Agustin de Hipona
CAPÍTULO IV
¿Qué es vivir según el hombre y vivir según Dios?
Cuando vive el hombre según el hombre y no según Dios, es semejante al demonio; porque ni el ángel debió vivir según el ángel, sino según Dios, para que perseverara en la verdad y hablara verdad, que es fruto propio de Dios y no mentira, que es de su propia cosecha; por cuanto aun del hombre, dice el mismo Apóstol en otro lugar: «Si con mi mentira campea más y sale más ilustre y tersa la verdad de Dios», a la mentira la llamo mía y a la verdad de Dios.
Por eso, cuando vive el hombre según la verdad, no vive conforme a sí mismo, sino según Dios; porque el Señor es el que dijo: «Yo soy la verdad», y cuando vive conforme a sí mismo, esto es, según el hombre y no según Dios, sin duda que vive según la mentira, no porque el mismo hombre sea mentira, pues Dios, que es autor y criador del hombre, ni es autor ni criador de la mentira, sino porque de tal suerte crió Dios recto al hombre, que viviese no conforme a sí mismo, sino conforme al que le crió, esto es, para que hiciese no su voluntad, sino la de su Criador, que el no vivir en el mismo estado en que fue criado para que viviese es la mentira, porque quiere ser bienaventurado aun no viviendo de modo que lo pueda ser; ¿y qué cosa hay más falsa y mentirosa que esta voluntad?
Así, pues, no fuera de propósito puede decirse que todo pecado es mentira, porque no se forma el pecado sino con aquella voluntad con que queremos que nos suceda bien o con que no queremos que nos suceda mal; luego mentira es lo que, haciéndose para que nos vaya mejor, por ellos nos va peor. ¿Y de dónde proviene esto sino de que sólo le puede venir el bien al hombre de Dios, a quien, pecando, desampara, y no de sí mismo, a quien siguiendo peca? Así como insinuamos que de aquí procedieron dos ciudades entre sí diferentes y contrarias, porque los unos vivían según la carne y los otros según el espíritu, del mismo modo podemos también decir que los unos viven según el hombre y los otros según Dios, porque claramente dice San Pablo: «Y supuesto que hay entre vosotros emulaciones y contiendas, ¿acaso no sois carnales y vivís según el hombre? Luego lo que es vivir según el hombre, eso es carnal, pues por la carne, tomada como parte del hombre, se entiende el hombre.»
Poco antes había llamado animales a los hombres, a quienes después llama carnales, diciendo: «Así como ningún hombre sabe los secretos del corazón humano, si no es el espíritu del hombre que está en él, así los de Dios ninguno los sabe si no es el espíritu de Dios, y nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el espíritu que procede de Dios para conocer las mercedes y gracias que Dios nos ha hecho, las cuales, como las conocemos, así las predicamos no con palabras artificiosas y acomodadas a la sabiduría humana, sino con las que hemos aprendido del espíritu, declarando los misterios espirituales con términos y palabras espirituales, porque el hombre animal no entiende ni admite las cosas del espíritu de Dios, teniendo por necedad cuando se aparta de lo que su sentido alcanza.» Y a estos tales, esto es, a los carnales, dice poco después: «Y yo, hermanos, no os pude hablar como a espirituales, sino como a carnales»; lo cual se entiende igualmente según la misma manera de hablar, esto es, tomando el todo por la parte, porque por el alma y por la carne, no son partes del hombre, se puede significar el todo, que es el hombre, y así no es otra cosa el hombre animal que el hombre carnal, sino que lo uno y lo otro es una misma cosa, esto es, el hombre que vive según el hombre; así como tampoco se entiende otra cosa que hombres cuando se, dice: «Ninguna carne se justificará por las obras de la ley», o cuando dice: «Setenta y cinco almas bajaron con Jacob a Egipto», porque en estos lugares por ninguna carne se entiende ningún hombre, y por setenta y cinco almas se entienden setenta y cinco hombres.
Lo que dijo: «No con palabras artificiosamente compuestas y acomodadas a la humana sabiduría», pudo decirse también a la carnal sabiduría; así como lo que dijo: «Vivís según el hombre>, pudo decirse según la carne; y más se declaró esto cuando añadió: «Porque diciendo unos: yo soy de Pablo, y otros: yo soy de Apolo, ¿acaso no manifestáis que sois hombres?» Lo que antes dijo: Sois animales y sois carnales, más clara y expresamente lo dice aquí: Sois hombres, es decir, vivís según el hombre y no según Dios, que si según él vivieseis, seríais dioses.
CAPITULO V
Aunque es más tolerable la opinión de los platónicos que la de los maniqueos sobre la naturaleza del cuerpo y del alma, con todo, también aquellos son reprobados, porque las causas de los vicios las atribuyen a la naturaleza de la carne
En nuestros vicios y pecados no hay motivo para que acusemos con ofensa e injuria del Criador a la naturaleza de la carne, la cual en su orden y especies es buena; pero el vivir según el bien criado, dejando el bien, que es su Criador, no es bueno, ya elija uno vivir según la carne, o según el alma, o según todo el hombre que consta de alma y carne, que es por donde le podemos llamar también con sólo el nombre del alma y con sólo el nombre de la carne. Porque el que estima como sumo bien a la naturaleza del alma y acusa como mala a la naturaleza de la carne, sin duda que carnalmente ama al alma y que carnalmente aborrece a la carne; pues lo que siente, lo siente con vanidad humana y no con verdad divina.
