Agustin Obispo de Hipona
CAPITULO XIV
La soberbia de la transgresión fue peor que la misma transgresión
Peor es y mas detestable la soberbia cuando hasta en los pecados manifiestos se pretende la acogida de la excusa, como sucedió en aquellos primeros hombres, entre quienes dijo la mujer: «La serpiente. me engañó y comí»; y el hombre: «La mujer que me diste, ésa me dio del fruto del árbol y comí.» De ninguna manera se acuerdan en este caso de pedir perdón; por ningún motivo piden el remedio y la medicina, porque aunque éstos no niegan, como Caín, el pecado que cometieron, no obstante, la soberbia procura cargar a otro la culpa que ella misma tiene: la soberbia de la mujer a la serpiente y la soberbia del hombre a la mujer. Pero más verdadera es la acusación que no la excusa, cuando manifíestamente quebrantaron el divino precepto, porque no dejaron de pecar porque lo hiciera la mujer a persuasión de la serpiente y el hombre a instancias de la mujer, como sí pudiera haber alguna cosa que se debiera creer o anteponer a Dios.
CAPITULO XV
De la justa paga que recibieron los primeros hombres por su desobediencia
Porque no atendieron al mandato de Dios, que los había criado y había hecho a su imagen y semejanza, que los había designado por superiores y señores de los demás animales, los había colocado en el Paraíso, les había dado salud y abundancia de todas las cosas, que no les cargó de preceptos numerosos, graves y dificultosos, sino que les dio uno solo, y ése compendioso y levísimo, para conservar la obediencia y la subordinación con que les advertía que él era Señor de aquella criatura a quien estaba bien una libre servidumbre, fueron justamente condenados; condenados de tal modo, que el hombre, que si observara puntualmente el mandamiento fuera espiritual aun en la carne, fuese carnal hasta en el espíritu; y pues con su soberbia se había agradado y pagado de sí, por justicia de Dios fuese entregado a sí mismo para que no estuviese, como había pretendido, en omnímoda, absoluta e independiente potestad, sino que, desavenido igualmente consigo mismo, sufriese debajo de aquel con quien se había avenido pecando una dura y miserable esclavitud, en lugar de la libertad que buscó; muriendo voluntariamente en el espíritu, y debiendo de morir contra su voluntad en el cuerpo; y desertor de la vida eterna, fuera condenado a la muerte eterna, si no le libertase la gracia.
Y el que piensa que semejante condenación es excesiva o injusta, sin duda no sabe medir ni tantear la gravedad de la malicia que hubo en el pecado, donde había tanta facilidad en no pecar; porque así como, no sin razón, se celebra por grande la obediencia de Abraham, porque en sacrificar a su hijo le mandaron una acción dificultosísima, así también en el Paraíso tanto mayor fue la desobediencia cuanto más fácil era lo que se les mandaba. Y así como la obediencia del segundo Adán es más celebrada y digna de perpetuarse en los faustos y anales del mundo, porque fue obediente hasta la muerte, así la desobediencia del primero fue más abominable, porque fue desobedecida hasta la muerte.
Porque cuando hay impuesta rigurosa pena a la desobediencia, y lo que manda el Criador es fácil en la ejecución, ¿quién podrá encarecer bastantemente cuán grave maldad sea no obedecer en un precepto tan obvio y a un mandamiento de tan soberana potestad y so pena tan horrible? Y, en efecto, por decirlo en breves palabras, en la pena y castigo de aquel pecado, ¿con qué castigaron o pagaron la desobediencia sino con la desobediencia? ¿Pues qué cosa es la miseria del hombre sino padecer contra sí mismo la desobediencia de sí mismo, y que ya que no quiso lo que pudo, quiera lo que no puede?
Porque aunque en el Paraíso, antes de pecar, no podía todas las cosas, con todo, lo que no podía no lo quería, y por eso podía todo lo que quería; pero ahora, como vemos en su descendencia y lo insinúa la Sagrada Escritura, «el hombre se ha vuelto semejante a la vanidad»; pues ¿quién podrá referir cuánta inmensidad de cosas quiere que no puede, entretanto que él mismo a sí propio no se obedece, esto es, no obedece a la voluntad, el ánimo, ni la carne, que es inferior al ánimo?
Porque, a pesar suyo, muchas veces el ánimo se turba y la carne se duele, envejece y muere, y todo lo demás que padecemos no lo sufriéramos contra nuestra voluntad, si nuestra naturaleza obedeciese completamente a nuestra voluntad; pero, a la verdad, padece algunas cosas la carne que no la dejan servir. ¿Qué importa en lo que esto consiste con tal que por la justicia de Dios, que es el Señor, a quien siendo sus súbditos no quisieron servir, nuestra carne, que fue nuestra súbdita, no sirviéndonos, nos sea molesta? Bien que, nosotros, no sirviendo a Dios, pudimos hacernos molestos a nosotros y no a El; porque no tiene el Señor necesidad de nuestro servicio como nosotros del de nuestro cuerpo, y así es nuestra pena lo que recibimos, no suya; y los dolores que se llaman de la carne, del alma son, aunque en la carne y por la carne.
Porque la carne ¿de qué se duele por sí sola? ¿Qué desea? Cuando decimos que desea o se duele la carne, o es el mismo hombre, como anteriormente dijimos, o alguna parte del alma que excita la pasión carnal, la cual, si es áspera, causa dolor; si suave, deleite; pero el dolor de la carne sólo es una ofensa del alma que procede de la carne, y cierto desavenimiento de su pasión o apetito; como el dolor del alma que llamamos tristeza es un desavenimiento de las cosas que nos suceden contra nuestra voluntad. A la tristeza las más veces precede el miedo, el cual también está en el alma, y no en la carne; pero al dolor de la carne no le precede un miedo de la carne que antes del dolor se sienta en la carne. Al deleite le precede el apetito que se siente en la carne, como un deseo suyo, por ejemplo, el hambre y la sed, y el que en los miembros vergonzosos más comúnmente se llama libido, siendo éste un vocablo general para designar todos los apetitos. Porque aun la ira, dijeron los ántiguos que no era otra cosa que libido, o un apetito de venganza, aunque a veces también el hombre se enfada y enoja con las cosas inanimadas, donde no hay razón alguna de venganza, de manera que de enojo y cólera, porque no escribe bien la pluma, la rompe y arroja. Sin embargo, también esto, aunque menos razonable, es apetito de venganza, y no sé qué, por llamarle así, como sombra de retribución; que los que mal hacen, mal padezcan.
Así pues, hay apetito de venganza qye se llama ira; hay apetito o codicia de poseer, que se llama avaricia; hay apetito o deseo, como quiera, de vencer, que se llama pertinacia; hay apetito y ansia de gloriarse o jactarse, que se llama jactancia; hay muchos y varios apetitos que en idioma latino se dicen libidines, que algunos de ellos tienen asimismo sus voces propias, y otros no las tienen; porque ¿quién podrá fácilmente decir cómo se llama el apetito de dominio y señorío, del cual, no obstante, nos muestra y testifica la funesta experiencia de las guerras civiles, que es muy poderoso y señor absoluto de los corazones y almas de los tiranos?
CAPITULO XVI
De la malicia del apetito, que en latín se llama «libido», cuyo nombre, aunque cuadre a muchos vicios propiamente, se atribuye a los movimientos torpes, y deshonestos del cuerpo
Aunque los apetitos de muchas cosas llámanse en latín libidines, cuando se escribe sólo libido, sin decir a qué páasión se refiere, casi siempre se entiende el apetito carnal; apetito que no sólo se apodera del cuerpo en lo exterior, sino también en lo interior, y conmueve de tal modo a todo el hombre juntando y mezclando al efecto del ánimo con el deseo de la carne, que resulta el mayor de los deleites del cuerpo; de suerte que cuando se llega a su fin, se embota la agudeza y vigilia del entendimiento.
CAPITULO XVII
De la desnudez de los primeros hombres y de cómo, después que pecaron, les pareció torpe y vergonzosa
Con razón nos avergonzamos de este apetito y con razón también los miembros que, por decirlo así, lo alientan o refrenan no del todo a nuestro albedrío, se llaman vergonzosos; lo cual no fueron antes de que pecara el hombre. Porque, como dice la Escritura, «estaban desnudos y no se avergonzaban»; no porque dejasen de ver su desnudez, sino porque ésta no era aún vergonzosa; porque la carne ni movía el deseo contra la razón, ni en manera alguna con su desobediencia daba en rostro al hombre acusándole de la suya.
