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lunes, 10 de septiembre de 2012

Dios hace que todo ayude para bien



Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.
  --Romanos 8:28

  ¿Es bueno todo lo que le ocurre a usted? Eso no es lo que dice este versículo. Dice que Dios hace que todas las cosas malas obren para el bien de quienes aman a Dios. 

 Los cristianos no niegan que hay muchísima maldad en el mundo. Ni siquiera niegan que hay muchísima maldad en ellos. Sin duda usted puede identificarse con la confesión de Pablo en Romanos 7:19: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”. Él exclama: “¡Miserable de mí!” (7:24) Y confiesa: “en mi carne, no mora el bien: (7:18). Así que Romanos 8:28 no dice que no haya nada malo. Dice que aun lo que es malo en nosotros puede obrar para bien. 

Observe que el versículo no dice que las cosas por sí mismas obran para bien. Eso es lo que el mundo piensa: Que las “cosas les ayudan a bien”. Pero los mejores manuscritos griegos de este versículo ponen en claro que el sujeto de la oración no es cosas sino Dios: “Sabemos que Dios hace que todas las cosas obren para bien”.
 Eso nos señala un elemento muy importante del carácter de Dios. Podemos llamarlo la soberanía de Dios. Esa es su autoridad y su poder supremo sobre todos los asuntos de la vida, para producir por ellos sus propios buenos propósitos. También la pudiéramos llamar la providencia de Dios. Es decir, la forma maravillosa en que Dios toma todas las vicisitudes de la vida, todas las contingencias, todas las decisiones, todas las cosas buenas, malas e indiferentes y las entrelaza para un buen propósito. 

Esa promesa no es para todo el mundo. Dios no dice que todo obrará para bien para todas las personas en el mundo. Esa es una promesa hecha solamente para quienes aman a Dios, quienes han sido llamados a la salvación. No todo en su vida será bueno pero todo en su vida obrará por la soberana providencia de Dios. 
Pudiera no ver eso en este momento pero cada sufrimiento, cada tentación, cada prueba, incluso cada pecado, Dios los teje en un tapiz que al final es para su bien. A veces mirar su situación es como mirar la parte de atrás de una alfombra oriental. Lo único que puede ver es un montón de hilos que van en todas direcciones. Parece algo caótico. Pero si da la vuelta a la alfombra, puede ver un diseño maravilloso. Cuando se le dé la vuelta a su vida algún día en la eternidad, usted verá el diseño. Verá cómo Dios hizo que todas las cosas obran para bien.
Aun en nuestras pruebas y tentaciones, Dios está obrando para bien. ¿Le sorprendió que yo dijera que incluso Dios hace que nuestros pecados obren para bien? Cuando veo pecado en mi vida, Dios usa esos tropiezos para aumentar mi aversión por el pecado. En cuanto a la vida venidera, Dios está obrando en todos los aspectos de nuestra vida presente a fin de producir una recompensa eterna que disfrutaremos por siempre en su presencia.
No espere que todo en la vida sea bueno. Eso no sucederá. No espere que todo en usted sea bueno. Eso tampoco sucederá. Pero lo que sí puede esperar es esto: Dios tejerá todas las cosas a favor de sus amados hijos para producir un buen resultado, ahora y por toda la eternidad. 


 Extraído del libro, El corazón de la Biblia escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.

Su gracia es suficiente



Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.
 - 2 Corintios 12:9-10


¡Pablo se lanza contra el fundamento de nuestra cultura! ¿Puede imaginarse a alguien diciendo que la debilidad es mejor que la fortaleza/ ¿Puede imaginarse a personas famosas jactándose de sus padecimientos? Pablo dice: “me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias”. Parece un poco masoquista. ¿Por qué diría algo así? 

Porque Dios tiene un propósito en todas esas experiencias dolorosas de la vida. 

 Pablo tuvo muchas experiencias dolorosas, entre ellas una enfermedad crónica a la que se refirió como: “un aguijón en la carne”. Le pidió al Señor tres veces que se la quitara pero Él no quiso hacerlo. En lugar de eso, le dijo a Pablo: “Bástate mi gracia”. Mi gracia es suficiente para ti. Mi amor y misericordia te permitirán seguir adelante. 

Cada momento difícil de nuestra vida, cada enfermedad, afrenta, necesidad, persecución, angustia, es una oportunidad para que Dios manifieste su gracia suficiente. Cada momento de debilidad es una oportunidad para que Cristo muestre su poder. He aprendido eso una y otra vez. Cuando mi hijo tuvo un tumor cerebral, pasamos por una horrible experiencia desde el punto de vista humano. Pero pasé nueve días de ayuno, orando por mi hijo y experimenté la gracia más allá de toda descripción. Fue uno de los mejores momentos espirituales de toda mi vida. Cuando mi esposa tuvo un accidente automovilístico y se quebró el cuello, fue un terrible sufrimiento pero una vez más encontré que su gracia era suficiente. 

Nunca se experimenta esa gracia hasta que se necesita. Usted pudiera preguntarse qué va a hacer cuando se enfrente a la muerte. Si es cristiano, puedo decirle cómo se enfrentará a ella, y lo hará bien. He visto eso miles de veces. En el momento en que lo necesite, su gracia será suficiente para usted. Pero no recibirá esa gracia hasta ese momento. 

 El Señor también le dijo a Pablo: “mi poder se perfecciona en [tu] debilidad”. ¿Qué significa eso?

 Significa que, cuando atraviesa los tipos de pruebas en la vida que sencillamente no puede solucionar, usted se hace más dependiente de la fortaleza de Dios y no depende de la suya. Me gustaba alentar a las personas a confiar en Dios para algo tan grande que cuando sucediera ellos sabrían que solo Dios podía haberlo hecho. Bueno, a veces Dios trae esas grandes cosas a nuestra vida. Dios trae problemas a nuestra vida que solamente Él puede solucionar, asuntos que solo Él puede cambiar, de modo que nos vemos en situaciones de debilidad y desamparo. En esas ocasiones, la fuerza que encontramos es el poder de Dios y no el nuestro. Si Dios soluciona esos problemas o le da el rumbo apropiado a esos asuntos, podemos estar seguros de que fue Él y no nosotros.
El sufrimiento es una oportunidad para que Dios muestre su gracia y poder. Acepte su debilidad. Nadie es demasiado débil para garantizar el ser hecho poderoso pero muchos son muy fuertes. Si acepta su sufrimiento, verá la gracia y la fortaleza de Dios perfeccionadas en su vida.




Extraído del libro, El corazon de la Biblia escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.

Anhelo de Dios




                         Dios, Dios mío eres tú;

                        De madrugada te buscaré;

                        Mi alma tiene sed de ti,
                        Mi carne te anhela,
                        En tierra seca y árida
                        Donde no hay aguas,
                        Para ver tu poder y tu gloria,
                        así como te he mirado en el santuario.
                        Porque mejor es tu misericordia que la vida;
                        Mis labios te alabarán.
                                                -Salmo 63:1-3

 Esta oración es acerca de un anhelo. El salmista se levanta temprano por la mañana y está sediento pero no es sed de agua. Está sediento de Dios, que es lo primero que quiere en la mañana. En su vida espiritual es como un peregrino en el desierto que desea algo de beber. En realidad, David estaba en el desierto cuando escribió este salmo, escondiéndose pero anhelante de regresar a Jerusalén donde pudiera adorar. Él era como el ciervo en las colinas del desierto del Salmo 42:1: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, o Dios, el alma mía”.

Ese es el corazón jadeante, el corazón sediento, el corazón hambriento que solo puede satisfacerse con la presencia y el poder de Dios. ¿Qué quería ver? Quería ver el poder de Dios manifestado en su vida, la gloria de Dios revelada en la adoración. Quería experimentar la misericordia de Dios, la misericordia y la gracia de Dios, para poder ofrecer alabanza. Esa era la prioridad en la vida de David.

