redentora de Cristo cada hombre
cristiano? La respuesta del Nuevo Testamento es clara. Según el Nuevo
Testamento, la obra de Cristo se aplica al hombre cristiano por medio
del Espíritu Santo. Y esta obra del Espíritu Santo es parte de la obra
creadora de Dios. No es una obra efectuada por medios ordinarios; no se
efectúa meramente usando lo bueno que está en el hombre. Por el
contrario, es algo nuevo. No es una influencia en la vida sino el
principio de una vida nueva; no es el desarrollo de lo que ya teníamos,
sino un nuevo nacimiento. En el centro del cristianismo se encuentran
las palabras, “Tú debes nacer de nuevo.”
Hoy estas palabras son miradas con desprecio. Involucran
fenómenos sobrenaturales, y el hombre moderno se opone a lo sobrenatural
tanto en la experiencia del individuo como en el ámbito de la Historia.
Una doctrina cardinal del liberalismo moderno es que la maldad del
mundo puede superarse por medio de la bondad del mundo; no se necesita
ayuda del mundo exterior.
Esta doctrina es divulgada de varias maneras. Corre a través de
toda la literatura popular de nuestra era. Domina la literatura
religiosa, e incluso aparece al centro de la pista. Hace algunos años
esta doctrina alcanzó gran popularidad por medio de una obra de teatro.
La obra comenzaba con una escena en una residencial de Londres. Una
escena bastante desalentadora. Las personas en tal residencial
claramente no eran criminales desesperados, aunque a uno le hubiese
gustado que lo fueran—habrían sido mucho más interesantes. Los
personajes eran simplemente sórdidos, egoístas, ladrando y mordiéndose
acerca de la comida y las comodidades—el tipo de personas del cual dan
ganas de decir que no tienen alma. La escena expresaba lo horrendo de lo
común y corriente. Hasta que en un momento entró el misterioso
desconocido del “tercer piso” y todo cambió. No profesaba ningún credo
ni religión. Simplemente conversaba con todos en la residencial y
descubría lo bueno en cada una de sus vidas. En alguna parte de sus
vidas se podía encontrar algo bueno—algún afecto verdaderamente humano,
alguna noble ambición. Por largo tiempo había estado escondido detrás de
una gruesa capa de sordidez y egoísmo; su mera existencia había sido
olvidada. Pero ahí estaba, y al ser sacado a la luz, toda la vida fue
transformada. De esa forma, el mal que estaba dentro del hombre fue
superado por el bien que ya estaba ahí dentro.
La misma cosa se enseña en maneras más prácticas. Por ejemplo,
están aquellos que lo aplican a los presos en nuestras cárceles. Los
reclusos en cárceles y penitenciarías obviamente no son material muy
prometedor. Pero es un gran error—se nos enseña—decirles que son malos,
insistir en su pecado y así desalentarlos. Por el contrario—se nos
dice—lo que debemos hacer es buscar lo bueno en ellos y empezar a
construir sobre esa base; debemos apuntar a algún sentido de honor
latente que demuestre que incluso los criminales poseen vestigios de
nuestra naturaleza humana común. Así, nuevamente, el mal que existe en
el hombre debe ser superado por el bien que el hombre posee, no por
medio de un bien externo.
Hay un gran elemento de verdad en este principio moderno,
ciertamente. Ese elemento de verdad está en la Biblia. La Biblia
ciertamente enseña que el bien ya presente en el hombre debe ser
fomentado para así controlar el mal. Todo lo verdadero, lo puro, lo
admirable—en tales cosas debemos pensar. Superar el mal del mundo con el
bien ya presente en el mundo es un muy buen principio. Los teólogos de
antaño reconocieron esto en su totalidad en la doctrina de “la gracia
común.” Incluso fuera del cristianismo hay algo en el mundo que detiene
las peores manifestaciones del mal. Y ese algo debe ser utilizado. Sin
usarlo, no se podría vivir en este mundo por un día siquiera. El uso de
tal principio es muy bueno en verdad; ciertamente hará muchas cosas
útiles.
No obstante, hay una cosa que no podrá hacer. No acabará con la
enfermedad del pecado. En efecto mitigará los síntomas de la enfermedad;
cambiará la forma de la enfermedad. Hay veces en que la enfermedad se
esconde, y existen aquellos quienes piensan que la enfermedad ha sido
curada totalmente. Pero luego estalla de alguna manera diferente y
sorprende al mundo, como en 1914. Lo que se necesita no es un ungüento
que mitigue los síntomas del pecado, sino un remedio que ataque la
enfermedad desde la raíz.
En realidad, el ejemplo de la enfermedad puede confundir. El
único ejemplo—si es que en realidad puede ser llamado un mero ejemplo—es
el que la Biblia usa. El hombre no está simplemente enfermo; el hombre
está muerto en sus delitos y pecados; lo que en realidad necesita es una
vida nueva. Esa es la vida que el Espíritu Santo da en la
“regeneración” o en el nuevo nacimiento.
