Después de todo, para la mente de los griegos, la sofisticación, la
filosofía y el aprendizaje eran actividades destacadas. ¿Cómo podría un
crucificado hablar de conocimiento? Por otra parte, para la mente judía
había un clamor y un deseo de ser libres. En su historia, habían sido
atacados por numerosas potencias y con frecuencia habían sido humillados
por fuerzas de ocupación. Tanto por los asirios como por los babilonios
o los romanos, Jerusalén había sido repetidamente saqueada y su gente
desposeída de sus hogares. ¿Qué más hubiera querido un hebreo que contar
con alguien que se pusiera al frente de su causa y repeliera al
enemigo? Pero… ¿cómo sería posible que un Mesías crucificado pudiera
ayudar de alguna manera?
Para el griego, la cruz era una locura. Para el judío, era una
piedra de tropiezo. ¿Qué hay en la cruz de Cristo que desafía tan
rotundamente aquello que el poder disfruta tanto? La crucifixión era
humillante. Era tan humillante que los romanos, que se especializaban en
el arte de la tortura, aseguraban a sus ciudadanos que un romano nunca
sería crucificado. Pero no solamente es humillante; también es
torturante. De hecho la misma palabra “torturante” viene de dos palabras
latinas: ex cruciatus, literalmente, de la cruz. La crucifixión era la palabra con la que se definía el dolor.
¿Esto no nos obliga a hacer una pausa en este tiempo? Piense en
esto: humillación y agonía. Éste fue el sendero que Jesús eligió para
alcanzarnos a usted y a mí. Usted se da cuenta de que aquello a lo que
llamamos pecado, que nosotros trágicamente minimizamos, es lo que rompe
la grandeza para la que fuimos creados. Trae indignidad a nuestra
esencia y dolor a nuestra existencia. Nos separa de Dios.
Hace dos mil años, en el camino a la cruz Jesús tomó toda nuestra
indignidad y nuestro supremo dolor, y nos llevó nuevamente a la dignidad
de una relación con Dios y a la curación de nuestra alma. ¿Recuerda que
esto fue hecho por usted, y que usted recibió este regalo de parte de
Dios?
Si lo tiene en cuenta, ha de descubrir que aquella locura es pecado.
Nuestra debilidad mayor no es un enemigo externo sino uno que ataca
desde adentro. Es nuestra propia debilidad la que nos hace tropezar.
Pero Jesucristo nos libera de la locura del pecado y de la debilidad de
nosotros mismos.
Esta es la razón por la que Pablo dice a continuación que él predicaba a Jesucristo crucificado, que eran tanto poder de Dios como sabiduría de Dios.
Venga a la cruz en estos días que nos han sido otorgados para nuestra
contemplación, y descubra el poder y la sabiduría de Dios.
Ravi Zacharias es el fundador y el Presidente de la Junta Directiva de los Ministerios Internacionales Ravi Zacharias en Atlanta, Georgia, U.S.A.
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