¿Cuál es su anhelo en la vida? ¿Qué ansía en la tranquilidad de la noche y al levantarse por la mañana? ¿Alguien a quien amar, éxito en alguna medida, un auto nuevo o una nueva casa? Si fuera a escribir en este mismo instante las tres cosas que más desea, ¿estaría el conocer a Dios como primer deseo en la lista? Es apóstol Pablo podía decir: “a fin de conocerle” (Fil. 3:10). Su oración por los efesios era que pudieran crecer en el conocimiento de Dios (Ef. 1:17). ¿Es eso lo que desea para usted?

Que sea esta nuestra oración: O, Dios, eres tú lo que deseo. Te deseo en mi vida. Me siento reseco y sediento, Me siento débil y solo. Necesito tu poder, tu gloria, tu misericordia. Esto significa para mí más que la propia vida, y deseo alabarte.
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Extraído del libro, “El corazón de la Biblia” escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.

Nos rescató con su sangre



Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.
  1 Pedro 1:18-19


 Cantamos que somos “redimidos por la sangre del Cordero”. Esos son conceptos grandiosos que son difíciles de entender para muchas personas del siglo XXI. Pero son imprescindibles para el significado de lo que ocurrió en la cruz. 

 La redención era un término técnico para el dinero que se pagaba para rescatar a un prisionero de guerra. Eso es lo que Dios hizo por nosotros cuando Jesucristo murió por nosotros. Pedro dice que teníamos que ser liberados de la vida inútil y sin rumbo heredada por tradición de nuestros padres, viviendo a la manera del mundo. Estábamos atrapados en ese corrupto sistema del mundo, en la lucha por la supervivencia, viviendo como por inercia, sin vivir de la manera que deseaba Dios. Necesitábamos ser rescatados de esa vieja manera de vivir, ya que a la larga lleva a la muerte y al juicio de Dios. 

 La única manera de que fuéramos libres de nuestra vieja manera de vivir y de sus consecuencias era que se hallara un sacrificio, un sustituto aceptable a Dios. A lo largo del Antiguo Testamento los israelitas sacrificaron corderos y otros animales en el templo como ofrendas por el pecado, para quitar el pecado del pueblo. Todo ese sistema anunciaba la venida del Señor Jesucristo, que sería el Cordero supremo. Él sería el sacrificio final y perfecto, el Cordero sin mancha y sin contaminación. 

 Una generación después de la muerte de Jesús, la ciudad de Jerusalén y el templo fueron destruidos por los romanos, tal como había predicho Jesús. Con la destrucción del templo en el año 70 d. C., terminó todo el sistema expiatorio. Desde aquel día hasta hoy no ha habido nunca un templo y no ha habido nunca un lugar para ofrecer sacrificios. No es necesario ninguno. Jesucristo fue el sacrificio supremo. Él pagó, de una vez por todas, por los pecados de todas las personas que creerían. Él pagó el precio para redimirnos, para darnos libertad, con su propia sangre. 

 Ahora usted conoce y puede anunciar, el porqué de la cruz.  

Extraído del libro, El corazón de la Biblia escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.

Nos perdonó todos los pecados



Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz.
-- Colosenses 2:13-14


 Estos versículos presentan una imagen muy vívida, aun cuando el idioma es difícil de entender. Pablo usa conceptos legales del mundo antiguo. Cuando se crucificaba a una persona, se clavaban en la cruz la lista de sus delitos para que todos supieran la razón por la que se le castigaba. Cuando Jesús fue crucificado, los soldados clavaron una señal en la cruz que decía: “JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS” La acusación contra Jesús fue que Él era un rey, un rebelde contra el emperador romano y una ofensa a los judíos que estaban buscando un tipo diferente de rey. Este fue el delito por el que se le llevó a la muerte. 

 Pablo toma es metáfora de la acusación y dice que la lista de acusaciones contra nosotros también fue clavada en la cruz. Todas las leyes que habíamos quebrantado, todos los requisitos que habíamos dejado de cumplir que estaban ahora “contra nosotros”, fueron clavados por Dios en la cruz. Se puso allí la lista de nuestros pecados pero no tuvimos que morir por ellos. Jesús murió por ellos en nuestro lugar. 

 Pablo dice que, antes de eso, estábamos espiritualmente muertos en nuestros pecados. Estábamos en la “incircunsición”, impuros y apartados del pueblo de Dios. Pero ahora todo eso ha cambiado. Se nos han perdonado todos nuestros pecados porque Jesucristo pagó el castigo por ellos en la cruz. Ya no estamos muertos; hemos recibido vida con Cristo porque se ha cumplido la pena de muerte bajo la cual estábamos. 
 Se han retirado todas las acusaciones contra nosotros, ya que el castigo se ha cumplido. Se nos ha declarado inocentes, no porque lo merezcamos, sino porque todas nuestras ofensas contra Dios se han puesto sobre Jesucristo, quien satisface a Dios el juez justo. Nunca podemos agradecerle o alabarlo de modo suficiente por morir a fin de darnos vida.  

 Extraído del libro, El corazón de la Biblia escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.

Herido por Dios



Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.
 --Isaías 53:4-6

 En la cruz Jesús no estaba sufriendo por sus propios pecados. Él fue afligido por nuestro pecado. Fue abatido por nuestras transgresiones. Fue herido por nuestras rebeliones. Molido por nuestros pecados. El profeta Isaías puso eso en claro siglos antes de que Jesús muriera. 


  ¿Quién mató a Jesús? La gente sigue debatiendo si fueron más culpables los judíos o los romanos. Otros dicen que todos somos culpables, ya que Él murió por nuestros pecados. Pero Isaías dice algo estremecedor: que Jesucristo fue azotado, herido y abatido por Dios. Fue Dios quien puso todos nuestros pecados sobre Jesucristo.
  ¿Por qué Dios? Porque Dios es el juez del mundo entero. Solo Él tiene la sabiduría para determinar el castigo apropiado para nuestro pecado y Dios dio ese castigo a su Hijo. Eso no quiere decir que Dios sea un Padre cruel y sádico; significa que es un Padre compasivo y misericordioso que hizo todo lo que pudo por perdonarnos nuestro pecado. Ningún sacrificio habría sido suficiente para el pecado del mundo entero. Ningún sacrificio habría sido moralmente perfecto, un Cordero sin mancha. Para Dios llevar a cabo su justo juicio sobre nuestro pecado y también perdonarnos, se hizo un perfecto sacrificio humano. El Padre envío a su único Hijo para que muriera en nuestro lugar.

  La única manera de tener paz con Dios era que Jesucristo fuera castigado por Dios aunque era inocente. Por sus azotes, esas heridas provocadas por la flagelación, somos sanados espiritualmente. Gracias a que Él sufrió, somos justificados ante Dios. Isaías dice que todos necesitábamos ser justificados ante Dios. Todos éramos como ovejas errabundas que se habían descarriado. Todos habíamos seguido nuestra propia senda de pecado pero el Señor tomó toda nuestra iniquidad y la puso sobre Jesucristo. Esa es la asombrosa realidad de lo que Jesucristo, el Hijo e Dios, hizo como sustituto por los pecadores. El inmaculado se ofreció a sí mismo por los pecadores. Todos hemos pecado pero para cada uno de nosotros que confía en Jesucristo ya ha sido pagado ese pecado.
  Cuando ponemos la confianza en Cristo, su muerte se aplica a nosotros. Nuestros pecados son cubiertos para siempre y recibimos su justicia como un regalo. Esa gran verdad hace que nos regocijemos plenamente, y a que lo que Dios hizo en la cruz nos salva de la condenación eterna y nos da eterna paz con Dios.

Se hizo pecado por nosotros




Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.
     -- 2 Corintios 5:21

 Este versículo tiene solo quince palabras en el original griego pero esas quince palabras expresan la doctrina de la sustitución como ningún otro versículo en la Biblia. Ese concepto de la sustitución está en el corazón del evangelio. ¿Quién fue el que no conoció pecado? Solo hubo una persona que viviera sin pecado y esa fue Jesús. Dios hizo que Jesucristo, quien nunca pecó, se hiciera pecado por nosotros.

 ¿Qué significa que dios hizo que Cristo se hiciera pecado? 

