lunes, 10 de septiembre de 2012

Una Teologia para la Iglesia / ¿Qué ha Creído la Iglesia? Parte II


Historia del Concepto de la Iglesia
El tópico de la iglesia misma ha sido de interés intermitente en la historia de la iglesia. En el siglo IV las discusiones de la iglesia con los Donatistas fueron intensas, una controversia que se enfocaba significativamente en la naturaleza de la iglesia. En la Edad Media las discusiones sobre la autoridad del obispo de Roma contribuyeron a la separación entre Oriente y Occidente y dieron lugar a intensas disputas entre teólogos de Occidente. Más tarde, John Huss, John Wycliffe y otros medievales anticonformistas publicaron una doctrina de la iglesia invisible, en la cual, Cristo y no el papa era la Cabeza. Así como las discusiones sobre el tema de la iglesia fueron y vinieron a lo largo del tiempo, un número importante de asuntos fueron adquiriendo gradualmente mayor claridad.
Las asambleas de cristianos, o iglesias locales nombradas en el Nuevo Testamento, son ejemplos de iglesias visibles. Dios ha diseñado la iglesia para ser un testimonio visible y apreciable por el mundo circundante. Pero, ¿Es visible la única forma en que puede describirse la iglesia? Después de todo, Jesús expresó que la cizaña había sido sembrada entre el trigo pero que la dos serían separadas el último día (Mat 13:24-30). ¿Se puede hablar entonces de la iglesia “invisible”, es decir, de la iglesia como Dios la ve, o como aparecerá el último día? La iglesia invisible es entonces la iglesia formada por todos los verdaderos creyentes, estén o no en la iglesia visible, y excluyendo a aquellos de la iglesia visible que no están genuinamente convertidos. No hay dos iglesias separadas una visible y otra invisible; hay dos aspectos de la verdadera iglesia.[104]
Históricamente, los Protestantes han liderado la distinción entre la iglesia visible y la invisible. Esta distinción ha sido usada para explicar la ausencia visible de la unidad predicada por Jesús en Juan 17. Por su naturaleza, la iglesia invisible está unida; lamentablemente, la iglesia visible está mezclada y dividida. En tanto que no hay precisión al afirmar que la idea de la iglesia invisible comenzó con la Reforma Protestante, ya que la idea se encuentra en Wycliffe, Huss y hasta en Agustín, los Reformadores Protestantes hicieron uso particular de esta idea. [105]
Otra dicotomía con significativa historia de consideraciones teológicas en la iglesia ha sido la distinción hecha entre la iglesia local y la iglesia universal o católica. La iglesia que está formada por todos los cristianos a lo largo de la historia, es la iglesia universal. Aunque la iglesia universal nunca se ha congregado, un día lo hará, y todos los cristianos son considerados por Dios parte de ese cuerpo elegido. Por otra parte, la iglesia local es simplemente la congregación local de los cristianos. Con una posible excepción (uso interesante de Lucas en Hechos 9:31), la palabra iglesia que se encuentra en las traducciones del Nuevo Testamento, siempre se refiere tanto a la iglesia local (la mayoría de las veces) o a la iglesia universal (algunas veces).[106] Los cristianos han aceptado históricamente ambos usos. Sin embargo, han perdurado dos discusiones significativas respecto a esta dicotomía.
Primero, y la más significativa para la iglesia en todo el mundo, ha sido la discusión acerca de si hay un orden y una forma de gobierno prescritos para la iglesia universal tal como lo hay para la iglesia local. La Iglesia Católica Romana sostiene que hay un orden universal. La Iglesia Ortodoxa Griega y muchos grupos Protestantes sostienen que hay estructuras que han sido desarrolladas que están permitidas y son útiles, aunque no son un mandato de las Escrituras, tales como asambleas nacionales, convenciones, arzobispados y así por el estilo. Por otro lado, los Congregacionalistas, como los Bautistas, han mantenido que el Nuevo Testamento no prescribe estructura alguna para la iglesia universal. Se entiende que toda cooperación entre congregaciones es voluntaria y consensual.
Una segunda controversia, de particular preocupación para los cristianos Bautistas ha sido el tema de si uno puede, legítimamente, referirse a algo como una iglesia si no han sido establecidas para ella ni estructuras ni orden. Irónicamente, algunos Bautistas del siglo XIX y sus herederos coincidieron con este aspecto del pensamiento Católico Romano. Sin embargo, ellos agregaron la conclusión que en el Nuevo Testamento nunca se discute sobre la iglesia universal. Esta controversia fue conocida con el nombre de Territorios Marcados [107] Este fue el texto de un sermón de J. M. Pendleton y la base del libro de J. R. Graves, Antiguos Territorios Marcados: ¿Qué son? (1854). Este libro se transformó en un manifiesto y ejerció una gran influencia entre los Bautistas en ciertas partes de Estados Unidos.[108]
Hay otra dicotomía que ha sido usada para describir diferentes aspectos de la iglesia es la iglesia militante y la iglesia triunfante.[109] La iglesia militante se refiere a los cristianos vivos quienes están en una batalla constante con el pecado, la carne y el mundo.[110] La iglesia triunfante se refiere a los cristianos que están en el cielo, apartados de la guerra espiritual y totalmente victoriosos. [111] La Iglesia Católica Romana también habla de la iglesia sufriente mediante la cual indican tanto la iglesia que está ahora en la tierra como aquellos que están redimidos pero que todavía están siendo purificados en el purgatorio.
El tópico de la iglesia vino a ser el punto focal del debate teológico formal en la Reforma. Aquí, como en muchas partes del desarrollo teológico de la iglesia, la cuestión de cómo distinguir lo verdadero de lo falso conduce a una definición más clara de la verdad.
Antes del siglo XVI, la iglesia era más asumida que discutida. Era considerada como un medio de gracia, una realidad existente, y una presuposición para el resto de la teología. La teología Católica Romana comúnmente se refiere al “misterio de la iglesia” queriendo decir la inagotable e inestimable profundidad de esta realidad de la iglesia. Por eso, la Vulgata, en Efesios 5:32 se refiere a la unión de Cristo con su iglesia como un sacramentum (misterio). Prácticamente la Iglesia de Roma argumentó que era la verdadera y visible iglesia de acuerdo a la sucesión de Pedro a través del obispo de Roma establecida en base a las palabras de Jesús a Pedro en Mateo 16.
Con la llegada de la Reforma, la discusión sobre la naturaleza de la iglesia resultó inevitable. Para los Reformadores Protestantes, “no la pretendida silla de Pedro sino las enseñanzas de Pedro eran la verdadera señal de sucesión apostólica. La Reforma hizo del evangelio no de la organización eclesiástica, el test de la verdadera iglesia”.[112] Calvino criticó la declaración de Roma de ser la verdadera iglesia en base a la sucesión apostólica. “Especialmente en la organización de la iglesia nada es más absurdo que asegurar la sucesión solo en personas prescindiendo de las enseñanzas”. [113] Considerando que los atributos de la iglesia (una, santa, universal y apostólica) han sido insuficientes para distinguir entre una iglesia verdadera y una falsa, la Reforma introdujo la notae ecclesiae, las características de la iglesia: la correcta predicación de la Palabra de Dios y la recta administración de las ordenanzas.
Comenzando con la Reforma, entonces, los Protestantes han creído que una congregación individual, local, debe ser considerada como una verdadera iglesia cuando la Palabra de Dios es correctamente predicada y las ordenanzas de Cristo son justamente seguidas. La correcta predicación de la Palabra de Dios es la disciplina formativa que modela la iglesia (como opuesta a la disciplina correctiva que incluye medidas como la excomunión). El ministerio de la Palabra, por tanto, es central y definitivo. La vía para distinguir entre una verdadera iglesia y una falsa iglesia es preguntar si la adoración pública consiste en la correcta predicación de la Palabra de Dios y la justa aplicación de las ordenanzas de Cristo. Si ambas están presentes, es una verdadera iglesia.[114] La Palabra que es correctamente enseñada debe llevar a la iglesia a la justa administración de las ordenanzas de Cristo (lo cual también implica que debe ser ejercida la disciplina).[115]
Estrechamente relacionado con el concepto de la universalidad de la iglesia está la idea de la unidad de la iglesia. Las primeras iglesias cristianas mostraron su unidad como medio de defensa ante los herejes e iconoclastas. Pero las mutuas excomulgaciones sobre asuntos como el Nestorianismo, el Monofisismo o la supremacía papal desgarraron la visible unidad de la iglesia. La iglesia fue adicionalmente dividida durante la Reforma tanto por la comprensión Protestante del evangelio como por su método de entender el evangelio mediante la transparencia y suficiencia de las Escrituras en lugar de la mediación de la iglesia. Los Católico Romanos han insistido en una visible unidad de la iglesia. Los Protestantes han insistido, por el contrario, en la primacía de una unidad en doctrina y espíritu.
Las denominaciones, tal como las conocemos hoy, surgieron principalmente en el siglo XVII, aunque sus raíces son anteriores. Los Protestantes no buscaron dividir superficialmente la iglesia sino que los principios Protestantes de la claridad de las Escrituras (precisión), y autoridad les daba la garantía, o aun les demandaba su uso para separar las falsas enseñanzas. Como dijo Calvino “no reconocemos unidad excepto en Cristo, ni caridad de la cual no sea Él la garantía… por lo tanto, el punto principal para preservar la caridad es mantener la Fe sagrada y entera”.[116] Esto significa que los Reformadores reconocieron que el costo de la unidad al precio de la verdad era un mal negocio. Una correcta división era preferible a una unión corrupta. Por estas razones varios grupos del continente europeo batallaron libres del control de iglesias establecidas y comenzaron a persistir en su propia comprensión de la fidelidad de las Escrituras.
La mayoría de las denominaciones conocidas hoy en los Estados Unidos comenzaron a crecer en el Reino Unido (aunque sus raíces se remontan a todo el continente). Presbiterianismo, Congregacionalismo y una creencia en el bautismo de los creyentes, son todas derivadas de la Reina Elizabeth I de Inglaterra (1558-1603). Sin embargo, no le fue dado un tolerante reconocimiento fuera de la iglesia establecida hasta finales del siglo XVII, casi cien años después. Las denominaciones pueden haber solidificado las divisiones en la iglesia, pero ellas también facilitaron el despertar de las conciencias de muchos cristianos precavidos del siglo XVII. La libertad de reunirse y adorar de acuerdo a su propia conciencia fueron pasos fundamentales en el desarrollo de las denominaciones tal como las conocemos hoy.
Las tres “antiguas denominaciones” como fueron llamadas, fueron los Presbiterianos, los Congregacionalistas y los Bautistas.
Estas tres juntas dieron lugar al establecimiento de los Episcopalianos y a la denominación del siglo XVIII, los Metodistas, abarcando a los religiosos de origen británico que se habían desplazado a Norteamérica. Una vez más, otro significativo grupo étnico fue añadido tales como las iglesias Reformadas Francesa y Alemana o los grupos luteranos Ale manes y Escandinavos. América vino a ser el primer laboratorio para evaluar la coexistencia de denominaciones de las iglesias cristianas.
Estos grupos de iglesia retuvieron por largo tiempo sus doctrinas y prácticas distintivas, y han surgido nuevas desde entonces. Brevemente, el surgimiento de denominaciones representa el creciente deseo por la fidelidad en la pureza antes que en la unidad. [117] Cada congregación decide cuales asuntos deben tener en común los miembros antes de que puedan en sana conciencia experimentar y expresar unidad con ellos.
Historia de la Ordenanzas de la Iglesia
Es tristemente irónico que muchas de las acciones que los cristianos han sido llamados a compartir en común (reconocer “un solo bautismo” [Ef 4:5]; celebrar la Cena del Señor juntos [1ª Co 11: 18, 21, 33]) hayan sido el foco de muchas disputas y divisiones a lo largo de la historia de la iglesia. Las disputas se han centrado tanto en el número como en la naturaleza de las ordenanzas a ser practicadas por la iglesia.
Entre los teólogos que datan desde Agustín en el siglo V hasta Hugo St. Victor en el siglo XII, no hubo acuerdo sobre el número de sacramentos. [118] El número varía desde dos en total hasta treinta o más. Desde el siglo XIII, la Iglesia Católica Romana ha reconocido siete sacramentos. Los teólogos de los siglos XII y XIII, especialmente Hugo St. Victor, Peter Lombard, Alexander de Hales y Tomás de Aquino, apoyaron intensamente la posición de la Iglesia de Roma respecto al número y naturaleza de los sacramentos. Junto con el bautismo y la Eucaristía, la Iglesia Católica Romana también enseña que la confirmación, la confesión y penitencia, el matrimonio, la ordenación al sacerdocio y la extremaunción (últimos ritos), son sacramentos a ser observados por los cristianos como medios de gracia ordenados por Dios.
Aunque puede argumentarse sobre bases bíblicas para estos últimos cinco sacramentos, la Iglesia Católica Romana no cree en la suficiencia de las Escrituras. En su lugar enseña, que la tradición de la Iglesia, junto con la Escritura preservan la voluntad revelada por Dios para su pueblo. Sin embargo, en el Nuevo Testamento no aparece desarrollado ninguno de estos sacramentos en ninguno de los autores, pese a eso, la teología de la Iglesia Católica Romana no se avergüenza.
Otros grupos tales como los Cuáqueros y el Ejército de la Salvación han mantenido que hoy en día no deben observarse ordenanzas, ni siquiera el bautismo y la Cena del Señor. Ellos enseñan que estas acciones tuvieron significado para los primeros creyentes y que nunca se pretendió una observancia continuada en la iglesia. No obstante, lo que debe continuar son las realidades espirituales de entrar a la nueva vida en Cristo y comunicarse con Dios quien viene de nuevo. Ambas cosas fueron simbolizadas por el bautismo y la Cena del Señor. Hablando acerca de George Fox, fundador de los Cuáqueros, Rufus Jones ha escrito:
Su casa de adoración estaba desnuda excepto por las sillas. No tenía santuario, la shekinah (la gloria o presencia de Dios) ocurriría en el corazón de cada uno de los que adora. No hay altar, puesto que Dios no necesita calmarse ya que él mismo ha hecho el sacrificio por los pecados. No hay fuente bautismal porque el bautismo en su creencia no es otra cosa que una inmersión permanente en la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, un descenso al significado de la muerte de Cristo y un elevarse a la nueva vida con él. No había mesa de comunión porque él creía que la verdadera comunión consiste en participar directamente del pan espiritual del alma, el Cristo viviente. [119]
Ciertamente, la abstención de Fox del bautismo y la Cena del Señor es consistente con su priorización de la luz interior (tomado de Juan 1:9) sobre y por encima de la Palabra escrita de Dios.
Algunos cristianos han sostenido que el lavado de los pies debería conservarse como tercera ordenanza. Entre estos hay grupos de Antiguos Regulares y Bautistas Regulares, Bautistas Primitivos y Hermanos de la Gracia y algunos otros grupos. [120] Citando la evidencia de Juan 13: 13-15 ellos construyen el ejemplo de Jesús no como una lección acerca de la humildad. En vez de eso, ellos interpretan que Jesús enseñó que este ritual debe ser continuado por los cristianos. Ningún registro histórico sugiere que los cristianos primitivos practicaran el lavado de los pies como una ordenanza de la iglesia. Aún así, varios de estos grupos en el período post- Reforma han reiniciado esta práctica.
Toda discusión respecto al número y la naturaleza de las ordenanzas de Cristo podría verse como algo alejado de los intereses de las iglesias cristianas actuales. El mandato de Cristo a bautizar es ignorado o minimizado en la enseñanza de muchas iglesias, en los libros y leídos generalmente por los evangélicos y en los requerimientos de membrecía de tales iglesias. Además, la Cena del Señor es rara vez celebrada en muchas congregaciones. Por todo esto, la doctrina Reformada de solo fide (solo fe) ha sido explotada para insanos propósitos, siendo usada para relegar cualquier cosa no directamente necesaria para la salvación al status de sin importancia. Pero seguramente si Cristo ha ordenado algo, sus seguidores no tienen autoridad para alterar su mandato ya sea añadiéndole cosas o ignorándolo.
Históricamente, los Bautistas nunca estuvieron en peligro de ignorar las ordenanzas de Cristo. Desde el nombre hasta la práctica, los Bautistas se han caracterizado por una comprensión particular del bautismo. Aún así tal forma de practicar el bautismo por los creyentes no ha dado lugar a controversias con otras denominaciones. Más bien, el bautismo de infantes ha causado muchos de los debates y divisiones en la historia de las iglesias cristianas.
Han ocurrido debates muy acalorados en torno a cuando comenzó la práctica de bautizar los infantes. Quienes lo practican en la actualidad casi universalmente argumentan que los cristianos del primer siglo realizaban el bautismo de infantes aunque deben admitir que la referencia del nuevo Testamento es tangencial, por deducción. Otros han sido menos competentes para encontrar sus orígenes en los primeros años de la iglesia cristiana. De la Historia del bautismo de infantes de William Wall, la monumental defensa anglicana del siglo XVII hasta el debate de mediados del siglo XX entre los eruditos Joachim Jeremias y Kurt Aland, el consenso ha continuado eludiendo a los eruditos. [121] La Didache, la Carta de Bernabé y El Pastor de Hermas, son todos ellos documentos del siglo II que reflejaban la práctica de la iglesia de esos tiempos; y en ninguno de ellos, se menciona el bautismo de infantes. De hecho, en sus declaraciones sobre el bautismo, todas presuponen el bautismo de creyentes. La declaración de Tertuliano en De Baptismo (escrito entre los años 200y 206 D.C.) atacando el bautismo de infantes “constituye la primera mención expresa del bautismo de infantes en la historia de la iglesia.” [122]
Posteriormente, en la primera mitad del siglo III D.C., Orígenes se refiere al bautismo de infantes.[123] En este punto resulta poco creíble llamarlo una práctica universal. La práctica del bautismo de infantes parece originarse con el surgimiento de la comprensión ex opere operato [124] de sus efectos, se pensaba que el bautismo podía asegurar el perdón de los pecados de todo aquel que se bautizara. Cuando el cristianismo se hizo legal y se estableció, surgió la presión por extender la membrecía a toda la congregación. A raíz del Concilio de Cartago del año 418 D.C., todo aquel que enseñara contra el bautismo de infantes era anatematizado.[125] En el siglo VI, el emperador Justiniano decretó la obligación del bautismo de infantes en todo el imperio romano.