Y aunque los platónicos no procedan con tanto error como los maniqueos, aborreciendo los cuerpos terrenos como a naturaleza mala, supuesto que atribuyen todos los elementos de que este mundo visible y material está compuesto, y todas sus cualidades a Dios como a su verdadero artífice, con todo, opinan que las almas de tal suerte son afectadas por los miembros terrenos y mortales, que de aquí les proceden los afectos de los deseos y temores, de la alegría y de la tristeza, en cuyas cuatro perturbaciones, como las llama Cicerón, o pasiones, como muchos, palabra por palabra, lo interpretan del griego, consiste todo el vicio de la vida humana; lo cual, si es cierto, ¿por qué en Virgilio se admira Eneas de esta opinión oyendo en el infierno a su padre que las almas habían de volver a sus cuerpos, y exclamando: «¡Oh padre mío! ¿Es posible que hemos de creer que algunas de estas almas han de subir desde aquí a ver el cielo, y que han de volver a encerrarse en la estrecha concavidad de los cuerpos? ¿Qué deseo tan horrible y abominable es éste que tienen de vivir los miserables?» ¿Por ventura, este tan detestable deseo aun permanece en aquella tan celebrada pureza de las almas, heredado de los terrenos e inmortales miembros? ¿Acaso dice que no están ya limpias y purgadas de todas estas pestes corpóreas cuando otra vez principian a querer volver a los cuerpos?
De donde se infiere que aunque fuera cierto lo que es totalmente falso, el que sea una alternativa sin cesar la purificación y profanación de las almas que van y vuelven, con todo, no puede decirse con verdad que todos los movimientos malos y viciosos de las almas nacen y provienen de los cuerpos terrenos, supuesto que, según ellos (como el famoso poeta lo dice), es tanta verdad que aquel horrible deseo no procede del cuerpo, de modo que al alma que está ya purificada de toda pestilencia y contagio corporal, y fuera de todo lo que es cuerpo, la puede compeler y forzar a que vuelva al cuerpo; y así también, por confesión de ellos, el alma no sólo se altera y turba movida de la carne, de manera que desee, tema, se alegre y entristezca, sino que también de suyo y de sí propia puede moverse con estas pasiones.
CAPITULO VI
De la naturaleza de la voluntad humana, según la cual las pasiones del alma vienen a ser o malas o buenas
Lo que importa es qué tal sea la voluntad del hombre, porque si es mala, estos movimientos serán malos, y si es buena, no sólo serán inculpables, sino dignos de elogio, puesto que en todos ellos hay voluntad, o, por mejor decir, todos ellos no son otra cosa que voluntades; porque ¿qué otra cosa es el deseo y alegría sino una voluntad conforme con las cosas que queremos? ¿Y qué es el miedo y la tristeza sino una voluntad disconforme a las cosas que no queremos? Pero, cuando nos conformamos deseando las cosas que queremos, se llama deseo, y cuando nos conformamos gozando de los objetos, que nos son más agradables y apetecibles, se llama alegría, y asimismo cuando nos es menos conforme y huimos de lo que no queremos que nos acontezca, tal voluntad se llama miedo, y cuando nos conformamos y huimos de lo que con nuestra voluntad nos sucede, tal voluntad es tristeza, y sin duda alguna que, según la variedad de las cosas que se desean o aborrecen, así como se paga de ellas u ofende la voluntad del hombre, así se muda, y convierte en estos o aquellos afectos, por lo que el hombre que vive según Dios y no según el hombre, es necesario que sea amigo de lo bueno, de donde se sigue que, aborrezca lo malo; y porque ninguno naturalmente es malo, sino que es malo por su culpa y vicio, el que vive según Dios debe aborrecer de todo corazón a los malos, de suerte que ni por el vicio aborrezca al hombre, ni ame el vicio por el hombre, sino que aborrezca al vicio y ame al hombre, porque, quitando el vicio, resultará que todo deba amarse y nada aborrecerse.
CAPITULO VII
Que el amor y dilección indiferentemente se usa en la Sagrada Escritura en bueno y mal sentido
Porque todo el que quiere amar a Dios, y no según el hombre, sino según Dios, amar al prójimo como a sí mismo, sin duda por este amor se llama de buena voluntad, la cual en la Escritura suele llamarse ordinariamente caridad, aunque también se la denomina amor, porque hasta el Apóstol dice «que debe ser amador o amigo de lo bueno aquel que él manda elegir para gobernar el pueblo», y el mismo Señor, preguntando y diciendo al apóstol San Pedro: «¿Me quieres más que a éstos?», respondió: «Señor, tú sabes que te amo.» En otra ocasión le preguntó no si le amaba, sino si le quería Pedro, quien respondió otra vez: «Señor, tú sabes lo que te amo»; pero en la tercera pregunta tampoco dice el Salvador «¿me quieres», sino «¿me amas?»; donde, prosiguiendo el evangelista, dice «que se entristeció Pedro porque tercera vez le preguntó si le amaba». Habiendo dicho el Señor, no tres veces, sino una, «¿me amas?», y dos veces «¿me quieres?», se da a entender claramente que cuando asimismo decía el Señor: «¿Me quieres?», no decía otra cosa que «¿me amas?» Pero San Pedro no mudó la palabra de su interior sentimiento, que era una misma, sino que tercera vez respondió: «Señor, tú lo sabes todo, tu sabes que te amo.»