No crió Dios ciegos a los primeros hombres, como piensa el necio vulgo, porque Adán vio los animales a quienes puso los nombres, y de Eva dice el Evangelio: «Vio la mujer que era buena la fruta del árbol y agradable a la vista.» Tenían, pues, los ojos abiertos, pero no atendían y miraban de manera que conociesen lo que la gracia les encubría, cuando sus miembros ignoraban lo que es desobedecer a la voluntad. Al faltar esta gracia, para que la desobediencia fuese castigada con pena recíproca, hallóse en el movimiento del, cuerpo una desvergonzada novedad, que convirtió en indecente la desnudez y los dejó avergonzados y confusos. De aquí que, después que quebrantaron al descubierto mandamiento de Dios, diga de ellos la Escritura: «Y se abrieron los ojos de entrambos, y conocieron que estaban desnudos y entrelazaron hojas de higuera y se hicieron sendos ceñidores. Abriéronse, dice, los ojos de entrambos, no para ver, porque también antes veían, sino para discernir y conocer el bien que habían perdido y el mal en que habían caído. De aquí que el árbol que daba este conocimiento a los que comían su fruto contra la prohibición del mandamiento tomase el nombre de árbol de la ciencia del bien y del mal; porque con la experiencia de los trabajos que se padecen en la enfermedad apréciase mejor el gusto de la salud.
Conocieron, pues, que estaban desnudos, estándolo, en efecto, de aquella gracia que era la que hacia que ninguna desnudez del cuerpo (porque la ley del pecado no repugnaba a su espíritu) los avergonzase y confundiese. Conocieron, pues, lo que, por fortuna suya, hubieran ignorado si, siendo siempre fieles y obedientes a Dios, no hubieran cometido un pecado que les forzó a tocar y sentir por experiencia el daño que causan la infidelidad y la desobediencia. Confusos, pues, y avergonzados por la desobediencia de su carne, testigo y pena de la suya propia, acomodaron unas hojas de higuera en la forma que algunos traductores latinos llaman campestría, esto es, succintoría, o ceñidores, para cubrirse con ellos. Prefiero la palabra campestría, que es latina, y significa calzón, vestido corto que usaban los jóvenes que se ejercitaban luchando en el campo, cubriendo sus cinturas, y de aquí que a los así ataviados les llame el vulgo, campestratos.
Así pues, lo que en pena de la culpa de desobediencia movía el apetito desobediente contra el fuero de la voluntad, cubríalo con empacho de vergüenza. De aquí que todas las gentes, por descender de aquel tronco, tan cuidadosamente acostumbran a cubrirse de suerte que algunos bárbaros ni aun en los baños se desnudan.
CAPITULO XVIII
Pudor que acompaña al acto de la generación
En el acto mismo de la generación -y no hablo sólo de ciertas uniones carnales que buscan la obscuridad para escapar a la justicia humana, sino también del uso de prostitutas, que la ciudad terrena, al dar su aprobación, lo ha hecho lícito-, aun en este caso permitido e impune, la libido huye la luz y las miradas. Los mismos lupanares tienen por rubor natural una cámara obscura, y así vemos que ha sido más fácil a la impureza eximirse de la prohibición de la ley que a la desvergüenza cerrar el paso al pudor. Los deshonestos llaman deshonestas a sus acciones, y, siendo amadores de ellas, no se atreven a ser ostensores. Y ¿qué diré del concúbito conyugal, que, según la ley de las Tablas matrimoniales, tiene por objeto la procreación de los hijos? ¿No se busca también para él, aunque es lícito y honesto, un lugar secreto y retirado? Y antes de que el esposo comience su juego de caricias, ¿no echa fuera a todos cuantos alguna necesidad permitía su presencia, a los sirvientes y, a los mismos paraninfos? Es verdad que el mayor maestro de la elocuencia romana -como alguien le llama- dice que las cosas bien hechas buscan la luz, es decir, aman ser conocidas; pero esta acción recta apetece ser conocida de una manera muy rara, avergonzándose de ser vista. ¿Quién ignora lo que hacen los esposos entre sí con vistas a la procreación de los hijos y cuál es el objeto de celebrar las bodas con tanta pomposidad? Y, sin embargo, en el acto mismo de la generación no permiten que sean testigos ni los hijos, si tienen ya algunos. El conocimiento de esta acción recta ama de tal manera la luz de los ánimos, que rehuye la de los ojos. Y ¿de dónde nace esto sino de que lo naturalmente honesto va del brazo, aunque por pena con lo vergonzoso?
CAPITULO XIX
Los impulsos de la ira y de la liviandad se mueven tan viciosamente, que es necesario para moderarlos el freno de la razón
Los filósofos que se acercaron más a la verdad confesaron que la ira y el apetito sensual eran dos partes viciosas del alma, porque se mueven tan turbadamente y sin orden, aun en las cosas que la razón no prohíbe, que tienen necesidad del gobierno de la razón, la cual siendo, según dicen, la tercera parte del alma, está puesta en lugar preeminente para regir a aquellas dos partes, a fin de que, mandando la razón y obedeciendo la ira y la liviandad, pueda conservar el hombre en todas las partes de su alma la justicia.
Las citadas partes, pues que, según dichos filósofos, aun en el hombre sabio y templado son viciosas, para que la razón las refrene y desvíe, apartándolas de las cosas a que injustamente se mueven o las suelte para las que permite y concede la ley de la sabiduría, como es la ira para ejercer el justo castigo, y el apetito sexual para la propagación de la especie humana; las citadas partes, repito, no eran viciosas en el Paraíso antes del pecado, porque no se inclinaban a cosa contraria a la recta voluntad que exigiera contenerlas con el freno de la recta razón. El moverse ahora de modo que los que viven honesta, justa y santamente las gobiernan a veces con facilidad, y otras con dificultad las repriman y refrenen, no es, sin duda, salud propia de la naturaleza, sino enfermedad que procede de la culpa.
Si los actos que provienen de la ira y de los demás afectos (consistan en palabras o en obras) no procura la vergüenza encubrirlos y esconderlos, como hace con los qué proceden del apetito sensual, débese a que los miembros del cuerpo que se emplean en la ejecución de aquellos no dependen en sus movimientos de las pasiones, sino de la voluntad, que es quien los domina. Porque el que enojado y con cólera dice alguna palabra ofensiva o hiere a otro, no pudiera hacer tales cosas si la voluntad no moviera la lengua o las manos, miembros a quienes también mueve la voluntad, aun cuando no haya ira o cólera alguna.
Pero respecto de la pasión carnal, de tal manera está apoderado de ellos el apetito sensual, que sólo obedecen a la excitación de éste, sea espontánea o estimulada. Esto es lo que da vergüenza y lo que ruboriza a quien lo ve, y por ello prefiere el hombre, cuando se enoja injustamente con otro, que le miren cuantos quieran, a que le vea alguno cuando, conforme a la razón, condesciende con la pasión de la carne.
CAPITULO XX
De la vanísima torpeza de los cínicos
La antedicha razón no la tuvieron presente los filósofos caninos, es decir, los cínicos, al defender la opinión bestial encaminada a suprimir el pudor. El pudor natural, sin embargo, ha podido más que esta opinión. Porque aun cuando han escrito que hizo Diógenes con arrogancia, gloriándose de ello y pensando que sería su secta más famosa si quedara arraigada en la memoria de las gentes esta famosa desvergüenza suya, con todo, después desistieron de esto los cínicos, y más pudo en ellos la vergüenza y el respeto que mutuamente se deben los hombres, que el error y el disparate con que los hombres afectaban ser semejantes a los perros.
Ahora también vemos, filósofos cínicos, porque lo son todos los que no sólo visten el palio, sino llevan también su báculo; pero ninguno se atreve a hacer tal cosa, porque si alguno se atreviera, no diré que le apedrearan, sino que, por lo menos, a puro escupirle, le echaran del mundo.
Así pues, la naturaleza humana se avergüenza, y con razón, de este apetito torpe que sujeta la carne a su albedrío, apartándola de la jurisdicción de la voluntad, y esta desobediencia prueba claramente el pago que se dio a la desobediencia del primer hombre.
CAPITULO XXI
De la bendición que echó Dios al hombre antes del pecado para que creciese y se multiplicara, no destruida por la prevaricación
No creamos en manera alguna que los dos casados que estuvieron en el Paraíso habrían de cumplir por medio de este apetito sensual lo que en su bendición les dijo Dios: «»Creced y multiplicaos y henchid la tierra», porque este torpe apetito nació después del pecado, y después del pecado, la naturaleza, que no es dcshonesta, al perder la potestad y jurisdicción bajo la cual el cuerpo en todas sus partes le obedecía y servía, echó de ver este apetito, lo consideró, se avergonzó y lo cubrió.
Pero la bendición del matrimonio para que los casados creciesen, se multiplicaran y llenaran la tierra, aunque quedó también para los delincuentes, siendo anterior a su falta, quedó para que se conociese que la generación de los hijos es cosa que toca a la honra del matrimonio, y no a la pena del pecado.
