Ahora, antes de finalizar el libro, Jesús vuelve a tomar la palabra
para pronunciar una doble amonestación: “A todo el que escuche las
palabras del mensaje profético de este libro le advierto (‘yo
testifico’, marturô) esto: Si alguno le añade algo, Dios le
añadirá a él las plagas descritas en este libro. Y si alguno quita
palabras de este libro de profecía, Dios le quitará su parte del árbol
de la vida y de la ciudad santa, descritos en este libro” (22:18-19).[1]
En ambos casos, la advertencia se basa en el carácter profético del
libro. Una traducción literal lo destaca con las frases “las palabras de
la profecía de este libro” y “las palabras del libro de esta
profecía”.[2] El texto puede describirse como “las matemáticas de Dios”,
de sumar y restar: si nosotros añadimos a la palabra de Dios, Dios
añade castigos a nuestra vida. Si nosotros quitamos de la palabra de
Dios, Dios nos quita bendiciones a nosotros.
Advertencias de este tipo eran muy normales en la antigüedad. Si
tomamos en cuenta que todos los libros tenían que ser copiados a mano, y
que no existían conceptos de citación verbal o de derechos de autor, su
necesidad se hace obvia. Ejemplos muy antiguos vienen de escritos de
Egipto, Mesopotamia, Grecia, los acadios y los heteos (Aune 1998B:1208).
En las escrituras hebreas eran frecuentes las exhortaciones a cumplir
la ley de Yahvé, sin añadir ni quitar nada (Dt 4:1-2; 5:22; 12:32). Ecl
3:14 afirma que “todo lo que Dios ha hecho permanece para siempre; que
no hay nada que añadirle ni quitarle”. Según Prv 30:5-6, “toda palabra
de Dios es digna de crédito… No añadas nada a sus palabras, no sea que
te reprenda” (cf. Jer 26:2). La carta de Aristeas, que narra la
traducción de la LXX, afirma: “Puesto que la traducción es correcta, de
una precisión y piedad extraordinarias, justo es que permanezca tal como
está y que no se produzca ninguna alteración”, de modo que “ordenaron
pronunciar una maldición… en el caso de que alguien se atreviera a
revisarla añadiendo, modificando o quitando algo al conjunto del texto”
(Arist 311).
Una cita de la literatura apocalíptica, con referencia a los libros
notariales que inscriben las acciones de cada persona (Ap 20:12),
recuerda a los lectores que no digan “No se investigará ni se escribirá
ninguno de nuestros pecados”. Los amonesta a que “No seáis impíos en
vuestros corazones, no mintáis, no alteréis la palabra verdadera… Ahora
yo conozco este misterio: muchos pecadores cambian la palabra recta, la
alteran y hablan malas palabras…. ¡Si tradujeran todas las palabras con
rectitud en sus lenguas, sin cambiar ni disminuir las mías, sino que
rectamente escribieran todo lo que antes he testificado sobre ellos!”
(1En 104:7-11).[3] Pero no se trata sólo de traducción de las palabras
del texto. En medio de ese lamento, el autor denuncia que algunos
“mienten, inventen grandes ficciones y escriben libros acerca de sus
discursos”. ¿No describen esas palabras a mucho de la seudo-erudición de
algunos “expertos proféticos” de hoy?
Josefo, comentando el respeto de los judíos por sus libros
sagrados, observa que durante muchos siglos “nadie se ha atrevido ni a
añadirles nada, quitarles nada ni hacer cambios en ellos” (c.Apión
1:42). Los rabinos repetían la prohibición de añadir ni quitar, y
afirmaban que todo lo dicho por los profetas y profetisas estaba ya
presente en Moisés, desde el Sinaí (StrB I:601-2; cf. Ford 1975:364).
