A primera vista, el título de este artículo parecerá extraño, o hasta absurdo.
- Un creyente típico del siglo XXI diría: ¿Cómo se le ocurre hablar
de obedecer el Apocalipsis? ¿Cómo puedo obedecer un libro que consiste
de predicciones del futuro? ¿Qué tiene este libro que debe ser
obedecido? He leído varios comentarios del Apocalipsis, y ninguno habla
de obedecerlo. Sólo hablan de poder interpretarlo para saber cómo va a
terminar el mundo.
- Pero Juan de Patmos respondería: Bueno, amigo, usted tiene razón
pero también está equivocado. Tiene razón porque esta dimensión de mi
mensaje se ha olvidado casi totalmente. ¡Vieras cómo me duele eso! Pero
también usted está equivocado, porque yo mismo hablo de esa obediencia, y
de hecho apunto todo mi libro hacia esa práctica fiel y valiente del
mensaje profético.
El Apocalipsis comienza con una inspiradora promesa divina:
“Bienaventurados los que oyen las palabras de esta profecía” (Ap 1:3).
Parecería ser una especie de garantía que da Dios para los lectores del
Apocalipsis, pero entonces surge una pregunta: ¿Por qué tantos
cristianos, quizá una mayoría, encuentran al Apocalipsis más difícil que
bendecido, que produce más perplejidad y confusión que edificación?
¿Por qué muchos otros lectores, que sí creen hallar bendición en este
libro, están encontrando “bendiciones” que no son las que quiso
comunicar el autor inspirado a los creyentes de Asia Menor?
Una causa de esta situación contradictoria, como hemos venido
señalando, ha sido la falta de métodos acertados de interpretación de
este libro. Ese es el problema hermenéutico. Pero hay otra causa que no
debe pasar desapercibida. La prometida bendición de 1:3 viene con dos
condiciones; va para “los que oyen las palabras de esta profecía” pero
también para “los que guardan las cosas en ella escrita”. Una razón del
caos en la interpretación profética es que se ha olvidado esa segunda
condición de la bendición: obedecer en toda su extensión las exigencias
de la palabra profética. Ese es el problema ético. Sólo para los que
obedecen el libro del Apocalipsis está prometida la bendición.
El verbo têreô (“guardar”) es el mismo que se emplea para “guardar
los diez mandamientos” (Mat 19:17) y también el que empleó Jesús en la
Gran Comisión (Mat 28:20). El Apocalipsis es el libro del NT, después
del cuarto evangelio, que más emplea este verbo. La bendición de 1:3 se
repite casi literalmente al final del libro, con aun más énfasis:
“Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro”
(22:7). Juan describe a los fieles como “los que guardan los
mandamientos de Dios y tienen el testimonio (marturia) de Jesús (12:17;
14.12; cf. 22:9), y a los vencedores como “los que guardan mis obras
hasta el fin” (2:26). Jesús felicita a la iglesia de Filadelfia porque
“aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra y no has negado mi
nombre” (3:8). También de los mensajes a las siete iglesias (Ap 2-3)
queda evidente que Juan esperaba la obediencia de los creyentes.
Escribía para cambiar la conducta de ellos, no sólo para instruirlos
sobre sucesos futuros. En el mismo sentido, las frecuentes exhortaciones
a través del libro reclamaban la obediencia de los lectores (12:12;
13:10,18; 14:12; 16:15).
Ayer vimos con detalle el contexto problemático y peligroso en que
Juan se dirigía a las siete congregaciones de Asia Menor. Hubo
hostigamientos, amenazas y grandes presiones sociales para participar en
el culto al emperador. Para los primeros lectores, obedecer este libro y
no acomodarse al sistema, podría significar la muerte (2:10). Un
peligro especial para la fe y la fidelidad eran “las obras de los
nicolaítas” de hacer una componenda con esa idolatría del imperio. Fue
muy específica la obediencia que exigía este libro en su contexto. Hoy
se llamaría discipulado radical, hasta las últimas consecuencias.
Acostumbramos leer el Apocalipsis sólo buscando predicciones de
sucesos futuros. El libro las incluye, y son un eje legítimo de
interpretación del libro. Pero en el estudio de este escrito otra
pregunta es mucho más importante: ¿cómo obedecemos hoy el mensaje del
Apocalipsis, en todos sus alcances y aspectos? Esa me parece la pregunta
más urgente, y lamentablemente la pregunta que menos se plantea, en
todos los estudios proféticos. Es obvio que Juan no escribió este libro
con el propósito primordial de revelar acontecimientos futuro (cosa que
hace, pero secundariamente), sino a llamar a los creyentes a la
fidelidad dentro de su propio contexto. Por eso, el libro hoy debe
llamarnos a nosotros también a ser fieles y valientes en el contexto
nuestro hoy.
La promesa introductoria del Apocalipsis tiene como condición
nuestra obediencia a “las palabras de esta profecía”. Estrictamente,
este libro es un libro más profético que apocalíptico. Una sola vez se
describe como apokalupsis (1:1) pero con impresionante frecuencia, al
principio y al final, como profêteia (profecía: 1:3; 22:7,10,18,19).
Después de la sexta trompeta, Juan recibe un renovado llamado para
“profetizar otra vez sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes”
(10:11), lo que de hecho hace en los capítulos siguientes. El libro
alude frecuentemente a los profetas como grupo o a Juan mismo como
profeta (10:7; 11:18; 16:6; 18:20,24; 19:10; 22:6,9). Estas evidencias
indican que tenemos entre manos un libro apocalíptico en su forma
(simbolismos, visiones, etc.) pero profético en su fondo y en su
mensaje. Y todo mensaje profético es un llamado a la obediencia.
Significado bíblico de profecía y cumplimiento
Para entender el mensaje del Apocalipsis es indispensable entender
bien lo que es la profecía en sentido bíblico. Hoy la gente común,
incluso muchos cristianos, sin demora explicaría que profecía es
predicción del futuro. Es cierto que Dios conoce el futuro, y lo puede
revelar a sus siervos, pero eso no es la esencia de la profecía. El
profeta no lo es por vaticinar el futuro, ni deja de serlo si no
vaticina. Ya hemos citado los casos de Moisés, Amós y los demás profetas
hebreos. Como señalamos en nuestra segunda conferencia, apenas 2% de
los escritos proféticos son mesiánicos, y sólo 1% puede interpretarse
como todavía futuro para nosotros (Fee y Stuart, Lectura eficaz de la
Biblia, p.147), pero decir que 100% es ético, exigiendo justicia y
santidad, no sería exagerar mucho. La profecía exige necesariamente
nuestra obediencia.
En el Apocalipsis, el autor entiende la profecía en el mismo
sentido que los profetas hebreos: no es mera predicción del futuro sino
una palabra viva de Dios para su pueblo, con sus correspondientes
demandas éticas (1:3; 22:7,9; cf. 2:26). Juan alude constantemente a los
profetas antiguos, pero lejos de anunciar cumplimientos literales de
las predicciones de ellos, Juan acostumbra cambiar los detalles del
original mensaje profético. Juan nunca habla del “cumplimiento” (pleroô)
de alguna profecía del AT. Para Juan, la profecía se cumple
obedeciéndola, como se guardan los diez mandamientos y se “cumple” una
obligación o una promesa.
Especialmente interesante es el concepto de la profecía en el
evangelio de Mateo. Este evangelista tiene una gran pasión por señalar
profecías cumplidas en el ministerio de Jesús, citando unos 16 pasajes
del AT que se cumplieron en él. Sin embargo, casi ninguna de estas
“profecías” corresponde a nuestro concepto moderno de profecía y
cumplimiento, según el cual una predicción debe ser el anuncio
específico y detallado de un suceso futuro, de modo que uno puede
anticiparlo con claridad y reconocerlo con seguridad cuando se realiza.
Pocos de los pasajes que cita Mateo son predictivos en ese sentido.
Jeremías 31:15, por ejemplo, citado en Mat. 2:15, era una expresión
poética y alegórica de que Raquel habría llorado al ver pasar los
israelitas en marcha hacia el exilio, sin ninguna proyección hacia el
futuro. Mateo 2:23 habla del cumplimiento de una profecía de la
residencia de Jesús en Nazaret, pero en verdad ningún texto del A.T.
afirma ni remotamente que el Mesías sería nazareno. El intento de
encontrar tal profecía en la palabra NêZeR (Isa 11:1, “un vástago”) no
tiene nada que ver con la ciudad de Nazaret ni el lugar donde viviría el
Mesías. Explicar a Mateo 2:23 con esa especulación es obviamente un
esfuerzo desesperado que es más bien una reductio ad absurdum del
concepto de profecía como predicción. En varios de estos “cumplimientos”
de Mateo, no hay nada de predicción del futuro en el texto original. La
mayoría, en su contexto, tienen un sentido muy distinto al que le da
Mateo.
¿Estaba equivocado Mateo? No creo; los equivocados somos nosotros,
si interpretamos a Mateo con un concepto moderno de “profecía” como una
predicción con un “cumplimiento” literal. Obviamente Mateo no lo
entendía así sino que tenía un concepto mucho más amplio de “profecía”,
en que lo predictivo figuraba relativamente poco, ni era indispensable.
Correspondientemente, Mateo no entendía cumplimiento como que lo
vaticinado ya haya ocurrido, con lo que la predicción quedaría realizada
y cancelada. El verbo plêroô (“llenar”, 13:48; 23:32), a diferencia de
“cumplir” en español, significa “llenar” una palabra anterior de Dios
con nuevos significados pertinentes a un nuevo contexto. Sólo así
podemos entender los argumentos de Mateo sobre las profecías cumplidas.
Bíblicamente, profecía es una palabra viva de Dios al pueblo de
Dios, llamándolo a la obediencia. Según 1 Corintios 14 la profecía
congregacional viene por revelación divina (apokalupsis), pero queda
sujeto al juicio crítico de toda la comunidad (1 Cor 14:29-30; cf. 1 Tes
5:19-21). Aunque la predicación, la enseñanza y el testimonio pueden
llamarse también palabra de Dios (Hch 8:25 13:5; 15:36; 17:13), no son
“revelación” en el mismo sentido que la profecía. En ese sentido, el don
de profecía se distingue por dos características: uno, por su relación
especial con la palabra de Dios, siendo revelación (aunque no infalible)
y dos, por sus rigurosas exigencias éticas en nombre de Dios.
La naturaleza profética de la iglesia
El profetismo, así entendido, es central al mensaje bíblico. Tanto
Juan el Bautista (Mt 11:13; 14:5; 21:26) como Jesús (Mt 16:14; 21:11,46)
vinieron en misión profética. El día de Pentecostés, en el que nace la
iglesia, la marca para siempre con un carácter profético (Hch 2:17-18),
como nueva morada del Espíritu de los antiguos profetas hebreos. En el
AT, el Espíritu de Dios caía sólo sobre ciertas personas, pero en la
iglesia desciende sobre todos, sin discriminación de edad, género o
condición social. Al escribir su ley en nuestros corazones (Jer 31:33),
Dios derramó su Espíritu profético sobre todos los redimidos. La promesa
de Jeremías 31:34, “no enseñará más ninguno a su hermano… porque todos
me conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande”, tiene un claro
carácter profético. Tan atrevida promesa se realiza ahora en la iglesia
como templo del Espíritu Santo, según 1 Juan 2:27: “Pero la unción que
vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad
de que nadie os enseñe… la unción misma os enseña todas las cosas”.
Según ese versículo, ¡a los maestros y profesores el Espíritu Santo nos
hace superfluos! El Pentecostés constituyó a la iglesia como comunidad
profética. Por el Espíritu que Dios nos ha dado, la iglesia, y todos los
fieles, tenemos un carácter profético y un llamado profético.
Junto con el carácter sacerdotal y real de la iglesia, el Nuevo
Testamento enseña su carácter profético. En la misión integral de la
iglesia se suele incluir, junto con la evangelización, la predicación y
la celebración, otros ministerios como la diakonía y la consejería, pero
no se suele pensar en la misión profética de la iglesia. El
Apocalipsis, como palabra profética a la iglesia, llama a los creyentes a
ser fieles a ese llamado.
Juan de Patmos: un modelo de fidelidad profética
Un primer paso para descubrir el tipo de obediencia que el
Apocalipsis nos exige, es ver el testimonio profético de Juan mismo.
Aquí tenemos que recordar de nuevo que este libro, aunque apocalíptico
en su estilo, es profético en su mensaje y teología. En su autor vemos
un paradigma de la esencia del profetismo bíblico en sus múltiples
dimensiones.
(1) Lo primero que nos enseña Juan, sobre todo por su propio
ejemplo, es la tarea profética del análisis crítico de la realidad. El
compromiso profético siempre comenzaba con esa manera de ver la
realidad, no para legitimarla sino para cuestionarla. En los profetas,
el Yahvismo (la fe en el Yo Soy) era una manera de pensar, de ver la
historia, la vida y el mundo, con discernimiento crítico. Leyendo a los
profetas hebreos, nos quedamos muy impresionados con sus profundos y
acertados conocimientos de la condición real de su pueblo y de otros
pueblos. Ningún profeta fue un ignorante o un inocentón. Antes de
profetizar ellos analizaban, como si fuesen sociólogos o economistas. En
ese sentido, su profetismo comenzó como crítica social, penetrando
hasta las raíces de la injusticia. Lo mismo puede decirse de Juan de
Patmos.
Los profetas hebreos analizaban críticamente tanto la realidad
nacional como la internacional. Amós comienza su denuncia profética con
un análisis crítico de casi todas las naciones vecinas de Israel, y no
sólo por los pecados que afectaban a Israel (Amós 1:3-2:5). Amós
denuncia a esas naciones por sus atrocidades, lo que hoy llamaríamos
violaciones de los derechos humanos y delitos contra la humanidad. Lo
mismo pasa con los demás profetas, y por supuesto con el Apocalipsis.
Ser profético exige cuestionar muy rigurosamente lo que está pasando en
este mundo donde vivimos.
(2) La segunda faceta del ministerio profético de Juan, y la
segunda tarea que nos impone, es la misión de la denuncia profética.
Tanto los antiguos profetas hebreos como también Juan de Patmos
denunciaban sin titubeos al pecado y la injusticia. Como ya hemos
señalado, la característica definitiva de la profecía, bíblicamente
entendida, no es la predicción del futuro sino el anuncio del juicio de
Dios contra la maldad. A veces las denuncias eran francamente
insultantes, como cuando Amós califica a las mujeres ricas de Samaria
como “vacas de Basán”, al parecer aludiendo a su obesidad (4:1). Jesús,
como profeta que era, tronaba con vehemencia contra la corrupción de los
fariseos (Mat 23), y Pablo no tuvo reparos en acusar a Pedro de
hipocresía (Gal 2:11-13). El Apocalipsis atrevidamente llama bestia y
ramera al Imperio Romano y sus emperadores. La profecía, como la verdad,
incomoda pero no peca.
Hay una ira santa que es de Dios. Jesús felicita a los efesios por
aborrecer las obras de las nicolaítas, como él mismo las aborrece (Ap
2:6). Juan denuncia con vehemencia al Imperio Romano, pero aun más a los
“cristianos” que se acomodaban al imperio y la idolatría del culto al
emperador. Hay formas de conciliación y componenda que son del diablo. A
veces, callarse es el peor pecado.
(3) Otro aspecto del mensaje profético de Juan, más implícito que
explícito, es la desobediencia civil. Es obvio que Juan, a pesar de sus
denuncias contra el imperio, de ninguna manera recomienda la
insurrección o la resistencia armada. Pero, contra los nicolaítas,
tampoco endosa una obediencia incondicional al gobierno. En todo su
escrito, notamos un espíritu de resistencia no-violenta. Central a todo
su mensaje es la exhortación a no adorar al emperador, culto que se
comenzaba a imponer como deber civil. Unos años después, la carta de
Plinio el Menor a Trajano trata a la confesión del nombre de Cristo, y
la negación de adorar al emperador, como ilegalidades punibles por la
muerte. El mensaje de Juan es claro: los verdaderos cristianos no pueden
ser partícipes en la idolatría, aunque el gobierno lo exigiera.
Se ha señalado a menudo el contraste entre Romanos 13 y Apocalipsis
13. Según Pablo, Dios ha establecido el gobierno y le ha dado la espada
para defender a los justos y castigar a los injustos. Apocalipsis 13
enseña que cuando un gobierno hace lo contrario, como hacía el impero
romano, no lo puso Dios sino Satanás. Esto requiere un discernimiento
profético. Es demasiado común escuchar a evangélicos defender a
dictadores “porque Dios lo ha puesto”, pero rechazar a gobiernos que no
son de su agrado porque “tenemos que obedecer a Dios y no a los
hombres”. Cuando un gobierno se vuelve criminal e idólatra, como fue el
Imperio Romano, no merece la obediencia de los cristianos.
(4) El anuncio de una realidad distinta fue otra característica de
los profetas hebreos y del Apocalipsis. Sus muchas denuncias de ninguna
manera significaban un pesimismo, mucho menos un derrotismo. La primera
expresión de esta fe profética era el anuncio de juicio divino, que
paradójicamente significaba la esperanza de la realización de la
justicia de Dios, aun cuando fuera contra su propio pueblo y aun más
contra las naciones enemigas. Pero más allá del juicio divino, los
profetas anunciaban una futura realización plena de una realidad
positiva, bajo diversos términos, comenzando con el retorno del exilio.
La esperanza perfecta se llamaba “el siglo venidero”, “el reino
mesiánico”, “el día del Señor”, “nuevos cielos y nueva tierra”, y otras
descripciones.
El Apocalipsis no se queda atrás en el anuncio de una esperanza más
allá de las circunstancias históricas. Es impresionante la manera en
que el Apocalipsis va alternando entre visiones de la tierra y otras del
cielo, o del presente de lucha y otras del futuro de victoria y gozo.
Después del largo relato del dragón y sus aliados (capítulos 12-13),
sigue una escena gloriosa sobre el Monte Sión (14:1-5). A continuación
una serie de ángeles anuncian el juicio de Dios (14:6-20) y en seguida
escuchamos de nuevo “arpas de Dios” (15:2). Una expresión melódica de
estos anuncios de victoria, es que en la presencia del Cordero suena la
música, pero nunca ante el dragón, la bestia, el falso profeta o la
ramera (cf. 18:22). Con ellos no suena la música de la salvación y de la
esperanza.
En el capítulo cuatro del Apocalipsis Juan fue llevado a la puerta
del cielo y vio el trono de Dios, establecido por los siglos de los
siglos. ¡Qué fundamento más firme para nuestra esperanza! Pero al final
del libro, ese mismo trono desciende y se establece en la Nueva
Jerusalén, en una nueva tierra. La esperanza que nos da el Apocalipsis
no es sólo la de ir a cielo. En la visión final estaremos con cuerpos
resucitados y gloriosos, andando sobre tierra nueva y viviendo en una
comunidad nueva, comiendo del árbol de la vida. ¿Podría haber mayor
esperanza que la que nos promete el Señor?
(4) Finalmente, en el Antiguo Testamento la profecía a menudo
incluye acciones simbólicas, a veces muy dramáticas. Dios mandó a Isaías
andar descalzo y desnudo por tres años (Isa 20:1-4) y a Oseas le mandó
casarse con una mujer fornicaria, hija de prostitución (Os 1:2; 2:5).
Jeremías compró una propiedad en Judá, como señal de su confianza en el
regreso de Israel del cautiverio, y colocó la carta de venta en una
vasija de barro (32:7-15; cf. 13:1-4; 19:1). Elías y Eliseo, además de
orar, extendieron sus cuerpos sobre el cuerpo de un niño muerto (1 R
17:21; 2 R. 4:9). En el ministerio de Jesús, las sanidades y la
purificación del templo fueron acciones proféticas.
En el Apocalipsis, la mayor parte de las acciones proféticas
ocurren dentro de las visiones: Jesucristo toca una puerta (3:20), un
octavo ángel lleva el incienso al altar (8:3), un ángel lanza una piedra
al mar (18:21). En 10:8-9, Juan toma el rollo de la mano del ángel y lo
come, y en seguida recibe orden de medir el santuario (11:1,2). Por
otra parte, la misma desobediencia civil, por la que Juan está preso,
constituye una acción profética. Además, en todo el libro Juan practica
una pastoral de acompañamiento con los fieles. Al presentarse como “Yo
Juan”, sin más títulos (1:4,9) y describirse como “copartícipe vuestro
en la tribulación, en el reino y en la paciencia” (1:9), Juan se pone al
lado de todos los fieles como compañero en la lucha. Por otra parte,
Juan se solidariza con las víctimas de la violencia y la guerra (6:3,4;
16:4-6; 18:24) y de la injusticia económica (Ap 6:5,6; 13:17; 18:17),
sean cristianos o no lo sean.
Tareas proféticas para la iglesia hoy
Este impresionante ejemplo de fidelidad profética que nos da Juan
es muy significativo para la fidelidad profética nuestra en este siglo
XXI. Según las circunstancias, todas las dimensiones de su ministerio
pueden orientar también el testimonio nuestro: análisis crítico de la
realidad, denuncia profética, desobediencia civil, anuncio de esperanza,
y acciones proféticas, grandes y pequeñas. Podemos resumir algunas de
estas tareas proféticas bajo varios acápites:
(1) Rechazo profético de la indiferencia: Todos los profetas
estaban profundamente preocupados por la condición de su patria, y
comúnmente para otros países en su contorno. Con ellos no existía
ninguna dicotomía entre la fe y la política, lo personal y lo social, lo
nacional y lo internacional. Juan tuvo gloriosas visiones de Dios y del
cielo, pero lejos de distanciarlo del mundo, ellas alimentaban la
intensidad de su preocupación por el pueblo y las víctimas de la
injusticia (6:3-8; 18:24). El profeta nunca puede ser indiferente.
Jesucristo es el Señor de la historia, y el mundo es el campo de
nuestra misión. Fuera de ese mundo, no podemos realizar nuestro
testimonio, nuestra evangelización y nuestra práctica de las exigencias
del evangelio. El Señor nos llama a vivir nuestra fe en el mundo donde
estamos (Guatemala, Costa Rica, América Latina), no fuera de ese mundo
ni en otro mundo. Por eso, es imperativo que lo entendamos a fondo, y
que lo entendamos bien. Se cuenta que Dietrich Bonhoeffer, cuando
comenzaba a sospechar que Hitler estaba masacrando a judíos, preguntó a
varios amigos en el gobierno qué estaba pasando. La respuesta que le
dieron fue, “Es mejor no saber”. A veces, saber la verdad nos puede
meter en muchos problemas. Pero Bonhoeffer sabía que un cristiano tiene
que saber la verdad y comprometerse, aunque le cueste la vida.
La pasividad sumisa no es una virtud cristiana. Juan es tajante en
su denuncia del pecado, dentro y fuera de la iglesia. A las obras de los
nicolaítas, las confronta con el odio del mismo Señor Jesús (Ap 2:6).
¡Qué importante saber odiar, pero con el Señor, aborrecer lo que él
aborrece y cómo él lo aborrece! En su denuncia del Imperio Romano, Juan
se atreve a tildar al emperador de bestia diabólica y su propaganda como
vómito de demonios (16:13-14). La “imparcialidad” y la “neutralidad” no
son valores proféticos; las más de las veces son anti-valores que
terminan sirviendo a la injusticia. La iglesia tiene que aprender de
nuevo a indignarse, con ira santa e impaciencia profética.
“Yo no me meto” o “Eso no me afecta a mí; ¿A mí qué me importa?” no
pueden ser consignas para cristianos fieles. Martin Luther King y otros
han señalado que tan culpables son los que se callan y se quedan
indiferentes ante la maldad, como son los que la cometen. Por esos
silencios y esa indiferencia tendremos que dar cuentas a Dios en el día
final. Hacer la vista gorda, quitar el cuerpo, vivir ciegos y sordos
ante la realidad que nos rodea, no corresponde a los herederos de los
profetas y seguidores del Cordero. Más bien, debemos hacer nuestra la
plegaria del argentino Leon Gieco:
Sólo le pido a Dios
Que el dolor no me sea indiferente,
Que la reseca muerte no me encuentre
Vacío y solo, sin haber hecho lo suficiente.
Sólo le pido a Dios
Que lo injusto no me sea indiferente,
Que no me abofetean la otra mejilla
después que una garra me arañó esta suerte.
Sólo le pido a Dios
que el engaño no me sea indiferente,
si un traidor puede más que unos cuantos,
que esos cuantos no lo olviden fácilmente.
Sólo le pido a Dios
que el futuro no me sea indiferente
desahuciado esta aquel que tiene que marchar
a vivir una cultura diferente.
(2) Defensa profética de la sana criticidad: Es frecuente en las
iglesias que se apela a textos como “No juzgues para que no seáis
juzgados” (Mat 7:1) o “No toquéis al ungido del Señor” (1 Sam 24:6,10;
26:9,11,16,23; 2 Samuel 1:14; Salmo 105:15), pero dejan fuera otros
textos como “Examinadlo todo” (1 Ts 5:21) y “que todos juzguen” (1 Cor
14:29) y “juzgad vosotros” (1 Cor 10:15). “No tocar al ungido” se
refiere exclusivamente a la violencia física y no tiene nada que ver con
la sana crítica. El texto de Mateo es una especie de proverbio que
expresa la lex talionis, que uno es castigado por lo mismo con que pecó
(cf. Ap 16:5-6). Es una amonestación contra el juicio ligero o la
crítica destructiva, pero una sana criticidad debe ser el estilo de vida
constante entre cristianos, ya que todos somos portadores del Espíritu
de la verdad (1 Jn 2:27). En 1 Cor 2:15 Pablo afirma lo contrario de Mat
7:1: “El espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado por
nadie”.
Ni los líderes eclesiales, ni los pastores ni los profesores, deben
estar encima del pueblo de Dios. Ellos también tienen muy cerca la
posibilidad del error, y hasta de la herejía, y necesitan la sana
crítica de los demás. La imposición autoritaria de un conformismo sumiso
e ingenuo es un atentado contra la naturaleza profética de la iglesia.
La dictadura de los líderes y el control autoritario del pensamiento no
caben en la iglesia del Pentecostés.
Nuestra primera tarea profética es analizar muy críticamente las
respuestas fáciles que circulan, tanto en la iglesia como en el mundo, y
la credulidad ciega con que se aceptan. Tenemos que cuestionar nuestras
propias opiniones, y después cuestionar nuestros cuestionamientos. Ser
conformista y no cuestionar es la forma más común de ser anti-profético.
Nuestra criticidad debe comenzar con nuestra interpretación del texto
bíblico. Hay una exégesis bíblica que es anti-profética. La exégesis
profética interpreta las escrituras desde los ejes hermenéuticos del
reino de Dios y su justicia, y también de una exégesis crítica del
momento histórico, para realizar eficazmente el círculo hermenéutico.
La criticidad profética debe liberarnos del dominio de los mitos de
la opinión pública. En algunos países, por ejemplo, muchos creen que su
gobierno es una democracia casi perfecta, cuando de hecho falta mucho
en la participación popular y los derechos de todos los ciudadanos.
Siempre circulan muchos mitos en torno a los héroes de la patria (Juan
Santamaría, George Washington). En los Estados Unidos, muchos creen el
mito de la fe evangélica de los fundadores de la república. Bajo
gobiernos represivos, se oye a menudo de los encarcelados, “si está
preso, algo hizo”. El análisis profético de la realidad exige una
rigurosa desmitologización.
Uno de los mayores obstáculos para entender bien nuestra realidad
hoy día es la propaganda. El Apocalipsis alude a este abuso con la
figura del falso profeta, que puede llamarse, como hemos visto, “el
Ministro de Propaganda de la Bestia” (Ap 13:11-18). Juan lo simboliza
aun más dramáticamente por las repugnantes ranas que salen de las bocas
del dragón, la bestia y el falso profeta, enviados a los reyes de la
tierra con la misión de provocar una guerra (16:13,14). Hoy día también,
el diablo se especializa en el engaño, y uno de sus armas principales
son los medios masivos de comunicación. Esas ranas andan sueltas ahora
por las pantallas de nuestros televisores, sobre todo cuando incitan a
la guerra, y podemos estar seguros que el dragón está detrás. La
propaganda nos engaña para que no podamos analizar proféticamente a
nuestro contexto.
Hoy día, ser ingenuo y crédulo es ser infiel a la Palabra de Dios
(Rom 12:2; 1 Tes 5:21); tener una fe ciega en la propaganda es faltar a
la tarea profética de la iglesia.
(3) Denuncia profética de la infidelidad del pueblo de Dios: Los
profetas hebreos enfilaron su denuncia mayormente contra su propio
pueblo. Del pueblo de Dios se esperan normas de conducta más altas que
de los demás. Una iglesia que está actuando mal jamás podrá tener una
voz profética ante el mundo. “Es tiempo de que el juicio comienza por la
casa de Dios” (1P 4:17).
Conviene destacar un aspecto importante de la denuncia de Juan
contra el imperio romano. En un momento cuando la misma iglesia
enfrentaba muy serios peligros y estaba sumida en graves problemas
internos y externos, la prudencia le hubiera recomendado a Juan no
meterse en líos con el imperio romano. Pero la prudencia y la
conveniencia no guiaban el corazón de Juan, sino su conciencia ética y
su compromiso con el Reino de Dios. Esa misma valentía profética debe
caracterizarnos hoy.
Aquí tenemos un desafío muy retador para los partidos políticos
cristianos y para los cristianos que llegan a ocupar puestos en el
gobierno. Dios no los tiene ahí para defender los intereses de la
iglesia sino para ser la conciencia profética de la nación. Si ellos no
tienen una presencia profética en la vida del país, mejor irse para la
casa. Muchas veces los políticos evangélicos son conocidos por su poca
integridad y su mucho oportunismo, de modo que una denuncia profética
por ellos carecería totalmente de credibilidad. Las más de las veces
ellos se han metido en la política con el único objetivo de buscar
favores para la iglesia, o hasta personales, y no de luchar para la
justicia y servir al bien de todo el pueblo. Por eso ha sido escandaloso
el fracaso de muchos partidos políticos supuestamente cristianos.
(4) Denuncia profética de las idolatrías contemporáneas: No hay
ningún tema más central en los profetas bíblicos, incluso Juan de
Patmos, que la lucha sin cuartel contra la idolatría en todas sus
formas. La peor idolatría es la inconsciente (Oseas 7:8-16, “ni cuenta
se da”). La idolatría más común no consiste en adorar a otro dios en
lugar de Yahvé, sino a otro dios al lado de Yahvé (Ex 20:3, dioses
ajenos en presencia de Yahvé). Hasta el rey Acab creía en Yahvé, y puso
nombre yahvistas a sus hijos, pero adoraba también a Baal. Con
radicalidad profética, Elías exigió la opción, “O Baal o Yahvé, pero
dejen de adorar a ambos juntos”.
El antiguo padre de la iglesia, Orígenes de Alejandría, en su
Homilía sobre el libro de los Jueces, captó bien la sutileza de la
idolatría inconsciente: “Dios sabe muy bien qué es lo que uno ama con
todo su corazón y alma y fuerza; eso para esa persona es Dios. Que cada
uno de nosotros se examine ahora, y silenciosamente en su propio corazón
decida cuál es la llama de amor que principalmente y sobre todo está
encendida dentro de su ser”. Las palabras de Martín Lutero, en su
Catecismo Mayor, no podrían ser más actuales hoy:
Muchas personas creen que tienen a Dios y todo lo que necesitan,
cuando tienen dinero y propiedad; en ellos confían, de ellos se jactan,
tan inflexiblemente y con tanta seguridad, que no se preocupan por nadie
más. Fíjense, una persona tal tiene también su dios– se llama Mamón, es
decir, dinero y posesiones; sobre ellos pone todo su corazón. Es el
ídolo más común sobre la faz de la tierra. Quien tiene dinero y
posesiones, se siente en total seguridad, está feliz y sin ningún temor,
como si estuviera sentado en el mismo paraíso. A la inversa, quien no
tiene nada, duda y se deprime, como si no conociera ningún dios… De modo
que si alguien se jacta de mucha erudición, sabiduría, poder,
prestigio, familia y honor, y confía en esas cosas, esa persona también
tiene su dios, pero no el único Dios verdadero.
Son muchos los ídolos de nuestra sociedad contemporánea. El número
uno es el dinero, otro es el éxito. Por algo también hablamos de los
“ídolos” del deporte y de Hollywood. Otros ídolos contemporáneos son el
placer (el sexo, el dios orgasmo), el poder, el cónyuge o los hijos. Los
profetas hebreos denunciaban como idolatría la confianza en las armas o
en las alianzas y no en Dios. Muchas veces el patriotismo se vuelve
idolátrico. Eso se ve muy claramente en la ideología de la Seguridad
Nacional, como queda evidente en esta cita del General brasileño,
Golbery do Couto e Silva:
La sobrevivencia de la nación es la meta absoluta. Una estrategia
nacional intenta incorporar la nación entera en el plan de sobrevivencia
nacional, para que sea el objetivo total e incondicional de la vida de
cada ciudadano…
Ser nacionalista significa estar siempre dispuesto a abandonar
cualquier doctrina, cualquier teoría, cualquier ideología, sentimientos,
pasiones, ideales y valores, en el momento en que aparezcan como
incompatibles con la suprema lealtad que se debe a la Nación sobre todo
lo demás. El nacionalismo es, y tiene que ser, y no puede por ningún
modo ser otra cosa, que un Uno Absoluto en sí mismo, y su propósito es
también un Fin Absoluto, mientras dure la Nación. No hay lugar, ni debe
haber, ni puede haber lugar para el nacionalismo como simple instrumento
para otros propósitos que lo trascendiera.
Muy lamentablemente, la misma iglesia se ha contagiado de muchas de
las idolatrías del mundo. Es escandaloso el culto de algunas
congregaciones y pastores al dios dinero, al carro de último modelo, a
la casa lujosa y los aparatos eléctricos. El culto a Mamón y la
“lujolatría”, tan nocivos en el mundo hoy, han entrado como un cáncer en
la misma iglesia. Otra idolatría, especialmente entre pastores, es la
“exitolatría”. Hay que estar entre algunos pastores cuando se ponen a
comparar estadísticas, cuánta asistencia, cuánta ofrenda, a ver quién
gana a los demás. Esos “exitólatras” harán cualquier cosa para aparecer
en la lista de las megaiglesias más grandes del país. También hay
bastantes evangélicos e iglesias evangélicas que identifican el reino de
Dios con el sistema socio-político en que creen ellos. Esa tendencia
idolátrica se ha destacado en el discurso religioso del presidente
George W. Bush.
Inmersos como estamos en una sociedad pluri-idolátrica, nuestra
vocación profética nos convoca a una radical iconoclasia espiritual e
ideológica.
(5) Anuncio profético de esperanza: La crítica y la denuncia por sí
solas pueden resultar deprimentes y desmovilizarnos para la acción. La
denuncia del profeta no es su última palabra; su última palabra es el
anuncio de esperanza y victoria. Las décadas finales del siglo XX se han
descrito como “el cementerio de las utopías”. En esas décadas, muchas
personas abandonaran sus expectativas de cambio y sus luchas por el bien
y la justicia. Pero el Apocalipsis nos da un antídoto para esa clase de
pesimismo paralizante: ¡más allá de la lucha está la victoria segura!
El que está sentado en el trono es Señor de la historia y al final el
reino de este mundo será de nuestro Dios y de su Cristo.
El Apocalipsis anuncia una esperanza más allá de las circunstancias
históricas. Es impresionante la manera en que va alternando entre
visiones de la tierra y otras del cielo, o del presente de lucha y otras
del futuro de victoria y gozo. Después del largo relato del dragón y
sus aliados (capítulos 12-13), sigue una escena gloriosa sobre el Monte
Sión (14:1-5); a continuación una serie de ángeles anuncian el juicio de
Dios (14:6-20) y en seguida escuchamos de nuevo “arpas de Dios” (15:2).
Una expresión acústica de esta nota de anuncio de victoria, es que en
la presencia del Cordero suena la música, pero nunca ante el dragón, la
bestia, el falso profeta y la ramera. Con ellos no suena la música de la
salvación y de la esperanza.
