lunes, 10 de septiembre de 2012

Una Teología para la Iglesia/La Iglesia parte I

Por Mark Dever Sobre La Naturaleza de la Iglesia
Capítulo 1 del Libro Una Teología para la Iglesia

Traducción por Vladimir Miramare



La Necesidad de Estudiar la Doctrina de la Iglesia

La doctrina de la iglesia es de la mayor importancia. Una teología para la iglesia estaría incompleta sin una teología de la iglesia. Aunque muchas de las teologías sistemáticas iniciales han omitido, en gran medida, la eclesiología[1], la doctrina de la iglesia es un componente fundamental de la verdad cristiana.
Esta es la parte más visible de la teología cristiana y está vitalmente conectada con cualquier otra parte de ella. Una iglesia deformada coincide, por lo general, con un evangelio deformado. Ya sea que tal deformación de la iglesia resulte de una mala interpretación del evangelio, o que conduzca a ella, serias desviaciones de las enseñanzas bíblicas acerca de la iglesia; generalmente, significan una mayor y más grave mala interpretación de la fe Cristiana.
Esto no quiere decir que todas las diferencias en eclesiología sean equivalentes a diferencias sobre el propio evangelio. Cristianos honestos han pospuesto la discusión sobre muchos asuntos importantes en la iglesia. Pero tales frecuentes discrepancias no son necesariamente triviales; es decir, carentes de importancia. No esenciales no significa sin importancia. El color del letrero de la iglesia o la hora de la congregación del culto el día domingo son cosas no esenciales a la fe Cristiana, como sí lo son las prácticas de leer la Escritura y el bautismo de los creyentes. Pero todos coincidirían que estas distintas materias varían enormemente en importancia.
Quizás el común desinterés por la eclesiología derive de la interpretación, según la cual, la iglesia, en sí misma, no es necesaria para la salvación. Cipriano de Cartago, pudo haber afirmado: “Nadie puede tener a Dios como su padre si no tiene a la iglesia como su madre”, pero pocos están dispuestos a compartir este criterio hoy en día[2].
Incluso la iglesia de Roma reconoció en el Concilio Vaticano II que una participación consciente y competente no es necesaria para la salvación. Y al enfatizar la salvación sólo por la fe, los evangélicos Protestantes la salvación sólo por la fé, ciertamente hacen un uso menor de la iglesia y mucho menos estudian la doctrina de la iglesia.
Sin embargo, la iglesia debería ser considerada importante a los cristianos debido a la importancia que tiene para Cristo. Cristo fundó la iglesia (Mt. 16:18) comprándola con Su sangre (Hech. 20:28) e identificándose íntimamente con ella (Hech. 9:4). La iglesia es el Cuerpo de Cristo (Ef. 1:23; 4:12; 5:23-32; Col. 1:18,24; 3:15; 1a Co. 12:12-27), el lugar donde mora su Espíritu (Ro. 8: 9, 11, 16; 1a Co.3: 16-17; 6:11,15-17; Ef. 2:18,22; 4: 4) y el principal instrumento para glorificar a Dios en este mundo. Por último, la iglesia es instrumento de Dios tanto para llevar el evangelio a las naciones como para ser el anfitrión de la humanidad redimida por Sí mismo (Apo. 5:9).
Más de una vez, Jesús dijo que el amor hacia Él, se demostraría por la obediencia a sus mandamientos (Jn 14: 15,23). Tal obediencia no solo requiere compromiso y acción individual del Cristiano, requiere un compromiso colectivo de obediencia. Los individuos de la iglesia, juntos, irán y discipularán, bautizarán, enseñarán a obedecer, a amar, a recordar y conmemorar su muerte vicaria con pan y el fruto de la viña.
La autoridad eterna de los mandamientos de Cristo obliga a los cristianos a estudiar las enseñanzas bíblicas sobre la iglesia. Los errores actuales debidos a mala interpretación y práctica de la iglesia determinarán, si prevalecen, mayor confusión aún sobre el evangelio. La proclamación Cristiana debe hacer el evangelio audible, comprensible, pero los cristianos viviendo juntos en una congregación local son quienes hacen visible el evangelio (ver Jn 13: 34-35). La iglesia es el evangelio hecho visible.
Hoy en día, muchas iglesias locales están a la deriva en las fluctuantes corrientes del pragmatismo. Ellas suponen que la respuesta emotiva de los no creyentes es la clave del éxito. Al mismo tiempo, la cristiandad está siendo enajenada en la cultura general en la medida que el evangelismo es calificado de intolerante y ciertas doctrinas bíblicas son consideradas insultos y amenazas racistas. En momentos de tanta hostilidad, las necesidades de los no creyentes pueden considerarse como elementos apenas fiables, y adaptadas a la cultura prevaleciente equivaldrán a una pérdida del propio evangelio.
En la medida que el crecimiento numérico permanezca como el indicador primario de la vitalidad de la iglesia, la verdad estará comprometida. Por el contrario, las iglesias deben; una vez más, comenzar a a medir el éxito no en función del número de miembros sino en términos de la fidelidad a las Escrituras. William Carey fue fiel en la India y Adoniram Judson perseveró en Burma no porque hubiesen tenido éxito inmediato o por haberse promocionado a sí mismos como “relevantes”.
Tal como ocurre en otras secciones de este libro, la doctrina de la iglesia se considerará; en primer lugar, bíblicamente, luego, históricamente, sistemáticamente, y por último, de manera práctica.

¿Qué Dice la Biblia?

Naturaleza de la Iglesia
La iglesia es el grupo de personas llamadas por la gracia de Dios por medio de la fe en Cristo para glorificarlo a Él y para servirle en este mundo[3].
Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento: Israel
Para comprender la iglesia en la plenitud de la verdad revelada por Dios, se deben examinar tanto el Antiguo como el Nuevo Testamentos. Aunque algunos cristianos usan la frase “la iglesia del Nuevo Testamento” el modelo de la iglesia actual presenta una clara continuidad – aunque no identidad - con el pueblo visible de Dios en el Antiguo Testamento.
El plan eterno de Dios siempre ha sido mostrar su gloria no solo a través de individuos sino mediante un colectivo, En la creación, Dios no creó una persona sino dos, y dos que tuvieran la habilidad de reproducirse. En el diluvio, Dios no salvó a una persona sino a unas pocas familias. En Génesis 12, Dios llamó a Abram y le prometió que su descendencia sería tan numerosa como las estrellas del cielo o la arena de las playas. En el éxodo, Dios pacta no solo con Moisés sino con la nación de Israel – 12 tribus compuestas de cientos de miles de personas que aún mantenían una identidad colectiva (Ex. 15:13-16). Él dio leyes y ceremonias que debían ser cumplidas no solo a nivel de la vida individual sino por toda la sociedad.
En el Antiguo Testamento, Israel es llamado el Hijo de Dios (Ex. 4:22), su esposa (Ez. 16:6-14), la niña de sus ojos (Deut. 32:10), su vid (Is. 5:1-7, Nah. 2:2), su rebaño (Ez. 34). En cada uno de estos nombres, dios presagia el trabajo que Él eventualmente haría por medio de Jesucristo y su iglesia.
Etimológicamente, existe una conexión entre la palabra empleada en el Antiguo Testamento para “asamblea”, qahal , y la palabra del Nuevo Testamento que se traduce por “iglesia”, ekklesia. La traducción griega del Antiguo Testamento, la LXX, traduce qahal en Deut. 4:10 y en otras partes como ekklesia. (Compare Deut. 4:10 y Hech. 7:38).
Esta palabra para asamblea, qahal, está estrechamente asociada en el Antiguo Testamento con el pueblo elegido de Dios: Israel. La sustanciosa asociación entre la asamblea de Dios y el pueblo elegido de Dios se transfiere al Nuevo Testamento mediante la palabra empleada para denotar, ahora, al pueblo de Dios: la iglesia.
La iglesia es, literalmente, una asamblea (ver He. 10:25). Es la asamblea de Dios porque Dios mora con la iglesia. Y la iglesia está compuesta de gente que está empezando a conocer el cambio de rumbo de los efectos de la caída. Luego, tanto los miembros de Israel como los de la iglesia reciben destellos de la gloria que espera al pueblo de Dios.
Isaías vió y oyó a los serafines decirse unos a otros: "Santo, santo, santo es el Señor Todopoderoso; toda la tierra está llena de su gloria." (Is. 6:3)[4] Luego Juan encuentra lo que parece ser la misma asamblea celestial cuando el oye a los ángeles, criaturas vivas y a los ancianos cantando, "¡Digno es el Cordero, que ha sido sacrificado, de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría, la fortaleza y la honra, la gloria y la alabanza!" (Apo. 5:12). Aunque las visiones de Isaías y Juan fueron únicas, Pablo le dijo a los corintios que los no creyentes percibirían al mismo Dios trabajando entre ellos: "¡Realmente Dios está entre ustedes!" (1 Co14:25). El cielo se muestra en la tierra en la asamblea de Dios, la iglesia.
Los cristianos están divididos en cuanto a cuán estrechamente podría ser identificado Israel con la iglesia[5]. El Nuevo Testamento identifica, de manera explícita, a Israel y la iglesia en un solo lugar. En Gálatas 6:16, Pablo se refiere a “todos los que siguen esta norma” en las iglesias de Galacia con el título “el Israel de Dios”. Mientras algunos sugieren que “el Israel de Dios” se refiere específicamente a los judíos que pertenecían a las iglesias predominantemente gentiles de Galacia, otros están convencidos que en la misma carta Pablo se refiere a todos los cristianos, judíos y gentiles como “la semilla de Abraham” (Gál. 3:29), indicando que el vínculo entre Israel y la iglesia es deliberado.
Las distinciones del pueblo de Dios entre el Antiguo y el Nuevo Testamentos son obvias. El pueblo de Dios en el Antiguo Testamento era étnicamente distinto, en el Nuevo Testamento ellos son étnicamente mezclados. En el Antiguo Testamento ellos vivían bajo su propio gobierno con leyes dadas por Dios, en el Nuevo Testamento ellos viven bajo los gobernantes de las naciones. En el Antiguo Testamento se exigía la circuncisión de los descendientes varones, en el Nuevo Testamento se reclama el bautismo de todos los creyentes.
La continuidad entre Israel y la iglesia es un tema muy controversial. Hechos 15 es un pasaje particularmente significativo sobre este tema. En el concilio de Jerusalén, Santiago citó una profecía de Amós (9:11-12) que promete que la tienda caída de David será restaurada y que Israel tomará posesión de todas las naciones que llevan el nombre del Señor. Santiago afirma que esta profecía apunta hacia las circunstancias presentes de la iglesia y la reciente influencia de los creyentes gentiles. “Los apóstoles y ancianos” (Hech. 15:6) se reunieron para considerar, precisamente, la cuestión de los creyentes gentiles y concluyeron aceptando que la reciente influencia de los creyentes gentiles en la iglesia era el cumplimiento de la profecía acerca de los Gentiles viniendo a Israel[6].
Aunque Israel y la iglesia no son idénticos, están estrechamente relacionadas, y están relacionadas mediante Jesucristo (Ef. 2:12-13). Israel fue llamado a ser el siervo del Señor pero le fue infiel. Por otra parte, Jesús fue un siervo fiel (Mt. 4:1-11). Tanto los templos de Salomón y Esdras como la visión de Ezequiel, apuntan hacia Cristo Jesús cuyo cuerpo constituye el supremo tabernáculo terrenal del Espíritu de Dios. También encontramos que la tierra de Israel, especialmente la ciudad de Jerusalén, apunta hacia la redención de toda la tierra. El cielo mismo es señalado como la nueva Jerusalén. La iglesia multinacional satisface la promesa dada a las doce tribus de Israel (ver Apo. 7). Y la ley del Antiguo Testamento encuentra su cumplimento en Cristo (Mt. 5:17). Cristo es el cumplimiento de todo aquello a lo que aspira Israel y la iglesia es el Cuerpo de Cristo.
Por último, se debe señalar que Dios ha tenido concretamente un plan para glorificar su nombre mediante grupos de personas que Él ha específicamente elegido y tomado como suyos[7]. “La historia de la iglesia comienza con Israel, el pueblo de Dios del Antiguo Testamento.”[8]
Pueblo de Dios en el Nuevo Testamento: Iglesia
En un punto particularmente bajo en la degeneración moral de Israel, el escritor de Jueces describe a la nación como “el pueblo de Dios” (Jue. 20:2, Comparar con 2º S 14:13)[9] El equivalente griego de esta frase [10] es usado por el escritor de Hebreos para describir el pueblo de Israel con quien Moisés se identifica en lugar de hacerlo con el linaje del Faraón (He. 11:25). Esta misma frase es usada previamente (He. 4:9) para referirse a los cristianos. Escribiéndole a los cristianos del primer siglo, Pedro también emplea esta frase, diciéndole a sus lectores: “antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios”[11] (1ª P. 2:10).
En el Nuevo Testamento, la palabra traducida como iglesia puede ser usada para describir tanto una congregación local como todos los creyentes en cualquier parte. En el uso contemporáneo, la palabra también se emplea para designar edificaciones y denominaciones. En estas últimas acepciones, la palabra iglesia no es equivalente a la palabra griega del Nuevo Testamento[12].
La palabra que se traduce como iglesia aparece 114 veces en el Nuevo Testamento[13]. Ninguna otra palabra se traduce al español como iglesia. Pero la palabra ekklesia fue usada en los tiempos del Nuevo Testamento para describir más que las asambleas de cristianos. La palabra se usaba frecuentemente en las ciudades griegas para referirse a asambleas convocadas para realizar tareas específicas. En Hechos 7:38 y Hebreos 2:12 se usa ekklesia para describir asambleas del Antiguo Testamento. Lucas usó ekklesia tres veces en Hechos 19 para describir la conmoción de la multitud reunida en un anfiteatro de Éfeso enfrentada a Pablo (Hechos 19: 32, 39, 41). Las 109 veces restantes se refieren a la asamblea de cristianos.
Jesucristo fundó su propia asamblea, su propia iglesia. Conforme a los Evangelios, Cristo llamó por primera vez a su pueblo “mi iglesia” en Mateo 16:18. Adán nombró a su prometida, Jesucristo nombró a la iglesia. En su enseñanza registrada, Cristo nombró a la iglesia dos veces: Mateo 16:18 y 18:17. Ya que Jesús sobreentendía que Él era el Mesías, sus referencias a su iglesia contienen casi totalmente la idea Hebrea de qahal o “asamblea."[14] El Mesías era esperado para establecer su asamblea mesiánica, por tanto, a lo largo de los Evangelios Cristo selecciona a aquellos que fueron fieles para reconocerlo y seguirlo.
En el libro de los Hechos, Lucas usualmente usa el término ekklesia[15] para señalar asambleas locales específicas. Así es como el designó las asambleas en Jerusalén, Antioquia, Derbe, Listra y Éfeso. Estas iglesias seleccionaron y enviaron misioneros (ver Hechos 15:3). Lucas también cita a Pablo describiendo a la iglesia como comprada “con la propia sangre” de Dios (Hechos 20:28).
Pablo con frecuencia se refiere a la iglesia (o iglesias) de Dios (ver 1ª Co 1:2; 10:32; 11:16, 22; 15:9; 2ª Co 1:1; Gal 1:13; 1ª Tes 2:14; 2ª Tes 1:4) o la iglesia (o iglesias) de Cristo (ver Ro 16:16; Gal 1:22). El se identifica a sí mismo como un antiguo perseguidor de la iglesia (Fil 3:6 comparar con 1ª Co 15:9) y su ministerio apostólico se centró en plantar y edificar iglesias. Las cartas de Pablo (particularmente a los Corintios) están llenas de instrucciones para los primeros cristianos sobre su comportamiento en sus asambleas. “Cuando el habla de ἐκκλησία piensa, en primer lugar, de la asamblea concreta, en un lugar específico, de aquellos que han sido bautizados…
Declaraciones eclesiológicas que trasciendan el nivel de asamblea local son raras en las cartas de Pablo[16]. En Efesios y Colosenses, Pablo, relaciona e identifica íntimamente a Jesucristo con las iglesias (ver Ef 2:20; 3:10-12; 4:15, Col 1:17-18, 24; 2:10), particularmente usando las imágenes de marido-esposa y cabeza-cuerpo para describir la relación de Cristo con la iglesia (Col 3:18 y siguientes, Ef. 5:22-33). La intención de Dios “es que la sabiduría de Dios, en toda su diversidad, se dé a conocer ahora, por medio de la iglesia, a los poderes y autoridades en las regiones celestiales, conforme a su eterno propósito realizado en Cristo Jesús nuestro Señor” (Ef. 3:10-11).