Algunos enseñan que en realidad Jesucristo se convirtió en un pecador en la cruz y por lo tanto fue castigado en la cruz. Algunos incluso enseñan que Jesús tuvo que ir al infierno durante tres días para pagar por esos pecados y después de pagar por sus pecados, se le permitió que resucitara de los muertos. Nada de eso es verdad.
 En la cruz, Jesucristo tenía que ser el Cordero sin mancha, el sacrificio perfecto. En l cruz seguía siendo sin defecto. Él fue santo en la eternidad antes que fuera humano, luego vivió una vida santa y sigue siendo santo en la eternidad. Para seguir siendo plenamente dios y plenamente humano, Cristo tenía que permanecer santo, sin defecto y separado de los pecadores. ¡Él es el único que no conoció pecado, y basta! No es simplemente uno que no conoció pecado hasta la cruz. 

 Cuando la Biblia dice que Cristo se hizo pecado significa solo en cierto sentido; que Dios lo trató como si fuera un pecador, aunque no lo era. Permítame ser más específico. En la cruz, Dios trató a Jesús como si Él hubiera personalmente cometido cada pecado de cada persona que creería en Él, aunque en realidad no había cometido ninguno. Eso es lo que significa la sustitución. Jesucristo como nuestro substituto, llevando nuestro castigo. Como ya nos mostró Isaías 53, Dios puso el castigo por nuestros pecados sobre Él, aunque Él era el Hijo de Dios sin pecado. 

 El resto del versículo nos dice la razón por la que Cristo fue hecho pecado por nosotros. Lo fue para que pudiéramos ser justicia de Dios en Él. Ese es el otro aspecto de la sustitución. Dios trató a Jesucristo como si fuera un pecador para podernos tratar como si fuéramos justos. 

 ¿Se ha preguntado alguna vez por qué Jesús tenía que venir al mundo y vivir treinta y tres años cuando casi no tenemos información alguna de sus primeros treinta años? ¿Por qué tuvo que molestarse con esos treinta años? Si yo hubiera sido Dios, podría haber dicho: “Hijo, necesito que bajes y mueras por los pecados de todos los que han de creer. Solamente llevará un fin de semana. Bajas el viernes para que seas crucificado, sales del sepulcro el domingo y puedes volver”. Si su único propósito era la muerte y resurrección, ¿para qué los primeros treinta años? 

 He aquí la respuesta: Jesús dijo cuando iba a ser bautizado por Juan que debía cumplir toda justicia. Él estuvo haciendo eso durante toda su vida, llevando una vida plenamente justa. Hebreos 4:15 dice que Él fue tentado en todo como lo somos nosotros pero sin pecado. Fue tentado como niño, como joven y como adulto pero no pecó.
 ¿Por qué tuvo que llevar esa vida sin pecado? Para que su vida sin pecado se acreditara en nuestra cuenta. Esa es la doctrina de la sustitución: Que la vida sin pecado de Jesucristo pudiera dársele a usted, o serle “imputada”. En la cruz, Dios trató  Jesús como si él viviera la vida de usted, de modo que Dios pueda tratarlo a usted como si viviera la vida de Jesucristo. Ese es el meollo del evangelio.


Extracto del folleto “El corazón de la Biblia” escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial “Portavoz".

Lo que ocurrió en la cruz


 En el corazón de la fe cristiana se halla un acontecimiento. Fue un suceso real en la historia, un suceso único que no puede repetirse. Fue la muerte de Hijo de Dios en la cruz. 

 La cruz está en el centro del mensaje del Nuevo Testamento. La mayoría de las personas conocen de modo general la historia de cómo Jesús murió. La reciente película, La pasión de Cristo, volvió a contar esa historia de una manera dramática aunque violenta, que dejó a millones de personas conmovidas ante la profundidad del sufrimiento de Jesús. Muchos saben que Jesús murió pero no comprenden por qué murió. 

 Los teólogos han escrito largos tratados acerca de lo que Dios hizo en la cruz, lo que ellos llaman las teorías de la expiación. No hay que especular con todas esas teorías para entender lo que la cruz significa para usted.


Extraído del libro, El corazón de la Biblia escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.

¿Quién dices que soy?


Con esta breve pregunta, Jesucristo confrontó a Sus seguidores con el tema más importante que jamás habían enfrentado. Él había pasado bastante tiempo con ellos y había hecho declaraciones impactantes de Su identidad y autoridad. Y tú…¿quién dices que es Jesús? Tu respuesta determinará no sólo tus valores y tu estilo de vida, sino también tu destino eterno. Considera lo que la Biblia dice acerca de Jesús.

JESÚS ES DIOS

Cuando Jesús estuvo en la tierra hubo mucha confusión acerca de Quién era Él. Algunos pensaron que era un hombre sabio o un gran profeta. Otros pensaron que estaba loco. Y otros permanecieron indecisos o indiferentes. Pero Jesús dijo: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30). Eso quiere decir que Él decía ser nada menos que Dios en carne humana.

Hoy en día mucha gente no entiende el hecho de que Jesús declarara ser Dios. Estas personas son felices pensando que Él era poco más que un gran maestro moral. Pero aún Sus enemigos entendieron las declaraciones que Él hizo de Su deidad, por esta razón ellos trataron de apedrearlo hasta matarlo (Juan 5:18; 10:33) y eventualmente lo crucificaron (Juan 19:7).

Un escritor llamado C.S. Lewis escribió: “ Tú puedes tacharlo de necio, tú puedes escupirle y matarlo como a un demonio o tú puedes caer a Sus pies y llamarlo Señor y Dios. Pero no salgamos con ideas absurdas de que Él fue un gran maestro. Él no nos ha dejado abierta esa posibilidad. Esa nunca fue Su intención” (Mere Christianity [Macmillan, 1952], pgs.40-41).

Si las declaraciones Bíblicas de Jesús son verdaderas, ¡Él es Dios!

JESÚS ES SANTO

Dios es absoluta y perfectamente santo (Isaías 6:3), por lo tanto Él no puede cometer o aprobar el mal (Santiago 1:13).

Como Dios, Jesús poseía todo elemento de la persona de Dios. Colosenses 2:9 dice, “En él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.” Él era perfectamente Santo (Hebreos 4:15). Sus mismos enemigos no podían probar acusación alguna en contra de Él (Juan 8:46).

Dios también requiere santidad de nosotros. Primera de Pedro 1:16 dice: “Sed santos, porque yo soy santo.”

JESÚS ES EL SALVADOR

Nuestra desobediencia a Dios –al no ser santos- nos coloca en una situación en la que nos encontramos en peligro de castigo eterno (2 Tesalonicenses 1:9). La verdad es que no podemos obedecerlo porque no tenemos ni el deseo ni la capacidad de hacerlo. Por naturaleza somos rebeldes contra Dios (Efesios 2:1-3). La Biblia llama a nuestra rebelión “pecado.”

De acuerdo a la Escritura, todo ser humano es culpable de pecado: “No hay hombre que no peque” (1 Reyes 8:46). “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Y somos incapaces de cambiar nuestra condición pecaminosa. Jeremías 13:23 dice: “¿Mudará el etíope su piel y el leopardo sus manchas? Así también: ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?”

Eso no quiere decir que somos incapaces de llevar a cabo actos de bondad humana. Hasta podemos estar involucrados en diversas actividades religiosas o humanitarias. Pero somos absolutamente incapaces de entender, amar o agradar a Dios por nosotros mismos. La Biblia dice: “No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Romanos 3:10-12).

La santidad y justicia de Dios demandan que todo pecado se castigue con la muerte: “El alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4). Para nosotros eso es difícil de entender porque tendemos a evaluar el pecado en una escala relativa, pensando que algunos pecados no son tan graves como otros. No obstante, la Biblia enseña que todos los actos de pecado son el resultado de pensamientos pecaminosos y deseos perversos. Ésa es la razón por la que cambiar únicamente nuestros patrones de conducta, no puede resolver nuestro problema de pecado o eliminar sus consecuencias. Necesitamos ser cambiados internamente para que nuestros pensamientos y deseos sean santos.

