"Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo" ( Efesios 4:11-12)
lunes, 10 de septiembre de 2012
De las perturbaciones del ánimo, cuyas afecciones son rectas en el de los justos
San Agustin
CAPITULO IX
De las perturbaciones del ánimo, cuyas afecciones son rectas en el de los justos
Pero a estos filósofos, respecto a la cuestión sobre, las perturbaciones del ánimo, ya les, respondimos cumplidamente en el libro IX de esta obra, manifestando cómo ellos disputaban, no tanto sobre las cosas como sobre las palabras, mostrándose más aficionados a disputar y porfiar ridículamente que a investigar la raíz de la verdad; pero entre nosotros (conforme a lo que dicta la Sagrada Escritura y la doctrina sana), los ciudadanos de la ciudad santa de Dios, que en la peregrinación de la vida mortal viven según Dios, éstos, digo, temen, desean, se duelen y alegran.
Y por cuanto su amor o voluntad es recta e irreprensible, todas estas afecciones las poseen también rectas, temen el castigo eterno, duélense verdaderamente por lo que sufren: «Porque ellos aquí entre sí mismos gimen y suspiran, para que se verifique en ellos la adopción, esperando la redención e inmortalidad de su cuerpo, alégranse por la esperanza», «porque se cumplirá ciertamente lo que está escrito en caracteres indelebles, que la muerte quedará absorbida y vencida por el triunfo y victoria de Jesucristo».
Asimismo temen pecar y ofender a la Majestad Divina; desean perseverar en la gracia, duélense de los pecados cometidos y se alegran de las buenas obras; pues para que teman el caer en la culpa les dice el Salvador: «Que crecerá tanto la iniquidad, que se entibiará la caridad de muchos»; y para que deseen perseverar, les dice: «El que perseverase hasta el fin, se salvara.»
Para que se duelan de los pecados, les advierte San Juan: «Si dijésemos que no tenemos pecado, nosotros mismos nos alucinamos y engañamos, y no hay verdad en nosotros.»
Para que se llenen de gozo por las buenas obras, les certifica San Pablo: «Que ama Dios al que da lo que da con alegría y de buena voluntad»; y asimismo, según son débiles o fuertes, temen o apetecen las tentaciones; porque, para temerías, oyen: «Si alguno -dice el Apóstol- cayere en algún crimen, vosotros, los que sois más espirituales, mirad por él, procurando levantarle con espíritu de mansedumbre, considerando cada uno en sí mismo que puede también precipitarse en el abismo del pecado»; y para desearías, oyen que dice un varón fuerte de la Ciudad de Dios, esto es, el real profeta David: «Pruébame, Señor, y tiéntame, abrasa y consume mis entrañas y mi corazón.» Para que se duelan en ellas advierten cómo llora amargamente San Pedro; para que se alegren de ellas, escuchan, como dice Santiago: «Estimad por sumo contento cuando os vieseis afligidos de varias tentaciones.»
Y no sólo por sí propios se mueven con estos afectos, sino también por las personas que desean eficazmente se salven y temen se pierdan, sienten entrañablemente si se pierden y se alegran sobremanera si se salvan, porque tienen puestos los ojos en aquel santo y fuerte varón que se gloria en sus dolores y aflicciones (para citar nosotros que hemos venido a la Iglesia de Jesucristo de en medio de los gentiles a aquel que es doctor de las gentes en la fe y la verdad, que trabajó más que todos sus compañeros los apóstoles y con más epístolas instruyó al pueblo de Dios, no sólo a los que tenía presentes, sino también a los que preveía que habían de venir), porque tenían, digo, puestos los ojos en aquel San Pablo, campeón y atleta de Jesucristo, enseñado e instruido por el mismo Salvador, ungido por El, crucificado con El, glorioso y triunfante en El; a quien en el teatro de este mundo, donde vino a ser «espectáculo de los ángeles y de los hombres», miramos con satisfacción y con los ojos de la fe, luchando el gran combate, «corriendo en busca de la palma y gloria de la soberana vocación y caminando siempre adelante», viéndole cómo «se alegra con los alegres y llora con los que lloran», «cómo fuera padece persecuciones y dentro temores», deseando «apartarse ya de su cuerpo y hallarse con Cristo» con ansia de ver «a los romanos por tener algún fruto en ellos como en las demás gentes», «estimulando a los corintios y temiendo con el mismo celo que no les engañen y desvíen sus almas de la fe y pureza que deben a Cristo, teniendo «una gran tristeza y continuo dolor de corazón por los israelita», porque «ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer la suya, no estaban sujetos a la justicia de Dios», y no sólo manifestando su dolor, sino «también sus lágrimas por algunos que habían pecado y no habían hecho penitencia de sus deshonestidades y fornicaciones».