Algunos que ignoran, sin duda, la felicidad que hubo en el Paraíso, creen que en él Adán y Eva no tuvieron hijos.
Otros no aceptan totalmente la Divina Escritura, donde se lee que, después del pecado, se avergonzaron de verse desnudos, y cómo infieles, se ríen de ella. Otros, aunque aceptan y honran la Escritura, no quieren, sin embargo, que se entienda la frase «creced y multiplicaos» en el sentido de la multiplicación de la carne, porque encuentran otra que se refiere a la multiplicación del espíritu: «Multiplicarás y acrecentarás en mi alma la virtud y fortaleza»; y en lo que continúa diciendo el Génesis: «Y henchid la tierra y sed señores de ella», entienden que la palabra tierra quiere decir el cuerpo que anima el, alma con su presencia, y le domina y sujeta cuando las virtudes se multiplican en ella. Pero añaden que los hijos carnales ni aun entonces los pudieron engendrar, como tampoco ahora pueden, sin el torpe apetito que nació, se vio, se confundió y se cubrió después del pecado; y que dentro del Paraíso no tuvieron hijos, sino fuera de él, como así sucedió; porque después que los echaron de allí los engendraron.
CAPITULO XXII
Cómo Dios ordenó y bendijo el matrimonio
Pero en manera alguna dudamos nosotros que el crecer y multiplicar y henchir la tierra conforme a la bendición de Dios es don del matrimonio que instituyó Dios desde el principio, antes del pecado, cuando crió al varón y la mujer, cuya diferencia clara y evidentemente se halla en la carne, pues a esta obra que hizo Dios fue a la que también echó su bendición, según dice la Escritura: «Hízolos Dios varón y mujer», e inmediatamente añade: «Y bendíjolos Dios, diciendo: creced y multiplicaos, y henchid la tierra, y sed señores de ella», etc.
Aunque todo esto pueda entenderse en un sentido espiritual, sin embargo, no puede decirse que las palabras varón y mujer deban aplicarse a dos cosas que se encuentran en un solo hombre, con pretexto de que dentro de él una cosa es la que gobierna y otra la gobernada; sino, como evidentemente se echa de ver en cuerpos de diferente sexo, los crió Dios, varón y mujer para que, engendrando hijos, creciesen y se multiplicasen y llenaran la tierra.
El empeño en contradecir sentido tan claro es grandísimo disparate; porque ni del espíritu que manda, ni de la carne que obedece, o del animal racional que rige y del apetito irracional que es regido, o de la virtud contemplativa, que es preeminente, y de la activa, que es inferior, o de la razón del alma y del sentido del cuerpo, sino claramente del vínculo del matrimonio a que se obliga y sujeta uno y otro sexo, hablaba el Señor cuando, preguntado si era lícito por cualquier causa despedir la mujer, porque Moisés, atendiendo a la dureza de corazón de los israelitas, les permitió repudiarla, contestó: «¿No habéis leído que el que los crió al principio los crió varón y mujer, y dijo: Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se juntará con su mujer, y los dos serán una misma carne? No son, pues, ya dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre.»
Es, pues, indudable que desde el principio fueron creados los dos sexos en dos seres distintos, como ahora existen, y que se les llama un solo hombre o por la unión del matrimonio o a causa del origen de la mujer, formada del costado del hombre; origen que aprovecha el Apóstol para recomendar que los hombres amen a sus mujeres.
CAPITULO XXIII
Si Adán y Eva hubiesen tenido hijos en el Paraíso, en el caso de no pecar
Los que defienden que Adán y Eva no engendraran hijos si no pecaran ¿defienden acaso otra cosa sino que, para aumentar el número de los santos, era necesario el pecado del hombre? Porque si no podían engendrar sino pecando, y si no engendraban quedaban solos, para que hubiese no ya dos hombres, sino muchos, era necesario el pecado. Imposible es defender este absurdo. ¿No es mejor creer que el número de los santos necesario para poblar aquella bienaventurada ciudad fuera tan grande, aunque nadie hubiese pecado, como lo es ahora que la gracia de Dios los elige entre la multitud de pecadores, mientras los hijos de este siglo son engendrados y engendran?
Así pues, si el primer matrimonio digno de la felicidad del Paraíso no hubiese pecado, tuviera descendencia digna de su amor, y no apetito que lo avergonzara.
CAPITULO XXIV
La voluntad y los órganos de la generación en el Paraíso
1. Allí el hombre seminaria y la mujer recibiría el semen cuando y cuanto fuere necesario, siendo los organos de la generación movidos por la voluntad, no excitados por la libido. Porque no movemos solamente a nuestro antojo los miembros articulados con huesos, como los pies, las manos y los dedos, sino también movemos los compuestos de nervios fláccidos agitándolos y los enderezamos encogiéndolos a nuestro capricho. Así hacemos con los miembros de la boca y de la cara, que los mueve la voluntad como le place. Los pulmones, que son las vísceras más blandas, exceptuadas las medulas, y por eso resguardadas por la caja torácica para respirar y aspirar y para emitir o modificar la voz, sirven como fuelles de órgano, a la voluntad del que sopla, respira, habla, grita o canta. Y no me detengo a decir que a algunos animales les es natural e innato mover, cuando sienten alguna molestia sobre el cuerpo, solamente la piel que cubre el lugar en que la sienten, y espantan con el temblor de su piel no sólo las moscas que se les posan encima, sino también los aguijones que les clavan. Y porque el hombre no pueda hacer esto, ¿hemos de decir que el Creador no pudo dar esa facultad a los vivientes que quiso? Luego al hombre le fue también posible tener sujetos los miembros inferiores, facultad que perdió por su desobediencia, ya que para Dios fue fácil crearlo de manera que los miembros de su carne, que ahora únicamente son movidos por la libido, los moviera sólo la voluntad.
2. Conocidas nos son las naturalezas de algunos hombres, distintas de los demás y admirables por lo raras, que hacen con su cuerpo a placer cosas que otros no pueden hacer y que, oídas, apenas las creen. Hay quienes mueven las dos orejas a la vez o por separado; y otros que, sin mover la cabeza, echan sobre su frente la cabellera y la retiran cuando les place. Hay otros que, comprimiendo un poco los diafragmas, sacan como de una bolsa lo que quieren de la infinidad y variedad de cosas que han engullido. Otros hay que imitan y expresan tan a la perfección el canto de las aves y las voces de las bestias y de otros hombres, que, sino se les ve, es imposible distinguirlos. No faltan algunos que, sin fetidez, emiten por el fondo sonidos tan armoniosos, que se diría que cantan por esa boca. Yo mismo he visto sudar a un hombre cuando quería, y a nadie se le oculta que hay algunos que lloran cuando quieren y se anegan en un mar de lágrimas. Pero es mucho más increíble un hecho sucedido hace poco y del que fueron testigos muchos hermanos nuestros. En una parroquia de la iglesia de Calama había un presbítero llamado Restituto, que, cuando le placía (solían pedir que hiciera esto quienes deseaban ser testigos presenciales de la maravilla), al oír voces que imitaban el lamento de un hombre, se enajenaba de sus sentidos y yacía tendido en tierra tan semejante a un muerto, que no sólo no sentía los toques y los pinchazos, sino que a veces era quemado con fuego sin sentir dolor, hasta más tarde y por efecto de la herida. Y prueba de que su cuerpo no se movía, no porque él lo aguantaba, sino porque no sentía, era que no daba señal alguna de respiración, como un muerto. Sin embargo, contaba después que, cuando hablaban más alto los concurrentes, oía voces como a lo lejos.
Si, pues, en la presente vida grávida de pesares por la carne corruptible, hay personas a las que obedece el cuerpo de modo maravilloso y extraordinario en muchas mociones y afecciones, ¿por qué no creemos que, antes de la desobediencia y de la corrupción, los miembros del hombre pudieron servir a la voluntad sin ninguna libido en lo relativo a la generación? El hombre fue abandonado a sí mismo porque abandonó a Dios, complaciéndose en sí mismo, y, no obedeciendo a Dios, no pudo obedecerse a sí mismo. Su más palmaria miseria procede de allí, y consiste en no vivir como quiere. Es cierto que, si viviera a su capricho, se juzgaría feliz; pero en realidad no lo sería si viviera torpemente.
CAPITULO XXV
De la verdadera bienaventuranza, la cual no se consigue en la vida temporal
Si lo consideramos con madura reflexión, ninguno sino el que es feliz vive como quiere, y ninguno es bienaventurado sino el justo; y ni aun el mismo justo vive como quiere, si no llega a donde nunca pueda morir, padecer engaño ni ofensa, y le conste y esté asegurado de que siempre sera así; porque esto lo apetece y desea la naturaleza, y no será perfectamente cumplida y bienaventurada si no es consiguiendo lo que apetece.