Jesús es el único que nos puede perdonar y transformar, y de esta manera, librarnos del poder y de la paga del pecado: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombre en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

Aunque la justicia de Dios demanda la muerte por el pecado, Su amor ha provisto un Salvador, Quien pagó el precio y murió por los pecadores: “… Cristo padeció una sola vez por los pecadores, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). La muerte de Cristo cumplió el requisito que la justicia de Dios demanda y de esta manera, hizo posible que Dios perdonara y salvara a aquellos que creen en Él (Romanos 3:26). Juan 3:16 dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Sólo Él es nuestro gran Dios y Salvador (Tito 2:13).

JESÚS ES EL ÚNICO CAMINO ACEPTABLE DE FE SALVADORA

Algunas personas piensan que no importa lo que alguien crea, siempre y cuando la persona sea sincera. Pero sin un objeto válido tu fe no sirve.

Si tú bebés veneno-pensando que es medicina-toda fe del mundo no va a restaurar tu salud. De la misma manera, si Jesús es la única fuente de salvación y estás confiando en alguien ó algo más para tu salvación, tu fe no sirve.

Muchas personas creen que hay muchos caminos para llegar a Dios y que cada religión representa una parte de la verdad. Pero Jesús dijo, “Yo soy el camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Él no dijo que era uno de muchos caminos legítimos para llegar a Dios o el camino a Dios sólo para esa época. Él dijo ser el único camino a Dios-en ese entonces y para siempre.


JESÚS ES SEÑOR

El pensamiento contemporáneo dice que el hombre es el producto de la evolución. Pero la Biblia dice que fuimos creados por un Dios personal para amarlo, servirlo y disfrutar una comunión eterna con Él.

El Nuevo Testamento revela que Jesús Mismo fue Quien creó todo (Juan 1:3; Colosenses 1:16). Por lo tanto, Él también es dueño de y tiene autoridad sobre todo (Salmo 103:19). Eso quiere decir que tiene autoridad sobre nuestras vidas y le debemos devoción absoluta, obediencia y adoración.

Romanos 10:9 dice: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.” Confesar a Jesús como Señor quiere decir someterse humildemente a Su autoridad (Filipenses 2:10-11). Creer que Dios lo ha levantado de los muertos quiere decir que confías en el hecho histórico de Su resurrección—el pináculo de la fe Cristiana y la manera en la que el Padre afirmó la deidad y autoridad del Hijo (Romanos 1:4; Hechos 17:30-31).

La verdadera fe siempre está acompañada de arrepentimiento del pecado. El arrepentimiento es más que simplemente sentirnos mal por el pecado. Es estar de acuerdo con Dios en que eres pecador, confesar tus pecados a Él, y tomar una decisión consciente de dejar el pecado y seguir la santidad (Isaías 55:7). Jesús dijo, “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15); y “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos” (Juan 8:31).

No es suficiente creer ciertos hechos de Cristo. Hasta Satanás y sus demonios creen en el Dios verdadero (Santiago 2:19), pero no lo aman ni lo obedecen. Su fe no es genuina. La verdadera fe salvadora siempre responde en obediencia (Efesios 2:10).

Jesús es el Señor soberano. Cuano lo obedeces estás reconociendo Su señorío y te estás sometiendo a Su autoridad. Eso no quiere decir que tu obediencia siempre será perfecta, pero esa es tu meta. No hay área de tu vida que rehúses entregársela.

JESÚS ES EL JUEZ

Todos los que rechacen a Jesús como su Señor y Salvador lo enfrentarán un día como su Juez: “Dios…ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17:30-31).

Segunda de Tesalonicenses 1:7-9 dice: “Cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluídos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder.”

¿CÓMO RESPONDERÁS?

¿Quién dice la Biblia que es Jesús? El Dios viviente, el Santo, el Salvador, el único objeto válido de fe salvadora, el Señor soberano y el Juez justo.

¿Quién dices tú que es Jesús? Ésa es la pregunta inescapable. Sólo Él puede redimirte—librarte del poder y de la paga de tus pecados. Sólo Él puede transformarte, restaurarte para que tengas comunión con Dios y dar a tu vida propósito eterno. ¿Te arrepentirás y creerás en Jesucristo como tu Señor y Salvador?


 


 Extraído del libro La voluntad de Dios, escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Mundo Hispano.

Salvos por gracia



Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.
-- Efesios 2:8-9


Estos versículos aclaran la obra de salvación: Todo es por obra de Dios, no nuestra. Somos salvos por la gracia de Dios por medio de la fe. Todo es don de Dios. No somos salvos por medio de nuestras buenas obras, así que no tenemos razón para ufanarnos, como si ser cristiano fuera una proeza. La única manera de salvarse es por gracia, que es el favor inmerecido de Dios. Si lo mereciéramos, no sería gracia. No somos salvos porque hemos sido buenos, porque hemos hecho cosas buenas, o hemos ganado la salvación de alguna otra manera.
La Biblia es clara al decir que no podemos ganar la salvación. Pablo escribió en Romanos 3:20: “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de el”. Escribió en Gálatas 3:10 que quienes dependen de las buenas obras para ser salvos están bajo maldición y ninguno de nosotros puede guardar esa ley. Todos estamos justificadamente condenados al castigo eterno a menso que Dios intervenga por gracia. Eso es precisamente lo que Dios ha hecho. 

Dios nos trae salvación por gracia y nuestra respuesta es la fe. Pero ni siquiera nuestra fe viene de nosotros mismos. “No es de vosotros” se refiere no solo a la gracia sino también a la fe. Tenemos que creer para ser salvos pero como estamos muertos en pecado no podemos creer. El hombre natural no puede entender las verdades espirituales (1 Co. 2:14), así que no puede creer. El dios de este siglo (el diablo) les ha cegado el entendimiento a los incrédulos para que la luz del evangelio no pueda brillar sobre ellos (2 Co. 4:4). Así que esa era nuestra condición antes de ser salvos; en las tinieblas, muertos en nuestros pecados, ciegos a la verdad, sin esperanza y sin Dios (Ef. 2:12). Estamos indefensos, incapaces de generar fe a partir de nuestro seco corazón.
Dios tiene que dar vida a nuestro seco corazón. Dios tiene que dar vista a nuestros ojos ciegos. Dios tiene que dar entendimiento a nuestras mentes entenebrecidas. Por lo tanto, toda la obra de salvación es un milagro de Dios. Creemos el evangelio y recibimos al Señor Jesucristo por fe pero es Dios quien nos da el deseo, la capacidad y el entendimiento para hacer eso. Ninguno de nosotros puede gloriarse acerca de nuestra fe o de nuestra salvación, ya que es todo debido a la gracia de Dios de principio a fin.


 Extraído del libro, El corazón de la Biblia escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.

Paz


Paz es una palabra bella, ¿verdad que sí? Jesús dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Jn. 14:27). Jesús nos dio su paz. Primera Corintios 7:15 dice: “Sino que a paz nos llamó Dios”. Filipenses 4:7 dice que dejemos que la paz de Dios reine en nuestros corazones. Segunda de Corintios 13:11 dice: “Vivid en paz”. Primera de Tesalonicenses 5:13 dice: “Tened paz entre vosotros”.

 Mientras que  el gozo es un sentimiento exterior, la paz es un contentamiento interior que viene cuando sentimos que todo está bajo control. Usted no va a tener paz si hay pecado en su vida. Pero cuando su vida está limpia de pecado y está caminando en el Espíritu, usted tendrá paz. Nunca permita que alguien o algo le priven de su paz.
 En nuestra iglesia tratamos de cultivar una actitud de paz, de descanso y confianza en Dios. No hay razón para dejarse perturbar. Pablo dijo: “Por nada estéis afanosos” y que permitamos que la paz de Dios reine en nuestros corazones (Fil. 4:6-7). Todos experimentamos pruebas que nos causan ansiedad. No vivimos en perfecta paz, pero, no obstante, tenemos que tener una actitud de paz. 

 En Mateo 5:9 nuestro Señor dice: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. Los cristianos debieran ser pacificadores. Usted no podría hacer nada más maravilloso por el reino de Dios y la iglesia de Cristo Jesús que el ser un pacificador. La naturaleza humana tiende al conflicto. Job dijo: “Pero como las chispas se levantan para volar por el aire, así el hombre nace para la aflicción” (5:7). Las personas continuamente experimentan conflictos de personalidad. No obstante, estamos llamados a ser pacificadores. Somos llamados a suavizar los conflictos, no a fomentarlos. A veces un problema insignificante lo hacemos explotar en algo desproporcionado y se convierte en una marea destructora. Los seres humanos están más inclinados a incrementar las dificultades que a hacer la paz. 