Mientra los Católico Romanos, los Ortodoxos y varios grupos disidentes continuaron practicando el bautismo de creyentes en el caso de los convertidos, no hay un resurgimiento real de la práctica de bautizar solo creyentes hasta principios del siglo XVI, cuando alguna gente, particularmente los evangélicos Anabaptistas, comenzaron a rechazar la validez del bautismo de infantes.[126] No es un hecho fortuito que la naturaleza de la verdadera conversión comenzó a ser clarificada al mismo tiempo que el evangelio de la justificación solo por fe comenzó su resurgimiento. Antes de la Reforma, la mayoría de los cristianos se llamaba a sí mismos cristianos en gran parte para afirmar la familia, la feligresía, el pueblo y hasta la nación a la cual pertenecían. La Reforma trajo una nueva apreciación de la radical naturaleza de la conversión cristiana. La conversión no es el resultado de un rito de la infancia ni de la membrecía en alguna entidad política en particular. Es el resultado de la profesión de fe en la obra justificadora de Dios en Cristo.
La reafirmación de la autoridad de la Escritura y la claridad del evangelio condujo a un sorprendentemente rechazo mayoritario de la autoridad del obispo de Roma. En la medida que se difundió el evangelio de la justificación solo por la fe, la imposibilidad de justificación sin fe cambió totalmente la práctica de administrar indiscriminadamente el bautismo y la Cena del Señor a cualquiera que perteneciera a una particular entidad política ya fuese ciudad, nación o feligresía. De manera que, para fines de siglo, la relación que Constantino había establecido con la iglesia cambió por completo. Más aun, los Anabaptistas fueron los primeros en repensar la eclesiología y reconstruir la relación entre el estado y la iglesia, como se verá en breve.
En la Europa cristiana, reconsiderar lo que significa ser cristiano requería reconsiderar los que significa ser ciudadano de una ciudad o de una nación. Previamente, quizás un cristiano podía imaginarse que fuera de su país vivían otros cristianos. Ahora, en virtud de la eclesiología Bautista, era posible pensar en ciudadanos del propio país que no fuesen cristianos, o al menos, no miembros de la misma iglesia. Desde el principio, la eclesiología ha puesto a las Bautistas aparte de los otros evangélicos. La doctrina de una iglesia visible compuesta solamente por bautizados regenerados es el sello de los Bautistas.
Retomar la imagen del Nuevo Testamento de una iglesia de creyentes cambió los supuestos que la mayoría de los cristianos había hecho desde la época de Constantino, particularmente, que el estado es responsable de proveer para la iglesia y que la iglesia es responsable de guiar al estado. Una fuerte conexión de este tipo entre iglesia y estado prevaleció con los herederos de Constantino y en algunas áreas del Oriente Ortodoxo. En el Oriente, lo que se llamó caesaro-papism trató a la iglesia como la responsable del gobierno; en efecto, veía al César como el papa, de ahí el nombre. En el Occidente, ha existido una relación menos centralizada y más amplia entre la iglesia y el estado. Mientras el estado mantuvo la posición dominante en el Oriente, sobre todo a partir del surgimiento del Islam, la iglesia ha predominado en el Occidente, dada su organización más centralizada y de implementar una jurisdicción episcopal sobre los gobernantes. Algunas veces, fueron excomulgados emperadores y ciudades enteras fueron puestas en entredicho [127] (algo impensable en el Oriente).
Durante la Reforma Protestante, los líderes teológicos continuaron afirmando la tradicional comprensión de Occidente de la relación entre iglesia y estado. Bien fuese desde perspectivas pasivas (Luteranismo) o agresivas (Calvinismo), se tomó posición en torno a la autoridad del magistrado y las sucesivas reformas introdujeron pequeños cambios inmediatos en la relación entre la iglesia y el estado. Una nación que enfrenta una reforma se enfoca en asuntos tales como cuál iglesia reconocer y qué estructuras adoptar, dos cuestiones sobre la teología y el liderazgo que no desestabilizan la unidad básica de la feligresía europea. Las naciones protestantes tuvieron distintas respuestas ante tales temas. Pero en ninguna reforma magisterial se disolvió o reemplazó la congregación local.[128]
Como se ha dicho, la desaprobación bautista del bautizo de infantes puso en peligro el estado – iglesia constantiniana establecida en la Europa Occidental. [129]
El Bautista cree que la membrecía regenerada en la iglesia hace las relaciones entre los ciudadanos y su iglesia, de modo que entre la iglesia y el estado es voluntaria. Esto podría haber sido inimaginable a principios y a mediados del siglo XVI. Por último, la eclesiología Bautista proporciona la semilla para el nacimiento de las nociones modernas de libertad de religión, en las cuales ninguna iglesia está establecida y los derechos de los ciudadanos de cualquier religión están asegurados. Como cristianos tratan de responder una simple pregunta ¿Quién debería ser bautizado? Y encuentran que la respuesta a tal pregunta tiene efectos tremendos. Si concluyen que solo los creyentes deberían ser bautizados, eso prohibiría tener una membrecía que fuese extensiva a la población en general, y en efecto, excluiría tener una iglesia establecida.
La Iglesia Católica Romana enseña que el bautismo en y por sí mismo, transmite la gracia de Dios, perdonando todos los pecados, tanto el original como los actuales. La Reforma Luterana enseñó que el bautismo es ciertamente efectivo.[130] Lutero en su catecismo dijo, “el bautismo obra para el perdón de los pecados, libera del diablo y de la muerte, y da salvación eterna a todo aquel que cree esto, como las palabras y promesas que Dios declara.” [131] Calvino, emulando a Agustín, llamó al bautismo “la Palabra visible.” [132] El Concilio de Trento (1545-1563) anatematizó a cualquiera que enseñara que el bautismo confería gracia solo a aquellos que tenían fe y no ex opere operato. Los Presbiterianos y los Reformados consideran al bautismo como una señal y un sello de la gracia de Dios. [133]
Entre los Bautistas, el bautismo nunca ha sido tratado como un conducto esencial a la gracia de Dios. Más bien, lo han interpretado como una ordenanza dada a los nuevos creyentes, y por tanto, el medio natural para celebrar y expresar su salvación. El bautismo es un sermón visible, completamente dependiente del Espíritu de Dios para crear la realidad espiritual que ilustra. En el bautismo de un creyente “Está la bendición del favor de Dios que viene con toda obediencia, tanto como el gozo que viene de la confesión pública de fe, y la certeza de tener una representación grafica de la muerte y resurrección con Cristo y el lavado de nuestros pecados.” [134]
El bautismo no ha sido la única ordenanza asediada por la controversia en la historia de la iglesia. La Cena del Señor es en su naturaleza y efectos ha sido interpretada de diversas maneras. Estas diferentes formas han ayudado a distinguir la teología Católico Romana de la Protestante y también han establecido las diferencias entre los protestantes. El foco de la discusión se ha centrado en la pregunta ¿Cuál es la relación de Cristo con Su Cena?
Desarrollada totalmente por Tomás de Aquino y confirmada por el Cuarto Concilio Laterano (1215),[135] la doctrina de la transustanciación describe la Cena del Señor como una representación del sacrificio de Cristo. Aquino argumentó que la esencia del pan en la celebración de la Eucaristía, se transforma en el cuerpo físico de Cristo en tanto que la esencia del vino se transforma en Su sangre física.[136] Entonces ¿Por qué el pan y el vino no cambian en apariencia? La respuesta de Aquino se basa en una distinción filosófica, planteada por Aristóteles, entre el accidente, o forma exterior y la sustancia, o esencia interior, de un objeto. Solo la sustancia del pan y del vino cambian dice Aquino, de ahí la palabra transustanciación. Los accidentes, es decir, las características que influyen sobre los sentidos humanos, permanecen inalterables.
La Eucaristía se interpreta como un real y efectivo “sacrificio no sangriento.” Todo aquel que participe de ella, dejando a un lado a los que hayan cometido pecado mortal, recibe la gracia de Dios. Participar en una misa constituye un acto digno de tal gracia. Generalmente, los participantes recibirán una galletita consagrada, la cual se entiende, será el transustanciado cuerpo de Cristo. Desde el –Concilio Vaticano II (1962-1965) se ha permitido que más personas laicas participen de la copa. Los promotores de la transustanciación siempre aplican las promesas de Cristo en Juan 6: 53-57 a la Cena del Señor aún cuando Cristo no había establecido la Cena. [137]
La Consustanciación niega la transformación literal y esencial del pan y del vino en la esencia de Cristo, pero propone que el cuerpo y la sangre de Cristo se unan con (con es el prefijo latino para “junto a”) la sustancia del pan y el vino en la Cena del Señor. Los teólogos luteranos han descrito el cuerpo y la sangre de Cristo como “en, con y mediante” el pan físico y el vino.[138] El Pequeño Catecismo de Lutero enseña: ¿Qué es el Sacramento del Altar? Es el verdadero cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, mediante el pan y el vino, para que los cristianos comamos y bebamos, instituido por Cristo mismo”. [139] La visión de Lutero le permitió continuar manteniendo una profunda reverencia hacia los elementos (y uno nunca debería subestimar el efecto de la devoción popular sobre la teología) al tiempo que se libraba a sí mismo de un problema lógico de la visión de Roma, a saber, que algo pareciera ser lo que no era (tales accidentes y sustancias ya no concordaban). Esta doctrina de la consustanciación continúa siendo enseñada por los teólogos luteranos.[140]
Juan Calvino enseñó que realmente Cristo está presente en su Cena pero que su presencia no es física, como enseñan los Católico Romanos y los Luteranos, sino espiritual.[141] Esta presencia espiritual es percibida y aprovechada por medio de la fe en lugar de los sentidos físicos. Aparte de la fe, entonces, la Cena no es efectiva. De acuerdo a este punto de vista, “como contraprestación a la declaración de poseer todas las riquezas en Cristo, los creyentes expresan su fe en Cristo como Salvador y se comprometen a obedecerlo como Señor y Rey.” [142] La Confesión de Westminster establece que el cuerpo y la sangre de Cristo están “realmente presentes en la fe de los creyentes, pero sólo espiritualmente” Ellos “realmente han recibido, no carnal ni corporal sino espiritualmente, y son sostenidos por Cristo crucificado, con todos los beneficios de su muerte.” [143]
De las cuatro visiones de la Cena del Señor detalladas aquí, solo la Cena como in memoriam ha sido aceptada universalmente. Los que abogan por las otras tres posiciones van más allá de la Cena como memorial pero ninguno niega que este sea un aspecto de la Cena del Señor. 1ª Corintios 11:26 es contundente “Porque cada vez que comen este pan y beben de esta copa, proclaman la muerte del Señor hasta que él venga”. De modo casi natural, entonces, el lenguaje memorialista se encuentra en la historia de la iglesia desde Clemente de Alejandría hasta Orígenes, desde Cirilo de Jerusalén hasta Juan Crisóstomo. Hasta Agustín usa eventualmente tal lenguaje. Esta visión se privilegia en la Reforma conjuntamente con la negación de la presencia física de Cristo en la Cena.
Ulrich Zwinglio enseñó que la Cena del Señor es una representación del sacrificio de Cristo pero solo en el sentido simbólico de proclamarlo de nuevo. [144] Zwinglio señala las palabras de Pablo en 1ª Corintios 11:25 como el más claro testimonio bíblico sobre cómo debe entenderse la Cena del Señor. Desde Zwinglio muchos Protestantes, incluso muchos Bautistas, han adoptado esta comprensión memorial, en primer lugar porque es indudablemente bíblica y luego (quizás) porque evita cualquier sugerencia del sacramentalismo de la posición Católico Romana. Es decir, los Bautistas históricamente han usado un lenguaje tan rico sobre la presencia de Cristo en la Cena del Señor para aquellos que vienen por fe que poca diferencia es perceptible entre su posición y la idea Reformada de la presencia espiritual de Cristo. [145]
La mayor división acerca de la forma en que la Cena del Señor es un medio de gracia en la vida de los cristianos es la misma división que se encuentra en la comprensión del bautismo. La pregunta decisiva es ¿Qué es la relación de fe para la ordenanza? ¿Hace la fe del participante a la ordenanza un medio de la gracia de Dios o concede gracia la ordenanza independientemente de la fe? Entre los Bautistas, no se considera la Cena del Señor como un conducto especial de la gracia de Dios. Más bien, se considera un mandato para los nuevos creyentes, y por tanto, el medio natural para distinguir a aquellos que han sido separados del mundo y dados a la comunión con Cristo. Tal como en el bautismo, la Cena del Señor presenta un sermón visible y es totalmente dependiente del Espíritu de Dios para crear la comunión espiritual entre Dios y los creyentes.
El catecismo de mediados del siglo XIX de C.H. Spurgeon ilustra bien este punto de vista. En respuesta a la pregunta 80 ¿Qué es la Cena del Señor? Spurgeon escribió:
La Cena del Señor es una ordenanza del Nuevo Testamento, instituida por Jesucristo, de donde, al dar y recibir el pan y el vino, de acuerdo a su señalamiento, se rememora su muerte (1ª Corintios 11:23-26), y los dignos receptores son, no de modo corpóreo o carnal sino espiritual, hechos partícipes de su cuerpo y su sangre con todos sus beneficios, para su alimentación espiritual y crecimiento en la gracia.” [146]
Los Bautistas están en desacuerdo acerca de lo que implica el término fidelidad en la exhortación que Pablo hace en 1ª Corintios 11:27-31. Por cierto, hay un amplio espectro entre los cristianos Bautistas sobre quiénes son los participantes adecuados en la Cena del Señor.[147] Esto se resume, básicamente, en tres posiciones (aunque hay un número casi infinito de variaciones). La primera posición se llama comunión “estricta” o “cerrada.” Muchos Bautistas, particularmente en los siglos XVII y XVIII y entre los de los Territorios Marcados en los siglos XIX y XX, han enseñado que solamente los miembros de una congregación local deben participar en la Cena del Señor cuando se celebra en su iglesia. La comunión “Cercana” o “Familiar” se refiere a una posición apoyada por la historia Bautista pero apoyada sobre todo a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX en la oleada de reavivamientos evangélicos que afirmaban que todos aquellos creyentes que habían sido bautizados podían participar de la Cena del Señor. La comunión “Abierta”, de nuevo, una posición apoyada por la historia Bautista pero (por ejemplo por Juan Bunyan) pero que vino a ser dominante solo en el siglo XX, sostiene que todos los que han creído en Cristo para salvación, son bienvenidos a la Cena del Señor hayan sido bautizados o no.
Historia de la Organización de la Iglesia
Más allá del rol de las ordenanzas, las mayores disputas en la historia de la cristiandad han ocurrido sobre las formas de organización de la iglesia. En particular, tres áreas ilustran mucho este desacuerdo: membrecía, gobierno y disciplina. La tercera área estuvo tan entrelazada con las otras dos en tiempos pasados que un trabajo que abarcase todas las áreas podía llamarse simplemente una “disciplina”. Alguien debe determinar quien está dentro y quien está fuera de las comunidades terrenales (si la disciplina correctiva va a ser aplicada); y eso necesariamente implica llegar a conclusiones respecto a quien tiene el derecho y la responsabilidad, que procesos determinan la inclusión y la exclusión de la comunidad y cuáles son los requisitos para estar “dentro”.
Membrecía
Puesto que el Nuevo Testamento restringe el bautismo a los creyentes, los Bautistas han establecido que la membrecía de la iglesia se circunscribe a los individuos que han hecho una profesión pública de fe. La profesión de fe debe incluir tanto el bautismo del creyente como el hacerse responsable ante la congregación particular con la que se reúne frecuentemente. Estas conclusiones llevaron tanto a los Anabaptistas europeos a principios del siglo XVI y a los separatistas ingleses en los siglos XVI y XVII a separarse de las iglesias establecidas. En su lugar, ellos eran partidarios de una congregación “reunida”, lo que de por sí era una idea revolucionaria. No todo el que nazca en determinada área geográfica, decían ellos, debe ser bautizado y confirmado como miembro de la iglesia local. Más bien, las congregaciones deben estar formadas por los fieles que se reúnen voluntariamente en virtud de su fe y deseando unirse con otros de su misma área para formar una congregación.
En conjunto con estas nuevas asambleas voluntarias, comenzaron a establecerse alianzas entre iglesias. Los cristianos habían establecido compromisos entre sí en épocas anteriores pero con el advenimiento de la Reforma Protestante se renovó la necesidad de tales acuerdos.[148] Si las fronteras de una feligresía ya no pueden definir quienes deben ser incluidos en la membrecía de una congregación, ¿Qué podría hacerlo? Para muchos cristianos, la respuesta está sujeta a un convenio eclesial. Charles Deweese, ha definido un convenio eclesial como “una serie de compromisos escritos basados en la Biblia que los miembros de la iglesia hacen voluntariamente ante Dios y ante sí mismos para recordar sus obligaciones morales y espirituales básicas y la práctica de su fe.” [149]
Los Protestantes del siglo XVI, particularmente los Anabaptistas continentales, los Reformadores escoceses, los ingleses Separatistas y los Congregacionalistas, comenzaron a usar convenios eclesiales. Hasta la confesión de Schleitheim de los Anabaptistas contiene elementos de un convenio.[150]
En el siglo XVII, los convenios eclesiales continuaron usándose no solo entre las congregaciones independientes de Inglaterra y América sino que también los Bautistas adoptaron su uso, especialmente, los Bautistas Particulares. Del siglo XVII al XIX, los convenios eclesiales, frecuentemente acompañados de una declaración de fe, actuaron como el documento más básico de una congregación Bautista. Para finales del siglo XIX era común que las congregaciones Bautistas celebraran reuniones previas a la Cena del Señor para prepararse reafirmando juntos sus convicciones. Sin embargo, a finales del siglo pasado, los convenios eclesiales jugaban un pequeño rol en la vida de la mayoría de las congregaciones bautistas. Las expectativas de los miembros (ya sea expresada en acuerdos o por la práctica de la disciplina en la iglesia), parecen fuera de lugar en una época en que las iglesias compiten entre sí por conseguir miembros. [151]
Si un convenio eclesial representa la agenda (las cosas que se deben hacer) de una congregación local, la declaración de fe o confesiones, representa el credo (lo que se debe creer). Desde los primeros tiempos, los cristianos prácticamente han resumido el contenido de su fe. Pedro hizo la primera declaración cristiana de fe cuando dijo “Tú eres el Cristo” (Mr 8:29). Pablo escribió a los cristianos de Corinto “Porque ante todo les transmití a ustedes lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día según las Escrituras, y que se apareció a Cefas, y luego a los doce” (1ª Co 15:3-5). En la iglesia primitiva, se desarrollaron formularios simples como el Credo de los Apóstoles para tratar con los candidatos al bautismo. Y los cristianos fueron apartados de las enseñanzas heréticas con declaraciones más complejas y cuidadosas como el Credo Niceno (325-381 D.C.) y la Declaración de Fe de Calcedonia (451 D.C.).