“La historia del carpintero José”, un evangelio apócrifo tardío (siglos
IV o V) concluye con una advertencia similar: “quien suprimiere o
añadiera algo a estas palabras de manera que me haga embustero, será reo
de mi venganza”. También en la literatura patrística abundan estas
advertencias y amenazas. El ejemplo más dramático está en la
introducción que escribió Rufino al De principiis de Orígenes:
He aquí, en la presencia de Dios el Padre, y la del Hijo y la del Espíritu Santo, abjuro y suplico a todo aquel que transcriba o lea estos libros, por su fe en el reino venidero, por el misterio de la resurrección de los muertos, y por ese fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, que, como sin duda no quisiera poseer para su herencia eterna ese lugar donde hay lloro y crujir de dientes, y donde el fuego no se apaga y el gusano no muere nunca, que no añada nada a la Escritura ni le quite nada, ni haga ninguna interpolación ni alteración, sino que compare su transcripción con las copias de las que hizo la suya, y haga las enmendaciones y distinciones según la letra, para que su manuscrito no quede incorrecto ni borroso, y para que lo difícil de comprender el sentido, debido a lo indistinto de la copia, no causara mayores dificultades para los lectores. [4]
En el caso de Ap 22:18-19, Juan no dirige su advertencia a los
copistas sino a “todo el que oye”, lo que en este libro presupone la
lectura congregacional (cf. 1:3; 2:7 y paralelos).[5] Aunque el uso de
la fórmula de integridad textual indica que la advertencia incluye a los
copistas (y futuros traductores), el destinatario más amplio, de todos
los oyentes, sugiere también un sentido más amplio. Es probable entonces
que la advertencia va dirigida contra los nicolaítas (seguidores de
Balaam, de “Jezabel”), que figuraban entre los oyentes cuando el texto
se leía en las comunidades y que tergiversaban las escrituras y el
mensaje profético (MestersOro 2003:362; Biguzzi 204).
Si este versículo no se refiere sólo a variantes textuales, ¿qué
significa aquí “añadir” a la profecía de este libro? Sin duda Juan está
pensando, en primer lugar, en la falsa profecía de herejes como los
nicolaítas, seguidores de Balaam y “Jezabel” (ambos “profetas”). El
contexto específico de esta advertencia es el conflicto entre Juan y
estos “profetas” falsos. Lo que caracterizaba a esa escuela de falsa
profecía era llevar al pueblo de Dios a ir tras dioses falsos (cf. Dt
13:2-6). Como apunta Beale (1999:1151), “En Dt 4:1-2 y 12:32 el mismo
lenguaje [de no añadir ni quitar] sirve como advertencia contra la
enseñanza engañosa que la idolatría no sea incompatible con la fe en el
Dios de Israel” [Dt 4:3 alude al episodio idolátrica de Baal-peor]. “Los
que engañan de esa manera son falsos profetas”. Tal enseñanza, según
Beale, añade algo (tolerancia de idolatría) y quita algo (las exigencias
de la ley de Dios, la denuncia de idolatría).[6] Beale (1152) agrega
que esta idolatría era la perversión más común y peligrosa del mensaje.
La denuncia del Apocalipsis va contra los que “profesan ser cristianos,
pero su pleitesía a otros dioses contradice su confesión”.
¿Hay falsos profetas hoy que nos quieren llevar tras los ídolos de
nuestro tiempo? Para comenzar, pensemos en el dios dinero, el dios de la
riqueza. Tanto Jesús (Mt 6:24) como Pablo (Ef 5:5; Col 3:5) denuncian
la idolatría de los que “sirven a la riqueza”. Pero en nuestro tiempo
hay predicadores y teologías que fomentan esa idolatría, añadiendo así
al mensaje bíblico (Dios quiere tenernos a todos con opulencia) y
quitando también (que el amor al dinero y al lujo es contrario a la
voluntad de Dios).[7]
En un sentido más amplio, podemos añadir a las escrituras
especulando más allá de lo que dice o significa el texto. Eso fue el
vicio hermenéutico de los seudoprofetas nicolaítas y después de los
gnósticos. Hoy mucho de eso viene de intentos de sistematizar los datos
escatológicos en un solo esquema de todo el futuro. Para eso, juntan
diversos textos, todos tomados fuera de contexto, para formar un
panorama de conjunto que no es de ningún autor bíblico.[8] Muchos llegan
hasta anunciar fechas para el fin del mundo, pretendiendo identificar
“los últimos tiempos” cronológicamente, o identificando “esta
generación” a partir de la fundación del estado israelí (Mt 24:34; Mr
13:30), Otros, más atrevidos, anuncian hasta la fecha y la hora del fin.