Si estos movimientos y afectos que proceden del amor del bien y de una caridad santa se deben llamar vicios, permitamos asimismo que a los verdaderos vicios los llamen virtudes; pero siguiendo estas afecciones a la buena y recta razón, cuando se aplican donde conviene, ¿quién se atreverá a llamarlas en este caso flaquezas o pasiones viciosas? Por lo cual el mismo Señor, queriendo pasar la vida humana en forma y figura de siervo, pero sin tener pecado, usó también de ellas cuando le pareció conveniente, porque de ningún modo en el que tenía verdadero cuerpo de hombre y verdadera alma de hombre era falso el afecto humano.
Cuando se refiere del Redentor en el Evangelio «que se entristeció con enojo por la dureza del corazón de los judíos», y cuando dijo: «Me alegro por causa de vosotros, para que creáis», cuando habiendo de resucitar a Lázaro lloró, cuando deseó comer la Pascua con sus discípulos, cuando acercándose su pasión estuvo triste su alma hasta la muerte, sin duda que esto no se refiere con mentira; pero el Señor, por cumplir seguramente con el misterio de la Encarnación, admitió estos movimientos y extrañas impresiones con ánimo humano cuando quiso; así como cuando fue su divina voluntad se hizo hombre.
Por eso no puede negarse que, aun cuando tengamos estos afectos rectos, y según Dios, son de esta vida y no de la futura que esperamos, y muchas veces nos rendimos a ellos, aunque contra nuestra voluntad. Así que, en algunas ocasiones, aunque nos movamos no con pasión culpable, sino con amor y caridad loable; aun cuando no queremos, lloramos. Los tenemos, pues, por flaqueza de la condición humana, pero no los tuvo así Cristo Señor nuestro, cuya flaqueza estuvo también en su mano y omnipotencia. Pero entre tanto que conducimos con nosotros mismos la humana debilidad de la vida mortal, si carecemos totalmente de afectos, por el mismo hecho es prueba de que vivimos bien; porque el Apóstol reprendía y abominaba de algunos, diciendo de ellos que no tenían afecto.
También culpó el real profeta a aquellos de quienes dijo: «Esperé quien me hiciera compañía en mi tristeza, y no hubo uno solo.» Porque no dolerse del todo mientras vivimos en la mortal miseria, como lo manifestó también uno de los filósofos de este siglo: «No puede acontecer sino que el ánimo esté dominado de fiera crueldad y el cuerpo de insensibilidad.» Por lo cual, aquella que en griego se llama apatía, y si pudiese ser en latín se diría impasibilidad (porque sucede en el ánimo y no en el cuerpo), si la hemos de entender por vivir sin los afectos y pasiones que se rebelan contra la razón y perturban el alma, sin duda que es buena y que principalmente debe desearse; pero tampoco se halla ésta en la vida actual, porque no son de cualesquiera, sino de los muy piadosos, justos y santos aquellas palabras: «Si dijéremos que no tenemos pecado, a nosotros mismos nos engañamos, y no se halla verdad en nosotros.»
Habrá, por consiguiente, apatía o impasibilidad cuando no haya pecado en el hombre; pero al presente bastante bien se vive si se vive sin pecado que sea grave; y el que piensa que vive sin pecado, lo que consigue es no carecer de pecado, sino más bien no alcanzar perdón. Y si ha de decirse apatía o impasibilidad cuando totalmente en el ánimo no puede haber algún afecto, ¿quién no dirá que esta insensibilidad es peor que todos los vicios?