La Palabra de Dios enseña de muchas formas y en muchos pasajes la
doctrina central del nuevo nacimiento. Uno de los mejores pasajes es
Gálatas 2:20: “Con Cristo he sido juntamente crucificado; ya no soy yo
quien vive, mas Cristo vive en mí.” Bengel llama a este pasaje la médula
del cristianismo. Y con toda razón lo llama así. El pasaje se refiere a
la base objetiva de la obra redentora de Cristo, y al mismo tiempo
contiene lo sobrenatural de la experiencia cristiana. “Ya no soy yo
quien vive, mas Cristo vive en mí”—son palabras extraordinarias. Pablo
está diciendo, “Si miras a los cristianos puedes ver muchas
manifestaciones de la vida de Cristo.” Si las palabras de Gálatas 2:20
fueran tomadas fuera de contexto, sin duda se les podría interpretar en
un sentido místico o panteísta; podrían ser tomadas como si se incluyera
un traspaso de la personalidad del cristiano a la personalidad de
Cristo. No obstante, Pablo no tenía por qué temer tal tergiversación; en
toda su enseñanza Pablo se había protegido de esta interpretación. La
nueva relación del cristiano con Cristo, según Pablo, no incluye una
pérdida de personalidad por parte del cristiano; por el contrario, esta
es intensamente personal por dondequiera que se le mire; no es meramente
una relación mística con el Todo ni el Absoluto, sino una relación de
amor entre una persona y otra. Ya que Pablo se había protegido de tal
tergiversación, no temía ser tan extremamente audaz en su lenguaje. “Ya
no soy yo quien vive, mas Cristo vive en mí”—estas palabras tienen un
concepto tremendo del cambio que se produce en la vida de un hombre
cuando se convierte a Cristo. Es casi como si tal hombre fuese una nueva
persona—así de grandioso es el cambio. Estas palabras no fueron
escritas por un hombre que consideraba al cristianismo simplemente como
un nuevo elemento en la vida; Pablo creía con toda su mente y todo su
corazón en la doctrina de la nueva creación, del nuevo nacimiento.
La doctrina representa un aspecto de la salvación que fue hecha
por Cristo y que es aplicada por Su Espíritu. Pero hay otro aspecto de
la misma salvación. La regeneración significa una nueva vida; pero
también hay una nueva relación en la cual el creyente está frente a
Dios. Esa nueva relación se constituye por la “justificación”—el acto de
Dios por medio del cual un pecador es declarado justo ante Sus ojos
gracias a la muerte propiciatoria de Cristo. No es necesario preguntar
si la justificación viene antes de la regeneración o viceversa; en
realidad, son dos aspectos de la misma salvación. Y ambas se encuentran
al principio de la vida cristiana. El cristiano no tiene solamente la
promesa de una vida nueva, sino que ya tiene una vida nueva. Y no sólo
tiene la promesa de ser declarado justo frente a Dios (aunque la feliz
declaración será confirmada en el día del juicio), sino que ya ha sido
declarado justo aquí y ahora. En el principio de cada vida cristiana se
encuentra, no un proceso, sino una acción definitiva de Dios.
Eso no quiere decir que todo cristiano sabe exactamente en qué
momento fue justificado y nacido de nuevo. Algunos cristianos, por
cierto, son capaces de decir el día y la hora de su conversión. Es un
pecado lamentable que ridiculice la experiencia de tales hombres. A
veces, ciertamente, tienen la inclinación a ignorar los pasos que Dios
en Su providencia les preparó para el gran cambio. Pero están bien en el
punto central. Ellos saben que en tal día, estando aún en sus pecados,
se arrodillaron y oraron, y que cuando se levantaron eran hijos de Dios,
que jamás serían separados de Él. Tal experiencia es algo muy santo.
Pero, por otro lado, es un error pedir que sea una experiencia
universal. Hay cristianos que pueden decir la hora y el día de su
conversión, pero la gran mayoría no sabe con exactitud en qué momento
fueron salvos. Los efectos de la obra son evidentes, pero la obra en sí
fue hecha en la quietud de Dios. Comúnmente, esa es la experiencia de
los hijos de padres cristianos. No es necesario que todos pasen por
agonías del alma antes de ser salvos; están aquellos cuya fe viene
pacífica y fácilmente a través de la crianza de hogares cristianos.
Sea como sea manifestado, el principio de la vida cristiana es un acto de Dios. Es un acto de Dios y no un acto del hombre.
Sin embargo, eso no significa que en el principio de la vida
cristiana Dios trata con nosotros como si fuéramos palos o piedras,
incapaces de entender lo que se está haciendo. Por el contrario, Dios
obra en nosotros como personas; la salvación tiene un lugar en la vida
consciente del hombre; en nuestra salvación, Dios usa un acto consciente
del alma humana—un acto que, a pesar de ser en sí una obra del Espíritu
de Dios, es al mismo tiempo un acto del hombre. El acto del hombre que
Dios produce y emplea en la salvación es la fe. La doctrina de la
“justificación por la fe” se encuentra en el centro del cristianismo.