He dicho esto porque algunos piensan que una cosa es la dilección o caridad, y otra el amor, pues dicen que la dilección debe tomarse en buen sentido y el amor en malo; sin embargo, es innegable que ni los autores profanos han usado de esta distinción, y, así, adviertan los filósofos si ponen diferencia en esta expresión, o cómo la ponen, en atención a que sus libros con bastante claridad nos insinúan cómo estiman y aprecian el amor en buena parte, y para con el mismo Dios; sin embargo, fue necesario manifestar cómo las Escrituras de nuestra santa religión, cuya autoridad anteponemos a otra cualquiera literatura o ciencia, no constituyen diferencia entre el amor y la dilección o caridad, porque ya hemos demostrado cómo también el amor se dice en buen sentido.
Mas porque ninguno imagine que el amor se dice en buena y en mala parte, y que la dilección no, sino en buena, advierta lo que dice el real Profeta: «Quien pone su dilección o cariño en la iniquidad, aborrece a su alma»; y el apóstol San Juan: «Si alguno pusiere su corazón y dilección en el mundo, en este tal no hay dilección y caridad de Dios.» Y ved aquí en un mismo lugar la dilección en bueno y en mal sentido. Que el amor se tome en malo, porque en bueno ya lo hemos demostrado, lean lo que dice la Sagrada Escritura: «Serán entonces los hombres amigos y apasionados de sí mismos y amadores del dinero.» De modo que la voluntad recta es buen amor, y la voluntad perversa mal amor, el amor, pues, que desea tener lo que ama, es codicia, y el que lo tiene ya y goza de ello, alegría; el amor que huye de lo que le es contrario, es temor, y si lo que le es contrario le sucede, sintiéndolo, es tristeza; y así, estas cualidades son malas si el amor es malo, y buenas si es bueno.
Pero probemos, y comprobémoslo con las sagradas letras. El Apóstol dice: «Desea morir y hallarse con Cristo», y más acomodadamente: «Deseó mi alma grandemente en todo tiempo, aficionarse a tus preceptos y mandamientos, y el amor de la sabiduría nos conduce al reino eterno.» Pero comúnmente hemos convenido en que al decir codicia o concupiscencia, si no añadimos de qué es la codicia o la concupiscencia, no se pueda tomar sino en mala parte. La alegría en el salmo se toma en buena parte: «Alegraos en el Señor y regocijaos los justos»: «Diste alegría a mi corazón»; y: «Me llenarás de alegría con tu presencia..» El temor se toma en buen sentido en el Apóstol, donde dice: «Entended a lo que toca a vuestra salvación con temor y temblor»; y: «No te engrías y ensoberbezcas; sino teme»; y: «Temo no suceda que, como la serpiente con su astucia embaucó y engañó a Eva así se profanen vuestras potencias interiores y se desvíen de la castidad y pureza que se debe a Cristo.» Pero acerca de la tristeza, a la que llama Cicerón aegritudo, y Virgilio dolor, donde dice dolent, gaudentque, duélense, y se alegran (sin embargo, yo tuve por más conveniente llamarla tristeza, porque la aegritudo o el dolor más ordinariamente se dice de los cuerpos) es más dificultosa la duda sobre si puede entenderse en buen sentido.
CAPITULO VIII
De las tres perturbaciones o pasiones que quieren los estoicos que se hallen en el ánimo del sabio, excepto el dolor o la tristeza, lo cual no debe admitir o sentir la virtud del ánimo
De las que los griegos llaman eupathías, y nosotros podemos decir pasiones buenas, y Cicerón en el idioma latino llamó constancias, los estoicos no quisieron que hubiese en el ánimo del sabio más que tres en lugar de tres pasiones, por el deseo, voluntad; por la alegría, gozo; por el temor, cautela; pero en lugar del dolor (a que nosotros, por huir de la ambigüedad, quisimos llamar tristeza) dicen que no puede haber objeto alguno en el ánimo del sabio; porque la voluntad apetece y desea lo bueno, lo que hace el sabio; el gozo es del bien conseguido, lo cual dondequiera alcanza el sabio; la cautela evitar el mal, lo que debe obviar el sabio.
Pero la tristeza, porque es del mal que ya sucedió, son de opinión los estoicos que ningún mal puede traer al sabio y dicen que en lugar de ella no puede haber otra igual en su ánimo; así les parece que; fuera del sabio, no hay quien quiera, goce y se guarde, y que el necio no hace sino desear, alegrarse, temer y entristecerse; y que aquellas tres son constancias y estas cuatro perturbaciones, según Cicerón, y, según muchos, pasiones. En griego, aquellas tres, como insinué, se llaman eupathías, y estas cuatro, pathías.
