Juan Stam
(Algunos apuntes para una estética
bíblica)
Para comenzar, una breve reflexión sobre la
belleza de Dios: Para nuestro tema, nada mejor que
comenzar con las palabras del Salmo 27:4:
Solo una cosa he pedido al Señor,
solo una cosa deseo,
estar en el templo del Señor,
todos los días de mi vida
para adorarlo en su templo
y contemplar su hermosura (DHH)
Otras
versiones ofrecen traducciones diferentes para los últimos renglones, que
sirven para enriquecer el mensaje:
BJ: para gustar la dulzura del Yahvéh
y
cuidar de su Templo
NVI: y recrearme en su templo
RVR: y para inquirir en su templo.
Según la
manera hebrea de entender el conocimiento y la verdad, éstos no se alcanzan
sólo por el puro raciocinio; bíblicamente, la verdad sólo se conoce por el
amor, la voluntad y la maravilla. La filosofía griega también, desde Tales de
Mileto, se inspiraba por una fuerte dosis de asombro ante el misterio del
universo y de la vida. Desde Descartes y el Iluminismo, se han impuesto
mayormente el "cógito" y la duda sistemática cartesiana en desprecio
de esos otros elementos más existenciales, que eran fuertes en pensadores
cristianos como San Agustín y San Anselmo;
¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan
nueva (pulchritudo tam antiqua et tam nova), tarde te amé! He aquí, tu
estabas dentro de mí, y yo fuera, y fuera te buscaba, y sobre esas hermosuras
que tu creaste me arrojaba deforme. Tu
estabas conmigo y yo no estaba contigo.
Me tenían lejos de tí aquellas cosas, que, si no estuvieran en tí, no
existirían. Pero tu llamaste y clamaste
y rompiste mi sordera. Relampagueaste y
resplandeciste y ahuyentaste mi ceguera.
Exhalaste fragancia, la respiré y anhelo por ti. Gusté y ahora
tengo hambre y sed de ti. Me tocaste,
y encendí en deseos de tu paz. (San
Agustín, Confesiones 10:27).
Recuperar
ese sentido de asombro y maravilla ante Dios nos libera del racionalismo árido
y estéril que puede llevar al escepticismo. La adoración auténtica comienza en
la casa de Yahvéh, contemplando la hermosura de su santidad, descubriendo ahí
el sentido de nuestra existencia y comprometiéndonos para hacer su voluntad.
La belleza
es un componente indispensable de la liturgia, porque es un elemento esencial
de la adoración.
La creación y la liturgia
El primer
capítulo de Génesis es un escrito litúrgico, con los paralelismos y las
cadencias rítmicas que corresponden. Se cree que pertenecía al culto en el
templo, a diferencia del segundo relato de la creación (Gén 2:4b-3:24), que hace
pensar más bien en alguna familia reunida alrededor de la fogata, escuchando al
abuelo contar las tradiciones del pueblo. Por su carácter litúrgico, Génesis 1
debe leerse con mucho sentido de admiración y maravilla; o sea, debe leerse
litúrgicamente, como un culto en proceso.
Aunque nos
pueda sorprender, la mayor parte, por mucho, de la teología de ambos
testamentos es doxológica; es "contemplar la hermosura de Dios e inquirir
en su templo". En especial, el tema de la creación aparece mayormente en
clave doxológica (ejj. Salmos 8 y 19). En el Nuevo Testamento, los primeros
credos comenzaron como himnos (ej. Fil 2:5-11; 1 Tim 6:15-16). Una teología que
no canta, no es buena teología. (Tampoco lo es una teología que no sabe
reírse).
Hay cierta
nota de alegría en los dos relatos de la creación, como si Dios estuviera
disfrutando su trabajo creativo. En Génesis 1 vemos a Dios como un artista que
está creando una gran obra de arte. Con la palabra "buena", al
completar la obra de cada día, Dios expresa la profunda satisfacción del
artista que exclama, ´"¡Wow, qué super-bien que me salió esto!"
Génesis insiste muy
enfáticamente en que la creación es buena.[1] La frase se repite, rítmicamente, como
conclusión dramática de cada día. La
creación humana (incluyendo la sexualidad) y la obra total es "muy
buena" (1.31, ToB ToB). Central a todo el mensaje de Génesis 1 es
esta insistencia en lo bueno de la creación física; la materia y el mundo no
son maldición sino bendición. El Antiguo
Testamento rechaza toda dicotomía entre espíritu y materia, entre alma (buena)
y cuerpo (malo).
Como bien ha dicho el
autor presbiteriano, Eugene Peterson, "la creación nos inmerge desde un
principio en la materialidad".[2] Esa misma materialidad será clave para e
mensaje bíblico de salvación -- la encarnación (el Verbo fue hecho materia, sarx,
Jn. 1.14); una muerte física para redimirnos "en su carne"[3]; resurrección
del cuerpo de Cristo y los nuestros (Lc. 24.37-43). Toda nuestra salvación conlleva una profunda
dimensión material, fiel a la antigua afirmación de la creación como buena y el
rechazo de la dicotomía entre espíritu y materia.