La Reforma Protestante generó muchas confesiones: La Confesión de Augsburgo (Luterana), Los Treinta y nueve Artículos (Iglesia de Inglaterra), La Confesión de Westminster (Reformada), y muchas más. Los Bautistas también produjeron confesiones de fe. De hecho, los Bautistas produjeron más declaraciones de fe que cualquier otro grupo debido a su política de congregaciones descentralizadas. En 1611, por ejemplo, Thomas Helwys, uno de los primeros Bautistas en Inglaterra, guió a un grupo de cristianos a escribir una declaración de fe. Del siglo XVII en adelante, ha sido usual que los Bautistas resuman el contenido de su fe en una confesión, tanto para aclarar sus creencias a los extraños como para establecer un piso común de unidad para los miembros de su propia congregación.” [152] Las confesiones de fe han jugado un papel vital en la historia de las congregaciones Bautistas.[153] J.L. Reynolds concluye “ El uso de una confesión de fe, en lugar de menospreciar la autoridad de la Biblia, como un estándar, más bien la exalta”. [154]
Forma de Gobierno
Un segundo aspecto de la vida de la iglesia que se ha desarrollado a lo largo de la historia es su forma de gobierno u organización. Cada grupo debe determinar cómo será gobernado. La iglesia, asimismo, debe tener procedimientos para determinar quien pertenece a la iglesia y quien no, y quien es el último tribunal terrestre bajo Dios para dar liderazgo, zanjar diferencias, y así por el estilo. A estos distintos tópicos se le han dado respuestas diferentes.
Una de las primeras respuestas a la pregunta sobre quien debería gobernar fue “el obispo”. Como se señaló antes, la palabra “obispo” (episkopos) se usa en el Nuevo Testamento intercambiándola con las palabras para anciano y pastor. Las declaraciones del Nuevo Testamento que subrayan la autoridad de los líderes de la iglesia (He 13:7, 17) señalan al pastor como uno que tiene autoridad y responsabilidad en la iglesia. En el siglo II, los pastores de las ciudades líderes y de pueblos habían acumulado una autoridad creciente que a veces se ejercía sobre varias iglesias vecinas y en áreas recientemente evangelizadas. [155]
Del siglo II al siglo IV se desarrollo la diócesis (tomada de la palabra latina que representaba a un distrito en la administración civil romana) como un área eclesiástica con un solo obispo como directivo. Aunque sus tareas y responsabilidades variaban, los obispos en este sentido eran reconocidos por la mayoría de las iglesias incluyendo las Iglesias Ortodoxas de Oriente, la Iglesia Católica Romana, Iglesias Luteranas, Iglesias Anglicanas e Iglesias Metodistas. Las Iglesias Ortodoxas de Oriente y la Iglesia Católica Romana reconocían este oficio como algo divinamente establecido.
Por otra parte, las Iglesias Luteranas, Iglesias Anglicanas y Metodistas simplemente aceptaban el oficio como útil y expedito. En los dos últimos siglos muchas iglesias Episcopales han democratizado sus estructuras, sometiendo a los obispos a las decisiones tomadas por cuerpos representativos de clérigos y laicos. Al mismo tiempo, numerosos grupos de congregaciones Pentecostales y Carismáticas comenzaron a reconocer la autoridad extra congregacional de algunos obispos. Grandes “redes apostólicas” han surgido alrededor de individuos particulares.
La Iglesia Católica Romana se distingue de otras congregaciones cristianas por su sumisión y dependencia del obispo de Roma, el papa. Mientras que papa (papas) era una forma acostumbrada de dirigirse a ciertos obispos en la iglesia primitiva, entre los siglos VI al VIII, se fue restringiendo su uso para designar en exclusividad al obispo de Roma, particularmente en Occidente. Roma, la capital formal del Imperio Romano fue reconocida como la sede central y principal. Las iglesias de Oriente y Occidente se separaron en el año 1054 debido a la insistencia del obispo de Roma (especialmente Gregorio VII) de ser reconocido como la cabeza principal de la iglesia universal. El Occidente mantuvo (y mantiene) que Cristo declaró a Pedro el primero entre iguales (primus inter paris) y el jefe de los apóstoles según la confesión de Pedro en Mateo 16:18-19. Pedro vino a ser el primer obispo de Roma y quien lo reemplace en esa sede hereda también su autoridad. Luego la Iglesia Católica Romana reconoce al papa como el Vicario de Cristo, la cabeza de la iglesia en la Tierra.
Con la llegada de la Reforma Protestante, vinieron vientos frescos a las enseñanzas de la Biblia sobre la estructura de la iglesia. La evidencia del Nuevo Testamento por la pluralidad de ancianos fue redescubierta. Y grupos de ministerios (llamados consistorios) fueron implementados como reemplazo adecuado de los obispos en los cantones suizos que fueron reformados a inicios y mediados del siglo XVI. Siguiendo el trabajo de Heinrich Bullinger en Zúrich y de Juan Calvino en Ginebra, otros comenzaron a organizarse de acuerdo al sistema Presbiteriano. Surgieron repentinamente congregaciones Reformadas en Holanda, Escocia, Hungría, Alemania, Polonia y Francia. En Escocia, John Knox, asumió el reto de reformar la iglesia establecida en toda la nación siguiendo este sistema. La Asamblea General Nacional vino a ser el árbitro final reconocido por la iglesia de Escocia. Tomás Cartwright en Cambridge, Inglaterra, comenzó a enseñar presbiterianismo en 1570 en base a sus lecturas del libro de los Hechos.
Aunque el Presbiterianismo fue una fuerza formidable para reformar la iglesia establecida en Inglaterra a lo largo del siglo XVII, nunca se convirtió en la forma de gobierno de la iglesia de Inglaterra. Las estructuras presbiterianas llegan a Norte América mediante los europeos provenientes de Escocia y Holanda donde se habían establecido. Ellas también proliferaron alrededor del mundo desde Corea hasta África. La mayoría de los cuerpos presbiterianos están conectados entre sí. En los Estados Unidos, la asamblea general (nacional) de cualquier cuerpo presbiteriano funciona casi siempre como la autoridad final en asuntos eclesiásticos, con sínodos regionales y/o presbiterios por debajo de ellos y con secciones (comités de ancianos) de una congregación local entre ellos. Algunas iglesias independientes son presbiterianas en el sentido que ellas están gobernadas por un grupo de ancianos pero no tiene corte de apelación fuera de los propios ancianos de la congregación. Los Presbiterianos enseñan que los principios de su organización, no sus circunstancias, están enseñadas en las Escrituras. [156]
En los tiempos de la Reforma, las iglesias que se congregaban no por obedecer a un gobernante o magistrado sino por las convicciones compartidas de cristianos individuales, comenzaron a organizarse, reconociéndose a sí mismos como su propia autoridad final terrenal en materia religiosa. En Inglaterra surgieron defensores de la forma de gobierno congregacional en 1580 y años subsiguientes. En los libros Un Tratado de Reforma sin Depender de Nadie (1582) de Robert Browne y Una Verdadera Descripción de la Palabra de Dios en la Iglesia Visible (1589) de Henry Barrow se establece una doctrina de gobierno que no depende de estructuras por encima de la congregación local. En 1658, la Declaración de Saboya (una adaptación de la Confesión de Westminster), estableció principios congregacionales de gobierno de la iglesia. En tiempos de la Revolución Norteamericana dos de cada cinco cristianos en las colonias de América pertenecían a una iglesia congregacional de algún tipo, fuese Congregacionalista o Bautista. Hoy, muchas iglesias independientes son congregacionales en estructura. Las iglesias Bautistas también son congregacionales. Tales iglesias congregacionales suelen unirse voluntariamente en asociaciones locales y uniones nacionales o convenciones.
Los defensores del congregacionismo sostienen que la Biblia enseña que la congregación local es, en última instancia, la responsable por la doctrina y la disciplina. Disputas entre miembros (Mat 18:15–17), asuntos de doctrina (Gal 1:8; 2ª Tim 4:3), disciplina de la iglesia (1ª Co 5) y membrecía, son todos reconocidos como asuntos congregacionales. Ninguna otra autoridad puede extralimitarse y ponerse como la autoridad final en la congregación o que los revoque en tales materias. La congregación no debe delegar esta autoridad en un anciano u obispo o en cualquier otra estructura, por esa razón prorrogan su propia responsabilidad delante de Dios por doctrina y disciplina.
Práctica de la Disciplina
La data histórica de la vida de la iglesia inmediatamente después del período del Nuevo Testamento es parcial e intermitente. La iglesia era, después de todo, un pequeño grupo, a veces, ilegal. Los escritos sobre sus orígenes se multiplicaron después que se legalizó la iglesia cristiana en todo el imperio romano bajo el mandato de Constantino. Durante los mil doscientos años que transcurren entre Constantino y la Reforma Protestante, la disciplina de la iglesia bien fuese de excomunión individual o interdicto (prohibición de los sacramentos a toda la población de una entidad política particular), era frecuentemente usada más para proteger los intereses colectivos de la iglesia contra las demandas del estado que para reclamarle a los cristianos por sus pecados y para proteger el testimonio del evangelio.
Cuando los líderes de la Reforma comenzaron a rescatar un concepto más bíblico de la predicación y de la administración de los sacramentos como las dos características distintivas de la verdadera iglesia, se recuperó la disciplina como evidencia de esta nueva situación. Implícito a la correcta aplicación de los sacramentos estaba la adecuada práctica de la disciplina de la iglesia. Después de todo, si servir como señal para el mundo exterior es una de las características de los sacramentos, entonces, la disciplina viene a ser el mecanismo para reforzar tal mandato. La correcta disciplina de la iglesia pasó a ser tan significativa que comenzó a presentarse como la tercera señal de una verdadera iglesia. [157]
El vigésimo noveno artículo de la Confesión de Bélgica (1561) dice:
Las características por las que se conoce una verdadera iglesia son las siguientes: si la sana doctrina del evangelio es predicada allí; si ella mantiene la administración pura de los sacramentos tal como fueron instituidos por Cristo; si se ejerce la disciplina para castigar el pecado; resumiendo, si todas las cosas son manejadas de acuerdo a la pureza de la Palabra de Dios, se rechazan todas las cosas en contrario y reconociendo que Jesucristo es la única Cabeza de la Iglesia.[158]
En nuestros días, Edmund Clowney estas características “correcta predicación de la Palabra; observancia adecuada de los sacramentos y fiel ejercicio de la disciplina de la iglesia.” [159]
Mientras algunos grupos Anabaptistas como los Menonitas practicaron la proscripción o exclusión social, esto era excepcional no la norma. El ejemplo más conocido de disciplina de la iglesia en la historia americana (la “A” escarlata cosida en las ropas de Hester Prynne) fue el producto de la imaginación del novelista Nataniel Hawthorne y no un registro preciso ya sea de un evento histórico o de la práctica general de la disciplina de la iglesia en la Nueva Inglaterra colonial. En la amplia mayoría de los casos, bien sea en iglesias Presbiterianas, congregacionales, Bautistas o Metodistas, la exclusión congregacional significa que prohibirle la comunión al pecador, y en última instancia, prohibirle la membrecía hasta que se arrepienta.
Los Bautistas estando comprometidos a regenerar la membrecía en la iglesia visible fueron practicantes enérgicos de la disciplina de la iglesia. La investigación de Greg Wills muestra que en Georgia, en la pre Guerra Civil, “los Bautistas sureños excomulgaban, cada año, alrededor del 2% de su membrecía” y aun así, la tasa de crecimiento de la membrecía de la iglesia era el doble de la tasa de crecimiento general de la población.[160] Aunque es ´til y beneficioso para el evangelio, el trabajo de confrontar y disciplinar nunca fue fácil. Basil Manly Jr expresa su propia “profunda pena” sobre un caso de disciplina en la iglesia que pastoreaba.[161]
Entonces, ¿Por qué terminó esta práctica? Wills argumenta convincentemente que la disciplina entre los Bautistas
Declinó en parte debido a que en muchas iglesias resultó una labor agobiante. Los jóvenes Bautistas rechazaron en números crecientes someterse a la disciplina por bailar, y las iglesias se abstuvieron de excluirlos. Las iglesias urbanas, presionadas por la necesidad de grandes edificaciones y el deseo de música afinada y de predicación, subordinan la disciplina de la iglesia a la tarea de mantener solvente a la iglesia… Ellas pierden el derecho a purgar a la iglesia de sus miembros descarriados. Ninguna declara públicamente la muerte de la disciplina. Ningún líder Bautista se levanto para anunciar el fin de la censura congregacional. Ningún teólogo argumentó que la disciplina era cuestionable en principio o práctica… simplemente desapareció, como si los Bautistas estuviesen cansados de tener que rendirse cuentas unos a otros. [162]
¿Y cuál fue el resultado? John Dagg lo dijo bien “Cuando la disciplina deja una iglesia, Dios se va con ella.” [163]
En el siglo XX la ausencia de disciplina fue una constante y solo ocasionalmente fue considerada un problema. [164] En 1944 el erudito griego H.A. Dana observó que
El abuso de la disciplina es reprensible y destructivo, pero no más que el abandono de la disciplina. Dos generaciones atrás las iglesias aplicaban la disciplina de manera vengativa y arbitraria por lo que cayó justamente en descrédito; hoy el péndulo se ha movido hacia el otro extremo la disciplina está casi totalmente abandonada. Es hora que una nueva generación de pastores restaure esta importante función de la iglesia a su correcto significado y lugar dentro de la vida de la iglesia.[165]
Puede cuestionarse si la generación de pastores de la década de los 40 atendió el llamado de Dana. Sin embargo, como la cultura circundante se ha hecho cada vez más abiertamente inmoral, las iglesias del siglo XX muestran algunas señales de recuperar las prácticas que promueven la pureza de la iglesia, incluyendo la práctica de la disciplina correctiva. Pese a todos los cambios a lo largo de los siglos, los cristianos pueden tener plena confianza en que la supervivencia de la iglesia no depende, en última instancia, de la fidelidad humana. Tanto en la parábola del crecimiento de la semilla (Mr 4:27) en la cual Jesús enseña que ya sea que el sembrador duerma o esté despierto, “la semilla brota y crece” como en la promesa de Cristo que “las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mat 16:18), Cristo ha dado la plena seguridad del éxito de Su iglesia. En todo desde la obediencia de la iglesia hasta su vida y organización, el amplio espectro de la historia de la iglesia es una muestra de la fidelidad de Cristo a sus promesas.

¿Cómo se compagina todo esto?

Para ser fieles a lo que la biblia enseña acerca de la naturaleza, modelos y perfiles de la iglesia debemos considerar tanto lo que los cristianos han dicho en el pasado y las conclusiones sistemáticas que han establecido a lo largo de la historia de la iglesia. Y podemos hacer esto siempre en el contexto de someter tales descubrimientos a nuestro propio estudio de las Escrituras.
Finalmente, encontramos que varios desafíos que ha enfrentado la iglesia a lo largo de la historia han conducido a aclarar más y a definir mejor el conjunto de afirmaciones y vinculaciones. Al afirmar la suficiencia de las Escrituras y la necesidad de la fe para participar en las ordenanzas, podemos concluir que una iglesia bíblicamente fiel es una iglesia Protestante. Al afirmar la necesidad de la voluntad y el consenso natural de la membrecía en una congregación local, podemos concluir que una iglesia bíblicamente fiel es una iglesia es una iglesia congregacional. Y al aseverar que el mandato de Cristo es a bautizar solo a aquellos que creen y obedecen podemos concluir que una iglesia bíblicamente fiel es una iglesia Bautista. En esta sección examinaremos cada una de estas descripciones para ver como las enseñanzas de la biblia se adecúan a la vida de la iglesia.
Una Iglesia Protestante: Juntando las Señales de la Iglesia
Si en efecto la Biblia enseña que Dios creó un pueblo para sí mismo por medio de su Palabra, entonces, la predicación tiene un papel central en la vida de la iglesia. Y si en efecto la Biblia enseña que el bautismo y la Cena del Señor son señales visibles de la iglesia hacia el mundo, entonces su correcta administración estará relacionada con la fe en las promesas de Dios. Ambas proposiciones se encuentran plasmadas en las enseñanzas de los Reformadores Protestantes.
El centro y origen de la congregación es la Palabra de Dios. Las promesas de Dios a Su pueblo en las Escrituras crearon y sostienen Su pueblo (Gen 15:4–6; Ro 10:8–11). Por tanto, la congregación es responsable de asegurar que la Palabra de Dios sea predicada con autoridad en sus cultos regulares.
En el siglo XVI la centralidad de la Palabra fue largamente desplazada por los sacramentos, especialmente, por el sacramento de la Eucaristía. Al enfrentar esta distorsión de alcance universal, los Reformadores regresaron, de manera correcta, a las Escrituras buscando un canon, una regla contra la cual medir las enseñanzas que en ese momento hacía la Iglesia Romana. El papel central jugado por la Palabra en la iglesia del Nuevo Testamento (Hech 2:40–47; 5:42; 2ª Tim 4:2), fue recuperado en la vida y la enseñanza de los Reformadores Protestantes.
Si las Escrituras eran “la palabra de vida” como la llamó Pablo en Filipenses 2:16, ellas debían generar y regular la vida de la iglesia. Los cristianos se congregan para escuchar a alguien que le transmita la Palabra de Dios a su pueblo. Por medio de la predicación los cristianos llegan a conocer y a comprender tanto a Dios como su Palabra. Es una palabra a la que en nada contribuyen los cristianos excepto por el oírla y ponerle atención. Un sermón cristiano (en sí mismo es una metodología) es una representación de la gracia de Dios. Puesto que la fe viene por el oír (Ro 10:17); oír la Palabra de Dios en lugar de ver la multitud debe ser la esencia de la asamblea congregada. Los cristianos confían en la Palabra de Dios, luego, la Predicación de la Palabra debe ser fundamental. Y la predicación que mejor la ejemplifica es la predicación expositiva. Una predicación, en la cual, el tema de un pasaje de las Escrituras es el tema del mensaje. La Escritura es tanto autoritativa como suficiente y eso debe ser evidente en las reuniones cristianas.