Por eso, sin que sea absurdo, puede decirse que en la perfecta bienaventuranza no ha de haber estimulo o vestigio de temor o de tristeza; pero que no haya de haber en la celestial patria amor y alegría, ¿quién lo puede decir sino el que estuviere del todo ajeno de la verdad? Mas si es apatía o impasibilidad no tener miedo alguno que nos espante, ni dolor que nos aflija, la debemos huir en esta vida, si queremos vivir rectamente, esto es, según Dios; y sólo en la bienaventurada la podemos esperar. Porque el temor de quien dice el apóstol San Juan: «En la caridad no hay temor, antes la caridad perfecta echa fuera el temor, porque va acompañado de pena y de tristeza, y el que teme no ha llegado a la perfección de la caridad», no es ciertamente de la calidad de aquel con que temía el Apóstol San Pablo que los corintios fuesen seducidos y engañados con alguna infernal astucia, porque este temor no sólo le hay en la caridad, sino que sólo le hay en la caridad. El temor que no se halla en la caridad es aquel del que dijo el mismo apóstol San Pablo: «No habéis vuelto a recibir espíritu de servidumbre y temor.» El temor casto y santo «que permanece en los siglos de los siglos», si es que ha de existir también en el otro siglo (porque cómo puede entenderse de otra manera que permanece en los siglos de los siglos), no es temor que nos refrena y aparta del mal que puede acontecer, sino que persevera en el bien que no puede perderse, porque donde hay amor inmutable del bien conseguido, sin duda, si puede decirse así, seguro está el temor de que ha de guardarse del mal.
Con el nombre de temor casto se nos significa aquella voluntad con que será necesario que no queramos ya pecar, y que nos guardemos de pecado, no porque temamos que nuestra flaqueza nos induzca al pecado, sino por la tranquilidad con que la caridad evitará el pecado, y no ha de haber temor de ninguna especie en aquella cierta seguridad de los perpetuos y bienaventurados gozos y alegrías. Así se dijo: El temor casto y santo «que permanece perdurable en los siglos de los siglos», como se dijo: «La paciencia de los pobres no perecerá eternamente», porque la paciencia no ha de ser eterna, supuesto que no es necesaria sino donde se hayan de padecer trabajos, mientras que será eterna la felicidad adonde se llega por la tolerancia. Por eso se dijo que el temor santo permanece y dura por los siglos de los siglos, porque permanecerá aquello adonde nos conduce el mismo temor.
Y siendo esto cierto, ya que hemos de vivir una vida recta e irreprensible para llegar con ella a la bienaventuranza, todos estos afectos los tiene rectos la vida justificada, y la perversa, perversos.
La vida bienaventurada y la que será eterna tendrá amor y gozo no sólo recto, sino también cierto, y no tendrá temor ni dolor, por donde se deja entender y se nos descubre con toda evidencia cuáles deben ser en esta peregrinación los ciudadanos de la Ciudad de Dios, que viven según el espíritu y no según la carne, esto es, según Dios y no según el hombre, y cuáles serán en aquella inmortalidad adonde caminan, porque la ciudad, esto es, la sociedad de los impíos que viven según el hombre y no según Dios, y que en el mismo culto falso y en el desprecio del verdadero Dios siguen las doctrinas de los hombres o de los demonios, padece los combates de estos perversos afectos como malignas enfermedades y turbaciones del ánimo, y si hay algunos ciudadanos en ella que parece templan y moderan semejantes movimientos, la arrogante impiedad los ensoberbece de manera que por lo mismo es en ellos mayor la vanidad, cuanto son menores los dolores.
Y si algunos, con una vanidad tanto más intensa cuanto más rara, han pretendido y deseado que ningún afecto los levante ni engrandezca, y que ninguno los abata y humille, más bien con esto han venido a perder toda humanidad que llegado a conseguir la verdadera tranquilidad, pues no porque alguna materia esté dura, está recta, o lo que está insensible está sano.