Buscando yo con la mayor diligencia que pude si este lenguaje cuadraba con el de la Sagrada Escritura, hallé lo que dice el profeta: «No se gozan los impíos, dice el Señor», como que los impíos pueden más alegrarse que gozarse de los males, porque el gozo propiamente es de los buenos y piadosos. Asimismo en el Evangelio se lee: «Todo lo que queréis que os hagan los hombres, eso mismo haréis vosotros con ellos», y parece que lo dice porque ninguno puede querer algún objeto mal o torpemente, sino desearlo. Finalmente, algunos intérpretes por el estilo común de hablar añadieron todo lo bueno, y así interpretaron: «Todo el bien que queréis que os hagan a vosotros los hombres»; porque les pareció que era necesario excusar que ninguno quiera que los hombres le hagan acciones inhonestas e indebidas, y por callar las torpes, a lo menos los banquetes excesivos y superfluos, en los cuales, haciendo el hombre lo mismo, le parezca que cumplirá con este precepto. Pero en el Evangelio citado en idioma griego, de donde se tradujo al latino, no se lee lo bueno, sino: «Todo lo que queréis que hagan con vosotros los hombres, eso mismo haréis vosotros con ellos»; imagino que lo dice así, porque cuando dijo, queréis, ya quiso entender lo bueno, porque no dice cupitis, lo, que deseáis; sin embargo, no siempre debemos estrechar nuestro lenguaje con estas propiedades, aunque algunas veces debemos usar de ellas; y cuando las leemos en aquellos de cuya autoridad no es lícito desviarnos, entonces se deben entender. cuando el buen sentido no pueda hallar otro significado, cómo son las autoridades que hemos alegado, así de los profetas como, del Evangelio. Porque ¿quién ignora que los impíos se regocijan y alegran? Sin embargo, dice el Señor que no se gozan los impíos; ¿y por qué, sino porque cuando este verbo gaudere o gozarse se pone propiamente y en su peculiar sentido significa otra cosa?
Asimismo, ¿quién puede negar que está bien mandado que lo que deseamos que otros hagan con nosotros, eso mismo hagamos nosotros con ellos, para que no nos demos unos a otros deleites y gustos torpes? Y, con todo, es precepto muy saludable y verdadero: «Todo lo que queréis que hagan los hombres, con vosotros, eso mismo haréis vosotros con ellos.» Y esto ¿por qué, sino porque en este lugar la voluntad se usa en sentido propio, sin que se pueda tomar en mala parte? Pero ¿no diríamos en el lenguaje más común que usamos: «No queráis mentir toda mentira>, si no hubiese también voluntad mala, de cuya malicia se diferencia aquella voluntad que nos anunciaron y predicaron los ángeles, diciendo: «Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad», porque inútilmente se dice de buena, si no puede ser sino buena? ¿Y qué alabanza hubiera hecho el Apóstol de la caridad, al decir: «No se alegra del pecado» si no se alegra con él la malicia?
Pues hasta en los autores profanos se halla esta diferencia de palabras, porque Cicerón, famoso orador, dijo: «Deseo, padres conscritos, ser clemente»; habiendo puesto este, verbo cupío en bien, ¿quién hay tan poco erudito que no piensa que mejor debía decir volo que cupío? Y en Terencio, un joven libertino llevado de su deshonesto apetito, dice: «Nada quiero sino a Filomena»; y que esta voluntad era deshonesta, bastantemente lo manifiesta la respuesta que allí da un criado anciano, porque dice a su amo: «¿Cuánto mejor te fuera buscar un medio para desechar ese temor de tu corazón, que hablar expresiones con que en vano vayas encendiendo más y más el voraz fuego de tu apetito?» Y que lo que es gaudium o gozo lo hayan también descrito en mal sentido, lo manifiesta aquel verso de Virgilio, donde con suma brevedad compendió estas cuatro perturbaciones: «De este terreno peso les proviene dolerse, desear, temer, gozar.» Dijo también el mismo poeta: «Los malos gozos del alma», por los ilícitos placeres.
Por lo tanto, los buenos y los malos quieren, se guardan, temen y gozan; y, por decir lo mismo con otras palabras, los buenos y los malos desean, temen y se alegran; pero los unos bien y los otros mal, según que es buena o mala su voluntad. Y aun la tristeza, en cuyo lugar dicen los estoicos que no se puede hallar cosa alguna en el alma del sabio, se halla usada en buena parte, y principalmente entre los nuestros; porque el Apóstol elogia a los corintios de que se hubiesen entristecido según Dios.
Pero dirá alguno acaso que el Apóstol les dio el parabién de que se hubiesen acongojado haciendo penitencia, y semejante tristeza no la puede haber sino en los que pecaron; porque dice así: «Veo que aquella carta, aunque sólo por algún tiempo, os entristeció; pero ahora me lisonjeo y lleno de placer, no porque os habéis acongojado, sino porque os habéis entristecido para hacer penitencia; pues os habéis contristado según Dios, de manera que por mi no os ha venido ningún daño o detrimento, porque la tristeza que es según Dios, causa en el hombre para su salud espiritual una penitencia y arrepentimiento inarrepentible; pero la tristeza del mundo motiva la muerte, porque ya veis, como esto mismo que es entristecerse según Dios, cuánta solicitud y cuidado pone en nosotros.»
Y conforme a esta doctrina pueden los estoicos responder por su parte que la tristeza parece muy útil para que se duelan y arrepientan de su pecado, y que en el ánimo del sabio no puede haber causa, porque no hay pecado cuyo arrepentimiento le cause tristeza, ni puede existir algún otro mal cuya pasión y dolor le contriste; porque aun de Alcibíades refieren (si no me engaña la memoria en el nombre de la persona) que creyendo era bienaventurado oyendo los discursos e instrucciones de Sócrates, que le manifestaron era miserable por ser necio e ignorante, se cuenta que lloró.
Así que la necedad fue aquí la causa propia de esta inútil e importante tristeza con que el hombre se duele de no ser lo que debe ser; mas los estoicos dicen que no el necio, sino el sabio, es incapaz de tristeza

CAPÍTULO IV
¿Qué es vivir según el hombre y vivir según Dios?