El redescubrimiento protestante de la verdad bíblica de la justificación sólo por fe, fue un redescubrimiento del evangelio bíblico. Como las congregaciones protestantes remplazaron el ritualismo sacramental por la predicación de la Palabra, los sacramentos u ordenanzas, asumieron otro propósito; más bien, retomaron su original propósito bíblico (ser señales de la iglesia para el mundo y proporcionar una imagen visible del evangelio aceptado por fe. Como resultado, la iglesia quedó definida no por los individuos que eran bautizados y daban testimonio a las masas sino por individuos que personalmente creyeron las promesas establecidas en el bautismo y la Cena del Señor, y por lo tanto, participaban en esos rituales. Ni siquiera los protestantes que practicaron el bautismo de infantes enseñaban que el bautismo producía salvación. Ellos enseñaban que era un reflejo de la salvación y que la salvación venía solo si la persona creía, sin importar si ocurría antes o después del bautizo. La fe, por tanto, estaba presente de manera visible en las ordenanzas.
El rol de la fe es diferenciar la iglesia visible del mundo, luego, es lo que hace a la iglesia protestante lo que es. La fe se muestra a si misma, en principio, en la sumisión del creyente al bautismo y luego, repetidamente, en su participación en la Cena del Señor. Mientras la obediencia y la sumisión también son enfatizadas por la Iglesia Católica Romana, las iglesias protestantes están marcadas por adherentes quienes expresan su fe personal en Cristo, sin la que el bautismo y la Cena del Señor serían inútiles.
El impulso protestante de colocar la fe en el centro mismo de las ordenanzas se muestra de muchas maneras desde la presencia de numerosos movimientos bautistas hasta la posición adoptada por el ministro colonial americano Jonathan Edwards que solo los creyentes tomasen la Cena del Señor.
Resumiendo, el cristianismo requiere una creencia consciente en el evangelio. Cuando se enseña la Palabra autoritativa de Dios, debe ser creída y confiada de manera consciente. Esta verdad, o fe, es la que distingue al pueblo de Dios quien ha hecho una confesión inicial en el bautismo y ha continuado confesándola mediante su participación en la Cena del Señor. Cuando la suficiencia de la Escritura y la necesidad de la fe en la práctica de las ordenanzas están afirmadas resulta claro que una iglesia bíblicamente fiel es una iglesia Protestante.
Una Iglesia Reunida: Juntando la Membrecía de la Iglesia
Además de ser una iglesia Protestante, una iglesia bíblicamente fiel es una iglesia congregada. Es la reunión voluntaria de los miembros de la delegación sin estar limitada por nacionalidad, raza o por el grupo familiar. El nacimiento no puede determinar la membrecía en una iglesia bíblicamente fiel. En su lugar, una profesión de fe en Cristo y la voluntad de someterse a la enseñanza y a la disciplina de una iglesia particular es lo que regula la membrecía en una congregación.
La Reforma Protestante se llevó a cabo mediante reformadores que eran magistrados y reformadores que no lo eran. Los Reformadores magistrados fueron aquellos que usaron los oficios del estado, o la magistratura, para llevar la reforma doctrinal a las iglesias, puesto que la jurisdicción política se superponía con la jurisdicción eclesiástica (excepto para grupos como los inmigrantes o los judíos). Esencialmente la ciudadanía política no solo otorgaba derechos civiles sino que además implicaba membrecía en la iglesia establecida.
Los magistrados Reformadores, tanto en sus elementos Luteranos como Reformados, comenzaron movimientos con las iglesias establecidas. Una vez que se recuperó el evangelio de la justificación por gracia solamente por medio de la fe en Cristo, se desataron las fuerzas que socavaron las doctrinas establecidas en las iglesias en ese momento. Si participar en las ordenanzas no era salvífico per se, una persona bautizada podía permanecer como no creyente y no salvada. Esta emergente comprensión trajo consigo mayor interés por la salvación individual. La naturaleza del evangelismo y las misiones se desplazó de la incorporación de individuos a la comunidad mediante rituales y educación, como el trabajo misionero hecho por los Católico Romanos, a persuadir y llamar a un compromiso deliberado. Eventualmente, los grupos no magisteriales como loa Anabaptistas acordaron formar congregaciones no necesariamente reconocidas por el estado. Más aún, ellas eran siempre ilegales. Incluso en iglesias protestantes legalmente establecidas, los sermones se usaban para exhortar a la congregación a examinarse a sí mismos a efectos de asegurar que la profesión de fe fuese verdadera.
Bíblicamente la fidelidad de las congregaciones no estaba conformada tanto por las fronteras geográficas de las parroquias como por las creencias y compromisos. Un individuo debía decidir unirse a una congregación y luego debía tomar la decisión permanente de participar mediante la atención, oración, actos de servicio, soporte financiero y sumisión a la disciplina de la congregación. Finalmente, la iglesia se reúne por la acción del Espíritu Santo. Como escribió Lucas de la iglesia primitiva “cada día el Señor añadía al grupo los que iban siendo salvos” (Hech 2:47). Esta acción divina encuentra una respuesta humana. “Arrepiéntanse y bautícese” (Hech 2:38) ordenó Pedro. Aquellos que son verdaderamente salvos se han arrepentido de sus pecados y creído en Cristo. Como establece la Confesión de New Hampshire, arrepentirse y creer son “la inseparable gracia realizada en nuestro corazón por el Espíritu Santo de Dios”.
La decisión de arrepentirse y creer es expresada, entonces, mediante la afirmación pública de la fe y el convenio que se establece con una congregación específica. La congregación, además, debe afirmar la credibilidad de la profesión de fe individual. No es simplemente la decisión de un individuo de un irse o dejar una iglesia; más bien, la decisión de un individuo de un irse o dejar una iglesia requiere de un consenso mutuo entre el individuo y la congregación (excepto, por supuesto, en el caso de muerte).[166] La congregación se reúne mediante la predicación de la Palabra y la respuesta de fe. Cuando la naturaleza voluntaria y consensual de la membrecía en una congregación local se afirma, es evidente que la iglesia bíblicamente fiel es la iglesia reunida.
Una Iglesia Congregacional: juntando la Estructura de la Iglesia
En ninguna parte afirma la biblia un tipo de gobierno para la iglesia universal, el conjunto de todos los cristianos en todas partes. La única definición de Iglesia en el Nuevo Testamento es la asamblea local. En tanto que no se incluye la constitución de una iglesia en los documentos del Nuevo Testamento, la biblia contiene principios que muestran la vida de la congregación. Y el Nuevo Testamento tiene enseñanzas explícitas sobre la estructura de la iglesia. Tanto los oficios como la forma de gobierno descritas en el Nuevo Testamento llevan a la conclusión que la iglesia debe estar estructurada congregacionalmente. Esto tiene implicaciones sobre como una congregación se relaciona con otra congregación y como se relacionan los cristianos de diferentes congregaciones. También tiene implicaciones acerca de cómo se ejerce el liderazgo en la congregación. Una iglesia congregacional reconoce a la congregación como la última autoridad terrenal de apelación de los asuntos en disputa. Las reuniones de los miembros están sujetas a que las decisiones se tomen por votación. Naturalmente, se necesita un alto grado de consenso en las iglesias que tienen otra forma de gobierno. Hay más responsabilidad en cada miembro, y a su vez, cada miembro tiene más autoridad.
Tales congregaciones se suelen llamar independientes en oposición a las asociadas como las iglesias episcopales y Presbiterianas. Las iglesias congregacionalistas, no obstante, no son in dependientes unas de otras en afecto, cuidado, asesoría o cooperación. Tanto en las Escrituras como en la historia, las congregaciones han cultivado el cuidado y el interés unas por otras. En los tiempos del Nuevo Testamento, se dieron y tomaron colecciones, se enviaron misioneros y maestros y se compartieron recomendaciones y advertencias entre las congregaciones. Este patrón se ha repetido en las congregaciones Anabaptistas y Bautistas, así como en muchas otras iglesias congregacionales.
Tradicionalmente los Bautistas han usado asociaciones entre las iglesias para ayudar a ministerios y congregaciones a consejos recíprocos, para establecer conclusiones conjuntas, detener controversias y trazar lineamientos doctrinales. Y las congregaciones realizan libre y conjuntamente trabajos que exceden la capacidad y/o recursos de una congregación como una educación ministerial o soporte misionero. Las iglesias congregacionales son en un sentido estricto independientes, pero más apropiadamente debe decirse voluntariamente independientes.
Asociaciones voluntarias de congregaciones como la Southern Baptist Convention, American Baptist Churches y la National Baptist Convention hace mucho tiempo que están establecidas en la conciencia popular americana como denominaciones. Muchas, si no la mayoría de las otras denominaciones son iglesias asociativas, donde las decisiones finales en asuntos de disciplina y/o doctrina, no pueden ser manejadas por las congregaciones locales sino por asambleas reconocidas regional, nacional o aún internacionalmente, o por cortes o por obispos de tales instancias. En este sentido, las denominaciones de las iglesias congregacionales son diferentes a las de otras denominaciones.
Se puede hablar en singular de la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos de América o de la Iglesia Metodista Unida en un sentido en el que es incorrecto hablar de la “National Baptist Church” o de la “Southern Baptist Church”. Mientras se entiende con facilidad lo que tales expresiones significan, mantienen en la ignorancia la naturaleza de las iglesias que dicen representar. Aun si los miembros de las iglesias congregacionales algunas veces muestran una gran “lealtad tribal” a su denominación, son actualmente miembros de una congregación local que de manera voluntaria, y nunca por obligación, colaboran con cuerpos nacionales o regionales. Sus congregaciones no necesitan estar afiliadas a ninguna convención en particular para existir como verdaderas iglesias. Nada de lo antes dicho sobre el congregacionalismo debe ser malinterpretado como una defensa de la anarquía sin liderazgo en las iglesias. Reconocer a la congregación como la corte final de apelación para los asuntos en disputas está en consonancia con el ejercicio de la disciplina en la iglesia. Y otras formas de gobierno no congregacionales incluyendo, Episcopales, Presbiterianos y hasta Católico Romanos, han demostrado cierta inevitabilidad del congregacionalismo al reconocer cuerpos representativos a varios niveles y hasta recomendando la aprobación congregacional para la toma de muchas decisiones relevantes.
La forma más coherente de entender la presentación de la forma de gobierno de la iglesia local en el Nuevo Testamento es reconocer el rol tanto de los líderes individuales como de toda la congregación. Algunos recomiendan un pastor que gobierne la iglesia como un Director Ejecutivo. Pero esto contradice la enseñanza de las Escrituras sobre la pluralidad de ancianos y deja de lado la evidencia escritural tanto de la responsabilidad congregacional como el especial reconocimiento de los ancianos y maestros como Timoteo en Éfeso (lo que puede describirse hoy como “pastor principal”). Todavía otros recomiendan un fuerte congregacionalismo que esté por encima de cualquier otra autoridad, ya sea colectiva (pluralidad de ancianos) o individual (pastor líder).
Con mucha frecuencia estas variedades de congregacionalismos terminan enfrentadas entre sí.[167] Pero los tres aspectos de la autoridad vistos en el Nuevo Testamento (individual, colectivo y congregacional), deben estar presentes en toda congregación permitiendo alguna variación de congregación a congregación. Un anciano sostenido por la iglesia y responsable por el ministerio de la Palabra, pude ser reconocido como alguien que tiene una posición principal para liderizar la visión y dirección de la iglesia. Al mismo tiempo, una pluralidad de ancianos, pagados o no, pueden guiar juntos a la congregación en asuntos de disciplina y doctrina. Y al mismo tiempo, la congregación pude, en humildad, asumir la responsabilidad de actuar como la corte final de apelaciones, sometida a Dios, en todas las materias de disciplina y doctrina que surjan a ese nivel de significación. Cuáles materias se tratan y con qué nivel de significación, varía de congregación a congregación.
El Nuevo Testamento hace énfasis en el significado de la aprobación congregacional tanto para las doctrinas que deben ser enseñadas y creídas (Gal 1:6-9) como sobre quien es admitido o excluido de la membrecía (1ª Co 5). No obstante, ninguno de estos aspectos de liderazgo, enseñanza o juicio final puede ser delegado, en última instancia, a un cuerpo u organismo exterior a la congregación local y continuar siendo la congregación local una iglesia.[168] Cualquiera sea la combinación que adopten las partes, las enseñanzas del Nuevo Testamento sobre la naturaleza de la congregación y el rol de sus líderes, indican claramente que una iglesia bíblicamente fiel es una iglesia congregacional.
Una Iglesia Bautista: ¿Deberían Haber Iglesias Bautistas Hoy?
Una excelente pregunta para los cristianos actuales es si coincidiendo en que determinada materia no es esencial para la salvación, ¿debemos considerarla como esencial para la membrecía de la iglesia? Si la pregunta surge de una comprensión cada vez menor de la verdad o al menos de una declinante voluntad de la definición y defensa de la verdad (un simple esencialismo), entonces estamos en presencia de algo más básico y peligroso que un simple mal entendido del bautismo. Si, por otra parte, la pregunta surge de un deseo sincero por la unidad del cuerpo de Cristo, es una pregunta noble y merece seria consideración. Cualquiera sea la conclusión a la que arribe el lector, los cristianos desde John Bunyan hasta D. Martyn Lloyd Jones, han abogado por libertad en este punto. Ellos han abogado no se requieren acuerdos sobre la legitimidad o ilegitimidad del bautizo de infantes para la membrecía de la iglesia.[169]
Esta posición de neutralidad sobre un asunto no vital para la salvación está ganando popularidad. La cuestión esencialmente es, o al menos con mucha aproximación, ¿Deberían continuar existiendo las iglesias Bautistas? Si la pregunta es planteada en términos de amor versus dogmatismo, la respuesta puede ser sencilla, pero el asunto verdadero a destacar puede disimularse. Dos temas en particular no pueden descuidarse. Primero, algunas cosas no son esenciales para la salvación pero estamos de acuerdo en que son esenciales para que la iglesia funcione. Uno piensa en asuntos tales como el gobierno de la iglesia, calificaciones para la membrecía o mujeres sirviendo como pastoras y ancianas. Pero finalmente cada congregación debe hacer una cosa y no la otra. Una congregación reconocerá a las mujeres como ancianas o no, a un obispo exterior como autoridad o no y a los infantes como sujetos viables al bautizo o no. Si la decisión de tomarse en un sentido u otro, ¿decidiremos contra las Escrituras en el tema de exigir que los creyentes sean bautizados?
Esto nos lleva al segundo y más importante punto que no puede ser soslayado: la fidelidad a las Escrituras. Si el bautismo no es esencial para la comunión y la membrecía de la iglesia, es un asunto de juicio individual. El deseo de integración doctrinal y de unidad en el Espíritu, irónicamente, reduce la obediencia a un asunto de preferencia subjetiva. Algunos, como John Bunyan, han argumentado que desobedecer un mandamiento de Cristo, especialmente cuando se hace por ignorancia, representa una simple pérdida de luz que debe llevarse por más que represente una ofensa sancionable o un pecado.
Un pecado puede ocurrir por acción o por intención. Ciertamente la intención de desobedecer a Dios es pecado. Pero una acción de desobediencia a Dios también es pecado aunque el individuo, no tenga intenciones de pecar. La Biblia enseña claramente que hay pecados no intencionales (Lev 4–5; Num 15). Las intenciones son una consideración importante en la naturaleza y gravedad del pecado, pero ellas no son la única consideración. Uno de los efectos del pecado es dejar estupefacto al pecador, entorpecer y nublar las facultades, pero la oscuridad no mejora nuestras culpas. En la parábola de la oveja y las cabras en Mateo 25, Jesús enseña con absoluta claridad que la obediencia a Dios no reposa en el ojo del observador a menos que el observador sea Dios mismo. Muchas cabras pensaron que habían vivido vidas justas pero Jesús dijo que no lo hicieron.
¿Cómo sabremos entonces lo que Jesús considera obediencia? Por su propia autorevelación. ¡No hay guía más cierta y segura!. Si Cristo ha ordenado a los cristianos que se bauticen, entonces contradecir tal mandato, o la simple intención de sustituirlo, aun la intención sincera, no es el mejor servicio que podemos ofrecerle. Su gloria se manifiesta más cuando el bautismo representa tanto la membrecía en la iglesia de los regenerados como el testimonio colectivo de la iglesia. Si comprendemos que Cristo ordenó a la iglesia que se bautizaran sólo los que se arrepintieron y creyeron, entonces parece evidente que una iglesia bíblicamente fiel es una iglesia Bautista.
¿Cómo Impacta esta Doctrina a la Iglesia de Hoy?
¿Qué significado tiene una correcta eclesiología para la iglesia de hoy? Una correcta eclesiología para temas tales como el liderazgo de la iglesia, la membrecía, la estructura, la cultura y hasta el carácter. Por último, una correcta eclesiología toca la misma gloria de Dios. La iglesia no es solo una institución fundada por Cristo, es Su cuerpo. En ella se refleja la propia gloria de Dios.
¿Cómo se conocerán la teología, la Biblia y hasta el mismo Dios apartados de la iglesia? ¿Qué comunidad comprenderá y explicará al mundo la creación y providencia de Dios? ¿Cómo serán explicados los estragos causados por el pecado, exaltada la persona y obra de Jesucristo, mostrado el trabajo salvador del Espíritu y proclamado el regreso de Cristo a las nuevas generaciones si no es mediante la iglesia? La teología expuesta en cada capítulo de este libro insta hacia afuera para dar a conocer y exhorta hacia afuera a través de la iglesia. Por tanto, tener la doctrina de una verdadera iglesia es beneficioso para la gente puesto que la verdad acerca de Dios es más acertadamente conocida, enseñada y modelada.
Sobre el Liderazgo de la Iglesia
Los pastores de las iglesias actuales deben recuperar la comprensión de que su primera misión es predicar la Palabra de Dios. Esto debe ocurrir tanto para el beneficio del rebaño como para alcanzar a aquellos que están fuera de la manada.