El libro de Hebreos menciona a la iglesia una vez (He 12:23) refiriéndose a una asamblea terrenal con un destino celestial[17]. Santiago, también se refiere a una asamblea local y a sus ancianos en Stg 5:14. La 3ª carta de Juan presenta una imagen de una congregación particular y de sus conflictos con un falso maestro y líder. Aparte de Pablo y del libro de Hechos, es el libro de Apocalipsis el que presenta la mayor ocurrencia de la palabra iglesia o su plural que cualquier otro libro del Nuevo Testamento. Excepto por una referencia en el último capítulo, todas ellas ocurren en los tres primeros capítulos. La palabra es usada catorce veces en estos capítulos iniciales de modo tal que inician o culminan la carta particular destinada a cada una de las siete iglesias (ver Apo 2:1, 7-8, 11-12, 17-18,29; 3:1, 6-7, 13-14, 22). La palabra no se vuelve a usar hasta 22:16 donde Jesús declara que Él ha enviado su ángel “para darles a ustedes testimonio de estas cosas que conciernen a las iglesias”. Así que el mensaje de este libro desde el capítulo 4 hasta el 22 trata, y es significativo, para las iglesias locales.
Muchas de las enseñanzas del Nuevo Testamento acerca de la naturaleza de la iglesia pueden ser deriva das de las imágenes usadas para la iglesia. Paul Minear en su clásica obra Imágenes de la Iglesia en el Nuevo Testamento señala 96 imágenes de la iglesia en el Nuevo Testamento.[18] Aunque el número 96 no pueda ser precisamente correcto según el teólogo católico romano Avery Dulles en su reciente trabajo Modelos de la Iglesia, está de acuerdo en que los autores del Nuevo Testamento usaron una gran cantidad de imágenes.[19] Dios ha inspirado múltiples imágenes, cada una de las cuales ofrece una perspectiva diferente y ninguna de ellas debe prevalecer en nuestra concepción de manera tal que se pierda la comprensión profunda y esencial del término. Aunque todas son inspiradas, no son intercambiables ni son todas ellas globales en su presentación de la naturaleza y misión de la iglesia. Las grandes imágenes son familiares: la iglesia como el pueblo de Dios, la nueva creación, el compañerismo o comunión en la fe, y por supuesto, el Cuerpo de Cristo.
Ninguna de estas imágenes niega los aspectos institucionales de la iglesia, pero su número y variedad apunta hacia cierto misterio en la naturaleza de la iglesia. La iglesia es la heredera del evangelio (como se muestra en Hechos). La iglesia es el siervo obediente (bosquejado en Isaías). La iglesia es la esposa de Cristo (Apo. 19-20). La iglesia es una edificación (Ef. 2:21; 1ª P. 2). La iglesia es el templo (1ª Co 3:16). La iglesia es la comunidad de personas que vive en los últimos días contados a partir del ministerio terrenal de Cristo y la llegada del Espíritu. Se pueden citar muchas otras imágenes de la iglesia tales como “la sal de la tierra” (Mt. 5:13) o “la carta de Cristo” (2ª Co 2:2-3). Pero la mayor consideración debe dársele a cuatro grupos importantes de imágenes. [20]
Primero, la iglesia es el pueblo de Dios. Esta imagen ya fue considerada en el trasfondo cultural del Antiguo Testamento. También está presente en el Nuevo Testamento. Pedro usa esta expresión para alentar a los lectores de su primera epístola (1ª P. 2:9-10); comparar con Ro 9:25-26; Os 1:9-10; 2:23). Estos primeros cristianos estaban batallando con la a veces dolorosa distinción de elegir entre su identidad en Cristo o ser como los del mundo pagano. El lenguaje de Pedro de un templo constituido por piedras vivas de vidas cristianas y Cristo mismo como la piedra angular (1ª P. 2:4-6), le recuerda a estos desmoralizados cristianos que ellos eran el pueblo de Dios, creados por Su gracia como un solo pueblo. El pueblo de Dios se fundamenta, exclusivamente, en Él y sus actos.
Muchas conexiones con el Antiguo Testamento: la semilla de Abraham (Gal 3), la nación santa (1ª P. 2), Israel (Ro:9-11), confirman el status de la iglesia como el pueblo de Dios. Otra imagen importante describe la iglesia como la nueva creación. Muchos cristianos evangélicos piensan en la nueva creación en conexión con el lenguaje explícito de Pablo en 2ª Co 5:17 “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!” Ellos asocian esto, de manera automática, con la conversión individual del creyente. Pero la imagen de la nueva creación es tanto individual como colectiva. En el Nuevo Testamento, la resurrección de Cristo se presenta como los primeros frutos de entre los muertos (1ª Co 15:20-23). Y en su resurrección, la gran resurrección final ha comenzado. En todas estas referencias, están presentes imágenes del Reino de Dios. Dios nos está obsequiando un nuevo comienzo, una nueva creación por medio de Cristo.
Una tercera imagen importante usada por la iglesia se basa en la idea de comunión. Las salutaciones de las cartas de Pablo presentan a los cristianos a quienes van dirigidas como compartiendo cualidades distintivas del mundo que los rodea. Así, en 1ª Co 1:2, Pablo escribe: “a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los que han sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser su santo pueblo, junto con todos los que en todas partes invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y de nosotros.” Los cristianos de Corinto, como los cristianos de cualquier parte, comparten el status de estar apartados para los propósitos especiales de Dios.
Asimismo, los cristianos de todas partes, son llamados conjuntamente a la santidad. Jesús oró para que sus seguidores conocieran tal comunión (Jn 17). Encontramos esta comunión en las cartas paulinas y en el libro de Hechos. Mucho del material de las epístolas representa el desarrollo de esta vida en común, como los autores pretenden estimular a los creyentes para que interactúen de manera que glorifiquen a Dios y reflejen su status compartido de seguidores de Cristo, de discípulos de Cristo y de amigos de Cristo (Jn 15:15, Lc 12:4).
Finalmente, la comunión entre los cristianos en la iglesia se basa en la unión de los creyentes con Cristo. De acuerdo al Nuevo Testamento, por dicha unión, los cristianos viven con Cristo, sufren con Cristo, son crucificados con Cristo, mueren con Cristo, serán resucitados con Cristo y son glorificados con Cristo.
La imagen postrera, y quizás la más conocida, es la iglesia como el cuerpo de Cristo. Pablo escribió en 1ª Co 10: 17: “Hay un solo pan del cual todos participamos; por eso, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo”. El usa esta imagen en un largo pasaje (1ª Co 12-14) para describir la diversidad de dones en el cuerpo único de la iglesia. En Efesios 3, Pablo argumenta que los creyentes tanto Gentiles como Judíos, pertenecen al mismo cuerpo. ¿Inventó Pablo esta imagen? ¡No! Le fue dada en su conversión, cuando el Cristo resucitado le preguntó: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hech. 9:4).
Otra imagen del Nuevo Testamento digna de ser considerada brevemente es el Reino de Dios, una metáfora relativa al gobierno o reino de Dios. Jesucristo enseñó a sus seguidores a orar: “'Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino” (Mt 6:9-10). El asunto que surge naturalmente en nuestro contexto es si el reino es idéntico a la iglesia o si ¿es una imagen como las otras? Aunque la teología católico-romana tiende a identificar reino e iglesia, en las Escrituras se establece una distinción entre el reino de Dios (presente y futuro) y la iglesia. El reino de Dios se refiere más específicamente al gobierno o preeminencia de Dios. George Eldon Ladd señala:
El Reino no se identifica con sus súbditos. Ellos son el pueblo que se acercó a Dios, se sometió y vive gobernado por Él. La iglesia es la comunidad del Reino pero en ningún caso el Reino mismo. Los discípulos de Jesús pertenecen al Reino así como el Reino les pertenece a ellos, pero ellos no son el Reino. El Reino es el gobierno de Dios; la iglesia es una asociación de hombres. [21]
En el libro de los Hechos, los apóstoles no predican la iglesia, ellos predican el Reino de Dios[22].
La iglesia, entonces, es la koinonía[23], o comunión, de gente que ha aceptado y entrado al Reino de Dios. Este reino no está formado por naciones ni familias, sino por individuos (Mr 3:31-35; Mt 10:37). Según la parábola de Jesús en Mt 21, el reino de Dios fue quitado a los judíos y dado a un pueblo, como dijo Jesús, “que dará frutos” (Mt 21:43; Hech. 28:26-28; 1ª Tes 2:16). La relación entre el Reino y la iglesia puede, por lo tanto, definirse de la siguiente manera: El Reino de Dios crea la iglesia. Los verdaderos cristianos constituyen un Reino en su relación con Dios con Cristo como su Señor y una Iglesia en su separación del mundo en devoción a Dios, y en su unión orgánica los unos con los otros. [24]
Mateo 16:19 presenta un texto particularmente importante para comprender la relación entre el reino y la iglesia. Jesús prometió a sus discípulos: “Te daré las llaves del reino de los cielos” (Mt 16:19). Más allá de lo que con exactitud signifique la promesa de las llaves del reino, el poder del reino, es en efecto delegado en la iglesia. “El reino es la obra de Dios. Ha venido al mundo por Jesucristo; trabaja en el mundo mediante la iglesia. Cuando la iglesia haya proclamado el evangelio del reino en todo el mundo como testimonio a todas las naciones, Cristo regresará y traerá el reino en gloria”. (Mt 24:14) [25]

Atributos de la Iglesia: Una, Santa, Universal, Católica

El Credo Niceno – Constantinoplano, establecido por el Concilio de Constantinopla en el año 381 D.C., afirma que los cristianos creen en “una, santa, católica y apostólica iglesia”. Estos cuatro adjetivos (notae ecclesiae) han sido usados históricamente para resumir las enseñanzas bíblicas sobre la iglesia.[26]
La iglesia es una y es una porque Dios es único. Los cristianos se han caracterizado, siempre, por su unidad (Hech. 4:32). La unidad de los cristianos en la iglesia va a ser una de las características de la iglesia, y una señal para el mundo que refleja la unidad de Dios mismo. Luego, las divisiones y los conflictos son escándalos particularmente serios. Pablo escribió a los Efesios “Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también fueron llamados a una sola esperanza; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos y por medio de todos y en todos”. (Ef 4:4-6). En 1ª Corintios 1, Pablo argumenta sobre la unidad de los cristianos basado en su unidad en Cristo. En Romanos 12 y 1ª Corintios 12, Pablo enseña que hay un cuerpo. Y en Gálatas 3:27-28 Pablo dice que los cristianos son uno en Cristo Jesús, independientemente de su origen étnico. Las enseñanzas de Pablo reflejan las mismas enseñanzas de Cristo de que hay una manada (Jn 10:16). Asimismo Cristo oró en Juan 17 para que sus seguidores fuesen uno (permanecieran unidos).
Hans Kung ha dicho que la iglesia es una aunque está desagrupada[27]. Esta unidad no es visible a nivel organizacional; es una realidad espiritual, consiste en la camaradería de los verdaderos creyentes que comparten en el Espíritu Santo. Se hace visible cuando los creyentes comparten el mismo bautizo, participan de la misma cena y ven hacia adelante que compartirán una ciudad celestial. La iglesia en la tierra experimenta esta unidad solamente cuando están unidos con la verdad de Dios tal como está revelada en las Escrituras.
La iglesia es santa y es santa porque Dios es santo (Lev 11:44-45; 19:2; 1ª P. 1:14-16). La santidad de la iglesia describe tanto la declaración de Dios respecto a su pueblo como el trabajo progresivo del Espíritu. Después de todo la iglesia es la morada del Espíritu Santo y está compuesta por los santos que han sido apartados por Dios para ser usados por Él (1ª Co 1:2). Luego, la santidad de la iglesia es fundamentalmente la santidad de Cristo; al mismo tiempo, la santidad de Cristo se reflejará en la santidad de la iglesia (Ro 6:14; Fil 3:8-9). Cristo “amó a la iglesia y se entregó por ella para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra, para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable”. (Ef 5:26 -27).
En esta era la iglesia no alcanzará la santidad de manera perfecta. “El Señor trabaja diariamente para alisar las arrugas y limpiar las máculas. De aquí sigue que la santidad de la iglesia no es completa todavía. La iglesia es santa en el sentido que cada día avanza pero no es, aún, perfecta”[28]. Pero el status de santidad que la iglesia posee en virtud de la declaración de Dios también separa a la iglesia del mundo para el servicio a Dios.
En consecuencia, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento enfatizan la importancia de la santidad entre el pueblo de Dios para que puedan realizar el servicio al cual han sido llamados (Deut 14:2; 1ª Co 5-6; 2ª Co 6:14-7:1). Ciertamente una iglesia que se resigna a lo dañino fracasa estrepitosamente. Este status de santidad consiste en ser apartado, no en ser separado; con lo cual, este estado de santidad se expresa en acciones en este mundo.
La iglesia es universal y es universal porque Dios es el “Señor de toda la tierra” (Jos 3:11,13; Sal 97:5; Miq 4:13; Zac 4:14; comparar con Jer 23:24) y “Rey de las naciones” (Apo 15:3). La iglesia es universal en lo que respecta a su expansión en el espacio y el tiempo. La universalidad es el único de estos cuatro atributos que no se encuentra en el Nuevo Testamento. Sin embargo esta descripción se deriva de una reflexión sobre la verdadera iglesia. Católica es la vieja palabra usada para describir este atributo. Sin embargo, debido a que esta palabra se asocia con la Iglesia de Roma, universalidad, proporciona una mejor traducción de la palabra griega usada originalmente en la doctrina, katholikein[29]. Universalidad no es propiedad de ningún grupo de verdaderos cristianos. En la carta de Ignacio de Antioquia a los Esmirnios a principios del siglo II D.C., el escribió “donde está Jesucristo, está la iglesia universal”. A partir del siglo III D.C. la palabra se usó como sinónimo de “ortodoxo” en oposición a “herético”, “cismático” o “novedoso”.
Mientras cada iglesia local fiel a las Escrituras es parte de la iglesia universal, y constituye en sí misma una iglesia, ninguna iglesia local puede abrogarse la representación de la iglesia universal. Por lo tanto, los cristianos deben tener mucho cuidado en sus supuestos de exactitud de las doctrinas o prácticas que pueden, de hecho, ser característicos de su tiempo y lugar. Desde la inclusión de los Gentiles en la iglesia del primer siglo, la iglesia ha obedecido el mandato de Cristo de difundir el evangelio a todas las naciones, de tal manera que la iglesia finalmente estará integrada por gente de todas las naciones. “Digno eres de recibir el rollo escrito y de romper sus sellos, porque fuiste sacrificado, y con tu sangre compraste para Dios gente de toda raza, lengua, pueblo y nación” (Apo 5:9).
La continuidad de la iglesia en el espacio y el tiempo impide que la iglesia permanezca cautiva de cualquier segmento de ella. La iglesia, tanto en sus manifestaciones locales como universal, pertenece a Cristo y sólo a Cristo.
La iglesia es apostólica y es apostólica porque fue fundada sobre la Palabra de Dios dada a los apóstoles y es fiel a ella. Al principio de Su ministerio público, Jesús “llamó a sus discípulos y escogió a doce de ellos, a los que nombró apóstoles” (Lc 6:13). Hacia el final de su ministerio, Jesús oró “"No ruego sólo por éstos. Ruego también por los que han de creer en mí por el mensaje de ellos [los apóstoles]” (Jn 17:20). Desde los apóstoles hasta el día de hoy, el evangelio que ellos predicaron se ha conservado como herencia. Ha ocurrido una sucesión de enseñanza apostólica basada en la Palabra de Dios. Pablo dijo a los creyentes Efesios que ellos habían sido “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular” (Ef 2:20). La sucesión que continuó el fraguado de este fundamento puede no haber involucrado siempre la transmisión persona a persona pero ha sido una sucesión de fiel enseñanza de la verdad. Escribiendo a los Gálatas, Pablo enfatiza que la fidelidad al mensaje del evangelio que él les ha dado debe reemplazar a cualquier fidelidad personal hacia él (Gál 1:6-9).
¿Qué significa esto hoy en día si los apóstoles desaparecieron hace mucho tiempo? Edmund Clowney lo dice brevemente: “Menoscabar la autoridad de las Escrituras es destruir el fundamento apostólico de la iglesia”.[30] La continuidad física de una línea de pastores-ancianos desde los apóstoles de Cristo hasta el presente, es insignificante comparado con la continuidad entre la enseñanza en las iglesias actuales y la enseñanza de los apóstoles.[31] La iglesia sólo existe con la enseñanza de los apóstoles, tal como Pablo le dice a Timoteo: “columna y fundamento de la verdad” (1ª Tim 3:15). Estos cuatro argumentos han sido usados ampliamente para expresar las enseñanzas de la Biblia acerca de la iglesia. Ellas son las albricias y tareas de la iglesia.