Mas ahora, ¿qué hombre hay que pueda vivir como quiere, cuando el mismo vivir no está en su mano? Porque él quiere vivir, y es indispensable que muera, ¿ha de vivir como quiera el que no vive todo lo que quiere? Y si quisiese morir, ¿cómo ha de vivir a su gusto el que no quiere vivir? Y si acaso quiere morir, no porque no quiere vivir, sino por vivir mejor después de la muerte, aun así no vive como quiere, sino cuando llegare, muriendo, a lo que quiere.
Pero demos que viva como quiere, porque se hizo fuerza y mandó a sí mismo el no querer lo que no puede y querer lo que puede, como lo dice Terencio: «Supuesto que no puedes hacer lo que quieres, ¿te importa querer lo que puedes?; ¿acaso será bienaventurado, porque con paciencia sufra su miseria? Porque la vida no es bienaventurada si no es la que se desea; y si se ama y posee, es necesario que se ame con mayor afecto que a todo lo demás, pues por ésta se debe desear todo lo demas que se ama; y si se ama tanto cuanto merece ser amada (pues no es bienaventurado el que no ama la vida bienaventurada, cual ella merece), no puede ser que el que así la ama no quiera que sea eterna. Luego será bienaventurada cuando fuere eterna.»
CAPITULO XXVI
Que se debe creer que la felicidad de los que vivían en el Paraíso pudo cumplir el débito matrimonial sin el apetito vergonzoso
Así que vivía el hombre en el Paraíso como quería, entretanto que quería lo que Dios mandaba; vivía gozando de Dios, con cuyo bien era bueno; vivía sin mengua o necesidad de cosa alguna, y así tenía en su potestad el poder vivir siempre. Abundaba la comida porque no tuviese hambre, la bebida porque no tuviese sed. Tenía a mano el árbol de la vida porque no le menoscabase la senectud, ni había género de corrupción en su cuerpo, ni por el cuerpo sentía alguna especie de molestia, no había enfermedad alguna, en lo interior ni en lo exterior tenía herida alguna, gozaba de perfecta salud en el cuerpo y de cumplida tranquilidad y paz en el alma; y así como en el Paraíso no hacía frío ni calor, así para los que en él vivían no había objeto que, por deseado o temido, alterase su buena voluntad. No había cosa melancólica y triste, nada vanamente alegre. El verdadero gozo se iba perpetuando con la asistencia de Dios, a quien amaban con ardiente caridad, con corazón puro, con ciencia buena y fe no fingida, y entre los casados se conservaba fielmente la sociedad indisoluble por medio del amor casto. Había una concorde vigilancia del alma y del cuerpo y una observancia exacta del divino precepto, sin fatiga. No existía cansancio que molestase al ocio, ni sueño que oprimiese contra la voluntad.
Donde había tanta comodidad en las cosas y tanta felicidad en los hombres, Dios nos libre de sospechar que no pudieron engendrar sus hijos sin intervención del torpe apetito.
Con todo eso, al sumo Dios todopoderoso y al Criador sumamente bueno de todas las naturalezas, que ayuda y remunera las buenas voluntades y da de mano y condena las malas, y ordena y dispone de las unas y de las otras, no le faltó traza y consejo como poder cumplir el número determinado de los ciudadanos que tenía él predestinado en su sabiduría para su ciudad, aun del linaje condenado de los hombres; no diferenciándolos por anteriores méritos, supuesto que toda la masa, como en raíz dañada y corrompida, quedó condenada, sino escogiéndolos con su gracia y mostrando a los libertados la merced que les hace, no sólo por el bien de la libertad propia, sino también por la miseria de los no libertados; pues conoce cada uno que ha escapado de los males por la bondad, no debida, sino graciosa, de Dios cuando se ve libre de la compañía de aquellas personas con quienes justamente pudiera padecer la pena. ¿Por qué, pues, no había de criar Dios a los que sabía que habían de pecar, pues podía manifestar en ellos y por ellos lo que merecía su culpa y lo que les concedía su gracia; y siendo El Criador y dispensador, el perverso desorden de los delincuentes no podía pervertir el orden recto del Universo?
CAPITULO XXVII
De los pecadores, así angeles como hombres, cuya perversidad no perturba a la Providencia divina
Por tanto, no pueden practicar acción alguna los pecadores, así los ángeles como los hombres, por la que puedan impedir «las obras grandes de Dios, cuya razón depende de sola su voluntad>, porque el que con su providencia y omnipotencia distribuye a cada cosa lo que le pertenece, no sólo sabe usar bien de los bienes, sino también de los males; y así, usando bien Dios del ángel malo, que por mérito de su primera voluntad mala se condenó, obstinó y endureció de manera que ya no puede tener buena voluntad, ¿por qué razón no había de permitir que tentara al primer hombre, a quien había criado recto, esto es, de buena voluntad? Supuesto que estaba ya dispuesto que si confiaba en la ayuda de Dios, el hombre bueno venciera al ángel malo; y si, agradándose a sí propio con soberbia, dejaba a Dios su Criador y auxiliador, había de ser vencido; teniendo el mérito bueno de la voluntad recta favorecida de Dios, y el malo en la voluntad perversa desamparando a Dios. Y aunque confiar en la ayuda de Dios no le era posible sin la ayuda de Dios, no por eso dejaba de estar en su potestad al apartarse, agradándose a sí propio de estos beneficios de la divina gracia.
Porque así como no está en nuestra mano el vivir en este cuerpo sin la ayuda de los elementos, y está en nuestra potestad no vivir en él, como lo hacen los que se matan, así no estaba en nuestra potestad el vivir bien en el cuerpo sin el favor de Dios, aun en el Paraíso, pero estaba en nuestra facultad el vivir mal, aunque con condición de que no había de permanecer la bienaventuranza, sino que había de sobrevenimos la condigna pena y castigo.
Pues no ignorando Dios esta caída que había de dar el hombre, ¿por qué motivo no le había de dejar tentar por la malicia del ángel envidioso? Y aunque en ningún modo estaba incierto de si había de ser vencido, con todo, preveía ya entonces que este mismo demonio seria vencido por la descendencia del hombre, ayudada de su gracia con mayor gloria de los santos; y así fue que ni a Dios se le escondió cosa alguna futura, ni por su presciencia compelió a pecar a nadie; y maniféstó con la experiencia a la criatura racional, angélica y humana, la diferencia que hay entre la propia presunción de cada uno y entre su defensa y amparo; porque ¿quién se atreverá a creer o decir que no estuvo en la potestad de Dios el que no cayese ni el ángel ni el hombre? Pero más quiso no quitar la libertad a su albedrío, manifestando de esta manera cuánto mal podía traer la soberbia de ellos, y cuánto bien su divina gracia.
CAPITULO XXVIII
De la calidad de las dos ciudades, terrena y celestial
Así que dos amores fundaron dos ciudades; es a saber: la terrena, el amor propio, hasta llegar a menospreciar a Dios, y la celestial, el amor a Dios, hasta llegar al desprecio de sí propio. La primera puso su gloria en sí misma, y la segunda, en el Señor; porque la una busca el honor y gloria de los hombres, y la otra, estima por suma gloria a Dios, testigo de su conciencia; aquélla, estribando en su vanagloria, ensalza su cabeza, y ésta dice a su Dios: «Vos sois mi gloria y el que ensalzáis mi cabeza»; aquélla reina en sus príncipes o en las naciones a quienes sujetó la ambición de reinar; en ésta unos a otros se sirven con caridad: los directores, aconsejando, y los súbditos, obedeciendo; aquélla, en sus poderosos, ama su propio poder; éstá dice a su Dios: «A vos, Señor, tengo de amar, que sois mi virtud y fortaleza»; y por eso, en aquélla, sus sabios, viviendo según el hombre, siguieron los bienes, o de su cuerpo, o de su alma, o los de ambos; y los que pudieron conocer a Dios «no le dieron la gloria como a Dios, ni le fueron, agradecidos, sino que dieron en vanidad con sus imaginaciones y discursos, y quedó en tinieblas su necio corazón; porque, teniéndose por sabios, quedaron tan ignorantes, que trocaron y transfirieron la gloria que se debía a Dios eterno e incorruptible por la semejanza de alguna imagen, no sólo de hombre corruptible, sino también de aves, de bestias y de serpientes»; porque la adoración de tales imágenes y simulacros, o ellos fueron los que la enseñaron a las gentes, o ellos mismos siguieron e imitaron a otros, «y adoraron y sirvieron antes a la criatura que al Criador, que es bendito por los siglos de los siglos». Pero en esta ciudad no hay otra sabiduría humana sino la verdadera piedad y religión con que rectamente se adora al verdadero Dios, esperando por medio de la amable compañía de los santos no sólo de los hombres, sino también de los ángeles, «que sea Dios todo en todos».