 Dígase a sí mismo: “Estoy en paz, Dios está en control y yo seré un pacificador”. Cada vez que se vea metido en un conflicto, sea un pacificador. Cuando vea a dos personas metidas en un conflicto, ayúdelas a abrazarse la una a la otra en paz. No se ponga del lado de ninguno. Procure encontrar lo bueno en cada persona en vez de enfocarse en lo malo. Cultive buenas relaciones, empezando con su propia familia. Si sabe que decir cierta cosa va a causar irritación a alguien, no lo diga. A veces cuando siento que estoy en lo correcto acerca de algo y alguien piensa que estoy equivocado, no me pongo a reafirmar que yo tengo la – razón porque no quiero perturbar la paz entre nosotros. No voy a comprometer mis convicciones, pero tampoco voy a defender innecesariamente mis derechos. La paz es más importante que el salirme con la mía. Sin embargo, si alguien niega la verdad de Dios, lucharé por lo que es la verdad. No obstante, con los de la familia de Dios tenemos que ser pacificadores. ¡Cuán sencilla sería la vida si todos fuéramos pacificadores!




Extraído del libro, El plan del Señor para la iglesia escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.

Deseo de la leche espiritual

Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación.                                                                                                         --1 Pedro 2:1-2

¿Cómo crecemos espiritualmente? El apóstol Pablo dice que debemos crecer hacia la plena estatura de Cristo mismo (Ef. 4:13). ¿Cómo ocurre eso? Ocurre, dice Pedro, cuando deseamos la leche espiritual de la Palabra de Dios de la misma manera que recién nacido desea la leche materna. 

Siempre hemos tenido niños alrededor de la casa de los MacArthur. Tenemos cuatro hijos y catorce nietos. Hay una cosa muy clara con relación a los bebitos: Ellos desean leche. Una vez tenía cargado a uno de mis nietos cuando estaba recién nacido y tenía muchos deseos de tomar leche. Lamentablemente deseaba alimentarse y su madre no estaba allí. Yo era del todo inservible para él en aquel momento. Por mucho que gritara, no había nada que yo pudiera hacer por él.

Es que los niños esencialmente desean leche y nada más. No les interesa el color de sus ropas. No les importa el color de la cuna. Cuando tienen hambre, no les interesan los juguetes, ni las canciones ni ninguna otra cosa. ¡Solo la leche! Están muy bien orientados en lo que desean. 

Es lo exclusivo y sencillo de ese deseo lo que es tan llamativo. Cuando el niño crece y ya comienza a querer más leche, más alimento. A medida que usted envejece, la vida se vuelve más compleja y sus deseos se vuelven más diversos. 

Pedro está diciendo que, si quiere crecer espiritualmente, tiene que volver a aquel sencillo apetito de un recién nacido y desear solo una cosa: La leche espiritual de la Palabra de Dios. Ponga a un lado todo lo demás. Deje a un lado la malicia. Deje a un lado todo lo engañoso. Deje a un lado toda hipocresía, toda envidia de otras personas y el hablar mal de otros. Despójese de todas esas cosas y concéntrese en una, el alimentarse de la Biblia, desearlo tanto como un niño desea la leche.

No es solamente la maldad lo que debemos dejar a un lado. Necesitamos dejar también todas las cosas buenas que pudiéramos estar haciendo y que no son las mejores. Necesitamos dejar a un lado todas las otras cosas de las que pudiéramos estar hambrientos y que en realidad no nos ayudan a crecer. Tenemos que cultivar el apetito por la Biblia.  Cada vez que tenga la oportunidad de beber de esa leche espiritual, sea como un niño que llora y que anhela ser satisfecho y beba hasta saciarse. Así es como usted crecerá.


 Extraído del libro, El corazón de la Biblia escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz. 

Haga callar a los críticos




Imagínese a un joven que está queriendo ansiosamente conocer la voluntad de Dios para el trabajo de su vida. Está tan dedicado a Dios que incluso está dispuesto a ser un misionero, lo cual parece ser el sacrificio supremo ante los ojos de algunas personas. 

             Pero nuestro joven amigo, a pesar de su dedicación, tiene algunos problemas. Es un poquito terco. Parece tener problemas en llevarse bien con aquellos que tienen autoridad sobre él. Las razones de su rebelión son muy buenas, por supuesto, por lo menos ante sus ojos. 

             Finalmente, nuestro joven buscador de la voluntad de Dios lleva su problema a un pastor sabio. “Creo que Dios quiere que sea misionero”, dice él, “pero no estoy seguro si quiere que sea un misionero dentro del país o fuera”.
             El pastor lo mira directamente a los ojos, “Joven”, dice él, “lo que usted necesita ante todo es ser un ‘submisionero’. Necesita aprender lo que significa sometimiento”.

             ¿Palabras dura? Quizás; pero ciertas. El apóstol Pedro escribió: “Estad sujetos a toda institución humana por causa del Señor; ya sea al rey como quien ejerce soberanía, o a los gobernantes como quienes han sido enviados por él para el castigo de los que hacen el mal y para la alabanza de los que hacen el bien. Porque ésta es la voluntad de Dios” (1 Ped. 2:13-15). 

             ¿Qué es lo que Dios desea que haga? Someterse. ¿De qué clase de sometimiento está hablando? Las Escrituras esbozan varias clases, incluyendo para con los padres y otros creyentes. Pero aquí Pedro hace un llamado específico a la clase de sometimiento que lo convierte en el mejor ciudadano posible en la sociedad en la que vive.
             ¿A quién estamos tratando de alcanzar? Al mundo. Si no somos la personificación de lo que debería ser un ciudadano en el mundo, con seguridad haremos daño a nuestro testimonio. Dios no sólo ordena que nos sometamos a aquellos que ejercen autoridad, sino que nos dice claramente la razón. “Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo el bien hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos” (1 Ped. 2:15). 

              ¿Sabe usted lo que los críticos de Cristo buscan en los cristianos? ¡Fallas! ¿Cómo vamos a evitar que encuentren fallas? Elimine las fallas. Necesitamos hacer callar la ignorancia de los hombres insensatos.
             ¿Cómo va usted a hacer callar a sus críticos? Viviendo una vida ejemplar dentro de la sociedad. Eso es lo que Pedro quiere decir. El cristiano no es un revolucionario. Si hay una manera legal de hacer un cambio que se necesite, él escoge esa ruta. Él trabaja. Se esfuerza por ser la mejor persona posible y ofrecer la mejor contribución que pueda a la sociedad, pero lo hace dentro del marco legal. 

             Nunca abuse de su libertad. No la use como disfraz para ser malicioso y perverso (1 Ped. 2:16).
             Alguien inevitablemente dirá: “No creo en esta restricción. Dios me ha dicho en el corazón que está mal. Así que voy a infringir esta ley o resistir esa regla”. 

             ¡Espere un minuto! La Biblia dice que no esconda su malicia debajo del manto de la llamada libertad cristiana. Dios dice: “Honrad a todos; amad a los hermanos; temed a Dios; honrad al rey” (1 Ped. 2:17).
             Si usted tiene un jefe, esté “sujeto con todo respeto a vuestro amo” (1 Ped. 2:18). Usted podría decir: “¡Usted no conoce a mi jefe!”. La Escritura continúa, “…no solamente a los que son buenos y comprensivos, sino también a los severos”. La palabra severo significa “perverso”. ¿Tiene usted un jefe perverso? ¿Qué se supone que deba hacer? Sométase, amorosa y voluntariamente.



Extraído del libro, “La voluntad de Dios” escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Mundo Hispano. 

Sacuda al mundo

Tantas veces me digo a mí mismo que si los cristianos alguna vez aprenden a vivir la clase de vida que Pedro describió, sacaríamos al mundo de su eje. Pero a veces el mundo no puede distinguirnos de sí mismo. El apóstol Pablo hace un llamado a los cristianos que están trabajando para jefes que no son cristianos, para que les den un día de trabajo honesto por cada día pagado y les muestren que esa es la norma de un cristiano (ver Efe. 6:5-8). 