La iglesia ya es una. Pero esta unidad debe hacerse más visible en… fe y práctica. La iglesia ya es santa en origen y fundamentos, pero debe esforzarse en producir frutos de santidad en esta estancia temporal en el mundo. La iglesia ya es católica pero debe buscar la plena medida del catolicismo asimilando las protestas válidas contra los abusos de la iglesia… en su propia vida. La iglesia ya es apostólica pero debe ser más conscientemente apostólica permitiendo que el evangelio reforme y aún modifique sus consagrados ritos e interpretaciones. [32]

Las Señales Distintivas de la Iglesia

A través de los siglos, los cuatro atributos de la iglesia han sido reunidos y frecuentemente reemplazados por dos señales distintivas que definen la iglesia local. [33] Estas dos señales distintivas son la correcta predicación de la Palabra de Dios y la correcta administración del Bautismo y la Cena del Señor. De hecho, una eclesiología bíblica puede perfectamente organizarse y presentarse bajo estas dos señales puesto que satisfacen plenamente la creación y la preservación de la iglesia. Aquí está la fuente de la verdad de Dios que da vida a su pueblo y aquí está la gloriosa vasija que contiene y exhibe este glorioso trabajo. La iglesia se desarrolla por la correcta predicación de la Palabra. La iglesia se distingue por; y está sujeta a, la correcta administración del bautismo y de la Cena del Señor.
Debe advertirse que esta última señal presume e implica la práctica de la disciplina en la iglesia. El resto de esta sección está dedicado a una investigación de las enseñanzas bíblicas sobre una iglesia organizada en función de estos dos parámetros: primero, la correcta predicación de la Palabra de Dios; segundo, la correcta administración de las ordenanzas. También se considerarán varias implicaciones de la correcta administración de las ordenanzas tales como la membrecía, el gobierno, la disciplina, la misión y el propósito de la iglesia.
La Predicación Correcta como Señal de una Verdadera Iglesia
En las Escrituras, el pueblo de Dios es creado por la revelación que Dios hace de sí mismo. Su Espíritu acompaña a Su Palabra y trae vida.
El tema “vida mediante la Palabra” está claro en ambos Testamentos. En el Antiguo Testamento, Dios crea la vida en Génesis 1 por medio de su aliento. Dios habló y el mundo y todos los seres vivos fueron creados. En Génesis 1:30, se describe a las criaturas vivas como las que “tienen el aliento de vida[34]” en ellas. Tan es así que luego, en Génesis 2:20, Dios sopló el mismo aliento de vida en aquellas criaturas hechas especialmente a su imagen: hombres y mujeres.
Después que el primer hombre y la primera mujer fueron alejados de Dios por su rebelión contra Él, Dios los sostuvo a ellos y sus descendientes por medio de su Palabra. De esta manera les fue dada una palabra de promesa en Génesis 3:15. De nuevo, en Génesis 12 Su palabra llamó a Abram de Ur de Caldea a ser el progenitor del pueblo de Dios. En Éxodo 3:4, Dios llamó a Moisés con Su palabra a llevar a su pueblo fuera de Egipto. En Éxodo 20, Dios da a su pueblo “los diez mandamientos”, y a lo largo del Pentateuco, la Palabra de Dios fue la influencia para moldear a su pueblo. Desde el principio hasta el fin del Antiguo Testamento, Dios ministró a su pueblo mediante su Palabra. Él los creó y re-creó mediante las enseñanzas de la ley por los sacerdotes y por la orientación inspirada de los profetas.
Ezequiel 37 presenta una imagen dramática de la re-creación en particular. El pueblo de Israel estaba en el exilio, es representado como un ejército tan devastado que de él sólo quedaban los huesos. Dios le ordenó al profeta Ezequiel que le predicara a esos huesos. Conforme Ezequiel lo hizo, el Espíritu de Dios acompañaba las palabras de Ezequiel y los huesos cobraron vida.
Y mientras profetizaba, se escuchó un ruido que sacudió la tierra, y los huesos comenzaron a unirse entre sí. Yo me fijé, y vi que en ellos aparecían tendones, y les salía carne y se recubrían de piel, ¡pero no tenían vida! Entonces el Señor me dijo: "Profetiza, hijo de hombre; conjura al aliento de vida y dile: Esto ordena el Señor omnipotente: “Ven de los cuatro vientos, y dales vida a estos huesos muertos para que revivan”. Yo profeticé, tal como el Señor me lo había ordenado, y el aliento de vida entró en ellos; entonces los huesos revivieron y se pusieron de pie. ¡Era un ejército numeroso! (Ez 37:7-10).
Pasando al Nuevo Testamento, la Palabra de Dios de nuevo juega un papel central como dadora de vida. Tanto es así que la eterna Palabra de Dios, el Hijo de Dios, fue encarnado para la salvación del pueblo de Dios (Jn 1). Jesús vino tanto a predicar la Palabra de Dios, a encarnarla excepcionalmente, como a cumplir la voluntad de Dios mediante su vida perfecta, su muerte expiatoria y su triunfante resurrección. Él fundó su iglesia e instruyó a sus seguidores a ir a todas las naciones a predicar el evangelio, el mensaje de reconciliación con Dios por medio de Él (Mt 28:18-20). Por lo tanto, Pablo pudo escribir: “Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo” (Ro 10:17). El mensaje consistente de las Escrituras es que Dios creó a su pueblo y los trae a la vida por medio de su Palabra.
La correcta predicación de la Palabra de Dios que crea la iglesia, no es solo la Palabra que viene de Dios sino la Palabra acerca de Dios. Tal como el llamado a escuchar, la shema judía dice: “Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor”. (Deut 6:4). Inmediatamente después de esta declaración acerca de Dios está el imperativo mandato que señala la respuesta requerida del pueblo de Dios: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deut 6:5). Cuando se le preguntó a Jesús cual era el mandamiento más importante, eso, fue lo que dijo (Mr 12:29-33; Mt 22:37; Lc 10:27). No solamente se repite en el Antiguo y el Nuevo Testamentos (2º Cr 15:12; Is 44:6-8; Jn 17:3; 1ª Co 8:5-6; Stg 2:19); sino que resume toda la ley, y fundamentalmente, delimita la identidad de aquellos que pertenecen a Dios. Cuando el pueblo de Dios oiga acerca de Dios y de lo que Él exige, responderá.
En este sentido, una correcta comprensión de Dios proporciona la estructura adecuada para la sana predicación. Todo lo que el predicador enseña debe estar encuadrado y debe coincidir con el entramado de la teología bíblica que enseña tanto al predicador como a la congregación acerca de Dios y de lo que Él espera de la humanidad. Después de todo, una correcta comprensión de Dios es el único fundamento válido para la iglesia. Y Dios siempre se ha revelado a sí mismo por medio de su Palabra: su Palabra escrita, su Palabra encarnada, y su Palabra predicada. Esta es la tarea de la iglesia: proclamar la Palabra de Dios.
En una sección inicial de este libro, ya se ha tratado extensamente la naturaleza y los atributos de Dios, aún así, es apropiado revisar el carácter de Dios a la luz de su rol fundamental en la predicación y la existencia de la iglesia. De acuerdo a la Biblia, la iglesia tiene como su Creador y Señor; y como su centro, al Dios de la Biblia. Este Dios es creador, santo, fiel, amoroso y soberano. Este Dios de la Biblia está reconocido como el gran iniciador. Esto significa que Él es el Creador del mundo y el donante de todo lo que existe. Esto también significa que es el autor de la salvación de la iglesia (He 2:10). La salvación ofrecida dentro de la iglesia mediante la Palabra predicada no es, en un principio, de la iglesia. La iglesia simplemente actúa como el medio, el instrumento, mediante el cual el gran Creador y Elector, Dios, llama a su pueblo a Él. El pueblo de Dios existe porque es Su voluntad (Ef 1:9-14).
El Dios de la Biblia es también el Dios Santo. La santidad es un atributo del propio carácter de Dios, su naturaleza y la naturaleza de todas sus obras. Por supuesto, la santidad de Dios es un problema para la gente pecadora porque separa a todo el género humano de Dios. Además, caracteriza la unicidad de Dios y su Gracia. Sin esta santidad – su absoluta pureza moral- Dios no sería Dios. Y Él ha creado un pueblo llamado a reflejar su carácter santo mediante vidas conocidas por su santidad. (Lv 11: 44-45; 19:2; 20:7; 1ª P. 1:16).
El Dios de la Biblia es un Dios fiel. Él mantiene sus promesas. Cuando Él promete hacer su propio pueblo, lo hará. El Antiguo y el Nuevo Testamentos son una grandiosa y a veces elaborada narración de Dios haciéndole promesas a su pueblo y cumpliendo Sus promesas a su pueblo. De la promesa de perdonar (Éx 34:6-7) a la promesa de prometer un profeta como Moisés (Deut 18:15-19), las promesas de Dios del Antiguo Testamento fueron cumplidas a su pueblo en el Nuevo Testamento mediante la persona y obra de Jesucristo. Jesús es la redención y el cordero, el profeta y el sacerdote, el segundo Adán y el Hijo fiel. Por todas estas vías Dios hace su propio pueblo.
El Dios de la Biblia es un Dios amoroso. Pero este amor sólo puede ser comprendido plenamente cuando se contrapone a la santidad porque Su amor proporciona lo que la santidad demanda. Si prescindimos de la santidad de Dios, la iglesia no necesita existir. Es decir, si Dios no es apartado, su pueblo no necesita ser apartado. Pero apartada del amor de Dios, la iglesia no podría existir. Solamente Dios mismo puede apartar a su pueblo y por qué tendría Dios que apartarles si no es porque los ama. Por lo tanto, la totalidad del mensaje que Dios trae a su pueblo puede resumirse como discernimiento y gracia, santidad y misericordia, pecado humano y perdón divino a través de Cristo. Porque de tal manera amó Dios al mundo “que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna (Jn 3:16).
Y el Dios de la Biblia es un Dios soberano. Tanto es así que Jesús enseñó a sus discípulos a orar acercándose al Dios Padre como el Rey soberano: “venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6:10). El Dios que es Creador y Señor de la iglesia es también Creador y Señor de todo lo que ha sido hecho. Su gobierno será reconocido al final de los tiempos de una manera u otra. Algunos saludarán su venida con gritos de alegría y regocijo, otros con puños y dientes apretados en resentimiento y enojo. Pero todos reconocerán que Él es soberano. En este sentido, la iglesia no ha roto con este Mandato y se mantiene como un anticipo del cielo.
Este es el Dios a quien su pueblo está obligado a amar. Todos los demás dioses son una creación de la mente humana y están destinados a desaparecer como cualquier otra ilusión. El Dios de la Biblia debe ser el fundamento y la estructura de toda la enseñanza y predicación en la iglesia.
Si una correcta teología de Dios proporciona la estructura, o tejido, para la buena enseñanza; entonces, enfocarse en el evangelio proporciona el centro de la sana doctrina. Como hemos visto, las falsas enseñanzas acerca de Dios separan al pueblo de Dios de Él y construyen una comunidad alrededor de un ser que no existe.
Más aún, si el “dios” predicado no se ofende con el pecado y no castiga a los pecadores entonces el propio evangelio está en corto-circuito. La gente es guiada de una manera que pone en peligro su salvación. La correcta enseñanza de la verdadera iglesia, por tanto, está centrada en la correcta comprensión del evangelio.
La sana enseñanza del evangelio, a su vez, requiere una adecuada comprensión no solo de Dios sino también de la humanidad. Si la enseñanza de la iglesia describe la gente como espiritualmente enferma, no muerta espiritualmente, el evangelio ha sido distorsionado. Si los congregantes son considerados como consumidores anhelantes de crecimiento espiritual, no como rebeldes delante de un Dios santo, entonces, probablemente se ha olvidado el evangelio. Tales iglesias construyen comunidades alrededor de cualquier otra cosa menos del evangelio. Cualquier unidad que ellos experimenten es una unidad basada en un falso mensaje.
La correcta enseñanza del evangelio también centra a la iglesia sobre el trabajo de propiciación de Jesucristo y no solamente en sus enseñanzas o vida ejemplar. La verdadera iglesia es cruciforme, no necesariamente en su arquitectura sino en su enseñanza. La vida de Jesús proporciona un ejemplo para la vida cristiana. Así lo dicen tanto Cristo como los apóstoles (Mr 8:34; Mt 10:25; 1ª P. 2:21). Pero lo que coloca a la enseñanza cristiana aparte de cualquier otra religión son sus acciones representativas de ejemplo y de redención.
Cristo no solo vino a predicar sino también a darse en rescate por su pueblo (Mr 10:45). De tal manera que cuando la iglesia cosecha, esta cosecha no es solo de gente instruida y edificada sino de gente redimida y salvada.
Finalmente, la correcta enseñanza acerca del evangelio centra a la iglesia no en las acciones humanas sino en recibir por fe y arrepentimiento las recompensas de la acción de Dios en Cristo. Pablo escribió a los Corintios: “Al que no cometió pecado alguno [Cristo], por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios” (2ª Co 5:21). La humanidad pecadora ha obtenido como fruto el juicio de Dios. Pero mediante el arrepentimiento y la fe, los pecadores son hechos el propio pueblo de Dios. La iglesia no debe caer en el error de descuidar tanto el arrepentimiento como la fe. Sin esto, un asentimiento puramente intelectual es fe que está muerta (ver Stg 2). Sin lo anterior, la fe y la confianza en Cristo se diluyen detrás de las exigencias de la ley (Ro 2-3). Una iglesia centrada en el evangelio enseña que es necesario tanto apartarse del pecado como volverse a Cristo. En sí misma, una minuciosa exposición del pecado humano no es suficiente. En sí misma, la proclamación del amor de Dios mediante la muerte sacrificial de Cristo no es suficiente. Ambas son necesarias. Una cruz que no es aceptada mediante el arrepentimiento o afirmada por la fe es una cruz que no salva. La correcta predicación de la Palabra de Dios es vital para la iglesia y constituye su base y su médula.
Correcta Administración de las Ordenanzas
Jesucristo ha dado dos señales a su pueblo de su especial presencia entre ellos. Estas señales son el bautismo y la Cena del Señor. Algunas veces se habla de estas señales como “ordenanzas” enfatizando el hecho que ellas fueron ordenadas por Cristo. Otras veces se habla de ellas como “sacramentos” resaltando el hecho que ellas explican el misterio del evangelio[35]. Algunos evangélicos están renuentes a usar este último término pues piensan que sugiere que tales acciones son suficientes, en sí mismas, para otorgar gracia aparte de la fe del creyente[36]. Por tanto, el término que usaremos será ordenanzas.
Cristo mismo ordenó estas prácticas como ejemplo y como mandatos. Él fue bautizado por Juan el Bautista y ordenó a sus discípulos que hiciesen discípulos en todas las naciones y los bautizaran (Mt 26:17-30; Mr 14:12-26; Lc 22:7-20; Jn 13-17; 1ª Co 11:17-34). En base al libro de Hechos y a las epístolas, parece que esta fue una práctica universal entre los creyentes del Nuevo Testamento. Cristo también estableció la Cena del Señor y ordenó a sus discípulos “haced esto en memoria de mí” (Mt 3:15-16; 28:19; Mr 1:9; Lc 3:21; Jn 1:29-34; también Lc 22:19; 1ª Co 11: 24-25). Del resto del Nuevo Testamento es evidente que los creyentes participaban regularmente de lo que Pablo llama la Cena del Señor[37].
Cuando una iglesia practica el bautismo y La Cena del Señor, obedece las enseñanzas y ejemplos de Cristo. Al hacerlo refleja la muerte y resurrección de Cristo, el testimonio del renacimiento espiritual de cada creyente así como la esperanza colectiva de la iglesia de la resurrección final. Estas dos prácticas, en esencia, proclaman el evangelio. De este modo, incluso las congregaciones que han abandonado por largo tiempo las doctrinas bíblicas relativas a la regeneración, la muerte vicaria de Cristo, o la esperanza del cielo; aún así, ellas proclaman estas verdades en sus liturgias si vuelven a poner en práctica estas señales. El nuevo nacimiento puede ser ignorado pero el bautismo lo refleja. La muerte sustitutoria de Cristo puede ser negada en el sermón pero la Cena del Señor la proclama. En estos casos, la tradición en la mesa habla más verdad que la prédica desde el púlpito.