El propósito de predicar la Palabra de Dios al pueblo de Dios es construir, o edificar, la iglesia pues esa es la voluntad de Dios para Su iglesia. Si el crecimiento numérico de cualquier congregación en cualquier tiempo es el resultado de la predicación bíblica, la iglesia de Cristo experimentará verdadero crecimiento mediante la enseñanza y la instrucción. Con este propósito, los pastores también deben guiar a la iglesia hacia la recuperación de la disciplina correctiva de la iglesia. Esto será realizado sólo cuando el propio liderazgo entienda las enseñanzas bíblicas sobre la iglesia y se dedique pacientemente a enseñarlas a la congregación.
Siempre que los pastores recobren la centralidad de la predicación en su ministerio, habrá efectos beneficiosos. Las congregaciones estarán más alimentadas y saludables, y en consecuencia, darán mejor testimonio en sus vecindarios. Con demasiada frecuencia los líderes promueven el crecimiento de la iglesia exclusivamente mediante el evangelismo pero fallan en no considerar que una iglesia que no está bien alimentada ni sea muy saludable, por lo general, ofrece un pobre testimonio. Y un pobre testimonio de la iglesia debilita el ministerio evangelístico de la congregación. El pastor que persiste en alimentar bien a su congregación los capacitará mejor para el evangelismo y el crecimiento. Los organismos saludables crecen de modo natural.
El Espíritu de Dios crea creyentes mediante la predicación y el oír la Palabra de Dios. Dios también tiene un propósito con aquellos creyentes que están reunidos en la congregación que son puros y están protegidos. Para este fin, los pastores deben tener gran cuidado al evaluar a los candidatos para el bautismo y en estimular a la congregación a autoevaluarse antes de compartir la Cena del Señor. Si el bautismo funciona como el pozo de agua que separa la iglesia del mundo y la Cena del Señor manifiesta la presencia constante de la iglesia, entonces los pastores actuales deben recuperar la seriedad que cada ordenanza requiere.
Hebreos 13:17 promete que los líderes rendirán cuenta por los que estaban a su cargo. ¿Rendirán cuentas los líderes de hoy por haber descuidadamente permitido lobos en el bautismo o la Cena del Señor? ¿Se repetirán las condenas acumuladas sobre los pastores de Israel de Ezequiel 34 sobre los subpastores de las iglesias de hoy que han dejado a sus ovejas vagando dispersas y sin protección? Los líderes de nuestras congregaciones deben recordar que la correcta predicación de la Palabra de Dios y la sana administración del bautismo y la Cena del Señor forman el llamado básico de sus vidas.
Sobre la Membrecía de la Iglesia
Una correcta eclesiología también tiene implicaciones para la membrecía de la iglesia.[170] Por lo tanto, las razones y los requerimientos para la membrecía deben ser clara y ampliamente comprendidos. La mayoría de los cristianos evangélicos actuales parecen tratar a sus iglesias como algo más que los ayuda en su vida cristiana como también lo hace su estudio bíblico, cierta música, determinados autores, el llevar un diario, etc. En otras palabras, los cristianos conciben su vida espiritual fundamentalmente como si estuvieran manejando su propio negocio, gerenciando mediante la selección entre diversas ayudas. Esta visión contrasta con una más antigua y más bíblica forma de pensar sobre la vida cristiana que es modelada congregacionalmente, donde se materializan las demandas del evangelio, particularmente, en la iglesia local (1ª Jn 4:20).
Ser miembro de una iglesia local debe verse como algo normal para un cristiano. Las vidas que se viven con la obligación periódica de rendir cuentas hacen del evangelio algo claro y transparente para el mundo. Jesús dijo que el amor de los cristianos unos a otros permitiría al mundo conocer a los cristianos como aquellos que seguían a Cristo (Jn 13:34-35). En este sentido, una práctica vigorosa de la membrecía de la iglesia ayuda al evangelismo de la congregación. También ayuda a reforzar en los cristianos la convicción de su propia salvación. Cuando el cristiano observa, enseña, estimula y refuta a otro, la iglesia local comienza a actuar como una cooperativa que corrobora la convicción de la salvación. La membrecía de la iglesia es buena para los cristianos débiles porque los lleva a un lugar de nutrición espiritual y de rendición de cuentas. La membrecía de la iglesia es buena para los cristianos fuertes porque les permite modelar lo que es la vida cristiana.
La membrecía consagrada de la iglesia también es buena para los líderes de la iglesia. ¿Cómo llevará adelante Dios su trabajo si los cristianos no se organizan para servirle? ¿Y cómo recibirán los cristianos los dones espirituales que Dios les da a sus líderes si no hay rebaño delimitado que dichos líderes deban guiar? Por último, practicar la membrecía de la iglesia glorifica a Dios. Cuando los cristianos se reúnen para formar el Cuerpo de Cristo, se refleja y se expresa Su carácter. Recuperar este concepto de la membrecía de la iglesia debe ser uno de los principales deseos de las congregaciones actuales.[171]
Antes de que alguien señale rápidamente que los ministerios paraeclesiales persiguen los mismos objetivos, recuerde que los ministerios paraeclesiales no tienen la misma obligación de proclamar sistemáticamente todo el mensaje de Dios ni tienen los mecanismos del bautismo, la Cena del Señor y la disciplina de la iglesia para trazar una línea clara y brillante que le permita decirle al mundo “Aquí está el pueblo de Dios”. Lo paraeclesial es y siempre será un subconjunto particular de la iglesia, centrado en tareas compartidas.
La idea que la membrecía en una iglesia local solo requiere una profesión de fe en Cristo es una idea muy pomún que puede ser destructiva para la vida y testimonio de la iglesia. Históricamente, los Bautistas se han dado cuenta que una profesión de fe debe ser evaluada y considerada como creíble. Después de todo, una profesión de fe incluye el arrepentimiento. La vida cristiana se revelará no solo por la participación en el bautismo y la Cena del Señor sino también por la asistencia periódica a las reuniones de la congregación y una sumisión a la disciplina de la congregación. Esto incluye orar con frecuencia por la congregación y el diezmo. Cuando las congregaciones no prestan atención al modo de vida del arrepentimiento, la cristianidad nominal rápidamente comienza a dar mal testimonio de la iglesia al mundo y a mentir sobre el carácter de Dios. Toda congregación tiene la responsabilidad de decidir cuál es el estándar de membrecía adecuado para ella.
Una de las áreas que con mayor urgencia necesita reexaminarse en las iglesias de hoy es la relación de los hijos de los miembros de la iglesia. En las congregaciones protestantes No-Bautistas, esta relación comienza con el bautismo de infantes y termina generalmente con la confirmación a los doce años de edad. En las iglesias Bautistas, tradicionalmente, se les reconoce a los niños un importante rol. Son reconocidos como objeto de afectos naturales pero también como personas confiadas a familias cristianas para ser educadas en el Señor. Las conversiones pueden ocurrir en los primeros años, por supuesto, pero se considera más sabio retrasar el bautismo hasta que la madurez confirme la realidad de su conversión.[172] Los primeros Bautistas comprendieron que el tiempo es necesario para discernir la evidencia de una vida cristiana, especialmente, en aquellos que todavía no han madurado.[173] Parece haber pocas dudas que, al menos en las iglesias Bautistas del Sur, el último siglo ha visto un incremento en nominalismo mientras que la edad promedio del bautismo ha ido disminuyendo. Pareciera que las dos estadísticas no tienen relación alguna.
Más aún, su relación con los falsos bautismos (llevando a un número creciente de rebautismos) no se limita a los efectos adversos que sufre la iglesia local cuando los paganos son bienvenidos a la membrecía y llamados santos, sino que son mucho más graves.[174] Los efectos serán sufridos eternamente por aquellos no creyentes a quienes pastores e iglesias dieron la falsa seguridad de salvación reduciéndoles la imaginación y desestimulándoles el apremio por el arrepentimiento y la nueva vida en Cristo.
Sobre la Estructura de la Iglesia
Una correcta doctrina de la iglesia no solo debe afectar a su liderazgo y su membrecía, también debe afectar su estructura.
La última generación se ha burlado muchas veces de la autoridad. La autoridad pudiese ser, como titulaba un libro años atrás, “la idea más malentendida en América” “Los americanos no diferencian autoridad, lo cual es algo bueno, de autoritarismo, que es algo malo”. [175] Se sospecha de todo poder debido al abuso que han cometidos algunos investidos de autoridad quienes han hecho un gran esfuerzo por deformar el paradigma de la piedad cristiana representado por la sumisión de Cristo en la cruz. En tanto que la humildad debe ser inherente a todo ejercicio cristiano de autoridad, Dios también ha puesto líderes en el cuerpo para enseñar, liderar y guiar, dar ejemplo y tomar decisiones (Gal 6:1; Ef 4:11; He 13:17). Ejerciendo seguridad en casi toda esfera: en el matrimonio, la familia, el trabajo, el estado o la iglesia para el cristiano es, en última instancia, un reflejo de la confianza en Dios.
Las batallas denominacionales en la Convención Bautista del Sur del siglo pasado, han dado lugar a violentas disputas que sugieren una novedosa e ingenua postura Bautista caracterizada por ser individualista, amargado y separatista. La rica doctrina Protestante del sacerdocio de todos los creyentes,[176] formulada originalmente en oposición a la acción de intermediario de los sacerdotes ordenados de la iglesia Católico Romana, ha sido transformada en la frase simplista y terrenal del siglo XX “conocimiento del alma” (E.Y. Mullins). El énfasis bíblicamente fiel de la única mediación de Cristo (el énfasis de la Reforma) ha sido transformado (¿deliberadamente?) en la defensa errónea de habilidades humanas.
A lo mejor, la idea de conocimiento del alma simplemente afirma de otra manera el hecho que los cristianos fueron creados a imagen y semejanza de Dios, que somos seres espirituales y que somos capaces de tener una relación con Dios. En el peor de los casos, la idea degenera en un humanismo semireligioso en el que resulta innecesario proclamar la obra de Cristo. Montados en el tren de esta inadecuada doctrina, todo tema de doctrina es rediseñado, desde la expiación hasta la inspiración de las Escrituras. En eclesiología hay la tendencia a desacreditar la autoridad y el liderazgo de la iglesia. Pero el liderazgo es un regalo de Dios y debe ser recibido en las iglesias como un don. Rechazar el liderazgo priva a la iglesia del don de Dios, reduce drásticamente el cuerpo y obstaculiza la vida y obra de la iglesia.
Un factor que ha llevado a muchas congregaciones locales a adoptar un patrón de consejo de ancianos, o a evitarlo, es el incremento de la controversia en la cultura popular sobre las distinciones basadas en el género. Después de todo, el Nuevo Testamento es relativamente claro en reservar el oficio de anciano a los hombres. Pero una sociedad que ha tirado por la borda el género como la frontera divisoria del matrimonio es una sociedad que hace tiempo perdió todo sentido del rol de los géneros en la iglesia. Históricamente, la iglesia tomó la enseñanza del Nuevo Testamento del pastorado de los ancianos como un valor nominal. Pero esa posición fue abandonada lentamente en la América del siglo XX. En 1924, la Iglesia Episcopal Metodista votó a favor para ordenar a mujeres. Ellos fueron seguidos por el cuerpo principal de los Presbiterianos en 1956, y por los Episcopales en 1976, y finalmente por el principal cuerpo Luterano en 1979.[177] Entre los nuevos movimientos Pentecostales, Aimee Semple McPherson, Kathryn Kuhlman y otras mujeres tienen prominentes ministerios de enseñanza.
Entre las iglesias Bautistas, el movimiento hacia la ordenación femenina ha sido más lento, pero sin duda que el proceso ha sido ayudado por estructuras extrabíblicas tales como comités, concejos de iglesia y posiciones gerenciales, las cuales, ni son un mandato ni están mencionadas en la Escrituras, las cuales, por lo tanto, han sido más fáciles de llenar con mujeres aun en iglesias bíblicamente conservadoras en otros aspectos. Moverse a la pluralidad de ancianos conlleva claros pasajes bíblicos que afirman el liderazgo masculino en la congregación. [178]
Sobre la Cultura de la Iglesia.
No son solo los asuntos de liderazgo, membrecía y estructura formal los influenciados por la doctrina de la iglesia, también hay cuestiones relacionadas con la cultura de la iglesia.
Junto a la rígida estructura orgánica de la iglesia está también una más sutil, cambiable y envolvente cultura de la iglesia. La cultura de una iglesia se constituye o forma por la combinación de expectativas y prácticas peculiares que no hacen de la iglesia una iglesia pero que de hecho tipifican a una congregación en particular. Supongamos que una congregación está caracterizada por la gentileza, un interés por la verdad y un entusiasmo por las misiones. Estas cualidades, en verdad, son apropiadas y consistentes con la presentación bíblica de una iglesia, pero ellas no son requeridas específicamente a cada congregación para que sea reconocida como una verdadera iglesia.
Dicho esto, la solidez de una iglesia se incrementa ostensiblemente cuando la congregación cultiva una cultura de discipulado y crecimiento, en la cual, es crecimiento espiritual individual es la norma y no la excepción. Un indicador de crecimiento, además, es el creciente nivel de preocupación por el estado espiritual de los otros. Una preocupación por los otros debe incluir a los no cristianos en el mundo (entonces un énfasis en las misiones), en el área local de la propia congregación (un énfasis en el evangelismo) y especialmente por los otros miembros de la congregación (un énfasis en la disciplina de unos a otros). Una cultura de disciplina, evangelismo y misiones será el mejor estímulo para que la iglesia sea lo que Dios quiere de ella: un reflejo de su propio carácter.
Alineada contra esta visión radiante de la iglesia está un largo y creciente nominalismo en muchas iglesias evangélicas actuales. Congregación tras congregación están caracterizadas por roles de membrecía cubiertos con “miembros” despreocupados. Aun entre aquellos miembros que cumplen muchos de ellos viven vidas que no se diferencian de los no creyentes que viven a su alrededor. Este nominalismo entorpece y menoscaba el evangelismo cristiano, empuja a la iglesia y a los creyentes hacia la desilusión, la desmotivación y la apatía, o la división; y finalmente, deshonra a Dios.[179]
Seguramente, si la eclesiología tiene alguna relevancia hoy, debe atenderse esta situación. Los evangélicos han adelantado algunas respuestas al declive actual de las iglesias. Solo consideraremos algunas de ellas.
Desde principios del siglo XX, la aparición del Pentecostalismo es, probablemente, el mayor desarrollo sociológico en el mundo cristiano. Los panoramas cristianos en África y Sur América se han transformado, y muchas iglesias establecidas en Europa y Norteamérica han sido afectadas. Muchos de estos cristianos piensan que la respuesta a los problemas de la iglesia reposa en redescubrir la enseñanza bíblica del bautismo del Espíritu Santo. Muchos Pentecostales dicen que esta experiencia (que incluye hablar en lenguas desconocidas), significa conversión. Ellos creen que los cristianos revitalizados por este bautismo pueden reemplazar el lamentable y torpe testimonio de demasiados cristianos y sus congregaciones.
Otros grupos de cristianos han sugerido que la respuesta al cristianismo nominal subyace en recuperar la dinámica de los pequeños grupos, en los cuales no hay miembros inactivos (todos participan). Ha sido muy recomendado mediante el uso de pequeños grupos, la iglesia de estructura celular y el movimiento de la iglesia en las casas.[180] Incluso hay quienes defienden poner límites cuantitativos a las congregaciones aduciendo que cualquier cosa más allá de cierto límite transforma a la iglesia en simples “puntos de predicación” y debilita tanto la habilidad del pastor para pastorear como la capacidad de los miembros de involucrarse significativamente en ministerio unos con otros.
Todavía hay otro grupo de cristianos que ha renunciado al local tradicional y a la congregación heterogénea. Esta frustración o rechazo puede observarse en la creciente filosofía que recomienda formar grandes congregaciones en torno a una simple declaración de visión. Esto se observa también en algunos modelos “orientados a objetivos”. El rechazo de la heterogeneidad es más pronunciado aun en congregaciones que establecen su misión sobre un grupo homogéneo, ya sea definido étnica, generacional, sociodemográficamente u otra similar. El principio de unidad homogénea subyacente detrás de este enfoque es: Hierro atrae hierro. Los miembros de una casta en la India, por ejemplo, tienen más dificultad para alcanzar a individuos de otra casta. Aun así, el principio de unidad homogénea ha reordenado la eclesiología de muchas iglesias en nombre del evangelismo. Su lógica conclusión es el rechazo de toda la congregación en beneficio de un subgrupo misionero paraeclesial, aunque ellos continúan refiriéndose a sí mismos como iglesia.
Otros que se autodefinen cristianos perciben el lamentable estado de muchas congregaciones y concluyen que la congregación organizada, simplemente, debe ser rechazada. Este rechazo puede ocurrir públicamente, como ocurrió con el pronunciamiento del predicador de radio Harold Camping quien dijo que los cristianos debían abandonar las iglesias porque la era de la iglesia había terminado.[181] O puede ocurrir de modo más calmado cuando simplemente los individuos desisten de participar en la iglesia. En ambos casos, estos autodenominados cristianos enfatizarán algo como las enseñanzas de Jesús sobre el corazón o las doctrinas como la justificación solo por la fe para justificar su rechazo del rol de la congregación en la vida cristiana. Brevemente, el nominalismo y la hipocresía se usan para justificar la no participación en la iglesia.
Otros colocan la esperanza de recuperación de la iglesia en recrear las emociones. Muchos autores y pastores apelan a la novedad de la experiencia de la conversión, una experiencia histórica en tiempos de reavivamiento y hasta de la iglesia primitiva en el libro de los Hechos para argumentar que la mejor forma de avanzar es replicar tales emociones. En tanto que los diagnósticos específicos varían, la mayoría de las soluciones tienden al pragmatismo de “darles lo que desean”. El evangelismo comienza a parecerse al marketing y la membrecía de la iglesia comienza a parecerse al consumismo.