            Si usted es ciudadano de cierto estado, obedezca las leyes de ese estado para que la gente pueda saber que su fe es real, que alcanza e influye cada área de su vida. Siempre me perturba cuando un individuo que tiene un eslogan cristiano en el parachoques de su auto,  pasa zigzagueando a los otros carros como un maniático.

            El principio de la buena ciudadanía lo sostiene además Pablo, quien dice que cuando la iglesia escoge a un anciano, debe elegir a uno que sea irreprensible (ver 1 Tim. 3:10). 

            Usted podría preguntar: “¿Se supone que deba obedecer todas las leyes del lugar?”. Sí, cada una de ellas. Si no está de acuerdo con ellas, eso no cambia el tema. Obedézcalas. Ahora, si usted conoce una manera de trabajar políticamente para cambiar leyes esta bien; pero hasta que sean cambiadas, obedézcalas. 

             ¿Pero qué tal si le dicen que haga algo que infringe la clara revelación y el mandamiento de Dios? ¡Entonces no lo obedezca! Esa es la única excepción. Esto es lo que sucedió cuando los gobernantes judíos detuvieron a Pedro y Juan. Les dijeron que ya no predicara en el nombre de Jesús. Pero Pedro y Juan contestaron: “Juzgad vosotros si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios”. Y salieron de ese sitio y comenzaron a predicar (ver Hech. 4:18-20). La única vez en que un creyente debe infringir la ley del lugar es cuando la ley le prohíbe hacer lo que se le ha dicho por medio del mandamiento directo de Dios, o cuando se le ordena hacer lo que Dios prohíbe. 

             ¿Qué estoy diciendo? Es que Dios quiere que seamos la clase de ciudadanos en el mundo que llamará la atención del mundo. Necesitamos ser diferentes. Necesitamos tener las cualidades de la sal y la luz (Mat. 5:13-16). Eso implica sometimiento, lo cual ordena claramente la Escritura.
 

Extraído del libro, La voluntad de Dios escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Mundo Hispano.

¿Es Dios un aguafiestas cósmico?

John MacArthur



   A medida que viajo por el mundo, una de las preguntas que más me hacen es: “¿Cómo puede un cristiano conocer la voluntad de Dios para su vida?” La mayoría de nosotros reconoce que Dios tiene un plan para la vida de todo creyente, pero a menudo parece haber cierto problema en determinar cómo es este plan en un momento en particular. Hay bastantes libros, folletos y sermones que tratan con este problema, y sin embargo, las respuestas a veces parecen eludir hasta al indagador más persistente. Ruego a Dios que esto le ayude a llenar algunos de los vacíos de una manera nueva y práctica.

             Uno puede buscar pautas definitivas en esta área pero termina simplemente con una gran cantidad de ideas. Algunos, aparentemente, piensan que han perdido la voluntad de Dios. ¡Por lo menos dicen que la están buscando! Para ellos, Dios debe parecerles que está participando en un juego de niños, en el que se ha escondido, su voluntad en algún lugar donde no se ve y nos mantiene corriendo a través de la vida para que tratemos de encontrarla. Y él está en el cielo diciendo: “¡Estás cerca, estás cerca!”

             Otros sugieren que la voluntad de Dios debe encontrarse a través de una experiencia traumática. Voy por la calle, piso una cáscara de plátano y me caigo sobre un mapa de la India, e inmediatamente le digo al Señor: “Gracias por guiarme con claridad. ¡Comprendo! ¡Es la India!” O siempre hay una voz del cielo o una visión en sus sueños que le dice que vaya a Qatar. 

             También están aquellos que en realidad le tienen miedo a la voluntad de Dios. Nunca olvidaré al atleta que se me acercó en el campamento Hume Lake y dijo: “No estoy seguro de que quiera entregar mi vida a Jesucristo porque tengo miedo de lo que me obligará a hacer”. Él tenía la idea de que Dios quiere tomar atletas robustos, romperles ambas piernas y forzarlos a tocar la flauta. Esto implica que Dios es una especie de “aguafiestas cósmico” acabando con la diversión de todos y echándoles a perder su gozo. La gente que tiene este punto de vista teme en realidad que la voluntad de Dios sea una manera severa de vivir que demandará el sacrificio de sus habilidades o posesiones más preciadas. 

            Luego tenemos a los que tienen la mentalidad del atleta conformista. Hay cristianos que ven la voluntad de Dios como este atleta: Está bien si logro ganar una carrera, pero si no, me conformo con participar. En otras palabras: No corras con la intención de ganar, sólo hazte presente en la carrera. 

             He leído en algunas fuentes de información que la voluntad de Dios es la “convergencia fortuita de circunstancias e impulsos”.

             Y así prosiguen las teorías.

             En medio de este lío todavía nos preguntamos: “¿Cuál es la voluntad de Dios? ¿Hay principios concretos que se puedan declarar de manera sencilla y que realmente se puedan poner en práctica?” ¡Creo que sí! De eso se trata todo lo que estoy escribiendo. ¿Puede uno saber qué trabajo buscar, a qué escuela asistir, a qué chica o chico amar, qué decisión tomar en cualquier situación que se dé?

             Sí. Uno ya no tiene que preocuparse. La lucha casi ha terminado, la búsqueda casi ha concluido. Comencemos con una suposición sencilla. Puesto que Dios tiene una voluntad específica para nosotros, él debe querer que nosotros la conozcamos. De ser así, entonces podríamos esperar que él nos la comunicara de la manera más obvia. ¿Cómo? A través de la Biblia, su revelación. Por lo tanto, creo que  lo que uno necesita saber acerca de la voluntad de Dios se ha revelado claramente en las páginas de la Palabra de Dios. La voluntad de Dios es, de hecho, muy explícita en las Escrituras. A medida que vemos algunos principios bíblicos en las siguientes páginas, prepárese para una conclusión inesperada y sorprendente que podría cambiar su vida. 

Extraído del libro, “La voluntad de Dios” escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Mundo Hispano.

El evangelismo y las misiones


John MacArthur,



La segunda función de la iglesia es el evangelismo y las misiones. Uso esos dos términos juntos a fin de proveer de una perspectiva completa. El evangelismo se lleva a cabo generalmente sobre bases personales, mientras que el trabajo misionero abarca por lo común áreas amplias. La iglesia existe por amor del mundo. Tenemos que desear vivir como Dios quiere que lo hagamos de forma que podamos brillar como luces en medio de una generación torcida y depravada (Fil. 2:15). La meta suprema de todo ministerio es alcanzar a otros para Cristo. 


 Hay dos maneras de evangelizar: Por medio de nuestras vidas y por medio de nuestras palabras. Nuestras vidas hacen que nuestro testimonio sea aceptable o inaceptable. Si en nuestra iglesia Cristo es exaltado y los creyentes viven en obediencia a Dios, entonces vamos a lograr establecer credibilidad para nuestro testimonio corporativo. Es muy importante la manera en que vivimos en el mundo