CAPITULO XIV
La soberbia de la transgresión fue peor que la misma transgresión
Peor es y mas detestable la soberbia cuando hasta en los pecados manifiestos se pretende la acogida de la excusa, como sucedió en aquellos primeros hombres, entre quienes dijo la mujer: «La serpiente. me engañó y comí»; y el hombre: «La mujer que me diste, ésa me dio del fruto del árbol y comí.» De ninguna manera se acuerdan en este caso de pedir perdón; por ningún motivo piden el remedio y la medicina, porque aunque éstos no niegan, como Caín, el pecado que cometieron, no obstante, la soberbia procura cargar a otro la culpa que ella misma tiene: la soberbia de la mujer a la serpiente y la soberbia del hombre a la mujer. Pero más verdadera es la acusación que no la excusa, cuando manifíestamente quebrantaron el divino precepto, porque no dejaron de pecar porque lo hiciera la mujer a persuasión de la serpiente y el hombre a instancias de la mujer, como sí pudiera haber alguna cosa que se debiera creer o anteponer a Dios.
CAPITULO XV
De la justa paga que recibieron los primeros hombres por su desobediencia
Porque no atendieron al mandato de Dios, que los había criado y había hecho a su imagen y semejanza, que los había designado por superiores y señores de los demás animales, los había colocado en el Paraíso, les había dado salud y abundancia de todas las cosas, que no les cargó de preceptos numerosos, graves y dificultosos, sino que les dio uno solo, y ése compendioso y levísimo, para conservar la obediencia y la subordinación con que les advertía que él era Señor de aquella criatura a quien estaba bien una libre servidumbre, fueron justamente condenados; condenados de tal modo, que el hombre, que si observara puntualmente el mandamiento fuera espiritual aun en la carne, fuese carnal hasta en el espíritu; y pues con su soberbia se había agradado y pagado de sí, por justicia de Dios fuese entregado a sí mismo para que no estuviese, como había pretendido, en omnímoda, absoluta e independiente potestad, sino que, desavenido igualmente consigo mismo, sufriese debajo de aquel con quien se había avenido pecando una dura y miserable esclavitud, en lugar de la libertad que buscó; muriendo voluntariamente en el espíritu, y debiendo de morir contra su voluntad en el cuerpo; y desertor de la vida eterna, fuera condenado a la muerte eterna, si no le libertase la gracia.
Y el que piensa que semejante condenación es excesiva o injusta, sin duda no sabe medir ni tantear la gravedad de la malicia que hubo en el pecado, donde había tanta facilidad en no pecar; porque así como, no sin razón, se celebra por grande la obediencia de Abraham, porque en sacrificar a su hijo le mandaron una acción dificultosísima, así también en el Paraíso tanto mayor fue la desobediencia cuanto más fácil era lo que se les mandaba. Y así como la obediencia del segundo Adán es más celebrada y digna de perpetuarse en los faustos y anales del mundo, porque fue obediente hasta la muerte, así la desobediencia del primero fue más abominable, porque fue desobedecida hasta la muerte.
Porque cuando hay impuesta rigurosa pena a la desobediencia, y lo que manda el Criador es fácil en la ejecución, ¿quién podrá encarecer bastantemente cuán grave maldad sea no obedecer en un precepto tan obvio y a un mandamiento de tan soberana potestad y so pena tan horrible? Y, en efecto, por decirlo en breves palabras, en la pena y castigo de aquel pecado, ¿con qué castigaron o pagaron la desobediencia sino con la desobediencia? ¿Pues qué cosa es la miseria del hombre sino padecer contra sí mismo la desobediencia de sí mismo, y que ya que no quiso lo que pudo, quiera lo que no puede?
Porque aunque en el Paraíso, antes de pecar, no podía todas las cosas, con todo, lo que no podía no lo quería, y por eso podía todo lo que quería; pero ahora, como vemos en su descendencia y lo insinúa la Sagrada Escritura, «el hombre se ha vuelto semejante a la vanidad»; pues ¿quién podrá referir cuánta inmensidad de cosas quiere que no puede, entretanto que él mismo a sí propio no se obedece, esto es, no obedece a la voluntad, el ánimo, ni la carne, que es inferior al ánimo?
Porque, a pesar suyo, muchas veces el ánimo se turba y la carne se duele, envejece y muere, y todo lo demás que padecemos no lo sufriéramos contra nuestra voluntad, si nuestra naturaleza obedeciese completamente a nuestra voluntad; pero, a la verdad, padece algunas cosas la carne que no la dejan servir. ¿Qué importa en lo que esto consiste con tal que por la justicia de Dios, que es el Señor, a quien siendo sus súbditos no quisieron servir, nuestra carne, que fue nuestra súbdita, no sirviéndonos, nos sea molesta? Bien que, nosotros, no sirviendo a Dios, pudimos hacernos molestos a nosotros y no a El; porque no tiene el Señor necesidad de nuestro servicio como nosotros del de nuestro cuerpo, y así es nuestra pena lo que recibimos, no suya; y los dolores que se llaman de la carne, del alma son, aunque en la carne y por la carne.
Porque la carne ¿de qué se duele por sí sola? ¿Qué desea? Cuando decimos que desea o se duele la carne, o es el mismo hombre, como anteriormente dijimos, o alguna parte del alma que excita la pasión carnal, la cual, si es áspera, causa dolor; si suave, deleite; pero el dolor de la carne sólo es una ofensa del alma que procede de la carne, y cierto desavenimiento de su pasión o apetito; como el dolor del alma que llamamos tristeza es un desavenimiento de las cosas que nos suceden contra nuestra voluntad. A la tristeza las más veces precede el miedo, el cual también está en el alma, y no en la carne; pero al dolor de la carne no le precede un miedo de la carne que antes del dolor se sienta en la carne. Al deleite le precede el apetito que se siente en la carne, como un deseo suyo, por ejemplo, el hambre y la sed, y el que en los miembros vergonzosos más comúnmente se llama libido, siendo éste un vocablo general para designar todos los apetitos. Porque aun la ira, dijeron los ántiguos que no era otra cosa que libido, o un apetito de venganza, aunque a veces también el hombre se enfada y enoja con las cosas inanimadas, donde no hay razón alguna de venganza, de manera que de enojo y cólera, porque no escribe bien la pluma, la rompe y arroja. Sin embargo, también esto, aunque menos razonable, es apetito de venganza, y no sé qué, por llamarle así, como sombra de retribución; que los que mal hacen, mal padezcan.
Así pues, hay apetito de venganza qye se llama ira; hay apetito o codicia de poseer, que se llama avaricia; hay apetito o deseo, como quiera, de vencer, que se llama pertinacia; hay apetito y ansia de gloriarse o jactarse, que se llama jactancia; hay muchos y varios apetitos que en idioma latino se dicen libidines, que algunos de ellos tienen asimismo sus voces propias, y otros no las tienen; porque ¿quién podrá fácilmente decir cómo se llama el apetito de dominio y señorío, del cual, no obstante, nos muestra y testifica la funesta experiencia de las guerras civiles, que es muy poderoso y señor absoluto de los corazones y almas de los tiranos?
CAPITULO XVI
De la malicia del apetito, que en latín se llama «libido», cuyo nombre, aunque cuadre a muchos vicios propiamente, se atribuye a los movimientos torpes, y deshonestos del cuerpo
Aunque los apetitos de muchas cosas llámanse en latín libidines, cuando se escribe sólo libido, sin decir a qué páasión se refiere, casi siempre se entiende el apetito carnal; apetito que no sólo se apodera del cuerpo en lo exterior, sino también en lo interior, y conmueve de tal modo a todo el hombre juntando y mezclando al efecto del ánimo con el deseo de la carne, que resulta el mayor de los deleites del cuerpo; de suerte que cuando se llega a su fin, se embota la agudeza y vigilia del entendimiento.
CAPITULO XVII
De la desnudez de los primeros hombres y de cómo, después que pecaron, les pareció torpe y vergonzosa
Con razón nos avergonzamos de este apetito y con razón también los miembros que, por decirlo así, lo alientan o refrenan no del todo a nuestro albedrío, se llaman vergonzosos; lo cual no fueron antes de que pecara el hombre. Porque, como dice la Escritura, «estaban desnudos y no se avergonzaban»; no porque dejasen de ver su desnudez, sino porque ésta no era aún vergonzosa; porque la carne ni movía el deseo contra la razón, ni en manera alguna con su desobediencia daba en rostro al hombre acusándole de la suya.