Practicar el bautismo y La Cena del Señor demuestra obediencia a Cristo, y estas prácticas son hechas con el propósito de complementar mediante señales y símbolos visibles, la inteligible predicación del evangelio.
Por el contrario, una iglesia falla en obedecer el mandato de Cristo cuando rechaza cualquiera de estas dos señales[38]. Tal falla aleja a dicha iglesia de la sumisión a la mayor enseñanza de la Escritura. Y separa a una congregación de la práctica apostólica y universal de los seguidores de Cristo. Las Escrituras actúan como un contrapeso contra cualquiera ya sea una congregación o una persona que decida ser cristiano y rechace la práctica del bautismo y La Cena del Señor.
En tanto que ni el bautismo ni la Cena del Señor son salvíficos, un rechazo deliberado de ambos pone un signo de interrogación sobre cualquier profesión de fe. En este sentido el bautismo y la Cena del Señor actúan como las señales distintivas de una verdadera iglesia. Ellas son signos externos o demarcaciones visibles que distinguen a unas personas en particular del mundo. Además se asume que el mensaje externo es también un mensaje interno. Las ordenanzas les recuerdan a los cristianos del compañerismo que ellos disfrutan con Dios y los unos con los otros.
Algunos han enseñado que otras ordenanzas o sacramentos caracterizan la verdadera iglesia. La Iglesia Católica Romana enseña que la confirmación, la confesión (penitencia), ordenación, matrimonio y la extremaunción (últimos ritos) son también sacramentos.[39] En base a las enseñanzas de la iglesia católica romana acerca de la autoridad de la iglesia y el rol de la tradición, ella no necesita sostener convincentemente que todas ellas fueron ordenadas por Cristo durante el tiempo de su ministerio terrenal[40].
Sin embargo, al principio del siglo XVI, los Reformadores Protestantes tomaron la Biblia como la única autoridad para establecer la práctica de la iglesia, concluyendo en el reclamo que sólo el bautismo y la Cena del Señor tienen la suficiente garantía para ser reconocidos como sacramentos que fueron vinculantes para la iglesia[41].
Entre algunos Bautistas y otros grupos Protestantes, el lavado de los pies ha sido tratado como una ordenanza de la iglesia, siguiendo el ejemplo y las palabras de Cristo en Juan 13:14. Sin embargo, ni las iglesias del Nuevo Testamento ni las del subsiguiente período sub apostólico dan evidencia de haber entendido el lavado de los pies de esta manera[42]. El decreto de Cristo en Juan 13 se asemeja más a una enseñanza sobre adquirir humildad.
1.Bautismo. En el Antiguo y Nuevo Testamentos.
Aunque Pablo habla de “un bautizo” compartido por todos los cristianos (Ef 4:5), seguramente las Escrituras relatan más de un bautizo[43]. A la iglesia cristiana se le ordena practicar el bautismo por inmersión en agua de aquella persona que profesa y evidencia su conversión. Este bautismo es realizado en obediencia a Cristo como una confesión de pecados, una profesión de fe en Cristo y una muestra de la esperanza en la resurrección del cuerpo. Se realiza una sola vez. Consideraremos ahora el modo adecuado, los sujetos y el significado del bautismo.
El Modo Adecuado. Generalmente se entiende generalmente que el bautismo debe ser practicado por inmersión en la iglesia del Nuevo Testamento. Las iglesias Ortodoxas de Oriente siempre han interpretado que el término baptizein[44] significa “inmersión” y por lo tanto siempre ha practicado el bautismo por inmersión. La Iglesia Católica Romana y muchas iglesias Protestantes admiten la antigüedad de la inmersión pero niegan que un modo particular sea esencial para la validez del bautismo.[45]
Mientras resulta difícil mantener que baptizo[46] solo puede significar “inmersión” en los tiempos del Nuevo Testamento,[47] inmersión parece ser tanto el significado más directo de la palabra (la inamovible práctica de las iglesias griegas) como la que mejor se adecúa al uso de la palabra en el Nuevo Testamento[48]. Ninguna otra forma de bautismo muestra tan dramáticamente la muerte, entierro y resurrección de Cristo como la inmersión. Tal como escribió Millard Erickson “No es posible resolver el asunto del modo adecuado del bautismo solo sobre la base de datos lingüísticos… Mientras [inmersión] puede no ser la única forma válida de bautismo, es la forma que mejor preserva y cumple a cabalidad el significado del bautismo”.[49]
De acuerdo a las Escrituras, el bautismo cristiano es significativo; exclusivamente, para aquellos que creen en Cristo y lo siguen. Cuatro afirmaciones sustentan esta declaración. Primero, quienes evangelizan son exhortados a bautizar sólo a aquellos que se arrepienten y creen (Mt 28:18-20; comparar con Jn 4:1-2). Segundo, los únicos que aparecen claramente registrados en el libro de los Hechos como sujetos del bautismo son aquellos que se arrepintieron y creyeron (Hech. 2:37-41; 8:12-13, 36-38; 9:18; 10:47-48; 16:15,33; 18:8; 19:5). Tercero, las epístolas de Pablo muestran el doble supuesto que aquellos que han creído han sido bautizados y que aquellos que han sido bautizados creen (Ro 6:1-5; Gál 3:26-27; Col 2:11-12). Finalmente, Pedro asocia el bautismo con la salvación, no como una causa de salvación sino como una ocurrencia casi simultánea (Hech 2:38; 1ª P. 3:21). Por medio de instrucciones directas, ejemplos de obediencia, supuestos de Pablo y asociaciones de Pedro, las Escrituras enseñan que tal bautismo es para los creyentes.
Las funciones del bautismo son tanto una confesión de pecados como una profesión de fe para el creyente. La fe es profesada en Cristo y las realidades objetivas de la muerte de Cristo, el don del Espíritu, y la resurrección final; todo lo cual, se manifiesta en el bautismo. Más aún, testifica de las experiencias subjetivas de confesión y perdón, regeneración espiritual y la recién descubierta esperanza de resurrección. El bautismo refleja la unión cristiana con Cristo; y por lo tanto, con otros cristianos y con la iglesia (ver Ro 6:1-14).
El bautismo de agua no crea la realidad de la gracia salvadora ni la fe en la persona que se está bautizando. Más bien, testifica la presencia de tal gracia y fe . En Hechos 2:38, Pedro exhorta a sus oyentes a “Arrepiéntanse y bautícense… en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados ”.[50] El bautismo no hace que los pecados sean perdonados. Más bien la fe aprehende el perdón de los pecados y responde a las demandas de arrepentimiento y obediencia en el bautismo. En su primera carta Pedro habló de las aguas del diluvio en tiempos de Noé diciendo: “la cual simboliza el bautismo que ahora los salva también a ustedes. El bautismo no consiste en la limpieza del cuerpo, sino en el compromiso de tener una buena conciencia delante de Dios. Esta salvación es posible por la resurrección de Jesucristo, quien subió al cielo y tomó su lugar a la derecha de Dios” (1ª P. 3:21-22). Los cristianos tienen una buena conciencia de la gracia de Dios por la resurrección de Jesucristo. Esta salvación no es creada por el bautismo, sino que la simboliza. “Es un sello, no solamente como una oferta, sino como una oferta y una aceptación; lo cual, es un pacto cerrado”[51]. Como dijo Calvino: “Esta es la señal mediante la cual nosotros queremos ser reconocidos como el pueblo de Dios”.[52]
Aunque todo el mundo está de acuerdo en que la Biblia enseña que los creyentes deben ser bautizados, el bautizo de los infantes ha sido un tema largamente debatido. Algunos han sugerido que los infantes pueden ser bautizados porque el bautismo mismo es el instrumento que usa el Espíritu de Dios para regenerar al infante.[53] Pero como se dijo antes, el Nuevo Testamento en ninguna parte enseña que el bautismo salva. Otros han sugerido que un niño nacido en una familia cristiana pertenece a la semilla de Abraham y que el bautismo declara que el infante es un receptor de las promesas hechas por Dios a su pueblo por medio de Abraham Ver Gén 12:7; 17:7; Hech 7:5; Gál 3:16). El bautismo cristiano es tratado en el Nuevo Testamento como paralelo (equivalente) a la circuncisión del Antiguo Testamento. Pero las Escrituras tampoco soportan con absoluta claridad esta visión. No solo se dice expresamente que el bautismo es para aquellos que creen, como se ha dicho antes, sino que las promesas para la semilla de Abraham fueron explícitamente satisfechas en Cristo (Gál 3:16).
Además, en el Nuevo Testamento se dice que el bautismo con agua no es análogo a la circuncisión física del Antiguo Testamento sino a la circuncisión del corazón (Ver Col 2:11-12). Tanto el pacto Abrahámico como el nuevo pacto son pactos de gracia. Dios prometió a los israelitas que vendría un cambio en la solidaridad espiritual de las familias con el nuevo pacto. Jeremías escribió: “cada uno morirá por su propia iniquidad” (Jer 31:30). En el nuevo pacto, los que aceptan el compromiso, no son aquellos que nacen bajo el pacto, aquellos cuyo padre y madre tienen la ley “escrita en sus corazones”, sino aquellos que por sí mismos, han tenido esa experiencia habiendo nacido de nuevo por el Espíritu de Dios. Este cambio espiritual, interior, existencial, subjetivo, es el sello del nuevo pacto.[54]
Aunque los temas del bautismo y de los infantes aparecen en el Nuevo Testamento, nunca se presentan juntos en ninguna enseñanza explícita ni en ningún ejemplo. Ya sea que se interprete como un asunto de causa salvífica o como promesa del pacto, cualquier enseñanza que separe el bautismo de la creencia en la salvación, distorsiona las Escrituras y confunde, potencialmente, al evangelio mismo.
Mientras las Escrituras claramente reservan el bautismo para los creyentes, no señala de manera directa la edad a la cual deben bautizarse. Tampoco prohíbe la ordenanza del bautismo plantear preguntas sobre la madurez adecuada del candidato al bautismo. El hecho de que se ordene a los creyentes bautizarse no le da licencia a la iglesia para bautizar indiscriminadamente, especialmente, donde los tópicos de la madurez-de-vida (madurez espiritual) dificultan afirmar una verdadera profesión de fe. En muchas partes del Nuevo Testamento aparece el bautismo ocurriendo muy pronto después de la conversión, pero cada mención individual específica, es la de un adulto proveniente de un contexto no cristiano, dos factores que hacen que el trabajo de la iglesia de afirmar una verdadera profesión de fe simple e inequívoco.
En consecuencia, como un asunto de sabiduría y prudencia cristiana, la edad normal del bautismo debe ser aquella cuando la credibilidad de la conversión del creyente resulte un hecho natural, discernible y evidente a la comunidad de la iglesia. Una legitimación secundaria tiene que ver con el efecto que causa en otras familias de la iglesia el bautismo de infantes.
Los padres con menor discernimiento espiritual, aún con las mejores intenciones, con mucha frecuencia presionan a sus sumisos hijos para que se bauticen. En virtud de esto, a tales niños se les ha asegurado erróneamente su salvación y además se les desmotiva a que escuchen con atención el evangelio más adelante en sus vidas. Trágicamente, la esperanza que ellos más necesitan puede ser ocultada por el mismo acto que han realizado.
Correcto Significado. La enseñanza de la Biblia acerca del bautismo es clara en cuanto a su institución, mandato y cumplimiento. La gente entra al nuevo pacto por la gracia de Dios y el medio que Dios ha elegido usar; por su gracia, es la fe. La fe no es causada ni creada por el bautismo. En su lugar, el bautismo es la confesión pública de fe. Simboliza un compromiso de ambos, Dios y el creyente (1ª P. 3:21). La sumisión del creyente al agua del bautismo representa su humilde súplica para una conciencia limpia de pecado por medio de la sangre expiatoria de Cristo (He 10:22). El bautismo es un acto de confesión y de absoluta dependencia. En resumen, el bautismo; en la Biblia, ni se enaltece por ser la causa de la salvación ni se disminuye a ser una simple señal de inclusión en un pacto no salvífico. En vez de eso, el bautismo es una manifestación pública del trabajo salvador de Dios en la vida del creyente.
2. La Cena del Señor. Los cristianos celebran la Cena del Señor en obediencia a su mandato: “hagan esto en memoria de mí” (Lc 22:19; 1ª Co 11:24). Jesús dijo que el pan era su cuerpo y que la copa era el nuevo pacto en su sangre. Mientras que el mandato: “en memoria de mí” no aparece en Mateo, Marcos o Juan; lo cierto es, que la Cena misma es recordada en los cuatro Evangelios (Mt 26:17-30; Mr 14:12-26; Lc 22:7-38; Jn 13:1-17). La noche antes de ser traicionado y crucificado, Jesús compartió una comida con sus discípulos. La relación exacta de esta comida con la comida de Pascua del Antiguo Testamento ha sido largamente debatida, pero pocos cuestionarán la profunda relación tipológica entre la comida de Pascua y la muerte presagiada en la Cena del Señor.[55] Jesús se refirió claramente a la ocasión como una celebración de la fiesta de Pascua en Mateo 26:18-19.
Pablo se refiere a Cristo como el Cordero de Pascua (1ª Co 5:7) y llamó a la iglesia a mantener la fiesta de Pascua (metafóricamente) viviendo juntos vidas de santidad, y en consecuencia, expresando unidad en amor (1ª Co 10:7).
La Cena del Señor evidencia el compañerismo que los cristianos comparten tanto en Cristo y su Espíritu como en santidad y amor recíproco.
El nuevo rito que Jesús establece se relaciona con la historia de la redención. Así como el pan había sido quebrado, también sería roto el cuerpo de Jesús; y así como el pueblo de Israel asociaba su liberación de Egipto con la comida pascual prescrita como una ordenanza divina, así también el pueblo del Mesías está asociado a la muerte redentora de Jesús comiendo este pan por la autoridad de Jesús.[56]
Este testimonio continuará hasta el regreso de Cristo (1ª Co 11:26).
La Biblia no proporciona una forma exacta (protocolo y palabras a decir mientras se distribuyen los elementos) para la celebración de la Cena del Señor. Esta reticencia conjuntamente con lo ampliamente generalizado de su práctica sugiere que la Cena del Señor permanece sencilla en su forma. Rituales complejos requerirían cuidadosas instrucciones escritas, como aquellas asociadas a las fiestas del Antiguo Testamento. Pero tal tipo de instrucciones no aparecen en el Nuevo Testamento.[57]
Los elementos presentados en el Nuevo Testamento para la Cena del Señor son pan y vino (“el fruto de la vid” Mt 26:29; Mr 14:25, Lc 22:17-18). Aunque el vino en el primer siglo era fermentado se desconoce el grado en que era diluido. Ciertamente los corintios eran capaces de emborracharse con el vino reservado para la Cena del Señor, por lo cual, Pablo los regaña (1ª Co 11:21). Otros aspectos de la celebración incluyen una oración de agradecimiento (Mt 26:27; Mr 14:23) y un himno (Mt 26:30; Mr 14:26) Más allá de esto, las narraciones no especifican nada acerca de las palabras dichas o los medios utilizados mientras se distribuyen el pan y el vino.
Como ocurre con el bautismo, la cuestión de quienes deben participar en la Cena del Señor (los sujetos) es más importante que la cuestión de cómo participar en la Cena del Señor (forma o manera). Instruyendo a los corintios, Pablo enseña que participar en la Cena testimonia la participación en el cuerpo y la sangre de Cristo. Es la identificación personal del creyente con la obra salvadora de Cristo, representada objetivamente por los elementos sobre la mesa. La persona que toma el pan y la copa testifica que comparte los frutos de la muerte de Cristo tanto con Dios como con los hermanos cristianos por medio del Espíritu. Claramente entonces, “la iglesia debe exigir de todos aquellos que deseen celebrar la Cena del Señor una creíble profesión de fe”.[58]
Como dijo conmovedoramente Pablo, cualquiera que coma y beba en la mesa del Señor sin esta fe, “come y bebe su propia condena” (1ª Co 11:29). Puesto que la fe es un elemento requerido a aquellos que participan en la Cena del Señor, la mesa debe estar reservada para aquellos que han sido bautizados. Más aún, excluir a un miembro de la iglesia de esta comida de compañerismo es una señal visible de estar ese individuo bajo la disciplina de la iglesia (ver el término excomulgar en la sección de disciplina).