El sentido del adjetivo
"bueno" no es solamente ético sino también estético (su creación es
una obra artística bien lograda) y funcional (lo creado cumple eficazmente la
intención divina). Comunica además
cierta nota lúdica: Dios se para a contemplar su obra y se siente contento; se
goza en la excelencia de lo que ha hecho.[4] El poeta negro, James Weldon Johnson, lo
capta bellamente en su poema "Las Trompetas de Dios":
Y Dios salió
al espacio,
miró por todos
lados y dijo,
"Me
siento solo --
voy a hacerme
un mundo..."
Entonces Dios
sonrió
y la luz
irrumpió,
y las
tinieblas se amontonaron por un lado,
y la luz
resplandecía por el otro lado,
y Dios dijo,
".!Qué bien que me salió!..."
Entonces Dios
paseó
y miró por
todos lados
sobre todo lo
que había hecho;
Miró a su sol,
y miró a su
luna,
y miró a todas
sus estrellitas...
y Dios dijo,
"Todavía me siento solo".
Entonces Dios
se sentó
sobre la
ladera de un cerro donde podría pensar;
al lado de un
río profundo se sentó;
con su cabeza
en las manos,
Dios pensó y
pensó,
hasta que
pensó, "¡Me voy a crear a un hombre!..."
Y este gran
Dios...
Como una madre
doblada sobre su bebé,
Se arrodilló
en el polvo
y trabajó
formando un puño de barro
hasta tallarlo
en su propia imagen;
entonces le
sopló el soplo de su propia vida,
y Adán era un
ser viviente.
¡AMEN, AMEN![5]
Esa nota de celebración y
alegre adoración caracteriza muchos pasajes sobre la creación. En esa nota gozosa nos damos cuenta cuán
liberador fue el mensaje bíblico de la creación frente a las cosmovisiones
mitológicas de la época. Juan Driver
destaca el contraste con otras culturas antiguas en las que el mundo es objeto
de miedo y uno tiene que cumplir ritos para protegerse. Según la Biblia, apunta Driver, la creación
es buena para todos, hasta los animales; no es "buena para unos pero mala
para otros".[6]
Definitivamente:
el Creador es un gran artista, y nos ha creado a su imagen y semejanza. Nos ha
creado creadores para su gloria. La creación entera es una obra de arte y
belleza que nos llama a la adoración.
Cuando el
Dios Creador nos creó a su imagen y semejanza, nos creó para que nosotros
también seamos creativos como él. En Génesis 2 Dios permite a Adán realizar la
función de nombrar a las cosas, que en Génesis 1 es un aspecto importante del
proceso creativo.
El Espíritu de Dios y la belleza
Una de las
primeras referencias al Espíritu de Dios en el A.T. enfatiza su ministerio
estética en la preparación del tabernáculo y todos sus accesorios:
El Señor habló con Moisés y le dijo:
Toma en cuenta que he escogido a Bezalel...
y lo he llenado del Espíritu de Dios,[7]
de sabiduría, inteligencia y capacidad creativa
para hacer trabajos artísticos en oro, plata y
bronce,
para cortar y engastar piedras preciosas,
para hacer tallados en madera
y para realizar toda clase de artesanía.
Además he designado como su ayudante a
Aholiab...
y he dotado de habilidad a todos los
artesanos...
(Ex
31:1-6; cf. 35:30-36:2)
Entre las
pericias mencionadas aparecen joyería, carpintería, ebanistería, escultura,
sastrería[8]
y hasta perfumería (31:11). Incluida va también la habilidad de enseñar estas
artes a otros (35:34). En cuanto a la poesía y la música, David, el "dulce
cantor de Israel", confiesa que "el Espíritu de Dios habló por medio
de mí; puso sus palabras en mi boca" (2 Sam 23:1-2). El Espíritu de Dios realiza también una
función política, otorgando a los dirigentes del pueblo sabiduría para gobernar
(1R 3:9-12). Según el libro de Isaías, Dios dará su Espíritu al Mesías para
gobernar con justicia (Isa 11:2-5) y para liberar a los pobres (Isa 61:1-3).
Sin
embargo, los dones del Espíritu no se contraponen a los dones naturales de los
seres humanos, sino que los activan y los orientan. Por eso, cuando Salomón va
a construir el gran templo de Jerusalén, pide a Hiram rey de Tiro que le envíe
"un experto para trabajar el oro y la plata, el bronce y el hierro, el
carmesí, la escarlata y la púrpura, y que sepa hacer grabados, para que trabaje
junto con los expertos que yo tengo en Judá" (1R 7:13-14; 2Cron 2:7,14; la
lista se parece a las de Ex.31 y 36). Por eso, el templo de Salomón tiene
características arquitectónicas prestadas de otras culturas. De manera
parecida, la poesía y la música hebreas (ej. de David) se basaron en la cultura
cananea de Ras Shamra. Israel, junto con su vigoroso monoteísmo teológico, en
la época de los reyes practicaba también un sano sincretismo cultural y
estético.