Es maravilloso cuando las personas acuden a la Grace Community Church y dicen: “Hemos visto que los creyentes aquí viven el mensaje que se predica. Obedecen la Palabra de Dios”. ¿Pero cuántas veces escuchamos decir a las personas: Fui a la iglesia en tal sitio y allí hay un montón de hipócritas. No se preocupan por nadie. El pastor se apropió del dinero de la iglesia y se marchó”? Satanás hace todo lo que puede por corromper a las iglesias a fin de que la integridad del mensaje del evangelio quede debilitado y destruidos los testimonios individuales. Hemos sido llamados a vivir un estilo de vida evangelizador en nuestras comunidades. En Mateo 5:13 nuestro Señor dice que somos la sal de la tierra: “Pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?” Somos preservadores de la tierra, somos distintos. Por eso estamos llamados a vivir vidas puras. Me preocupa el que vivamos de forma piadosa y virtuosa no solo para que nosotros glorifiquemos a Dios, sino para que los incrédulos también puedan glorificar a Dios. Tenemos que vivir vidas santas porque eso atrae a otros a la pureza. Tenemos que ser ejemplos vivientes de vida cristiana.   En Mateo 5:14 Jesús dice que nosotros también somos la luz del mundo. El versículo 15 señala que una luz no se pone debajo de un almud (vasija, cajón), lo que habla de cualquier cosa que pueda empañar el testimonio de su vida. 
 A veces veo a personas que conozco en situaciones que las avergüenza. ¡Puedo decir que son muchas las personas que han intentado tragarse un cigarrillo cuando me ven! En ocasiones voy a un restaurante y allí me encuentro a alguien que conozco y lo veo con una bebida alcohólica en la mano. Yo solo le sonrío y le saludo con la mano, pero inmediatamente cambian de color. No tengo que decir nada. Jesús resumió nuestra responsabilidad de vivir una vida recta cuando dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5:16). Los incrédulos deberían poder mirar a su vida y decir: “Solo Dios puede hacer eso en la vida de un ser humano. ¡Qué vida tan maravillosa!”
También evangelizamos por medio de nuestras palabras. Primera Pedro 3:15 dice: “Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”. Alguien una vez bromeaba diciendo que la mayoría de los cristianos son como un río del Ártico: ¡Tienen la boca congelada! Debiéramos tener tanto deseo de hablar de las cosas del Señor como lo tenemos de hablar de asuntos mundanos. Una de las razones por las que tenemos dificultades en proclamar el evangelio es porque no conocemos a muchos que no sean cristianos. Nuestro mundo es estrecho. Es como una pirámide: cuanto más tiempo lleva usted siendo cristiano, menos personas no cristianas conoce. Procure evitar que eso le suceda a usted.


 Cuando proclamamos el evangelio tenemos que estar seguros de que sabemos lo que vamos a decir. Esa es la razón por la que en nuestra iglesia dedicamos tanto tiempo a expresar bien el evangelio. Queremos estar seguros de que todos entienden cómo una persona llega a ser salva. Estudiamos las palabras de Cristo al joven rico en mateo 19:16-26 y el llamado Sermón del Monte (Mt. 5-7). Muchos templos alrededor del mundo están llenos de personas que piensan que son salvas, pero no lo están porque no entienden la manera cómo los creyentes obtienen la salvación.


  Las misiones representan una perspectiva mundial de la evangelización, involucra alcanzar con el evangelio cualquier área que Dios nos abra. Recibí una carta de un pastor las Filipinas y decía: “He sabido acerca de la Grace Community Church. Yo quisiera edificar mi iglesia en la manera que Dios quiere que se haga. ¿Podría usted enviarme algo de información a fin de saber qué hacer?” Hay personas en nuestra iglesia que organizan las estrategias para ir más allá de las paredes de nuestra iglesia en la medida que Dios nos lo permite. Jesús dijo: “Por tanto, id, y hace discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:19-20). La iglesia está comprometida a predicar, bautizar y enseñar en toda oportunidad que pueda.

La adoración

John MacArthur



Pablo dijo a los filipenses: “…nosotros somos…los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” (Fil. 3:3). Juan 4:23 dice: “Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”. Somos llamados a ofrecer nuestro cuerpo como un sacrificio vivo a Dios en un acto santo de adoración (Ro. 12:1). Pedro dijo que somos “sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 P. 2:5)

 Cuando usted va a la iglesia, ¿piensa de verdad acerca de los himnos que canta o medita en las cosas que escucha, que están enseñando y predicando? Usted necesita cultivar un corazón que adora. Y su adoración no debiera estar limitada a cuando va al templo. El culto que se celebra en el templo debiera ser el catalítico que le mueve a adorar en todo tiempo. En The Ultimate Priority [La prioridad final] (Chicago: Moody, 1983) yo decía que adoramos mejor cuando somos completamente obedientes. Obediencia es la definición básica de adoración. Al igual que la obediencia, la adoración tiene que ser una forma de vida en vez de solo un ejercicio religioso de los domingos.
 

Hebreos 10:22 nos invita a que nos acerquemos a Dios. Santiago 4:8 es más específico: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros”. ¿Se ha acercado usted alguna vez a Dios con prisas? ¿Permite usted que su corazón y mente asciendan cuando escucha los himnos, la lectura de las Escrituras o la oración? ¿Medita usted con profunda devoción? Recuerde, tenemos que ser un pueblo que adora.

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Extracto del libro, “El plan del Señor para la iglesia” escrito por el Pastor John MacArthur y publicado por Editorial Portavoz.
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Consejos prácticos para tener un ministerio duradero

John MacArthur



De acuerdo a una encuesta reciente, hace veinte años atrás el pastor promedio se quedaba en su ministerio un mínimo de siete años antes de irse a otro lugar. Actualmente, el tiempo se ha erosionado hasta un mínimo de casi cinco años. 

El pasado hace un obvio contraste con la actualidad. Hace años atrás, el pastorado promedio era medido en décadas. Pero aparentemente esos días se terminaron. La duración del pastorado de los siguientes hombres nos da una idea de esos tiempos: Juan Calvino (quien ministró en Ginebra durante 25 años hasta que murió), Carlos Simeón (quien sirvió en Cambridge durante más de 50 años), John Stott (quien pastoreó en Londres durante más de 50 años), Jonathan Edwards (quien predicó en Northampton durante más de 20 años) y D. Martyn Lloyd-Jones (quien sirvió en Londres durante casi 30 años). La longevidad de hombres como estos era la norma, no la excepción. Aún en años recientes, W.A. Criswell pastoreó en el centro de Dallas durante casi 50 años y Adrian Rogers en Memphis durante 32 años. Hay otros en iglesias grandes que ciertamente han demostrado una perseverancia a largo plazo al servir a una sola congregación, pero son casos raros en nuestro día. Los pastorados a largo plazo en pequeñas iglesias se convierten en algo aún más excepcional.
Recuerdo que aún antes de que comenzara mi ministerio aquí en Grace Community Church, mi papá me dijo, “Quiero que recuerdes dos cosas antes de que entres al ministerio. Una, los grandes predicadores, los predicadores duraderos que dejaron su huella en la historia, enseñaron a su congregación la Palabra de Dios. Dos, se quedaron en un lugar durante mucho tiempo”. Esos fueron dos consejos sabios muy útiles. Cuando llegué por primera vez a Grace Church, la mayoría de la gente pensó que únicamente me quedaría uno o dos años, porque había sido un predicador itinerante para grupos de jóvenes. Pero en mi corazón sabía que quería hacer las dos cosas que mi papá me había aconsejado: una era enseñar la Biblia expositivamente, especialmente a lo largo de todo el Nuevo Testamento, sabiendo que en segundo lugar, dicha meta demandaría que me quedara en un lugar durante mucho tiempo. Sabía que esa era la única manera en la que podía continuar nutriendo mi propia alma, tener un impacto en generaciones con la verdad de Dios, y manifestar integridad en mi vida mediante una visibilidad a largo plazo. 

Al mirar hacia atrás a 38 años de ministerio en la misma iglesia, quiero alentarte a que tengas una perspectiva a largo plazo en tu iglesia. Mientras que quedarse en el mismo lugar no siempre sea el plan de Dios, a continuación veremos diez sugerencias prácticas que te pueden capacitar para mantener un ministerio duradero. 

1. No llegues a menos de que tengas planeado quedarte. Los pastores de generaciones pasadas como Calvino y Edwards, consideraban un llamado a una iglesia algo parecido a un matrimonio. En un sentido, estaban desposados con sus congregaciones, y la fidelidad y lealtad a esa unión los sostuvo aún en medio de momentos difíciles. Los pastores de nuestro día necesitan aprender de sus ejemplos. Necesitas ver una iglesia como más que un escalón para llegar a algo más grande. No importa el tamaño de la congregación o los desafíos que presente, debes creer que Dios te ha llamado a ese rebaño. Aún el problema y desaliento más grande, es un medio que Dios usa para humillarte y quebrantar tu confianza en ti mismo. Todos somos verdaderamente poderosos y útiles únicamente cuando somos débiles. Acepta los beneficios de las pruebas. Si estás comprometido a quedarte cuando llegues, y afirmas ese compromiso con frecuencia, prepararás tu corazón para perseverar.