Cuando vive el hombre según el hombre y no según Dios, es semejante al demonio; porque ni el ángel debió vivir según el ángel, sino según Dios, para que perseverara en la verdad y hablara verdad, que es fruto propio de Dios y no mentira, que es de su propia cosecha; por cuanto aun del hombre, dice el mismo Apóstol en otro lugar: «Si con mi mentira campea más y sale más ilustre y tersa la verdad de Dios», a la mentira la llamo mía y a la verdad de Dios.
Por eso, cuando vive el hombre según la verdad, no vive conforme a sí mismo, sino según Dios; porque el Señor es el que dijo: «Yo soy la verdad», y cuando vive conforme a sí mismo, esto es, según el hombre y no según Dios, sin duda que vive según la mentira, no porque el mismo hombre sea mentira, pues Dios, que es autor y criador del hombre, ni es autor ni criador de la mentira, sino porque de tal suerte crió Dios recto al hombre, que viviese no conforme a sí mismo, sino conforme al que le crió, esto es, para que hiciese no su voluntad, sino la de su Criador, que el no vivir en el mismo estado en que fue criado para que viviese es la mentira, porque quiere ser bienaventurado aun no viviendo de modo que lo pueda ser; ¿y qué cosa hay más falsa y mentirosa que esta voluntad?
Así, pues, no fuera de propósito puede decirse que todo pecado es mentira, porque no se forma el pecado sino con aquella voluntad con que queremos que nos suceda bien o con que no queremos que nos suceda mal; luego mentira es lo que, haciéndose para que nos vaya mejor, por ellos nos va peor. ¿Y de dónde proviene esto sino de que sólo le puede venir el bien al hombre de Dios, a quien, pecando, desampara, y no de sí mismo, a quien siguiendo peca? Así como insinuamos que de aquí procedieron dos ciudades entre sí diferentes y contrarias, porque los unos vivían según la carne y los otros según el espíritu, del mismo modo podemos también decir que los unos viven según el hombre y los otros según Dios, porque claramente dice San Pablo: «Y supuesto que hay entre vosotros emulaciones y contiendas, ¿acaso no sois carnales y vivís según el hombre? Luego lo que es vivir según el hombre, eso es carnal, pues por la carne, tomada como parte del hombre, se entiende el hombre.»
Poco antes había llamado animales a los hombres, a quienes después llama carnales, diciendo: «Así como ningún hombre sabe los secretos del corazón humano, si no es el espíritu del hombre que está en él, así los de Dios ninguno los sabe si no es el espíritu de Dios, y nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el espíritu que procede de Dios para conocer las mercedes y gracias que Dios nos ha hecho, las cuales, como las conocemos, así las predicamos no con palabras artificiosas y acomodadas a la sabiduría humana, sino con las que hemos aprendido del espíritu, declarando los misterios espirituales con términos y palabras espirituales, porque el hombre animal no entiende ni admite las cosas del espíritu de Dios, teniendo por necedad cuando se aparta de lo que su sentido alcanza.» Y a estos tales, esto es, a los carnales, dice poco después: «Y yo, hermanos, no os pude hablar como a espirituales, sino como a carnales»; lo cual se entiende igualmente según la misma manera de hablar, esto es, tomando el todo por la parte, porque por el alma y por la carne, no son partes del hombre, se puede significar el todo, que es el hombre, y así no es otra cosa el hombre animal que el hombre carnal, sino que lo uno y lo otro es una misma cosa, esto es, el hombre que vive según el hombre; así como tampoco se entiende otra cosa que hombres cuando se, dice: «Ninguna carne se justificará por las obras de la ley», o cuando dice: «Setenta y cinco almas bajaron con Jacob a Egipto», porque en estos lugares por ninguna carne se entiende ningún hombre, y por setenta y cinco almas se entienden setenta y cinco hombres.
Lo que dijo: «No con palabras artificiosamente compuestas y acomodadas a la humana sabiduría», pudo decirse también a la carnal sabiduría; así como lo que dijo: «Vivís según el hombre>, pudo decirse según la carne; y más se declaró esto cuando añadió: «Porque diciendo unos: yo soy de Pablo, y otros: yo soy de Apolo, ¿acaso no manifestáis que sois hombres?» Lo que antes dijo: Sois animales y sois carnales, más clara y expresamente lo dice aquí: Sois hombres, es decir, vivís según el hombre y no según Dios, que si según él vivieseis, seríais dioses.
CAPITULO V
Aunque es más tolerable la opinión de los platónicos que la de los maniqueos sobre la naturaleza del cuerpo y del alma, con todo, también aquellos son reprobados, porque las causas de los vicios las atribuyen a la naturaleza de la carne
En nuestros vicios y pecados no hay motivo para que acusemos con ofensa e injuria del Criador a la naturaleza de la carne, la cual en su orden y especies es buena; pero el vivir según el bien criado, dejando el bien, que es su Criador, no es bueno, ya elija uno vivir según la carne, o según el alma, o según todo el hombre que consta de alma y carne, que es por donde le podemos llamar también con sólo el nombre del alma y con sólo el nombre de la carne. Porque el que estima como sumo bien a la naturaleza del alma y acusa como mala a la naturaleza de la carne, sin duda que carnalmente ama al alma y que carnalmente aborrece a la carne; pues lo que siente, lo siente con vanidad humana y no con verdad divina.
