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lunes, 10 de septiembre de 2012

El agonizante arte de pensar

The Dying Art of Thinking, por Ravi Zacharias, en español. Traducción y adaptación: Salí de la pecera (I).


 El filósofo del siglo XVII Rene Descartes es particularmente conocido por su postulado “pienso, luego existo”. Se podría decir con cierta ironía que Descartes puso en realidad la carreta antes que los caballos, ya que en realidad la único deducción válida que podría haber hecho era “Pienso, luego el pensamiento existe”. No pretendo sin embargo defender o refutar la filosofía cartesiana; mi intención es remarcar el hecho de que el pensamiento tiene mucho que ver con la vida y con la certeza.
Una de las trágicas víctimas de nuestra era ha sido la vida contemplativa – una vida que piensa, que piensa las cosas a través de Dios, y más especificamente, que piensa tras Dios los pensamientos suyos.

Nunca asumiríamos que una persona sentada frente a su escritorio con la mirada perdida en algún punto más allá de su ventana está trabajando. ¡No! ¡Pensar no es trabajar! No obstante, de haber Newton bajo el árbol, o Arquímedes en su bañera aceptado este prejuicio, algunas leyes naturales estarían todavía flotando en el aire o sepultadas bajo una roca inamovible. Los Pensees (pensamientos) de Pascal, una obra que inspiró a millones, nunca habría sido escrita.

La Biblia otorga un lugar de preeminencia a la vida pensante. “Como un hombre piensa en su corazón, tal es él,” escribió Salomón. Jesús afirmó que el peso del pecado yace en la idea misma, no sólo en el acto. Pablo exhortó a la iglesia de Filipos a tener la mente de Cristo, y a las mismas personas escribió, “lo que es verdadero… puro… si hay virtud alguna… en esto pensad.”

Los seguidores de Cristo deben demostrar al mundo lo que es realmente pensar, y más aún, lo que es pensar rectamente.


 ¿Hay algún remedio? Permitame hacer algunas sugerencias para beneficio personal y de la comunidad.

Estudiar la Palabra de Dios.

Nada tiene más valor a la hora de trabajar la mente que un estudio planeado y sistemático de la Palabra de Dios, a través del cual se plantan en ella los parametros y valores de la vida. Pablo, que amaba sus libros y pergaminos, afirmó la superioridad de la Escritura “no ir más allá de lo que está escrito”. El salmo 119 promete que los estatutos de Dios nos librarán de tener una mente inconstante.

Leer grandes libros

El mundo de habla inglesa está dotado de un gran caudal de libros. Pero mucha literatura contemporanea corre peligrosamente cerca de una religión promiscua con cierto gusto por el síndrome de “sentirse mejor”, antes que por el impulso de “ir profundo”.

Lea también autores que amplíen su visión y lo introduzcan a otros escritos. Los grandes escritores estimulan la capacidad de pensar más allá de sus propias ideas, generando nuevas perspectivas y adiciones por parte del lector. La buena lectura es indispensable para la transmisión de la verdad. La erogación de palabras sin el ingreso de ideas conduce a la bancarrota conceptual.

Cambiar la mente.

La iglesia como un todo, y el púlpito en particular, deben desafiar la mente de esta generación, de otra forma estaríamos traicionando nuestra propia confianza. Hoy día el joven promedio rinde su intelecto al mundo presuponiendo que el cristianismo está excento de esto. Muchos púlpitos han sucumbido a la mentira de que nada intelectual puede ser espiritual o exitante.

Afortunadamente hay excepciones. Cuando vivíamos en Inglaterra, nuestra familia asistía a una iglesia pastoreada por Roy Clements, uno de los mejores predicadores del mundo occidental. Cada domingo en dos servicios matutinos predicaba un sermón de una hora a un auditorio repleto.