Al poner en alto la fe, no nos estamos ubicando directamente en
contradicción al pensamiento moderno. De hecho, los hombres más modernos
ponen a la fe muy en alto. Pero, ¿qué tipo de fe? Es ahí donde emerge
la diferencia de opinión.
La fe es puesta tan en alto hoy en día que los hombres quedan
satisfechos con cualquier tipo de fe, con tal de que sea fe. No importa
qué es lo que se crea—se nos dice—con tal de que exista la bendita
actitud de fe. La fe no dogmática—se dice—es mejor que la dogmática,
pero es una fe más pura—es una fe menos debilitada por la adulteración
del conocimiento.
Ahora, queda perfectamente claro que tal empleo de la fe
meramente como un benéfico estado del alma tiene algunos resultados. La
fe en las cosas más absurdas a veces produce los mejores resultados y de
más largo alcance. Pero lo perturbador es que toda fe tiene un objeto.
El observador científico puede pensar que no es el objeto el que hace el
trabajo; desde su aventajado punto de vista puede ver claramente que es
la fe, considerada simplemente como un fenómeno psicológico, lo que es
realmente importante, y que cualquier otro objeto habría respondido de
la misma manera. Pero aquel que cree siempre está convencido
precisamente de que no es la fe lo que ayuda, sino el objeto de tal fe.
En el instante que se convence de que es la fe meramente la que le está
ayudando, la fe desaparece; pues la fe siempre involucra la convicción
acerca de la verdad objetiva o fiabilidad del objeto. Si en realidad el
objeto no es confiable, la fe es una fe falsa. Es verdad que esa fe
falsa puede ayudar de vez en cuando a un hombre. Las cosas falsas
lograrán muchas cosas útiles en el mundo. Si tomo una moneda falsa y con
ella compro una cena, la cena no deja de ser buena, a pesar de que la
moneda haya sido falsa. ¡Y sí que es útil una cena! Pero justo cuando me
dirijo a comprar una cena para un hombre pobre, aparece un experto y me
dice que mi moneda es falsa. ¡O miserable y cruel experto! Mientras que
él habla y habla de los aburridos y sabiondos detalles acerca de la
historia primitiva de esa moneda, un hombre pobre se muere de hambre sin
pan. Lo mismo pasa con la fe. La fe es tan útil—nos dicen—que no
debemos examinar su base a la luz de la verdad. Pero el gran problema es
que el evadir tal examinación significa destruir la fe. Pues la fe es
esencialmente dogmática. A pesar de todo lo que puedas hacer, no puedes
quitar el elemento de asentimiento intelectual que tiene la fe. La fe es
creer que alguien hará algo por ti. Si esa persona hace algo por ti,
entonces la fe es verdadera. Si no lo hace, entonces la fe es falsa. En
el último caso, todos los beneficios del mundo no podrán hacer que la fe
sea verdadera. Aunque haya llevado al mundo de las tinieblas a la luz,
aunque haya producido miles de vidas gloriosamente sanas, sigue siendo
un fenómeno patológico. Es falsa, y tarde o temprano se descubrirá que
es falsa.
Tales falsificaciones deben ser eliminadas, no por amor a la
destrucción, sino para dar lugar al oro puro cuya existencia queda
implícita en la presencia de las falsificaciones. A menudo la fe se basa
en el error, pero la fe no existiría si no se basara algunas veces en
la verdad. Pero si la fe cristiana está basada en la verdad, entonces no
es la fe la que salva al cristiano sino el objeto de la fe. Y el objeto
de la fe es Cristo. La fe, por lo tanto, según la perspectiva
cristiana, es simplemente la recepción de un regalo. Tener fe en Cristo
significa cesar lo intentos por ganar el favor de Dios en base al
carácter propio; el hombre que cree en Cristo simplemente acepta el
sacrificio que Cristo hizo en el Calvario. El resultado de tal fe es una
vida nueva y buenas obras; pero la salvación en sí es un regalo
absolutamente gratuito por parte de Dios.
El concepto de fe que prevalece en la iglesia liberal es muy
diferente. Según el liberalismo moderno, la fe es esencialmente lo mismo
que “hacer a Cristo el Maestro” de la vida propia; al menos es hacer a
Cristo el Maestro en la vida en la que se busca el bienestar del hombre.
Sin embargo, ese pensamiento puramente significa que la salvación se
obtiene por nuestra obediencia a los mandatos de Cristo. Tal enseñanza
es simplemente una forma sublimada de legalismo. La base de la
esperanza, desde esta perspectiva, no es el sacrificio de Cristo sino
nuestra obediencia a la ley de Dios.