Y aunque los platónicos no procedan con tanto error como los maniqueos, aborreciendo los cuerpos terrenos como a naturaleza mala, supuesto que atribuyen todos los elementos de que este mundo visible y material está compuesto, y todas sus cualidades a Dios como a su verdadero artífice, con todo, opinan que las almas de tal suerte son afectadas por los miembros terrenos y mortales, que de aquí les proceden los afectos de los deseos y temores, de la alegría y de la tristeza, en cuyas cuatro perturbaciones, como las llama Cicerón, o pasiones, como muchos, palabra por palabra, lo interpretan del griego, consiste todo el vicio de la vida humana; lo cual, si es cierto, ¿por qué en Virgilio se admira Eneas de esta opinión oyendo en el infierno a su padre que las almas habían de volver a sus cuerpos, y exclamando: «¡Oh padre mío! ¿Es posible que hemos de creer que algunas de estas almas han de subir desde aquí a ver el cielo, y que han de volver a encerrarse en la estrecha concavidad de los cuerpos? ¿Qué deseo tan horrible y abominable es éste que tienen de vivir los miserables?» ¿Por ventura, este tan detestable deseo aun permanece en aquella tan celebrada pureza de las almas, heredado de los terrenos e inmortales miembros? ¿Acaso dice que no están ya limpias y purgadas de todas estas pestes corpóreas cuando otra vez principian a querer volver a los cuerpos?
De donde se infiere que aunque fuera cierto lo que es totalmente falso, el que sea una alternativa sin cesar la purificación y profanación de las almas que van y vuelven, con todo, no puede decirse con verdad que todos los movimientos malos y viciosos de las almas nacen y provienen de los cuerpos terrenos, supuesto que, según ellos (como el famoso poeta lo dice), es tanta verdad que aquel horrible deseo no procede del cuerpo, de modo que al alma que está ya purificada de toda pestilencia y contagio corporal, y fuera de todo lo que es cuerpo, la puede compeler y forzar a que vuelva al cuerpo; y así también, por confesión de ellos, el alma no sólo se altera y turba movida de la carne, de manera que desee, tema, se alegre y entristezca, sino que también de suyo y de sí propia puede moverse con estas pasiones.
CAPITULO VI
De la naturaleza de la voluntad humana, según la cual las pasiones del alma vienen a ser o malas o buenas
Lo que importa es qué tal sea la voluntad del hombre, porque si es mala, estos movimientos serán malos, y si es buena, no sólo serán inculpables, sino dignos de elogio, puesto que en todos ellos hay voluntad, o, por mejor decir, todos ellos no son otra cosa que voluntades; porque ¿qué otra cosa es el deseo y alegría sino una voluntad conforme con las cosas que queremos? ¿Y qué es el miedo y la tristeza sino una voluntad disconforme a las cosas que no queremos? Pero, cuando nos conformamos deseando las cosas que queremos, se llama deseo, y cuando nos conformamos gozando de los objetos, que nos son más agradables y apetecibles, se llama alegría, y asimismo cuando nos es menos conforme y huimos de lo que no queremos que nos acontezca, tal voluntad se llama miedo, y cuando nos conformamos y huimos de lo que con nuestra voluntad nos sucede, tal voluntad es tristeza, y sin duda alguna que, según la variedad de las cosas que se desean o aborrecen, así como se paga de ellas u ofende la voluntad del hombre, así se muda, y convierte en estos o aquellos afectos, por lo que el hombre que vive según Dios y no según el hombre, es necesario que sea amigo de lo bueno, de donde se sigue que, aborrezca lo malo; y porque ninguno naturalmente es malo, sino que es malo por su culpa y vicio, el que vive según Dios debe aborrecer de todo corazón a los malos, de suerte que ni por el vicio aborrezca al hombre, ni ame el vicio por el hombre, sino que aborrezca al vicio y ame al hombre, porque, quitando el vicio, resultará que todo deba amarse y nada aborrecerse.
CAPITULO VII
Que el amor y dilección indiferentemente se usa en la Sagrada Escritura en bueno y mal sentido
Porque todo el que quiere amar a Dios, y no según el hombre, sino según Dios, amar al prójimo como a sí mismo, sin duda por este amor se llama de buena voluntad, la cual en la Escritura suele llamarse ordinariamente caridad, aunque también se la denomina amor, porque hasta el Apóstol dice «que debe ser amador o amigo de lo bueno aquel que él manda elegir para gobernar el pueblo», y el mismo Señor, preguntando y diciendo al apóstol San Pedro: «¿Me quieres más que a éstos?», respondió: «Señor, tú sabes que te amo.» En otra ocasión le preguntó no si le amaba, sino si le quería Pedro, quien respondió otra vez: «Señor, tú sabes lo que te amo»; pero en la tercera pregunta tampoco dice el Salvador «¿me quieres», sino «¿me amas?»; donde, prosiguiendo el evangelista, dice «que se entristeció Pedro porque tercera vez le preguntó si le amaba». Habiendo dicho el Señor, no tres veces, sino una, «¿me amas?», y dos veces «¿me quieres?», se da a entender claramente que cuando asimismo decía el Señor: «¿Me quieres?», no decía otra cosa que «¿me amas?» Pero San Pedro no mudó la palabra de su interior sentimiento, que era una misma, sino que tercera vez respondió: «Señor, tú lo sabes todo, tu sabes que te amo.»