También hay quienes creen que los problemas en las iglesias surgen de un enfoque equivocado (o al menos innecesario) sobre la apropiación subjetiva de la fe por parte de los cristianos. En respuesta, ellos abogan por reenfocarse en las ordenanzas objetivas, o sacramentos, de la iglesia y no en las respuestas piadosas individuales. Tales respuestas sacramentales presentan una gran variedad. Algunas congregaciones multiservicios están ofreciendo alternativas a los servicios de iglesias inmensas. Algunos en el movimiento de la Iglesia Emergente se están reencontrando con las prácticas de espiritualidad de los Pre-Reformistas (y en algunos casos pre-Cristianos) sin la total comprensión del evangelio siempre latente en tales prácticas.[182]
Entre los Reformados, algunos son llamados a un objetivismo en la vida y profesión cristiana que parece que negaran cualquier rol a la piedad personal y a la respuesta subjetiva al evangelio. En su lugar, están proponiendo una “visión federal” construida específicamente en oposición a lo que ellos reconocen como una problemática del pietismo evangélico.[183] Más generalmente, muchos protestantes evangélicos están rechazando cada vez más todo lo que sea específicamente evangélico o Protestante y reemplazándolo con distintivos tales como “La Gran Tradición”.[184]
A estas y muchas otras supuestas soluciones a los problemas corrientes de las iglesias, los recursos deben ser tomados, inexorablemente, de las Escrituras. Una clara comprensión del evangelio es fundamental para una renovación genuina de las iglesias evangélicas. Las soluciones que son tratadas como normativas pero que no tienen sustento en la Escrituras deben ser rechazadas como la tradición moderna que carece de la autoridad de los apóstoles. La eclesiología no puede ser reducida al evangelismo o al auto perfeccionamiento. En la iglesia cristiana el consumidor reinante debe ser el pecador arrepentido y es mejor no recibir los sacramentos ordenados por Cristo que recibirlos sin fe personal (1ª Co 11:30). Dios creó su iglesia por su Espíritu por medio de su Palabra. Todas las otras respuestas a la carencia de discipulado en muchas iglesias actuales agravan los problemas que intentan resolver.
Sobre el Carácter de la Iglesia
La cultura de la iglesia, como la vida de un individuo, simplemente refleja el carácter de la iglesia. Si la doctrina de la iglesia enunciada en este capítulo va a ser aplicada, debe recuperarse la práctica de la disciplina correctiva.
La recuperación de la disciplina de la iglesia requerirá verla como parte de la membrecía de la iglesia. Debe ser enseñada en las clases de los nuevos miembros. Debe ser tratada en sermones, testimonios y boletines informativos. Y deben recomendarse libros sobre el tema. Demasiada gente trata este tópico apologéticamente y actúa como si admitiera que la práctica de disciplina es deplorable. Mientras el pecado y sus trágicas consecuencias que requieren disciplina son, por supuesto, lamentables el intento de disciplinar correctivamente al pecador no arrepentido, no lo es. Cuando se hace en humildad, oración y amor de edifica al cuerpo y se glorifica a Dios.[185]
Hay que hacer una observación. La disciplina de la iglesia parecerá ofensiva a unos y otros si se introduce en una congregación que no se caracterice por una cultura de cuidado mutuo, un deseo de involucrarse en el diario vivir unos con otros y una pasión por la disciplina en la fe. Un pastor debe desear ser obediente a las Escrituras, pero la congregación sentirá que el profundo involucramiento en sus vidas requerido por la práctica de la disciplina es antinatural si cosas como los convenios de la iglesia y las expectativas de membrecía no se han enseñado con claridad. El primer paso hacia la práctica de la disciplina de la iglesia en una congregación es simplemente enseñar a la gente a orar y a cuidar los unos por los otros. Aprender a amar y a discipular a otro (la verdadera práctica del sacerdocio de todos los creyentes) es un prerrequisito para introducir la disciplina correctiva. La disciplina formativa debe preceder a la disciplina correctiva.
La disciplina de la iglesia proporciona una parte de la respuesta necesaria al nominalismo prevaleciente en las iglesias de hoy. Los pastores deben considerar que seguir las instrucciones bíblicas en cada área de la vida de la iglesia (incluyendo las relativas a la membrecía y a la disciplina) debe ser la clave para sanar lo que está fallando en sus iglesias. Si los pastores desean que los pecadores se arrepientan, deben darse cuenta que la disciplina es una manera bíblica de lograrlo. Si los líderes de las iglesias desean que sus congregaciones se caractericen por el agradecimiento de corazón y la santidad de vida, deben reexaminar su práctica de la disciplina de la iglesia. La salud de toda la iglesia será impulsada radicalmente en muchas congregaciones al excomulgar a aquellos miembros que hayan cometido pecados tales como indiferencia, divisionismo, adulterio o fornicación en lugar de honrar su compromiso de glorificar a Dios. La acción de excluir al no arrepentido permite a la iglesia dar u n testimonio claro del evangelio al mundo. Finalmente, glorifica a Dios en la medida que su pueblo muestre cada vez más su carácter de amor santo.
Sobre la Gloria de Dios
John L. Dagg concluye su introducción al Tratado sobre el Orden de la Iglesia con esta acertada declaración:
El orden en la iglesia y los ceremoniales de religión, son menos importantes que un nuevo corazón; y a los ojos de alguien, cualquier laboriosa investigación de preguntas sobre ellos puede parecer innecesaria y sin beneficio alguno. Pero sabemos, de las Santas Escrituras, que Cristo dio instrucciones sobre estos asuntos y que nosotros no podemos rehusarnos a obedecer. El amor muestra nuestra obediencia; y muestra también la búsqueda de lo que es necesario para conocer su voluntad. Vamos, por tanto, a proseguir las investigaciones que están ante nosotros, con una oración ferviente, que el Espíritu Santo, quien nos guía a toda verdad, pueda ayudarnos a aprender la voluntad de aquel que amamos y adoramos supremamente. [186]
Muchos Protestantes han comenzado a pensar que debido a que la iglesia no es esencial para el evangelio, no es importante para el evangelio. Esta es una conclusión no bíblica, falsa y peligrosa. Nuestras iglesias son la prueba del evangelio. En las reuniones de la iglesia, se leen las Sagradas Escrituras. En las ordenanzas de la iglesia, se representa el trabajo de Cristo. En la vida de la iglesia se evidencia el carácter de Dios mismo. Una iglesia seriamente comprometida en carácter hará lucir al evangelio como irrelevante.
La doctrina de la iglesia debido a que está atada al evangelio mismo. La iglesia es la apariencia del evangelio. Es lo que el evangelio muestra cuando se materializa en la vida de los creyentes. Quita la iglesia y estás quitando la manifestación visible del evangelio en el mundo. Los cristianos en las iglesias, entonces, son llamados a practicar “exhibe el evangelio”, y el mundo será testigo de que el Reino de Dios comenzó en una comunidad de gente hecha a su semejanza y renacida por su Espíritu. Los cristianos, no individualmente, sino como el pueblo de Dios reunido en las iglesias son la imagen más clara que ve el mundo del Dios invisible y de cuál es su voluntad para ellos.
Jesús dijo “De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Jn 13:35). Pablo añadió “El fin de todo esto es que la sabiduría de Dios, en toda su diversidad, se dé a conocer ahora, por medio de la iglesia, a los poderes y autoridades en las regiones celestiales, conforme a su eterno propósito realizado en Cristo Jesús nuestro Señor. (Ef 3:10-11).999


  1. Desde las teologías del siglo XIX de J. L. Dagg, J. P. Boyce, C. Hodge, R. Dabney, y W. G. T. Shedd hasta la primera teología del siglo XX de E.Y. Mullins, se ha omitido en la teología sistemática, una sección especialmente dedicada a la eclesiología.
  2. Cipriano, De Ecclesiae Catholicae Unitate (Oxford: Clarendon, 1971), cap. 6.
  3. Robert Barrow dio en 1589 una gran definición de iglesia: “la iglesia, como se entiende universalmente, contiene todos los que han sido, son y serán elegidos por Dios. Considerada particularmente, como se observa en este mundo, consiste de una compañía y compañerismo de fe y gente santa reunida en torno a Cristo Jesús, su único rey, sacerdote y profeta, adorándolo correctamente, siendo apacible y discretamente gobernados por sus oficiales y leyes, manteniendo la unidad de la fe en el vínculo no fingido de amor y paz”. A True Description out of the Word of God in the Visible Church (Londres: 1589). Para una típica definición Bautista de la iglesia, véase la definición dada por la Asociación Charleston: “Una iglesia evangélica local consiste de una compañía de santos incorporados por un convenio especial en un cuerpo diferente, reuniéndose en un lugar para el disfrute del compañerismo los unos con los otros, teniendo a Jesucristo como la cabeza, en todas sus instituciones, para su mutua edificación y para la gloria de Dios por medio del Espíritu”. En A Summary of Church Discipline, ed. Mark Dever (Washington: Center for Church Reform [9 Marks Ministries], 2001), 118.
  4. A menos que se indique lo contrario, todas las Escrituras citadas en este capítulo son tomadas de Nueva Versión Internacional (NVI).
  5. Esta distinción es fundamental para la teología y escatología del dispensacionalismo. John F. Walvoord. The Millennial Kingdom. (Grand Rapids: Zondervan, 1959).
  6. Esto debería ser similar a la forma como el autor de Hebreos parece recordar, en Hebreos 8, la profecía de Jeremías 31 relativas a las casas de Judá e Israel como satisfechas (o cumplidas) en la iglesia.
  7. Ver George Eldon Ladd, The Gospel of the Kingdom (Grand Rapids: Eerdmans,1959), 120. Para puntos de vista opuestos ver la tradicional posición dispensacionalista representada por Walvoord en The Millennial Kingdom, entre otras.
  8. Edmund Clowney, The Church (Downers Grove: Inter Varsity, 1995), 28.
  9. עם אלהים
  10. θαῤῥέωθεός
  11. λαόςθεός
  12. William Tyndale normalmente traduce ekklesia como “congregación”.
  13. 3 veces en Mateo, 46 veces en las cartas paulinas, 23 veces en Hechos, 2 veces en Hebreos, una en 3ª Juan, una en Santiago y 20 veces en Apocalipsis.
  14. La Septuaginta traduce la palabra Hebrea qahal con la palabra Griega ekklesia setenta y siete veces.
  15. Quizás la única excepción sea Hechos 9:31. A lo mejor a este uso único se deba a la iglesia de Jerusalén, la cual, aunque había sido dispersada continuaba considerándose como una unidad.
  16. J. Roloff, “ἐκκλησία” enNIDNTT (Grand Rapids: Eerdmans, 1990) 1:412-13.
  17. Hebreos 2:12 como referencia a una asamblea del Antiguo Testamento fue mencionada antes.
  18. Paul Minear Images of the Church in the New Testament (Filadelfia: Westminster, 1960).
  19. Avery Dulles, Models of Church, 2ª ed. (New York: Image, 1987).
  20. Otra vía familiar de categorizar las imágenes de la iglesia en el Nuevo Testamento ha sido el uso de la estructura trinitaria del pueblo de Dios, el Cuerpo de Cristo y la morada del Espíritu Santo.
  21. George Eldon Ladd, A Theology of the New Testament. Ed. Rev. (Grand Rapids: Eerdmans, 1993).
  22. Ver por ejemplo, Felipe en Hech. 8:12 y Pablo en 19:8; 28:23.
  23. κοινωνέω
  24. Louis Berkhof, Sistematic Theology. (Grand Rapids: Eerdmans, 1938), 569.
  25. George Eldon Ladd, “Kingdom of God,” in EDT, 2nd ed., ed. Walter Elwell (Grand Rapids: Baker, 2001), 611; cf. Berkhof, Systematic Theology, 568–70.
  26. Para mayores detalles ver Richard D. Phillips, Philip G. Ryken, Mark E. Dever, The Church: One, Holy, Catholic and Apostolic (Phillipsburg: Presbyterian and Reformed, 2004).
  27. Küng, The Church, 320.
  28. John Calvin, Institutes of the Christian Religion, ed. J.T. McNeil, trans. Ford Lewis Battles, LCC (Philadelphia: Westminster, 1960), 4.1.17.
  29. kaqolikhin
  30. Clowney, The Church, 76.
  31. Robert Reymond comenta: “Así como la verdadera semilla de Abraham son todos aquellos que caminan en la fe de Abraham, independientemente de su descendencia, también la iglesia apostólica es aquella que anda en la fe de los apóstoles, independientemente del asunto de la “sucesión ininterrumpida”. New Systematic Theology, 844.
  32. Donald Bloesch, The Church (Downers Grove: InterVarsity, 2002), 103.
  33. Para una interesante comparación entre los cuatro atributos (unidad, santidad, universalidad y apostolicidad) y las dos señales de una verdadera iglesia, véase, Küng, The Church, 267–69.
  34. neh'-fesh
  35. La palabra sacramento se deriva del término latino usado para misterio; véase la Vulgata para Efesios 1:9; 3:3; 5:32. Louis Berkhof define un sacramento como una ordenanza (Sistematic Theology, 617).
  36. Se considera como principio establecido que los sacramentos tienen la misma función que la Palabra de Dios: ofrecer y explicarnos a Cristo y otorgarnos los tesoros de la gracia celestial. Pero ellos no avalan ni benefician nada a menos que se reciban por fe. Calvin, Institutes, 4.14,17.
  37. δεῖπνον κυριακός
  38. Algunas organizaciones como los Cuáqueros o el Ejército de la Salvación que se declaran seguidores de Cristo rechazan estas prácticas. Se puede decir de muchas congregaciones evangélicas contemporáneas que en la práctica rechazan el bautismo y La Cena del Señor si son evaluadas por la frecuencia o comprensión de las mismas.
  39. El Concilio de Trento determinó que finalmente son siete los sacramentos que los fieles católico romanos deben aceptar- Los otros cinco con sus bases bíblicas son: confirmación (Hech. 8:17; 14:22; 19:6; He 6:2), confesión (Stg 5:16), ordenación (1 Tim 4:14; 2 Tim 1:6), matrimonio (Ef. 5:32), y extremaunción (Stg 5:14). Ver el parágrafo 1113 e, Cathechism of the Catholic Church, in Librería Editrice Vaticana (Liguori: Liguori Publications, 1994). Hace mucho tiempo Calvino rechazó estas cinco prácticas adicionales como sacramentos (Institutes 4.19). Berkouwer concluye su consideración de estos cinco sacramentos católico romanos “extra” diciendo cortésmente “esta breve revisión de los cinco sacramentos especiales evidencia quela teología de la iglesia católica romana fija el número de sacramentos sobre la base de su visión de lo que constituye una serie de actos sobrenaturales que inyectan gracia sobrenatural en toda la vida, de principio a fin, en lugar de ponerla sobre la indubitable base de la exégesis bíblica”. G.C. Berkouwer, The Sacraments, trad. Hugo Bekker (Grand Rapids: Eerdmans, 1969), 36.
  40. La teología moderna de la iglesia católica romana habla de toda la iglesia como un sacramento. “La Iglesia, en Cristo, está en la naturaleza del sacramento- una señal e instrumento, es decir, de comunión con Dios y de unidad con todos los hombres” “Dogmatic Constitution of the Church,” en Vatican Council II, ed. Austin Flannery (Northport, NY: Costello, 1975), 350.
  41. Ver Art 26 de los 39 Artículos de Religión de la Iglesia de Inglaterra.
  42. Ver John L. Dagg, Treatise on Church Order (1858,repr. ,Harrinsonburg: Gano, 1982), 226-31. Daggs presenta cinco argumentos contra la idea de tomar el lavado de los pies como la última ordenanza de la iglesia.
  43. El Antiguo Testamento contiene muchos lavados ceremoniales (He 9:10). Pablo usó la imagen del bautismo para explicarle a la gente la inmersión de Israel dentro de la ley de Dios (1ª Co 10:1-2). Juan el Bautista distinguió su bautizo del de Jesús (Jn 1:24-27, 33; Lc •:3). Pablo, además, explicó la diferencia entre los dos bautismos en Éfeso (Hech 19:1-6). Jesús enseñó que sus discípulos serían bautizados con el Espíritu Santo (Hech 1:5). Jesús se refirió metafóricamente a su propia muerte como un bautizo (Lc 12:50). Y entre los cristianos de Corinto existía la práctica del bautismo por la muerte. Para más detalles del trasfondo histórico del bautismo en el primer siglo, véase, George r. Baesley-Murray, Baptism in the New Testament (Grand Rapids: Eerdmans, 1962), 1-92.
  44. βαπτίζω
  45. Tomás de Aquino escribió: “En el sacramento del Bautismo, el agua se usa para el lavado del cuerpo, por medio del cual, se simboliza el lavado interior de los pecados. Ahora, el lavado pude ser hecho no solo por inmersión sino también por aspersión o derrame. Y, en consecuencia, aunque es más seguro el bautismo por inmersión, por ser el uso más común, puede ser conferido igualmente por aspersión o derrame conforme a Ez 36:25 “Los rociaré con agua pura…” Esto especialmente en casos de urgencia o cuando el grupo a bautizar es numeroso como se presenta en Hechos 2 y 4, donde leemos que un día tres mil creyeron y otro día cinco mil: o se les dio a todos ellos un pequeño suministro de agua, o mediante la debilidad del ministro quien no pudo llevar el candidato al Bautismo, o por blandenguería del candidato, aquellas vidas deben haber sido puestas en peligro por la inmersión. Debemos por tanto concluir que la inmersión no es necesaria para el bautismo”. Summa Theologica (CD ROM, AGES Software, 1997). Juan Calvino, escribió en Institutes que aunque reconocía la antigüedad de la inmersión, la misma no era necesaria para validar el bautismo: “Si la persona que está siendo bautizada debe ser totalmente sumergida, si una vez o tres veces, si se rocía con agua o si se le derrama agua encima; esos detalles, no tienen importancia. Debe ser opcional a las iglesias de acuerdo a la diversidad de países. Es evidente que la palabra bautizo significa “inmersión” y que el rito de la inmersión fue observado por la iglesia primitiva. Institutes, 4.15.19
  46. βαπτίζω
  47. Así por ejemplo, en el capítulo 7 de La Didache (fechada a finales del primer siglo o comienzos del segundo), se lee: “Ahora en lo que respecta al bautizo, después de haber revisado todas esas cosas, bautiza así: “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” en agua que corra. Pero si no tienes agua que corra bautiza en otra agua, y si no tienes agua fría bautiza con agua caliente, y si no tienes agua de ningún tipo entonces derrama agua sobre su cabeza tres veces “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. The Didache en The Apostolic Fathers, 2nd ed., trans. J. B. Lightfoot and J. R. Harmer (1891; repr., Grand Rapids: Baker, 1992), 258–59. La Didache, por supuesto, no es Escritura pero es léxicamente significativo que a tan temprana fecha del cristianismo los cristianos griegos se refirieran al derrame de agua como bautismo.