¡Hoy también son muchas las “grandes ficciones” como las que denunció
1En 104:10![9]
En esto, sin embargo, nos encontramos con una paradoja, pues si
analizamos la forma en que Juan mismo interpretaba el Antiguo
Testamento, descubrimos que él también cambiaba a sus fuentes.[10] El
cabello blanco del Anciano de días lo traspasa al Hijo de hombre; cambia
los pies de barro en pies de bronce; amalgama las cuatro bestias de Dn 7
en una sola bestia híbrida (Ap 13). A diferencia de la fiel trasmisión
de las palabras del texto, la fiel interpretación del mismo, en las
situaciones siempre nuevas de la historia, puede requerir una relectura
contextualizada, precisamente para ser fiel al mensaje original. El
llamado a proteger el texto no implica un fijismo estático de una mera
repetición mecánica del original. Estas fórmulas de fidelidad textual
tampoco implican el fin del don profético, como si de entonces en
adelante quedaran prohibidos nuevos mensajes proféticos.
Era común que las fórmulas de integridad textual incluyeran
sentencias punitivas o maldiciones para el incumplimiento, y éstas de Ap
22:18-19 no son la excepción. Son las matemáticas de Dios, una especie
de lex talionis:[11] si añado a la Palabra suya, Dios añadirá a
la vida mía las plagas descritas en este libro. Obviamente es una
técnica retórica, para subrayar la terrible seriedad de jugar con la
palabra de Dios. Además, los nicolaítas, por adorar al emperador, se han
hecho aliados y cómplices de la gran Babilonia, y por tanto les
alcanzarán también las plagas de ella (Ap 18:8; cf. 18:4).[12] Al
contrario de las bendiciones a los fieles (22:7,14), los
seudo-discípulos, que afirman la palabra pero creen que hay que añadir
más, serán tratados como impíos y compartirán el destino de ellos.
G. K. Beale (1999:1153-4), del Seminario Gordon-Conwell, destaca
con énfasis especial que estas advertencias, y sus amenazas, no van
contra futuros copistas, mucho menos contra herejes de los últimos
tiempos, sino en primer término contra los lectores contemporáneos y
específicamente los de las siete iglesias que él pastoreaba, a los que
hacía falta tan solemne advertencia.[13] Antes, en su exposición de Ap
10:11, Beale muestra que el verbo “profetizar” no significa meramente
revelación del futuro sino también “la interpretación que da Dios de la
realidad presente” (1999:555b). Beale afirma que el uso de profeteia (“profecía”) en el Apocalipsis muestra que “el libro enterno tiene este enfoque en el presente” (cf. 1:1,3). “Si no obedecen los preceptos de Dios en el libro, ellos sufrirán en la época presente
las plagas descritas en el libro” (énfasis del autor). Esto hace
imposible una interpretación exclusivamente futurista de las trompetas y
los sellos.
La siguiente advertencia (22:19) comparte implícitamente el mismo
destinatario del versículo anterior, o sea, “todo el que escuche las
palabras del mensaje profético de este libro”. Esta nueva amonestación
va contra el peligro de “quitar algo de las palabras de este libro de
profecía”.[14] Además de la tradicional llamada a los copistas a no
alterar el texto escrito, el texto exhorta a predicadores y maestros a
no suprimir nada del mensaje de la palabra de Dios. Hoy día se pueden
cometer tales omisiones por incredulidad, negando el sentido claro de un
pasaje bíblico; se pueden cometer por interpretación evasiva que se
niega a asumir todas las implicancias del texto, cuando no son de
nuestro agrado; o se pueden cometer por selectividad, escogiendo sólo
los pasajes que están de acuerdo con nuestro propio pensamiento pero
haciendo caso omiso de otros textos pertinentes. Hay muchas maneras hoy
de “quitar algo de las palabras del libro”.