CAPITULO X
Si es creíble que los primeros hombres en el Paraíso, antes que pecaran, no sintieron pasión o perturbación alguna
Muy a propósito se pregunta si el primer hombre o las primeras personas (porque entre dos fue la unión del matrimonio) tenían estos afectos y pasiones en el cuerpo animal antes del pecado, cuales no los hemos de tener en el cuerpo espiritual después de purificado y consumado todo pecado; que si los tenían, ¿cómo eran tan bienaventurados en aquel famoso sitio de bienaventuranza, esto es, en el Paraíso? ¿Y quién absolutamente se puede llamar bienaventurado que sienta temor o dolor? ¿Y de qué podían temerse o dolerse aquellos hombres colmados de tantos bienes, donde ni temían a la muerte, ni alguna mala disposición del cuerpo, ni les faltaba cosa que pudiese alcanzar la buena voluntad, ni tenían cosa que ofendiese a la carne o al espíritu del hombre en aquella dichosa vida? Había en ellos amor imperturbable para con Dios, y entre sí los casados guardaban fiel y sinceramente el matrimonio, y de este amor resultaba inexplicable gozo, sin faltarles cosa alguna de las que amaban y deseaban para gozarlo. Había una apacible y tranquila aversión al pecado, con cuya perseverancia por ningún otro extremo les sobrevenía mal alguno que les entristeciese ¿Acaso dirá alguno que deseaban tomar el árbol cuya fruta les estaba prohibido comer, pero temían morir y, según esto, ya el deseo, ya el miedo, inquietaba a aquellos espíritus en aquel delicioso jardín?
Líbrenos Dios de imaginar que hubiera cosa semejante donde no había género de pecado; porque no deja de ser pecado desear lo que prohíbe la ley de Dios, y abstenerse de ello por temor de la pena y no por amor a la justicia. Dios nos libre, digo, que antes de haber pecado alguno cometiesen ya el de hacer con el árbol de la fruta prohibida lo que de la mujer dice el Señor: «Que el que mira a la mujer para desearla, ya peca con ello en su corazón.»
Así pues, tan felices fueron los primeros hombres sin padecer perturbación alguna de ánimo y sin sufrir incomodidad alguna en el cuerpo, tan dichosa fuera la sociedad humana si ni ellos cometieran el mal que traspasaron. a sus descendientes, ni alguno de sus sucesores cometiese pecado alguno por donde mereciera ser condenado; permaneciendo esta felicidad hasta que por aquella bendición de Dios: «Creced y multiplicaos» se llenara el número de los santos predestinados y consiguieran otra mayor, cual se les dio a los bienaventurados ángeles, donde tuvieran seguridad cierta de que ninguno había de pecar ni a había de morir; y fuera tal la vida de los santos sin haber sabido qué cosa era trabajo o dolor ni muerte, cual será después la experiencia de todas estas cosas en la incorrupción e inmortalidad de los cuerpos, luego que hubieren resucitado los muertos.
CAPITULO XI
De la caída del primer hombre, en quien crió Dios buena la naturaleza, y viciada no la pudo reparar sino su autor
Porque Dios prevé y sabe todas las cosas, por eso no pudo ignorar que el hombre también había de pecar, y como el Señor lo previó y dispuso, debemos hablar de la Ciudad Santa según su presciencia y no según lo que no pudo llegar a nuestra noticia, afirmar que no estuvo en la previsión de Dios. Porque de ningún modo pudo el hombre con su pecado perturbar el divino consejo, como obligando a Dios a mudar lo que había determinado, habiendo previsto Dios, con su presciencia lo uno y lo otro, esto es, cuán malo, había de ser el hombre a quien crió bueno, y lo bueno que aún así había de hacer de él. Pues aunque se dice que muda Dios lo que una vez tenía determinado (y así la Sagrada Escritura metafóricamente dice que Dios se arrepiente), dícese de lo que el hombre esperaba, o según la disposición y orden de las cosas naturales, y no conforme a lo que Dios todopoderoso supo que había que hacer. Formó, pues, Dios, como lo insinúan las sagradas letras, al hombre recto y, por consiguiente, de buena voluntad, porque no fuera recto si no tuviera buena voluntad, y así la buena voluntad es obra de Dios, porque con ella crió Dios al hombre; pero la mala voluntad primera, que precedió en el hombre a todas las obras malas, antes fue un apartamiento o abandono de la obra de Dios que obra alguna positiva, y fueron malas estas obras de la mala voluntad porque las hizo el hombre conforme a si propio, y no según Dios, de suerte que la voluntad fuese como un árbol malo que produjo malos frutos, o, si se quiere, como el mismo hombre de mala voluntad.