2. Aprende a ser paciente. La paciencia humilde es la virtud más importante que jamás ejercerás. Después de todo, tu meta como pastor debe ser alinear las convicciones de tu congregación con el mensaje completo de la Palabra de Dios, y llevar sus vidas a la madurez espiritual. Y este es un proceso de santificación que toma tiempo (décadas, no solo meses ó años). Únicamente viene como resultado de confiar en el poder del Espíritu al usar su Palabra, conforme es fielmente proclamada semana tras semana, año tras año.  

3. No tengas miedo de cambiar. Tu congregación no solo cambiará conforme la instruyes espiritualmente, sino que tú también cambiarás. Conforme comienzas a explicar las Escrituras, la Verdad alterará las verdades que enseñas y la manera en la que conduces el ministerio. No puedes conocer todo lo que la Biblia dice a menos de que hayas escarbado profundamente en ella. Puedes pensar que entiendes todo detalle, pero inevitablemente llegarás a pasajes que cambian tu manera de pensar y la manera en la que tu iglesia debe responder. Tu congregación y tú deben ser flexibles, permitiendo que la Palabra de Dios los moldeé, conforme se someten a las Escrituras. 

4. Estudia para conocer a Dios, no solo para hacer sermones. La clave para evitar un cansancio que debilita en el ministerio, es la renovación espiritual personal. Si tu corazón es lo primero que está fervientemente vivo a cosas espirituales, y después tu predicación, entonces puedes esperar que tu congregación esté fervientemente viva a cosas espirituales. Claro que dicha fervencia debe originarse en primer lugar y sobre cualquier otra cosa, de tu estudio concentrado de la Palabra de Dios. Y aquí está la clave. No estudies para preparar sermones, estudia para conocer la verdad, para regocijarte en la gloria y gracia de Dios, y para ser conformado a su voluntad. Los sermones nunca deben ser la meta primordial de tu estudio bíblico, únicamente deben ser el resultado del estudio. Cuando estudies, busca un entendimiento preciso de quien es Dios y lo que Él espera. En primer lugar y sobre cualquier otra cosa, esto es para tu propia devoción y santidad. Y después, de esa abundancia, instruye a tu congregación, alentándolos a seguirte conforme tú sigues la Verdad, escrita y encarnada. 

5. Sé agradecido y humilde.  Como siervo del Príncipe de los pastores, necesitas estar agradecido por el rebaño que Cristo te ha encomendado, y expresar con frecuencia tu gratitud tanto a ellos como al Señor. La satisfacción en el ministerio comienza con la confianza en la providencia de Dios. Tu iglesia quizás no sea tan grande o tenga la solvencia financiera de la iglesia que está en la misma calle, pero puedes estar satisfecho si confías en que Dios soberanamente te ha colocado en el lugar exacto en donde quiere que estés. También te ayudará recordar continuamente que no importa qué circunstancias enfrentes, eres indigno de lo que se te ha dado. No creas que mereces un ministerio más grande del que tienes. Es gracia lo que te ha colocado en un llamado tan noble. Aprende a definir el éxito en términos de fidelidad y no en términos de popularidad. La medida de tu ministerio no está determinada por crecimiento numérico, sino por apegarte a la verdad en tu vida y mensaje. Mientras que muchos predicadores parecen trabajar para alcanzar la gloria terrenal, los predicadores piadosos humildemente laboran para la gloria que está aún por serles dada, en la presencia de su Señor. 

6. No pierdas de vista la prioridad. Como pastor, tu deber consiste en pastorear tu rebaño—esto quiere decir nutrirlo con la Palabra de Dios, guiarlo hacia la semejanza a Cristo con ternura, mientras que los proteges del error. Eres un pastor. No eres primordialmente un coordinador de eventos, un analista financiero, un visionario y ni siquiera un líder. La prioridad de tu responsabilidad no es innovar ó administrar sino diseminar la verdad divina. Únicamente de esa manera estarás preparando a personas dentro de tu congregación, para que vivan y sirvan eficazmente y en obediencia para la honra de Dios y el impacto del evangelio. Una iglesia cuyo ambiente está dominado por la Palabra y el Espíritu, producirá una congregación que servirá a tu lado para que puedas concentrarte en lo que has sido llamado a hacer: enseñar la Palabra mientras que te humillas delante de Dios en oración dependiente. 

7. Prepárate para trabajar duro. Si eres fiel a tu llamado, te darás cuenta de que es una tarea difícil y sin descanso. El ministerio pastoral no es como un trabajo en el que la actividad termina y te puedes ir a descansar a casa. Es un tipo de esclavitud bendita que demanda disciplina y sacrificio. Pero al mismo tiempo trae el más puro de los gozos y la satisfacción más duradera, que se extiende hasta la eternidad. Los pastores con ministerios duraderos no son personas indisciplinadas que se aparecen el domingo para improvisar una plática motivacional. Tampoco son hombres que tienen unos cuantos sermones para algunos años, para ir de iglesia en iglesia. Más bien son hombres disciplinados cuyas vidas deben estar bajo control, para que puedan invertir sus energías físicas y espirituales en el rebaño que Dios les ha dado. Es una tarea desgastante, pero viene con la promesa de un impacto a largo plazo, conforme le enseñas a tu congregación la verdad y esta la ve encarnada en tu vida a lo largo de décadas. Confiarán en ti  y los verás como tu corona de gozo. Además, verte forzado a seguir estudiando y predicando a lo largo de las Escrituras, expanderá tú propio entendimiento de la revelación divina, y esto incrementará tu nivel de beneficio para la iglesia y la productividad de tu vida ministerial. Esto traerá la bendición de aprender de otros, porque demanda que seas un lector constante del mejor material bíblico, teológico y biográfico. 

8. Confía en que la Palabra llevará a cabo su obra. Muchas personas en iglesias en nuestro día, se están muriendo de hambre de predicación teológica, expositiva, pero ni siquiera lo saben. Ciertamente se dan cuenta de los vacíos que hay en su vida, de los lugares superficiales, de la falta de entendimiento. Se dan cuenta de que no pueden resolver sus múltiples problemas y dilemas. Están buscando respuestas divinas, y se les están ofreciendo sustitutos humanos, artificiales, que no pueden ayudar. La exposición a largo plazo satisfacerá sus corazones y al mismo tiempo, incrementará su apetito para más. Y Dios nos ha dado los tesoros y verdades frescas de su Palabra, las riquezas de las cuales ninguna cantidad de años puede agotar. 

9. Depende siempre del Señor. Obviamente un ministerio que descansa únicamente en la fortaleza, inteligencia ó estrategias de encuestas humanas, aún si es éxitoso en términos numéricos, está condenado a ser de corto plazo y superficial. Un ministerio duradero, espiritualmente transformador, debe ser edificado por el poder de Dios liberado a través de su verdad. Y Él siempre bendice su verdad y la labor de un verdadero hombre de Dios. Cuando te das cuenta de que no puedes resolver todos los problemas en tu iglesia, de que no puedes salvar a los incrédulos que asisten a tus servicios, de que no puedes producir fruto espiritual en tu congregación, descansarás de manera total en Dios, quien es el único que puede, aceptando tu debilidad y falta de capacidad, apoyándote únicamente en el poder de la Palabra a través del Espíritu. 

10. No te vayas solo por irte. Cuando ves tu ministerio pastoral como un compromiso de por vida y sirves a tu rebaño como lo he descrito, te será difícil irte. Generalmente no somos llamados a irnos de una congregación, sino a llegar a una congregación. Deja tu ministerio actual por otro únicamente si tienes un verdadero llamado a ese lugar. El hecho de que una nueva oportunidad te ofrece un mejor salario, tiene instalaciones más grandes, promete alivio de problemas actuales, o provee una plataforma para una influencia más grande, no necesariamente lo hace un cambio correcto y puede apelar a la ambición. Por lo tanto, asegúrate de que cuando te vayas, tus razones sean espiritualmente convincentes. Y haz tu mejor esfuerzo por asegurarte de que el rebaño que dejas atrás esté bien cuidado antes de irte. Esa es una parte vital de tu legado.