  48. Una de las más recientes defensas de derrame como bautismo argumenta que Romanos 6:3-6; Hebreos 9: 10-19; Tito 3:5-6; y Ez 36:25-27. Demuestran que el bautizo significa el derramamiento del Espíritu Santo en conexión con la persona cristiana lavada de sus pecados como parte de su unión con Cristo, ninguno de los cuales requiere inmersión y cualquiera de ellas puede haber tenido un significado mayor que derrame. Joseph Pipa en The Case for Covenantal Infant Baptism, ed. Gregg Strawbridge (Phillipsburg: Presbyterian and Reformed, 2003), 112–26.
  49. Millard Erickson, Christian Theology, 1113–14; cf. Robert Saucy, The Church in God’s Program (Chicago: Moody, 1972), 209.
  50. evpi; tw/` ojnovmati jIhsou` Cristou` eij~ a[fesin tw`n aJmartiw`n uJmw`n.
  51. Berkhof, Systematic Theology, 632. Compare sus comentarios sobre los recipientes adecuados para la Cena del Señor en la pág. 657.
  52. Calvin, Institutes, 4.15.13.
  53. Ver, Catechism of the Catholic Church, 319, 323. También Hechos 2:38; 22:16; 1ª Pedro 3:21.
  54. Paul K. Jewett, Infant Baptism and the Covenant of Grace (Grand Rapids: Eerdmans, 1978), 228; cf. Fred Malone, The Baptism of Disciples Alone: A Covenantal Argument for Credobaptism versus Paedobaptism (Cape Coral, FL: Founders, 2003).
  55. Ver Éxodo 12; cf. Éxodo 24:8. Vea también D. A. Carson, Matthew, EBC (Grand Rapids: Zondervan, 1984), 528–32 sobre este asunto. Carson concluye que la Cena del Señor fue una comida de Pascua.
  56. Carson, Matthew, 536.
  57. Las primeras indicaciones acerca de la Cena del Señor se encuentran a fines del siglo I y principios del II en The Didache, Clement’s Letter to the Corinthians, Ignatius’s Letter to the Smyrneans.
  58. Berkhof, Systematic Theology, 657.
  59. La sinagoga de los hombres libres en Hechos 6:9, los Fariseos y los Saduceos, varias cortes, parlamentos y gremios. En el Antiguo Testamento hubo miembros de cofradías (como los 30 hombres de David) y los profetas.
  60. Para la enseñanza de las tareas de los miembros de la iglesia por Benjamin Keach, Benjamin Griffith, the Charleston Association, Samuel Jones, W. B. Johnson, Joseph S. Baker, and Eleazer Savage, vea Mark Dever, ed., Polity, 65–69, 103–5, 125–26, 148–51, 221–22, 276–79, 510–11.
  61. Erickson, Theology, 1058.
  62. Samuel Jones, Treatise of Church Discipline in Polity, ed. Mark Dever (1805; repr.), 150; cf.2 Co 12:20; 1 Tim 5:13; 6:4; Stg 4:11.
  63. Similar a la forma como los apóstoles fueron estimados como delegados de Cristo. Lc 10:16; 1ª Co 16:10.
  64. La palabra usada para honor en 1ª Tim 5:17 tiene una clara connotación financiera. Vea, además, Hech 6:4, 1ª Co 9: 7-14, Gál 6:6.
  65. Vemos esto por inferencia de Gál 1:8, 2ª Tim 4:3 y Judas 3-4.
  66. Mateo 18:17. Observa el involucramiento de toda la iglesia como corte de juicio y como ejecutora de la sentencia.
  67. Un buen ejemplo de esto se encuentra en la narración de Hechos 15. Comentando Hechos 15:4, Jurgen Roloff “toda la asamblea congregacional de Jerusalén era su propio cuerpo gobernante, distinto al cuerpo gobernante de apóstoles y ancianos quienes eran los líderes de la Iglesia”. Los decretos apostólicos debían ser ratificados por la plenaria de la congregación.
  68. Esta naturaleza voluntaria de las relaciones entre las congregaciones cristianas, sin embargo, no significa que las decisiones respecto a las relaciones de una congregación con otra son simplemente materias indiferentes.
  69. Históricamente los cristianos han hablado de dos aspectos del llamado al ministerio de tiempo completo, el interno y el externo. El llamado externo es provisto por una iglesia individual, la cual confirma los dones individuales. El llamado interno se refiere a la sensación subjetiva de responsabilidad por y el deseo de ministrar la Palabra de Dios. Para mayores detalles, vea Charles Bridges, The Christian Ministry (1830; repr. Edinburgh: Banner of Truth, 1980), 94–102; ver también, Basil Manly Jr., A Call to the Ministry (Philadelphia: American Baptist Publication Society, [no date cited]).
  70. Citado por Alexander Grossart in Works of Richard Sibbes, ed. Alexander Grossart (1862–1864; repr., Edinburgh: Banner of Truth Trust, 1979), 294.
  71. προΐστημι
  72. ἡγέομαι; Hebreos 13:17,24.
  73. Vea Mark Dever, A Display of God’s Glory (Washington, DC: 9Marks Ministries, 2001), 5–30.
  74. Gracias a Buddy Gray, Pastor de Birmingham, Alabama por resaltarme esto en el texto.
  75. πρέσβυς
  76. πρεσβύτερος
  77. ἐπισκοπή
  78. ποιμαίνω
  79. ποιμήν
  80. ἐπίσκοπος
  81. R.B.C.Howell, pastor de First Baptist Church, Nashville, Tennessee:”Los únicos oficios señalados por Dios para predicar, administrar las ordenanzas y que han permanecido inalterables hasta el presente son el de pastor, anciano y obispo. R.B.C.Howell, “Ministerial Ordination,” in The Baptist Preacher, ed. Henry Keeling (Richmond: H. K. Ellyson, 1847), 137.
  82. Para esta última calificación vea 1 P. 5:2.
  83. Sería extraño que cualquier calificación para anciano impidiese (posiblemente) al mismo Pablo o a Nuestro Señor Jesucristo ejercer el oficio de anciano.
  84. Mucho material útil ha sido publicado por el Concejo sobre Hombría y Femineidad Bíblica. Vea John Piper and Wayne Grudem, eds., Recovering Biblical Manhood and Womanhood (Wheaton: Crossway, 1991, rev. 2006); Wayne Grudem and Dennis Rainey, eds., Pastoral Leadership for Manhood and Womanhood (Wheaton: Crossway, 2002); J. Lyon Duncan and Susan Hunt, Women’s Ministry in the Local Church (Wheaton: Crossway, 2006); Wayne Grudem, Countering the Claims of Evangelical Feminism (Colorado Springs: Multnomah, 2006); Wayne Grudem, Evangelical Feminism and Biblical Truth (Colorado Springs: Multnomah, 2004); and Wayne Grudem, Evangelical Feminism: A New Path to Liberalism? (Wheaton: Crossway, 2006). Vea también www.cbmw.org.
  85. Ejemplos de “gobernantes” de las sinagogas mencionadas en el Nuevo Testamento son Jairo en Marcos 5:22 (gobernantes plurales), Hechos 13:15 (plural) y Crispo (singular) en Hechos 18:8.
  86. κατά πόλις
  87. Hechos 11:30; 15:2,4,6,22–23; 16:4; 21:18. Mientras que una pluralidad de líderes se relaciona con una sola congregación, en el Nuevo Testamento, nunca se dice que muchas congregaciones son parte de una sola iglesia local. La idea que allí puede haber un obispo o presbítero con autoridad sobre varias congregaciones es la esencia de la percepción del gobierno de la iglesia tanto para los Episcopales como para los Presbiterianos. Esto es lo opuesto al Congregacionalismo, que interpreta que cada asamblea donde se ha predicado y practicado el bautismo y la Cena del Señor, debe tener su propio liderazgo independiente. Una iglesia local que tenga muchos servicios (cultos de adoración) o muchas sedes plantea serias dudas sobre la comprensión eclesiológica tradicional de las congregaciones. Aun aceptando tales innovaciones, hay que ser muy cuidadoso. W-B-Johnson, el primer presidente de la Convención Bautista del Sur, proporciona una típica observación al respecto: “El término iglesia indica una iglesia, un cuerpo del pueblo de Dios, reuniéndose en un lugar, y no muchas congregaciones formando una iglesia”. W. B. Johnson, “The Gospel Developed,” in Polity, ed. Mark Dever, 171.
  88. El erudito anglicano y pionero de misiones Roland Allen, llega a la misma conclusión: “San Pablo no se conformaba con nombrar un Anciano para cada Iglesia. En cada lugar el ordenaba a varios. Esto aseguraba que la plena autoridad no iba a estar concentrada en las manos de un hombre”. Roland Allen, Missionary Methods: St. Paul’s or Ours (London: Robert Scott, 1912), 138–39.
  89. Gordon J. Wenham, The Book of Leviticus, NICOT (Grand Rapids: Eerdmans, 1979), 19–20.
  90. “entreguen a este hombre a Satanás para destrucción de su naturaleza pecaminosa* a fin de que su espíritu sea salvo en el día del Señor” (1ª Co 5:5).
  91. Tradicionalmente los cristianos han distinguido entre ofensas públicas y privadas. Ofensas públicas son las que trata Pablo en 1ª Co 5 donde no hubo amonestaciones privadas que precedieran a la amonestación pública. Ofensas privadas son las que plantea Jesús en Mateo 18 donde las amonestaciones privadas precedieron a la amonestación pública.
  92. “Ten cuidado de la ambición de simples números: un cuerpo pequeño de bien instruidos y ansiosos discípulos es de mayor valor para la causa de Cristo que una multitud heterogénea indistinguible en espíritu y vida del mundo”. H. Harvey, The Pastor: His Duties and Qualifications (Philadelphia: American Baptist Publication Society, 1879), 66.
  93. David Peterson, Engaging with God (Downers Grove: InterVarsity, 1992), 20. Cf. D. A. Carson’s much longer definition, in D. A. Carson, ed., Worship by the Book (Grand Rapids: Zondervan, 2002), 30.
  94. J. Ligon Duncan, “Foundations for Biblically Directed Worship,” in Give Praise to God: A Vision for Reforming Worship, ed. P. G. Ryken, D. W. H. Thomas, and J. L. Duncan III (Phillipsburg: Presbyterian and Reformed, 2003), 65.
  95. (1ª Tim 4:13, compare con el ministerio de Esdras de la lectura pública de la ley de Dios en Nehemías 8).
  96. Ex 20:2-4; Deut 5:6-10. Estos mandamientos fueron violados muchas veces a lo largo del Antiguo Testamento (Le. 10:1–3; Deut 4:2; 12:ƒ32; 1º Sam 15:22; 2º Sam 6; Jer 19:5; 32:35). Todas estas historias (Nadab y Abihu, Saúl y Uzías, muestran que la sana intención es insuficiente por sí misma para la correcta adoración.
  97. Para más información sobre el principio regulativo ver los dos primeros capítulos en Ryken, Thomas, and Duncan, Give Praise to God, and D. A. Carson’s introduction to his Worship by the Book.
  98. Didache 14:1 (see Apostolic Constitutions 7:30:1); Ignatius, Magnesians 9:1; Gospel of Peter 35, 50. See R. J. Bauckham, “The Lord’s Day” and “Sabbath and Sunday in the Post-Apostolic Church,” in D. A. Carson, ed., From Sabbath to Lord’s Day: A Biblical, Historical and Theological Investigation (Grand Rapids: Zondervan, 1982), 221–98.
  99. Romanos 12:1
  100. 1ª Corintios tiene todos estos temas.
  101. Hechos 1:8. Pastores y teólogos Protestantes como Jonathan Edwards y C .H. Spurgeon, se han referido de modo general a la “espiritualidad de la iglesia”. Para estos autores esta frase es más o menos equivalente a la pureza y santidad de la iglesia. Pero a la frase también se le ha dado un uso más técnico en el contexto de conversaciones sobre políticas institucionales y compromisos, particularmente entre Presbiterianos sureños como J .H. Thornwell y R.L. Dabney, Aquí, la frase “espiritualidad de la iglesia” se refiere a la necesidad de mantener el propio interés de la iglesia centrado en su foco y rezar la mundanería. La iglesia no debe interesarse en los asuntos de estado dicen los abogados de la espiritualidad de la iglesia. Y Debe resguardar su propia pureza mediante sus propias autoridades, en lugar de estar solicitando protección al estado (vea James Bannerman, The Church of Christ, [1869; repr., Edinburgh: Banner of Truth Trust, 1974], 1:148–59, and R. L. Dabney, Lectures in Theology, 4th ed. [Richmond: Presbyterian Committee of Publication, 1890], 873–87). Después de todo, los abogados de la “espiritualidad de la iglesia” señalan una conexión entre la independencia de la autoridad de la iglesia respecto al estado puesto que los asuntos de interés de la iglesia son diferentes de los asuntos que interesan al estado. “La iglesia está para enseñarle a los hombres el camino al cielo y para ayudarlos a ir hacia allá. El estado está para proteger a cada ciudadano en el disfrute de los derechos temporales. La iglesia no tiene potestad sobre las penas y castigos civiles porque Jesús no les dio ninguna y porque no tiene relevancia cualquier cosa usada para producir su propósito: un vigoroso creyente de la verdad salvífica (Ver John 18:36; 2 Cor. 10:4).” Dabney, Lectures in Theology, 874–75. Dos proponentes claves de la doctrina fueron Stuart Robinson, The Church of God (Philadelphia: Joseph M. Wilson, 1858), esp. 84–93, y Thomas E. Peck, Notes on Ecclesiology (Richmond: Presbyterian Committee of Publication, 1893), esp. 119–55. Para los que crean que esto es solo la visión de una doctrina sureña, Charles Hodge comentó en 1861, en la asamblea general de la Iglesia Presbiteriana: “La doctrina de nuestra iglesia sobre esta materia es que el estado no tiene autoridad sobre asuntos puramente espirituales y que la iglesia no tiene autoridad en asuntos puramente seculares o civiles. Que sus provincias en algunos casos se sobreponen unas a otras… es sin duda verdad … pero son instituciones diferentes. “The General Assembly,” Biblical Repertory and Princeton Review, 33 (1861): 557. J. H. Thornwell, Collected Writings of James Henley Thornwell (1875; repr., Edinburgh: Banner of Truth Trust, 1974), 4:448–51; B. M. Palmer, Life and Letters of James Henley Thornwell (1875; repr., Edinburgh: Banner of Truth Trust, 1974), 501. Similar a las ideas de “esfera de soberanía” deAbraham Kuyper, la espiritualidad de la iglesia en este uso más refinado se circunscribe a todas las cosas que están directamente relacionadas con el evangelio. Otros asuntos (tales como los relativos a la educación, políticas y ministerios de misericordia para aquellos que están más allá de la membrecía de la iglesia), son pertinentes a todos los cristianos pero la iglesia en sí misma no es la estructura adecuada para dirigir tales tópicos. Ellos tienen relación con los cristianos en escuelas, gobernaciones y otras estructuras de la sociedad. De hecho, si tales asuntos vienen a ser el foco de la iglesia, ellos pueden potencialmente distraer y apartar a la iglesia de su principal y única responsabilidad, la de encarnar y proclamar el evangelio. La iglesia está comprometida con la tarea de proclamar todo el evangelio de Dios, y por tanto, el consejo de Dios tal como conlleva la responsabilidad de todas las personas e instituciones. Mientras la iglesia no exime de responsabilidad a otras instituciones como el estado y la familia, tampoco define cuales deben ser las funciones de tales instituciones… Para decirlo claramente, la iglesia no encaja con la política. Los miembros deben hacerlo, pero en su condición de ciudadanos del estado, no como miembros de la iglesia”. John Murray, “The Relation of Church and State,” en Collected Writings of John Murray (Edinburgh: Banner of Truth Trust, 1976), 1:255. Un útil resumen de la discusión en el siglo XIX es Daryl G. Hart, Recovering Mother Kirk (Grand Rapids: Baker, 2003), 51–65; cf. Preston D. Graham Jr., A Kingdom Not of This World: Stuart Robinson’s Struggle to Distinguish the Sacred from the Secular during the Civil War (Macon, GA: Mercer University Press, 2002). Para un tratamiento contemporáneo de al menos las implicaciones de esto, ver Brian Habig and Les Newsom, The Enduring Community: Embracing the Priority of the Church (Jackson, MS: Reformed University Press, 2001).
  102. Ver, por ejemplo, el razonamiento del Señor para las plagas en Éxodo 9-12.
  103. Bridges, Christian Ministry, 1 La majestuosa declaración de. J. L. Reynolds sobre el Reino de Dios: “Cuando Cristo exclamó, en la sala de juicio de Pilatos, las sobresalientes palabras “Yo soy un rey”, el pronunció un juicio cargado de inexpresable dignidad y poder. Sus enemigos debieron ridiculizar sus pretensiones y expresar su burla sobre tal afirmación, al presentarlo con una corona de espinas, una túnica púrpura con cañuelas, y clavarlo en la cruz, pero a los ojos de las inteligencias no colapsadas, el era un rey. Un alto poder presidió esa ceremonia burlona y la convirtió en una coronación real. La corona de espinas fue ciertamente la diadema del imperio; la túnica púrpura fue el signo de realeza; la frágil cañuela era el símbolo del poder ilimitado y la cruz el trono de dominio que nunca terminará”. J. L. Reynolds, “Church Polity, of the Kingdom of Christ,” in Polity, ed. Dever, 298.
  104. Esta iglesia es llamada invisible porque ella es esencialmente espiritual y su esencia espiritual no puede ser discernida por el ojo físico; y porque es imposible determinar de modo inequívoco quien pertenece a ella y quien no”. Berkhof, Systematic Theology, 566–67. Cf. Westminster Confession, chapter 25.
  105. Calvin, Institutes, 4.1.7; cf. Benjamin Keach’s catechism, Questions 105–06, reprinted in Tom J. Nettles, Teaching Truth, Training Hearts (Amityville: Calvary, 1998).
  106. Sobre Hechos 9:31ver los comentarios de F. F. Bruce’s, en Bruce, Acts, NICNT (Grand Rapids: Eerdmans, 1983), 208–9; cf. A. H. Strong, Systematic Theology (Valley Forge: Judson, 1907), 891.
  107. Nota del Traductor: No encontré una mejor expresión para traducir el original Landmarkism.
  108. Se puede tener alguna idea de la seriedad de la controversia observando que Basil Manly Jr. En “Abstract of Principles” (1859) obvia cualquier referencia a la iglesia universal, algo indiscutible entre los Bautistas dos o tres décadas antes.