Aunque esta mala voluntad no sea conforme a la naturaleza, sino contra la naturaleza, porque es vicio, con todo, es de la naturaleza del vicio, el cual no puede existir sino en la naturaleza, es decir, en aquella que fue criada de la nada, no en la que engendró el Criador de sí mismo, como engendró al Verbo por quien fueron criadas todas las cosas. Pues aunque formó Dios al hombre del polvo de la tierra, la misma tierra y toda la materia y máquina terrena la crió absolutamente de la nada, y criando el alma de la nada la infundió en el cuerpo cuando hizo al hombre. Y en tanto grado aventajan los bienes a los males, que aunque los males se permitan para manifestar cómo puede también usar bien de ellos la providente justicia del Criador, sin embargo pueden hallarse los bienes sin los males, como es el mismo verdadero y sumo Dios y como son sobre este calignoso aire las criaturas celestiales e invisibles; pero los males no se pueden hallar sin los bienes, porque las naturalezas en que se hallan, en cuanto son naturalezas, son, sin duda, buenas. Quitase el mal no quitando la naturaleza o alguna parte suya, sino corrigiendo y sanando la viciada y depravada.
El albedrío de la voluntad es verdaderamente libre cuando no sirve a los vicios y pecados; tal nos le dio Dios, que en perdiéndole por nuestro propio pecado no le podemos volver a recobrar sino de mano del que nos le pudo dar. Y así dice la misma verdad: «Si os librare el Hijo, entonces seréis verdaderamente libres», que es lo mismo que si se dijera: «Si el hijo de Dios os salvare, entonces seréis ciertamente salvos, porque es Salvador por el mismo motivo que es Libertador.»
Vivía, pues, el hombre según Dios en el Paraíso corporal y espiritual, porque el Paraíso no era corporal por los bienes del cuerpo ni espiritual por los del espíritu, sino espiritual para que se gozara por los sentidos interiores, y corporal para que se gozara por los exteriores. Era verdaderamente lo uno y lo otro por lo uno y por lo otro, hasta que aquel ángel soberbio y, por consiguiente, envidioso por su soberbia, convirtiéndose en dios a sí propio, y con arrogancia casi tiránica, deseando más tener súbditos que serlo, cayó del Paraíso espiritual (de cuya caída y la de sus compañeros, que de ángeles de Dios se hicieron ángeles suyos, bastantemente traté, según mi posibilidad, en los libros XI y XII de esta obra), y deseando con astucia apoderarse del hombre a quien, porque perseveraba en su estado, habiendo él caído del suyo, tenía envidia, escogió a la serpiente en el Paraíso corporal, donde con aquellas dos personas, hombre y mujer, vivían también los demás animales terrestres sujetos y pacíficos sin hacer daño alguno; escogió, digo, a la serpiente, animal escurridizo que se mueve con torcidos rodeos, acomodado a su designio para poder hablar por ella, y habiéndola rendido por la presencia angélica y por la naturaleza más excelente con astucia espiritual y diabólica, y usando de ella como instrumento, cautelosamente comenzó a platicar con la mujer, empezando por la parte inferior de aquella humana compañía, para de lance en lance llegar al todo, juzgando que el varón no era tan crédulo y que no podía ser engañado sino cediendo y dejándose llevar del error del otro.
Así como Aarón no consintió con el engañado pueblo en la construcción del ídolo siendo él engañado, sino que cedió y se dejó llevar forzado; ni es creíble que Salomón con error pensase que tenía obligación de servir a los ídolos, sino que le compelieron a ejecutar semejantes sacrilegios los halagos y caricias de las mujeres, así se debe creer que Adán creyó a su mujer, como cree uno a otro, el hombre a los hombres, el marido a su mujer, para quebrantar la ley de Dios, no engañado y persuadido de que le decía verdad, sino por condescendencia con ella, obedeciéndola por el amor que la tenía.
Porque no en vano dijo el Apóstol: «Adán no fue engañado, la mujer fue la engañada», porque ella tomó como verdadero lo que le dijo la serpiente, y él no quiso apartarse de su única consorte ni en la participación del pecado. Mas no por eso fue menos reo y culpable, sino que, sabiéndolo y viéndolo, pecó; y así no dice el apóstol no pecó, sino no fue engañado, porque ya manifiesta seguramente que pecó cuando dice: «Por un hombre entró el pecado en el mundo»; y poco después más claramente: «A semejanza del pecado de Adán.»