He dicho esto porque algunos piensan que una cosa es la dilección o caridad, y otra el amor, pues dicen que la dilección debe tomarse en buen sentido y el amor en malo; sin embargo, es innegable que ni los autores profanos han usado de esta distinción, y, así, adviertan los filósofos si ponen diferencia en esta expresión, o cómo la ponen, en atención a que sus libros con bastante claridad nos insinúan cómo estiman y aprecian el amor en buena parte, y para con el mismo Dios; sin embargo, fue necesario manifestar cómo las Escrituras de nuestra santa religión, cuya autoridad anteponemos a otra cualquiera literatura o ciencia, no constituyen diferencia entre el amor y la dilección o caridad, porque ya hemos demostrado cómo también el amor se dice en buen sentido.
Mas porque ninguno imagine que el amor se dice en buena y en mala parte, y que la dilección no, sino en buena, advierta lo que dice el real Profeta: «Quien pone su dilección o cariño en la iniquidad, aborrece a su alma»; y el apóstol San Juan: «Si alguno pusiere su corazón y dilección en el mundo, en este tal no hay dilección y caridad de Dios.» Y ved aquí en un mismo lugar la dilección en bueno y en mal sentido. Que el amor se tome en malo, porque en bueno ya lo hemos demostrado, lean lo que dice la Sagrada Escritura: «Serán entonces los hombres amigos y apasionados de sí mismos y amadores del dinero.» De modo que la voluntad recta es buen amor, y la voluntad perversa mal amor, el amor, pues, que desea tener lo que ama, es codicia, y el que lo tiene ya y goza de ello, alegría; el amor que huye de lo que le es contrario, es temor, y si lo que le es contrario le sucede, sintiéndolo, es tristeza; y así, estas cualidades son malas si el amor es malo, y buenas si es bueno.
Pero probemos, y comprobémoslo con las sagradas letras. El Apóstol dice: «Desea morir y hallarse con Cristo», y más acomodadamente: «Deseó mi alma grandemente en todo tiempo, aficionarse a tus preceptos y mandamientos, y el amor de la sabiduría nos conduce al reino eterno.» Pero comúnmente hemos convenido en que al decir codicia o concupiscencia, si no añadimos de qué es la codicia o la concupiscencia, no se pueda tomar sino en mala parte. La alegría en el salmo se toma en buena parte: «Alegraos en el Señor y regocijaos los justos»: «Diste alegría a mi corazón»; y: «Me llenarás de alegría con tu presencia..» El temor se toma en buen sentido en el Apóstol, donde dice: «Entended a lo que toca a vuestra salvación con temor y temblor»; y: «No te engrías y ensoberbezcas; sino teme»; y: «Temo no suceda que, como la serpiente con su astucia embaucó y engañó a Eva así se profanen vuestras potencias interiores y se desvíen de la castidad y pureza que se debe a Cristo.» Pero acerca de la tristeza, a la que llama Cicerón aegritudo, y Virgilio dolor, donde dice dolent, gaudentque, duélense, y se alegran (sin embargo, yo tuve por más conveniente llamarla tristeza, porque la aegritudo o el dolor más ordinariamente se dice de los cuerpos) es más dificultosa la duda sobre si puede entenderse en buen sentido.
CAPITULO VIII
De las tres perturbaciones o pasiones que quieren los estoicos que se hallen en el ánimo del sabio, excepto el dolor o la tristeza, lo cual no debe admitir o sentir la virtud del ánimo
De las que los griegos llaman eupathías, y nosotros podemos decir pasiones buenas, y Cicerón en el idioma latino llamó constancias, los estoicos no quisieron que hubiese en el ánimo del sabio más que tres en lugar de tres pasiones, por el deseo, voluntad; por la alegría, gozo; por el temor, cautela; pero en lugar del dolor (a que nosotros, por huir de la ambigüedad, quisimos llamar tristeza) dicen que no puede haber objeto alguno en el ánimo del sabio; porque la voluntad apetece y desea lo bueno, lo que hace el sabio; el gozo es del bien conseguido, lo cual dondequiera alcanza el sabio; la cautela evitar el mal, lo que debe obviar el sabio.
Pero la tristeza, porque es del mal que ya sucedió, son de opinión los estoicos que ningún mal puede traer al sabio y dicen que en lugar de ella no puede haber otra igual en su ánimo; así les parece que; fuera del sabio, no hay quien quiera, goce y se guarde, y que el necio no hace sino desear, alegrarse, temer y entristecerse; y que aquellas tres son constancias y estas cuatro perturbaciones, según Cicerón, y, según muchos, pasiones. En griego, aquellas tres, como insinué, se llaman eupathías, y estas cuatro, pathías.