Dice
Santiago 1:17 que "toda buena dádiva y todo don perfecto desciendo de lo
alto, donde está el Padre que creó las lumbreras celestiales". Donde hay
belleza es gracia de Dios, y debemos recibirla y vivirla eucarísticamente. La
música de un Beethoven o un Toscanini, una Mercedes Soza o un Silvio Rodríguez,
la pintura de un Picaso o un Guayasamín -- son todas ellas regalos que Dios, la
suprema belleza, ha querido compartir con sus criaturas.
El Cordero y el culto; el Apocalipsis y la
liturgia
Juan de
Patmos reporta que recibió su primera visión "en el día del Señor"
(1:10); podemos entender que era domingo, y un domingo en que el pastor no pudo
estar con la comunidad para celebrar juntos. A esa situación de soledad,
nostalgia y tristeza, Dios responde primero con darle a Juan un encuentro
personal con Jesucristo (1:10-3:22) y después la experiencia emocionante de un
culto completo en el cielo, en la misma presencia de Dios, desde el Sanctus
inicial hasta el Amén final (Ap 4-5). El libro está lleno de elementos
litúrgicos: el Sanctus, el Amén, el maranata, el "digno eres",
aclamaciones, cánticos, silencios, genuflexiones y muchos más. Y todo eso
descrito de una manera dramática, para que los y las lectores vivan todo y lo
experimenten existencialmente.
Para vivir
el Apocalipsis como experiencia propia, hay que leerlo con los cinco sentidos
de percepción bien activados. Los ojos de la fe (la imaginación consagrada) tienen
que ver, con todo su detalle, los cuadros que pintan las palabras del texto. El
oído tiene que oír las trompetas y truenos y arpas y flautas -- y los silencios
-- que acompañan el drama. El olfato
tiene que deleitarse con los inciensos y preocuparse por el olor a sufre. Al
leer el impactante mensaje a Laodicea (3:14-22), nuestro sentido de tacto debe
hacer doler los nudos de los dedos al estar tocando la puerta con Jesús (3:20
griego) y nuestro sentido de gusto debe reproducir primero el mal sabor del
vómito (3:16) pero después las ganas de compartir con Jesús una rica cena
(3:20).
Apocalipsis
4-5 nos plantea todo un modelo de culto que podría transformar la liturgia de
nuestras iglesias hoy. Para resumir algunas enseñanzas:
(1) El culto
se realiza en la presencia de Dios, alrededor de su trono. Dios es el centro,
no nosotros. Ni los talentosos "artistas" ni los sentimientos
piadosos de los "espectadores" deben ocupar el centro, sino Dios
mismo, el encontrarnos de repente ante su presencia y su trono.(2) La presencia
de Dios es un lugar de suprema belleza visual (joyas, arco iris, tronos,
coronas de oro), auditiva (declamaciones y cánticos, arpas, un silencio) y
aromática (incienso).
(3) Capítulo
4 se limita estrictamente a la esfera de la creación (arco iris, vivientes;
4:11; cf. 5:4); la salvación aparece sólo después de 5:5. La creación, y la
adoración a Dios como Creador (y nuestro compromiso con la creación) deben
estar muy presentes en nuestro culto.
(4) El culto
debe tener buen contenido bíblico (4:8; 4:11; 5:5,9-10).
(5) El culto
debe tener direccionalidad, progresión como crescendo hacia una meta
(numéricamente, de 4 a
24 a 28 a millones a toda la
realidad; temáticamente, de la creación en cap. a la salvación en cap 5)
(6) El culto
debe involucrar todo el cuerpo: ojos, voz, manos, rodillas.
(7) El culto
debe terminar con el Amén de nuestras vidas, de rodillas ante el Creador y el
Cordero (5:14).
Nota final
sobre la música: En 5:9, cuando aparece el Cordero, irrumpe la música por
primera vez en el libro. En el capítulo 13, sobre la bestia, nadie canta y no
hay nada de música, pero en seguida, en presencia del Cordero, todos cantan y
tocan "arpas de Dios" (14:2-3; 15:2). En 17-18, delante de la ramera,
nadie canta. Lo peor del destino final de la gran Babilonia es que queda sin
música y artesanía, sin luz ni amor romántico (18:22-23). Es el silencio de la
muerte final.
[1] Los siguientes párrafos son citados
de mi libro, Las buenas nuevas de la
creación.
[2]) Eugene Peterson (1988), p.170.
[5])
Traducción personal del inglés. El poema
entero, de diez estrofas, es una encantadora visión afro-americana de la
creación. Katzanzakis, en Zorba el
Griego, da otra versión también lúdica: Después de crear a Adán, Dios no lo
vio bien y le parecía un cerdo. Pero
luego Dios puso sus anteojos y dijo, "¡Qué bueno!".
[6]) Driver
(1991), p.15. Cf. Losada y de Angulo (1992), "El mundo como
creación bondadosa de Dios para el ser humano", pp. 19-22.
[7] Ya que el concepto del
"Espíritu de Dios" estaba poco desarrollado en esa época, es siempre
posible que RûaJ AeLoHîM signifique algo así
como "un señor viento, un poderoso viento", dado por Dios a artesanos
para efectos estéticos.
[8] Cf. 26:1, cada cortina "con
dos querubines artísticamente bordados en ellas" (27:1)
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