El Apocalipsis termina con el contraste entre dos mujeres, que son
dos ciudades. La ramera es Babilonia, “la gran ciudad que reina sobre
los reyes de la tierra” (17:18). La figura de la ramera, al servicio de
la bestia, representa la última protesta del libro y la más vehemente de
todas. Ella tiene prostituidos todo el poder y la riqueza del mundo
(17:2-4). Pero en la visión de la Nueva Jerusalén, Juan anuncia un nuevo
régimen de abundancia e igualdad para todos. Si antes la ramera y sus
aliados tenían prostituido todo el poder, ahora todos los habitantes de
la Nueva Jerusalén son reyes y sacerdotes, nadie mayor que otro ni nadie
menor que los demás. Si antes la ramera tenía prostituida toda la
riqueza (oro, perlas, muchas joyas), en la Nueva Jerusalén esas riquezas
serán de todos: calles de oro y puertas de perlas fundadas en gemas y
joyas que ya no están monopolizados por los poderosos.
Una crítica de la iglesia o de la sociedad que sólo denuncia, sin
anunciar lo nuevo que Dios traerá, no pasa de ser sólo denuncia social.
No es profética. Un dicho de los rabinos reza, “Los justos no sólo se
quejan del pecado sino agregan justicia”. Los profetas gritan sus
denuncias, pero proclaman con voz aun más fuerte el triunfo del reino de
Dios. El Apocalipsis es un mensaje de esperanza, y los cristianos
debemos ser portadores contagiosos de esperanza.
Hace mucho tiempo encontré un poema que me ha inspirado a través de los años:
La fe no se arrastra; se yergue;
La fe no se lamenta; testifica.
La fe no pide; da.
La fe no llora; canta.
La fe no atemoriza; infunde valor.
La fe no presagia males; disipa temores.
La fe no se arrincona; sale al campo de batalla.
La fe no siembra derrotismo; anuncia victoria.
Como cristianos proféticos, debemos contagiar al mundo de una fe y una esperanza que nunca se apagan.
(6) Gestos proféticos de acción cristiana: Siguiendo al ejemplo de
las acciones proféticas del antaño, nuestra presencia profética debe
encarnarse en acciones concretas, aunque sean aparentemente
insignificantes. En lo profético también, “hechos son amores y no buenas
razones”. Aquí valen las palabras de José Martí, “la mejor forma de
decir es hacer” y “el mejor sermón es la vida”. La profecía sin acción,
igual que la fe sin obras, es muerta y estéril. Nuestra presencia y
nuestra acción no sólo mantendrán viva la esperanza en los demás sino
será un testimonio visible de nuestra fe en Cristo.
El ejemplo de Juan de Patmos nos llama a una pastoral de
acompañamiento, buscando creativamente la forma de apoyar a los que
sufren y luchan. En Apocalipsis, Juan se solidariza con las víctimas de
la violencia y la guerra (6:3,4; 16:4-6; 18:24) y de la injusticia
económica (Ap 6:5,6; 13:17; 18:17), sean cristianos o no lo sean.
Ciertamente el Espíritu Santo, por medio de Juan, nos ha dado un mensaje
sobre la vida eterna, pero también en pro de una vida digna y abundante
para todos acá en esta tierra. Hay muchas formas hoy de manifestar ese
acompañamiento profético: llamar a víctimas para decir que estamos
orando por ellos, o aun mejor, orar con ellos; invitarlos a la casa,
mostrar que los respetamos como seres humanos; a veces, asistir a alguna
reunión o unirnos a alguna marcha. Cuando los cristianos se conocen
como los ausentes, los que quitan el cuerpo, de seguro están faltando al
llamado profético a la que Dios nos convoca.
A menudo las acciones proféticas parecen insignificantes, pero
pueden ser signos de esperanza. En los años setenta colaborábamos en
Costa Rica con un comité cristiano para ayudar a los refugiados,
especialmente nicaragüenses. Les atendíamos en todo lo posible:
habitación, cama y cobijas, papeles legales, comida y ropa, y hasta
interceder por ellos cuando quedaban presos por andar indocumentados.
Uno de los productos que más repartíamos eran grandes racimos de
bananos. Un día, después de haber dejado un racimo con doña Olivia, de
la comunidad de Solentiname, nos hizo un comentario que nunca
olvidaremos: “Ustedes del comité no nos traen sólo bananos”, nos dijo al
despedirnos, “nos traen esperanza”.
¡Hasta un banano puede ser signo del reino de Dios!
Conclusión: Tenemos que reconocer, con dolor, que
en su mayor parte la iglesia cristiana ha olvidado o ignorado la
naturaleza profética con que nació en el día de Pentecostés. Es hora de
descubrir el llamado a una presencia profética en la iglesia y en la
sociedad. El Apocalipsis implica todo un estilo de vida, muy diferente a
lo acostumbrado, un estilo de vida profética.
No basta entender el Apocalipsis. Tampoco es suficiente sólo
explicarlo. La ruta a un mejor acercamiento a este libro va por el
camino de la práctica profética. “Bienaventurados los que oyen y guardan
las palabras de esta profecía” (Apoc 1:3)
¡Señor, ayúdanos a escuchar y obedecer tu Palabra! Ayúdanos por tu Espíritu a ser tu pueblo profético.
Amén.
Juan Stam se nacionalizó costarricense como parte de un proceso de identificación con América Latina . Es Dr. en Teología por la Universidad de Basilea. Docente y escritor de libros, artículos y del Comentario Bíblico Iberoamericano del Apocalipsis de Editorial Kairós.
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