  109. Tal lenguaje se encuentra en Aquinas y Wycliffe.
  110. Vea el clásico tratamiento puritano de la naturaleza militante de la vida de la iglesia en William Gurnall, The Christian in Complete Armor (1662–1665; repr., Edinburgh: Banner of Truth, 1964).
  111. Vea Berkhof, Systematic Theology, 565.
  112. Clowney, The Church, 101.
  113. Calvin, Institutes, 4.2.3. También en 1536 edition in 2.29.
  114. Cabe destacar que las verdaderas iglesias se pueden dividir entre las regulares, es decir, que están, de acuerdo a los preceptos (regula) y las que son irregulares (que no lo están). De tal manera que algunas iglesias Protestantes pueden reconocerse mutuamente como verdaderas iglesias pero irregulares (dependiendo de sus diferencias).
  115. La Reforma, comprensiblemente, condujo a cambios en las estructuras físicas de la iglesia: cambios arquitectónicos, cambios en el servicio (más tiempo para el canto congregacional, para el sermón) y cambios en el rol del ministro. Cambió de ser un sacerdote que ofrecía sacrificios a ser un Ministro de la Palabra y un pastor del pueblo.
  116. John Calvin, en su prefacio a Psychopannychia, in Selected Works of John Calvin: Tracts and Letters, vol. 3, ed. and trans. Henry Beveridge and Jules Bonnet (1851; repr., Grand Rapids: Baker, 1983), 416.
  117. Cf. “For the New Testament unity is in order to preserve the faith, not something which can exist irrespective of doctrinal purity.” Iain Murray, Evangelicalism Divided (Edinburgh: Banner of Truth Trust, 2000), 140.
  118. Las Iglesias Ortodoxas de Oriente son aún menos uniformes en el establecimiento de un número específico de sacramentos.
  119. Rufus Jones, “Introduction,” to George Fox: An Autobiography, ed. R. Jones (London: Headley Bros., 1904), 22.
  120. Vea H. Dorgan, “Foot-Washing, Baptist Practice of,” in Dictionary of Baptists in America, ed. Bill J. Leonard (Downers Grove: InterVarsity, 1994), 119–20.
  121. William Wall (1647–1728), The History of Infant Baptism (London: J. Downing et al., 1705); Joachim Jeremias, Infant Baptism in the First Four Centuries, trans. David Cairns (London: SCM Press, 1960); Kurt Aland, Did the Early Church Baptize Infants? trans. G. R. Beasley-Murray (London: SCM Press, 1961); Joachim Jeremias, The Origins of Infant Baptism: A Further Reply to Kurt Aland (Naperville: A. R. Allenson, 1963). Aland sostiene la interesante posición que los infantes deben ser bautizados, aunque afirma que no existe evidencia del bautismo de infantes antes del siglo III.
  122. Jewett, Infant Baptism, 21.
  123. Ver Origen’s Homilies on Luke, chap. 14; Homilies on Leviticus, chap. 8; Commentary on Romans, chap. 5.
  124. Nota del Traductor. Literalmente “del trabajo que se ha trabajado” y con el significado específico de “por el mismo hecho de la acción que se ha realizado”. Se refiere a que el sacramento funciona por el simple hecho de haber sido administrado, es decir, concede gracia por sí mismo.
  125. Aun aquí, David Wright sugiere que el bautismo de infantes puede no haber sido una norma hasta el siglo VI. Vea D. F. Wright, “At What Ages Were People Baptized in the Early Centuries?” Studia Patristica, ed. E. A. Livingstone (Leuven: Peeters, 1997), 30:389–94. Para una revisión de evidencias a las fechas más tempranas del bautismo de infantes, vea Jewett, Infant Baptism, 13–43. Cf. Peter Leithart, “Infant Baptism in History: An Unfinished Tragicomedy,” in Strawbridge, ed., Covenantal Infant Baptism, 246–61.
  126. Ver William Estep, The Anabaptist Story (Nashville: Broadman, 1963).
  127. Un tipo de censura eclesiástica. Nota del Traductor.
  128. Las reformas magisteriales fueron aquellas en las que las iglesias políticamente establecidas fueron reformadas por autoridades políticas (los Luteranos, los Anglicanos, los Calvinistas).
  129. Este fue el caso de los Anabaptistas y Bautistas a lo largo de los siglos XVI y XVII quienes debieron desautorizar públicamente el anarquismo muchas veces.
  130. Al discutir con teólogos luteranos contemporáneos sobre los postulados históricos de Lutero acerca de la necesidad y el poder salvador del bautismo y como compagina esto con la salvación solo por fe, le han respondido al autor, que podemos tener salvación sin bautismo pero no podemos tener salvación sin fe.
  131. Ver John Theodore Mueller, Christian Dogmatics (St. Louis: Concordia, 1955), 494–95.
  132. See Calvin, Institutes, 4.14.6.
  133. The Belgic Confession (article 33) says that baptism and the Lord’s Supper “are visible signs and seals of an invisible thing, by means whereof God works in us by the power of the Holy Spirit.” Cf. Charles Hodge, Systematic Theology (1871; repr., Grand Rapids: Eerdmans, 1952), 3:582.
  134. Grudem, Systematic Theology, 980–81.
  135. Laterano, iglesia de San Juan Laterano en Roma; la iglesia catedral del papa. Nota del Traductor.
  136. Aquinas, Summa Theologica, part 3, questions 75–77.
  137. Joseph Pohle, The Sacraments: A Dogmatic Treatise, ed. Arthur Preuss (St. Louis: B. Herder, 1942), 2:25.
  138. Ver Mueller, Christian Dogmatics, 510.
  139. Cf. Augsburg Confession, article 10.
  140. E.g., Mueller, Christian Dogmatics, 509–20.
  141. Calvin, Institutes, 4.17.9–12. Cf. Berkhof, Systematic Theology, 653–54. Calvin received serious criticism on this point from later Reformed theologians like William Cunningham, Charles Hodge, and Robert Lewis Dabney.
  142. Erickson, Christian Theology, 1127.
  143. Westminster Confession, 29.7.
  144. Cf. Strong, Systematic Theology, 538–43. Charles Hodge sviól pequeñas diferencias entre Zwinglio y Calvino sobre este punto. See Hodge, Systematic Theology, 3:626–31. El Autor concuerda con Hodge.
  145. In fact, Wayne Grudem represents these two views together as the view of “The Rest of Protestantism” in his Systematic Theology, 995–96. Cf. Ligon Duncan, “True Communion with Christ: Calvin, Westminster and Consensus on the Lord’s Supper,” in The Westminster Confession into the 21st Century (Rosshire, Scotland: Christian Focus, 2003), 2:429–75; W. G. T. Shedd, Dogmatic Theology, 3rd ed., ed. Alan W. Gomes (Phillipsburg: Presbyterian and Reformed, 2003), 814. So, too, Lutheran theologian Mueller, Christian Dogmatics, 509. “Calvin’s doctrine was nothing but a polished form of Zwingli’s crude teaching, couched in phrases approaching the Lutheran terminology as closely as possible.” F. Bente, cited in Mueller, Christian Dogmatics, 514.
  146. Spurgeon echoes emphases of the Second London Confession (1689), which says in chapter 30, paragraph 7: “Worthy receivers, outwardly partaking of the visible Elements in this Ordinance, do then also inwardly by faith, really and indeed, yet not carnally, and corporally, but spiritually receive, and feed upon Christ crucified and all the benefits of his death: the Body and Blood of Christ, being then not corporally, or carnally, but spiritually present to the faith of Believers, in that Ordinance, as the Elements themselves are to their outward senses.” In this, the Baptist ministers adopted the language entirely of the Westminster Confession (from 1646) in chapter 29, paragraph 7, except for changing the word “sacrament” to “ordinance,” and omitting the description of how the body of Christ is not corporally present “in, with, or under the bread and wine.”
  147. See Peter Naylor, Calvinism, Communion and the Baptists: A Study of English Calvinistic Baptists from the Late 1600s to the Early 1800s, in Studies in Baptist History and Thought (Carlisle, U.K.: Paternoster, 2003). The classic defense of the Southern Baptist position was penned in 1846 by R. B. C. Howell, at the time the pastor of Second Baptist church, Richmond, Virginia, later the pastor of First Baptist, Nashville, Tennessee. Howell articulated a non-Landmarkist position of close communion that is still instructive for Baptists today wondering why they should exclude from membership or participation in the Lord’s Supper paedo-Baptists. See Howell’s The Terms of Communion at the Lord’s Table (Philadelphia: American Baptist Publication Society, 1846). There is a vast literature of nineteenth-century Baptist works on proper terms for admission to the Lord’s table that would be a fruitful field of study for Christians today wanting to understand church membership better.
  148. Escribiendo en 112 D.C., Plinio refiere que los cristianos establecían pactos morales entre sí. Tales convenios también fueron practicados por los seguidores de Juan Huss. Vea Charles W. Deweese, Baptist Church Covenants (Nashville: Broadman, 1990), 19–23.
  149. Ibid., viii.
  150. Ver Daniel L. Akin, “An Expositional Analysis of the Schleitheim Confession,” CTR 2 (1998): 345–70.
  151. Deweese sugiere un conjunto de factores que han hacho declinar decline el uso de los convenios eclesiales entre los Bautistas en América. Vea Baptist Church Covenants, 88–91.
  152. Colecciones Standard de Confesiones Bautistas han sido recopiladas por W. J. McGlothlin, Baptist Confessions of Faith (Philadelphia: American Baptist Publication Society, 1911) y William L. Lumpkin, Baptist Confessions of Faith (Valley Forge, PA: Judson Press, 1959). Para una defensa del uso de confesiones entre los Bautistas, vea Reynolds, Church Polity, 334–42.
  153. Ver, por ejemplo, the Second London Confession (1689), the New Hampshire Confession (1833), y The Baptist Faith and Message (1925, 1963, 2000).
  154. Reynolds, Church Polity, 340.
  155. Un buen ejemplo de esto puede ser la autoridad que Ignacio tenía como obispo. El declaraba que esa autoridad pertenecía legítimamente al obispo.
  156. Para una excepción a esta postura general, vea Robert Reymond, “The Presbytery-Led Church: Presbyterian Church Government,” en Chad Brand and R. Stanton Norman, eds., Perspectives on Church Government: Five Views of Church Polity (Nashville: Broadman & Holman, 2004), 87–138.
  157. Para ejemplo de un tratamiento popular moderno, vea D. Martyn Lloyd-Jones, The Church and the Last Things, vol. 3, Great Doctrines of the Bible (Wheaton: Crossway, 1998), 13–18.
  158. Ver, también, la Confesión de Escocia (1560), Art. 18: “La predicación verdadera de la Palabra de Dios... la sana administración de las sacramentos de Cristo Jesús. . . . disciplina Eclesiástica sabiamente administrada.”
  159. Clowney, Church, 101. En este libro Clowney presenta un buen resumen de las señales de la iglesia consideradas bíblicamente, históricamente, y en el contexto de temas de la iglesia versus paraiglesias; vea 99–115. Vea también John Hammett, Biblical Foundations for Baptist Churches: A Contemporary Ecclesiology (Grand Rapids: Kregel, 2005).
  160. Greg Wills, Democratic Religion: Freedom, Authority and Church Discipline in the Baptist South, 1785–1900 (New York: Oxford University Press, 1997), 22.
  161. Ibid., 119.
  162. Ibid. 9. Cf. “La disciplina de la iglesia presupone una estricta dicotomía entre las normas de la sociedad y el Reino de Dios. La mayoría de los evangélicos limpian de impurezas la sociedad, los menos abogan por la urgencia de una disciplina que separe la iglesia del mundo” (p. 10). “El activismo es la virtud dominante de la piedad Bautista en el siglo XX” (p. 133). Para más detalles, vea Stephen Haines, “Southern Baptist Church Discipline, 1880–1939,” BHH 20 (1985): 14–27.
  163. Dagg, Church Order, 274.
  164. E.g., Josef Nordenhaug, “Baptists and Regenerate Church Membership,” R&E 60, no. 2 (1963): 135–48. James Leo Garrett Jr., Baptist Church Discipline (Nashville: Broadman, 1962).
  165. H. E. Dana, Manual of Ecclesiology (Kansas City, KS: Central Seminary Press, 1944), 244.
  166. Las implicaciones parecen evidentes en las palabras de Pablo en 2ª Corintios 2:6-7.
  167. Vea, por ejemplo, Brand and Norman, Perspectives on Church Government.
  168. Una calificación obvia de esta afirmación es que los tiempos del principio y fin de la iglesia pueden muy bien venir con excepcionales circunstancias que llamen a medidas temporales, en las cuales, uno o varios de estos aspectos del liderazgo no se haya materializado aun.
  169. Las controversias entre los términos de admisión a comunión entre los Bautistas del siglo XIX proporcionan un rico recurso para más enseñanzas bíblicas sobre estos temas. Por ejemplo, vea R. B. C. Howell, Terms of Communion.
  170. Por una razón, si esto fuese ampliamente comprendido entre los miembros, las congregaciones serían capaces de considerar cuidadosamente la delicada de la relación entre los niños de los miembros de la iglesia.
  171. Para más detalles, vea Mark Dever, Nine Marks of a Healthy Church, 2nd ed. (Wheaton: Crossway, 2004); also Mark Dever, A Display of God’s Glory, and Mark Dever, “Regaining Meaningful Church Membership” in The Integrity of the Local Church in a Seeker-Sensitive World, ed. Thomas White,Jason Lee, and Jason Duesing (Grand Rapids: Kregel, forthcoming 2007).
  172. Mucho trabajo histórico popr hacer en esta área, pero los siguientes hechos son elocuentes. Considere los distinguidos ministros Bautistas de los siglos XVIII y XIX. John Gill nació en un hogar Bautista y fue bautizado a la edad de diecinueve años en 1716 (tres semanas antes de cumplir veinte años). Samuel Medley nació en un hogar Bautista y fue bautizado a la edad de veintidos años en Deciembre de 1760. Richard Furman nació en un hogar no-cristiano y fue bautizado a la edad de diecisiete años en 1772. John Dagg fue bautizado a la edad de dieciocho años en la primavera de 1812. J. Newton Brown fue bautizado en Hudson, New York, a los catorce años de edad en 1817. J. M. Pendleton fue bautizado cerca de Pembroke, Kentucky a la edad de dieciocho años en 1829. P. H. Mell nació en un sólido hogar Bautista y fue bautizado a la edad de dieciocho años en 1832 (de acuerdo a la biografía hecha por su hijo). J. R. Graves nació en un hogar Bautista y fue bautizado a la edad de quince años en 1835 (O. L. Hailey, J. R. Graves: Life, Times, Teachings [Nashville: n.p., 1929]).
  173. Ver Dennis Gunderson, Your Child’s Profession of Faith (Amityville: Calvary, 1994) and Jim Elliff, Childhood Conversions (Parkville: Christian Communicators Worldwide, 1997).
  174. Ver “Adults Baptized in Southern Baptist Churches, 1993” RR (Winter 1995).
  175. Eugene Kennedy and Sara Charles, Authority: The Most Misunderstood Idea in America (New York, Free Press, 1997), 1.
  176. Para un excelente tratamiento de esta doctrina, vea Timothy George, “The Priesthood of All Believers and the Quest for Theological Integrity,” CTR 3 (1989): 283–94.
  177. Ver Mark Noll, A History of Christianity in the United States and Canada (Grand Rapids: Eerdmans, 1992), 513.
  178. Vea Grudem and Rainey, Pastoral Leadership. Debe observarse que el liderazgo auténticamente bíblico es consensual, no coercitivo, y está relacionado con la guía y el servicio, no “como señorío” sobre otros de manera orgullosa. Debe recordarse que en la mayoría de las congregaciones predominan las mujeres en número , por tanto las mujeres pueden organizarse como mujeres (junto con hombres a los que les agrade estar con ellas) en cualquier tiempo y cambio de las prácticas de la iglesia, si estuviesen convencidos que las posiciones sostenidas en este capítulo y que han sido práctica tradicional de los cristianos, estuvieses equivocadas.
  179. Evaluando el estado de las Iglesias a mediados del siglo XIX, John L. Dagg escribió, “Mucho de lo que ha has existido, y que ahora existe, entre los que se declaran seguidores de Cristo, no puede ser contemplado por alguien que de verdad lo ame, sin una profunda tristeza”. Church Order, 11. Siglo y medio después, John Piper refleja el inquietante estado de muchas Iglesias actuales en Counted Righteous in Christ (Wheaton: Crossway, 2002), 22–23.
  180. Mark Dever, “The Priesthood of All Believers: Reconsidering Every Member Ministry,” in The Compromised Church, ed. John H. Armstrong (Wheaton: Crossway, 1998), 85–116.
  181. Debe señalarse con asombro que este anciano radio predicador anunció que la edad de la Iglesia era reemplazada por “la era de la radio.” Vea J. Ligon Duncan and Mark Talbot, Should We Leave Our Churches? A Biblical Response to Harold Camping (Phillipsburg: Presbyterian and Reformed, 2004).
  182. Para una discusión de la iglesia emergente, vea D. A. Carson, Becoming Conversant with the Emerging Church (Grand Rapids: Zondervan, 2005).
  183. Vea, por ejemplo, las obras de Douglas Wilson. Ver también The Auburn Avenue Theology Pros and Cons: Debating the Federal Vision, a Knox Theological Seminary Colloquium on the Federal Vision (Ft. Lauderdale: Knox Theological Seminary, 2004).
  184. Sobre los intentos de La Gran Tradición de recapturar la esencia de la unidad cristiana antes del cisma de la Edad Media y el Renacimiento, vea InterVarsity’s Ancient Christians Commentary series, Touchstone Magazine, y las frecuentes alusiones en Richard John Neuhaus’s First Things. Tristemente, muchos de los llamados Protestantes que abogaron por la Gran Tradición tomaron la posición Católico Romana en los debates de la era de la Reforma sobre la apostolicidad de ciertas prácticas y doctrinas.
  185. Para buenas instrucciones prácticas sobre la ejecución de la disciplina de la iglesia, vea Jay Adams, Handbook of Church Discipline (Grand Rapids: Ministry Resources Library, 1986) and Dever, Polity.
  186. Dagg, Treatise on Church Order, 14.

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