Mientras el castigo anterior, por añadir al texto, comenzaba de
inmediato, este doble castigo es futuro: perder su parte (meros) del
árbol de la vida (cf. 2:7; 22:2) y de la nueva Jerusalén (cf. 3:12;
21:2,9-27).[15] La formulación, “quitaré su parte del árbol de la vida” (ofelei to meros autou apo tou xulou tês zôês),
suscita una pregunta: ¿si estas personas tenían antes parte en el árbol
de la vida, significa que han perdido la salvación?[16] Es posible,
pero poco probable, que Juan mismo estuviera pensando en dicha pregunta;
Juan no era un teólogo sistemático, ni calvinista ni arminiano.
Introducir ese tema podría verse aun como un caso de añadir al texto. Es
obvio que la formulación corresponde al uso doble en este texto del
verbo “quitar”: nosotros quitamos de las palabras del libro, y Dios
quita el acceso al árbol. La frase puede entenderse mejor como “quitarle
el acceso que hubiera tenido al árbol de la vida”. También podría
referirse a los nicolaítas como seudocristianos que parecían tener la
vida eterna pero en realidad no van a tener acceso al árbol de la vida y
la nueva Jerusalén (cf. Beale 1999:1153b).
Interesa observar que el primer castigo, por añadir al texto,
consiste en plagas contra los culpables, pero en el segundo caso, de
quitar del texto, el castigo es privativo, pues consiste en perder las
bendiciones de la vida eterna.[17] Esa secuencia no es un anti-clímax ni
una contradicción. Maimonides, el gran pensador judío (1135-1204),
preguntó, “¿Cual será el premio para los justos?” Respuesta: “Que
pasarán la eternidad con Dios”. Segunda pregunta: “¿Cuál será el castigo
de los injustos?” Respuesta: “Que ellos, no”.[18]
Estas advertencias son severas, y los castigos pueden parecer
desproporcionados, pero la intención es de destacar con todo el énfasis
posible que estas palabras son de Dios (Beale 1999:1153b). Hans Lilje
sugiere que para entender estos versículos, hay que estar convencido de
lo que Juan afirma en 22:6-7, que esta revelación viene de Dios mismo;
no son opiniones del autor, y ni Juan ni nadie tiene derecho de cambiar
esa revelación (cf. 3:14; 19:9; 21:5). Las advertencias, según Lilje,
expresan la absoluta seriedad de la profecía, como enviada por Dios,
ante la cual la única posibilidad es la obediencia fiel. Por eso, leer
el Apocalipsis sin obediencia puede poner en peligro la esperanza de
salvación eterna (1957:279; cf. Mt 7:21-23).
Sería difícil encontrar dos criterios más fundamentales para la
interpretación bíblica que éstas dos: ¡no añadir nada, no quitar nada!
Los rabinos, con su típica sabiduría, declararon que “quien añade,
quita”. San Pablo exhorta a los fieles “a no pensar más de lo que está
escrito” (1Cor 4:6; cf. Hch 26:22; sin añadir) y da testimonio de que
“sin vacilar les he proclamado todo el propósito de Dios” (Hch 20:20,27;
Col 1:25; sin quitar). Los reformadores definieron estos dos principios
como sola scriptura y tota scriptura. Cuando uno va a los
tribunales, tiene que jurar decir “la verdad, sólo la verdad y toda la
verdad”. Al interpretar la palabra de Dios, la consigna debe ser: “el
texto, sólo el texto y todo el texto”.
Notas:
[1] Es probable que sea el Jesús resucitado quien habla aquí, igual
que en 22:16 y 20, donde él también “testifica” (Aune 1998B:1204d,
1229; Osborne 2002:794). En cambio, para Caird (1966:287-8), es Juan
quien habla en 22:18-19.
[2] Estas dos frases reflejan una construcción hebrea que puede
entenderse como un genitivo de cualidad, o genitivo adjetival, y puede
traducirse con “esta palabra profética” y “este libro profético”. El
hebreo tiene pocos adjetivos y por eso emplea esta construcción.
[3] Para otras fórmulas parecidas véanse 1En 108:6; 4Esd 14:36-37; 3Bar 1:6-7; cf. 4Esd 14:5-6,36-37.
