Juan Calvino
Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro racional culto.Y no os conforméis a este siglo; mas reformaos por la renovación de vuestro entendimiento, para que ex‐perimentéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. ( Romanos 12.1-2)
Sabemos muy bien que los disolutos y desordenados están habituados placenteramente a deducir carnalmente todo cuanto en la Escritura se refiere a la infinita bondad de Dios; también los hipócritas, como si la gracia de Dios apagase el afecto ycuidado de vivir bien y honestamente, creen que esa bondad divina les da pie para un mayor artevimiento en el pecado, oscureciendo la sabiduría de la gracia con su malignidad. El conjuro que San Pabloprofiere, suplicando a los romanos vivamente, demuestra que hasta que los hombres no comprendan ylleven en sus espíritus impreso cómo deben sujetarse a la misericordia de Dios, jamás le podrán servircon verdadero afecto, y tampoco podrán sentirse fuertemente incitados a temerle y a obedecerle. Los papistas también, infundiendo terror en las almas, tratan de obligarlas en no sé qué clase de obediencia forzosa.
Pero San Pablo, para unirnos más a Dios, no por un miedo servil, sino por un amor justo, sincero, voluntario y alegre apela a la dulzura de la gracia, base de nuestra salvación, reprochándonos, almismo tiempo, nuestra ingratitud, porque haciéndonos sentir que Dios es nuestro Padre, benigno y liberal, no ponemos todo nuestro interés en dedicarnos y consagrarnos completamente a El. San Pablo sobrepasa a todos en la glorificación de la gracia divina, y es mucho más eficaz en su modo de expresarse dirigiendo esta exhortación. Porque si la doctrina por él manifestada anteriormente no, puede incendiar el corazón humano en el amor divino, haciéndole sentir tan abundantemente esa bondad de Dios hacía él, es que tal corazón es más duro que el hierro. ¿Adónde, pues, se quedan aquellospara quienes todas las exhortaciones acerca de la santidad de la vida no tienen razón de ser, puesto quela salvación de las almas depende de la gracia de Dios solamente, no habiendo más enseñanzas, ordenanzas ni amenazas tan adecuadas para levantar e inducir el espíritu de los creyentes a la obediencia de Dios, que la consideración atenta y el vivo sentimiento de la bondad divina hacia ellos? Descubrimos también la dulzura espiritual del Apóstol, quien ha prerefido mejor dirigirse a los fieles por medio de admonciones y súplicas amables que utilizar mandamientos rigurosos, sin duda porque él sabía que este método aprovecharía más a los creyentes dóciles.
Que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Este es el camino trazado para dirigirnos rectamente en la práctica de las buenas obras, es decir, el darnos cuenta de que estamos consagrados al Señor. Pues de eso se deduce que ya no debemos vivir para nosotros mismos, puesto que hemos de dedicar a la obediencia de Dios todas las actuaciones de nuestra vida. Tenemos aquí dos cosas que necesitamos considerar: Primera, que pertenecemos al Señor; segunda, que debemos ser santos, porque sería deshonrar la majestad divina si no le ofreciéramos algo que no estuviere consagrado. Sobre este fundamento comprenderemos que la santidad debiera ser para nosotros un ejercicio continuo, de tanta duración como nuestra vida, y que, por el contrario, sería una especie de sacrilegio caeren la impureza, porque tal cosa equivaldría a profanar algo ya santificado. El Apóstol emplea aquí por todo lugar una exquisita corrección en el lenguaje. Primeramente dice que es preciso que nuestro cuerpo sea ofrecido en sacrificio a Dios. Quiere decir que nosotros no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que estamos bajo la potestad divina. Eso jamás podrá lograrse másque renunciando a nosotros mismos en una abnegación completa.Después, por los epítetos que añade, nos dice cómo debe ser ese sacrificio. Al llamarle sacrificio vivo, indica que somos inmolados al Señor, es decir, que nuestra primera vida, entregada a la muerte y negada en nosotros, resucita a una nueva vida.
Por la palabra santo, se refiere a la propiedad exigida para el sacrificio, acerca de la cual ya hablamos. Porque la víctima del sacrificio es agradable y aceptada por Dios cuando va precedida de la santificación.El tercer epíteto, agradable a Dios, nos recuerda, por un lado, que nuestra vida no se halla en orden como conviene más que cuando levantándonos entregamos al agrado de Dios la inmolación de nosotrosmismos; y por otro lado, que ella nos proporciona un especial consuelo, porque nos muestra que Diosacepta nuestro deseo aprobándolo con agrado, viendo que nos entregamos a la santidad y a la pureza. El Apóstol llama cuerpo, no solamente a la carne, sino también a nuestra personalidad. Ha utilizado expresamente esta palabra para indicar todo cuanto existe en nosotros, según la figura denominada sinécdoque. Pues los miembros del cuerpo son los instrumentos por los cuales los humanos pueden llevar a cabo sus actuaciones. En otras palabras, exige de nosotros no sólo la integridad y pureza del cuerpo, sino también del alma y del espíritu, como dice en 1 Tesalonicenses 5:23. El término griego que hemos traducido por presentar, es correcto. Porque cuando se nos ordena ofrecernos en sacrificio se alude a los sacrificios de la Ley dada por Moisés, los cuales eran llevados ante el altar a la presencia de Dios. Muestra, empleando un elegante vocablo, cuán grande debiera serla prontitud para recibir atentamente todo cuanto Dios quiere ordenarnos, para que sin dilación lo pon‐gamos en práctica. Entendemos por esto, que todas las personas que no tienen como objetivo servir aDios no hacen más que embrollarse y extraviarse neciamente.Vemos también por este pasaje cuáles son los sacrificios recomendados por San Pablo a la Iglesiacristiana. Porque, habiendo sido reconciliados con Dios por el sacrificio único de Cristo somos todos por su gracia convertidos en sacrificadores dedicando a la gloria de Dios cuanto somos y tenemos. El sacrificio de expiación ya está hecho y nadie puede volverlo a hacer sin deshonrar la cruz de Cristo.
Que es vuestro racional culto. Estas palabras, según mi criterio, han sido añadidas para explicar y conconfirmar mejor lo dicho antes, como si dijese: “Si os habéis decidido a servir a Dios, presentaos en sacrificio ante El”. Esta es la legítima y correcta forma de servir a Dios, y cuantos no la utilizan, empleando falsas señales, aparentan servirle. Porque si Dios no puede ser servido por nosotros como corresponde, conformando todos nuestros hechos a la norma que El mismo ha prescrito, de nada nos servirán todas las otras formas de servicio divino forjadas por los hombres, y seguramente abominadas por El, puesto que la obediencia a El vale más que todos los sacrificios que pudieran hacérsele (1 Sam. 15:22). Ciertamente, a los hombres les pa‐recen muy bellas sus invenciones y también, como San Pablo dice a los Colosenses 2:23, tienen una vanaapariencia de sabiduría; pero nosotros comprendemos lo que el Juez celestial dice en su contra por la‐bios de San Pablo, el cual, al llamar servicio razonable o racional al que El ordena, excluye todo cuanto seadistinto a la regla de su Palabra, considerándolo como locura, tontería y temeridad.
Y no os conforméis a este siglo, mas reformaos por la renovación de vuestro entendimiento. Aunque la palabra mundo tenga muchos significados, equivale aquí a vida o manera de hacer las cosas, según la costumbre natural y común, y no sin razón El nos prohibe ajustamos a eso. En el mundo todo es perversa dulzura y si deseamos sinceramente vestirnos de Cristo, nos conviene despojarnos de todo aquello que de él proceda. Y para que este modo de hablar no se preste a duda, el Apóstol ordena que seamos transformados o reformados por la renovación de nuestro entendimiento. Estas antitesis por medio de las cuales la idea es más claramente expresada son muy corrientes en las Escrituras.Debemos saber cuidadosamente a qué renovamiento se refiere el Apóstol, porque seguro que no setrata de la renovación de la carne, entendiendo por eso, como dicen los sorbonistas, que la carne es la parte inferior del alma, sino también del entendimiento, lo más excelente que hay en nosotros y alcual atribuyen los filósofos la soberanía. Por eso llaman al entendimiento usando una palabra que significa gobierno y dirección capitana, afirmando que la razón es como una reina muy sabia. Pero San Pablo derriba ese trono orgulloso que ellos la levantan, precipitándolo abajo y hasta reduciéndolo a la nada, cuando dice que es preciso que seamos renovados de nuestro entendimiento. Porque aun cuando nosalabemos, esta sentencia de Cristo permanece verdadera, diciéndonos que quien quiera entrar en el Reino de Dios, tiene que renacer totalmente, pues todos estamos completamente alejados de la justicia de Dios en nuestro corazón y en nuestro entendimiento.
Para que experimentéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. He aquí el objeto por elcual se nos ha dicho que nos conviene revestirnos de un nuevo entendimiento: Para que renunciando atodas las inaginaciones y deseos procedentes de unos y otros, nos conservemos siempre en la vocaciónde Dios, en la cual la inteligencia es verdadera sabiduría. Es necesario que nuestro entendimiento searenovado para que podamos experimentar cuál es la voluntad de Dios y lo que es opuesto a Dios.Los epítetos añadidos proclaman la alabanza de la voluntad divina, para que con mayor gozo de co‐razón nos esforcemos por conformarnos a ella. En efecto, para reprimir y destruir nuestra obstinación ynuestra orgullosa terquedad es muy necesario que la alabanza de la justicia y de la perfección sea atri‐buida a la voluntad de Dios, sin dársela a ningún otro. El mundo cree que las obras por él imaginadasson buenas; pero San Pablo, por el contrario, grita alto y claro diciendo que es menester examinarlas a laluz de los mandamientos divinos que son quienes dicen lo que es bueno y recto. El mundo aplaude y se envanece con sus invenciones; pero San Pablo afirma que nada agrada a Dios, sino lo que El ordena. El mundo para encontrar la perfección se aparta de la Palabra de Dios y corre tras nuevas fantasías; pero San Pablo, al establecer en la voluntad de Dios toda perfección, demuestra que cualquiera que traspasa esos limites se equivoca.

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