Mientras que ningún pasaje del Nuevo Testamento especifica una línea de tiempo comparativa para que un creyente participe de ambas ordenanzas, el bautismo debería ocurrir poco después del tiempo de conversión (y por una sola vez) en tanto que la Cena del Señor debería repetirse regularmente como símbolo continuo de la participación en Cristo por medio de la fe. Aquellos que buscan por fe el cuerpo y la sangre de Cristo para salvación son los llamados a participar en esta fiesta y a hacerlo en su memoria y a la espera del día final cuando Jesús diga “Yo bebo con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre” (Mt 26:29). Jesús se refiere allí a la Cena de Bodas del Cordero (Apo 19:9). La Cena del Señor es un ensayo frecuente de esta gran celebración en la cual todos los cristianos compartirán la mesa su anfitrión celestial, el Señor Jesucristo.
Membrecía. En el mundo actual el concepto de membrecía nos lleva a pensar en un club o cualquier otro tipo de asociación voluntaria. Tales organizaciones existen en el mundo de la Biblia también.[59] Pero la idea de membrecía es aún más básica para el género humano. Los grupos familiares y las familias tienen miembros. Razas, tribus y clanes tienen miembros. Así como también los tienen las comunidades, los partidos, los grupos de élite como órdenes, gremios y concejos. A un nivel más básico, miembro, se refiere a la persona humana. Nuestro cuerpo tiene miembros (Ro 6:12-19; 7:23; 12:4-5; (1ª Co 6:15; 12:12-27; Ef 4:16; Stg 3:6; 4:1). La Biblia usa el concepto de miembro y de membrecía en todos estos casos.
La Biblia también representa a la iglesia como compuesta de miembros. Combinando las imágenes colectivas de familias, fiestas y comunidades con la aún más integrada imagen de un cuerpo individual y sus partes constitutivas, la Biblia presenta la iglesia local como una entidad formada por múltiple individuos tan altamente integrados que son identificables como una unidad. De ellos se dice que son parte el uno del otro (Ro 12:5). Cuando Jesús instruyó a sus seguidores a buscar el hermano que ha pecado (Mt 18:15-21), estaba presuponiendo tal concepto integrador de la membrecía del cuerpo. Las acciones de reproche, y en última instancia de exclusión deben ocurrir dentro de un grupo de personas específico e identificable.
En muchas otras partes del Nuevo Testamento, una iglesia aparece formada por un grupo de personas específico e identificable (Hech 9:41; 12:1: 15:3,22; Ef 2:19; 3:6; 4:25; 5:30; Col 2:19; 3:15; 3ª Jn 9).
Desde los tiempos antiguos, las iglesias locales cristianas fueron congregaciones de gente específica e identificable. Muchas personas pueden haber participado (o asistido) a una asamblea particular considerando que no pertenecen a ella. Tal es la censura que Pablo hace en 1ª Co 5, como Jesús en Mateo 18 conceptualizando que un individuo debe ser excluido no de una comunidad política sino de una clase particular de comunidad social. No existe ninguna que se haya conservado pero pueden haber existido listados de miembros de las iglesias primitivas. Obviamente, el mantenimiento de listas no era desconocido en las iglesias. La iglesia primitiva tenía listas de las viudas (1ª Tim 5:9). Dios mismo tiene una lista de todos los que pertenecen a la iglesia universal en su libro de vida (Apo 20:12). Y Pablo asume que los corintios habían identificado una “mayoría” que era elegible para votar (2ª Co 2:6).
La idea de una comunidad de personas claramente definida es central a la acción de Dios tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos. Como se demostró con Noé y su familia, Abraham y sus descendientes, la nación de Israel y la iglesia del Nuevo Testamento, Dios ha elegido mantener un pueblo distinto y apartado con el propósito de mostrar su carácter. Dios siempre ha proyectado una línea brillante y bien definida para separar a aquellos que lo siguen de quienes no lo hacen. Las vidas de los cristianos en comunión refleja visiblemente el evangelio que proclaman.
Si la iglesia, de hecho, presenta el glorioso clímax del plan de Dios, surgen varias preguntas: ¿Cómo puede saber un individuo si pertenece o no a la iglesia? ¿Qué implica la membrecía?
Las responsabilidades y tareas de los miembros de una iglesia cristiana son simplemente las responsabilidades y tareas de los miembros de los cristianos.[60] Los miembros de la iglesia, como cristianos, deben estar bautizados y participar regularmente de la Cena del Señor. Tienen que oír la Palabra de Dios y obedecerla. Tienen compañerismo frecuente para la mutua edificación. Ellos aman a Dios, se aman los unos a los otros y aman a los que están fuera de su confraternidad y son la evidencia de los frutos del Espíritu (Gál 5:22-23). Ellos adoran a Dios en todas las actividades de su hogar, trabajo, comunidad y vida.
Los cristianos también tienen tareas específicas respecto a su congregación. “El Cristianismo es un asunto colectivo y la vida cristiana solo puede ser realizada plenamente en relación con otros”.[61] La tarea más fundamental que los cristianos tienen en relación a la congregación es la de asistir regularmente a las asambleas de la congregación (He 10:25; Hech 2:42; Sal 84: 4,10). En general las tareas de los miembros de la iglesia pueden ser divididas en dos categorías: tareas hacia los otros miembros y tareas hacia los pastores.
Las tareas de los miembros de la iglesia hacia los otros miembros sintetizan la vida de la nueva sociedad que es la iglesia. Como seguidores de Jesucristo, los cristianos están obligados a amarse los unos a los otros (Jn 13:34–35; también Jn15:12–17; Ro. 12:9–10; 13:8–10; Gál 5:15; 6:10; Ef 1:15; 1ª P. 1:22;2:17; 3:8; 4:8; 1ª Jn 3:16; 4:7–12; comparar con Sal. 133). Los cristianos son miembros de una familia, aún del uno al otro (1ª Co 12:13—27). Sin una vida de amor los unos a los otros ¿Qué otra labor de los miembros de la iglesia es satisfactoria o meritoria? El amor obliga a los miembros de la iglesia a “evitar todo aquello que tienda a enfriar el amor”.[62] Por este amor se demuestra la naturaleza misma del evangelio.
Los miembros de la iglesia también están obligados a buscar la paz y la unidad con su congregación (Ro 12:16; también Ro 14:19; 1ª Co 13:7; 2º Co 12:20; Ef 4:3–6; Fil 2:3; 1ª Tes 5:13; 2ª Tes 3:11; Stg 3:18; 4:11).
El deseo de paz y unidad debe surgir espontáneamente de la obligación de amar (Ro 15:6; 1ª Co 1:10–11; Ef 4:5,13; Fil 2:2; comparar con Sof 3:9). Más aún, si los cristianos comparten el mismo espíritu y la misma mente, el Espíritu de Cristo, entonces la unidad es la expresión natural de ese Espíritu. Sin embargo, debido al pecado que aún permanece en los creyentes en esta vida, la unidad, requiere esfuerzos. De esta manera cristianos “compórtense de una manera digna, firmes en un mismo propósito, luchando unánimes por la fe del evangelio” (Fil 1:27). Deben evitarse las disputas (Pro 17:14; Mat 5:9; 1ª Co 10:32; 11:16; 2ª Co 13:11; Fil 2:1–3).
El amor se expresa y la unidad se cultiva cuando los miembros de la iglesia simpatizan activamente unos con otros. Como Pablo exhortó a la congregación de Roma: “Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran (Ro 12:15 compare con Job 2:11; Is 63:9; 1ª Co 12:26; Gál. 6:2; 1ª Tes 5:14; He 4:15; 12:3). Otras tareas son: cuidarse unos a otros física y espiritualmente (Mat 25:40; Jn 12:8; Hech 15:36; Ro 12:13; 15:26; 1ª Co 16:1–2; Gál. 2:10; 6:10; He 13:16; Stg 1:27; 1ª Jn 3:17; cf. Deut 15:7–8,11); vigilarse y rendirse cuentas unos a otros (Ro 15:14; Gál. 6:1–2; Fil 2:3–4; 2ª Tes 3:15; He 12:15; cf. Lev 19:17; Sal 141:5); trabajar para edificarse unos a otros (1ª Co 14:12–26; Ef 2:21–22; 4:12–29; 1ª Tes 5:11; 1ª P. 4:10; 2ª P. 3:18); ser pacientes unos con otros (Mat 18:21–22; Mr 11:25; Ro 15:1; Gál 6:2; Col.3:12; incluyendo no demandarse unos a otros, 1ª Co 6:1–7); orar los unos por los otros (Ef 6:18; Stg 5:16); mantener alejados a aquellos que quieren destruir la iglesia (Ro 16:17; 1ª Tim 6:3–5; Tito 3:10; 2ª Jn 10–11); rechazar la evaluación de las personas por los parámetros del mundo (Mat 20:26–27; Ro 12:10–16; Stg 2:1–13); pelear juntos por el evangelio (Fil 1:27; Judas 3); y ser ejemplos unos a otros (Fil 2:1–18).
Los miembros de la iglesia también tiene responsabilidades particulares para con los líderes de la iglesia. Como dijo Pablo a los corintios: “Que todos nos consideren servidores de Cristo, encargados de administrar los misterios de Dios” (1ª Co 4:1). Tales hombres deben ser respetados, tenidos en alta estima y honrados (Fil 2: 29; 1ª Tes 5:12-13). Si los cristianos esperan que su pastor cumpla a cabalidad con sus responsabilidades bíblicas, deben hacérselo saber. Ellos deben estimarlo como un regalo de Dios para el bienestar de la iglesia.[63] El ministro de la Palabra es un mayordomo de la casa de Dios y un subpastor de la manada de Dios. El sirve voluntaria y entusiastamente (1ª P. 5:1-3). Su reputación puede y debe ser defendida, su palabra creída y sus instrucciones obedecidas a menos que contradigan las Escrituras o las acciones estén plenamente distorsionadas (He 13:17,22; 1ª Tim 5:17-19). El ministro fiel debe ser apreciado por el solo hecho de traer la Palabra de Dios a su pueblo; el no la reemplaza con la suya.
Los miembros de la iglesia deben recordar a sus líderes e imitar sus vidas y su fe (1ª Co 4:16; 11:1; Fil. 3:17; He 13:7). Los buenos predicadores y maestros son dignos de doble honor tal como lo señala Pablo en 1ª Tim 5:17 incluyendo soporte material.[64] Y los miembros de la iglesia deberían darse tanto a la oración por sus pastores como a colaborar con ellos en todo lo que puedan (Ef. 6:18–20; Col. 4:3–4; 2ª Tes 3:1; He 13:18–19). A los ministros de la Palabra se les ha dado la tarea de llevar la Palabra de Dios al pueblo de Dios. Como dijo Pablo a los corintios: “Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: "En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios." (2ª Co 5:20). Difícilmente se puede concebir un trabajo más arduo.
Las congregaciones locales del Nuevo Testamento se dieron cuenta que tenían responsabilidades particulares que no podían ser delegadas a grupos externos a ellos mismos. La congregación local era responsable de garantizar un calificado ministro de la Palabra que les sería predicada, a tal grado, que era potestad suya.[65] La congregación es la responsable de asegurar que los convertidos se bauticen y que la Cena del Señor sea debidamente administrada a aquellos que dan evidencia creíble de regeneración. Y la congregación es en última instancia responsable de definir y proteger la membrecía de la iglesia, tanto al admitir como al rechazar miembros.[66] Por esto Pablo asignó tales responsabilidades a la iglesia de Corinto en 1ª Co 5 y 2ª Co 2.
Toda la congregación es también responsable por la buena mayordomía de los dones que les han sido confiados. El primero entre ellos, el evangelio, que debe ser predicado en el local del templo, a través de la ciudad y por todo el mundo. Finalmente, la congregación es responsable de asegurar que el mensaje del evangelio alcance tales esferas que se han nombrado (Gál 1:6–9; Fil 1:5; Col.1:3–4; 1ª Tes 1:8).
Por último, las responsabilidades de la congregación no pueden ser delegadas. Aunque las congregaciones pueden reemplazar el veredicto de un grupo de líderes, la responsabilidad que conlleva es inescapable. Así como la gente que pagó a los falsos maestros fue amenazada con el juicio de Dios junto con dichos maestros, así la iglesia de Corinto fue hallada responsable junto con los miembros pecadores (1ª Co 5), y como la iglesia visualizada en Mateo 18 fue hallada responsable por Cristo de aplicar disciplina y excluir al no arrepentido, tampoco las congregaciones de hoy pueden evadir sus responsabilidades delante de Dios para satisfacer las tareas que les han sido asignadas bíblicamente.
¿Qué compañía está tan obligada a adorar a Dios como aquella que no solo ha sido creada, sino redimida? ¿Qué grupo está tan comprometido con las tareas de proclamar la Palabra de Dios y evangelizar como aquellos que se han salvado al oír la Palabra de Dios? ¿Qué cuerpo estará involucrado en hacer las señales distintivas (el bautismo y la Cena del Señor) de la acción salvadora en Cristo? Desde el ministerio de la Palabra hasta la administración de los asuntos propios de la iglesia, ¿Qué otro grupo está tan lleno de responsabilidades como la iglesia de Cristo Jesús? [67]
Forma de Gobierno. La responsabilidad fundamental ante Dios por el mantenimiento de todos los aspectos de la adoración pública de Dios pertenece a la congregación. Ya sea al poner orden en las disputas entre los cristianos (Mat 18:15–17; Hech 6:1–5), establecer la sana doctrina (Gál 1:8; 2ª Ti. 4:3), o al admitir o excluir miembros (2ª Co 2:6–8; 1ª Co 5), la congregación local tiene la responsabilidad y la obligación de asegurar la continuidad del buen testimonio del evangelio entre ellos mismos. Nadie fuera de la congregación tiene el mismo grado de responsabilidad. Mientras los líderes de las congregaciones tienen sus propias responsabilidades ante Dios, la más pequeña de las congregaciones que asume las tareas de proveer y escuchar regularmente la Palabra de Dios y de practicar el bautismo y la Cena del Señor, necesariamente, toma para sí la responsabilidad por la práctica correcta de la membrecía y la disciplina, aún sobre aquellos llamados a ser sus líderes (1ª Tim 5:19–20).
Mientras las congregaciones pueden fallar o no en el cumplimiento de estas obligaciones, las responsabilidades no dejan de pertenecerles. Ningún otro cuerpo, dentro o fuera de la iglesia local, puede remover estas tareas obligatorias de la congregación como un colectivo. La tolerancia de enseñanzas erróneas, particularmente respecto al evangelio, el rechazo al bautismo o la Cena del Señor y la indiferencia en la admisión o exclusión de miembros, son todas responsabilidades de la congregación local.
Como un cuerpo reunido de personas, la iglesia debe ser dirigida. Universal y localmente, la cabeza y pastor principal de la iglesia es Cristo Jesús (Ef 4:1–16; He 13:20; 1ª P. 5:4). Cristo no estableció ningún tipo de estructura de liderazgo, explícita o implícita, para la iglesia universal durante su ministerio terrenal. Luego, entre las congregaciones cristianas las relaciones son voluntarias por naturaleza. [68] Dentro de la congregación local, no obstante, la enseñanza del Nuevo Testamento es diferente. La iglesia está establecida con un orden simple de liderazgo. Antes de abordar los oficios específicos establecidos para la iglesia en el Nuevo Testamento, cinco principios bíblicos de tal liderazgo deben ser considerados por todos aquellos que desean o se sienten llamados a servir en el liderazgo.[69]
Los líderes de la iglesia necesitan estar explícitamente calificados. No todos los cristianos están calificados para servir como líderes u obispos en la iglesia. En Hechos 20, 1ª Timoteo, Tito 1 y 1ª Pedro 5 se establecen las características para los subpastores o ancianos de la manada. Es particularmente relevante entre esas calificaciones la exigencia que el que sirve como obispo sea “capaz de enseñar” (1ª Tim 3:2). Más aún, como representantes de Cristo, los ministros tienen la especial obligación de reflejar el carácter de Cristo. Tal carácter, incluirá un cuidado del rebaño, una voluntad de servicio, una ausencia de avaricia. Un rechazo a señorear sobre el rebaño, una vida ejemplar, irreprensible, marido de una sola mujer y la habilidad de gobernar bien su casa. Un ministro no es arrogante, irascible o dado al mucho vino. Un ministro no debe ser violento o deseoso de ganancias deshonestas. En estas y otras condiciones señaladas en las Escrituras, el líder en la congregación, debe estar explícitamente calificado.
Los líderes de la iglesia deben tener buena reputación con los extraños. Quienes lideran la iglesia no deben ser hombres que traigan descrédito sobre el evangelio, sino hombres que vivan sujetos al evangelio como la luz gloriosa de esperanza y verdad en el mundo. El corazón amoroso de Dios por el mundo brilla más claramente mediante vidas puras. Para que toda la iglesia se enfoque en su misión y propósito, cuando estos líderes interactúan con las autoridades, con los vecinos y con los empleados, deberían compartirles el evangelio. Los obispos no deben ser amantes del dinero, Pablo dice en 1ª Tim 3, sino amantes de los extranjeros (es el significado de la palabra que él usa “hospitalario”). Para representar fielmente al Señor en la iglesia, los líderes de la iglesia deben estar centrados tanto en Dios como en las vidas de los demás.
Los líderes de la iglesia también deben poseer un agudo sentido de responsabilidad, de rendición de cuentas, sabiendo que ellos mismos están bajo autoridad. Sus vidas como líderes públicos los expone a la amonestación y corrección (1ª Tim 5:19–20). Los pastores del rebaño deben darse cuenta que son mayordomos no propietarios. Por tanto, sirven como subpastores del rebaño de Dios, sujetos a Su gobierno. Esto incluye una rendición de cuentas final y una más inmediata responsabilidad ante Cristo. Santiago promete que los maestros serán juzgados más severamente al final (Stg 3:1), mientras que el autor de Hebreos promete que los líderes de la iglesia darán cuenta a Dios de sus obras (He 13:17). Como dijo John Brown a uno de sus alumnos ministeriales recientemente ordenado en una pequeña congregación:
Yo conozco la vanidad de tu corazón, y que te sentirás mortificado porque tu congregación es muy pequeña en comparación con la de los hermanos a tu alrededor; pero afírmate a ti mismo la palabra de un hombre viejo que cuando vayas a rendir cuentas al Señor Jesucristo, en su trono del juicio, pienses que has hecho bastante”.[70]
Esta realidad escatológica debería tener implicaciones actuales en la vida y obra de un ministro. Aquellos que guían a otros deben ser los primeros en obedecer. Ellos deben estar sujetos a Cristo de tal manera que puedan decir, como Pablo a los corintios: “sigan mi ejemplo como yo sigo el ejemplo de Cristo” (1ª Co 11:1). Pedro también le recordó a los subpastores de la iglesia de su futura aparición delante de Cristo, trayendo a la mente la recompensa y la responsabilidad que tendrán que dar algún día por su trabajo actual (1ª P. 5:4).
Los líderes de la iglesia deben ejercer autoridad. Mientras esta observación puede parecer obvia, a algunos les disgusta usar palabras como “líder” o “autoridad” en el contexto de la iglesia local. Quizás ellos asumen que esto implica un Diótrefes puesto que el amor debe ser lo primero, o ellos asocian esto con ostentaciones anticristianas (3 Jn 9; 1ª Co 1–3). Aún más, Pablo explícitamente le dice a Timoteo: “Se dice, y es verdad, que si alguno desea ser obispo, a noble función aspira” (1ª Tim 3:1). El dijo a los romanos que aquellos que están en autoridad sobre otros (proistamenos)[71] debería usar sus dones y habilidades para la iglesia (Ro 12:8). El también exhortó a Timoteo a aquellos “que dirigen los asuntos de la iglesia” (1ª Tim 5:17). El escritor de Hebreos habló acerca de los “líderes”.[72] Todas estas palabras implican la responsabilidad e iniciativa que deben caracterizar las acciones de los líderes de la iglesia.
Por último, los líderes de la iglesia deben edificar la iglesia. El liderazgo genuino no solo requiere de un líder que actúe con iniciativa y responsabilidad en un intento de hacer lo bueno; el liderazgo requiere que el resultado sea bueno. La habilidad de alcanzar los fines propuestos corrobora los dones individuales y el llamado al liderazgo en la iglesia. El liderazgo no depende fundamentalmente de una autoproclamación de líder en base a una sensación interior de llamado y propósito. En 1ª Corintios 14, Pablo repetidamente somete los dones del Espíritu al simple test de edificación. El pregunta si han surgido buenos frutos en la iglesia. ¿Es el fruto de la acción de esta persona una iglesia que está siendo edificada? Si tal es el fruto de sus acciones debe ser altamente recompensada por consideración a la iglesia y por consideración a Cristo. Todas estas características deben estar presentes en aquellos que dirigen una congregación.
Las Escrituras proporcionan dos oficios específicos en la congregación local: diáconos y ancianos.[73]
1. Diáconos. En las traducciones modernas del Nuevo Testamento, la palabra diakonos es traducida usualmente como “sirviente”, algunas veces como “ministro” y ocasionalmente como “diácono”. La palabra puede referirse al servicio en general (Hech 1:17,25; 19:22; Ro 12:7; 1ª Co 12:5; 16:15; Ef 4:12; Col. 4:17; 2ª Tim 1:18; Filem 13; He 6:10; 1ª P. 4:10–11; Apo 2:19), a los siervos de Dios en particular (Ro 13:4), y a cuidar por necesidades físicas (Mat 25:44; Hech 11:29; 12:25; Ro 15:25,31; 2ª Co 8:4,19–20; 9:1,12–13; 11:8). Las mujeres claramente sirvieron como diaconisas en el Nuevo Testamento (Mat 8:15; 27:55; Lc 10:40; Jn 12:2; Ro 16:1). Los ángeles también sirvieron de esta manera (Mat 4:11). Algunas veces la palabra se refiere específicamente a servir las mesas (Mat 22:13; Lc 10:40; 17:8; Jn 2:5,9; 12:2), y aunque tal servicio era despreciado en el mundo griego, Jesús lo valoraba de otra manera. En Juan 12:26 Jesús dijo: •Quien quiera deacons, debe seguirme; y donde yo esté, allí también estará mi deacons. A quien me deacons, mi Padre lo honrará”. De nuevo en Mateo 20:26 (Mr 9:35) Jesús dijo “el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su deacon”. Y en Mat 23:11 (cf. Mr 10:43; Lc 22:26–27) Él dijo que “El más importante entre ustedes será deacon de los demás”.
Jesús se presentó a sí mismo como tipo de un diácono (Mat 20:28; Lc 12:37; Ro 15:8). Los cristianos son presentados como diáconos de Cristo o de su evangelio. Los apóstoles son retratados de modo similar (Hech 6:1-7), y así es como Pablo se refiere regularmente a sí mismo y a aquellos que trabajaban con él (Hech 20:24; 1ª Co 3:5; 2ª Co 3:3,6–9; 4:1; 5:18; 6:3–4; 11:23; Ef 3:7; Col. 1:23; 1º Tim 1:12; 2ª Tim 4:11). El se refiere especialmente a sí mismo como un diácono entre los Gentiles, el grupo particular al cual fue llamado a servir (Hech 21:19; Ro 11:13). Pablo llama a Timoteo un diácono de Cristo (1ª Tim 4:6; 2ª Tim 4:5), y Pedro dijo que los profetas del Antiguo Testamento eran diáconos de Cristo (1 P.1:12). Los ángeles son llamados diáconos (He 1:14). Aún Satán tiene sus diáconos (2ª Co 11:15; Gál 2:17).
La representación más clara del trabajo práctico de los diáconos se encuentra en Hechos 6, donde se registra oficialmente, por primera vez, a los diáconos en la congregación. Basados en tal relato, hay tres niveles o aspectos del ministerio diaconal que deben ser considerados.[74] Primero, los diáconos deben cuidar de las necesidades físicas. Algunos de los cristianos “estaban siendo ignorados en la distribución diaria de comida” (Hechos 6:1). En Hechos 6:2, los apóstoles caracterizaron este servicio como “sirviendo en las mesas”, o literalmente, “diaconando mesas”. Cuidar de la gente, especialmente por los cristianos, y más especialmente por los hermanos de la congregación, contribuye no solo a su bienestar físico; también hay un beneficio espiritual. Estimula a los receptores de los cuidados, materializa el cuidado de Dios y sirve como testimonio a aquellos que están fuera de la iglesia. Tal como dijo Jesús “De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Jn 13:35). El cuidado físico presente en Hechos 6 evidencia ese amor parecido al de Cristo.
Detrás del cuidado físico, subyace un segundo aspecto del trabajo diaconal, uno que beneficia no solo a los que tienen necesidad sino a todo el cuerpo: los diáconos deben velar por la unidad del cuerpo. Al cuidar de esas viudas, los diáconos ayudaron a que el reparto de comida entre las viudas fuese más equitativo. Esto era importante porque la negligencia física estaba causando una desunión espiritual en el cuerpo (Hechos 6:1). Un grupo de cristianos estaba poniendo quejas contra otro grupo, y esto parece ser que atrajo la atención de los apóstoles. Los apóstoles no estaban interesados sólo en resolver un problema del ministerio de misericordia de la iglesia. Ellos querían prevenir una fractura en la unidad de la iglesia, y particularmente, una peligrosa fractura: entre grupos étnicos distintos. Los diáconos fueron comisionados para prevenir la desunión en la iglesia. Su trabajo era actuar como los amortiguadores del cuerpo.
En un tercer nivel, los diáconos fueron designados para apoyar el ministerio de los apóstoles. En Hechos 6:3 los apóstoles parecen reconocer que la atención de las necesidades físicas es una responsabilidad de la iglesia. Por tanto, en cierto sentido, ellos asumían esa responsabilidad como propia. Pero en el versículo 3 ellos delegar esa responsabilidad en otro grupo de la iglesia. Estos diáconos, entonces, no solo estaban ayudando a las viudas y a toda la congregación, ellos estaban colaborando con los apóstoles/ancianos cuyas principales obligaciones estaban en otro lugar. Por su ministerio a las viudas, ellos estaban colaborando con los maestros de la Palabra en su ministerio. En este sentido, los diáconos son fundamentalmente promotores y defensores de los ancianos.
En la época que Pablo escribió su primera carta a Timoteo, el pudo instruir a Timoteo sobre las calificaciones que explícitamente debía tener quien ejerciera el oficio de diácono. Cuando se combina la lista de calificaciones que aparecen en 1ª Tim 3:8-13 con las cualidades de los individuos seleccionados en Hechos 6, resulta evidente que los diáconos deben conocer la llenura del Espíritu Santo. Ellos ministran las necesidades físicas, pero su ministerio, es un ministerio espiritual. Los diáconos deberían estar llenos de sabiduría. Ellos deberían ser elegidos por la congregación y gozar de su confianza. Ellos voluntaria y diligentemente deben responsabilizarse por las necesidades de su ministerio particular. Deben ser dignos de respeto, sinceros, no amantes del mucho vino, no interesados en ganancias deshonestas e inquebrantables en las verdades profundas de la fe con una clara conciencia de ellas. Los diáconos deberían ser probados y aprobados siervos que son maridos de una sola mujer. Y deben ser individuos que gobiernen bien su casa y sus hijos.
2. Pastor/Obispo/Anciano. Además del oficio de diácono, el Nuevo Testamento, presenta el oficio de Pastor, Anciano u Obispo. Más fundamentalmente, el anciano es un ministro de la Palabra. La raíz presbeust [75] aparece 75 veces en el Nuevo Testamento.
Nueve veces se refiere a gente de edad cronológica avanzada (Lc 1:18; 15:25; Jn 8:9; Hech 2:17; 1! Tim 5:1,2; Tito 2:2–3; Filem 9). Cuatro veces se refiere a los ancestros de la nación Hebrea (Mat 15:2; Mr 7:3,5; He 11:2). Juan usó doce veces palabras con esta raíz en Apocalipsis para referirse a los ancianos celestiales (Apo 4:4,10; 5:5–6,8,11,14; 7:11,13; 11:16; 14:3; 19:4). Veintinueve veces (todas en los Evangelios y Hechos) la palabra se refiere a los líderes judíos del Sanedrín, o en sinagogas locales que no eran sacerdotes. Las veinte veces restantes se refiere a los ancianos en las iglesias: en la iglesia de Jerusalén (Hech 11:30; 15:2,4,6,22–23; 16:4; 21:18); in Listra, Iconio, y Antioquia (Hech 14:21,23); en Éfeso (Hech 20:17); en los pueblos de Creta (Tito 1:5); y otras referencias generales (1º Tim 5:17,19; Stg 5:14; 1 P. 5:1,5). Juan también se refiere dos veces a sí mismo como “el anciano” (2 Jn 1; 3 Jn 1). Los judíos de la época de Jesús tenían miembros laicos en el Sanedrín de Jerusalén llamados ancianos. Las sinagogas también tenían cuerpos de hombres gobernantes llamados ancianos.
En el Nuevo Testamento, las palabras anciano, guía o pastor y obispo o superintendente son intercambiables en el contexto de oficio dentro de la iglesia local. Esto se ve con la mayor claridad en Hechos 20 donde Pablo se reúne con los ancianos de la iglesia de Éfeso a quienes ha llamado en el versículo 17. En el versículo 28, Pablo dice a esos ancianos:[76] “Tengan cuidado de sí mismos y de todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha puesto como obispos[77] para pastorear[78] la iglesia de Dios, que Él adquirió con su propia sangre”.
Luego, en Efesios 4:11, Pablo dice: “Él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros”. La palabra que Pablo usó para “pastor” es poimenas,[79] que se relaciona con la palabra para “guía”.
De modo similar, en 1ª Pedro 5:1-2 Pedro se dirige a los ancianos diciéndoles que ellos son pastores o guías de la manada de Dios, sirviendo como superintendentes u obispos. En 1ª Pedro 2:21 Jesús es llamado “Pastor y Obispo de vuestras almas”. La raíz de la palabra traducida aquí como “obispo” (episkop)[80] aparece once veces en el Nuevo Testamento. En Tito 1, Pablo proporciona una lista de calificaciones para un oficio particular, similar a la dada a Timoteo en 1ª Tim 3. En ambos lugares, el funcionario descrito se llama episkopon, esto es, un obispo o superintendente. Pero en Tito 1:5, Pablo dice que él dejó a Tito en Creta para que nombrara presbuterous (ancianos) en cada pueblo. Más adelante, en el versículo 1:7, el se refiere a la misma persona como un episkopon. Claramente, en el Nuevo Testamento, las palabras anciano, guía o pastor y obispo o superintendente, en el contexto de oficio de la iglesia local, son intercambiables.[81]
Pablo estableció los requisitos para los ancianos en 1ª Tim 3:1-7 y en Tito 1:5-9. Los ancianos deben ser irreprensibles y estar por encima de cualquier reproche, no arrogante, abstemio, autocontrolado, respetable, no dado al mucho vino, no violento sino gentil, no pendenciero, bien reputado (particularmente entre los no creyentes), probo, santo y disciplinado. El es el marido de una sola mujer, no amante del dinero, no perseguidor de ganancias deshonestas, un buen gobernante de su familia (sus hijos le obedecen) y no un recién convertido. El ama lo que es bueno, está firmemente sujeto al evangelio y está ansioso por servir. [82]
Todas las calificaciones mencionadas aquí y citadas en otras partes en las Escrituras son aplicables a todos los cristianos, excepto una, la habilidad de enseñar. La esencia del oficio de anciano consiste en asegurar que la Palabra de Dios es bien entendida, evidenciada por el compromiso de enseñar a una manada particular esta Palabra. Cualquiera que sirva como anciano debe tener un dominio por encima del promedio tanto del evangelio como de las grandes verdades de la Escritura, especialmente de aquellas que están bajo asalto en nuestros días. Un anciano debe tener un dominio particularmente sólido de las verdades que distinguen su propia congregación de otras (por ejemplo, el bautismo para los Bautistas). Y debe ser un ejemplo de cuidado y preocupación por toda la congregación.
Las calificaciones de “marido de una sola mujer” y “manejar bien su propia casa” no significa que un anciano debe estar casado o tener hijos.[83] Más bien parece que Pablo asumió que la mayoría de los hombres estarían casados y tendrían hijos. De conformidad con la creación, Pablo argumenta en 1ª Tim 2 que existe un orden divino que imposibilita que una mujer sea llamada “a enseñar o tener autoridad sobre un hombre” en la iglesia.[84]
Una discusión frecuente sobre los ancianos del Nuevo Testamento es si cada congregación local debe ser gobernada solamente por un anciano o por varios ancianos. Por esto, en Lucas 7, el centurión envió a varios ancianos de la comunidad judía de Capernaum a Jesús para que suplicaran ayuda en su nombre. Deuteronomio también se refiere a múltiples ancianos en el contexto de su rol como líderes del pueblo. Ya fuese que implicara rescatar gente de las ciudades refugio, resolver asesinatos, o tratar con hijos desobedientes (Deut 19:12; 21:1–9,18–21). De manera similar, las sinagogas judías seguían el patrón de liderazgo plural. Las sinagogas que surgieron durante el exilio babilónico, funcionaron como asambleas civiles y religiosas para la enseñanza de la ley de Dios, y consecuentemente, para guiar a la comunidad. Se requerían diez hombres adultos para tener adoración pública en una sinagoga. Varios oficios facilitaban el trabajo de las sinagogas, entre ellos, el oficio de gobernar.[85]
En el Nuevo Testamento, el libro de Apocalipsis presenta no uno sino veinticuatro ancianos. Las referencias a los ancianos judíos, de manera uniforme señalan un cuerpo de hombres. Pablo realizó su trabajo de plantar iglesias con la ayuda de varias personas, aunque como apóstol él era evidentemente el líder. También es cierto que muchos ancianos de las nacientes iglesias no podían ser mantenidos totalmente desde el punto de vista financiero. Y Pablo no les escribió a los ancianos de la iglesia de Éfeso sino a Timoteo solo. Por último, el Señor Jesús dirigió sus cartas a las siete iglesias en Apocalipsis 2 y 3 al “ángel” o “mensajero” de cada iglesia (singular).