[4] Finegan 1949:336. Eusebio cita una advertencia similar, pero
más breve, del final del De octonario de Ireneo (HE 5:20). Rist
(1957:549) comenta, con humor simpático, que esta maldición de Ireneo es
casi lo único que queda de ese libro. San Jerónimo, al final de su
Prefacio a la Vulgata, lamenta “los errores introducidos por traductores
incompetentes, y las disparatadas alteraciones de críticos confianzudos
pero ignorantes, y aun más, todo lo que ha sido insertado o alterado
por copistas somnolientos” (Finegan 336).
[5] Aune (1998B:1230) también ubica el escuchar en el contexto
litúrgico, pero señala que pas (“todo”) con el participio adejetival
articular enfatiza la responsabilidad personal de cada uno a respetar el
mensaje profético.
[6] Podemos mencionar el anatema de Pablo contra los que predicaban
otro evangelio (Gá 1:6-9). Los judaizantes de Galacia también añadían
algo al evangelio (la ley, la circuncisión) y quitaban algo (la gracia;
el evangelio mismo).
[7] Ver Stam III (2009:204-221), “¿Es posible ser idólatra sin darse cuenta?”.
[8] Llama la atención que ningún autor bíblico pretende coordinar
todos los aspectos y eventos de la profecía, para armar una secuencia
cronológica del futuro. Cada autor habla de lo que viene al caso para su
contexto pero ninguno busca incluir todos los aspectos en un sistema.
[9] Nos sorprenderíamos si descubriéramos la medida en que
conceptos tradicionales como “el Anticristo”, “la gran tribulación” o
“el rapto” van más allá de una interpretación estricta de las
escrituras. Por ejemplo 1Ts 4:17, el único texto que dice que seremos
arrebatos, nos lleva hasta la nube, en el aire, pero no al cielo.
Tampoco lo relaciona con la gran tribulación ni con siete años (o tres y
medio) en el cielo. Ningún pasaje tampoco enseña que Cristo “viene a
llevar a los suyos”, como propósito y sentido de su venida. Ver Stam
2001:15-36 (1999-19-37).
[10] Al analizar esto a través de este comentario, hemos señalado
que muchas veces en el Apocalipsis el significado de una alusión al A.T.
se descubre precisamente en los cambios que hace Juan en su fuente.
[11] Lex talionis: antigua ley de reciprocidad retributiva de “ojo por ojo, diente por diente”.
[12] Para Aune (1998B:1232) lo más probable es que se refiera a las
siete plagas finales de Ap 15:1-16:21. Cf. los “ayes” de 18:9-19. (Cf.
Thompson 1998:188).
[13] Es importante recordar que los primeros cristianos esperaban
la pronta venida del Señor y no pensaban en términos de un largo futuro
para la humanidad. Véase Stam III 2009:163-166, “¿Hasta qué punto estaba
pensando Juan en un juicio final remoto?”.
[14] Es preferible la traducción “quitar de” o “quitar algo de”
(BJ, DHH, BPer, NBE) en vez de “quitar palabras” (NVI). No se trata sólo
de quitar palabras del manuscrito sino también de disminuir el sentido
del texto y suprimir algo de su mensaje.
[15] Para la misma construcción con meros, cf. Ap 20:6 (su parte en
la primera resurrección) y 21:8 (su parte en el lago de fuego; 22:19).
[16] La misma pregunta surge con 3:5, “no borraré su nombre del libro de la vida”; Ver Stam Tomo I (199A:133-4; 2006:146).
[17] Cf. 2Tes 1:9: “Ellos sufrirán el castigo de la destrucción
eterna (perdición eterna RVR), lejos de la presencia del Señor y de la
majestad de su poder…”.
[18] Citado por Harold Kushner, Beliefnet Jewish Wisdom, 26 de
marzo de 2011 (www.beliefnet.com/Faiths/Judaism/index.aspx ;
newsletters@mail.beliefnet.com)
Juan Stam se nacionalizó costarricense como parte de un proceso de identificación con América Latina . Es Dr. en Teología por la Universidad de Basilea. Docente y escritor de libros, artículos y del Comentario Bíblico Iberoamericano del Apocalipsis de Editorial Kairós.
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