De esta manera, se ha abandonado todo el logro de la Reforma, y
se ha vuelto a religión de la Edad Media. A principios del siglo
dieciséis, Dios levantó a un hombre que comenzó a leer la Epístola a los
Gálatas con sus propios ojos. El resultado fue el redescubrimiento de
la doctrina de la justificación por la fe. Sobre tal redescubrimiento se
ha basado toda nuestra libertad evangélica. Como Lutero y Calvino lo
expusieron, la Epístola a los Gálatas se convirtió en la “Carta Magna de
la libertad cristiana.” Pero el liberalismo moderno ha vuelto a la
vieja interpretación de Gálatas contra la cual lucharon tanto los
reformadores. Por esa razón el elaborado comentario de la Epístola por
el profesor Burton, a pesar de su extremadamente valiosa erudición
moderna, es un libro medieval; ha vuelto a la exégesis de la
anti-Reforma, por medio de la cual se cree que Pablo en su Epístola
parece estar atacando detalle tras detalle la moralidad de los fariseos.
Lo que a Pablo le interesa en realidad no es la religión espiritual
contra el ceremonialismo, sino la gracia gratuita de Dios contra el
mérito humano.
Piecemeal
La gracia de Dios es rechazada por el liberalismo moderno. Y el
resultado es esclavitud—la esclavitud a la ley, la miserable cautividad
por la cual el hombre toma la tarea imposible de establecer su propia
justicia como base de aceptación frente a Dios. Puede resultar extraño a
primera vista que el “liberalismo,” cuyo nombre mismo significa
libertad, sea en realidad una esclavitud miserable. Pero el fenómeno en
realidad no es tan extraño. La emancipación desde la voluntad de Dios
siempre involucra la esclavitud a un malvado capataz.
Entonces, de la iglesia liberal se puede decir, tal como de la
Jerusalén del tiempo de Pablo, que “está en esclavitud junto con sus
hijos.” ¡Que Dios le conceda volver a la libertad del Evangelio de
Cristo!
La libertad del Evangelio depende del don de Dios por medio del
cual comienza la vida cristiana—un don que involucra justificación, es
decir, la remoción de la culpa del pecado, y el establecimiento de una
relación correcta entre el creyente y Dios; y la regeneración, es decir,
el nuevo nacimiento, el cual hace al cristiano una nueva criatura.
Sin embargo, existe una objeción obvia a esta gran doctrina, y
tal objeción lleva a una mejor comprensión de la salvación según el
cristianismo. La objeción obvia a la doctrina de la nueva creación es
que no parece estar en línea con los factores observados. ¿Son los
cristianos nuevas criaturas? Ciertamente, no lo parecen. Están sometidos
a las condiciones antiguas de la vida, tal como lo estaban antes; si
los miras, no puedes notar en ellos un cambio evidente. Tienen las
mismas debilidades y, desafortunadamente, a veces tienen los mismos
pecados. La nueva creación, si en realidad es nueva, no parece ser
suficientemente perfecta; difícilmente Dios podría mirarla y decir, como
dijo en la primera creación, que todo es muy bueno.
Esta es una objeción muy real. Pero Pablo responde a ella
gloriosamente en el mismo verso ya mencionado, en el cual la doctrina de
la nueva creación es proclamada tan vigorosamente. “Ya no soy yo quien
vive, mas Cristo vive en mí”—esa es la doctrina de la nueva creación. “Y
lo que ahora vivo en la carne,” continúa, “lo vivo en la fe del Hijo de
Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” “Lo que ahora
vivo en la carne”—ahí está el reconocimiento. Pablo admite que el
cristiano vive una vida en la carne, sometido a las mismas condiciones
terrenales y en una continua batalla con el pecado. “Pero,” dice Pablo
(y aquí responde a la objeción), “lo que ahora vivo en la carne, lo vivo
en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por
mí.” La vida cristiana se vive por fe y no por vista; el gran cambio no
ha llegado en total realización aún; el pecado no ha sido completamente
vencido aún; el principio de la vida cristiana es un nuevo nacimiento,
no la creación inmediata de un hombre adulto. Pero aunque la nueva vida
no ha llegado en su plenitud, el cristiano sabe que la plenitud no
fallará; tiene la seguridad de que el Dios que empezó la buena obra en
él la completará en el día de Cristo; sabe que el Cristo que lo amó y se
entregó a sí mismo por él no lo decepcionará, sino que a través del
Espíritu Santo lo hará un hombre perfecto. Eso es lo que Pablo quiere
decir con la vida cristiana vivida por fe.
Así, aunque la vida cristiana comienza con un acto de Dios en un
momento particular, continúa en un proceso. En otras palabras—para usar
lenguaje teológico—la justificación y la regeneración son seguidas por
la santificación. En principio la vida cristiana ya está libre del
presente mundo malvado, pero en la práctica la libertad aún debe ser
conseguida. Así, la vida cristiana no es una vida de holgazanería, sino
una batalla.
Esto es lo que Pablo quiere decir cuando habla de la fe que obra
por el amor (Gálatas 5:6). La fe a la cual se refiere como el medio de
la salvación no es una fe ociosa, como la fe que se condena en la
Epístola de Santiago, sino una fe que trabaja. El trabajo que ejerce es
el amor, y Pablo explica qué es el amor en la última sección de la
Epístola a los Gálatas. El amor, en el sentido cristiano, no es
meramente una emoción, sino algo muy práctico que incluye todas las
áreas de la vida. Involucra nada menos que cumplir toda la ley de Dios.
“Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo
como a ti mismo.” Aún así, los resultados de la fe no implican que la fe
en sí sea una obra. Es significativo que en la última sección de
Gálatas, la sección “práctica,” Pablo no diga que la fe produce la vida
de amor; Pablo dice que esta es producida por el Espíritu de Dios. En
esa sección, entonces, el Espíritu es representado como quien hace
exactamente lo que se le atribuye en palabras cargadas de contenido a
“la fe que obra por el amor.” La contradicción aparente simplemente
lleva a la verdadera concepción de la fe. La fe verdadera no hace nada.
Cuando se dice que la fe hace algo (por ejemplo, cuando decimos que
puede mover montañas), es sólo para decirlo de manera breve. La fe es
exactamente lo opuesto a las obras; la fe no da, sino recibe. Entonces
cuando Pablo dice que hacemos algo por fe, es simplemente otra forma de
decir que nosotros no hacemos nada; cuando se dice que la fe obra por
medio del amor, eso significa que por medio de la fe la base necesaria
para toda obra cristiana ha sido obtenida en la remoción de la culpa y
en el nacimiento del nuevo hombre, y que el Espíritu de Dios ha sido
recibido—el Espíritu que obra junto con y a través del hombre cristiano
para una vida santa. La fuerza que entra a la vida cristiana por medio
de la fe y que obra a través del amor es el poder del Espíritu de Dios.
Sin embargo, la vida cristiana no se vive sólo por fe; también se
vive en esperanza. El cristiano se encuentra en medio de una dolorosa
batalla. Sólo el corazón desalmado e indolente podría estar satisfecho
con la condición general del mundo. Es totalmente cierto que la creación
entera da gritos de dolores hasta el día de hoy. Incluso en la vida
cristiana hay cosas que nos gustaría que acabaran; hay miedos interiores
como también luchas exteriores; incluso en la vida cristiana hay
tristes evidencias del pecado. No obstante, según la esperanza que
Cristo nos ha dado, finalmente habrá victoria, y luego del sufrimiento
en este mundo vendrán las glorias del cielo. Esta es una esperanza en
toda la vida cristiana; el cristianismo no es absorbido por este mundo
transitorio, sino que mide todas las cosas según una perspectiva eterna.
En este punto frecuentemente aparece una objeción. Se objeta la
idea del “otro mundo” del cristianismo como una forma de egoísmo. Se
dice que el cristiano hace lo correcto por su esperanza en un cielo,
pero ¡cuánto más noble es el hombre que, en nombre del deber, camina
valientemente hacia la oscura aniquilación!
La objeción tendría algún peso si en la creencia cristiana el
cielo fuera meramente diversión. Pero, de hecho, el cielo es la comunión
con Dios y con Su Cristo. Reverentemente puede decirse que el cristiano
desea estar en el cielo no sólo para sí mismo, sino también para Dios.
Hoy nuestro amor es tan frío, nuestro servicio tan débil; pero un día lo
amaremos y serviremos como Él se lo merece. Es perfectamente cierto que
el cristiano está insatisfecho con el mundo presente, pero tal
insatisfacción es santa; tal es el hambre y sed de justicia que nuestro
Salvador bendijo. Ahora estamos separados de nuestro Salvador por el
velo de nuestros sentidos y por los efectos del pecado, y no es egoísta
querer verlo cara a cara. Dejar tal deseo de lado no es negarse a sí
mismo; es como dejar padre y madre, esposa e hijos y no sentir dolor en
el corazón. No es egoísta desear a Aquel amamos sin haber visto.
Tal es la vida cristiana—una vida de conflicto pero al mismo
tiempo una vida de esperanza. El cristiano ve esta vida desde la
perspectiva de la eternidad; este mundo pasará, y todo deberá ser
presentado frente al trono de Cristo en Su juicio.
El “programa” de la iglesia liberal moderna es muy diferente. En
tal programa, el cielo ocupa una pequeña parte; en realidad, este mundo
lo es todo. No siempre el rechazo a la esperanza cristiana es definitivo
o consciente; a veces el predicador moderno trata de conservar la
creencia en la inmortalidad del alma. Pero la base real de la creencia
en la inmortalidad ha sido removida junto con el rechazo de la
resurrección de Cristo encontrada en el Nuevo Testamento.
En realidad, el predicador liberal tiene muy poco que decir en
cuanto al otro mundo. Este mundo es el centro de todos sus pensamientos;
la religión en sí, e incluso Dios mismo, son meramente un medio para el
mejoramiento de las condiciones de este mundo.
De esa forma, la religión se ha convertido en una simple función
de la comunidad o del estado. Así es considerada por los hombres de hoy.
Incluso los testarudos hombres de negocios y políticos se han
convencido de que la religión es necesaria. Pero es concebida como
necesaria meramente como el medio para conseguir un objetivo. Hemos
tratado de vivir sin religión—se dice—pero el experimento ha sido un
fracaso; debemos hacer que vuelva y nos ayude.