Cambridge, estando plagada de escepticismo, requiere de una meticulosa defensa de cada sermón para ponerlo a salvo de los asaltos del liberalismo. Clements podía ocupar 15 minutos de su tiempo con una introducción de carácter técnico antes de entrar en el corazón de su mensaje.

Menciono esto para decir una cosa. Cuando estabamos viviendo en Cambridge, Nathan, que tenía 9 años, manifestó que las predicas de Roy Clements eran uno de sus recuerdos más afectuosos. Incluso como un niño pequeño el había aprendido que cuando la mente es abordada correctamente, esto se filtra hacia el corazón. El asunto que comparto aquí tiene grandes implicancias. Ocasionamos un perjuicio a nuestros jóvenes al no concederle crédito a su capacidad de pensar. No podemos dejar esto sin corregir.

El escándalo de la cruz -


Cruz de CristoEn el Nuevo Testamento hay un versículo llamativo, en el que el apóstol Pablo dice que la cruz de Jesucristo es locura para el griego y piedra de tropiezo para el judío. Rápidamente uno puede entender por qué dijo esto.
Después de todo, para la mente de los griegos, la sofisticación, la filosofía y el aprendizaje eran actividades destacadas. ¿Cómo podría un crucificado hablar de conocimiento? Por otra parte, para la mente judía había un clamor y un deseo de ser libres. En su historia, habían sido atacados por numerosas potencias y con frecuencia habían sido humillados por fuerzas de ocupación. Tanto por los asirios como por los babilonios o los romanos, Jerusalén había sido repetidamente saqueada y su gente desposeída de sus hogares. ¿Qué más hubiera querido un hebreo que contar con alguien que se pusiera al frente de su causa y repeliera al enemigo? Pero… ¿cómo sería posible que un Mesías crucificado pudiera ayudar de alguna manera?
 
Para el griego, la cruz era una locura. Para el judío, era una piedra de tropiezo. ¿Qué hay en la cruz de Cristo que desafía tan rotundamente aquello que el poder disfruta tanto? La crucifixión era humillante. Era tan humillante que los romanos, que se especializaban en el arte de la tortura, aseguraban a sus ciudadanos que un romano nunca sería crucificado. Pero no solamente es humillante; también es torturante. De hecho la misma palabra “torturante” viene de dos palabras latinas: ex cruciatus, literalmente, de la cruz. La crucifixión era la palabra con la que se definía el dolor.
 
¿Esto no nos obliga a hacer una pausa en este tiempo? Piense en esto: humillación y agonía. Éste fue el sendero que Jesús eligió para alcanzarnos a usted y a mí. Usted se da cuenta de que aquello a lo que llamamos pecado, que nosotros trágicamente minimizamos, es lo que rompe la grandeza para la que fuimos creados. Trae indignidad a nuestra esencia y dolor a nuestra existencia. Nos separa de Dios.
 
Hace dos mil años, en el camino a la cruz Jesús tomó toda nuestra indignidad y nuestro supremo dolor, y nos llevó nuevamente a la dignidad de una relación con Dios y a la curación de nuestra alma. ¿Recuerda que esto fue hecho por usted, y que usted recibió este regalo de parte de Dios?
 
Si lo tiene en cuenta, ha de descubrir que aquella locura es pecado. Nuestra debilidad mayor no es un enemigo externo sino uno que ataca desde adentro. Es nuestra propia debilidad la que nos hace tropezar. Pero Jesucristo nos libera de la locura del pecado y de la debilidad de nosotros mismos.
Esta es la razón por la que Pablo dice a continuación que él predicaba a Jesucristo crucificado, que eran tanto poder de Dios como sabiduría de Dios. Venga a la cruz en estos días que nos han sido otorgados para nuestra contemplación, y descubra el poder y la sabiduría de Dios.
 
Ravi Zacharias es el fundador y el Presidente de la Junta Directiva de los Ministerios Internacionales Ravi Zacharias en Atlanta, Georgia, U.S.A.