No crió Dios ciegos a los primeros hombres, como piensa el necio vulgo, porque Adán vio los animales a quienes puso los nombres, y de Eva dice el Evangelio: «Vio la mujer que era buena la fruta del árbol y agradable a la vista.» Tenían, pues, los ojos abiertos, pero no atendían y miraban de manera que conociesen lo que la gracia les encubría, cuando sus miembros ignoraban lo que es desobedecer a la voluntad. Al faltar esta gracia, para que la desobediencia fuese castigada con pena recíproca, hallóse en el movimiento del, cuerpo una desvergonzada novedad, que convirtió en indecente la desnudez y los dejó avergonzados y confusos. De aquí que, después que quebrantaron al descubierto mandamiento de Dios, diga de ellos la Escritura: «Y se abrieron los ojos de entrambos, y conocieron que estaban desnudos y entrelazaron hojas de higuera y se hicieron sendos ceñidores. Abriéronse, dice, los ojos de entrambos, no para ver, porque también antes veían, sino para discernir y conocer el bien que habían perdido y el mal en que habían caído. De aquí que el árbol que daba este conocimiento a los que comían su fruto contra la prohibición del mandamiento tomase el nombre de árbol de la ciencia del bien y del mal; porque con la experiencia de los trabajos que se padecen en la enfermedad apréciase mejor el gusto de la salud.
Conocieron, pues, que estaban desnudos, estándolo, en efecto, de aquella gracia que era la que hacia que ninguna desnudez del cuerpo (porque la ley del pecado no repugnaba a su espíritu) los avergonzase y confundiese. Conocieron, pues, lo que, por fortuna suya, hubieran ignorado si, siendo siempre fieles y obedientes a Dios, no hubieran cometido un pecado que les forzó a tocar y sentir por experiencia el daño que causan la infidelidad y la desobediencia. Confusos, pues, y avergonzados por la desobediencia de su carne, testigo y pena de la suya propia, acomodaron unas hojas de higuera en la forma que algunos traductores latinos llaman campestría, esto es, succintoría, o ceñidores, para cubrirse con ellos. Prefiero la palabra campestría, que es latina, y significa calzón, vestido corto que usaban los jóvenes que se ejercitaban luchando en el campo, cubriendo sus cinturas, y de aquí que a los así ataviados les llame el vulgo, campestratos.
Así pues, lo que en pena de la culpa de desobediencia movía el apetito desobediente contra el fuero de la voluntad, cubríalo con empacho de vergüenza. De aquí que todas las gentes, por descender de aquel tronco, tan cuidadosamente acostumbran a cubrirse de suerte que algunos bárbaros ni aun en los baños se desnudan.
CAPITULO XVIII
Pudor que acompaña al acto de la generación
En el acto mismo de la generación -y no hablo sólo de ciertas uniones carnales que buscan la obscuridad para escapar a la justicia humana, sino también del uso de prostitutas, que la ciudad terrena, al dar su aprobación, lo ha hecho lícito-, aun en este caso permitido e impune, la libido huye la luz y las miradas. Los mismos lupanares tienen por rubor natural una cámara obscura, y así vemos que ha sido más fácil a la impureza eximirse de la prohibición de la ley que a la desvergüenza cerrar el paso al pudor. Los deshonestos llaman deshonestas a sus acciones, y, siendo amadores de ellas, no se atreven a ser ostensores. Y ¿qué diré del concúbito conyugal, que, según la ley de las Tablas matrimoniales, tiene por objeto la procreación de los hijos? ¿No se busca también para él, aunque es lícito y honesto, un lugar secreto y retirado? Y antes de que el esposo comience su juego de caricias, ¿no echa fuera a todos cuantos alguna necesidad permitía su presencia, a los sirvientes y, a los mismos paraninfos? Es verdad que el mayor maestro de la elocuencia romana -como alguien le llama- dice que las cosas bien hechas buscan la luz, es decir, aman ser conocidas; pero esta acción recta apetece ser conocida de una manera muy rara, avergonzándose de ser vista. ¿Quién ignora lo que hacen los esposos entre sí con vistas a la procreación de los hijos y cuál es el objeto de celebrar las bodas con tanta pomposidad? Y, sin embargo, en el acto mismo de la generación no permiten que sean testigos ni los hijos, si tienen ya algunos. El conocimiento de esta acción recta ama de tal manera la luz de los ánimos, que rehuye la de los ojos. Y ¿de dónde nace esto sino de que lo naturalmente honesto va del brazo, aunque por pena con lo vergonzoso?
CAPITULO XIX
Los impulsos de la ira y de la liviandad se mueven tan viciosamente, que es necesario para moderarlos el freno de la razón
Los filósofos que se acercaron más a la verdad confesaron que la ira y el apetito sensual eran dos partes viciosas del alma, porque se mueven tan turbadamente y sin orden, aun en las cosas que la razón no prohíbe, que tienen necesidad del gobierno de la razón, la cual siendo, según dicen, la tercera parte del alma, está puesta en lugar preeminente para regir a aquellas dos partes, a fin de que, mandando la razón y obedeciendo la ira y la liviandad, pueda conservar el hombre en todas las partes de su alma la justicia.
Las citadas partes, pues que, según dichos filósofos, aun en el hombre sabio y templado son viciosas, para que la razón las refrene y desvíe, apartándolas de las cosas a que injustamente se mueven o las suelte para las que permite y concede la ley de la sabiduría, como es la ira para ejercer el justo castigo, y el apetito sexual para la propagación de la especie humana; las citadas partes, repito, no eran viciosas en el Paraíso antes del pecado, porque no se inclinaban a cosa contraria a la recta voluntad que exigiera contenerlas con el freno de la recta razón. El moverse ahora de modo que los que viven honesta, justa y santamente las gobiernan a veces con facilidad, y otras con dificultad las repriman y refrenen, no es, sin duda, salud propia de la naturaleza, sino enfermedad que procede de la culpa.
Si los actos que provienen de la ira y de los demás afectos (consistan en palabras o en obras) no procura la vergüenza encubrirlos y esconderlos, como hace con los qué proceden del apetito sensual, débese a que los miembros del cuerpo que se emplean en la ejecución de aquellos no dependen en sus movimientos de las pasiones, sino de la voluntad, que es quien los domina. Porque el que enojado y con cólera dice alguna palabra ofensiva o hiere a otro, no pudiera hacer tales cosas si la voluntad no moviera la lengua o las manos, miembros a quienes también mueve la voluntad, aun cuando no haya ira o cólera alguna.
Pero respecto de la pasión carnal, de tal manera está apoderado de ellos el apetito sensual, que sólo obedecen a la excitación de éste, sea espontánea o estimulada. Esto es lo que da vergüenza y lo que ruboriza a quien lo ve, y por ello prefiere el hombre, cuando se enoja injustamente con otro, que le miren cuantos quieran, a que le vea alguno cuando, conforme a la razón, condesciende con la pasión de la carne.
CAPITULO XX
De la vanísima torpeza de los cínicos
La antedicha razón no la tuvieron presente los filósofos caninos, es decir, los cínicos, al defender la opinión bestial encaminada a suprimir el pudor. El pudor natural, sin embargo, ha podido más que esta opinión. Porque aun cuando han escrito que hizo Diógenes con arrogancia, gloriándose de ello y pensando que sería su secta más famosa si quedara arraigada en la memoria de las gentes esta famosa desvergüenza suya, con todo, después desistieron de esto los cínicos, y más pudo en ellos la vergüenza y el respeto que mutuamente se deben los hombres, que el error y el disparate con que los hombres afectaban ser semejantes a los perros.
Ahora también vemos, filósofos cínicos, porque lo son todos los que no sólo visten el palio, sino llevan también su báculo; pero ninguno se atreve a hacer tal cosa, porque si alguno se atreviera, no diré que le apedrearan, sino que, por lo menos, a puro escupirle, le echaran del mundo.
Así pues, la naturaleza humana se avergüenza, y con razón, de este apetito torpe que sujeta la carne a su albedrío, apartándola de la jurisdicción de la voluntad, y esta desobediencia prueba claramente el pago que se dio a la desobediencia del primer hombre.
CAPITULO XXI
De la bendición que echó Dios al hombre antes del pecado para que creciese y se multiplicara, no destruida por la prevaricación
No creamos en manera alguna que los dos casados que estuvieron en el Paraíso habrían de cumplir por medio de este apetito sensual lo que en su bendición les dijo Dios: «»Creced y multiplicaos y henchid la tierra», porque este torpe apetito nació después del pecado, y después del pecado, la naturaleza, que no es dcshonesta, al perder la potestad y jurisdicción bajo la cual el cuerpo en todas sus partes le obedecía y servía, echó de ver este apetito, lo consideró, se avergonzó y lo cubrió.
Pero la bendición del matrimonio para que los casados creciesen, se multiplicaran y llenaran la tierra, aunque quedó también para los delincuentes, siendo anterior a su falta, quedó para que se conociese que la generación de los hijos es cosa que toca a la honra del matrimonio, y no a la pena del pecado.
Algunos que ignoran, sin duda, la felicidad que hubo en el Paraíso, creen que en él Adán y Eva no tuvieron hijos.
Otros no aceptan totalmente la Divina Escritura, donde se lee que, después del pecado, se avergonzaron de verse desnudos, y cómo infieles, se ríen de ella. Otros, aunque aceptan y honran la Escritura, no quieren, sin embargo, que se entienda la frase «creced y multiplicaos» en el sentido de la multiplicación de la carne, porque encuentran otra que se refiere a la multiplicación del espíritu: «Multiplicarás y acrecentarás en mi alma la virtud y fortaleza»; y en lo que continúa diciendo el Génesis: «Y henchid la tierra y sed señores de ella», entienden que la palabra tierra quiere decir el cuerpo que anima el, alma con su presencia, y le domina y sujeta cuando las virtudes se multiplican en ella. Pero añaden que los hijos carnales ni aun entonces los pudieron engendrar, como tampoco ahora pueden, sin el torpe apetito que nació, se vio, se confundió y se cubrió después del pecado; y que dentro del Paraíso no tuvieron hijos, sino fuera de él, como así sucedió; porque después que los echaron de allí los engendraron.
CAPITULO XXII
Cómo Dios ordenó y bendijo el matrimonio
Pero en manera alguna dudamos nosotros que el crecer y multiplicar y henchir la tierra conforme a la bendición de Dios es don del matrimonio que instituyó Dios desde el principio, antes del pecado, cuando crió al varón y la mujer, cuya diferencia clara y evidentemente se halla en la carne, pues a esta obra que hizo Dios fue a la que también echó su bendición, según dice la Escritura: «Hízolos Dios varón y mujer», e inmediatamente añade: «Y bendíjolos Dios, diciendo: creced y multiplicaos, y henchid la tierra, y sed señores de ella», etc.
Aunque todo esto pueda entenderse en un sentido espiritual, sin embargo, no puede decirse que las palabras varón y mujer deban aplicarse a dos cosas que se encuentran en un solo hombre, con pretexto de que dentro de él una cosa es la que gobierna y otra la gobernada; sino, como evidentemente se echa de ver en cuerpos de diferente sexo, los crió Dios, varón y mujer para que, engendrando hijos, creciesen y se multiplicasen y llenaran la tierra.
El empeño en contradecir sentido tan claro es grandísimo disparate; porque ni del espíritu que manda, ni de la carne que obedece, o del animal racional que rige y del apetito irracional que es regido, o de la virtud contemplativa, que es preeminente, y de la activa, que es inferior, o de la razón del alma y del sentido del cuerpo, sino claramente del vínculo del matrimonio a que se obliga y sujeta uno y otro sexo, hablaba el Señor cuando, preguntado si era lícito por cualquier causa despedir la mujer, porque Moisés, atendiendo a la dureza de corazón de los israelitas, les permitió repudiarla, contestó: «¿No habéis leído que el que los crió al principio los crió varón y mujer, y dijo: Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se juntará con su mujer, y los dos serán una misma carne? No son, pues, ya dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre.»
Es, pues, indudable que desde el principio fueron creados los dos sexos en dos seres distintos, como ahora existen, y que se les llama un solo hombre o por la unión del matrimonio o a causa del origen de la mujer, formada del costado del hombre; origen que aprovecha el Apóstol para recomendar que los hombres amen a sus mujeres.
CAPITULO XXIII
Si Adán y Eva hubiesen tenido hijos en el Paraíso, en el caso de no pecar
Los que defienden que Adán y Eva no engendraran hijos si no pecaran ¿defienden acaso otra cosa sino que, para aumentar el número de los santos, era necesario el pecado del hombre? Porque si no podían engendrar sino pecando, y si no engendraban quedaban solos, para que hubiese no ya dos hombres, sino muchos, era necesario el pecado. Imposible es defender este absurdo. ¿No es mejor creer que el número de los santos necesario para poblar aquella bienaventurada ciudad fuera tan grande, aunque nadie hubiese pecado, como lo es ahora que la gracia de Dios los elige entre la multitud de pecadores, mientras los hijos de este siglo son engendrados y engendran?
Así pues, si el primer matrimonio digno de la felicidad del Paraíso no hubiese pecado, tuviera descendencia digna de su amor, y no apetito que lo avergonzara.
CAPITULO XXIV
La voluntad y los órganos de la generación en el Paraíso
1. Allí el hombre seminaria y la mujer recibiría el semen cuando y cuanto fuere necesario, siendo los organos de la generación movidos por la voluntad, no excitados por la libido. Porque no movemos solamente a nuestro antojo los miembros articulados con huesos, como los pies, las manos y los dedos, sino también movemos los compuestos de nervios fláccidos agitándolos y los enderezamos encogiéndolos a nuestro capricho. Así hacemos con los miembros de la boca y de la cara, que los mueve la voluntad como le place. Los pulmones, que son las vísceras más blandas, exceptuadas las medulas, y por eso resguardadas por la caja torácica para respirar y aspirar y para emitir o modificar la voz, sirven como fuelles de órgano, a la voluntad del que sopla, respira, habla, grita o canta. Y no me detengo a decir que a algunos animales les es natural e innato mover, cuando sienten alguna molestia sobre el cuerpo, solamente la piel que cubre el lugar en que la sienten, y espantan con el temblor de su piel no sólo las moscas que se les posan encima, sino también los aguijones que les clavan. Y porque el hombre no pueda hacer esto, ¿hemos de decir que el Creador no pudo dar esa facultad a los vivientes que quiso? Luego al hombre le fue también posible tener sujetos los miembros inferiores, facultad que perdió por su desobediencia, ya que para Dios fue fácil crearlo de manera que los miembros de su carne, que ahora únicamente son movidos por la libido, los moviera sólo la voluntad.
2. Conocidas nos son las naturalezas de algunos hombres, distintas de los demás y admirables por lo raras, que hacen con su cuerpo a placer cosas que otros no pueden hacer y que, oídas, apenas las creen. Hay quienes mueven las dos orejas a la vez o por separado; y otros que, sin mover la cabeza, echan sobre su frente la cabellera y la retiran cuando les place. Hay otros que, comprimiendo un poco los diafragmas, sacan como de una bolsa lo que quieren de la infinidad y variedad de cosas que han engullido. Otros hay que imitan y expresan tan a la perfección el canto de las aves y las voces de las bestias y de otros hombres, que, sino se les ve, es imposible distinguirlos. No faltan algunos que, sin fetidez, emiten por el fondo sonidos tan armoniosos, que se diría que cantan por esa boca. Yo mismo he visto sudar a un hombre cuando quería, y a nadie se le oculta que hay algunos que lloran cuando quieren y se anegan en un mar de lágrimas. Pero es mucho más increíble un hecho sucedido hace poco y del que fueron testigos muchos hermanos nuestros. En una parroquia de la iglesia de Calama había un presbítero llamado Restituto, que, cuando le placía (solían pedir que hiciera esto quienes deseaban ser testigos presenciales de la maravilla), al oír voces que imitaban el lamento de un hombre, se enajenaba de sus sentidos y yacía tendido en tierra tan semejante a un muerto, que no sólo no sentía los toques y los pinchazos, sino que a veces era quemado con fuego sin sentir dolor, hasta más tarde y por efecto de la herida. Y prueba de que su cuerpo no se movía, no porque él lo aguantaba, sino porque no sentía, era que no daba señal alguna de respiración, como un muerto. Sin embargo, contaba después que, cuando hablaban más alto los concurrentes, oía voces como a lo lejos.
Si, pues, en la presente vida grávida de pesares por la carne corruptible, hay personas a las que obedece el cuerpo de modo maravilloso y extraordinario en muchas mociones y afecciones, ¿por qué no creemos que, antes de la desobediencia y de la corrupción, los miembros del hombre pudieron servir a la voluntad sin ninguna libido en lo relativo a la generación? El hombre fue abandonado a sí mismo porque abandonó a Dios, complaciéndose en sí mismo, y, no obedeciendo a Dios, no pudo obedecerse a sí mismo. Su más palmaria miseria procede de allí, y consiste en no vivir como quiere. Es cierto que, si viviera a su capricho, se juzgaría feliz; pero en realidad no lo sería si viviera torpemente.
CAPITULO XXV
De la verdadera bienaventuranza, la cual no se consigue en la vida temporal
Si lo consideramos con madura reflexión, ninguno sino el que es feliz vive como quiere, y ninguno es bienaventurado sino el justo; y ni aun el mismo justo vive como quiere, si no llega a donde nunca pueda morir, padecer engaño ni ofensa, y le conste y esté asegurado de que siempre sera así; porque esto lo apetece y desea la naturaleza, y no será perfectamente cumplida y bienaventurada si no es consiguiendo lo que apetece.
Mas ahora, ¿qué hombre hay que pueda vivir como quiere, cuando el mismo vivir no está en su mano? Porque él quiere vivir, y es indispensable que muera, ¿ha de vivir como quiera el que no vive todo lo que quiere? Y si quisiese morir, ¿cómo ha de vivir a su gusto el que no quiere vivir? Y si acaso quiere morir, no porque no quiere vivir, sino por vivir mejor después de la muerte, aun así no vive como quiere, sino cuando llegare, muriendo, a lo que quiere.
Pero demos que viva como quiere, porque se hizo fuerza y mandó a sí mismo el no querer lo que no puede y querer lo que puede, como lo dice Terencio: «Supuesto que no puedes hacer lo que quieres, ¿te importa querer lo que puedes?; ¿acaso será bienaventurado, porque con paciencia sufra su miseria? Porque la vida no es bienaventurada si no es la que se desea; y si se ama y posee, es necesario que se ame con mayor afecto que a todo lo demás, pues por ésta se debe desear todo lo demas que se ama; y si se ama tanto cuanto merece ser amada (pues no es bienaventurado el que no ama la vida bienaventurada, cual ella merece), no puede ser que el que así la ama no quiera que sea eterna. Luego será bienaventurada cuando fuere eterna.»
CAPITULO XXVI
Que se debe creer que la felicidad de los que vivían en el Paraíso pudo cumplir el débito matrimonial sin el apetito vergonzoso
Así que vivía el hombre en el Paraíso como quería, entretanto que quería lo que Dios mandaba; vivía gozando de Dios, con cuyo bien era bueno; vivía sin mengua o necesidad de cosa alguna, y así tenía en su potestad el poder vivir siempre. Abundaba la comida porque no tuviese hambre, la bebida porque no tuviese sed. Tenía a mano el árbol de la vida porque no le menoscabase la senectud, ni había género de corrupción en su cuerpo, ni por el cuerpo sentía alguna especie de molestia, no había enfermedad alguna, en lo interior ni en lo exterior tenía herida alguna, gozaba de perfecta salud en el cuerpo y de cumplida tranquilidad y paz en el alma; y así como en el Paraíso no hacía frío ni calor, así para los que en él vivían no había objeto que, por deseado o temido, alterase su buena voluntad. No había cosa melancólica y triste, nada vanamente alegre. El verdadero gozo se iba perpetuando con la asistencia de Dios, a quien amaban con ardiente caridad, con corazón puro, con ciencia buena y fe no fingida, y entre los casados se conservaba fielmente la sociedad indisoluble por medio del amor casto. Había una concorde vigilancia del alma y del cuerpo y una observancia exacta del divino precepto, sin fatiga. No existía cansancio que molestase al ocio, ni sueño que oprimiese contra la voluntad.
Donde había tanta comodidad en las cosas y tanta felicidad en los hombres, Dios nos libre de sospechar que no pudieron engendrar sus hijos sin intervención del torpe apetito.
Con todo eso, al sumo Dios todopoderoso y al Criador sumamente bueno de todas las naturalezas, que ayuda y remunera las buenas voluntades y da de mano y condena las malas, y ordena y dispone de las unas y de las otras, no le faltó traza y consejo como poder cumplir el número determinado de los ciudadanos que tenía él predestinado en su sabiduría para su ciudad, aun del linaje condenado de los hombres; no diferenciándolos por anteriores méritos, supuesto que toda la masa, como en raíz dañada y corrompida, quedó condenada, sino escogiéndolos con su gracia y mostrando a los libertados la merced que les hace, no sólo por el bien de la libertad propia, sino también por la miseria de los no libertados; pues conoce cada uno que ha escapado de los males por la bondad, no debida, sino graciosa, de Dios cuando se ve libre de la compañía de aquellas personas con quienes justamente pudiera padecer la pena. ¿Por qué, pues, no había de criar Dios a los que sabía que habían de pecar, pues podía manifestar en ellos y por ellos lo que merecía su culpa y lo que les concedía su gracia; y siendo El Criador y dispensador, el perverso desorden de los delincuentes no podía pervertir el orden recto del Universo?
CAPITULO XXVII
De los pecadores, así angeles como hombres, cuya perversidad no perturba a la Providencia divina
Por tanto, no pueden practicar acción alguna los pecadores, así los ángeles como los hombres, por la que puedan impedir «las obras grandes de Dios, cuya razón depende de sola su voluntad>, porque el que con su providencia y omnipotencia distribuye a cada cosa lo que le pertenece, no sólo sabe usar bien de los bienes, sino también de los males; y así, usando bien Dios del ángel malo, que por mérito de su primera voluntad mala se condenó, obstinó y endureció de manera que ya no puede tener buena voluntad, ¿por qué razón no había de permitir que tentara al primer hombre, a quien había criado recto, esto es, de buena voluntad? Supuesto que estaba ya dispuesto que si confiaba en la ayuda de Dios, el hombre bueno venciera al ángel malo; y si, agradándose a sí propio con soberbia, dejaba a Dios su Criador y auxiliador, había de ser vencido; teniendo el mérito bueno de la voluntad recta favorecida de Dios, y el malo en la voluntad perversa desamparando a Dios. Y aunque confiar en la ayuda de Dios no le era posible sin la ayuda de Dios, no por eso dejaba de estar en su potestad al apartarse, agradándose a sí propio de estos beneficios de la divina gracia.
Porque así como no está en nuestra mano el vivir en este cuerpo sin la ayuda de los elementos, y está en nuestra potestad no vivir en él, como lo hacen los que se matan, así no estaba en nuestra potestad el vivir bien en el cuerpo sin el favor de Dios, aun en el Paraíso, pero estaba en nuestra facultad el vivir mal, aunque con condición de que no había de permanecer la bienaventuranza, sino que había de sobrevenimos la condigna pena y castigo.
Pues no ignorando Dios esta caída que había de dar el hombre, ¿por qué motivo no le había de dejar tentar por la malicia del ángel envidioso? Y aunque en ningún modo estaba incierto de si había de ser vencido, con todo, preveía ya entonces que este mismo demonio seria vencido por la descendencia del hombre, ayudada de su gracia con mayor gloria de los santos; y así fue que ni a Dios se le escondió cosa alguna futura, ni por su presciencia compelió a pecar a nadie; y maniféstó con la experiencia a la criatura racional, angélica y humana, la diferencia que hay entre la propia presunción de cada uno y entre su defensa y amparo; porque ¿quién se atreverá a creer o decir que no estuvo en la potestad de Dios el que no cayese ni el ángel ni el hombre? Pero más quiso no quitar la libertad a su albedrío, manifestando de esta manera cuánto mal podía traer la soberbia de ellos, y cuánto bien su divina gracia.
CAPITULO XXVIII
De la calidad de las dos ciudades, terrena y celestial
Así que dos amores fundaron dos ciudades; es a saber: la terrena, el amor propio, hasta llegar a menospreciar a Dios, y la celestial, el amor a Dios, hasta llegar al desprecio de sí propio. La primera puso su gloria en sí misma, y la segunda, en el Señor; porque la una busca el honor y gloria de los hombres, y la otra, estima por suma gloria a Dios, testigo de su conciencia; aquélla, estribando en su vanagloria, ensalza su cabeza, y ésta dice a su Dios: «Vos sois mi gloria y el que ensalzáis mi cabeza»; aquélla reina en sus príncipes o en las naciones a quienes sujetó la ambición de reinar; en ésta unos a otros se sirven con caridad: los directores, aconsejando, y los súbditos, obedeciendo; aquélla, en sus poderosos, ama su propio poder; éstá dice a su Dios: «A vos, Señor, tengo de amar, que sois mi virtud y fortaleza»; y por eso, en aquélla, sus sabios, viviendo según el hombre, siguieron los bienes, o de su cuerpo, o de su alma, o los de ambos; y los que pudieron conocer a Dios «no le dieron la gloria como a Dios, ni le fueron, agradecidos, sino que dieron en vanidad con sus imaginaciones y discursos, y quedó en tinieblas su necio corazón; porque, teniéndose por sabios, quedaron tan ignorantes, que trocaron y transfirieron la gloria que se debía a Dios eterno e incorruptible por la semejanza de alguna imagen, no sólo de hombre corruptible, sino también de aves, de bestias y de serpientes»; porque la adoración de tales imágenes y simulacros, o ellos fueron los que la enseñaron a las gentes, o ellos mismos siguieron e imitaron a otros, «y adoraron y sirvieron antes a la criatura que al Criador, que es bendito por los siglos de los siglos». Pero en esta ciudad no hay otra sabiduría humana sino la verdadera piedad y religión con que rectamente se adora al verdadero Dios, esperando por medio de la amable compañía de los santos no sólo de los hombres, sino también de los ángeles, «que sea Dios todo en todos».

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