Por ejemplo, hay un problema con los inmigrantes; grandes grupos
de personas han encontrado lugar en nuestro país; ellos no hablan
nuestro idioma y no conocen nuestras costumbres; y no sabemos qué hacer
con ellos. Los hemos atacado con opresivas legislaciones y propuestas de
ley, pero tales medidas no han sido completamente efectivas. Por alguna
razón estas personas tienen una obstinada adhesión al lenguaje que
aprendieron en el seno de su madre. Puede parecer extraño que un hombre
tenga que amar tal lenguaje, pero esta gente sí que lo ama, y nosotros
quedamos perplejos en nuestros esfuerzos por crear un pueblo
norteamericano unido. Se pide ayuda a la religión, entonces; ahora
estamos inclinados a acercarnos a los inmigrantes con una Biblia en una
mano y con un pub en la otra, ofreciéndoles así los beneficios de la
libertad. Eso es lo que se entiende muchas veces por la “americanización
cristiana.”
Otro problema sin solución es el de las relaciones industriales.
Se ha apelado al interés propio; empleadores y empleados han destacado
las ventajas comerciales de un acuerdo. Pero no ha dado resultado. La
lucha de clases continúa en la destructiva batalla industrial. Y a veces
la falsa doctrina da la base para una falsa práctica; siempre se puede
sentir el peligro del bolchevismo en el aire. Medidas represivas se han
aplicado aquí otra vez, sin resultado; la libertad de expresión y de
prensa ha sido censurada radicalmente. Pero la legislación represiva
parece incapaz de mantener bajo control el surgimiento de ideas. Quizás,
entonces, incluso en estos asuntos, necesitamos la ayuda de la
religión.
Un problema más enfrenta el mundo moderno—el problema de la paz
internacional. También este problema pareció estar solucionado una vez;
el interés propio parecía ser suficiente; hubo muchos que pensaron que
los banqueros serían capaces de prevenir una guerra en Europa. Todas
esas esperanzas fueron destrozadas cruelmente en 1914, y no hay una
pizca de evidencia que tales esperanzas tengan más fundamento hoy que en
ese entonces. Otra vez, entonces, el interés propio es insuficiente; se
debe pedir ayuda a la religión.
Tales reflexiones han llevado a un renovado interés público en el
tema de la religión; después de todo, la religión parece tener algo de
utilidad. El problema es que, al mismo tiempo en que es utilizada, la
religión es degradada y destruida. Cada vez más se piensa de la religión
como un simple medio para un fin mayor. El cambio se detecta con
especial claridad en la forma en que los misioneros se refieren a su
causa. Cincuenta años atrás, los misioneros hacían su llamado en vistas
de la eternidad. “Millones de hombres,” decían normalmente, “se están
yendo a la destrucción eterna; Jesús puede salvarlos, Él es suficiente;
envíennos con el mensaje de salvación, entonces, mientras que aún haya
tiempo.” Gracias a Dios, algunos misioneros todavía hablan así. Pero
muchos otros hacen un llamado muy diferente. “Vamos como misioneros a
India,” dicen. “India está en peligro; el bolchevismo está asechando;
envíennos a India para que pongamos la amenaza bajo control.” O también
dicen: “Vamos como misioneros a Japón; Japón será dominado por el
militarismo a menos que los principios de Jesús ejerzan influencia;
envíennos, entonces, para prevenir la guerra.”
El mismo cambio radical aparece en la vida de la comunidad. Se ha
formado, digamos, una nueva comunidad. Tiene muchas cosas que
pertenecen naturalmente a una comunidad bien organizada; tiene una
farmacia, un club de campo y una escuela. “Pero hay una cosa,” se dicen a
sí mismos los habitantes, “hay una cosa que falta; nos hace falta una
iglesia. Una iglesia es una parte reconocidamente necesaria de toda
comunidad saludable. Por lo tanto, necesitamos una iglesia.” Entonces se
llama un experto en construcción de iglesias para que tome las medidas
necesarias. Las personas que hablan de esta manera usualmente tienen
poco interés en la religión misma; jamás se les ha ocurrido entrar en el
lugar secreto de comunión con el Dios Santo. Se piensa que la religión
es necesaria para tener una comunidad sana; y, por lo tanto, por el bien
de la comunidad, estamos dispuestos a tener una iglesia.
Lo que sea que se piense de esta actitud hacia la religión, es
totalmente evidente que no se puede tratar a la religión cristiana de
tal manera. En el instante que así se trata, deja de ser cristiana.
Porque si algo claro hay, es que el cristianismo se rehúsa a ser tratado
como el medio para un fin mayor.
[6]
Nuestro Señor lo dejó perfectamente claro cuando dijo: “Si alguno viene
a mí, y no aborrece su padre, y madre… no puede ser mi discípulo”
(Lucas 14:26). Lo que sea que tales grandiosas palabras signifiquen,
ciertamente significan que la relación con Cristo tiene mucha más
importancia que todas las otras, incluso que las relaciones más santas
que existen entre marido y mujer, padre e hijo. Esas relaciones existen
para el bien del cristianismo, no el cristianismo para el bien de ellas.
El cristianismo ciertamente logrará muchas cosas útiles en este mundo,
pero si es aceptado sólo para conseguir tales cosas, deja de ser
cristianismo. El cristianismo luchará contra el bolchevismo; pero si se
acepta sólo para combatir el bolchevismo, ya no es cristianismo: el
cristianismo producirá una nación unida, de manera lenta pero
satisfactoria; pero si es aceptado sólo para que produzca una nación
unida, ya no es cristianismo: el cristianismo producirá una comunidad
saludable; pero si es aceptado sólo para producir una comunidad
saludable, ya no es cristianismo: el cristianismo buscará la paz
internacional; pero si es aceptado sólo para buscar la paz
internacional, ya no es cristianismo. Nuestro Señor dijo: “Buscad
primero el Reino de Dios y Su justicia, y todas estas cosas os serán
añadidas.” Pero si buscas primero el Reino de Dios y Su justicia para
conseguir esas otras cosas que te serán añadidas, perderás ambas, las
cosas añadidas y el Reino de Dios.
Pero si el cristianismo estuviera dirigido hacia otro mundo; si
fuera una manera por medio de la cual los individuos pudieran escapar de
la presente era malvada hacia un mejor lugar, ¿qué pasaría con el
“evangelio social”? En este punto se detecta una de las líneas más
obvias de escisión entre el cristianismo y la iglesia liberal. El
evangelismo antiguo—dice el predicador liberal moderno—buscaba salvar a
los individuos, mientras que el nuevo evangelismo busca transformar el
organismo entero de la sociedad: el evangelio antiguo era individual; el
evangelismo nuevo es social.
Esta formulación del asunto no es enteramente correcta, aunque
contiene un elemento de verdad. Es cierto que el cristianismo histórico
está en conflicto con muchos puntos del colectivismo de hoy; contra los
reclamos de la sociedad, sí hace énfasis en el valor del alma
individual. El cristianismo da al individuo un refugio para las
corrientes fluctuantes de la opinión humana, un escondite de meditación
en donde un nombre puede entrar personalmente a la presencia de Dios. Da
al hombre el valor para enfrentar al mundo, si es necesario; firmemente
se rehúsa a hacer del individuo un simple medio para un fin más alto,
un simple elemento en la composición de la sociedad. Rechaza
completamente cualquier medio de salvación que tome a los hombres en
masa; trae al individuo cara a cara con su Dios. En ese sentido, es
cierto que el cristianismo es individualista y no social.
Pero aunque sea individualista, no es sólo individualista. El
cristianismo entrega todo lo necesario para las necesidades sociales del
hombre.
En primer lugar, incluso la comunión del hombre individual con
Dios no es realmente individualista, sino social. Un nombre no está
aislado cuando está en comunión con Dios; sólo alguien que ha olvidado
la real existencia de la Persona suprema puede decir que el hombre se
encuentra aislado. Otra vez aquí, como en muchos otros lugares, la línea
de escisión entre el liberalismo y el cristianismo realmente se reduce a
una profunda diferencia en la concepción de Dios. El cristianismo es
sinceramente teísta; con mucha suerte, el liberalismo también lo es,
pero sólo parcialmente. Si un hombre alguna vez llega a creer en un Dios
personal, entonces su adoración hacia Él no será descrita como un
aislamiento egoísta, sino como el fin mayor del hombre. Eso no significa
que la adoración a Dios desde la perspectiva cristiana se debe empujar
hasta negar el servicio que se debe entregar a los semejantes—“aquel que
no ama a su hermano a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no
ha visto”—pero sí significa que la adoración a Dios tiene valor por sí
misma. Muy diferente es la doctrina prevaleciente del liberalismo
moderno. Según la creencia cristiana, el hombre existe para Dios; según
la iglesia liberal, en la práctica y probablemente en la teoría, Dios
existe para el hombre.
Pero el elemento social del cristianismo no se encuentra sólo en
la comunión del hombre y Dios, sino también en la comunión del hombre
con el hombre. Tal comunión aparece incluso en instituciones que no son
específicamente cristianas.
La más importante de tales instituciones, según la enseñanza
cristiana, es la familia. Y tal institución cada vez es más relegada. Es
relegada por la ocupación indebida de la comunidad y del estado. La
vida moderna tiende más y más hacia la contracción de la esfera de
control e influencia de los padres. La selección de escuelas se está
dejando en poder del estado; la “comunidad” está tomando control sobre
las actividades sociales y de recreación. Se podría preguntar cuán
responsables son estas actividades comunitarias de la ruptura moderna
del hogar; es muy probable que estén simplemente tratando de llenar el
vacío que existe incluso desde antes. En cualquier caso, el resultado es
evidente—las vidas de los niños ya no están rodeadas por la cariñosa
atmósfera del hogar cristiano, sino por el utilitarismo del estado. Un
avivamiento de la religión cristiana incuestionablemente traerá una
inversión al proceso; la familia, contra todas las otras instituciones
sociales, volverá a su lugar correcto.
Pero, incluso siendo reducido a sus límites apropiados, el estado
tiene un lugar importante en la vida humana, y es apoyado por el
cristianismo en la posesión de tal lugar. Más aún, el apoyo es
independiente del carácter cristiano o no-cristiano del estado; fue en
el Imperio Romano bajo la autoridad de Nerón que Pablo dijo: “no hay
autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido
establecidas.” Por lo tanto, el cristianismo no asume una actitud
negativa hacia el estado, sino que reconoce, bajo ciertas condiciones,
la necesidad de un gobierno.
El caso es similar con respecto a aquellos aspectos amplios de la
vida humana que están asociados al industrialismo. La idea del “otro
mundo” del cristianismo no involucra un escape de la batalla de este
mundo; nuestro mismo Señor, en Su grandiosa misión, vivió en medio del
alboroto y la presión de la vida. Claramente, entonces, el cristiano no
debe simplificar su problema al salirse del ajetreo del mundo, sino que
debe aprender a aplicar los principios de Jesús incluso en los complejos
problemas de la vida industrial moderna. En este punto la enseñanza
cristiana está en completo acuerdo con la iglesia liberal moderna; el
cristiano evangélico no es fiel a su profesión de fe si se quita su
cristianismo el lunes por la mañana. Por el contrario, toda la vida,
incluyendo los negocios y todas las otras relaciones sociales, deben
obedecer a la ley del amor. El hombre cristiano ciertamente debe mostrar
interés por el “cristianismo aplicado.”
Sólo el hombre cristiano—y aquí surge una enorme diferencia de
opinión—cree que no puede existir un cristianismo aplicado a menos que
exista un “cristianismo a ser aplicado.”
[7]
Es ahí donde el cristiano difiere del liberal moderno. El liberal cree
que el cristianismo aplicado es todo lo que hay de cristianismo,
entendiendo el cristianismo simplemente como una manera de vivir; el
hombre cristiano cree que el cristianismo aplicado es el resultado de un
acto inicial de Dios. Entonces hay una enorme diferencia entre el
liberal moderno y el cristiano en cuanto a las instituciones humanas
como la comunidad y el estado, y con respecto a los esfuerzos de aplicar
la Regla de Oro en las relaciones industriales. El liberal moderno ve
estas instituciones con optimismo; el cristiano ve estas instituciones
con pesimismo a menos que sean dirigidas por hombres cristianos. El
liberal moderno cree que la naturaleza humana tal como está hoy en día
puede ser moldeada por los principios de Jesús; el hombre cristiano cree
que el mal sólo puede ser controlado—mas no destruido—por las
instituciones humanas, y que debe haber una transformación del material
humano antes de construir cualquier otra cosa. Esta no es una diferencia
en teoría meramente, pues se hace sentir en todo ámbito del mundo
práctico. Es particularmente evidente en el campo de las misiones. El
misionero del liberalismo busca desplegar las bendiciones de la
civilización cristiana (cualesquiera sean), sin estar particularmente
interesado en llevar a los individuos a cambiar sus creencias paganas.
Por el contrario, el misionero cristiano, más que el beneficio, ve el
peligro de la satisfacción con la mera influencia de la civilización
cristiana; él cree que su tarea principal es salvar almas, y que las
almas no son salvas sólo por los principios éticos de Jesús sino por
medio de su obra redentora. El misionero cristiano, en otras palabras, y
el obrero cristiano en casa tanto como en el extranjero, a diferencia
del apóstol del liberalismo, predica a todos los hombres en todas
partes: “La bondad humana nada puede hacer por las almas perdidas;
ustedes deben nacer de nuevo.”
Referencias
- ↑ Ver “The Second Declaration of the Council on Organic Union,” The Presbyterian, 17 de Marzo, 1921, p. 8.
- ↑ Fosdick, Shall the Fundamentalists Win?, estenográficamente escrito por Margaret Renton, 1922, p. 5.
- ↑ Comparar con History and Faith 1915, pp. 1-3.
- ↑ Phillimore, en la introducción a su traducción de Philostratus, In Honour of Apollonius of Tyana, 1912, vol. i, p. iii.
- ↑ Para lo que sigue, comparar con “The Church in the War,” en The Presbyterian, 29 de mayo, 1919, pp. 10s.
- ↑
Para una crítica incisiva a esta tendencia, especialmente en cuanto a
que traerá como resultado el control de la educación religiosa por parte
de la comunidad, y para una elocuente defensa de la postura contraria,
la cual hace al cristianismo un fin en sí mismo, ver Harold McA.
Robinson, “Democracy and Christianity,” en The Christian Educator Vol. No. 1, octubre, 1920, pp. 3-5.
- ↑ Francis S. Downs, “Christianity and Today,” en Princeton Theological Review, xx, 1922 p. 287. Ver también el artículo completo, ibid.