Por engañados quiso, pues, se entendiesen aquellos que piensan que lo que hacen no es pecado; pero Adán lo supo, porque, de no saberlo, ¿cómo seria verdad que Adán no fue engañado?; aunque como no tenía experiencia del divino rigor y severidad, pudo engañarse en pensar y creer que el pecado era venial; y así por este camino, aunque no fue engañado en lo que la mujer lo fue, se engañó en cómo había de tomar y juzgar Dios la excusa que había de dar, diciendo: «La mujer que me diste por compañera; ella me dio y comí.» ¿Para qué, pues, nos cansamos y alargamos en esto? Verdad es que ambos no fueron engañados, pero ambos pecaron, y por ello quedaron presos y enredados en los lazos del demonio.
CAPITULO XII
De la calidad del primer pecado que cometió el hombre
Si alguno dudase por qué la naturaleza humana no se muda con los otros pecados como se mudó con el pecado de aquellos dos primeros hombres, quedando sujeta a la corrupción que vemos y sentimos, y por ella a la muerte, turbándose y padeciendo tanto número de afectos tan poderosos y entre si tan contrarios, de todo lo cual no sintió ella nada en el Paraíso antes del pecado, aunque estuviese en cuerpo animal; si alguno dudase, repito, y viere en esto dificultad, no por eso debe pensar que fue ligera y pequeña aquella culpa porque se hizo en cosa de comida, que no era mala ni dañosa, sino en cuanto era prohibida; pues no criara Dios cosa mala ni la plantara en aquel lugar de tanta felicidad, sino que en el mandamiento les encargó y encomendó Dios la obediencia, virtud que en la criatura racional es en cierto modo madre y custodia de todas las virtudes, porque crió Dios a la criatura racional de manera que le es útil e importante el estar sujeta y muy pernicioso hacer su propia voluntad y no la del que la crió.
Así que este precepto y mandamiento de no comer de un solo género de comida donde había tanta abundancia de otras cosas, mandamiento tan fácil y ligero de guardar tan breve y compendioso para tenerle en la memoria, principalmente cuando aun el apetito no contradecía a la voluntad, lo cual se siguió después en pena de la infracción del precepto, con tanta mayor injusticia se violó y quebrantó, con cuanta mayor facilidad y observancia se pudo guardar.
CAPITULO XIII
En el pecado de Adán, a la mala obra precedió la mala voluntad
Antes empezaron a ser malos en secreto que viniesen a caer en aquella manifiesta desobediencia, porque no llegaron a ejecutar aquel horrendo pecado «si no precediera mala voluntad». Y el principio de la mala voluntad, ¿qué pudo ser sino la soberbia? Porque «la cabeza y fuente de todos los pecados es la soberbia». ¿Y qué es la soberbia sino una ambición y apetito de perversa grandeza? Porque es maligna altanería querer el alma en algún modo hacerse y ser principio de sí misma, dejando el principio con quien debe estar unida. Esto sucede cuando uno se complace demasiado a sí mismo, y complácese a sí mismo de esta manera cuando declina y deja aquel bien inmutable que debió agradarle más que ella a sí misma.
Esta declinación y defecto es espontáneo y voluntario, porque si la voluntad permaneciera estable en el amor del bien superior inmutable, que era el que la alumbraba para que viviese y la encendía para que amase, no se desviara de allí para agradarse a si misma, ni se quedara sin luz, a oscuras, ni sin amor helada; de manera que ni Eva creyera que la decía verdad la serpiente, ni Adán antepusiera al precepto de Dios el gusto de su esposa, ni imaginara que sólo pecaba venialmente si a la compañera inseparable de su vida la acompañaba también en el pecado.
Así que no hicieron la obra mala, esto es, aquella trasgresión y pecado comiendo del manjar prohibido, sino siendo ya malos; aquella fruta era mala porque provenía del árbol malo, y el árbol hízose malo contra naturam; porque si no es por vicio de la voluntad, el cual es contra el buen orden de la Naturaleza, no se hiciera malo; que el depravarse y estragarse con el vicio, no sucede sino en la naturaleza formada en la nada. Así pues, el ser naturaleza lo tiene por ser criatura de Dios, y el degenerar y declinar de Aquel que la hizo, porque fue hecha de la nada. Pero tampoco de tal manera degeneró el hombre que del todo fuese nada, sino que, inclinándose a sí mismo, vino a ser menos de lo que era cuando estaba unido con Aquel que es Sumo en su esencia.