Buscando yo con la mayor diligencia que pude si este lenguaje cuadraba con el de la Sagrada Escritura, hallé lo que dice el profeta: «No se gozan los impíos, dice el Señor», como que los impíos pueden más alegrarse que gozarse de los males, porque el gozo propiamente es de los buenos y piadosos. Asimismo en el Evangelio se lee: «Todo lo que queréis que os hagan los hombres, eso mismo haréis vosotros con ellos», y parece que lo dice porque ninguno puede querer algún objeto mal o torpemente, sino desearlo. Finalmente, algunos intérpretes por el estilo común de hablar añadieron todo lo bueno, y así interpretaron: «Todo el bien que queréis que os hagan a vosotros los hombres»; porque les pareció que era necesario excusar que ninguno quiera que los hombres le hagan acciones inhonestas e indebidas, y por callar las torpes, a lo menos los banquetes excesivos y superfluos, en los cuales, haciendo el hombre lo mismo, le parezca que cumplirá con este precepto. Pero en el Evangelio citado en idioma griego, de donde se tradujo al latino, no se lee lo bueno, sino: «Todo lo que queréis que hagan con vosotros los hombres, eso mismo haréis vosotros con ellos»; imagino que lo dice así, porque cuando dijo, queréis, ya quiso entender lo bueno, porque no dice cupitis, lo, que deseáis; sin embargo, no siempre debemos estrechar nuestro lenguaje con estas propiedades, aunque algunas veces debemos usar de ellas; y cuando las leemos en aquellos de cuya autoridad no es lícito desviarnos, entonces se deben entender. cuando el buen sentido no pueda hallar otro significado, cómo son las autoridades que hemos alegado, así de los profetas como, del Evangelio. Porque ¿quién ignora que los impíos se regocijan y alegran? Sin embargo, dice el Señor que no se gozan los impíos; ¿y por qué, sino porque cuando este verbo gaudere o gozarse se pone propiamente y en su peculiar sentido significa otra cosa?
Asimismo, ¿quién puede negar que está bien mandado que lo que deseamos que otros hagan con nosotros, eso mismo hagamos nosotros con ellos, para que no nos demos unos a otros deleites y gustos torpes? Y, con todo, es precepto muy saludable y verdadero: «Todo lo que queréis que hagan los hombres, con vosotros, eso mismo haréis vosotros con ellos.» Y esto ¿por qué, sino porque en este lugar la voluntad se usa en sentido propio, sin que se pueda tomar en mala parte? Pero ¿no diríamos en el lenguaje más común que usamos: «No queráis mentir toda mentira>, si no hubiese también voluntad mala, de cuya malicia se diferencia aquella voluntad que nos anunciaron y predicaron los ángeles, diciendo: «Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad», porque inútilmente se dice de buena, si no puede ser sino buena? ¿Y qué alabanza hubiera hecho el Apóstol de la caridad, al decir: «No se alegra del pecado» si no se alegra con él la malicia?
Pues hasta en los autores profanos se halla esta diferencia de palabras, porque Cicerón, famoso orador, dijo: «Deseo, padres conscritos, ser clemente»; habiendo puesto este, verbo cupío en bien, ¿quién hay tan poco erudito que no piensa que mejor debía decir volo que cupío? Y en Terencio, un joven libertino llevado de su deshonesto apetito, dice: «Nada quiero sino a Filomena»; y que esta voluntad era deshonesta, bastantemente lo manifiesta la respuesta que allí da un criado anciano, porque dice a su amo: «¿Cuánto mejor te fuera buscar un medio para desechar ese temor de tu corazón, que hablar expresiones con que en vano vayas encendiendo más y más el voraz fuego de tu apetito?» Y que lo que es gaudium o gozo lo hayan también descrito en mal sentido, lo manifiesta aquel verso de Virgilio, donde con suma brevedad compendió estas cuatro perturbaciones: «De este terreno peso les proviene dolerse, desear, temer, gozar.» Dijo también el mismo poeta: «Los malos gozos del alma», por los ilícitos placeres.
Por lo tanto, los buenos y los malos quieren, se guardan, temen y gozan; y, por decir lo mismo con otras palabras, los buenos y los malos desean, temen y se alegran; pero los unos bien y los otros mal, según que es buena o mala su voluntad. Y aun la tristeza, en cuyo lugar dicen los estoicos que no se puede hallar cosa alguna en el alma del sabio, se halla usada en buena parte, y principalmente entre los nuestros; porque el Apóstol elogia a los corintios de que se hubiesen entristecido según Dios.
Pero dirá alguno acaso que el Apóstol les dio el parabién de que se hubiesen acongojado haciendo penitencia, y semejante tristeza no la puede haber sino en los que pecaron; porque dice así: «Veo que aquella carta, aunque sólo por algún tiempo, os entristeció; pero ahora me lisonjeo y lleno de placer, no porque os habéis acongojado, sino porque os habéis entristecido para hacer penitencia; pues os habéis contristado según Dios, de manera que por mi no os ha venido ningún daño o detrimento, porque la tristeza que es según Dios, causa en el hombre para su salud espiritual una penitencia y arrepentimiento inarrepentible; pero la tristeza del mundo motiva la muerte, porque ya veis, como esto mismo que es entristecerse según Dios, cuánta solicitud y cuidado pone en nosotros.»
Y conforme a esta doctrina pueden los estoicos responder por su parte que la tristeza parece muy útil para que se duelan y arrepientan de su pecado, y que en el ánimo del sabio no puede haber causa, porque no hay pecado cuyo arrepentimiento le cause tristeza, ni puede existir algún otro mal cuya pasión y dolor le contriste; porque aun de Alcibíades refieren (si no me engaña la memoria en el nombre de la persona) que creyendo era bienaventurado oyendo los discursos e instrucciones de Sócrates, que le manifestaron era miserable por ser necio e ignorante, se cuenta que lloró.
Así que la necedad fue aquí la causa propia de esta inútil e importante tristeza con que el hombre se duele de no ser lo que debe ser; mas los estoicos dicen que no el necio, sino el sabio, es incapaz de tristeza

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