¿Significa esto que el Nuevo Testamento concibe un solo anciano por cada iglesia? Por el contrario, las evidencias sugieren que las congregaciones del Nuevo Testamento estaban guiadas por más de un anciano. Cinco autores del Nuevo Testamento se refieren al oficio de anciano veinte veces. Solo Juan se refiere al oficio en singular; el mismo, se define como “el anciano” en su segunda y su tercera cartas. Aparentemente, él era conocido con ese título. Asumiendo que él le escribió a la gente fuera de su congregación, el título puede haber sugerido no tanto un oficio como su amplio reconocimiento.
Santiago, Pedro, Pablo y Lucas también se refieren al oficio de anciano en la iglesia, y cada uno de ellos, parece presumir una pluralidad de ancianos por congregación. Santiago instruye a sus lectores cristianos a “llamar a los ancianos (plural) de la iglesia (singular) a orar por ellos” (Stg 5:14). Pedro escribió como un anciano a los ancianos (plural) entre vosotros” (1ª P.5:1-5). A menos que Pedro estuviera diciendo “de un hombre viejo a otros”, el asume que en cada congregación había una pluralidad de ancianos. Pablo saludó con los ancianos (plural) de la iglesia (singular) de Filipos (Fil 1:1). Y exhortó a los ancianos de la iglesia de Éfeso a ser “obispos” o “superintendentes” (plural) de la manada (singular) a la cual Dios los había llamado (Hechos 20:28). Escribiendo a Timoteo y a Tito, Pablo de nuevo menciona ancianos en plural. El recuerda a Timoteo el cuerpo de ancianos que puso sus manos sobre él (1ª Tim 4:14). Poco después se dirige a los ancianos (plural) que dirigen los asuntos de la iglesia (singular) (1ª Tim 5:17). A luego se refiere no a las acusaciones contra “el anciano” sino contra “un anciano” (presbeterou, sin el artículo), lo cual debería ser consistente con la afirmación que Timoteo tenía múltiples ancianos su congregación.
Pablo también dejó a Tito en Creta para que “nombrara ancianos (plural) en cada pueblo (kata polin)”[86] (Tito 1:5), significando que de nuevo Pablo tuvo como propósito que cada iglesia tuviese una pluralidad de ancianos. Por último, la narración de Lucas en el libro de los Hechos evidencia la pluralidad de ancianos en cada congregación local. La iglesia en Éfeso (singular) tiene múltiples ancianos (Hechos 20:17). Al final del primer viaje misionero de Pablo, Pablo y Bernabé “nombraron ancianos (plural) en cada iglesia (singular)” (Hechos 14:23). Y las referencias a los ancianos de la iglesia de Jerusalén siempre ocurren en plural. [87]
La evidencia directa en el Nuevo Testamento indica que la práctica usual y esperada era que cada congregación local tuviese múltiples ancianos. [88]
Otra cuestión que surge naturalmente en estos tiempos es si el Nuevo Testamento soporta la postura de un señor o un solo pastor. En tanto que en el Nuevo Testamento no hay evidencia directa que apoye este punto de vista, se pueden encontrar cuatro indicadores de un maestro principal entre los ancianos, aun en esas congregaciones primitivas. Primero, algunos hombres en el Nuevo Testamento como Timoteo y Tito, aunque se movían de un lugar a otro, actuaban como ancianos. Otros hombres habían permanecido en una localidad, quizás como los hombres nombrados por Tito en cada pueblo (Tito 1:5). En otras palabras, Timoteo estableció un precedente al venir de fuera de la comunidad a actuar como un dirigente de ella, aun cuando allí estaban ya otros líderes. Aparentemente, los forasteros no estaban excluidos de juntarse a la comunidad para asumir responsabilidades de enseñanzas primordiales.
Segundo, algunos hombres eran sostenidos financieramente porque trabajaban a tiempo completo con el rebaño (Fil 4:15–18; 1ª Tim 5:17–18), mientras que otros hombres conservaban sus vocaciones y además trabajaban como ancianos. Pablo frecuentemente hizo esto cuando estaba estableciendo el evangelio en una nueva área. Y se puede pensar que no todos los ancianos nombrados por Tito y Timoteo recibían paga por trabajo a tiempo completo.
Tercero, Pablo le escribió solo a Timoteo con instrucciones para la iglesia de Éfeso, aún cuando el libro de los Hechos señala claramente la pluralidad de ancianos en la iglesia de Éfeso. Aparentemente, Timoteo jugaba un rol único entre ellos.
Finalmente, Jesús dirigió sus cartas a las siete iglesias en Apocalipsis 2 y 3 al mensajero (singular) de cada una de esas iglesias.
Ninguno de estos ejemplos presenta un mandato explícito pero ellos describen la práctica común de reservar al menos uno de estos ancianos, potencialmente foráneo a la comunidad de la congregación, apadrinándolo y dándole la responsabilidad primaria de la enseñanza en la iglesia. Con todo y eso, el predicador, o pastor, es fundamentalmente uno de los ancianos de su congragación. Trabajando junto con ese pastor de mayor categoría, la pluralidad de ancianos ayuda tanto a él como a la iglesia complementando los dones del pastor, compensando sus deficiencias, corroborando sus decisiones y creando el ambiente favorable en la congregación para evitar la exposición de los líderes a críticas injustas. Una pluralidad también hace al liderazgo más enraizado y permanente y permite mayor continuidad en la madurez espiritual. Esto estimula a la iglesia a ser más responsable por el crecimiento espiritual de sus propios miembros y ayuda a la iglesia a ser menos dependiente de sus empleados. De acuerdo a como los ancianos lideran y los diáconos sirven, se prepara a la iglesia para dar testimonio de lo que Dios se ha propuesto que sea.
Disciplina. En el Antiguo Testamento Dios llamó a Abraham y a sus descendientes a ser su pueblo especial. Sin embargo, la presencia santa de Dios con su pueblo requería una especial santidad de su parte (Ex 33:14–16). El Señor dijo a Moisés, “habla a toda la asamblea de Israel y diles: “Sed santos por yo, el Señor vuestro Dios, es santo” “(Lv 19:1–2; vea Lv 11: 44–45; 20:26). La santidad de ellos debía reflejar la Suya. Dios continuó preservando este testimonio de sí mismo a todas las naciones mediante el convenio del monte Sinaí (detallado en Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) y en los tiempos que vivieron los profetas.
Durante los siglos transcurridos entre Moisés y Esdras, Israel existió como un testimonio de la fidelidad de Dios a las promesas hechas a Abraham. Durante este tiempo los individuos eran excluidos de la comunidad mediante la aplicación del código levítico si sus vidas resultaban muy corrompidas. Gordon Wenham resume el propósito del código levítico: “El corrupto y el santo son dos estados que jamás deben estar en contacto entre sí”. [89] Un individuo podía estar excluido temporalmente del pueblo de Dios por un número diferente de acciones (vea Lv 11–15; 18; Num 35:33). Para otros pecados más serios se requería la pena capital (Lv 17:10; 20:3–5), como una separación divina desde la promesa abrahámica (“será eliminada de su pueblo” Ex 30:38; Lv 7:20–21; Num 15:30–31). Es un honor pertenecer al pueblo de Dios, y la membrecía tiene tanto obligaciones como privilegios.
Finalmente, los pecados de la nación resultaron ser demasiado grandes para que Dios los tolerara y decidió juzgar la nación completa. Primero, la nación fue dividida. Luego, después de muchos siglos de desobediencia, las tribus del norte fueron sometidas por Asiria, y tiempo más tarde, las tribus sureñas fueron conquistadas por Babilonia. Si su pueblo no podía vivir diferente al resto de las naciones (en lugar de adoptar la inmoralidad e idolatría de esas naciones), entonces, su pueblo sería dispersado entre ellos. Dios no les permitiría que continuaran llevando su nombre en vano para siempre. En Ezequiel, Dios resume la historia de su fidelidad a pesar de la infidelidad de su pueblo.
“Pero el pueblo de Israel se rebeló contra mí en el desierto; desobedeció mis decretos y rechazó mis leyes, que son vida para quienes los obedecen... Por eso, cuando estaban en el desierto, pensé descargar mi ira sobre ellos y exterminarlos. Pero decidí actuar en honor a mi nombre, para que no fuera profanado ante las naciones, las cuales me vieron sacarlos de Egipto”. (Ez 20:13-14).
En el Nuevo Testamento, la iglesia también ejerce disciplina puesto que sobre el pueblo de Dios permanece una expectativa de santidad. “Como hijos obedientes, no se amolden a los malos deseos que tenían antes, cuando vivían en la ignorancia. Más bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito: "Sean santos, porque yo soy santo. (1ª P. 1:14-16; citando Lv 11:44–45; 19:2; 20:7). La iglesia fue fundada por Cristo y su éxito está prometido y asegurado por Él (Mat 16:17–19). Él se compromete a moldear santidad en su pueblo por medio de su Espíritu. Así, el Espíritu de Cristo usa el cuerpo local de creyentes para crear y mantener la especial santidad del pueblo de Dios. El escritor a los Hebreos recuerda a los creyentes jóvenes la importancia de la disciplina en la vida cristiana (He 12:1–14). Parte de esa disciplina ocurre mediante la interacción de las personas, como un miembro del cuerpo de Cristo cuida por los otros.
También Pablo escribió a los Gálatas: “Hermanos, si alguien es sorprendido en pecado, ustedes que son espirituales deben restaurarlo con una actitud humilde. Pero cuídese cada uno, porque también puede ser tentado. Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo” (Gal 6:1-2). El alertó también a los de Tesalónica:
“Hermanos, en el nombre del Señor Jesucristo les ordenamos que se aparten de todo hermano que esté viviendo como un vago y no según las enseñanzas recibidas de nosotros.... Si alguno no obedece las instrucciones que les damos en esta carta, denúncienlo públicamente y no se relacionen con él, para que se avergüence. Sin embargo, no lo tengan por enemigo, sino amonéstenlo como a hermano.”. (2Th 3:6, 14-15; comparar con 1ª Tim 1:20; 5:19-20).
A Tito, Pablo le instruye: “Al que cause divisiones, amonéstalo dos veces, y después evítalo (Tito 3:10). Este concepto de disciplina de la iglesia, el cual puede terminar en la exclusión de la iglesia, tiene su origen en las enseñanzas de Cristo mismo. En Mateo 18, Jesús enseñó sobre la naturaleza de sus seguidores, instruyéndoles acerca del amor que busca a los perdidos y la misericordia hacia los demás. En el mismo contexto, Él también planteó el tema de lo que se debe hacer cuando uno de sus seguidores peca contra otro.
"Si tu hermano peca contra ti, ve a solas con él y hazle ver su falta. Si te hace caso, has ganado a tu hermano. Pero si no, lleva contigo a uno o dos más, para que 'todo asunto se haga constar por el testimonio de dos o tres testigos'. Si se niega a hacerles caso a ellos, díselo a la iglesia; y si incluso a la iglesia no le hace caso, trátalo como si fuera un incrédulo o un renegado”. (Mat 18:15-17).
Cristo estableció tres pasos para confrontar a cualquiera que proclame ser un seguidor suyo y se rehúse a arrepentirse de sus pecados: primero, confrontación privada, segundo, confrontación en grupo pequeño, tercero, confrontación congregacional. Mientras estos pasos pueden ser más sugestivos que exhaustivos, el resultado deseado de cada etapa de la confrontación, es siempre el mismo: el arrepentimiento del discípulo.[90] Sin embargo, podría rehusarse el pecador a oír a la iglesia; en tal caso, será tratado como “un incrédulo o un renegado”. El ha demostrado que no pertenece a la asamblea porque la asamblea de la iglesia se caracteriza por el arrepentimiento santo.
La disciplina está indisolublemente ligada a la iglesia que Jesús concibió. Pero tal disciplina no ocurre sola. En vez de eso, sucede como parte de un compromiso mayor de toda la congregación de orar y trabajar, unos a otros, para la formación a semejanza de Cristo. Un rechazo de tal comportamiento debe ser seguido por una lamentable exclusión de la comunidad de creyentes.
Quizás el texto más citado sobre la práctica de la excomulgación o disciplina de la iglesia es 1ª Co 5. En este pasaje, Pablo; se dirige específicamente a la congregación para que “Expulsen al malvado de entre ustedes.” (v.13). Pablo tomó estas palabras de Deuteronomio donde el Señor instruye a su pueblo por medio de Moisés para expulsar a aquellos que adoraban a otros dioses, que daban falsos testimonios y que practicaban fornicación, adulterio o ciertas clases de esclavitud (Deut 17:7; 19:19; 22:21,24; 24:7). En el antiguo Israel, tal exclusión podía ser llevada a cabo mediante la pena capital. Pablo en su exhortación a la congregación de Corinto, simplemente plantea que el transgresor debe ser excluido de su congregación de manera similar al mandato de Jesús para que el pecador que no se arrepiente en Mateo 18:17 sea tratado como “un incrédulo o un renegado”. Aunque el infractor proclame ser cristiano, su declaración carece de credibilidad por su evidente falta de arrepentimiento. Tal juicio dentro de la iglesia es actualmente una parte del trabajo de la iglesia, dice Pablo. “¿Acaso me toca a mí juzgar a los de afuera? ¿No son ustedes los que deben juzgar a los de adentro? (v.12). “Sí”, por supuesto, es la respuesta que Pablo supone darán a esta segunda pregunta retórica.
La naturaleza de la exclusión que Pablo ordena es la excomunión, la cual típicamente significa excluir a disciplinados de la comunión (Cena del Señor). En esencia, es una remoción de la membrecía de la iglesia. Mientras otras situaciones disciplinarias pueden tener metodologías graduales como una advertencia, seguida de una suspensión temporal de ciertos privilegios de la membrecía, Pablo no contempla tales acciones parciales en 1ª Co 5. El crimen fue atroz y público y la respuesta de la iglesia necesita ser igualmente pública y contundente.[91] Por lo tanto, Pablo pide la excomunión que trascienda la simple negación de participar en la Cena del Señor al no arrepentido.
Pablo escribió, “en esta carta quiero aclararles que no deben relacionarse con nadie que, llamándose hermano, sea inmoral o avaro, idólatra, calumniador, borracho o estafador. Con tal persona ni siquiera deben juntarse para comer” (1ª Co 5:11). El reaccionó fuertemente porque la vida del pecador no arrepentido contrastaba rotundamente con su afirmación de ser cristiano. En la medida que la iglesia le permitiera permanecer en membrecía, eso afirmaba su declaración de ser cristiano al tiempo que proporcionaba al mundo una imagen profundamente distorsionada de lo que es un cristiano. El pecado inicial perteneció a la pareja pecadora. Pero el pecado que provoca la ira de Pablo y que rechaza tan ásperamente fue la inacción de la congregación. Su falla al no actuar era potencialmente desastrosa para el testimonio de su evangelio y equivalía a rechazar el evangelio, lo que era en sí mismo, un serio pecado. La disciplina de la iglesia correctamente aplicada puede traer al pecador al arrepentimiento, pero siempre representará fielmente el evangelio a la comunidad circundante. [92]
Por último, la disciplina en la iglesia debe ser practicada para llevar a los pecadores al arrepentimiento, alertar a los otros miembros de la iglesia, sanar toda la congregación, dar un testimonio colectivo diferente al mundo, y en última instancia, glorificar a Dios conforme su pueblo muestra su carácter de amor santo (ver Mat 5:16 y 1ª P. 2:12).
Misión y Propósito de la Iglesia. Los tópicos ya cubiertos en este capítulo no pueden ser apreciados totalmente, al margen de una comprensión fehaciente del propósito y la misión de la iglesia. La misión de la iglesia y el propósito están en el corazón de su naturaleza, atributos y señales; y las adecuadas prácticas de membrecía, gobierno y disciplina sirven a esos propósitos. Resumiendo, los objetivos correctos de la vida y acciones de una congregación local son adorar a Dios, la edificación de la iglesia y la evangelización del mundo. Estos tres objetivos a su vez glorifican a Dios.
La adoración colectiva de Dios ocurre en el contexto de la congregación reunida, mientras que la adoración individual ocurre en el contexto de la vida diaria individual. Modelar e incentivar tanto la adoración individual como la colectiva son aspectos significativos del propósito de la iglesia.
La adoración de Dios en la asamblea pública consta de particulares elementos prescritos por Dios y las circunstancias en las cuales esos elementos ocurren. Como David Peterson escribe: “La adoración del Dios vivo y verdadero, es esencialmente una participación con Él en los términos que Él propone y de la manera que solo Él hace posible.” [93] Ligon Duncan resume cuales elementos deben ser incluidos en la adoración colectiva con el lema “Lee la Biblia, predica la Biblia, ora la Biblia, canta la Biblia y ve la Biblia”. [94] Por “ver” la Biblia, Duncan quiere decir la celebración del bautismo y la Cena del Señor, lo cual, retrata al evangelio. Puesto que este aspecto de la adoración colectiva ya fue tratado antes, veremos a continuación los restantes elementos de la adoración colectiva.
A los cristianos se les manda a leer la Biblia cuando están congregados para la adoración. Pablo exhortó a Timoteo “dedícate a la lectura pública de las Escrituras”. [95] Pero la Palabra de Dios no solo debe ser leída, también debe ser explicada y aplicada. Por tanto, la correcta predicación de la Palabra de Dios es central en la adoración de la iglesia, formando su base y corazón. Puesto que la fe viene por el oír la Palabra de Dios (Ro 10:14-17), la Escritura debe ser explicada con precisión y pasión. Es por esto que Pablo exhorta a Timoteo a “Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar” (1ª Tim 4:2).
La tarea de cantar alabanzas a Dios es impuesta a los cristianos tanto por la vía del ejemplo como del mandato. Marcos y Mateo registran, por ejemplo, el hecho que Jesús y sus discípulos cantaran un himno después de la Cena del Señor (Mat 26:30; Mr 14:26). Pablo instruyó a la congregación de Éfeso a “Anímense unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales. Canten y alaben al Señor con el corazón, dando siempre gracias a Dios el Padre por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5:19–20). Por último, las alabanzas de las asambleas cristianas en la tierra prefiguran la alabanza que será ofrecida en el cielo (Apo 5:9-14).
Otro elemento de la reunión cristiana de adoración es la oración. En oración, los cristianos glorifican a Dios de diversas maneras: haciendo conocer su relación con Él, demostrando obediencia a su llamado a orar, recordando su fidelidad al responder a oraciones previas y presumiendo Su bondad, pedirle más aun. En la oración colectiva, Dios es magnificado en tanto que la iglesia es edificada y estimulada. Jesús enseñó a sus seguidores a orar de modo colectivo comenzando con “Padre Nuestro” (Mat 6:7–15; Lc 11:1–4). Santiago urgió a los primeros cristianos a “confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros, para que sean sanados. La oración del justo es poderosa y eficaz” (Stg 5:16; compare con Ef 6:18; Fil 4:6; Col. 4:2; 1ª Tes 5:17; 1ª Tim 2:8; Stg: 13). El libro de los Hechos también está lleno de oración. Los cristianos iniciales “Se mantenían firmes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en la oración” (Hech 2:42; ver 1:14; 4:24–31; 12:5,12). Leer y predicar la Palabra de Dios, cantar sus alabanzas y orarle a Él son los elementos básicos de la reunión semanal de los cristianos.
Detrás de la afirmación que la adoración cristiana debe consistir de estos elementos está la comprensión Protestante de la suficiencia de las Escrituras, la noción que las Escrituras enseñan suficientemente todo lo que necesita el pueblo de Dios para su salvación, absoluta verdad y completa obediencia. La suficiencia de la Escritura tiene muchas implicaciones incluyendo la convicción que la Escritura debe regular la forma en que el pueblo de Dios se acerca a Dios en adoración. Este principio ha sido llamado frecuentemente el principio regulativo. El principio regulativo aplica la creencia Protestante en la autoridad de la Palabra de Dios a la doctrina de la iglesia. Y es la que se cita con mayor frecuencia en las discusiones sobre la adoración pública.
Muchas personas han debatido acerca de cuáles son las aplicaciones específicas que deberían derivarse del principio regulativo para la reunión semanal de los santos. Por ejemplo, ¿Requiere o prohíbe el principio el tomar una ofrenda durante el servicio? ¿Tener un coro? ¿Usar una representación dramática relativa al sermón? y otras por el estilo. Aun antes de que los puntos particulares sean abordados, el principio básico debe estar clara y firmemente establecido: dios ha revelado cuales son los componentes básicos de la adoración aceptables para Él. Dejados por su cuenta, los humanos no adorarían a Dios como debe ser, ni siquiera aquellos que han sido bendecidos por Él. Uno necesita tan solo pensar en el inaceptable sacrificio de Caín o en el becerro de oro de los israelitas.
En respuesta a la pérdida del conocimiento y la inclinación a adorar correctamente que tiene la humanidad, Dios le dio, por gracia, su Palabra. Los dos primeros de los Diez Mandamientos muestran la preocupación de Dios sobre la manera de adorarlo. [96] Jesús condenó a los fariseos por aspectos de su adoración (Mat 15:1–14). Pablo instruyó a la iglesia de Corinto sobre lo que debería y no debería ocurrir en sus asambleas (1ª Co 11–14). Brevemente, reconocer el principio regulativo equivale a reconocer la suficiencia de la Escritura aplicada a la adoración pública. [97] En el lenguaje de la Reforma esto equivale a sola Scriptura.
El tiempo y lugar para reunirse o congregarse no está claramente prescrito en el Nuevo Testamento. Tanto los espacios públicos como el templo o la ribera de un río, como espacios privados tales como las casas, se usaron (Hech 2:46; 4:31; 5:42; 16:13; Ro 16:5). Habiendo dicho esto, la iglesia a lo largo de la historia ha considerado apropiado reunirse los domingos por varias razones. Primero, Cristo resucitó un domingo (Mat 28:1–2; Mr 16:2–5; Lc 24:1–3; Jn 20:1). Segundo, el Cristo resucitado se apareció por vez primera a los discípulos en domingo (Mat 28:8–10; Jn20:13–19; vea Lc 24:13–15). Tercero, el patrón de los cristianos primitivos apunta hacia el domingo como el tiempo para la reunión de adoración semanal, aun cuando no lo hubiese sido para algunos de los creyentes. Cuarto, este patrón de comportamiento fue rápidamente consagrado en el lenguaje con referencias al domingo como “el Día del Señor” (Apo 1:10). De acuerdo a los orígenes iniciales de la iglesia cristiana, esta fue la costumbre universal de los cristianos.[98] Finalmente, los cristianos a través de la historia han considerado apropiado dar los primeros frutos de la semana a Dios para conocer su voluntad soberana, tal como ellos lo hacen con sus ingresos.
Además de promover y regular la adoración colectiva de Dios, la misión y propósito de la iglesia incluye fomentar la adoración individual de Dios. La adoración no solo ocurre en los servicios públicos y en las asambleas. Debe ocurrir en la vida diaria del cristiano. Por eso, Pablo exhortó a los cristianos de Roma “ofrezcan su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios… en adoración espiritual”.[99] La teología vivida en obediencia y acción responsable es adoración a Dios. Cuando se realizan con fe, todas las actividades de la vida cristiana señaladas en las Escrituras son medios para adorar a Dios “Y todo lo que hagan, de palabra o de obra, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios el Padre por medio de él” (Col 3:17; vea 1ª Co 10:31). La adoración a Dios es el fin supremo de la iglesia cristiana ya sea considerada localmente o universalmente o en la vida individual de sus miembros.
Además de ver hacia arriba, la iglesia debe ver de lado. Dicho de otra manera, el propósito vertical de la iglesia de adorar a Dios determina su propósito horizontal: trabajar para evangelizar y edificar a aquellos que han sido hechos a semejanza de Dios. La iglesia misma es, entonces, un medio de gracia, no porque ella otorgue salvación aparte de la fe sino porque es el medio ordenado por Dios para que su Espíritu lo use en la proclamación del evangelio salvador. La iglesia, por tanto, es el conducto mediante el cual vienen normalmente los beneficios de la muerte de Cristo.
El propósito de la iglesia, en parte, es estimular a los individuos cristianos en su fe y su relación con Cristo. Con este objetivo en mente, Pablo predicó a la congregación de Éfeso “Más bien, al vivir la verdad con amor, creceremos hasta ser en todo como aquel que es la cabeza, es decir, Cristo. Por su acción todo el cuerpo crece y se edifica en amor, sostenido y ajustado por todos los ligamentos, según la actividad propia de cada miembro” (Ef 4:15-16). Cuando el escritor de los Hebreos exhortó a sus lectores a reunirse regularmente, apuntaba al propósito de darse mutuo estímulo: “Preocupémonos los unos por los otros, a fin de estimularnos al amor y a las buenas obras.
Heb 10:25 No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacerlo algunos, sino animémonos unos a otros” (He 10:24-25).
La vida en conjunto de toda la congregación es señalada como el fin de la edificación colectiva. Dios creó un pueblo en el Antiguo Testamento que iba a ser un pueblo especialmente bendecido por la presencia de Dios, sus promesas y su poder. Él deseaba tener un pueblo que mostrase su fidelidad a sus promesas, su carácter al seguir Sus leyes y Su señorío al esperar con expectación el día prometido de su venida. La nación iba a ser un pueblo caracterizado por su santidad.
En el Nuevo Testamento el pueblo de Dios es la iglesia. En una congregación local, la comunión total es mostrar la santidad de Dios en sus propias santidades. El amor de Dios debe reflejarse en el amor que ellos muestran. La unidad de Dios debe ser reflejada en su propia unidad. [100] La comunión que los creyentes deben tener en una congregación es la asociación para trabajar en la edificación mutua y en la fidelidad al evangelio.
Otro propósito de la congregación local es llevar la Palabra de Dios a quienes están en el mundo. Jesús ordenó “Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mat 28:19-20). Él también dijo a sus discípulos que el perdón de los pecados también debía ser predicado en su nombre “comenzando por Jerusalén” (Lc 24:47). “serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.[101]
Oportunidades para ministrar a otros surgen naturalmente en las vecindades y ciudades donde viven las congregaciones. Las buenas nuevas se difundirán no solo donde la congregación tiene su asamblea sino también donde sus miembros pasan sus días. Sus vidas son conocidas por otros. Su testimonio es perfeccionado por la constante observación de su conducta. Los cristianos son llamados a vivir vidas de amor hacia los otros. La Escritura de ninguna manera niega el derecho o la posibilidad de de una congregación de cuidar de las necesidades físicas de los no cristianos de su entorno. Tampoco requiere la Escritura que los cristianos alivien las necesidades físicas de los no cristianos de su comunidad. En vez de eso, las congregaciones son llamadas a predicar, desplegar, modelar y expresar las buenas nuevas de Jesucristo. Y en obediencia a ese llamado las congregaciones cristianas tienen tanto la libertad como la responsabilidad de prudentemente tomar tales iniciativas en sus comunidades.
Pero el propósito externo de una iglesia no se limita a evangelizar una congregación de su propia ciudad. Una congregación de oración y planes debería expandirse más allá de los estrechos horizontes de la familiaridad. El mandato de Jesús de ir “hasta lo último de la tierra” recuerda a los creyentes que Cristo es Señor sobre todo, que Él ama todo y que Él llamará a todos a rendir cuentas el gran día. Por lo tanto, los cristianos tienen la responsabilidad de llevar el evangelio por todo el mundo. Esta responsabilidad no es tanto de los individuos sino de las congregaciones. Los cristianos juntos pueden aportar sabiduría, experiencia, soporte financiero, oradores, y llamarlos y dirigirlos al propósito común de hacer grande el nombre de Dios entre las naciones.
En muchas iglesias urbanas de hoy, este propósito externo puede requerir reestructurar la vida de manera tal que miembros de la congregación se crucen o encuentren de manera natural con población no creyente de áreas metropolitanas. En todas las iglesias, este propósito externo significa orar y planificar para enviar recursos y gente a aquellos grupos de personas que todavía no han oído del evangelio de Jesucristo. Testificar la gloria de Dios proclamada alrededor del mundo en los corazones de todo su pueblo debería ser la meta y el propósito de toda iglesia local.
El aspecto final, y el más importante, del propósito de la iglesia local es glorificar a Dios. En el antiguo Testamento el pueblo de Dios fue creado para la gloria de su nombre. [102] Aun cuando Él los salvó de las consecuencias de sus propios pecados, Él los salvó para la gloria de su propio nombre. Hablando por medio de Ezequiel, Dios dijo:
Voy a actuar, pero no por ustedes sino por causa de mi santo nombre, que ustedes han profanado entre las naciones por donde han ido. Daré a conocer la grandeza de mi santo nombre, el cual ha sido profanado entre las naciones, el mismo que ustedes han profanado entre ellas. Cuando dé a conocer mi santidad entre ustedes, las naciones sabrán que yo soy el Señor. Lo afirma el Señor omnipotente (Ez 36:23, ver también Is 48: 8-11).
Lo mismo es verdad en el Nuevo Testamento. La iglesia finalmente existe para la gloria de Dios. Ya sea que se dedique al evangelismo o a las misiones, la edificación unos a otros mediante la oración y el estudio de la Biblia, estimular el crecimiento en santidad o congregarse para la adoración pública, oración e instrucción, este sublime propósito prevalece. La iglesia es el único instrumento para llevarle tal gloria a Dios. De acuerdo a la Biblia, “Dios, se dé a conocer ahora, por medio de la iglesia, a los poderes y autoridades en las regiones celestiales, conforme a su eterno propósito realizado en Cristo Jesús nuestro Señor” (Ef 3:10-11). No es un asunto menor para la iglesia patrocinar la promulgación de la gloria de Dios mediante su creación. Como dijo Charles Bridges “La Iglesia es el espejo que refleja todo el brillo del carácter Divino. Es el gran escenario en el cual se muestran al mundo las perfecciones de Jehová.” [103]
Clímax de la Iglesia.
En la Biblia, el pueblo de Dios comienza en un jardín (Gén 2-3) pero termina en una ciudad (Apo 21-22). El jardín es el Edén, creado para ser el ambiente perfecto para aquellos que fueron creados a su imagen. Tenía todo lo que los humanos podían necesitar, desde comida hasta trabajo y compañerismo. Más que todo, el jardín disfrutaba de la propia presencia de Dios, y Dios se deleitaba del ininterrumpido compañerismo con su pueblo en el jardín.
El pecado destruyó el compañerismo entre Dios, el hombre y la creación. Pero la destrucción dio lugar a un mayor despliegue del poder de Dios en la iglesia. En otro jardín Cristo enfrentó el reto de Adán: tomar su propia voluntad o la voluntad de su Padre celestial.
Por la misericordia y la gracia de Dios, Cristo, el segundo Adán, escogió seguir la voluntad de Dios y traernos su palabra. Lo que siguió fue el más terrible sufrimiento de la única persona que jamás mereció tal sufrimiento. Entonces, después de haber pagado los pecados de su pueblo como un sustituto, y después de haber satisfecho los reclamos de la ira de Dios contra su pueblo como un sustituto, Cristo resucitó en victoria contra el pecado y la muerte. Él luego hizo fluir su Espíritu, creando Su iglesia.
De ahí en adelante, el pueblo de Dios se ha dispersado por el mundo compartiendo las buenas nuevas de Jesucristo. La culminación de la historia se ilustra al final del Apocalipsis como una ciudad celestial, como una sociedad de luz eterna en la cual Dios mismo está personalmente presente. El compañerismo del Edén ha sido restaurado. Solo que en esta oportunidad el número de habitantes habrá sido multiplicado millones de veces tantas como tenga la intimidad del compañerismo, puesto que el propio Espíritu de Dios habita en aquellos que creen solamente en Cristo para el perdón de sus pecados. El jardín se ha transformado en la ciudad. La fe nos da la vía para percibirla. La gloria de Dios es magnificada como el amor eterno entre las tres personas de la Trinidad reflejada para siempre en el amor interpersonal compartido entre la novia y el prometido, la iglesia y Cristo.
La oración de Cristo por sus discípulos en Juan 17:26 es respondida: “Yo les he dado a conocer quién eres, y seguiré haciéndolo, para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo mismo esté en ellos”. En esa ciudad, los cristianos accederán total y eternamente en el amor de Dios. La iglesia en la tierra de hoy en día representa el reflejo y la imagen creciente de esta realidad futura.

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