Por esto, dejar a Dios y pretender ser en sí mismo, esto es, agradarse y complacerse de sí mismo, no es ser nada; sino, acercarse a la nada; por lo cual la Sagrada Escritura llama por otro nombre a los soberios, «gente que se agrada y paga de sí», porque bueno es tener el corazón levantado o elevado, pero no a sí propio, que es efecto de la soberbia, sino a Dios, que lo es de la obediencia, la cual no se halla sino en los humildes.
Tiene la humildad cierta cualidad que con modo admirable levanta el corazón, y tiene, cierto atributo la soberbia que deprime y abate el corazón, y aunque parece casi contradictorio que la soberbia esté debajo y la humildad encima, sin embargo, la santa humildad, como se sujeta al superior, y no hay otra cosa más superior que Dios, ensalza y eleva al que hace súbdito de Dios; pero la altivez que hay en el vicio, por el mismo hecho de rehusar la sujeción y subordinación, cae de aquel que no tiene sobre sí superior, y por lo mismo, viene a ser inferior, sucediendo lo que dice la Sagrada Escritura: «Los abatiste cuando iban subiendo y ensalzándose»; y no dijo cuando estaban ya elevados y ensalzados, de modo que primero estuviesen ensalzados y después los derribase y abatiese, sino que cuando iban subiendo, entonces los abatió y derribó; porque el mismo acto de subir y ensalzarse es comenzar a abatirse, por lo cual al presente en la Ciudad de Dios y a la Ciudad de Dios que anda peregrinando en este siglo se recomienda principalmente la humildad que en su Rey, Cristo, singularmente se celebra; porque el vicio de la soberbia, contrario a esta virtud, nos manifiestan las sagradas letras que domina y reina principalmente en su cruel enemigo, el demonio.
Verdaderamente es ésta una notable diferencia con que se distingue y conoce la una y la otra Ciudad de que vamos hablando, es a saber, la compañía de los hombres santos y piadosos y la de los impíos y pecadores, cada una con los ángeles que la pertenecen, en quienes precedió por una parte el amor de Dios y por otra el amor de sí mismo.
Así que el demonio no sorprendiera al hombre en un pecado tan manifiesto, haciendo lo que Dios había prohibido se hiciese si no hubiera él empezado a agradarse y a complacerse de sí mismo. Porque de aquí nació el complacerse en lo que le dijeron: «Seréis como dioses», lo cual pudieron ser mejor estando conformes y unidos con el sumo y verdadero principio por la obediencia, que no haciéndose ellos principio suyo por la soberbia, porque los dioses criados no son dioses por virtud propia, sino por participación del verdadero Dios.
Cuando el hombre apetece más, es menos, y queriendo ser bastante para sí mismo declinó de aquel que era verdaderamente bastante para él.
El mal de agradarse a sí mismo y complacerse el hombre, como si él fuera la luz, apartándole de aquella luz que, si quisiera, también haría luz al hombre; aquel mal, digo, precedió en secreto para que se siguiera este mal que se cometió en público; porque es verdad lo que dice la Escritura: «Que antes que caiga se sube y eleva el corazón, y antes que llegue a alcanzar la gloria se humilla y abate.» La caída en secreto precede a la caída en público, no pensando que aquélla es caída; porque ¿quién imagina que la exaltación es caída, hallándose ya el defecto y caída al desamparar al Excelso? ¿Y quién no advertirá que es caída el traspasar evidentemente el mandato?
Por eso Dios prohibió un hecho que, una vez cometido, no se pudiese excusar ni defender con ninguna imaginación de justicia, y por eso me atrevo a decir que es de importancia para los soberbios el caer en un pecado público y manifiesto, para que se desagraden de sí mismos los que, por agradarse y pagarse de sí, incurrieron en el más enorme reato. Más útil e importante le fue a Pedro el desagradarse de sí cuando lloró que el agradarse y pagarse de sí cuando presumió, y esto es lo mismo que dice el santo real profeta: «Cárgalos, Señor, de confusión e ignominia para que busquen tu nombre», esto es, para que tú les agrades y se paguen de ti buscando tu nombre, los que buscando el suyo se agradaron y pagaron de sí.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario